XXXII Domingo del Tiempo Ordinario

Han pasado ya algunas semanas desde que comenzó el mes que la Iglesia dedica a honrar a los difuntos, costumbre antiquísima e importante y presente ya en tiempos del Antiguo Testamento[1]. [los primeros cristianos utilizaban la díptica, dos tablas plegables en forma de libro en las que se acostumbraba anotar los nombres de los vivos y los muertos por quienes quería orar[2]].

Cuando la Iglesia habla de la muerte lo hace siempre para invitar a sus hijos a que entreguen su vida de la mejor manera, es decir, a terminar su vida en amistad con Dios. Para los cristianos la muerte no es una persona, sino un estado, el final del paso por ésta vida. Por eso el culto de la llamada Santa Muerte, siempre ha sido considerado erróneo, mal entendido y dañino para la espiritualidad del cristiano. El culto a la Santa Muerte es contrario a la enseñanza de la Iglesia [3].

Por otro lado, el cristiano tiene que hablar con valentía de la muerte y enfrentarse a ella serenamente.

La doctrina cristiana sobre la eutanasia es muy clara: La muerte voluntaria es tan inaceptable como el homicidio; semejante acción constituye (…) el rechazo de la soberanía de Dios y de su designio de amor[4]. Para los católicos la eutanasia no tiene sentido.

En el otro extremo está la llamada distanasia que consiste en retrasar la muerte todo lo posible, por todos los medios, proporcionados o no, aunque no haya esperanza alguna de curación y aunque eso signifique infligir al moribundo unos sufrimientos añadidos a los que ya padece, y que, obviamente, no lograrán evitar la muerte, sino sólo aplazarla unas horas o unos días en unas condiciones lamentables para el enfermo[5]. Tampoco esto es aceptable. Es el otro extremo.

Evitando los dos extremos la Iglesia trata siempre de ayudar a que la muerte sea asumida con dignidad. Su mejor receta para ello es la fe en Dios y la esperanza en la resurrección para la Vida eterna. Con fe se puede morir y se puede ayudar a morir.

Cuando un ser humano pide ser eliminado, lo que en realidad está pidiendo casi siempre es ser ayudado a vivir su muerte, por tanto hemos de preguntarnos seriamente si sabemos ofrecer esa ayuda, si sabemos estar cerca de los que mueren[6].

Que dediquemos muchos momentos a lo largo de éste mes de Noviembre a orar por los difuntos, si es a través de la celebración de la Eucaristía, mejor. Y recordar siempre que aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal adquirimos una mansión eterna en el cielo[7].

[1] "Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados" (2Mac. 12, 46).
[2] Fue durante el siglo VI cuando los hijos de San Benito, que tenían la costumbre de orar por los difuntos al día siguiente de Pentecostés, crearon el oficio de difuntos. Odilón, abad del célebre Monasterio de Cluny[2], en el sur de Francia, añadió la celebración del 2 de noviembre como fiesta para orar por las almas de los fieles que habían fallecido, por lo que fue llamada Conmemoración de los Fieles Difuntos. De allí se extendió a otras congregaciones de benedictinos y entre los cartujos hasta ser aceptada esa misma fecha se extendió a la Iglesia universal.
[3] Cfr: www.time.com/time/photogallery/0,29307,1676932,00.html (se trata de uno de los mejores photo essays de la revista norteamericana TIME sobre el tema).
[4] Cfr. Declaración Iura et bona de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (5.5.1980). el texto completo puede consultarse en ésta dirección: www.encuentra.com/documento.php?f_doc=4125&f_tipo_doc=9
[5] La distanasia también se llama "ensañamiento" y, "encarnizamiento terapéutico", aunque sería más preciso denominarla "obstinación terapéutica". Cfr: www.aciprensa.com/eutanasia/100-preguntas.htm
[6] www.amazon.com/Will-Live-Answers-Issues-Shepherds/dp/193031406X
[7] Misal Romano, Prefacio de la misa de difuntos.


ilustración: Dieric the Elder Bouts, Paraíso (1450), Óleo sobre madera, Musée des Beaux-Arts, Lille.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris