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I Domingo de Cuaresma (A)

El célebre texto de las tres tentaciones con el que año con año nos encontramos en éste primer domingo de Cuaresma es ante todo –no lo olvidemos- una luz sobre la persona de Jesús. No busquemos allí demasiado pronto nuestros propios combates. Es verdad que también ellos están allí ya que Jesús es en todo un modelo para nosotros. Fijémonos sobre todo en su combate, y aprenderemos muchas cosas sobre él. Antes de descubrirlo a través de sus comportamientos y de sus palabras se nos ha dado penetrar en su corazón, en ese lugar en donde un hombre hace sus opciones decisivas. Lo que Jesús es en el momento de las tentaciones lo será a lo largo de toda su vida pública, de ahí la importancia de este episodio, que no es un simple preludio, sino un enfrentamiento radical, un encuentro con el mal donde descubrimos en la fuerza de Jesús la fuerza que podemos llegar a tener todos los hombres.

Sí: Jesús es el Hijo de Dios, pero es verdaderamente hombre ¡Ay cómo no cuesta admitirlo! ¡Ay si pudiéramos inventar a Jesús! "Como eres el Hijo de Dios puedes hacerlo todo". No; él no puede hacerlo todo como tampoco nosotros; las respuestas a las tentaciones demuestran que es "de condición humana". Hasta el fin, sin dejar su condición de Dios,  llevará una vida auténticamente humana, limitada y expuesta al fracaso.

A pesar de esta debilidad –la debilidad real del hombre- triunfará, porque tiene total confianza en su Padre. Contemplar al Señor éste domingo –y los que siguen- significa que podemos y estamos llamados a hacer lo mismo: fiarnos del y entrar en esperanza.

Ante las desconcertantes horas de la pasión, el evangelio quiere darnos enseguida el tono a nuestra unión con Jesús: estamos tratando con un vencedor. En el momento más negro dirá: tened confianza yo he vencido al mundo[1].

Jesús es el hombre que cree en el Padre y que tiene la misión de inculcaros la misma confianza: creer en nuestro Padre celestial. Es lo que revelan sus contestaciones breves, firmes sin discusiones. Él es Hijo, ciertamente, y como Hijo lo espera todo del Padre. Pero rechaza radicalmente la idea demoníaca: la tentación de utilizar para sí, para su hambre, para su gloria, el poder de Dios ¡Y menos aún el poder de Satanás! Lo único que busca es sumergirse en los designios del Padre. Y así es como nos revelará al Padre: lo que Dios quiere nos manifiesta lo que Dios es.

Este combate contra Satanás nos hace descubrir en Jesús su inteligencia de la palabra de Dios y lo absoluto de su confianza: el hombre vive de Dios, el hombre no pone a prueba el poder de Dios, el hombre no adora más que a Dios. Basado en estas tres convicciones, Jesús puede avanzar por los caminos más difíciles; su vida no estará libre de peligros, de problemas y de tristezas, pero resultará victoriosa. Esa mezcla de vida difícil y triunfadora la iremos descubriendo a lo largo de los evangelios, y es igual que la nuestra. Estos días de la Cuaresma son un momento espléndido para acercarnos al misterio de la Encarnación, el misterio de cómo hombre puede ser el Hijo de Dios: hombre verdadero y Dios verdadero[2]. Los cinco domingos de Cuaresma –que tienen un prefacio propio, por cierto[3]- son un viaje maravilloso a  través de la vida pública del Señor. En éste primer domingo lo vemos siendo tentado por el demonio[4], el siguiente transfigurado delante de sus apóstoles[5], el tercero en un hermosísimo diálogo con la mujer de Samaria[6], el cuarto, curando el ciego de nacimiento[7] y el ultimo y anterior a su pasión, devolviéndole la vida a su amigo Lázaro[8].

La actitud del Señor en el desierto resulta pues ejemplar. Un día, Jesús multiplicará los panes para quitar el hambre a la multitud. Pero ni siquiera entonces transformará las piedras en pan. Se servirá, en cambio, del don minúsculo, insuficiente ciertamente, «desproporcionado», de un muchacho. Como dando a entender que el verdadero milagro es el gesto del compartir. Más tarde Cristo será ensalzado, glorificado. No sobre el alero del templo. Sino sobre la cruz. Y no recogerá el desafío de soltarse y de bajar. Salvará a los otros porque no aceptará salvar la propia vida, sino que estará dispuesto a perderla. Indicando así cuál es también el paso obligado del discípulo, que no puede eliminar del propio itinerario el camino incómodo del Calvario. Y poco antes lo encontramos de rodillas. No frente a Satanás. De rodillas ante los apóstoles, para lavarles los pies. Poniendo así al revés todos los criterios de grandeza humana. Y mostrándonos que la verdadera grandeza está en el servicio. Y quitándonos cualquier posibilidad de instrumentalizar a Dios mediante nuestros intereses egoístas y nuestros sueños de grandeza y de poder[9].

En una palabra, Jesús nos recuerda que cuando se dice Dios, ese nombre no puede invocarse como soporte de nuestros mezquinos proyectos y de nuestras pequeñas codicias terrenas, aunque enmascaradas «con buen fin», y disfrazadas con motivaciones religiosas… tenemos éste domingo ¡tanto qué meditar! ■



[1] Cfr. Jn 16. 33.
[2] Cfr. André Seve, El Evangelio de los Domingos, Ed. Verbo Divino, Estella, 1984, p. 18.
[3] El prefacio es la oración que, en el rito romano, concluye el ofertorio e introduce el canon de la Misa, que es donde se incluye la consagración. Se trata de una oración de acción de gracias y se canta todos los días del año. Con esta oración "la Iglesia da gracias al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, por todas sus obras, por la creación, la redención y la santificación. Toda la asamblea se une entonces a la alabanza incesante que la Iglesia celestial, los ángeles y todos los santos cantan al Dios tres veces santo" (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1352).
[4] Cfr. Mt 4, 1-11; Mc 1, 12-13; Lc 4, 3-13.
[5] Cfr. Mt 17, 1-13; Mc 9, 2-13; Lc 9, 28-36.
[6] Cfr. Jn 4, 7-26.
[7] Cfr. Jn 9, 1-41.
[8] Cfr. Jn 11, 1-44.
[9] A. Pronzato, El Pan del Domingo. Ciclo A. Edit. Sígueme, Salamanca 1986, p 52 ss.

VIII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Apenas un par de semanas antes de reunirse con un grupo de cardenales para anunciar su renuncia[1], Papa Benedicto XVI hablaba en su catequesis de los miércoles sobre la figura de Dios como Padre amoroso: «No es siempre fácil hablar hoy de paternidad. Sobre todo en el mundo occidental, las familias disgregadas, los compromisos de trabajo cada vez más absorbentes, las preocupaciones y a menudo el esfuerzo de hacer cuadrar el balance familiar, la invasión disuasoria de los mass media en el interior de la vivencia cotidiana: son algunos de los muchos factores que pueden impedir una serena y constructiva relación entre padres e hijos. La comunicación es a veces difícil, la confianza disminuye y la relación con la figura paterna puede volverse problemática; y entonces también se hace problemático imaginar a Dios como un padre, al no tener modelos adecuados de referencia. Para quien ha tenido la experiencia de un padre demasiado autoritario e inflexible, o indiferente y poco afectuoso, o incluso ausente, no es fácil pensar con serenidad en Dios como Padre y abandonarse a Él con confianza.

»Pero la revelación bíblica ayuda a superar estas dificultades hablándonos de un Dios que nos muestra qué significa verdaderamente ser «padre» (…) Dios nos es Padre porque nos ha bendecido y elegido antes de la creación del mundo[2], nos ha hecho realmente sus hijos en Jesús[3]. Y, como Padre, Dios acompaña con amor nuestra existencia, dándonos su Palabra, su enseñanza, su gracia, su Espíritu. Él —como revela Jesús— es el Padre que alimenta a los pájaros del cielo sin que estos tengan que sembrar y cosechar, y cubre de colores maravillosos las flores del campo, con vestidos más bellos que los del rey Salomón[4]; y nosotros —añade Jesús— valemos mucho más que las flores y los pájaros del cielo. Y si Él es tan bueno que hace «salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos»[5], podremos siempre, sin miedo y con total confianza, entregarnos a su perdón de Padre cuando erramos el camino. Dios es un Padre bueno que acoge y abraza al hijo perdido y arrepentido[6], da gratuitamente a quienes piden[7] y ofrece el pan del cielo y el agua viva que hace vivir eternamente[8].

»Dios es un Padre que no abandona jamás a sus hijos, un Padre amoroso que sostiene, ayuda, acoge, perdona, salva, con una fidelidad que sobrepasa inmensamente la de los hombres, para abrirse a dimensiones de eternidad. (…) El amor de Dios Padre no desfallece nunca, no se cansa de nosotros; es amor que da hasta el extremo, hasta el sacrificio del Hijo. La fe nos da esta certeza, que se convierte en una roca segura en la construcción de nuestra vida: podemos afrontar todos los momentos de dificultad y de peligro, la experiencia de la oscuridad de la crisis y del tiempo de dolor, sostenidos por la confianza en que Dios no nos deja solos y está siempre cerca, para salvarnos y llevarnos a la vida eterna. Entonces la paternidad de Dios es amor infinito, ternura que se inclina hacia nosotros, hijos débiles, necesitados de todo (…) Es precisamente nuestra pequeñez, nuestra débil naturaleza humana, nuestra fragilidad lo que se convierte en llamamiento a la misericordia del Señor para que manifieste su grandeza y ternura de Padre ayudándonos, perdonándonos y salvándonos.

»Y Dios responde a nuestro llamamiento enviando a su Hijo, que muere y resucita por nosotros; entra en nuestra fragilidad y obra lo que el hombre, solo, jamás habría podido hacer: toma sobre Sí el pecado del mundo, como cordero inocente, y vuelve a abrirnos el camino hacia la comunión con Dios, nos hace verdaderos hijos de Dios. Es ahí, en el Misterio pascual, donde se revela con toda su luminosidad el rostro definitivo del Padre. Y es ahí, en la Cruz gloriosa, donde acontece la manifestación plena de la grandeza de Dios como «Padre todopoderoso».

»cuando decimos «Creo en Dios Padre todopoderoso», expresamos nuestra fe en el poder del amor de Dios que en su Hijo muerto y resucitado derrota el odio, el mal, el pecado y nos abre a la vida eterna, la de los hijos que desean estar para siempre en la «Casa del Padre». Decir «Creo en Dios Padre todopoderoso», en su poder, en su modo de ser Padre, es siempre un acto de fe, de conversión, de transformación de nuestro pensamiento, de todo nuestro afecto, de todo nuestro modo de vivir»[9].

Toda la Liturgia de la Palabra de éste último domingo del Tiempo Ordinario antes del comienzo del tiempo de Cuaresma es una cariñosa invitación del Señor a detenernos y pensar. Creo en un solo Dios Padre Todopoderoso… Pidamos hoy al Señor a quien vamos a encontrar dentro de unos momentos de manera muy personal, a que nos ayude a vivir poco a poco, día a día, momento a momento, en el abandono confiado al amor del Padre, a confiar en su misericordiosa omnipotencia, el inicio y el fin de nuestra salvación y de nuestra felicidad ■



[1] La renuncia del papa Benedicto XVI fue anunciada por él mismo el 11 de febrero de 2013,1 y fue efectiva el 28 de febrero, a las 20:00 horas de Roma. En ese momento, la sede apostólica quedó vacante y dio comienzo un cónclave en el mes de marzo para elegir al siguiente Sumo Pontífice de la Iglesia católica. Se convirtió así en el primer papa en renunciar en 598 años, pues el último en dimitir había sido Gregorio XII, en 1415.
[2] cf. Ef 1, 3-6
[3] cf. 1 Jn 3, 1
[4] cf. Mt 6, 26-32; Lc 12, 24-28
[5] Mt 5, 45
[6] cf. Lc 15, 11 ss
[7] cf. Mt 18, 19; Mc 11, 24; Jn 16, 23
[8] cf. Jn 6, 32.51.58.
[9] Benedicto XVI, Audiencia General, Sala Pablo VI, miércoles 30 de enero de 2013. El texto completo puede leerse aquí: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2013/documents/hf_ben-xvi_aud_20130130_sp.html


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En la oración no se trata de pedir cosas a Aquel que todo conoce. La oración no es para decirle a Dios lo que quieres sino para escuchar lo que El quiere para ti y que no es otra cosa que compartir lo que El es: Tranquilidad profunda, Beatitud, Paz, Amor, Luz, Bondad, Belleza... No se trata de pedir cosas sino de comprender que no necesitas nada más que la presencia de Dios y descansar en esa morada llena de sus cualidades. Antes de orar debes de comprender que detrás de todos tus deseos de objetos o de situaciones del mundo, solo hay un deseo: la paz profunda. Y ese deseo último que tanto anhelas y que proyectas en los objetos y situaciones del mundo solo lo puedes obtener en la interioridad. La tranquilidad y la plenitud solo están en tu espíritu que es el Espíritu de Dios. Una persona se pone a orar cuando ha comprendido claramente la futilidad y la relatividad de todos los objetivos convencionales humanos que, aun teniendo su importancia relativa, no pueden darle la paz profunda, la plenitud que todo ser humano anhela con nostalgia. Es comprendiendo claramente esto bien sea por la propia inteligencia, o movido por las constantes dificultades de la vida, cuando uno se acerca a la Paz, la Belleza, la Bondad, la Plenitud y la Alegría que proporciona el contacto con lo Sagrado a través de la oración en su calidad más contemplativa. Sumergirse en el "acto orante" es el síntoma más claro de que se ha llegado al discernimiento (entre lo verdadero y lo falso), al desapego (de las cosas del mundo), a la sumisión (a la presencia de Dios), a la humildad (respecto a nuestra capacidad humana), a la sabiduría (habiendo comprendido donde está la plenitud y el gozo verdaderos), a la caridad (al abrazar en nuestra oración a Dios y a toda la creación en El), y a todas las demás virtudes... Todas las virtudes están contenidas en la oración  Pequeño tratado de oración (parte I), un ermitaño anónimo.  

Fiesta de la Presentación del Señor en el Templo (2014)

Cada siete años tenemos la alegría de celebrar ésta luminosa fiesta en Domingo. En la primera fiesta de la Presentación hubo dos extraños invitados. Se invitaron ellos mismos. María y José no hicieron otra cosa que "sentirse maravillados" por la intervención de aquellos dos invitados-sorpresa. Él se llamaba Simeón y era justo y piadoso. La tradición dice que era, además, viejo. Lo llamamos el anciano Simeón. Ella se llamaba Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era profetisa y tenía 84 años. Otra anciana. Ambos andaban por el templo paseando su esperanza. En una palabra: esperaban. Años y años esperando. Hasta que llegó Jesús y reconocieron en Él al objeto de su esperanza. Simeón improvisó un maravilloso poema de iluminación y Ana también alabó al Señor. Ninguno de los dos estaba previsto en el ritual de la Presentación pero he aquí que se erigieron en sombras maravilladas y luminosas del Protagonista. Eran humildes y esperanzados, por eso quedaron recogidos en el evangelio para siempre.

Simeón y Ana vivían con dos virtudes fuertes e importantes: esperanza y lucidez. No se cansaron de esperar y, en el momento justo, supieron descubrir al Salvador. No era fácil descubrirlo entre tanta gente, y no había sido fácil resistir años y años de esperanza.

La esperanza es cada vez más difícil y, por eso, es, cada vez, más virtud. Exige más fuerza, más entrega, mayor abundamiento de recursos sobrehumanos, mayor confianza en Aquel-que-todo-lo-puede y, tantas veces, parece que no puede nada.

Esperanza es confianza prolongada en el tiempo. Tensión. Pocos, muy pocos resisten. Lucidez es iluminación. Rara iluminación que viene de dentro y de fuera, de abajo y de arriba. Uno se deja iluminar por Quien puede hacerlo y, al mismo tiempo, deja salir la luz para iluminar a quien quiera dejarse iluminar. Todo, con sensatez y locura a partes iguales. Sólo son lúcidos los humildes y esperanzados. Los que todo lo esperan de Dios.

Qué dificil es para nuestra sociedad actual, para el ambiente en el que vivimos, mantener la esperanza en la salvación. Hoy el evangelio nos invita a los cristianos a mirar a estos do viejos que esperban, y en esperando encuentran al niño y en encontrándolo, mueren contentos porque sólo cuando Jesus llega tiene sentido la muerte de ellos. Es decir, la Vida.

La Presentación es una celebración de lucidez y esperanza y la liturgia nos invita a dejarnos llevar por estas dos virtudes. La presentación es una fiesta mística. Necesaria y misteriosa. El mundo de la Fe está lleno de viejecitos cantarines y protocolos sencillísimos y papás sin brillo –sin brillo aparente, queremos decir- que portan niños vulgares y sorpresas de luz que estallan en cantos de esperanza iluminando las noches más insoportables. El misterio del Misterio, resquebrajado por personas sencillas que viven y cantan, sufren y esperan…

Hermano mio, hermana mía, la Salvación y la alegría no llegarán traídos por el último sistema operativo o el último gadget, sino por la presencia del Señor. No descubren a Jesús los sabios engreídos de su sabiduría sino los limpios y humildes de corazón cuya esperanza conduce a la Lucidez, cuya lucidez conduce a la Esperanza. María, José, Simeón, Ana. En medio, Jesús. Este Salvador jamás se dejó atrapar por los poderosos, por eso la Presentación –el Hypapante, que dicen los griegos[1]- es fiesta de luz, esperanza, humildad y comunicación[2]




[1] Es una fiesta antiquísima de origen oriental. La Iglesia de Jerusalén la celebraba ya en el siglo IV. Se celebraba allí a los cuarenta días de la fiesta de la Epifanía, el 14 de febrero. La peregrina Eteria, que cuenta esto en su famoso diario, añade el interesante comentario de que se "celebraba con el mayor gozo, como si fuera la pascua misma". Desde Jerusalén, la fiesta se propagó a otras iglesias de Oriente y de Occidente. En el siglo VII, si no antes, había sido introducida en Roma. Se asoció con esta fiesta una procesión de las candelas. La Iglesia romana celebraba la fiesta cuarenta días después de Navidad.
[2] Cfr. B. M. Hernando, Dabar, 1992, 13.

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Cuando te retires a hacer oración tú solo, aparta de tu mente todo lo que has estado haciendo o piensas hacer. Rechaza todo pensamiento, sea bueno o malo. No ores con palabras a no ser que te sientas movido a ello; y si oras con palabras, no prestes atención a si son muchas o pocas. No ponderes las palabras ni su significado. No te preocupes de la clase de oraciones que empleas, pues no tiene importancia que sean oraciones litúrgicas oficiales, salmos, himnos o antífonas; o que tengan intenciones particulares o generales; o que las formules interiormente con el pensamiento o las expreses en voz alta con palabras. Trata de que no quede en tu mente consciente nada a excepción de un puro impulso dirigido hacia Dios. Desnúdala de toda idea particular sobre Dios (cómo es él en sí mismo o en sus obras) y mantén despierta solamente la simple conciencia de que él es como es. Déjale que sea así, te lo pido, y no le obligues a ser de otra manera. No indagues más en él, quédate en esta fe como en un sólido fundamento. Esta simple conciencia, desnuda de ideas y deliberadamente amarrada y anclada en la fe, vaciará tu pensamiento y afecto dejando sólo el pensamiento desnudo y la sensación ciega de tu propio ser. Sentirás como si todo tu deseo clamara a Dios y dijera:

Oh Señor, yo te ofrezco lo que soy,
sin mirar a ninguna cualidad de tu ser
sino al hecho de que tú eres como eres;
esto y nada más que esto.


Que este sosiego y oscuridad ocupe toda tu mente y que seas tú un reflejo de ella. Pues quiero que el pensamiento que tienes de ti mismo sea tan puro y simple como el que tienes de Dios. Así podrás estar espiritualmente unido a él sin fragmentación alguna y sin disipación de tu mente. Él es tu ser y en él tú eres lo que eres, no sólo porque él es la causa y el ser de todo lo que existe, sino porque él es tu causa y el centro profundo de tu ser. En esta obra de contemplación, por tanto, has de pensar en él y en ti de la misma manera: esto es, con la simple conciencia de que él es como es y de que tú eres como eres. En este sentido tu pensamiento no quedará dividido o disperso, sino unificado en él, que es el todo Anónimo inglés del siglo XIV, La nube delno-saber y El libro de la orientaciónparticular.

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La fecundidad de María es aquí la imagen de la fecundidad de toda alma que acepta hacer silencio en ella para recibir plenamente la Palabra de Dios, como María ha recibido el mensaje del Ángel. Esta escucha pasiva puede parecer muy fácil; en realidad exige una gran ascesis. Esta escucha hace desaparecer nuestro yo y todas sus pretensiones para concentrarse en un Otro, de tal manera mayor, que nuestros pensamientos desfallecen ante Él. Pero en este silencio, el alma es misteriosamente tocada por Dios y se transforma en Él. Del fondo del ser brota entonces una vida nueva, bendición para aquel o aquella que ora así y para toda la Iglesia Fray Juan Taulero (monje dominico del siglo XIV), meditación sobre los misterios gozosos del Santo Rosario.

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Te invoco, Dios Verdad, principio, origen y fuente de la verdad de todas las cosas verdaderas. Dios Sabiduría, autor y fuente de la sabiduría de todos los que saben. Dios verdadero y suma Vida, en quien, de quien y por quien viven todas las cosas que suma y verdaderamente viven. Dios Bienaventuranza, en quien y por quien son bienaventurados todos los que son bienaventurados. Dios Bondad y Hermosura, principio, causa y fuente de todas las cosas buenas y hermosas. Dios Luz espiritual, que bañas de claridad todo lo que brilla a la inteligencia. Dios, cuyo reino es todo el mundo inaccesible a los sentidos. Dios, que gobiernas los imperios con leyes que se derivan a los reinos de la tierra. Separarse de Ti es caer; volverse a Ti, levantarse; permanecer en Ti es hallarse firme. Alejarse de Ti es morir, volver a Ti es revivir, morar en Ti es vivir. Nadie te pierde sino engañado, nadie te busca sino avisado, nadie te halla sino purificado. Dejarte a Ti es ir a la muerte, seguirte es amar, verte es poseerte. Para Ti nos despierta la fe, levanta la esperanza, une la caridad San Agustín de Hipona, Soliloquios, libro I, cap. 1.


Las antífonas de la O

Las antífonas de la O son siete, y la Iglesia las canta junto con el Magnificat[1] en el Oficio de Vísperas desde el día 17 hasta el día 23 de diciembre, como preparación para la solemnidad de la Natividad del Señor. Estas antífonas son en realidad un llamamiento al Mesías recordando las ansias con que era esperado por todos los pueblos antes de su venida, y, también son, una manifestación del sentimiento con que todos los años, de nuevo, le espera la Iglesia en los días que preceden a la gran solemnidad del Nacimiento del Salvador.

Se llaman así porque todas empiezan en latín con la exclamación «O», en castellano «Oh». También se llaman «antífonas mayores». Según Amalario de Metz[2], estas Antífonas son de origen romano, y probablemente datan del siglo VII. Fueron, en un principio, siete, ocho, nueve y a veces hasta diez y más; pero desde San Pío V se fijó en siete su número. En cada una se llama al Mesías con un nombre distinto. Son un magnífico compendio de la cristología más antigua de la Iglesia, y a la vez, un resumen expresivo de los deseos de salvación de toda la humanidad, tanto del Israel del Antiguo Testamento como de la Iglesia del Nuevo Testamento. Son breves oraciones dirigidas a Cristo Jesús, que condensan el espíritu del Adviento y la Navidad. La admiración de la Iglesia ante el misterio de un Dios hecho hombre: «Oh». La comprensión cada vez más profunda de su misterio. Y la súplica urgente: «ven»
Cada antífona empieza por una exclamación, «Oh», seguida de un título mesiánico tomado del Antiguo Testamento pero entendido con la plenitud del Nuevo. Es una aclamación a Jesús el Mesías, reconociendo todo lo que representa para nosotros. Y termina siempre con una súplica: «ven» y no tardes más.

O Sapientia (sabiduría, Palabra)
Oh Sabiduría que brotas de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad, ven y muéstranos el camino de la salvación. Nuestro Señor es el Verbo de Dios, su Palabra sapientísima y eterna que dispone todas las cosas con fuerza y con suavidad. Él es la expresión perfecta del Padre, igual a Él, verdadero Dios cuyos designios son sin falla. Por eso, al fin de esta Antífona Le pedimos que venga a enseñarnos el camino de la salvación, para que no sigamos los caminos de este mundo, que son sumamente imprudentes, porque conducen a la perdición.
O Adonai (Señor poderoso)
Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ven a librarnos con el poder de tu brazo. Nuestro Señor es el Jefe por excelencia, el Legislador, el Autor infalible de la ley natural, del decálogo que dio a Moisés sobre el monte Sinaí, antes de guiarlo con su poder divino para libertar a su pueblo. Por eso, al fin de esta Antífona, pedimos al Señor y Legislador, a Adonai, que venga a rescatarnos con el poder de su brazo. 
O Radix  (raíz, renuevo de Jesé, padre de David)
Oh renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ven a librarnos, no tardes más. El tallo que sale de la raíz de Jesé es la Santísima Virgen María, a quien todas las generaciones proclaman bienaventurada, a quien los reyes consagraron sus reinos y a quien todos los pueblos que pasaron del paganismo al cristianismo veneran ahora como a su Reina. La Virgen María, nuestra Madre, a quien millones de almas deben su salvación, es la figura principal del Adviento, por ser Aquella de quien nacerá Jesús, Aquella que concibió por el Espíritu Santo, Aquella que es nuestra Estrella en este mundo peligroso para nuestras almas. Por eso, al fin de esta Antífona, pediremos a Nuestro Señor que venga y que no tarde a salvarnos por María.
O Clavis  (llave de David, que abre y cierra)
Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir, ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas y en sombras de muerte.
El Salvador prometido posee la única llave que abrirá las puertas de cielo, cerradas por el pecado de Adán y Eva. Esta llave es la Cruz. Al fin de esta cuarta Antífona, Le pediremos que venga y saque de su prisión a los cautivos sentados en tinieblas y en sombras de muerte.
O Oriens (oriente, sol, luz)
Oh Sol que naces de lo alto, Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. El Salvador disipará las tinieblas del error y del pecado, como el sol naciente disipa las tinieblas de la noche. Tanta gente, hoy, está des-orientada porque está lejos de Nuestro Señor, de su Verdad y de su gracia. ¡Pobres almas, tan numerosas, que festejarán Navidad con glotonerías, embriagueces y sensualidades, con regalos corruptores y luces artificiales, y con un viejo y feísimo Papa Noel mundano, pero sin la paz del Niño Jesús! Por eso, al fin de esta Antífona, se pide a Nuestro Señor que venga y alumbre a los sumidos en tinieblas y en sombras de muerte.
O Rex  (rey de paz)
Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra. Jesucristo es el único Salvador, tanto de los judíos como de los paganos. ¡No hay que esperar o buscar otro! El Niño Jesús es EL Salvador. Hay solo un Dios y Salvador, como hay solo una criatura humana, creada por Dios y rescatada por Jesucristo. Por eso, al fin de esta Antífona, pediremos al único Salvador de las almas que venga y salve al hombre, a todo hombre, sin distinción de credo, nacionalidad o color.
O Emmanuel (Dios-con-nosotros)
Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ¡ven a salvarnos, Señor Dios nuestro! En esta última gran Antífona, la Iglesia llama al Salvador Emmanuel, palabra que significa en hebreo: Dios con nosotros. Dios eligió a algunos pescadores de Galilea con ellos habló, comió, caminó, les reveló los secretos de su Amor infinito; Nuestro Señor los hizo Apóstoles y columnas indestructibles de la Iglesia. La Iglesia, que hace a Jesucristo realmente presente entre nosotros, en la Santísima Eucaristía, presente en el sagrario, presente sacramentalmente en los que reciben la sagrada comunión, presente por su gracia en nuestras almas.  El hombre sin Jesucristo está en la peor situación que se pueda imaginar: su alma nunca conocerá la verdadera felicidad porque nunca descansará en Jesucristo, su principio y su fin, ahora y por la eternidad. Por eso, al fin de esta Antífona se pide que nuestro Señor y a Dios que venga a salvarnos.
Leídas en sentido inverso las iniciales latinas de la primera palabra después de la «O», dan el acróstico «ero cras», que significa «seré mañana, vendré mañana», que es como la respuesta del Mesías a la súplica de sus fieles ■



[1] El Magníficat es un cántico que proviene del evangelio de Lucas (1, 46-55) y que reproduce las palabras que, según este evangelista, María, madre de Jesús, dirige a Dios en ocasión de su visita a su prima Isabel esposa del sacerdote Zacarías. Isabel llevaba en su seno a Juan el Bautista. El nombre de la oración está tomado de la primera frase en latín, que reza: Magnificat anima mea Dominum. Según la tradición, el encuentro de María e Isabel habría tenido lugar en Ain Karim (también conocida como Ein Kerem), pequeña población situada siete kilómetros al oeste de Jerusalén, en la montaña de Judea, cuyo nombre significa «fuente del viñedo». Dentro de la Liturgia de las Horas, el Magníficat es el canto evangélico empleado en el rezo de las vísperas.
[2] También conocido como Amalrio de Metz o Amalarius Symphosius fue un teólogo y liturgista cristiano del Renacimiento carolingio. Vivió en Francia a comienzos del siglo IX. Fue discípulo de Alcuino de York.

I Domingo de Adviento (A) 1.XII.2013

El tiempo litúrgico que comenzó la tarde del sábado con las primeras vísperas –la hora en que la Iglesia enciende sus lámparas- se llama Adviento, y es, simple y llanamente, el tiempo de la espera humana del Salvador. Todo está proyectado hacia esa venida, sin embargo el evangelio de este domingo nos lanza inmediatamente hacia el fin de los tiempos. Nos pone frente a la venida última del Señor, la Parusía[1].

Los dos advenimientos –la encarnación y la venida final del Hijo del hombre- no sólo no se contraponen, sino que se reclaman e iluminan mutuamente. En la celebración litúrgica no es posible proclamar el libro del Génesis sin evocar en filigrana el libro del Apocalipsis[2].

San Cirilo de Jerusalén solía decir en sus (maravillosas) catequesis[3] que hay dos venidas del Verbo: una oscura como la lluvia sobre un velo, otra resplandeciente de gloria, la que llegará. En la primera venida Cristo aparece envuelto en pañales dentro de un pesebre, en la segunda vendrá envuelto de la luz como en un manto[4].

A los cristianos la liturgia de la Iglesia nos invita éste domingo y los que le restan al adviento a vivir en estado de espera, dirigiendo la mirada en dirección a estas dos venidas. El ¡velad! del evangelio de hoy es lo que nos ayuda a no ser sorprendidos, a ser, digamos, contemporáneos a esta doble venida y es que el sueño nos vuelve ausentes, amodorrados. El verdadero, el irreparable desfase respecto a la venida del Señor está representado por el sueño, por la indiferencia, por la inercia.

Hoy en el evangelio el Señor vuelve al recuerdo lejano de los tiempos de Noé, cuando la gente comía y bebía descuidadamente sin preocuparse de la cuestión fundamental: su relación con Dios. Y así, desprevenidos, los encontró el diluvio. Una advertencia ciertamente inquietante.

Para nosotros el sueño puede ser el desinterés, el sentirnos ajenos a las desgracias de los demás, a ése no comprometernos con prácticamente nada. Esperar al Salvador significa sentirse interesados, reconocer que tenemos necesidad de salvación, admitir que somos pecadores, sentir la exigencia -¡y la urgencia!- de la conversión[5]. Significa, en medio de nuestras preocupaciones cotidianas, caer en la cuenta de que es necesario preocuparse de la dimensión espiritual de nuestra vida.

Velar es precisamente lo contrario de la evasión. Velar quiere decir romper con las obras de las tinieblas como dice S. Pablo, con la mentira, la hipocresía, la vanidad.

Nosotros, cristianos, velamos no porque tengamos miedo a la llegada del Señor, sino porque queremos que Él se presente –y será de improviso- nos encuentre comprometidos en la construcción de una ciudad terrena más justa, más fraterna, más habitable; preocupándonos por los demás, interesados en lo que vale verdaderamente la pena, no en espejitos y baratijas que nos distraen de lo esencial, de lo verdadero, de lo que dura para siempre ■




[1] Parusía deriva del término griego παρουσία (parousía), forma sustantivada del verbo πάρειμι (páreimi, «estar presente, asistir»). El significado principal del sustantivo era «presencia» o «bienes», aunque en sentido figurado podía significar venida o llegada. En el griego del Nuevo Testamento se utiliza, salvo excepción, con el significado escatológico del segundo advenimiento de Cristo.
[2] A. Nocent.
[4] San Cirilo de Jerusalén (en griego: Κύριλλος Α΄ Ἱεροσολύμων) (315 - 386) fue un obispo griego, en 1883 fue declarado doctor de la Iglesia. Sus famosas veintitrés lecturas catequéticas  que escribió siendo aún un presbítero, en el año 347 ó 348, contienen instrucciones sobre los principales temas de la fe cristiana y su práctica en una forma un tanto popular y no tan científica, llenas de cálido amor pastoral y cuidado por sus catecúmenos, a quienes se dirigía. Cada lectura está basada en un texto de la Escritura. Luego de una introducción general, siguen dieciocho lecturas para la competencia, y las cinco restantes están dirigidas a los recientemente bautizados, en preparación para recibir la comunión. En paralelo a la exposición del Credo como fue recibido por la Iglesia de Jerusalén, hay vigorosas polémicas contra los errores paganos, judíos y heréticos. Son de gran importancia para dar luz al método de instrucción usual en esa época, así como a las prácticas litúrgicas del período, de las cuales aquí se da el más extenso recuento existente.
[5] A. Pronzato, El Pan del Domingo. Ciclo A, edit. Sígueme, Salamanca, p. 12. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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