Porque eres tú el Esposo sin pecado,
tú solo puedes hasta mí acercarte,
posar en mi tu mano sanadora,
mirarme con dulzura y abrazarme.

 Y así has venido, Cristo Nazareno,
uniendo cielo y tierra en este instante:
mi corazón es puro en tu pureza,
mis ojos luz, mirando tu semblante.

Qué dulce es el perdón que me regalas,
sin cuentas, sin reproche, sin rescate:
la luz de tu mirada toca el alma,
y todo lo hace nuevo, dulce y suave.

Moriste en cruz; ya nadie nos acusa,
que todos mis pecados tú pagaste,
y el loco amor de Dios, de Dios mendigo,
amando hasta la muerte nos mostraste.

Esposo de la Iglesia perdonada,
ya bella y sin arruga por tu sangre;
Esposo, intimidad, que te derramas,
y solo, amor, me pides que te ame.

En esta Comunión, que es tu alianza,
mi corazón, cual puede, a ti se abre;
a ti suplico, Dios de toda gracia,
que nunca ya, Jesús, de ti me aparte.

Estrecha tus amores fuertemente
en esta vida mía, en mi combate;
traspásame de ti, de tu ternura,
y habítame, mi Dios, divina carne.

¡A Dios sea la gloria eternamente,
porque es perdón y gozo interminable,
oh Dios del Evangelio, el trino y santo:
a ti todo el amor, oh Dios amable! Amén ■ 

P. Rufino María Grández, ofmcap.

Tres Ojitos (Chihuahua), 24 marzo 2007.

III Domingo de Cuaresma (B)

Hay algo alarmante en nuestra sociedad que nunca denunciaremos lo suficiente: Vivimos en una civilización que tiene como eje de pensamiento y criterio de actuación convicción de que lo importante y decisivo no es lo que uno es sino lo que tiene. Decía Delibes que el dinero es «el símbolo e ídolo de nuestra civilización», ¡cuántos sacrificios hacemos por tener un poco más de billetes en el bolsillo! J. Galbraith, el gran teórico del capitalismo moderno, describe así el poder del dinero: «El dinero trae consigo tres ventajas fundamentales: primero, el goce del poder que presta al hombre; segundo, la posesión real de todas las cosas que pueden comprarse con dinero; tercero, el prestigio o respeto de que goza el rico gracias a su riqueza»[1].

Esta es una de las heridas por las que más sangra nuestra civilización. Nos hemos vuelto materialistas y, a pesar de las grandes proclamas sobre la libertad, la justicia o la solidaridad, creemos mucho en el poder del dinero. Con él –con el dinero- se puede montar una casa agradable, pero no crear un hogar cálido. Con dinero se puede comprar una cama cómoda, pero no un sueño tranquilo. Con dinero se puede adquirir nuevas relaciones pero no despertar una verdadera amistad. Con dinero se puede comprar placer pero no felicidad.

Los creyentes hemos de recordar algo más. El dinero abre todas las puertas, pero nunca abre la puerta de nuestro corazón a Dios.

A los cristianos nos parece, digámoslo así, un poco violenta a la imagen de Jesús fustigando (esa es la palabra) a los vendedores del templo. Y, sin embargo, ésa es la reacción de Jesús al encontrarse con hombres que, incluso en el templo, no saben buscar otra cosa sino su propio negocio.

Hermano mío, hermana mía: el templo –la parroquia, el grupo de apostolado, etc.- deja de ser lugar de encuentro con el Padre cuando nuestra vida es un mercado donde sólo se rinde culto al dinero o a la fama, o al prestigio o a los intereses personales y se deja de lado el servicio a los demás. Y no puede haber una relación filial con Dios Padre cuando nuestras relaciones con los demás están mediatizadas sólo por intereses o peor aún, por el dinero. Resulta Imposible entender algo del amor, la ternura y la acogida de Dios a los hombres cuando uno vive comprando o vendiéndolo todo, movido únicamente por el deseo de «negociar» su propio bienestar[2].

Andamos distraídos, descentrados y quizá estamos dejando que la Iglesia se vaya convirtiendo en una agencia de servicios religiosos. Tengo para mí que algo no va bien en nuestra Iglesia si las personas más solas y maltratadas no se sienten escuchadas y acogidas por los que decimos seguir a Jesús. ¿Cómo vamos a introducir en el mundo su evangelio sin «sentarnos» a escuchar el sufrimiento, la desesperanza y la soledad de tantos y tantas?

Algo no va bien en nuestra Iglesia si la gente nos ve casi siempre a los eclesiásticos como representantes de la ley y la moral, y no como profetas de la misericordia de Dios. ¿Cómo van a «adivinar» en nosotros a aquel Jesús que atraía a las personas hacia la voluntad del Padre revelándoles su amor compasivo?

Algo no va bien en nuestra Iglesia cuando la gente, perdida en una oscura crisis de fe, pregunta por Dios, y nosotros le hablamos del control de natalidad, el divorcio, los preservativos o las relaciones prematrimoniales. ¿De qué hablaría hoy aquel que dialogaba con la samaritana tratando de mostrarle el mejor camino para saciar su sed de felicidad?

Algo va mal en nuestra Iglesia si la gente no se siente querida por quienes somos sus miembros. Lo decía san Agustín: «Si quieres conocer a una persona, no preguntes por lo que piensa, pregunta por lo que ama».  Oímos hablar mucho de lo que piensa la Iglesia, pero los que sufren se preguntan qué ama la Iglesia, a quiénes ama y cómo los ama. ¿Qué les podemos responder desde nuestras comunidades cristianas?[3] ■



[1] Cfr. John Kenneth Galbraith, La sociedad opulenta.
[2] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 157 ss.
[3] Idem, Homilía para el 3er. Domingo tiempo Cuaresma. (Ciclo A) 23 de marzo, 2014.

nEw-Old-IdeAs


Las apariencias. A pesar de cuanto exteriormente pueda agobiarnos, la vida profunda se cumple en nuestro interior. Solo ahí. En un instante todo puede comenzar, como una aurora, renovándose por gracia de Dios. Volvamos incesantemente a casa, a nuestro claustro interior -que nadie puede demoler- a ese santuario vivo, que no es otra cosa que la Morada de Dios ■ Ermitaño urbano

VISUAL THEOLOGY



The Oil of the Catechumens is the oil used in Christian churches during baptism; it is believed to strengthen the one being baptized to turn away from evil, temptation and sin. The catechumen, the person prepared for baptism, is also anointed as a symbol of being the heir of the Kingdom of God, as kings and queens were anointed at coronations, and empowered for their Christian life as prophets were anointed for their ministry. Oil of Catechumens is intended to help strengthen the person about to be baptized, and prepare them for the struggle (ascesis) of the Christian life, the way a wrestler in ancient Greece and Rome was anointed before a wrestling match. The ilustration is a detail from the Seven Sacraments Altarpiece by Rogier van der Weyden. In the lower left the priest is anointing an infant before it is baptized ■

Third Sunday of Lent (B)

This Sunday’s gospel put Jesus' knowledge of our human nature so clearly: He really knew what was going on in men's hearts. He knew what they thought. He saw what they did to the Temple. The Temple was a place of worship.  It was a place of celebrating the spiritual presence of God in the world. And they transformed it.  They changed the Temple into a marketplace. They utilized a system of money changing that robbed the poor people, forcing them to spend extra money for the prescribed practices.  He knew men's hearts.  He knows our hearts! He knew that our celebration of his birth at Christmas would be transformed from a day to celebrate the Spiritual Becoming One with us to a celebration of materialism. He knew that we would hide the celebration of the Resurrection behind the Easter Bunny. He even knew that some people would begin their Easter celebrations two days early and have a party on Good Friday (That, to me, is the height of paganism, by the way)[1].

He knew that people would see the signs that he worked, the miracles he performed, but would refuse to see the messages behind the signs and the miracles.  Instead they would see him as a wonder worker, a super man, a good show. He knew that they would not recognize whom he really was. Nor were they ready to listen to his message. Those who followed the way of the world could never accept sacrificial love, a death on a cross, as the way to salvation.  He would show us what real love was.  He would die on a cross for us.

For God had entrusted creation to man from the very beginning. He would not take this gift back. If mankind had broken the relationship with God, then mankind would have to make the decision to once more seek this relationship. One who is a man would have to restore the relationship. The man, the Son of God become flesh, would give himself up completely for the sake of others. His death would make God's life real to the world.
During Lent we celebrate our ability to live Christ's life. We are called upon to consider how well we are following Christ's way, the way of sacrificial love. Our houses may be destroyed in a natural disaster, but nothing can remove the love of Christ from our homes, wherever we may be. The one thing that will last forever is the sacrificial love of the Lord we have been enjoined to perpetuate in the world.  

My brother, my sister, we must be willing to sacrifice ourselves for others, our families and our friends.  We must be willing to demonstrate with our own lives that Jesus' wisdom and strength, the wisdom and strength of the cross, proves the lie of the materialistic mind set of the World. The wisdom of the cross reveals all else to be folly and weakness ■



[1] 3rd Sunday of Lent B, March 8, 2015. Readings: Exodus 20:1-17; Psalm 19:8, 9, 10, 11; 1 Corinthians 1:22-25; John 2:13-25.
Aquel hombre que asciende a la montaña
a Dios está anhelando con sed viva;
pierde su corazón allá en la fuente
donde el dolor se pierde y pacifica,
y el donde el Padre engendra al Hijo amado
con el Amor que de su pecho espira.

Aquel hombre de rostro penetrante
sobre su sangre y éxodo medita;
una luz desde dentro se abre paso,
la hermosa faz más limpia que el sol brilla,
porque es el bello rostro de Jesús,
cuyos ojos los ángeles ansían.

Es el Hijo en la Nube del Espíritu,
el Amado nacido antes del día;
el Padre lo pronuncia con ternura,
con la voz de sus labios lo acaricia;
los testigos videntes de la Gloria,
ebrios de amor lo adoran y se inclinan.

Pasó el fuego encendido en la montaña
y otra vez susurró la suave brisa;
y era él, ya no más transfigurado,
Jesús de Nazaret, el de María;
mas para aquel que vio la faz divina,
sin destellos la faz será la misma.

Jesús de la montaña y de la alianza
presente con gloriosa cercanía,
en el fuego sagrado de la fe
te adoramos, oh luz no consumida;
traspasa tu blancura incandescente
a tu esposa que en ti se glorifica. Amén ■


R. M. Grández y F. Aizpuríal, capuchinos,

II Domingo de Cuaresma (B)

En aquel día de la Transfiguración que el evangelio nos recuerda este segundo domingo de Cuaresma, Pedro, Santiago y Juan viven una experiencia inolvidable, una experiencia que Pedro, imprudente como siempre, resume en una sola y expresiva frase: Maestro, ¡qué a gusto estamos aquí! Ninguna otra frase hubiera podido resumir mejor aquel momento.

La escena del Tabor debió ser imborrable para aquellos hombres, y es posible que pasando el tiempo, cuando llegaron los momentos oscuros y dolorosos, cuando pareciera que la elección que habían hecho era vana y que todo con lo que habían soñado se desvanecía, recordasen esta escena del Tabor y sacaran de ella fuerzas para continuar en el camino que un día emprendieron en las orillas del lago, respondiendo a la llamada del Señor.

Esa misma frase de Pedro cada uno la hemos pensado y hasta dicho en muchas ocasiones, ¡vaya que sí! Tengo para mi que al lado de Jesús los apóstoles estaban muy a gusto, experimentaban el deseo de permanecer siempre como estaban, de quedarse con el Él. Y Tengo también para mí precisamente que esa es nuestra misión como cristianos: presentar al mundo un Jesús con el que dé gusto estar, con el que a uno quiera quedarse un rato a conversar, a revisar los problemas grandes y pequeños de la vida diaria. Es misión de los cristianos presentar a un Jesús, digamos, transfigurado, Hijo predilecto de un Dios que es amor, justicia, comprensión, omnipotencia y misericordia.

Hoy podemos preguntarnos si efectivamente hemos conseguido presentar al mundo a este Jesús transfigurado, junto al que uno está feliz, o lo hemos presentado deformado, consiguiendo un efecto contrario al que consiguió la experiencia del Tabor. Personalmente me pregunto si los hombres de todos los tiempos han podido conocer, a través de lo que los cristianos les hemos dicho o enseñado, a un Jesús nacido en el silencio, forjado en el anonimato y capaz de recorrer el mundo sin tener dónde reclinar su cabeza y rodeado de gente del pueblo, de esa gente a la que a veces contemplamos con la ceja arqueada, si los hombres han podido conocer a un Jesús que no impone su seguimiento, sino que lo ofrece con total sencillez; a un Jesús que trae un mensaje nuevo que se resume en pocas pero efectivas palabras: amar a Dios y al hombre en el que tenemos que encontrarlo. O si por el contrario, han conocido a un Jesús opulento, impresionante por su magnificencia externa, copiada de los grandes de la tierra, que se impone por la fuerza, que es intransigente; si han contemplado un Jesús que en lugar de transmitir un mensaje liberador, que trasciende la ley, aparece rodeado de códigos, jerarquías y autoridad; si han conocido, en fin, a un Jesús junto al que no se encuentran bien y del que prefieren separarse.

Esta mañana de Domingo seamos sinceros al preguntarnos cómo los cristianos estamos o hemos estado presentando a Jesús al mundo –amigos, vecinos, compañeros de trabajo- de esto depende que cambiemos y no deformemos la imagen del Señor, quitándole ese especial atractivo. El Jesús que presentamos con nuestra actitud –y los sacerdotes con nuestra predicación- debe ser el que nos haga exclamar las mismitas (sic) palabras de Pedro: ¡qué a gusto estamos aquí! [1]■



[1] A. María Cortés, Dabar 1985, n. 16.

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Hay un medio excelente para ganar amigos: la sonrisa. No la sonrisa irónica y burlona, la sonrisa despectiva, que enjuicia y humilla. Sino la sonrisa amplia, limpia, la sonrisa a flor de labios. Sabe sonreír, ¡qué fuerza! Fuerza de apaciguamiento, fuerza de dulzura, de calma, fuerza de irradiación. Alguien se burla de ti cuando pasas… tienes prisa… no puedes detenerte… sin embargo, sonríe, sonríe ampliamente. Si tu sonrisa es abierta, alegre, el otro sonreirá también.., y todo habrá terminado en paz. ¡Pruébalo! Quieres hacer a un compañero una advertencia que crees necesaria, darle un consejo que te parece útil. (La advertencia, el consejo, son cosas duras de tragar.) Sonríe, compensa la dureza de tus palabras con el afecto de tu mirada, con la sonrisa de tus labios, con todo tu semblante alegre. Y tu advertencia, tu consejo, serán bien recibidos, puesto que no habrán herido. Hay situaciones difíciles en las que uno no sabe qué decir, en las que no salen las palabras de consuelo… Sonríe con todo tu corazón, con toda tu alma compasiva. Has sufrido y la sonrisa muda de un amigo te confortó. Imposible no haberlo experimentado ya alguna vez. Haz lo mismo con los demás. “Cristo – decía Jacques d’Arnoux -, cuando tu madero sagrado me canse y me desgarre, dame, a pesar de todo, la fuerza de practicar la caridad de la sonrisa”. Porque la sonrisa es caridad. Sonríe al pobre a quien das limosna, a la señora a la cual cediste tu asiento, al señor que se disculpa por haberte pisado. Es muy difícil a veces dar con la palabra justa, la actitud verdadera, el gesto apropiado. Sonríe, es tan fácil y arregla tantas cosas… ¿Por qué no usar y abusar de este medio tan sencillo? La sonrisa es un reflejo de la alegría. Es su fuente. Y donde reina la alegría – hablo de la alegría verdadera, la alegría profunda del alma pura – también florece la amistad. Seamos portadores de sonrisas y, de este modo, sembradores de alegría ■ Guy de Larigaudie

VISUAL THEOLOGY

El monte Tabor (en en hebreo: הר תבור‎, Har Tabor) está localizado en la Baja Galilea, al este del Valle de Jezreel, 17 kilómetros al oeste del Mar de Galilea. Su altura es de 575 msnm (1.843 pies) y se eleva a 400 m con respecto a su entorno. Su cumbre se destaca desde lejos. Visto de este a oeste (desde Kfar Tabor) su cumbre es muy aguda; visto de sur a norte (desde Afula) es redondeada. Se lo conoce también con el nombre de Jebel a'tur (en árabe), Itabyrium y el Monte de la Transfiguración.  Alberga en su cumbre la Basílica de la Transfiguración. Tres aldeas árabes se hallan a los pies del monte: Shibli (al este), Umm-el-ghanam (al sur este) y Daburiya (al oeste) ■

Second Sunday of Lent (B)

Today's readings present us with several figures from the Jewish tradition. In the first reading we come upon Abraham, the Father of Faith and his son Isaac. In the Gospel we encounter Moses, the lawgiver, and Elijah, the greatest of the prophets. On the Mountain of the Transfiguration, Moses and Elijah discuss God's plan for his people with Jesus. This plan was to be a new and greater covenant, a new and greater relationship, greater even than the original relationship established with Abraham[1].

            This week we are presented with the covenant of Abraham, the covenant of faith. The covenant is that if we trust in God, have faith, and he will reward us for this faith. 

            The first reading for this Sunday is the sacrifice of Isaac.  This is a hard test for us to understand. The Jewish people never practiced human sacrifice. Why is Abraham was called to kill Isaac? It appears only as a demonstration of how deep his faith in God needed to be. Well, as we know, he did have faith. He had faith in God's promise that he would build him into a nation even though the only way that would happen would be through his son Isaac, the very son he was asked to sacrifice.  As you know, God did not allow him to kill his son, and his faith was rewarded by a covenant with him saying that his descendants would be as countless as the stars of the sky and the sands of the seashore, they will conquer their enemies and all nations will bless Abraham.  Indeed, Abraham is the father of faith not just for those of the Jews and Christians, but even for those who follow Islam.
 
            The point for us today is that God is aware of our faith.  He knows the struggles we have to believe! Abraham did not want to sacrifice his son, but trusted in God.  Jesus cried during the agony in the garden for his father to free him from the terrible suffering he was going to endure, but he still trusted in God.  How about us?  God sees us here, praying to him, wanting to grow closer to him.  At the same time he sees how our faith is continually tested by the turmoil of our lives. It is easy for us to believe and be so called people of faith when all is going well and we are happy. It is easy to believe, be people of faith, when we are enjoying our family, our children, our lives. It’s easy to believe, be people of faith, when we leave Church feeling warm and deeply moved. But faith is difficult when we are in turmoil! When relationships meant to be growing and nurturing, such as marriage, become bitter and end up destructive, when children push people to the edge, when jobs that we don’t even like are in jeopardy, then faith is difficult. It is difficult to believe in God when we are a loved one is sick, or if a loved one has passed away.

            God knows how often we are just plain angry, angry with him for the difficulties of our lives. He knows that sometimes we become so angry that we even doubt his existence. He knows that sometimes we wonder if he really cares. God knows how often we feel weak in our faith, but he also knows that we do want to have faith. “I do believe,” said the man whose son had leprosy and whom the disciples could not cure. “I do believe,” the man said, “but help my unbelief.” God sees us here as people of faith, who are begging him to help them grow in faith.  When times of turmoil take over our lives, we have to focus in on the covenant with Abraham, the covenant of faith.  Abraham trusted that God would find a way to reward him for his faith.  And God did reward him.  And he does reward us for our faith.

            When the disciples, Peter, James, and John saw Jesus transfigured on the Mountain and Elijah and Moses with him they wanted to erect booths. Maybe they wanted to sell religious articles. Some nice plastic statues of Moses that people could plant upside down in their yards when they wanted to sell their property would be go over big.  Or maybe there was some other superstition that they could make money on in the name of faith.  Maybe, the disciples wanted to organize pilgrimages to the mountain, and then invest in a Hilton nearby. People these days are continually looking for the spectacular as a basis for their faith.  But Jesus told the disciples and us that glory comes only after they and we understand what to rise from the dead means.  We cannot celebrate the Glory of the Lord until we share in his passion, his death, and his sacrifice. Our faith is tested like Abraham's faith and like Jesus' faith. We are called to give our best to the Lord and trust him to transform the sacrifice into a new covenant far greater than we could ever imagine.

            “If God is for us,” St. Paul tells the Romans and us, “who can be against us?” He, who did not spare his own son for us, will prevent the forces of evil from attacking us. This includes those forces within us tearing at our psyche, leading us away from the Lord.  Today, we pray for the faith of Abraham, trusting in God to reward our determination to be his ■





[1] 2nd Sunday of Lent B, March 1, 2015. Readings: Genesis 22:1-2, 9a, 10-13, 15-18
Psalm 116:10, 15, 16-17, 18-19; Romans 8:31b-34; Mark 9:2-10.
Llorando los pecados
tu pueblo está, Señor.
Vuélvenos tu mirada
y danos el perdón.

Seguiremos tus pasos,
camino de la cruz,
subiendo hasta la cumbre
de la Pascua de luz.

La Cuaresma es combate;
las armas: oración,
limosnas y vigilias
por el Reino de Dios.

"Convertid vuestra vida,
volved a vuestro Dios,
y volveré a vosotros",
esto dice el Señor.

Tus palabras de vida
nos llevan hacia ti,
los días cuaresmales
nos las hacen sentir.

Amén ■

tomado del los himnos comunes del Tiempo de Cuaresma 
para el Oficio de Laudes la Liturgia de las Horas. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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