En la oración no se trata de
pedir cosas a Aquel que todo conoce. La oración no es para decirle a Dios lo
que quieres sino para escuchar lo que El quiere para ti y que no es otra cosa
que compartir lo que El es: Tranquilidad profunda, Beatitud, Paz, Amor, Luz,
Bondad, Belleza... No se trata de pedir cosas sino de comprender que no
necesitas nada más que la presencia de Dios y descansar en esa morada llena de
sus cualidades. Antes de orar debes de comprender que detrás de todos tus
deseos de objetos o de situaciones del mundo, solo hay un deseo: la paz
profunda. Y ese deseo último que tanto anhelas y que proyectas en los objetos y
situaciones del mundo solo lo puedes obtener en la interioridad. La
tranquilidad y la plenitud solo están en tu espíritu que es el Espíritu de
Dios. Una persona se pone a orar cuando ha comprendido claramente la futilidad
y la relatividad de todos los objetivos convencionales humanos que, aun
teniendo su importancia relativa, no pueden darle la paz profunda, la plenitud
que todo ser humano anhela con nostalgia. Es comprendiendo claramente esto bien
sea por la propia inteligencia, o movido por las constantes dificultades de la
vida, cuando uno se acerca a la Paz, la Belleza, la Bondad, la Plenitud y la
Alegría que proporciona el contacto con lo Sagrado a través de la oración en su
calidad más contemplativa. Sumergirse en el "acto orante" es el
síntoma más claro de que se ha llegado al discernimiento (entre lo verdadero y
lo falso), al desapego (de las cosas del mundo), a la sumisión (a la presencia
de Dios), a la humildad (respecto a nuestra capacidad humana), a la sabiduría
(habiendo comprendido donde está la plenitud y el gozo verdaderos), a la
caridad (al abrazar en nuestra oración a Dios y a toda la creación en El), y a
todas las demás virtudes... Todas las virtudes están contenidas en la oración ■ Pequeño tratado de oración (parte I), un
ermitaño anónimo.
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I Domingo de Adviento (A) 1.XII.2013
El tiempo litúrgico que comenzó la tarde del sábado con las primeras vísperas –la
hora en que la Iglesia enciende sus lámparas- se llama Adviento, y es, simple y llanamente, el tiempo de la espera humana
del Salvador. Todo está proyectado hacia esa venida, sin embargo el evangelio
de este domingo nos lanza inmediatamente hacia el fin de los tiempos. Nos pone frente
a la venida última del Señor, la Parusía[1].
Los dos advenimientos –la encarnación y la venida final
del Hijo del hombre- no sólo no se contraponen, sino que se reclaman e iluminan
mutuamente. En la celebración litúrgica no es posible proclamar el libro del Génesis
sin evocar en filigrana el libro del Apocalipsis[2].
San Cirilo de Jerusalén solía decir en sus (maravillosas)
catequesis[3]
que hay dos venidas del Verbo: una oscura como la lluvia sobre un velo, otra
resplandeciente de gloria, la que llegará. En la primera venida Cristo aparece
envuelto en pañales dentro de un pesebre, en la segunda vendrá envuelto de la
luz como en un manto[4].
A los cristianos la liturgia de la Iglesia nos invita éste
domingo y los que le restan al adviento a vivir en estado de espera, dirigiendo
la mirada en dirección a estas dos venidas. El ¡velad! del evangelio de hoy es lo que nos ayuda a no ser
sorprendidos, a ser, digamos, contemporáneos a esta doble venida y es que el
sueño nos vuelve ausentes, amodorrados. El verdadero, el irreparable desfase
respecto a la venida del Señor está representado por el sueño, por la
indiferencia, por la inercia.
Hoy en el evangelio el Señor vuelve al recuerdo lejano de
los tiempos de Noé, cuando la gente comía
y bebía descuidadamente sin preocuparse de la cuestión fundamental: su
relación con Dios. Y así, desprevenidos, los encontró el diluvio. Una
advertencia ciertamente inquietante.
Para nosotros el sueño puede ser el desinterés, el sentirnos
ajenos a las desgracias de los demás, a ése no comprometernos con prácticamente
nada. Esperar al Salvador significa sentirse interesados, reconocer que tenemos
necesidad de salvación, admitir que somos pecadores, sentir la exigencia -¡y la
urgencia!- de la conversión[5]. Significa,
en medio de nuestras preocupaciones cotidianas, caer en la cuenta de que es
necesario preocuparse de la dimensión espiritual de nuestra vida.
Velar es precisamente lo contrario de la evasión. Velar
quiere decir romper con las obras de las tinieblas como dice S. Pablo, con la
mentira, la hipocresía, la vanidad.
Nosotros, cristianos, velamos no porque tengamos miedo a
la llegada del Señor, sino porque queremos que Él se presente –y será de
improviso- nos encuentre comprometidos en la construcción de una ciudad terrena
más justa, más fraterna, más habitable; preocupándonos por los demás,
interesados en lo que vale verdaderamente la pena, no en espejitos y baratijas
que nos distraen de lo esencial, de lo verdadero, de lo que dura para siempre ■
[1] Parusía deriva del término griego παρουσία
(parousía), forma sustantivada del verbo πάρειμι
(páreimi, «estar presente, asistir»). El significado principal del sustantivo
era «presencia» o «bienes», aunque en sentido figurado podía significar venida
o llegada. En el griego del Nuevo Testamento se utiliza, salvo excepción, con
el significado escatológico del segundo advenimiento de Cristo.
[2] A. Nocent.
[4] San Cirilo de Jerusalén (en griego: Κύριλλος Α΄ Ἱεροσολύμων) (315 -
386) fue un obispo griego, en 1883 fue declarado doctor de la Iglesia. Sus
famosas veintitrés lecturas catequéticas que escribió siendo aún un presbítero, en el
año 347 ó 348, contienen instrucciones sobre los principales temas de la fe
cristiana y su práctica en una forma un tanto popular y no tan científica,
llenas de cálido amor pastoral y cuidado por sus catecúmenos, a quienes se
dirigía. Cada lectura está basada en un texto de la Escritura. Luego de una
introducción general, siguen dieciocho lecturas para la competencia, y las
cinco restantes están dirigidas a los recientemente bautizados, en preparación
para recibir la comunión. En paralelo a la exposición del Credo como fue
recibido por la Iglesia de Jerusalén, hay vigorosas polémicas contra los
errores paganos, judíos y heréticos. Son de gran importancia para dar luz al
método de instrucción usual en esa época, así como a las prácticas litúrgicas
del período, de las cuales aquí se da el más extenso recuento existente.
[5] A. Pronzato, El Pan del Domingo.
Ciclo A, edit. Sígueme, Salamanca, p. 12.
new-old-ideas
Dios creó tu alma silenciosa en el Bautismo, en un silencio inviolado. La llenó de sí mismo al descender a ella toda la Trinidad santa; nada más que para Él. Fue más tarde, poco a poco cuando el mundo hizo irrupción. El ruido la invadió, cubriendo la dulce voz de Dios. Desde el barullo se amplifica. ¡Vuelve al silencio bautismal! El ruido tiene tres generadores: los recuerdos, la curiosidad, las inquietudes. ¡Paraliza sus acciones!
Haz callar los ruidos de los recuerdos. No recuerdes, no reavives ningún “mal recuerdo”. El mal arrepentido está perdonado. La generosidad del amor presente repara el pasado. Olvida las acciones concretas. Basta mantenerte delante de Dios Padre, como pecador beneficiario de su infinita misericordia. El mal es “nada”. ¿Para qué acordarse? Piensa solamente en la gracia de Jesucristo que te ha salvado; en el olvido eterno de tus faltas, que Dios ha destruido.
El no colecciona pequeñeces. Guarda para Él un corazón filialmente contrito, receptivo y tierno: eso es la compunción. No recuerdes, no reavives ningún recuerdo profano: ni de lo que has sido, ni de lo que has hecho, ni de lo que has dejado en el mundo. Confía a Dios todo lo que tienes de más querido, parientes o amigos. ¿No son también hijos e hijas queridos de Dios? ¿Los olvidará Él cuando tú, por Su amor, te has exiliado de los brazos de ellos?
Todos los pensamientos e imaginaciones que les dediques no les sirven de nada. Apartando de Dios tu espíritu, a menudo turban tu corazón, tu confianza en la Providencia y tu fe en la Bondad de Dios. Tu imaginación no debe nunca franquear la clausura a sangre fría. La gracia, sola, ayuda eficazmente a aquellos a los que amamos; la obtendremos proporcionalmente a nuestra intimidad con Dios. Mira a María en Cana. Ella no perdió su sitio. Haced lo que Él os diga ■ Las puertas del silencio, monje de la cartuja de porta coeli, 2002
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Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.
laus deo virginique matris



