Solemnidad de Todos los Santos


Es costumbre en algunos lugares de Norteamérica que el predicador glose la vida y virtudes de su santo patrono el primer día del mes de noviembre; y como la sabiduría popular reza que a donde fueres haz lo que vieres, van, pues, éstas breves líneas a propósito de la Solemnidad de todos los Santos[1].

Toda la vida de San Agustín es interesante. Esta vez centramos la atención en el periodo posterior de su conversión que comienza en la víspera de la Pascua del año 387. En aquella noche Agustín recibió el bautismo junto con Alipio y su hijo Adeodato, quien tenía entonces quince años y murió poco después. En el otoño de ese año resolvió retornar a África y fue a embarcarse en Ostia con su madre y algunos amigos. Mónica murió ahí en noviembre de ése mismo año (387). Agustín consagra seis conmovedores capítulos de las Confesiones a la vida de su madre. Viajó a Roma unos cuantos meses después y en septiembre del 388 se embarcó para África, viviendo en Tagaste.

Habiendo encontrado a Dios, vivió olvidado del mundo y al servicio de los hermanos a través con el ayuno, la oración y las buenas obras. Además de meditar sobre la ley de Dios, instruía a la gente que le rodeaba con sus discursos y escritos. Agustín y sus amigos habían puesto todas sus propiedades en común y cada uno las utilizaba según sus necesidades, como los primeros cristianos[2]. Aunque no pensaba en el sacerdocio, fue ordenado el año 391 por el obispo de Hipona, Valerio, quien le tomó por asistente. Así pues se trasladó allí y estableció una especie de monasterio en una casa próxima a la iglesia, como lo había hecho en Tagaste. Alipio, Evodio, Posidio y otros –canonizados después- formaban parte de la comunidad. El obispo, que era griego y tenía además cierto impedimento de la lengua, nombró predicador a Agustín. En el oriente era muy común la costumbre de que los obispos tuviesen un predicador, a cuyos sermones asistían; pero en el occidente eso constituía una novedad, así Agustín obtuvo permiso de predicar aun en ausencia del obispo, lo cual era inusitado. Desde entonces, el santo no dejó de predicar hasta el fin de su vida. Se conservan casi cuatrocientos sermones de San Agustín, la mayoría de los cuales no fueron escritos directamente por él, sino tomados por sus oyentes[3].

Alrededor del 395, Agustín fue consagrado obispo coadjutor de Valerio. Poco después murió este último y el santo le sucedió en la sede de Hipona. Generalmente, la correspondencia de los grandes hombres es muy interesante por la luz que arroja sobre su vida y su pensamiento íntimos. Así sucede, particularmente con la correspondencia de San Agustín[4]. En la carta LIV, dirigida a Januario, alaba la comunión diaria, con tal de que se la reciba dignamente, con la humildad con que Zaqueo recibió a Cristo en su casa; pero también alaba la costumbre de los que, siguiendo el ejemplo del humilde centurión, sólo comulgan los sábados, los domingos y los días de fiesta, para hacerlo con mayor devoción. La modestia y humildad de San Agustín se muestran en su discusión con San Jerónimo sobre la interpretación de la epístola a los Gálatas. A consecuencia de la pérdida de una carta, San Jerónimo, que no era muy paciente, se dio por ofendido. Agustín le escribió: "Os ruego que no dejéis de corregirme con toda confianza siempre que creáis que lo necesito; porque, aunque la dignidad del episcopado supera a la del sacerdocio, Agustín es inferior en muchos aspectos a Jerónimo". Impresionante.

Sin duda la obra más conocida de San Agustín son sus Confesiones[5], al leerlas encontramos a un hombre sediento Dios: «Grande eres, Señor, y laudable sobre manera; grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene numero. ¿Y pretende alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación, y precisamente el hombre, que, revestido de su mortalidad, lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio de que resistes a los soberbios? Con todo, quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación. Tú mismo le excitas a ello, haciendo que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti»[6].

Un hombre con un profundo amor por Jesucristo: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo. reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y abraséme en tu paz»[7].

San Agustín de Hipona, un santo cuya vida vale la pena leer con calma y atención.

[1] Homilía pronunciada el 1.XI.2007, Solemnidad de Todos los Santos, en St. Matthew Catholic Church, en San Antonio (Texas).
[2] Cfr. Hech 4, 32-37.
[3] Algunos de sus más conocidos sermones pueden consultarse en castellano en http://www.sant-agostino.it/spagnolo/discorsi.htm
[4] Para conocer algunas de las cartas, puede consultarse: http://www.sant-agostino.it/spagnolo/lettere.htm
[5] Una estupenda traducción a cargo del P. Angel Custodio Vega, de la Órden de San Agustin, puede encontrarse en http://www.sant-agostino.it/spagnolo/confessioni/index2.htm
[6] Ídem.
[7] Ídem.

ilustración: JAN VAN SCOREL (1520), Battesimo di Sant' Agostino, Gerusalemme, Santo Stefano.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris