Natividad del Señor

A adorar al niño, corramos pastoresque está en el portal,
llevémosle flores,que está en el portal, llevémosle flores.
Una palomita anunció a Maríaque en su seno santo El encarnaría,
que en su seno santo El encarnaría.
Adoro el misterio de la Trinidadque son tres personas y es un Dios no más,
que son tres personas y es un Dios no más.

Celebramos la Natividad de nuestro Señor [es decir] es la alegre fiesta de la presencia del Hombre Dios entre los hombres. Una fiesta que invita con todos sus elementos –bíblicos, litúrgicos, artísticos- a la adoración[1].

¿Y qué es adorar? Adorar es entregar a Dios, con el cuerpo y con el alma, nuestra propia inteligencia y todo nuestro amor. Y es que el amor solamente tiene sentido en Él, en Dios. La adoración es un acto que nos desprende de la cadena más profunda que nos ata: nuestro propio yo. Por eso la adoración significa también una gran y profunda liberación[2].

La adoración es una gracia, un regalo del que nosotros no podemos adueñarnos ni tampoco podemos planificar demasiado. Hemos de amar a Dios…[pues] por ser Quien es: porque es bueno y porque todas sus obras, incluso las que no entendemos o no nos gustan, están selladas por Su sabiduría y Su compasión. Aún cuando no lo entendamos quiere lo mejor para nosotros. En cada uno está el descubrirlo, o en vivir una vida llena de amargura sin el deseo sincero de luchar por comprender.

Humanos al fin, somos distraídos, justo por eso, para empezar a adorar a Dios es bueno centrar la atención en aquellas cosas que Dios ha hecho en nuestra vida: los bienes que nos ha dado y los males de los que nos ha librado; las intervenciones que ha tenido y que quedan grabadas en el alma para siempre.

Adorar es presentarnos delante de nuestro Señor como somos: con nuestras luces y nuestras sombras, nuestros triunfos y nuestras desgracias. Dios mismo hizo nuestro corazón ¡no vamos a aparentar delante de Él!

Adorar es decirle muchas veces: Jesús, líbrame de la perfección que yo mismo quiero darme y ábreme a la santidad que tú quieres concederme.
Adorar es asistir puntualmente a la eucaristía y decirle interiormente: Jesús, gracias, perdóname, ayúdame más; te quiero.

Adorar es pensar cómo puedo crecer más en mi fe, cómo puedo ser mejor cristiano, mejor esposo, mejor esposa, mejor estudiante, ¡mejor todo! Nuestra fe católica no es una de de mínimos, sino de máximos. Siempre más. Más. Y para esto es indispensable salir de nosotros mismos. Y para esto el mejor camino es el de la adoración.

Vieja y entrañable es la leyenda que resume ésta necesidad que todos tenemos de salir de nosotros mismos y de dedicar un tiempo a la adoración.

Entre los pastores que acudieron la noche de Navidad a adorar al Niño había uno tan pobre que no tenía nada que ofrecer y la verdad es que se avergonzaba mucho. Llegados a la gruta, todos peleaban para ofrecer sus regalos. María [pues] no sabía muy bien cómo hacer para recibirlos todos, al tener en brazos al Niño. Entonces, viendo al pastor aquel que había llegado sin nada, y que estaba con las manos libres, le confió a él, por un momento, a Jesús. Tener las manos vacías fue su fortuna.

Esto es lo mejor que puede sucedernos a cada uno. Dejarnos encontrar en esta Navidad con el corazón tan pobre, tan vacío y silencioso que María, al vernos, pueda confiarnos también a nosotros a su Hijo.

[1] La palabra Adoración proviene del latín que significa dar un homenaje, Ad a -, boca, (trayendo la boca), los romanos la utilizaban llevándose una mano a la boca, y aventando un beso al objeto de su adoración, ya fuera un ídolo o una estatua, o un rey, o el ser amado. El adorador usualmente llevaba la cabeza tapada, y después de ese acto, se daba media vuelta del lado izquierdo al derecho, así pues se inclinaban y besaban los pies de sus dioses. La adoración comúnmente llevaba consigo, la Devoción, el honor y la Alabanza hacia la deidad indicada, llámesele dios o diosa. La palabra Anglosajona de adoración es worthscripe, worship (inglés), digno de respeto.
[2] Homilía pronunciada el 25.XII.2007 en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas), Solemnidad de la Natividad del Señor.
Ilustración: Miniaturista holandés, Página del Libro de las Horas del Duque de Berry (1400), Museo Civico d'Arte Antica, Palazzo Madama (Turin).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris