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III Domingo de Pascua (A)

Nosotros esperábamos... dice uno de aquellos dos que caminaban llenos de tristeza hacia Emaus, una frase que denota amargura, frustración; una frase que podría como resumir al hombre que poco a poco va perdiendo la esperanza en medio del mundo contemporáneo. Y uno se pregunta: ¿qué puede ocurrirle a un hombre para que pierda la esperanza, qué puede sucederle a un cristiano para que desespere? ¿Esperábamos del Concilio? ¿Esperábamos del Papa, del obispo, del padre fulanito? Quizá en ese lamentable "esperábamos" más que una frustración es el diagnóstico de la desilusión en la que vivimos, una especie de autoconfesión de nuestro propio fracaso, de nuestra evasión.

Seamos sinceros ¿Qué es lo que esperábamos? ¿Acaso esperábamos que nos lo diesen todo hecho? ¿Que el Concilio fuese una especie de manual para la Iglesia, que el Papa o el obispo nos diesen una receta o una fórmula magistral para alcanzar la salvación y vivir, mientras tanto, en un lecho de rosas? Entonces estábamos esperando vanamente, porque esa falsa esperanza no es sino la tonta pretensión de querer descargar nuestra responsabilidad de cristianos en los hombros de los demás mientras vivimos cómodamente.

No podemos esperar así. Mejor dicho, esas "esperas" no tienen nada que ver con la esperanza real cristiana con la esperanza con la que caminó Jesús su paso por la tierra. Para el creyente, esperar es siempre esperar contra toda esperanza[1], es saber que los hombres somos injustos y seguir luchando por la justicia. Es saber que los hombres somos egoístas y seguir luchando por el amor. Es ver que el mundo no tiene arreglo y, por eso, dar la vida para arreglarlo y dejarlo –al marcharnos- un poco mejor de como lo recibimos.

Si repasamos los personajes que aparecen a lo largo de los cuatro evangelios y que llegan a tener un encuentro auténtico con Jesús, veremos que en todos ellos se repite esta constante: son personas en situación de búsqueda y llenas de esperanza: la curiosidad de Zaqueo, el dolor de Marta y María, el afán de ver de los ciegos, la sed de la samaritana, la esperanza de la hemorroísa... Al contrario, aquellos que estaban convencidos de tener las respuestas, o no se planteaban ninguna cuestión, se cerraban el camino de acceso hasta Jesús: vino a los suyos, y los suyos no le recibieron[2].

Nosotros esperábamos... una frase que tenemos que desterrar de nuestras conversaciones –interiores y exteriores- porque hemos aprendido que la auténtica esperanza se conjuga en presente: ¡nosotros esperamos! Porque estamos convencidos de que el camino de esta esperanza no pueden recorrerlo aquellos que están de vuelta de todo, sino aquellos que aún no han llegado, pero saben que todos los caminos marchan hacia delante. Porque sabemos, porque creemos que hay una promesa pendiente que se ha de cumplir a pesar de todo. Por eso damos ya gracias a Dios y nos gozamos, aunque sabemos que nuestro gozo será completo cuando se manifieste la gloria de los hijos de Dios en la casa del Padre ■





[1] Cfr. Romanos 4,18
[2] Cfr. Jn 1, 11-12.

II Domingo de Pascua (Domingo de la Divina Misericordia 2014)

Aquella tarde, la de la Resurrección, Tomás tenía los ojos abiertos. Bien abiertos. Tomás siempre, digamos, pedía ver. Tomás no se conforma con bellas teorías, con sospechosos testimonios, con charlitas de tres al cuarto. Tomás quería más. Veinte siglos después la raza de Tomás sigue bien viva ¡para bien de la Iglesia! Y es que a la gente que realmente piensa no se le convence con estructuraciones mentales atractivas ni con argumentos de irrefutable historicidad. Ser cristiano es creer que Jesús es Dios, pero es mucho más. Es convivir en el amor con los demás hombres. Es renacer a una vida nueva, distinta, plena.

La fe viene de Dios, sí, es un regalo que recibimos en el bautismo (y un poco o un mucho todos los días) pero no sabemos qué caminos tomará. El camino más normal, el más accesible a todos, es el del "contagio". Puede haber re-nacimientos a la fe absolutamente fuera de todo cauce acostumbrado: una melodía, una revelación directa, un desbordamiento del amor del Padre. Pero lo normal es que alguien crea porque otros le han transmitido la fe en su infancia o se la han "contagiado" en su juventud, en su madurez. El Señor, nos dice el evangelio, exhala su aliento y aquellos hombres llenos de miedo reciben el poder y la valentía de transmitir el Mensaje. El grupo de los creyentes es, debe ser, el pueblo-imán de los hijos de Dios y hermanos de todos los hombres. El testimonio vivo del Resucitado. “Mirad como se aman”, decían de los primeros cristianos[1]. Y más gente venía a participar del "milagro" del amor. Y creía en Jesús.

Como Tomás, hoy también pedimos lo mismo: palpar, tocar, cerciorarnos. Y no está mal, siempre y cuando lo hagamos desde la sencillez y el buscar entender y sobre todo de la acción ¡gran predicador es fray ejemplo! Que dice la sabiduría popular.

Sin caer en la tentación de la nostalgia, en la tentación del perfeccionismo imposible, y sobre todo (y perdón por el término tan rebuscado pero no hay otro pa'explicarlo mejor) ni del aristocratismo de las élites –Jesús vino para todos- es bueno que reflexionemos sobre el testimonio que en la Iglesia estamos dando sobre la Resurrección de Jesús. Hoy más que nunca necesitamos estar encendidos pero no para dar sensación de poderío, sino sensación de fe y caridad. Sensación de esperanza.

Tomás tenia los ojos abiertos y pedía ver, quería meter su mano en el costado abierto ¡deseaba tanto palpar el amor! Y la verdad es que tenía derecho. Sí: tenía derecho. A Tomás no le bastaba con disfrutar cálidos amores familiares, idílicos paisajes de amistad. Exige que ese amor que parece sustancia y razón de la vida, máxima expresión de nuestra fe se haga presente. Lo mismo con nosotros: no basta que los cristianos nos queramos entre nosotros y demos –que tampoco la damos, ¡ay!- la impresión de una familia unida: hace falta que el cristianismo sea una inmensa casa de recepción para todos los que buscan, para todos los que sufren, para todos los que necesitan ser amados. El Señor Jesús fue mucho más que una palabra: fue y es la Palabra encarnada, que se relacionó con todos y para todos tuvo tiempo. Nosotros los cristianos, mientras pretendamos invadir el mundo de palabras –jerarquía, teólogos, capillitas, grupúsculos- no lograremos transmitir la alegría de la Resurrección ni dejar que el reino de Dio se extienda. Vamos a pensarlo ésta alegre mañana del domingo de la divina misericordia, el segundo del tiempo de Pascua ■





[1] Tertuliano, Apología contra los gentiles.

Las antífonas de la O

Las antífonas de la O son siete, y la Iglesia las canta junto con el Magnificat[1] en el Oficio de Vísperas desde el día 17 hasta el día 23 de diciembre, como preparación para la solemnidad de la Natividad del Señor. Estas antífonas son en realidad un llamamiento al Mesías recordando las ansias con que era esperado por todos los pueblos antes de su venida, y, también son, una manifestación del sentimiento con que todos los años, de nuevo, le espera la Iglesia en los días que preceden a la gran solemnidad del Nacimiento del Salvador.

Se llaman así porque todas empiezan en latín con la exclamación «O», en castellano «Oh». También se llaman «antífonas mayores». Según Amalario de Metz[2], estas Antífonas son de origen romano, y probablemente datan del siglo VII. Fueron, en un principio, siete, ocho, nueve y a veces hasta diez y más; pero desde San Pío V se fijó en siete su número. En cada una se llama al Mesías con un nombre distinto. Son un magnífico compendio de la cristología más antigua de la Iglesia, y a la vez, un resumen expresivo de los deseos de salvación de toda la humanidad, tanto del Israel del Antiguo Testamento como de la Iglesia del Nuevo Testamento. Son breves oraciones dirigidas a Cristo Jesús, que condensan el espíritu del Adviento y la Navidad. La admiración de la Iglesia ante el misterio de un Dios hecho hombre: «Oh». La comprensión cada vez más profunda de su misterio. Y la súplica urgente: «ven»
Cada antífona empieza por una exclamación, «Oh», seguida de un título mesiánico tomado del Antiguo Testamento pero entendido con la plenitud del Nuevo. Es una aclamación a Jesús el Mesías, reconociendo todo lo que representa para nosotros. Y termina siempre con una súplica: «ven» y no tardes más.

O Sapientia (sabiduría, Palabra)
Oh Sabiduría que brotas de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad, ven y muéstranos el camino de la salvación. Nuestro Señor es el Verbo de Dios, su Palabra sapientísima y eterna que dispone todas las cosas con fuerza y con suavidad. Él es la expresión perfecta del Padre, igual a Él, verdadero Dios cuyos designios son sin falla. Por eso, al fin de esta Antífona Le pedimos que venga a enseñarnos el camino de la salvación, para que no sigamos los caminos de este mundo, que son sumamente imprudentes, porque conducen a la perdición.
O Adonai (Señor poderoso)
Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ven a librarnos con el poder de tu brazo. Nuestro Señor es el Jefe por excelencia, el Legislador, el Autor infalible de la ley natural, del decálogo que dio a Moisés sobre el monte Sinaí, antes de guiarlo con su poder divino para libertar a su pueblo. Por eso, al fin de esta Antífona, pedimos al Señor y Legislador, a Adonai, que venga a rescatarnos con el poder de su brazo. 
O Radix  (raíz, renuevo de Jesé, padre de David)
Oh renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ven a librarnos, no tardes más. El tallo que sale de la raíz de Jesé es la Santísima Virgen María, a quien todas las generaciones proclaman bienaventurada, a quien los reyes consagraron sus reinos y a quien todos los pueblos que pasaron del paganismo al cristianismo veneran ahora como a su Reina. La Virgen María, nuestra Madre, a quien millones de almas deben su salvación, es la figura principal del Adviento, por ser Aquella de quien nacerá Jesús, Aquella que concibió por el Espíritu Santo, Aquella que es nuestra Estrella en este mundo peligroso para nuestras almas. Por eso, al fin de esta Antífona, pediremos a Nuestro Señor que venga y que no tarde a salvarnos por María.
O Clavis  (llave de David, que abre y cierra)
Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir, ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas y en sombras de muerte.
El Salvador prometido posee la única llave que abrirá las puertas de cielo, cerradas por el pecado de Adán y Eva. Esta llave es la Cruz. Al fin de esta cuarta Antífona, Le pediremos que venga y saque de su prisión a los cautivos sentados en tinieblas y en sombras de muerte.
O Oriens (oriente, sol, luz)
Oh Sol que naces de lo alto, Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. El Salvador disipará las tinieblas del error y del pecado, como el sol naciente disipa las tinieblas de la noche. Tanta gente, hoy, está des-orientada porque está lejos de Nuestro Señor, de su Verdad y de su gracia. ¡Pobres almas, tan numerosas, que festejarán Navidad con glotonerías, embriagueces y sensualidades, con regalos corruptores y luces artificiales, y con un viejo y feísimo Papa Noel mundano, pero sin la paz del Niño Jesús! Por eso, al fin de esta Antífona, se pide a Nuestro Señor que venga y alumbre a los sumidos en tinieblas y en sombras de muerte.
O Rex  (rey de paz)
Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra. Jesucristo es el único Salvador, tanto de los judíos como de los paganos. ¡No hay que esperar o buscar otro! El Niño Jesús es EL Salvador. Hay solo un Dios y Salvador, como hay solo una criatura humana, creada por Dios y rescatada por Jesucristo. Por eso, al fin de esta Antífona, pediremos al único Salvador de las almas que venga y salve al hombre, a todo hombre, sin distinción de credo, nacionalidad o color.
O Emmanuel (Dios-con-nosotros)
Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ¡ven a salvarnos, Señor Dios nuestro! En esta última gran Antífona, la Iglesia llama al Salvador Emmanuel, palabra que significa en hebreo: Dios con nosotros. Dios eligió a algunos pescadores de Galilea con ellos habló, comió, caminó, les reveló los secretos de su Amor infinito; Nuestro Señor los hizo Apóstoles y columnas indestructibles de la Iglesia. La Iglesia, que hace a Jesucristo realmente presente entre nosotros, en la Santísima Eucaristía, presente en el sagrario, presente sacramentalmente en los que reciben la sagrada comunión, presente por su gracia en nuestras almas.  El hombre sin Jesucristo está en la peor situación que se pueda imaginar: su alma nunca conocerá la verdadera felicidad porque nunca descansará en Jesucristo, su principio y su fin, ahora y por la eternidad. Por eso, al fin de esta Antífona se pide que nuestro Señor y a Dios que venga a salvarnos.
Leídas en sentido inverso las iniciales latinas de la primera palabra después de la «O», dan el acróstico «ero cras», que significa «seré mañana, vendré mañana», que es como la respuesta del Mesías a la súplica de sus fieles ■



[1] El Magníficat es un cántico que proviene del evangelio de Lucas (1, 46-55) y que reproduce las palabras que, según este evangelista, María, madre de Jesús, dirige a Dios en ocasión de su visita a su prima Isabel esposa del sacerdote Zacarías. Isabel llevaba en su seno a Juan el Bautista. El nombre de la oración está tomado de la primera frase en latín, que reza: Magnificat anima mea Dominum. Según la tradición, el encuentro de María e Isabel habría tenido lugar en Ain Karim (también conocida como Ein Kerem), pequeña población situada siete kilómetros al oeste de Jerusalén, en la montaña de Judea, cuyo nombre significa «fuente del viñedo». Dentro de la Liturgia de las Horas, el Magníficat es el canto evangélico empleado en el rezo de las vísperas.
[2] También conocido como Amalrio de Metz o Amalarius Symphosius fue un teólogo y liturgista cristiano del Renacimiento carolingio. Vivió en Francia a comienzos del siglo IX. Fue discípulo de Alcuino de York.

I Domingo de Adviento (A) 1.XII.2013

El tiempo litúrgico que comenzó la tarde del sábado con las primeras vísperas –la hora en que la Iglesia enciende sus lámparas- se llama Adviento, y es, simple y llanamente, el tiempo de la espera humana del Salvador. Todo está proyectado hacia esa venida, sin embargo el evangelio de este domingo nos lanza inmediatamente hacia el fin de los tiempos. Nos pone frente a la venida última del Señor, la Parusía[1].

Los dos advenimientos –la encarnación y la venida final del Hijo del hombre- no sólo no se contraponen, sino que se reclaman e iluminan mutuamente. En la celebración litúrgica no es posible proclamar el libro del Génesis sin evocar en filigrana el libro del Apocalipsis[2].

San Cirilo de Jerusalén solía decir en sus (maravillosas) catequesis[3] que hay dos venidas del Verbo: una oscura como la lluvia sobre un velo, otra resplandeciente de gloria, la que llegará. En la primera venida Cristo aparece envuelto en pañales dentro de un pesebre, en la segunda vendrá envuelto de la luz como en un manto[4].

A los cristianos la liturgia de la Iglesia nos invita éste domingo y los que le restan al adviento a vivir en estado de espera, dirigiendo la mirada en dirección a estas dos venidas. El ¡velad! del evangelio de hoy es lo que nos ayuda a no ser sorprendidos, a ser, digamos, contemporáneos a esta doble venida y es que el sueño nos vuelve ausentes, amodorrados. El verdadero, el irreparable desfase respecto a la venida del Señor está representado por el sueño, por la indiferencia, por la inercia.

Hoy en el evangelio el Señor vuelve al recuerdo lejano de los tiempos de Noé, cuando la gente comía y bebía descuidadamente sin preocuparse de la cuestión fundamental: su relación con Dios. Y así, desprevenidos, los encontró el diluvio. Una advertencia ciertamente inquietante.

Para nosotros el sueño puede ser el desinterés, el sentirnos ajenos a las desgracias de los demás, a ése no comprometernos con prácticamente nada. Esperar al Salvador significa sentirse interesados, reconocer que tenemos necesidad de salvación, admitir que somos pecadores, sentir la exigencia -¡y la urgencia!- de la conversión[5]. Significa, en medio de nuestras preocupaciones cotidianas, caer en la cuenta de que es necesario preocuparse de la dimensión espiritual de nuestra vida.

Velar es precisamente lo contrario de la evasión. Velar quiere decir romper con las obras de las tinieblas como dice S. Pablo, con la mentira, la hipocresía, la vanidad.

Nosotros, cristianos, velamos no porque tengamos miedo a la llegada del Señor, sino porque queremos que Él se presente –y será de improviso- nos encuentre comprometidos en la construcción de una ciudad terrena más justa, más fraterna, más habitable; preocupándonos por los demás, interesados en lo que vale verdaderamente la pena, no en espejitos y baratijas que nos distraen de lo esencial, de lo verdadero, de lo que dura para siempre ■




[1] Parusía deriva del término griego παρουσία (parousía), forma sustantivada del verbo πάρειμι (páreimi, «estar presente, asistir»). El significado principal del sustantivo era «presencia» o «bienes», aunque en sentido figurado podía significar venida o llegada. En el griego del Nuevo Testamento se utiliza, salvo excepción, con el significado escatológico del segundo advenimiento de Cristo.
[2] A. Nocent.
[4] San Cirilo de Jerusalén (en griego: Κύριλλος Α΄ Ἱεροσολύμων) (315 - 386) fue un obispo griego, en 1883 fue declarado doctor de la Iglesia. Sus famosas veintitrés lecturas catequéticas  que escribió siendo aún un presbítero, en el año 347 ó 348, contienen instrucciones sobre los principales temas de la fe cristiana y su práctica en una forma un tanto popular y no tan científica, llenas de cálido amor pastoral y cuidado por sus catecúmenos, a quienes se dirigía. Cada lectura está basada en un texto de la Escritura. Luego de una introducción general, siguen dieciocho lecturas para la competencia, y las cinco restantes están dirigidas a los recientemente bautizados, en preparación para recibir la comunión. En paralelo a la exposición del Credo como fue recibido por la Iglesia de Jerusalén, hay vigorosas polémicas contra los errores paganos, judíos y heréticos. Son de gran importancia para dar luz al método de instrucción usual en esa época, así como a las prácticas litúrgicas del período, de las cuales aquí se da el más extenso recuento existente.
[5] A. Pronzato, El Pan del Domingo. Ciclo A, edit. Sígueme, Salamanca, p. 12. 

Año Viejo y Año Nuevo


Terminó ayer un año y hoy comenzamos uno nuevo. Sin duda en estos  momentos nace casi espontáneamente en nosotros la reflexión y el silencio; el examen de conciencia; tomamos conciencia más  lúcida del tiempo, de esa curiosa realidad que vamos gastando sin tomarla demasiado en  cuenta[1]. Son momentos muy buenos para hacer balance del pasado y poner la mirada atenta en lo que viene.

Muchas cosas que nos angustiaban y nos parecían casi insuperables ya han pasado. Hoy nos parecen insignificantes y sin importancia. Mirando hacia atrás, los días que fueron duros tienen un aspecto diferente. Ahora nos sentimos más tranquilos y serenos, incluso, ante lo  que ahora nos agobia y que también un día pasará.

Al mismo tiempo, sentimos nostalgia. Nada permanece. Con el viejo año se van no sólo las  cosas difíciles y duras sino también las hermosas y buenas. Y cuanto más se avanza en edad tanto mayor es la fuerza con que percibe el paso inexorable del tiempo. Este año que ha pasado nos deja también sabor agridulce. No hemos sido lo que  deseábamos ser. No hemos hecho lo que nos habíamos propuesto. En algunos momentos no hemos sido fieles a  nosotros mismos. Un año más que se va ¿crecimos en verdad, en  generosidad, en amor?

Hoy comenzamos un año nuevo. Dice H. Hesse que «en cada comienzo hay algo  maravilloso que nos ayuda a vivir y nos protege»[2]. Qué verdad se encierra en estas palabras cuando uno mira todo comienzo con ojos de fe. De nuevo se nos ofrece un tiempo lleno de esperanza y de posibilidades intactas. ¿Qué  haremos con él?

Las preguntas que podemos hacernos son muchas. Aumentaremos nuestro nivel de vida y nuestro confort quizás, pero, ¿seguirá empequeñeciéndose nuestro corazón? Tendremos  tiempo para trabajar, para poseer, para disfrutar, ¿lo tendremos también para crecer como  personas?

Este año será semejante a tantos otros. ¿Aprenderemos a distinguir lo esencial de lo  accesorio, lo importante de lo accidental y secundario? Tendremos tiempo para nuestras  cosas, nuestros amigos, nuestras relaciones sociales. ¿Tendremos tiempo para ser nosotros  mismos? Pero sobre todo: ¿Tendremos tiempo para Dios?

Y sin embargo, ese Dios al que arrinconamos día tras día entre tantas ocupaciones y  distracciones es el que sostiene nuestro tiempo y puede infundir a nuestra existencia una  vida nueva ■



[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 145 ss.
[2] Escritor, poeta, novelista y pintor suizo de origen alemán que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1946, como reconocimiento a su trayectoria literaria.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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