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Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (2014)

No sólo de pan vive el hombre, palabras que pronunció Jesús frente al diablo en el desierto. Jesús quería dar a entender que por encima de las necesidades que nos aquejan, está la imperiosa necesidad de libertad. No se puede vivir a cualquier precio, cuando el precio de costo es la propia dignidad humana. Hoy Jesús se presenta como el pan vivo, el pan de vida y para la vida. Del pan, que todos necesitamos y que es el símbolo de las necesidades humanas, Jesús nos ofrece el pan, por el que todos suspiramos y que es el símbolo de la libertad, del amor y de la felicidad. Y al recordar las palabras de Jesús, precisamente en la Eucaristía, que es memoria de Jesús, debemos tener los mismos sentimientos de Jesús y la misma coherencia de vida que el Maestro, porque él dio su carne y su sangre por la vida del mundo. Comulgar no es únicamente recibir a Cristo, sino entrar en comunión con él, hacer causa común con Jesús. Y bien sabemos que la causa de Jesús es el hombre, sobre todo el débil, el oprimido, el empobrecido, el explotado, el reducido a la miseria y al hambre.

Es muy fácil, muy cómodo, repetir que el hombre no vive sólo de pan, cuando se tiene pan en abundancia. Con mucha frecuencia los cristianos malinterpretamos la palabra de Dios y debilitamos nuestra responsabilidad cristiana y nuestro compromiso en la comunión.

La primera exigencia de la dignidad humana es la igualdad. Sentimos como propias las injurias que se infieren a nuestra familia, a nuestro pueblo, a nuestra nación, a nuestro grupo social,  ¿Y no sentimos como propias las injusticias contra los que tienen hambre y sed, los que carecen de trabajo, los que se ven privados de casa, los marginados, que también son hermanos nuestros? Papa Francisco viene hablando de esto desde el primer instante de su pontificado, dándonos ejemplo, además ¿qué estamos haciendo?

Compartir el pan con los que lo necesitan es comulgar con Cristo: Y viceversa, comulgar con Cristo es compartir el pan con los hermanos. Porque el pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos de un mismo pan[1].

Comulgar es reforzar el símbolo y lo simbolizado, el rito y la vida. Porque el sacramento no sólo significa, sino que realiza; no es sólo un reclamo, sino también una llamada para hacer de verdad lo que representamos. Hermano mío, hermana mía: no podemos comulgar de espaldas al mundo y a los hermanos. No podemos pertenecer a la Iglesia, como se pertenece a un club para utilidad propia. La eucaristía funda a la iglesia como comunidad de servicio al mundo, como prolongación del cuerpo de Cristo, que se ofrece en la cruz por la vida del mundo. De ahí que la comunión, al tiempo que nos incorpora y mantiene en la Iglesia, nos vuelca y compromete en el servicio a los hombres, en solidaridad con todos y especialmente de los pobres, pobres en dinero y pobres de espíritu. No comulgamos de verdad si reducimos nuestra solidaridad a la espiritual, si constantemente y con cara de wedding planner nuestra ayuda se reduce a un cursi y hueco “ay, te encomiendo”, pero negamos esa ayuda en los demás ámbitos de la vida. En menos palabras: no tomamos en serio la comunión, si no tomamos en serio la vida, la justicia, la fraternidad, si olvidamos que «El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo se hizo pobre»[2]



[1] Cfr. 1 Cor 10, 17.
[2] Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n. 85.

II Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Vivimos en un mundo con una enorme dosis de masificación, basta asomarse a la red o a cualquiera de las publicaciones de papel couché. Un rápido vistazo a calle de cualquier ciudad nos daría un mismo resultado, personas vestidas igual sin el menor asomo de personalidad. Los jeans han uniformado a una juventud que ha rechazado el "uniforme" de los colegios, cediendo con absoluta entrega a los dictados de la moda. En las casas sucede algo similar: pueden faltar cosas esenciales pero no un televisor o un DVD. Los medios de comunicación se encargan de que nos esforcemos en pensar igual, vestir igual y tener el mismo estándar de vida. Es este un mundo de seres uniformes en los que el individuo se pierde completamente en la masa, olvidando el sentido de su identidad.

Justo por esto resulta hoy sorprendente lo que escuchamos hoy en la primera de las lecturas: un Dios que llama personalmente a los suyos, a cada uno de los suyos, desde el vientre de su madre. Nada de masa, ni de hombres o mujeres sin nombre o rostro. El Señor ha pensado en cada uno y nos ha llamado por nuestro nombre, marcándonos un camino singular y particular que hemos de responder respondiendo personalmente a esa llamada personal.

Contagiados por esa masificación ambiental en la que estamos inmersos, hemos caído también en el mismo estilo al relacionarnos con Dios. Somos cristianos como casi todos los que nos rodean, pero hoy nos encontramos frente a frente con una llamada personal, directa, con un camino que sólo cada uno de nosotros debe recorrer, con un Dios que espera una respuesta que sólo cada uno de nosotros puede dar. La liturgia de hoy nos pone frente a un reto personal que tenemos que resolver individualmente, una decisión que nadie puede resolver por nosotros.

Te hago luz de las naciones, escuchamos en boca del profeta. Aceptar esa misión supone responsabilidad y compromiso personal, algo a lo que no estamos demasiado acostumbrados. Aceptar esa misión supone actuar, decidir, elegir, vivir, en una palabra. Sin todas esas realidades no puede decirse que tengamos auténtica vida cristiana, de la misma manera que si en lo humano no actuamos, decidimos, elegimos, no tenemos vida.

El gran pecado de nuestra vida es sin duda el pecado de omisión. Hemos sido llamados para ser luz del mundo y hacemos poco o nada. Hoy más que nunca debemos acoger ese reto de ser luz. Si dejamos pasar la ocasión sin una respuesta pronta, caeremos en ese pecado del que hoy habla Juan en el evangelio, un pecado que consiste en no hacer, en no comprometerse con Dios y con los hombres, en no arriesgar nada, en no responder diariamente al reto que supone un compromiso diario de vida cristiana.

Y la respuesta personal se traduce en un compromiso constante. Ciertamente es algo difícil, tan difícil que, en alguna ocasión, puede parecer insuperable. Por eso cobra un significado tan profundo el evangelio de hoy: para recorrer el camino que se abre ante la vocación personal cristiana, es necesario estar bien alimentado y sentirse acompañado en el camino. Todo eso lo tenemos los cristianos: cada celebración dominical es una ocasión para recibir un espléndido alimento; cada domingo podemos escuchar que el Cordero de Dios, sinceramente recibido, es el alimento que puede convertir la debilidad en fortaleza, la indecisión en resolución y el conformismo en inquietud, en sana inquietud.

Domingo a domingo deberíamos alegrarnos por tener la oportunidad de acudir a una reunión ¡sagrada reunión!- en la que podemos alimentarnos con el mismísimo Cuerpo y Sangre de nuestro redentor[1] para, después, fuertes, poder hacer algo por los demás.

Ahí, en la concreción del amor, es donde los discípulos de Jesús recuperamos nuestra identidad perdida: sabemos lo que somos y para qué estamos en el mundo. Es ahí donde se pone a prueba la autenticidad de la fe. Porque es ahí donde la Palabra se hace carne y se construye la fraternidad de los hijos de Dios ■


[1] A. M. Cortes, Dabar 1987/11.

JUEVES SANTO 2013



Ven a mí dulce Pan de la Vida
Ven consuela mi amargo dolor
soy la oveja que andaba perdida
lejos, lejos de Tí, mi Señor

Sacramento adorable y divino,
Verbo santo delicia de Dios;
para hallar la salud y la vida,
levantamos a Ti nuestra voz.

Ven, angélico pan de los cielos,
a las almas que van de Ti en pos;
ven al hombre que gime en la vida.
la amargura de tanto dolor.

Soy el hombre que va fustigado
de la vida de tedio al rigor;
voy llorando mi cielo perdido
en el mar de una fiera pasión.

Tú que formas un cielo en la nada,
a mi nada ven luego Señor;
y convierte las sombras en luces
y mi pecho en alcázar de Dios.

Ven, Cordero de dulces baladas,
ven alivia mi grande aflicción:
ven herido en el mundo y mis penas
se disipan oyendo Tu voz.

¡Bienvenido maná de los cielos!
blanco lirio del valle de Hebrón
aquí tienes un alma que gime
de placer al oír tu perdón.

Soy mendigo que busca en la noche
de su larga ceguera de horror,
una luz que me lleve seguro
a los altos confines de Sión.

Ven Pastor adorable, ven Tú;
ni un momento me dejes, no, no;
ven y manda que esta alma te adore
porque tuyo es su afecto y su amor.

Ven Cordero blanquísimo luego,
porque mi alma se muere de amor;
ven, te dice, mi Esposo querido;
ven, y juntos iremos los dos.

De rodillas cantemos el triunfo
y la gloria del dios del amor,
que bajo por salvar a los hombres
hasta el pecho del mas pecador


Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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