Solemnidad de Santa Maria Madre de Dios

Quién combate tanto como tú, Santa María, a favor de los pecadores? Tú, que gozas de una autoridad maternal en relación con Dios, obtienes la gracia de un generoso perdón, incluso para quienes han pecado muy gravemente. No es posible, en efecto, que tú no seas escuchada, puesto que Dios, en todo y por todo, te obedece, como a su verdadera e inmaculada Madre. Por todo ello, el afligido confiadamente se refugia junto a ti, débil se apoya en ti y el que es combatido prevalece, por medio de ti, contra sus enemigos. Tú transformas «la cólera», el enojo, la tribulación, la expedición de ángeles malos[1]; tú apartas las justas amenazas y cambias la sentencia de una merecida condena, porque tienes gran amor al pueblo que lleva el nombre de tu Hijo. Por eso, a su vez, el pueblo cristiano, que es posesión tuya, valorando su propia condición, confiadamente te encomienda sus plegarias, a fin de que tú las presentes a Dios.

¿Quién por tanto, no te proclamará bienaventurada? Tú eres el objeto de la contemplación de los ángeles; tú la dicha más extraordinaria de los hombres, tú el amparo del pueblo cristiano; tú el refugio al que acuden sin cesar los pecadores; tú, la invocada constantemente por los cristianos.

Único alivio mío, divino solio, refrigerio de mi sequedad, lluvia que desciende de Dios sobre mi árido corazón, lámpara resplandeciente en la oscuridad de mi alma, guía de mi camino, sostén de mi debilidad, vestido de mi desnudez, riqueza de mi extrema miseria, remedio de mis incurables heridas, término de mis lágrimas y de mis gemidos, liberación de toda desgracia, alivio de mis dolores, liberación de mi esclavitud, esperanza de mi salvación...

Que así sea, Señora mía. Que así sea, refugio mío, vida mía, ayuda mía, mi protección y mi gloria, esperanza mía y mi fortaleza. Concédeme disfrutar de los inenarrables e incomprensibles bienes de tu Hijo...[2]

[1] Cfr Sal 78
[2] Este texto es una parte de una de las más célebres homilías de san Germán de de Consantinopla, que nacio en ésta ciudad alrededor del 634. Hacia el 705 fue nombrado obispo de Cicico, metrópoli de la provincia eclesiástica del Helesponto. En el 715 fue nombrado Patriarca de Constantinopla, donde permaneció hasta el 729. Durante la crisis iconoclasta se opuso a la política de León lIl el Isáurico. El emperador intentó obligar a Germán a firmar un decreto contra el culto de las imágenes. Pero el anciano patriarca, repitiendo las razones que anteriormente había expuesto y su profesión de fe, se negó a obedecer las órdenes imperiales. Luego, despojándose de las insignias de su dignidad patriarcal, pronunció una frase que estaba destinada a gozar de fama imperecedera en la tradición oriental: «si yo soy Jonás, arrójame al mar; pero sin un concilio ecuménico, oh soberano mío, no me es posible establecer una nueva doctrina». Presionado fuertemente por el emperador renunció a su sede y se recluyó en Platanión, donde transcurrieron los últimos años de su vida. Murió en el año 733, siendo casi centenario. El conocimiento actual de la producción literaria de San Germán permite afirmar que abarca casi todos los campos de la literatura religiosa: teológico, histórico, litúrgico, homilético y epistolar. Entre sus homilías destacan las siete que predicó con ocasión de las principales fiestas de la Santísima Virgen. Los sermones rebosan de la sublimidad y la grandeza del mundo divino. Sin embargo, a
pesar de su perfección y de su extrema superioridad, el Cielo no se encuentra distante de la tierra: Dios, a través de María, se abaja hasta el hombre para atraerlo a si. Por eso, se comprende bien que el punto central de la teología mariana de San Germán sea la Maternidad divina de la Santísima Virgen. En estrecha relación con él, aparecen las demás prerrogativas, entre las cuales las más importantes son la inmunidad de Maria frente al pecado original, su Asunción al Cielo y su misión de Medianera de la gracia.


Ilustración: Juan Correa, La Virgen entregando el niño a San Antonio, óleo sobre tela (106 X 80.5 cms) s. XVIII, colección particular. Se establece fecha de nacimiento de éste gran artista en 1646 en la ciudad de México. Aunque otros estudiosos fijan que trabajó de 1676 a 1739. Intervino como maestro en valuaciones de obras como las Pedro de la Sierra, los de Juan Isidro, los de Mateo Martínez de la Colina, los del capitán Antonio Xiraldo, y los de Juan Millán de Poblete. Fue maestro de José de Ibarra. Mucha de su obra, sobre todo las de tema Guadalupano, llegaron a España. En 1669 pintó para la capilla de los Santos Españoles, de la ciudad de Roma, una Virgen de Guadalupe con las cuatro apariciones y San Juan Evangelista. Tiene obras de tema religioso y profano, con asuntos humanísticos e históricos, que son dos biombos de cama. Dos de sus obras decoran, junto con los de Cristóbal deVillalpando, la sacristía de la Catedral de la Ciudad de México, y representan la Asunción de la Virgen y la Entrada de Jesús a Jerusalén. Firma en 1700 un San Sebastián que se guarda en el templo de Analco en Puebla; en 1703 una Virgen de Guadalupe de propiedad particular; en 1704 un Animas; en 1710, el Retrato del Príncipe Luis Fernando. En la sacristía del templo de San Diego en Aguascalientes, se ve su obra más antigua; San Francisco a quien se le aparece el Niño Jesús fechada en 1675, así como Escenas de la vida de San Francisco, de 1681, que muestra todo el empuje de un pintor del siglo XVII. Otras obras se encuentran en la Iglesia de la Profesa, un Santo Domingo y San Lucas retratando a la Virgen; en el templo dominicano de Oaxtepec, Mor., una Santa Rosalía; en el antiguo seminario de San Martín, en Tepotzotlán, Adán y Eva arrojados del Paraíso, La Mujer del Apocalipsis y San Nicolás Obispo de Mira; en el ex-convento del Carmen en San Angel, una Santa Teresa. El Museo de Arte de Filadelfia tiene dos arcángeles de Correa, San Gabriel y San Miguel de 1739. Algunas otras obras de Correa se han localizado en Antigua, Guatemala.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris