Conozco muchas personas que en su corazón piensan hoy igual a como aparecen
pensando los fariseos en los Evangelios. Viven con miedo permanente a violar
algún mandamiento de Dios. Y cuando algo sale mal en sus vidas, ven allí el
castigo de Dios. Tenemos muchos mandatos interiores enraizados en nuestro
interior, y obramos según su dictamen. Recibimos esos mandatos en el transcurso
de nuestra vida, a menudo con buenos propósitos (padres, maestros,
autoridades), pero acaban convirtiéndose en normas absolutas que nos limitan y
nos asustan, y además nos conducen a una seria falta de libertad interior.
Jesús vino a predicar nuestra libertad del poder absoluto de las leyes. Todas
las leyes están al servicio del hombre, y no al revés. Es importante por eso
vivir según nuestro propio ser de hijos de Dios, llamados a la libertad. Así,
buscando y viviendo lo esencial, podemos violar algún mandamiento, según
aparece expresado en la famosa frase de Agustín: Ama y haz lo que quieras. El amor responde a nuestro ser y lo
expresa plenamente. No necesitamos aferrarnos temerosamente a los mandamientos;
necesitamos amar, como expresión de nuestra libertad interior ■ Anselm Grün
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En la oración no se trata de
pedir cosas a Aquel que todo conoce. La oración no es para decirle a Dios lo
que quieres sino para escuchar lo que El quiere para ti y que no es otra cosa
que compartir lo que El es: Tranquilidad profunda, Beatitud, Paz, Amor, Luz,
Bondad, Belleza... No se trata de pedir cosas sino de comprender que no
necesitas nada más que la presencia de Dios y descansar en esa morada llena de
sus cualidades. Antes de orar debes de comprender que detrás de todos tus
deseos de objetos o de situaciones del mundo, solo hay un deseo: la paz
profunda. Y ese deseo último que tanto anhelas y que proyectas en los objetos y
situaciones del mundo solo lo puedes obtener en la interioridad. La
tranquilidad y la plenitud solo están en tu espíritu que es el Espíritu de
Dios. Una persona se pone a orar cuando ha comprendido claramente la futilidad
y la relatividad de todos los objetivos convencionales humanos que, aun
teniendo su importancia relativa, no pueden darle la paz profunda, la plenitud
que todo ser humano anhela con nostalgia. Es comprendiendo claramente esto bien
sea por la propia inteligencia, o movido por las constantes dificultades de la
vida, cuando uno se acerca a la Paz, la Belleza, la Bondad, la Plenitud y la
Alegría que proporciona el contacto con lo Sagrado a través de la oración en su
calidad más contemplativa. Sumergirse en el "acto orante" es el
síntoma más claro de que se ha llegado al discernimiento (entre lo verdadero y
lo falso), al desapego (de las cosas del mundo), a la sumisión (a la presencia
de Dios), a la humildad (respecto a nuestra capacidad humana), a la sabiduría
(habiendo comprendido donde está la plenitud y el gozo verdaderos), a la
caridad (al abrazar en nuestra oración a Dios y a toda la creación en El), y a
todas las demás virtudes... Todas las virtudes están contenidas en la oración ■ Pequeño tratado de oración (parte I), un
ermitaño anónimo.
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Cuando te retires a hacer oración tú solo, aparta de tu mente todo lo que
has estado haciendo o piensas hacer. Rechaza todo pensamiento, sea bueno o
malo. No ores con palabras a no ser que te sientas movido a ello; y si oras con
palabras, no prestes atención a si son muchas o pocas. No ponderes las palabras
ni su significado. No te preocupes de la clase de oraciones que empleas, pues
no tiene importancia que sean oraciones litúrgicas oficiales, salmos, himnos o
antífonas; o que tengan intenciones particulares o generales; o que las
formules interiormente con el pensamiento o las expreses en voz alta con
palabras. Trata de que no quede en tu mente consciente nada a excepción de un
puro impulso dirigido hacia Dios. Desnúdala de toda idea particular sobre Dios
(cómo es él en sí mismo o en sus obras) y mantén despierta solamente la simple
conciencia de que él es como es. Déjale que sea así, te lo pido, y no le
obligues a ser de otra manera. No indagues más en él, quédate en esta fe como
en un sólido fundamento. Esta simple conciencia, desnuda de ideas y
deliberadamente amarrada y anclada en la fe, vaciará tu pensamiento y afecto
dejando sólo el pensamiento desnudo y la sensación ciega de tu propio ser.
Sentirás como si todo tu deseo clamara a Dios y dijera:
Oh Señor, yo te ofrezco lo que soy,
sin mirar a ninguna cualidad de tu ser
sino al hecho de que tú eres como eres;
esto y nada más que esto.
Que este sosiego y oscuridad ocupe toda tu mente y que seas tú un reflejo
de ella. Pues quiero que el pensamiento que tienes de ti mismo sea tan puro y
simple como el que tienes de Dios. Así podrás estar espiritualmente unido a él
sin fragmentación alguna y sin disipación de tu mente. Él es tu ser y en él tú
eres lo que eres, no sólo porque él es la causa y el ser de todo lo que existe,
sino porque él es tu causa y el centro profundo de tu ser. En esta obra de
contemplación, por tanto, has de pensar en él y en ti de la misma manera: esto
es, con la simple conciencia de que él es como es y de que tú eres como eres.
En este sentido tu pensamiento no quedará dividido o disperso, sino unificado
en él, que es el todo ■ Anónimo
inglés del siglo XIV, La nube delno-saber y El libro de la orientaciónparticular.
neW-oLd-iDeAS
La fecundidad de María es aquí la imagen de la fecundidad de toda alma que
acepta hacer silencio en ella para recibir plenamente la Palabra de Dios, como
María ha recibido el mensaje del Ángel. Esta escucha pasiva puede parecer muy
fácil; en realidad exige una gran ascesis. Esta escucha hace desaparecer
nuestro yo y todas sus pretensiones para concentrarse en un Otro, de tal manera
mayor, que nuestros pensamientos desfallecen ante Él. Pero en este silencio, el
alma es misteriosamente tocada por Dios y se transforma en Él. Del fondo del
ser brota entonces una vida nueva, bendición para aquel o aquella que ora así y
para toda la Iglesia ■ Fray Juan
Taulero (monje dominico del siglo XIV), meditación sobre los misterios gozosos
del Santo Rosario.
Año Viejo y Año Nuevo
Terminó ayer un año y hoy comenzamos uno nuevo. Sin duda en estos momentos nace casi espontáneamente en
nosotros la reflexión y el silencio; el examen de conciencia; tomamos
conciencia más lúcida del tiempo, de esa
curiosa realidad que vamos gastando sin tomarla demasiado en cuenta[1]. Son
momentos muy buenos para hacer balance del pasado y poner la mirada atenta en
lo que viene.
Muchas cosas que nos angustiaban y nos parecían casi insuperables
ya han pasado. Hoy nos parecen insignificantes y sin importancia. Mirando hacia
atrás, los días que fueron duros tienen un aspecto diferente. Ahora nos
sentimos más tranquilos y serenos, incluso, ante lo que ahora nos agobia y que también un día
pasará.
Al mismo tiempo, sentimos nostalgia. Nada permanece. Con
el viejo año se van no sólo las cosas
difíciles y duras sino también las hermosas y buenas. Y cuanto más se avanza en
edad tanto mayor es la fuerza con que percibe el paso inexorable del tiempo.
Este año que ha pasado nos deja también sabor agridulce. No hemos sido lo
que deseábamos ser. No hemos hecho lo
que nos habíamos propuesto. En algunos momentos no hemos sido fieles a nosotros mismos. Un año más que se va ¿crecimos
en verdad, en generosidad, en amor?
Hoy comenzamos un año nuevo. Dice H. Hesse que «en cada
comienzo hay algo maravilloso que nos
ayuda a vivir y nos protege»[2].
Qué verdad se encierra en estas palabras cuando uno mira todo comienzo con ojos
de fe. De nuevo se nos ofrece un tiempo lleno de esperanza y de posibilidades
intactas. ¿Qué haremos con él?
Las preguntas que podemos hacernos son muchas. Aumentaremos
nuestro nivel de vida y nuestro confort quizás, pero, ¿seguirá
empequeñeciéndose nuestro corazón? Tendremos
tiempo para trabajar, para poseer, para disfrutar, ¿lo tendremos también
para crecer como personas?
Este año será semejante a tantos otros. ¿Aprenderemos a
distinguir lo esencial de lo accesorio,
lo importante de lo accidental y secundario? Tendremos tiempo para
nuestras cosas, nuestros amigos,
nuestras relaciones sociales. ¿Tendremos tiempo para ser nosotros mismos? Pero sobre todo: ¿Tendremos tiempo
para Dios?
Y sin embargo, ese Dios al que arrinconamos día tras día
entre tantas ocupaciones y distracciones
es el que sostiene nuestro tiempo y puede infundir a nuestra existencia
una vida nueva ■
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Dios creó tu alma silenciosa en el Bautismo, en un silencio inviolado. La llenó de sí mismo al descender a ella toda la Trinidad santa; nada más que para Él. Fue más tarde, poco a poco cuando el mundo hizo irrupción. El ruido la invadió, cubriendo la dulce voz de Dios. Desde el barullo se amplifica. ¡Vuelve al silencio bautismal! El ruido tiene tres generadores: los recuerdos, la curiosidad, las inquietudes. ¡Paraliza sus acciones!
Haz callar los ruidos de los recuerdos. No recuerdes, no reavives ningún “mal recuerdo”. El mal arrepentido está perdonado. La generosidad del amor presente repara el pasado. Olvida las acciones concretas. Basta mantenerte delante de Dios Padre, como pecador beneficiario de su infinita misericordia. El mal es “nada”. ¿Para qué acordarse? Piensa solamente en la gracia de Jesucristo que te ha salvado; en el olvido eterno de tus faltas, que Dios ha destruido.
El no colecciona pequeñeces. Guarda para Él un corazón filialmente contrito, receptivo y tierno: eso es la compunción. No recuerdes, no reavives ningún recuerdo profano: ni de lo que has sido, ni de lo que has hecho, ni de lo que has dejado en el mundo. Confía a Dios todo lo que tienes de más querido, parientes o amigos. ¿No son también hijos e hijas queridos de Dios? ¿Los olvidará Él cuando tú, por Su amor, te has exiliado de los brazos de ellos?
Todos los pensamientos e imaginaciones que les dediques no les sirven de nada. Apartando de Dios tu espíritu, a menudo turban tu corazón, tu confianza en la Providencia y tu fe en la Bondad de Dios. Tu imaginación no debe nunca franquear la clausura a sangre fría. La gracia, sola, ayuda eficazmente a aquellos a los que amamos; la obtendremos proporcionalmente a nuestra intimidad con Dios. Mira a María en Cana. Ella no perdió su sitio. Haced lo que Él os diga ■ Las puertas del silencio, monje de la cartuja de porta coeli, 2002
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A ti sola, alma bienaventurada a quien el Señor atrae al desierto para hablarte al corazón. A ti sola, que lo has acogido como Único. Mejor, que te ha acogido como hostia de alabanza por siempre.
¿Quieres arder ante su Faz adorable como una cera muy pura?
¿Quieres, como los querubines, como los serafines, oh alma, ser irradiada por su claridad, abrasada por su amor, y no ser para Él nada más que Luz y Claridad?
Consiente en olvidar el mundo, el universo y a ti mismo. Si vacilas en perder en Él y por Él tu vida, no sigas más. Lo que sigue no te aclarará nada.
Si el abismo te tienta, suplica al Señor que te envuelva en soledad, que te arroje en el silencio que Él habita y llena, donde Él se manifiesta. Por tu parte, esfuérzate en vivir así.
En cuanto te sea posible, con exacta obediencia y una perfecta caridad, evitarás estas cuatro cosas, los mayores obstáculos al silencio interior, y que vuelven imposible la contemplación habitual:
· El ruido interior.
· Las discusiones interiores.
· Las obsesiones.
· Las preocupaciones de ti mismo.
¡Hecho esto, habrás franqueado las puertas del silencio! ■
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A pesar de todos los inconvenientes no abandones la calma y la decisión de recibir la paz... El silencio seguirá siendo tu gran maestro aunque parezca que te arrojan en el mayor de los ruidos y de las inquietudes... Aún vale ¡y cuánto! sentarte calladamente y meditar acerca de lo que siempre resuena en tu corazón. Te aseguro que brotan del suelo y del aire todos los auxilios, imaginables y no imaginables. Dios no te abandona nunca, aunque tengas la impresión de haber quedado "fuera de combate." Coraje y confianza. Es posible que surja lo "inaudito", lo "imposible"... Sin embargo todo eso no tiene peso ni densidad, salvo que la otorgues por vacilación o por miedo. Confianza, pues, y paz. Aprendamos del silencio que todo lo enseña y todo lo guarda maravillosamente. No nos quedemos a la vera del camino, inmovilizados. Sigamos, sigamos, que la misión es real y escondida y esta peregrinación una adorable aventura, a pesar de riesgos e incomprensiones. No hay vida sin riesgo. La lucha revela sentidos insospechados. Adelante, en el Nombre del Señor y en la Morada del Corazón de Cristo, que es nuestro ■ Un cartujo
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Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.
laus deo virginique matris








