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San Francisco de Asís comprendió muy bien el secreto de la Bienaventuranza de los pobres de espíritu. De hecho, cuando Jesús le habló en la persona del leproso y en el Crucifijo, reconoció la grandeza de Dios y su propia condición de humildad. En la oración, el Poverello pasaba horas preguntando al Señor: «¿Quién eres tú? ¿Quién soy yo?». Se despojó de una vida acomodada y despreocupada para desposarse con la “Señora Pobreza”, para imitar a Jesús y seguir el Evangelio al pie de la letra. Francisco vivió inseparablemente la imitación de Cristo pobre y el amor a los pobres, como las dos caras de una misma moneda. Vosotros me podríais preguntar: ¿Cómo podemos hacer que esta pobreza de espíritu se transforme en un estilo de vida, que se refleje concretamente en nuestra existencia? Os contesto con tres puntos. Ante todo, intentad ser libres en relación con las cosas. El Señor nos llama a un estilo de vida evangélico de sobriedad, a no dejarnos llevar por la cultura del consumo. Se trata de buscar lo esencial, de aprender a despojarse de tantas cosas superfluas que nos ahogan. Desprendámonos de la codicia del tener, del dinero idolatrado y después derrochado. Pongamos a Jesús en primer lugar. Él nos puede liberar de las idolatrías que nos convierten en esclavos. ¡Fiaros de Dios, queridos jóvenes! Él nos conoce, nos ama y jamás se olvida de nosotros. Así como cuida de los lirios del campo (cfr. Mt 6,28), no permitirá que nos falte nada. También para superar la crisis económica hay que estar dispuestos a cambiar de estilo de vida, a evitar tanto derroche. Igual que se necesita valor para ser felices, también es necesario el valor para ser sobrios Papa Francisco, mensaje para la XXIX Jornada Mundial de la Juventud Cracovia 2016.

V Domingo del Tiempo Ordinario (A)

A veces me pregunto si los cristianos nos diferenciamos de aquellos que no creen en Jesucristo[1]. ¿Se nos puede identificar por la calle como personas distintas, o somos individuos oscuros en medio de la masa gris de nuestra sociedad?

En el sermón de la montaña el Señor da una imagen de lo que debe ser la comunidad cristiana: vosotros sois sal de la tierra... Luz del mundo Luz no es oscuridad, y el gusto de la sal nada tiene que ver con una sopa desabrida. En el peor de los casos la sal puede volverse insípida y la luz estar escondida. Justo sobre eso advierte Jesús a los suyos. Los discípulos debemos ser esa luz espléndida y esa gustosa sal. La Iglesia tiene que sobresalir en un mundo oscuro, tiene que ser una sociedad alternativa: para eso es ekklesia, en el sentido más estricto del término, una comunidad de elegidos[2].

Ciertamente que también esto puede ser un peligro: siempre que en la historia se señaló mucho la Iglesia, se puso murallas o se retiró, en tales ocasiones se alejaba de la vocación fundamental indicada en el sermón de la montaña. ¿Cómo puede entonces la Iglesia cumplir la misión de ser sal de la tierra y luz del mundo?

Hace unos años, Martín Kostler, pastor protestante, publicó un interesante libro que se hizo famoso por el revuelo que produjo. El cristianismo –venía a decir el autor- ha llegado a convertirse en una de tantas ideologías. Como otras concepciones del mundo, tiene ya una superestructura de principios, normas y fórmulas que han devenido vacíos. Se parece a un elefante con pies de barro. Según Kostler, a muchos cristianos nos falta un fundamento capaz de sostener su fe, la cual sólo puede mantenerse sobre la base de una experiencia personal del Dios vivo. Su libro llevaba un significativo título: Dios sin religión o religión sin Dios[3].

La crisis de una época es siempre la crisis de su religión. Como solución a la crisis de la fe en Dios, Kostler proponía el descubrimiento de una nueva imagen de Dios que, hasta ahora, ha sido rechazada: la del Dios de acá, en lugar del Dios del más allá. Cuando Dios se deja en el más allá, decía, toda religión pierde su dinámica. Para nosotros los cristianos el Señor con su encarnación puso su tienda en medio de nosotros y trajo a Dios de "aquella" orilla a "ésta"[4]. Por eso pudo llamar felices a los desafortunados, porque él los puso en contacto con el poder de Dios, que su mismo Hijo encarnó.

También hoy está aquí el poder de Dios y su Reinado en medio de nosotros. Dios no se ha marchado ni está lejos, allá donde brillan las estrellas. Quien ha experimentado a Dios en la realidad de su vida, puede transmitir su fuerza, iluminar con su luz y construir el mundo de una manera cristiana.

Isaías, en la primera de las lecturas de hoy, nos da algunas pistas: el camino está –o mejor dicho, se construye- en partir pan con los hambrientos, en acoger a los sin techo, en vestir al desnudo, en poner fin a la opresión y no calumniar a nadie. Si la Iglesia no quiere ser ¡ay! una estufa que sólo se calienta a sí misma, tiene que meterse de lleno a realizar su vocación en el servicio a todo el mundo, salir a las periferias, por decirlo con palabras de Papa Francisco[5].

Y es que oscuridad hay por todas partes del planeta, y el número de aquellos que se hallan a la sombra de la vida es grande, cerca de nosotros y en países lejanos, la obscuridad está en los transeúntes y los emigrantes, en los enfermos y en los hambrientos, en los perseguidos y en los rechazados, en la que ha sufrido el drama del divorcio y en la persona homosexual que no encuentra un sitio donde lo reciban con gusto. El mundo no necesita más luces de neón, sino la luz de Dios que llega a través de las lámparas vivas, que somos los cristianos. Nosotros podemos suscitar esperanza, porque creemos en la salvación de Cristo. Podemos dar amor, porque nos sabemos amados por Dios. Podemos salir en defensa de los desvalidos porque ésta es la opción de Dios.
Vosotros sois sal de la tierra; vosotros sois luz del mundo. Esta afirmación del Señor debe hacernos dudar, ponernos en guardia, despertarnos de la modorra, encender comunidad para que salga de la apatía, se libere del miedo y se abra, a la vez, a la experiencia del Dios viviente. Los cristianos recibimos el día de nuestro bautismo la luz de Dios ergo nuestra vocación no es otra que dar luz a los hombres[6]



[1] Lectura muy recomendada, por cierto: Umberto Eco, Cardenal Carlo María Martini, ¿En qué creen los que no creen?; puedes leerlo on line en éste sitio: http://www.bsolot.info/wp-content/uploads/2011/02/Eco_Umberto_Martini_Carlo_Maria-En_que_creen_los_que_no_creen.pdf
[2] La ekklesía (del griego antiguo «ἐκκλησία») era la principal asamblea de la democracia ateniense en la Antigua Grecia. Fue instaurada por Solón en el 594 a. C. y tenía un carácter popular, abierta a todos los ciudadanos varones con 2 años de servicio militar, incluso a los thetes.
[3] El título completo en alemán es: Gott ohne Religion oder Religion ohne Gott. Der diesseitige Gott (Dios sin religión o una religión sin Dios. El Dios de este mundo). No existe edición en castellano.
[4] Cfr Jn 1, 14.
[5] El diálogo que Papa Francisco mantuvo con los superiores de órdenes religiosas a comienzos del año y que Antonio Spadaro, S.I. recoge en un estupendo texto es profundamente ilustrativo de ésta idea. Puedes leerlo en línea aquí: http://www.laciviltacattolica.it/articoli_download/extra/Despierten_al_mundo.pdf
[6] Eucaristía 1999; n. 8.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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