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VIII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Apenas un par de semanas antes de reunirse con un grupo de cardenales para anunciar su renuncia[1], Papa Benedicto XVI hablaba en su catequesis de los miércoles sobre la figura de Dios como Padre amoroso: «No es siempre fácil hablar hoy de paternidad. Sobre todo en el mundo occidental, las familias disgregadas, los compromisos de trabajo cada vez más absorbentes, las preocupaciones y a menudo el esfuerzo de hacer cuadrar el balance familiar, la invasión disuasoria de los mass media en el interior de la vivencia cotidiana: son algunos de los muchos factores que pueden impedir una serena y constructiva relación entre padres e hijos. La comunicación es a veces difícil, la confianza disminuye y la relación con la figura paterna puede volverse problemática; y entonces también se hace problemático imaginar a Dios como un padre, al no tener modelos adecuados de referencia. Para quien ha tenido la experiencia de un padre demasiado autoritario e inflexible, o indiferente y poco afectuoso, o incluso ausente, no es fácil pensar con serenidad en Dios como Padre y abandonarse a Él con confianza.

»Pero la revelación bíblica ayuda a superar estas dificultades hablándonos de un Dios que nos muestra qué significa verdaderamente ser «padre» (…) Dios nos es Padre porque nos ha bendecido y elegido antes de la creación del mundo[2], nos ha hecho realmente sus hijos en Jesús[3]. Y, como Padre, Dios acompaña con amor nuestra existencia, dándonos su Palabra, su enseñanza, su gracia, su Espíritu. Él —como revela Jesús— es el Padre que alimenta a los pájaros del cielo sin que estos tengan que sembrar y cosechar, y cubre de colores maravillosos las flores del campo, con vestidos más bellos que los del rey Salomón[4]; y nosotros —añade Jesús— valemos mucho más que las flores y los pájaros del cielo. Y si Él es tan bueno que hace «salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos»[5], podremos siempre, sin miedo y con total confianza, entregarnos a su perdón de Padre cuando erramos el camino. Dios es un Padre bueno que acoge y abraza al hijo perdido y arrepentido[6], da gratuitamente a quienes piden[7] y ofrece el pan del cielo y el agua viva que hace vivir eternamente[8].

»Dios es un Padre que no abandona jamás a sus hijos, un Padre amoroso que sostiene, ayuda, acoge, perdona, salva, con una fidelidad que sobrepasa inmensamente la de los hombres, para abrirse a dimensiones de eternidad. (…) El amor de Dios Padre no desfallece nunca, no se cansa de nosotros; es amor que da hasta el extremo, hasta el sacrificio del Hijo. La fe nos da esta certeza, que se convierte en una roca segura en la construcción de nuestra vida: podemos afrontar todos los momentos de dificultad y de peligro, la experiencia de la oscuridad de la crisis y del tiempo de dolor, sostenidos por la confianza en que Dios no nos deja solos y está siempre cerca, para salvarnos y llevarnos a la vida eterna. Entonces la paternidad de Dios es amor infinito, ternura que se inclina hacia nosotros, hijos débiles, necesitados de todo (…) Es precisamente nuestra pequeñez, nuestra débil naturaleza humana, nuestra fragilidad lo que se convierte en llamamiento a la misericordia del Señor para que manifieste su grandeza y ternura de Padre ayudándonos, perdonándonos y salvándonos.

»Y Dios responde a nuestro llamamiento enviando a su Hijo, que muere y resucita por nosotros; entra en nuestra fragilidad y obra lo que el hombre, solo, jamás habría podido hacer: toma sobre Sí el pecado del mundo, como cordero inocente, y vuelve a abrirnos el camino hacia la comunión con Dios, nos hace verdaderos hijos de Dios. Es ahí, en el Misterio pascual, donde se revela con toda su luminosidad el rostro definitivo del Padre. Y es ahí, en la Cruz gloriosa, donde acontece la manifestación plena de la grandeza de Dios como «Padre todopoderoso».

»cuando decimos «Creo en Dios Padre todopoderoso», expresamos nuestra fe en el poder del amor de Dios que en su Hijo muerto y resucitado derrota el odio, el mal, el pecado y nos abre a la vida eterna, la de los hijos que desean estar para siempre en la «Casa del Padre». Decir «Creo en Dios Padre todopoderoso», en su poder, en su modo de ser Padre, es siempre un acto de fe, de conversión, de transformación de nuestro pensamiento, de todo nuestro afecto, de todo nuestro modo de vivir»[9].

Toda la Liturgia de la Palabra de éste último domingo del Tiempo Ordinario antes del comienzo del tiempo de Cuaresma es una cariñosa invitación del Señor a detenernos y pensar. Creo en un solo Dios Padre Todopoderoso… Pidamos hoy al Señor a quien vamos a encontrar dentro de unos momentos de manera muy personal, a que nos ayude a vivir poco a poco, día a día, momento a momento, en el abandono confiado al amor del Padre, a confiar en su misericordiosa omnipotencia, el inicio y el fin de nuestra salvación y de nuestra felicidad ■



[1] La renuncia del papa Benedicto XVI fue anunciada por él mismo el 11 de febrero de 2013,1 y fue efectiva el 28 de febrero, a las 20:00 horas de Roma. En ese momento, la sede apostólica quedó vacante y dio comienzo un cónclave en el mes de marzo para elegir al siguiente Sumo Pontífice de la Iglesia católica. Se convirtió así en el primer papa en renunciar en 598 años, pues el último en dimitir había sido Gregorio XII, en 1415.
[2] cf. Ef 1, 3-6
[3] cf. 1 Jn 3, 1
[4] cf. Mt 6, 26-32; Lc 12, 24-28
[5] Mt 5, 45
[6] cf. Lc 15, 11 ss
[7] cf. Mt 18, 19; Mc 11, 24; Jn 16, 23
[8] cf. Jn 6, 32.51.58.
[9] Benedicto XVI, Audiencia General, Sala Pablo VI, miércoles 30 de enero de 2013. El texto completo puede leerse aquí: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2013/documents/hf_ben-xvi_aud_20130130_sp.html


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Conozco muchas personas que en su corazón piensan hoy igual a como aparecen pensando los fariseos en los Evangelios. Viven con miedo permanente a violar algún mandamiento de Dios. Y cuando algo sale mal en sus vidas, ven allí el castigo de Dios. Tenemos muchos mandatos interiores enraizados en nuestro interior, y obramos según su dictamen. Recibimos esos mandatos en el transcurso de nuestra vida, a menudo con buenos propósitos (padres, maestros, autoridades), pero acaban convirtiéndose en normas absolutas que nos limitan y nos asustan, y además nos conducen a una seria falta de libertad interior. Jesús vino a predicar nuestra libertad del poder absoluto de las leyes. Todas las leyes están al servicio del hombre, y no al revés. Es importante por eso vivir según nuestro propio ser de hijos de Dios, llamados a la libertad. Así, buscando y viviendo lo esencial, podemos violar algún mandamiento, según aparece expresado en la famosa frase de Agustín: Ama y haz lo que quieras. El amor responde a nuestro ser y lo expresa plenamente. No necesitamos aferrarnos temerosamente a los mandamientos; necesitamos amar, como expresión de nuestra libertad interior Anselm Grün

VII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Cómo comprender el Evangelio de hoy con esas frases tan sorprendentes de dar más de lo que nos pide quien no tiene derecho? Cuando leemos y comentamos este párrafo siempre hay alguien que, con ironía, pregunta si su significado podría ser el de tener que dar a una persona que nos asalta en la calle más de lo que nos exige. Quién así lo comprende ha captado sólo una parte del sentido en las frases del Señor, es decir, ha captado solo la intención digamos provocadora, pero no el contexto y el fondo. En otras palabras: quien así razona tiene una formación religiosa en que se entiende como obligación todo lo que dice el Evangelio, como si Jesús hubiera sido un letrado de gran formación jurídica y moral que únicamente hubiese dado consejos y normas para cumplir.

Es curioso –y muy triste- pero como consecuencia de la formación que hemos recibido (¡y seguimos impartiendo en catequesis y homilías!)  A muchos les parece que ser cristiano es cumplir a rajatabla lo que Jesús mandó, llevar a la práctica sus mandamientos y traducir todo su mensaje a doctrina moral. Si el Señor hubiera sido un jurista hubiera tenido en cuenta la máxima según la cual la ley no puede pedir imposibles ni actuar contra el sentir común. Si Jesús hubiera sido un moralista, hubiera tenido en cuenta (al estilo de la tradición de los grandes moralistas orientales) que la vía de la perfección moral es una senda muy lenta en la que no se pueden quemar etapas y que, por eso, pedir al discípulo, ya, determinadas conductas heroicas puede ser contraproducente.

No son las solas perspectivas moral o jurídica las adecuadas para entender las palabras del Señor éste domingo. Jesús fue y es una Persona profundamente religiosa. Desde esta perspectiva vive y habla; en esa perspectiva por tanto hay que situarse para poder comprender bien el mensaje. Ser religioso no se identifica con ser persona de hábitos piadosos y frecuencia cultual, aunque puede coincidir. En cortito: no por repetir más jaculatorias ni pronunciar el nombre de Dios en cantidad de ocasiones se es tampoco profundamente religioso.

Ser religioso es vivir la realidad cotidiana y la profunda desde la referencia a Dios que alimenta y apoya las grandes convicciones y actitudes con las que nos guiamos. Ser religioso es tener una actitud muy natural ante la vida y contarla desde Dios. Es vivir una estrecha relación vital con Quien es confesado como el autor y director de la Historia.
El Señor, situado en esta perspectiva, tiene como misión de su vida ayudarnos a descubrir la realidad, el modo de ser, la forma de actuar y sentir de Dios a Quien El considera de una manera muy personal y cercana, a Quien El concibe siempre en relación con los seres humanos. Y para expresar ese sentido personal, cercano, sensible y relacional, utilizó una palabra muy particular: Padre.

Esta es la clave, la fórmula, la respuesta que permite entender a Dios y comprender el mensaje de Jesús. Dios es como un Padre.

En el sentir común de los humanos un padre no es, ni mucho menos, perfecto, moralmente hablando. Todos tenemos experiencia de nuestros propios padres o de padres ajenos. Con sus defectos, sus manías, pero siempre con una enorme capacidad de amar que les hace tolerar, soportar, aceptar, querer, a sus hijos. Con su interés desinteresado por aportar a sus hijos lo que necesiten aunque tengan que quitárselo a sí mismos e, incluso, tengan que robarlo.

Ser padre es ser capaz de amar, y amar dice relación, no perfección; es establecer un tipo de relación donde el amor supera todo límite y todas las previsiones de respuesta. Nunca hasta que uno es padre, sabe hasta dónde es capaz de amar, de luchar, de sacrificarse, de entregar.

Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto no es pues una mera llamada obligatoria, no es una norma ni un consejo, es más bien una confesión sorprendente. Es un descubrimiento. Y es también una invitación. Porque perfectos no podemos ser, ni merece la pena luchar por la inasequible meta de una fría perfección moral al más puro estilo estoico o de recibidor de villa romana con aires aristocráticos.

La invitación del Señor de éste domingo es acercarnos a un Dios próximo, comprensivo, entrañable.

No se trata, pues, de sacar demasiadas conclusiones morales ni marcarnos obligaciones que nos impulsen, en tensión, hacia las alturas de hombres heroicos que acumulan virtudes, destierran vicios y cultivan cualidades sobrehumanas. Mejor será detenernos un momento y bajo la mirada amorosa de un Dios tan Padre que lleguemos a la convicción de que somos y podemos relacionarnos como hermanos, que somos amados como somos, invitados a mejorar y a llegar al cielo y, mientras tanto, a trabajar con los pies bien aterrizados y bien puestos sobre la tierra por la extensión del reino de Dios[1]





[1] Cfr. J. Alegre, Dabar 1990, n. 15.

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En la oración no se trata de pedir cosas a Aquel que todo conoce. La oración no es para decirle a Dios lo que quieres sino para escuchar lo que El quiere para ti y que no es otra cosa que compartir lo que El es: Tranquilidad profunda, Beatitud, Paz, Amor, Luz, Bondad, Belleza... No se trata de pedir cosas sino de comprender que no necesitas nada más que la presencia de Dios y descansar en esa morada llena de sus cualidades. Antes de orar debes de comprender que detrás de todos tus deseos de objetos o de situaciones del mundo, solo hay un deseo: la paz profunda. Y ese deseo último que tanto anhelas y que proyectas en los objetos y situaciones del mundo solo lo puedes obtener en la interioridad. La tranquilidad y la plenitud solo están en tu espíritu que es el Espíritu de Dios. Una persona se pone a orar cuando ha comprendido claramente la futilidad y la relatividad de todos los objetivos convencionales humanos que, aun teniendo su importancia relativa, no pueden darle la paz profunda, la plenitud que todo ser humano anhela con nostalgia. Es comprendiendo claramente esto bien sea por la propia inteligencia, o movido por las constantes dificultades de la vida, cuando uno se acerca a la Paz, la Belleza, la Bondad, la Plenitud y la Alegría que proporciona el contacto con lo Sagrado a través de la oración en su calidad más contemplativa. Sumergirse en el "acto orante" es el síntoma más claro de que se ha llegado al discernimiento (entre lo verdadero y lo falso), al desapego (de las cosas del mundo), a la sumisión (a la presencia de Dios), a la humildad (respecto a nuestra capacidad humana), a la sabiduría (habiendo comprendido donde está la plenitud y el gozo verdaderos), a la caridad (al abrazar en nuestra oración a Dios y a toda la creación en El), y a todas las demás virtudes... Todas las virtudes están contenidas en la oración  Pequeño tratado de oración (parte I), un ermitaño anónimo.  

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Cuando te retires a hacer oración tú solo, aparta de tu mente todo lo que has estado haciendo o piensas hacer. Rechaza todo pensamiento, sea bueno o malo. No ores con palabras a no ser que te sientas movido a ello; y si oras con palabras, no prestes atención a si son muchas o pocas. No ponderes las palabras ni su significado. No te preocupes de la clase de oraciones que empleas, pues no tiene importancia que sean oraciones litúrgicas oficiales, salmos, himnos o antífonas; o que tengan intenciones particulares o generales; o que las formules interiormente con el pensamiento o las expreses en voz alta con palabras. Trata de que no quede en tu mente consciente nada a excepción de un puro impulso dirigido hacia Dios. Desnúdala de toda idea particular sobre Dios (cómo es él en sí mismo o en sus obras) y mantén despierta solamente la simple conciencia de que él es como es. Déjale que sea así, te lo pido, y no le obligues a ser de otra manera. No indagues más en él, quédate en esta fe como en un sólido fundamento. Esta simple conciencia, desnuda de ideas y deliberadamente amarrada y anclada en la fe, vaciará tu pensamiento y afecto dejando sólo el pensamiento desnudo y la sensación ciega de tu propio ser. Sentirás como si todo tu deseo clamara a Dios y dijera:

Oh Señor, yo te ofrezco lo que soy,
sin mirar a ninguna cualidad de tu ser
sino al hecho de que tú eres como eres;
esto y nada más que esto.


Que este sosiego y oscuridad ocupe toda tu mente y que seas tú un reflejo de ella. Pues quiero que el pensamiento que tienes de ti mismo sea tan puro y simple como el que tienes de Dios. Así podrás estar espiritualmente unido a él sin fragmentación alguna y sin disipación de tu mente. Él es tu ser y en él tú eres lo que eres, no sólo porque él es la causa y el ser de todo lo que existe, sino porque él es tu causa y el centro profundo de tu ser. En esta obra de contemplación, por tanto, has de pensar en él y en ti de la misma manera: esto es, con la simple conciencia de que él es como es y de que tú eres como eres. En este sentido tu pensamiento no quedará dividido o disperso, sino unificado en él, que es el todo Anónimo inglés del siglo XIV, La nube delno-saber y El libro de la orientaciónparticular.

Solemnidad de la Natividad del Señor 25.XII.2013 (III)

Vamos a ser honestos y a no adornar la realidad: todos los años se repite el mismo cuadro: queremos vivir en este día lo que debiera ser nuestra vida siempre. En este día nos parece un sacrilegio la falta de amor, la incapacidad para perdonar, la ausencia de solidaridad. Incluso para la guerra nos hemos inventado "la tregua navideña"; es como si, por lo menos en este día, nos diera vergüenza matar. Y tranquilizamos nuestra conciencia pensando que, por lo menos en este día, no debe faltar la comida en ninguna mesa y por eso salimos rápidamente a las periferias de la ciudad –eso sí, no a la misma hora en que debemos estar en casa calientitos y tranquilos- a repartir despensas a los que nada tienen. Estos días las ausencias y las separaciones nos parecen más dolorosas y derrochamos amabilidad por todos los poros ¿Y el resto del año? ¿Es que la Navidad es un día? ¿Es que es algo metido en las 24 horas del reloj? La Navidad es la revelación del misterio del amor de Dios oculto durante los siglos, la celebración de la Encarnación de un Dios que se hace presente en la historia de los hombres. Y ahí, justo ahí, está la gran frustración de nuestra humanidad.

En lo más íntimo captamos el impacto de la Encarnación y sospechamos –aunque a veces pareciera que no queremos saberlo- que la Navidad es su gran plenitud. Sabemos que estamos llamados a esa plenitud, pero somos incapaces de conseguirla con nuestra mediocridad y por eso la sustituimos creando esa gran mentira que es la alegría ficticia de estos días.

La alegría y el ambiente que hemos ido creado en torno a la fiesta sagrada de la Nochebuena (y lo escribo con el riesgo de sonar como el Grinch; lo asumo[1]) es una terrible mentira, porque ése ambiente y esa celebración muchas veces no brota del encuentro personal del hombre en lo íntimo de su corazón con el Dios Vivo, sino que viene impuesta desde fuera, desde la mercadotecnia, las modas y las tendencias. Y si hay mentiras piadosas para personas inmaduras, ésta ni siquiera es piadosa, es una mentira cruel, una mentira que está hecha de comida y bebida, y entonces resalta más hambre y la sed de los que no tienen. Está hecha de lujo y ostentación y entonces destaca más la miseria.

No nos detenemos a pensar –y deberíamos hacerlo; hoy es un buen momento- por qué cuando se apagan las luces y pasan los vapores de las sobremesas y se hacen viejos los regalos no queda nada. Todo es como al principio, como si no hubiese habido Navidad. ¡Un mito más! Cuando la realidad es que Navidad debe ser el comienzo de la alegría y la paz para el resto del año.

Afortunadamente llegará un día –es la Palabra de Dios a través de la boca del profeta- en el que los hombres forjarán de sus espadas arados, y de sus lanzas, hoces. No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra. Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, y el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá. Nadie hará daño, nadie hará mal, porque la tierra estará llena del conocimiento de Dios como lleno de aguas está el mar[2]. Será Navidad para la Humanidad cuando Él realice plenamente el cielo nuevo y la tierra nueva. Y un día llegará, cuando Él vuelva, en que la Humanidad desbordará de gozo y alegría ¡Esa será la gran Navidad! No harán falta luces porque Él será el gran resplandor, la luz inextinguible donde habita Dios.

Pero ¿y mientras tanto? ¿Diciembre del 2013? Mientras tanto, cada uno debemos vivir y celebrar la Navidad de la manera más auténticamente posible.

Con Jesús nace un mundo nuevo. Un mundo de hombres honrados, sobrios, religiosos, abiertos a la esperanza; su oficio son las buenas obras.

¿Somos nosotros hombres y mujeres dedicados a obrar el bien, con verdadera entrega a los demás, a la promoción de las personas, de las familias, de los pueblos, del mundo? ¿Somos hombres siempre a favor de la paz, la justicia, la libertad y contra cada uno de los abusos que deshumanizan a los hombres?

¿Qué hacemos con la luz que nos trajo Cristo? ¿Vivimos nosotros en ella o en las tinieblas: en la verdad, el bien, el amor, o en las mil mentiras del egoísmo? ¿Vivimos de una manera sobria, honrada y religiosa, es decir, con sencillez, desprendimiento, fe y entrega generosa? ¿O somos unos superficiales egoístas? ¡Tantas cosas qué preguntarnos éste día de Navidad! ¿tendremos el valor de responder en el silencio de nuestro corazón? ■





[1] How the Grinch Stole Christmas! es un libro infantil escrito por el Dr. Seuss en versos con rima e ilustraciones del mismo autor, y publicado por Random House Mondadori en 1957. El libro critica la visión de la Navidad como algo comercial y satiriza a aquellos que obtienen beneficios explotando la época navideña.
[2] Is 2, 2-5. 

I Domingo de Adviento (A) 1.XII.2013

El tiempo litúrgico que comenzó la tarde del sábado con las primeras vísperas –la hora en que la Iglesia enciende sus lámparas- se llama Adviento, y es, simple y llanamente, el tiempo de la espera humana del Salvador. Todo está proyectado hacia esa venida, sin embargo el evangelio de este domingo nos lanza inmediatamente hacia el fin de los tiempos. Nos pone frente a la venida última del Señor, la Parusía[1].

Los dos advenimientos –la encarnación y la venida final del Hijo del hombre- no sólo no se contraponen, sino que se reclaman e iluminan mutuamente. En la celebración litúrgica no es posible proclamar el libro del Génesis sin evocar en filigrana el libro del Apocalipsis[2].

San Cirilo de Jerusalén solía decir en sus (maravillosas) catequesis[3] que hay dos venidas del Verbo: una oscura como la lluvia sobre un velo, otra resplandeciente de gloria, la que llegará. En la primera venida Cristo aparece envuelto en pañales dentro de un pesebre, en la segunda vendrá envuelto de la luz como en un manto[4].

A los cristianos la liturgia de la Iglesia nos invita éste domingo y los que le restan al adviento a vivir en estado de espera, dirigiendo la mirada en dirección a estas dos venidas. El ¡velad! del evangelio de hoy es lo que nos ayuda a no ser sorprendidos, a ser, digamos, contemporáneos a esta doble venida y es que el sueño nos vuelve ausentes, amodorrados. El verdadero, el irreparable desfase respecto a la venida del Señor está representado por el sueño, por la indiferencia, por la inercia.

Hoy en el evangelio el Señor vuelve al recuerdo lejano de los tiempos de Noé, cuando la gente comía y bebía descuidadamente sin preocuparse de la cuestión fundamental: su relación con Dios. Y así, desprevenidos, los encontró el diluvio. Una advertencia ciertamente inquietante.

Para nosotros el sueño puede ser el desinterés, el sentirnos ajenos a las desgracias de los demás, a ése no comprometernos con prácticamente nada. Esperar al Salvador significa sentirse interesados, reconocer que tenemos necesidad de salvación, admitir que somos pecadores, sentir la exigencia -¡y la urgencia!- de la conversión[5]. Significa, en medio de nuestras preocupaciones cotidianas, caer en la cuenta de que es necesario preocuparse de la dimensión espiritual de nuestra vida.

Velar es precisamente lo contrario de la evasión. Velar quiere decir romper con las obras de las tinieblas como dice S. Pablo, con la mentira, la hipocresía, la vanidad.

Nosotros, cristianos, velamos no porque tengamos miedo a la llegada del Señor, sino porque queremos que Él se presente –y será de improviso- nos encuentre comprometidos en la construcción de una ciudad terrena más justa, más fraterna, más habitable; preocupándonos por los demás, interesados en lo que vale verdaderamente la pena, no en espejitos y baratijas que nos distraen de lo esencial, de lo verdadero, de lo que dura para siempre ■




[1] Parusía deriva del término griego παρουσία (parousía), forma sustantivada del verbo πάρειμι (páreimi, «estar presente, asistir»). El significado principal del sustantivo era «presencia» o «bienes», aunque en sentido figurado podía significar venida o llegada. En el griego del Nuevo Testamento se utiliza, salvo excepción, con el significado escatológico del segundo advenimiento de Cristo.
[2] A. Nocent.
[4] San Cirilo de Jerusalén (en griego: Κύριλλος Α΄ Ἱεροσολύμων) (315 - 386) fue un obispo griego, en 1883 fue declarado doctor de la Iglesia. Sus famosas veintitrés lecturas catequéticas  que escribió siendo aún un presbítero, en el año 347 ó 348, contienen instrucciones sobre los principales temas de la fe cristiana y su práctica en una forma un tanto popular y no tan científica, llenas de cálido amor pastoral y cuidado por sus catecúmenos, a quienes se dirigía. Cada lectura está basada en un texto de la Escritura. Luego de una introducción general, siguen dieciocho lecturas para la competencia, y las cinco restantes están dirigidas a los recientemente bautizados, en preparación para recibir la comunión. En paralelo a la exposición del Credo como fue recibido por la Iglesia de Jerusalén, hay vigorosas polémicas contra los errores paganos, judíos y heréticos. Son de gran importancia para dar luz al método de instrucción usual en esa época, así como a las prácticas litúrgicas del período, de las cuales aquí se da el más extenso recuento existente.
[5] A. Pronzato, El Pan del Domingo. Ciclo A, edit. Sígueme, Salamanca, p. 12. 

XXX Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Dicen los que saben que los rabinos de Israel entresacaban de la Escritura 248 mandamientos y 365 prohibiciones. Uno entonces puede perfectamente imaginar al judío practicante totalmente enredado en tal laberinto de leyes y fórmulas, mareado por tener que atender tantos frentes. No sorprende que discutieran su importancia tratando de afrontar al menos las obligaciones primordiales. Ni sorprende que, a la hora de calificar, surgieran distintas escuelas con respuestas diversas; y que incluso lucharan entre ellas por imponer los propios criterios. Así es que llegamos a la pregunta de hoy en el evangelio, una pregunta con cierta trampa, es decir, vamos a ver qué ideas tiene el Rabí de Nazaret: ¿Cuál es el Mandamiento más importante de la Escritura?

Ver a los judíos con su laberinto de leyes, puede prestarse al chiste y al ridículo; pero hoy por hoy no estamos tan lejos. Quien e haya acercado a la pastoral parroquial conoce la cantidad de temas a la hora de hablar de prioridades: ¿Qué es lo más urgente en la acción de la Iglesia? Un día se habla de dar prioridad a la juventud, al siguiente sobre la niñez, o la familia, o la inmoralidad, o la opción por los pobres, la catequesis, las vocaciones, la liturgia, y la espiritualidad sacerdotal...

El católico promedio, el que asiste a misa de 12 en su parroquia ve desfilar cada día distintos predicadores: uno truena contra el libertinaje en que se convierte la libertad; otro habla obsesivamente de los pobres; aquel mantiene su personal y razonable manía de que lo más urgente es tener cristianos bien formados que puedan afrontar la vida; otro acusa reiteradamente a la juventud perdida, que por cierto está ausente; alguien tiene la obsesión, bien cimentada por cierto, de que la parroquia tiene que ser comunidad... ¿Qué es realmente lo importante, lo fundamental, lo que resume todo y da sentido a vocaciones, pobres, liturgia, catequesis, comunidad...? Amar.

¿Amar, qué? Pues amar todo lo que existe: Dios, el prójimo, el propio yo (¡tan difícil!), la naturaleza, la historia, la vida...

Si tuviéramos varios corazones, uno para amar a Dios, otro para el prójimo, otro para la naturaleza, cabría la posibilidad de trabajar con uno y dar descanso a los otros. Pero el hombre es un ser unitario: o ama o no ama. O tiene el corazón abierto, o lo tiene cerrado. Si lo tiene abierto, ama, vive, tiene paz, alegría: es la salvación. Si se repliega sobre sí mismo, no ama, ni vive, se entristece, se amarga, se agria, pierde la esperanza: es la condenación.

El gran problema del hombre es poder amar, y no ver en Dios un Dictador que te exige una hoja de papel cuadriculado donde registres tu vida espiritual; en el prójimo un rival, en la naturaleza un enemigo, en la propia historia un desastre, en la vida "un rollo". Toda competencia o discusión entre la importancia de amar a Dios y amar al prójimo, es irreal y farisaica: tras esa discusión hay siempre un corazón que se repliega sobre sí mismo. Por eso resulta triste que este evangelio, dador de vida como lo es siempre la Palabra de Dios, se convierta en nueva fuente de discusiones farisaicas o de acusaciones partidistas[1].

El gran problema, el problema radical que los hombres tenemos que descubrir y afrontar, es nuestra escasa capacidad de amar. Cada día sentimos la tentación de pensar que Dios lima nuestra libertad, que el prójimo es enemigo o despreciable, que el trabajo es un asco, que la vida es inaguantable.

Lo que necesitamos descubrir es la raíz y la fuente del amor, porque si queremos vivir tendremos que amar. Y la raíz del amor no es la innegable buena voluntad humana, que tropieza siempre en la misma piedra: en lo desagradable, en lo que hiere, en el enemigo. Enemigo puede parecer Dios, como sucede desde Adán en el Paraíso; el enemigo es siempre alguien cercano a nosotros, porque nos incomoda; el enemigo es la cruz de la vida, como gritó Pedro y tentó a Jesús; el enemigo es un yo defectuoso o pecador, como lo vio Judas cuando se ahorcó...

El Amor nace de Dios: de verse cada día querido y perdonado por Él en la propia miseria, y llamado además a ser hijo. El amor no lo producimos; se nos da. Y cuando se recibe, se expande en toda dirección: Dios, hombres, naturaleza, vida...■


[1] M. Flamarique, Escrutad las Escrituras, Reflexiones sobre el ciclo A, Desclée de Brouwer, Bilbao 1989, p. 164

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Dios creó tu alma silenciosa en el Bautismo, en un silencio inviolado. La llenó de  sí mismo al descender a ella toda la Trinidad santa; nada más que para Él. Fue más tarde, poco a poco cuando el mundo hizo irrupción. El ruido la invadió, cubriendo la  dulce voz de Dios.  Desde el barullo se amplifica.  ¡Vuelve al silencio bautismal! El ruido tiene tres generadores: los recuerdos, la curiosidad, las inquietudes.  ¡Paraliza sus acciones!

Haz callar los ruidos de los recuerdos. No recuerdes, no reavives ningún “mal recuerdo”.  El mal arrepentido está perdonado.  La generosidad del amor presente repara el pasado.  Olvida las acciones concretas.  Basta mantenerte delante de Dios Padre, como pecador beneficiario de su infinita misericordia.  El mal es “nada”.  ¿Para qué acordarse?  Piensa solamente en la gracia de Jesucristo que te ha salvado; en el olvido eterno de tus faltas, que Dios ha  destruido.

El no colecciona pequeñeces.  Guarda para Él un corazón filialmente contrito, receptivo y tierno: eso es la compunción. No recuerdes, no reavives ningún recuerdo profano: ni de lo que has sido, ni de lo  que has hecho, ni de lo que has dejado en el mundo. Confía a Dios todo lo que tienes de más querido, parientes o amigos.  ¿No son también hijos e hijas queridos de Dios?  ¿Los olvidará Él cuando tú, por Su amor, te has exiliado de los brazos de ellos?

Todos los pensamientos e imaginaciones que les dediques no les sirven de nada.  Apartando de Dios tu espíritu, a menudo turban tu corazón, tu confianza en la Providencia y tu fe en la Bondad de Dios. Tu imaginación no debe nunca franquear la clausura a sangre fría. La gracia, sola, ayuda eficazmente a aquellos a los que amamos; la obtendremos proporcionalmente a nuestra intimidad con Dios.  Mira a María en Cana.  Ella no perdió su sitio. Haced lo que Él os diga  ■ Las puertas del silencio, monje de la cartuja de porta coeli, 2002 
  

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A ti sola, alma bienaventurada a quien el Señor atrae al desierto para hablarte al corazón. A ti sola, que lo has acogido como Único. Mejor, que te ha acogido como hostia de alabanza por siempre.

¿Quieres arder ante su Faz adorable como una cera muy pura?

¿Quieres, como los querubines, como los serafines, oh alma, ser irradiada por su claridad, abrasada por su amor, y no ser para Él nada más que Luz y Claridad?

Consiente en olvidar el mundo, el universo y a ti mismo. Si vacilas en perder en Él y por Él tu vida, no sigas más. Lo que sigue no te aclarará nada.

Si el abismo te tienta, suplica al Señor que te envuelva en soledad, que te arroje en el silencio que Él habita y llena, donde Él se manifiesta. Por tu parte, esfuérzate en vivir así.

En cuanto te sea posible, con exacta obediencia y una perfecta caridad, evitarás estas cuatro  cosas, los mayores obstáculos al silencio interior, y que vuelven imposible la contemplación habitual:

· El ruido interior.
· Las discusiones interiores.
· Las obsesiones.
· Las preocupaciones de ti mismo.

¡Hecho esto, habrás franqueado las puertas del silencio! 


Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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