Durante los domingos del año litúrgico que precisamente hoy termina hemos ido fijando nuestra atención en algunos personajes que el Evangelio nos ha ido presentando[1].

Hoy que celebramos a Jesucristo como Rey del universo es bueno que centremos más la atención en Él que es el Personaje –con mayúscula- el centro de todo el Evangelio.

De él –de Jesús- toman su encanto y su fuerza todos los demás personajes. Todos son y existen a la luz del Señor.

La liturgia de éste hoy nos presenta uno de los pasajes más entrañables de toda la vida de Jesús: los minutos inmediatamente anteriores a su muerte en la cruz y su conversación los que junto con él fueron crucificados[2].

Uno de ellos [Gestas] se endurece, se desespera y blasfema, mientras que el otro [Dimas] se arrepiente, acude a Cristo confiadamente y obtiene la promesa de su inmediata salvación. Y es que hasta en los momentos más duros y más desesperantes Jesucristo presta atención a los sufrimientos de los demás. Y con esa actitud el Señor nos demuestra que Dios, además de estar al tanto de cada acontecimiento de nuestra vida –pequeño o grande- concede siempre más de lo que pedimos.

Dimas sólo pedía que se acordase de él; pero el Señor le da infinitamente más: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso. La vida –y quizá ésta es una de las ideas más profundas que encontramos en el Evangelio- consiste justamente en eso, y eso es lo más importante: vivir con Jesucristo, y estar donde está Él[3].

Si llegamos al final de nuestra existencia y no hemos logrado identificarnos, aunque sea un poco con Jesús habremos perdido miserablemente el tiempo, habremos malgastado nuestros días, y casi nada de lo que hicimos habrá valido la pena.

Afortunadamente tenemos muchos lugares de donde asirnos: la celebración de la eucaristía dominical, el comienzo del Tiempo de Adviento, ésta fiesta de Cristo Rey, etc. Siempre es tiempo para empezar otra vez; para detener nuestra vida, replantear nuestra actitud y comenzar nuevamente. Desde luego habrá obstáculos; ciertamente habrá caídas ¿y qué? ¡No importan! detrás está nuestro Dios que confía plenamente en cada uno de nosotros y nos mira como hijos pequeños que comienzan a caminar.

Nuestro Señor sabe -¡vaya que lo sabe!- que entre los hombres siempre habrá ovejas y cabras[4], vírgenes sabias y necias[5], siervos trabajadores y holgazanes[6], oyentes de la palabra de Dios y dispersadores de la misma[7], buen grano y cizaña[8], peces buenos y peces inservibles[9], actitudes como la de Gestas, pero también como la de Dimas: Él cree profundamente en el hombre.

En ésta última semana del año litúrgico meditemos en el hecho de que el hombre no es un ser condenado al mal. El hombre puede cambiar. El hombre es grande por lo que es y mucho más grande por lo que puede llegar a ser.

Todo el evangelio –no lo olvidemos- esta lleno de ese grito que invita al hombre a apostar, a superarse, a asumir el riesgo de su propia grandeza. Dimas lo entiende, en aquel momento reconoce que aunque él sí merecía aquel castigo puede robarle el corazón a Cristo, y así lo hace: se dirige a Él… y entra al cielo.

Jesucristo, Rey del Universo confía en cada uno de nosotros, nos tiende con grande amor su mano, y nos dirige las mismas palabras que al buen ladrón: te aseguro estarás conmigo en el paraíso[10].

[1] Homilía publicada en http://ideasueltas-father.blogspot.com/
[2] Lc 23, 35-43.
[3] Cfr. SAN AMBROSIO, Expositio Evangelio sec. Lucas, in loc.
[4] Cfr. Mt 25, 31.
[5] Id., v. 1
[6] Id., v. 14
[7] Id., 13, 3
[8] Id., v. 24.
[9] Id., v. 47
[10] Tanto el texto latino como el texto griego son de una gran exactitud: “Amen dico tibi: Hodie mecum eris in paradiso”, “σημερον μετ’ έμου έν τώ παραδείσω”. La traducción castellana que presenta el leccionario es aceptable.

Ilustración: Redencion, de Eduardo Chillida. Para conocer más sobre la obra de éste autor: http://cvc.cervantes.es/actcult/chillida/

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris