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II Domingo de Pascua (Domingo de la Divina Misericordia 2014)

Aquella tarde, la de la Resurrección, Tomás tenía los ojos abiertos. Bien abiertos. Tomás siempre, digamos, pedía ver. Tomás no se conforma con bellas teorías, con sospechosos testimonios, con charlitas de tres al cuarto. Tomás quería más. Veinte siglos después la raza de Tomás sigue bien viva ¡para bien de la Iglesia! Y es que a la gente que realmente piensa no se le convence con estructuraciones mentales atractivas ni con argumentos de irrefutable historicidad. Ser cristiano es creer que Jesús es Dios, pero es mucho más. Es convivir en el amor con los demás hombres. Es renacer a una vida nueva, distinta, plena.

La fe viene de Dios, sí, es un regalo que recibimos en el bautismo (y un poco o un mucho todos los días) pero no sabemos qué caminos tomará. El camino más normal, el más accesible a todos, es el del "contagio". Puede haber re-nacimientos a la fe absolutamente fuera de todo cauce acostumbrado: una melodía, una revelación directa, un desbordamiento del amor del Padre. Pero lo normal es que alguien crea porque otros le han transmitido la fe en su infancia o se la han "contagiado" en su juventud, en su madurez. El Señor, nos dice el evangelio, exhala su aliento y aquellos hombres llenos de miedo reciben el poder y la valentía de transmitir el Mensaje. El grupo de los creyentes es, debe ser, el pueblo-imán de los hijos de Dios y hermanos de todos los hombres. El testimonio vivo del Resucitado. “Mirad como se aman”, decían de los primeros cristianos[1]. Y más gente venía a participar del "milagro" del amor. Y creía en Jesús.

Como Tomás, hoy también pedimos lo mismo: palpar, tocar, cerciorarnos. Y no está mal, siempre y cuando lo hagamos desde la sencillez y el buscar entender y sobre todo de la acción ¡gran predicador es fray ejemplo! Que dice la sabiduría popular.

Sin caer en la tentación de la nostalgia, en la tentación del perfeccionismo imposible, y sobre todo (y perdón por el término tan rebuscado pero no hay otro pa'explicarlo mejor) ni del aristocratismo de las élites –Jesús vino para todos- es bueno que reflexionemos sobre el testimonio que en la Iglesia estamos dando sobre la Resurrección de Jesús. Hoy más que nunca necesitamos estar encendidos pero no para dar sensación de poderío, sino sensación de fe y caridad. Sensación de esperanza.

Tomás tenia los ojos abiertos y pedía ver, quería meter su mano en el costado abierto ¡deseaba tanto palpar el amor! Y la verdad es que tenía derecho. Sí: tenía derecho. A Tomás no le bastaba con disfrutar cálidos amores familiares, idílicos paisajes de amistad. Exige que ese amor que parece sustancia y razón de la vida, máxima expresión de nuestra fe se haga presente. Lo mismo con nosotros: no basta que los cristianos nos queramos entre nosotros y demos –que tampoco la damos, ¡ay!- la impresión de una familia unida: hace falta que el cristianismo sea una inmensa casa de recepción para todos los que buscan, para todos los que sufren, para todos los que necesitan ser amados. El Señor Jesús fue mucho más que una palabra: fue y es la Palabra encarnada, que se relacionó con todos y para todos tuvo tiempo. Nosotros los cristianos, mientras pretendamos invadir el mundo de palabras –jerarquía, teólogos, capillitas, grupúsculos- no lograremos transmitir la alegría de la Resurrección ni dejar que el reino de Dio se extienda. Vamos a pensarlo ésta alegre mañana del domingo de la divina misericordia, el segundo del tiempo de Pascua ■





[1] Tertuliano, Apología contra los gentiles.

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor (2012)


San Marcos nos presenta un cuadro dramático y terrible. Fuera de la ciudad sagrada, junto al camino, a la vista de los que pasaban por allí, colgado en una cruz entre dos bandidos, agoniza el mismo hombre que pocos días antes había sido recibido y aclamado triunfalmente como el Rey-Mesías. Sobre su cabeza un letrero que da noticia de la causa de su condena: El rey de los judíos.

Todos se ríen de él, ridiculizando las palabras que había pronunciado cuando predicaba: tanto los que al escucharlo recibieron su mensaje como acusación y denuncia de sus injusticias como los que lo debieron sentir como anuncio de liberación.

Todos están allí: la gente del pueblo que lo había aclamado el domingo de Ramos y que ya había perdido toda esperanza en él; los sumos sacerdotes que habían vuelto a engañar al pueblo para que rechazara a Jesús y que ahora celebraban lo que creían que era su triunfo, y hasta los que estaban crucificados con él.

Y lo que es peor: todos de acuerdo en que ése no es modo de salvar al mundo: si el salvador no es capaz de salvarse a sí mismo..., ¿a quién podrá salvar? Todos de acuerdo en que si Dios estuviera con él la suerte de aquel condenado no sería la que estaban viendo. Si aquel despojo humano fuera de verdad el Hijo de Dios, ¿qué clase de Padre sería ese Dios? Y, al final, parece que aquel hombre en la cruz les da la razón: ¡Eloi, eloi, lema sabaktani, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

El hombre que nos presenta la liturgia de éste domingo con la lectura completa de la Pasión es…un Dios sin poder. "Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso", decimos en el Credo. Pero ¿en qué consiste su poder? Ciertamente, el poder de Dios no es como el de los poderosos de la tierra. El Padre no cambia el curso de los acontecimientos que los hombres, en el uso de su libertad, han decidido; no fuerza la libertad de los hombres, ni siquiera para que éstos sean buenos.

… Dios es amor, dice San Juan al escribir muchos años después de éstos acontecimientos, y ése, el amor, es su poder. Y de ese poder sí está llena la figura del crucificado. La gente que estaba ahí en aquel momento no fue capaz de descubrirlo, no comprendían que era un acto de amor y el comienzo de la salvación. Y nosotros, dos mil años después ¿seguimos sin comprenderlo? ¿Creemos que el amor es lo que transforma el mundo? Todos conocemos la fuerza del amor: si se apodera de nosotros nos cambia la vida, y cuando se hace norma de convivencia de un grupo, transforma su forma de vivir. Entonces, si lo dejáramos organizar el mundo en lugar de que siga estando en manos de la fuerza y del poder, ¿no cambiaría nada? No, no es tarea fácil[1].

La liturgia de éste domingo nos invita, pues a acercarnos a la pasión del Señor. Dios da al mundo, un año más, la oportunidad de celebrar la Pascua, de renovarnos en el amor y la fe. En el momento de la crucifixión sólo un forastero –un pagano, por cierto- supo comprender lo que estaba sucediendo: De veras este hombre era Hijo de Dios[2]. Entre tantos salvadores poderosos que ofrecen –nos ofrecen- tantas cosas, ¿no sería inteligente dar una oportunidad a este Salvador? Vamos a pensarlo, y a pedir a la Virgen Santísima su compañía a lo largo de los próximos días ■



[1] R. J. García A., Llamados a ser libres. Ciclo B., Edic. El Almendro, Madrid 1990, p. 76ss.
[2] Cfr Mc 14, 1; 15,47;15, 1-39. 

New-old-ideas


Lo propio de la aristocracia espiritual –la verdadera, la real, la que no se nota; no la de los que compran títulos nobiliarios como el de Peralta- es la compasión. Lo más alto es llegar a sufrir por otros y con otros. Es éste el camino, opuesto al del viejo burgués, o al del ahorrista mezquino, que crece, que gana, que guarda en sus cofres, que vence a otros, que se regocija porque es mejor que otros... El aristócrata auténtico, sin detenerse en sí mismo, sufre por otros, ofrece por otros. Su vocación es la de redimir y salvar. Por ello quien sigue ese camino escondido se coloca inmediatamente bajo el manto de la Santísima Virgen, que es Madre y Señora. Es la Dama, a quien son ofrecidos todos los triunfos del amor... Ella es permanente modelo de quietud contemplativa y de empeño en la redención de los hombres. Nadie alcanza la fecundidad en semejante misión sin incorporarse en esta corriente de Amor y de Gracia que procede del mismo Espíritu de Dios y con Él se identifica   Un ermitaño urbano

XXX Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Dicen los que saben que los rabinos de Israel entresacaban de la Escritura 248 mandamientos y 365 prohibiciones. Uno entonces puede perfectamente imaginar al judío practicante totalmente enredado en tal laberinto de leyes y fórmulas, mareado por tener que atender tantos frentes. No sorprende que discutieran su importancia tratando de afrontar al menos las obligaciones primordiales. Ni sorprende que, a la hora de calificar, surgieran distintas escuelas con respuestas diversas; y que incluso lucharan entre ellas por imponer los propios criterios. Así es que llegamos a la pregunta de hoy en el evangelio, una pregunta con cierta trampa, es decir, vamos a ver qué ideas tiene el Rabí de Nazaret: ¿Cuál es el Mandamiento más importante de la Escritura?

Ver a los judíos con su laberinto de leyes, puede prestarse al chiste y al ridículo; pero hoy por hoy no estamos tan lejos. Quien e haya acercado a la pastoral parroquial conoce la cantidad de temas a la hora de hablar de prioridades: ¿Qué es lo más urgente en la acción de la Iglesia? Un día se habla de dar prioridad a la juventud, al siguiente sobre la niñez, o la familia, o la inmoralidad, o la opción por los pobres, la catequesis, las vocaciones, la liturgia, y la espiritualidad sacerdotal...

El católico promedio, el que asiste a misa de 12 en su parroquia ve desfilar cada día distintos predicadores: uno truena contra el libertinaje en que se convierte la libertad; otro habla obsesivamente de los pobres; aquel mantiene su personal y razonable manía de que lo más urgente es tener cristianos bien formados que puedan afrontar la vida; otro acusa reiteradamente a la juventud perdida, que por cierto está ausente; alguien tiene la obsesión, bien cimentada por cierto, de que la parroquia tiene que ser comunidad... ¿Qué es realmente lo importante, lo fundamental, lo que resume todo y da sentido a vocaciones, pobres, liturgia, catequesis, comunidad...? Amar.

¿Amar, qué? Pues amar todo lo que existe: Dios, el prójimo, el propio yo (¡tan difícil!), la naturaleza, la historia, la vida...

Si tuviéramos varios corazones, uno para amar a Dios, otro para el prójimo, otro para la naturaleza, cabría la posibilidad de trabajar con uno y dar descanso a los otros. Pero el hombre es un ser unitario: o ama o no ama. O tiene el corazón abierto, o lo tiene cerrado. Si lo tiene abierto, ama, vive, tiene paz, alegría: es la salvación. Si se repliega sobre sí mismo, no ama, ni vive, se entristece, se amarga, se agria, pierde la esperanza: es la condenación.

El gran problema del hombre es poder amar, y no ver en Dios un Dictador que te exige una hoja de papel cuadriculado donde registres tu vida espiritual; en el prójimo un rival, en la naturaleza un enemigo, en la propia historia un desastre, en la vida "un rollo". Toda competencia o discusión entre la importancia de amar a Dios y amar al prójimo, es irreal y farisaica: tras esa discusión hay siempre un corazón que se repliega sobre sí mismo. Por eso resulta triste que este evangelio, dador de vida como lo es siempre la Palabra de Dios, se convierta en nueva fuente de discusiones farisaicas o de acusaciones partidistas[1].

El gran problema, el problema radical que los hombres tenemos que descubrir y afrontar, es nuestra escasa capacidad de amar. Cada día sentimos la tentación de pensar que Dios lima nuestra libertad, que el prójimo es enemigo o despreciable, que el trabajo es un asco, que la vida es inaguantable.

Lo que necesitamos descubrir es la raíz y la fuente del amor, porque si queremos vivir tendremos que amar. Y la raíz del amor no es la innegable buena voluntad humana, que tropieza siempre en la misma piedra: en lo desagradable, en lo que hiere, en el enemigo. Enemigo puede parecer Dios, como sucede desde Adán en el Paraíso; el enemigo es siempre alguien cercano a nosotros, porque nos incomoda; el enemigo es la cruz de la vida, como gritó Pedro y tentó a Jesús; el enemigo es un yo defectuoso o pecador, como lo vio Judas cuando se ahorcó...

El Amor nace de Dios: de verse cada día querido y perdonado por Él en la propia miseria, y llamado además a ser hijo. El amor no lo producimos; se nos da. Y cuando se recibe, se expande en toda dirección: Dios, hombres, naturaleza, vida...■


[1] M. Flamarique, Escrutad las Escrituras, Reflexiones sobre el ciclo A, Desclée de Brouwer, Bilbao 1989, p. 164

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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