Nochebuena

A lo largo de la historia de la salvación, repetidas veces se ha acercado Dios a los hombres para decirnos que no tengamos miedo, y el evangelio de ésta noche es un ejemplo de ello[1]. Ya el ángel había dicho a María: ¡No tengas miedo!

¿Qué significa el miedo en la vida del hombre? Miedo de Dios y miedo de los hombres, miedo de un peligro y miedo de un exceso de esperanza, miedo de sentirse solo y miedo de saberse demasiado amado. El miedo es una sensación que tenemos ante cualquier cosa que haga peligrar nuestro equilibrio, exterior o interior. El miedo viene de una causa externa, pero en último término siempre es de mí y por mí por lo que tengo miedo: temo no estar a la altura de lo que se me pide, o temo tener que ponerme a esa altura. El miedo es algo así como una compasión propia[2].

José no se atreve a tomar a María como esposa. Es un hombre justo, intuye un misterio y tiene miedo de entrar en él. Miedo del misterio. ¿Miedo también de las responsabilidades? Dios se nos manifiesta por caminos inéditos. Dios es –vamos a decirlo sin mucho rigor lingüístico- indomesticable.

Permitir la entrada de Dios con todo su misterio en nuestras vidas quiere decir exponernos a sorpresas continuas, renunciar a nuestras seguridades, tener que cambiar nuestra tendencia a la táctica por el don gratuito de la esperanza. Significa dejar nuestras pequeñas pero palpables riquezas y ponernos pobres y sin experiencia a merced del Señor, que es libertad suprema.

José había hecho sus planes. Siendo hombre justo, se imaginaba seguir caminos de justicia y de amor. Como cualquier joven, había escogido una esposa. Sin ambición de ningún tipo, veía la vida en Nazaret con una serena tranquilidad: trabajar y amar, formar una familia en el temor de Dios y en la práctica de la Ley, llegar a una vejez venerable y, bendecida por Dios y por los hombres, volver al lugar de sus padres. Hijos y nietos bendecirían su memoria y perpetuarían a lo largo de las generaciones sus nombres. Con María, su esposa, sucede también algo incomprensible. Y tiene miedo, porque ve la mano de Dios demasiado próxima. Instintivamente quiere volverse atrás, para bien de María y suyo propio. Hasta que el Señor le aclara lo que está ocurriendo y, destruido el miedo, le prepara para, sí, introducirse en el misterio. El misterio de Dios.

Hoy muchos sentimos miedo ante la Navidad ¿o acaso no hemos sentido nunca miedo ante una de esas interrupciones de Dios en nuestra vidas? Cada Navidad puede ser una. Humanos al fin hablamos mucho de la alegría de la Navidad, de su ternura significada por el niño que nace, pero ¿hemos pensado nunca que todo niño que nace, gozo y ternura, es también motivo de miedo para los padres? Todo niño es un misterio y comporta unas responsabilidades y no permite que nos tracemos caminos demasiado fáciles.

No es malo hablar del miedo de la Navidad. Porque la Navidad es el primer paso en el camino que nos debe conducir a una participación viva en la historia de salvación. El niño que vemos nacer es el hombre que veremos morir dentro de no mucho tiempo.

En la Navidad, los ángeles cantan la gloria de Dios; luego la tierra se resquebrajará en protesta por el gran ultraje. Si estamos atentos, Navidad significaría cargar con unas responsabilidades y entrar en un misterio indescifrable. Dejarnos penetrar por la Navidad significa entrar de lleno en la lucha por la justicia. Y eso da miedo.

Pero ahí es cuando aparece la palabra que hemos oído en el evangelio: José, hijo de David, ¡no tengas miedo! La razón para no tener miedo nace del misterio mismo de la Navidad. El niño que nos ha de nacer llevará el nombre de Emmanuel: Dios-con-nosotros. Y Dios-con-nosotros siempre es prenda de salvación. Una salvación que nos llegará por caminos inéditos, que deberemos trabajar con nuestro esfuerzo, siempre sometidos a sorpresas. Ése no tengas miedo del evangelio es pues un grito de esperanza, de esa esperanza que, por venir de Dios y por aferrarse como un ancla al misterio de su amor, nunca nos engaña ■


[1] Misa de la vigilia.
[2] Cfr M. Estrade, Misa Dominical, 1974, n. 6

El Nacimiento que puso Dios


Al principio quiso Dios poner un nacimiento, y creó el universo para adornar la cuna. Primero inventó el tiempo, y lo dividió en meses, en semanas, en días. Los días estaban formados por millones de años, que son como instantes para Dios.


Y empezó su trabajo. Hizo el cielo, y lo llenó de estrellas y de pájaros.

Hizo la luz, y luego el sol (así lo cuenta la Biblia, aunque parezca raro), y encendió una lámpara blanca en la noche para que se viera bien la cara de Jesús; no fuesen a equivocarse los ángeles de la Nochebuena.

Hizo las montañas, tan auténticas que parecían de corcho, y las coronó de águilas y de nieve. Hizo mares y océanos de papel de plata, y grandes desiertos de arena dorada para los camellos de los Reyes Magos.

Después llamó a la más pequeña de todas las estrellas (apenas tenía 6 millones de hipergigavatios), y la llevó hasta la otra punta del universo. Allí, con mucho cuidado, le dio un empujoncito con el dedo, con la fuerza justa para que, miles de siglos más tarde, parpadeara sobre las playas de Arabia a la vista de los Magos de Oriente.

Todo esto no fue muy difícil para Yahvé. Con solo su mirada coloreó todas las especies de flores que había creado, y alfombró de musgo las orillas de los ríos. También hizo crecer los árboles, que, al desperezarse, agitaron el aire y formaron la brisa y los vendavales. Ahora dicen que es el viento quien mueve los árboles y no al revés, pero esto habría que demostrarlo.

Del viento nacieron las dunas y la música primera del campo.

Luego Dios hizo una pausa, y pensó dónde poner su nacimiento. Y decidió que en Belén. Imaginó las figuras: el buey, la mula, la lavanderas, los pastores... Y, como no tenía prisa, les dio una estirpe: padres, abuelos, bisabuelos... Cientos de vidas para crear cada vida; centenares de amores para conseguir el gesto, el tono de voz, la mano extendida en la postura exacta del nacimiento de Dios.

Pensó en su Madre: toda la eternidad soñó con Ella. Y, añorando sus caricias, fue dibujando en los antepasados de María como esbozos de esa flor que había de brotar a su tiempo.

Igual que un artista que persiguiera tenazmente la pincelada perfecta, Dios pintó miles de sonrisas en otros tantos labios. Y ensayó en otros ojos la mirada limpísima que tendría su Madre. Hasta que un día nació la Virgen, su Hija predilecta, su Esposa Inmaculada, su obra maestra. Y la colocó en el nacimiento junto a la cuna, con Jesús, que, por ser sólo de María, era su vivo retrato.

Y vio Dios todo lo que había hecho. Y era muy bueno; más aún, estupendo. Y tanto le gustó que decidió transmitir en directo el nacimiento de su Hijo a todos los diciembres de la historia, y a todos los corazones que tuvieran sitio para un nacimiento. Así inventó la Navidad.

La Navidad no es un aniversario, ni un recuerdo. Tampoco es sólo un sentimiento. Es el día en que Dios pone un nacimiento en cada alma. A nosotros sólo nos pide que le reservemos un rincón limpio; que nos lavemos las orejas para oír el villancico de los ángeles en la Nochebuena; que nos quitemos la roña acumulada, acudiendo al estupendo detergente de la Penitencia; que abramos las ventanas y miremos al Cielo por si pasaran de nuevo los Magos; que son verdad, que existen, y vienen siguiendo la estrella de entonces, camino del mismo portal.

Aunque tal vez veamos sólo a un matrimonio joven de inmigrantes que acaban de llegar a la ciudad. No traen el borrico, porque la especie está en peligro de extinción, sino un coche desvencijado que sabe Dios cómo sigue funcionando todavía. No encontrarán sitio en los hoteles, y ella deberá dar a luz debajo de un puente del freeway. Difícil lo tendrá la estrella para entrar allí abajo y situarse en el andén sin permiso de la policía.

Si pasan por tu puerta, no les digas que tienes la casa llena de huéspedes. Ellos se conforman con el establo de tu corazón. Ábreselo de par en par, y, como es Navidad, disponte a jugar a las muñecas con María. Déjame que te acompañe: te prestaré el corcho de las montañas, mi castillo de Herodes, un borrico con la oreja rota, la plata para el río y un racimo de ángeles, que nos enseñarán canciones de cuna para el Niño del pesebre ■ 

Solemnity of the the Nativity of the Lord (Vigil)

Christmas is finally here. All four weeks of Advent we have been waiting and praying for the coming blessings of Christmas. And now Christmas is here: the angels are bringing us the good news of great joy for all the people, for to us is born this day in the city of David a Savior, who is Christ the Lord[1]. As people of God we have a claim to the joy and the peace that the birth of Christ brings to the world. But how do I personally enter into this "great joy" of Christmas? Christmas rings out "joy to the world," yes, but how do I make this joy my own? This is an important question, for, even though God has declared joy to the whole world, there are still many among us who do not flow in this joy, many among us who do not know how to claim this joy and make it their own personally[2].

A certain missionary was working in a rural African village that had no easy access to good drinking water. People walked for miles to the nearest river to get water. With his encouragement the people undertook a self-help project to sink a borehole. The local government supplemented the people's efforts and a borehole was sunk in the village. In the meantime the missionary had left the village. Soon the village was enjoying fresh and clean drinking water from the borehole. So they wrote the missionary to come and see them and the great difference the borehole had made in the village.

He went back to the village and rejoiced with them for the borehole that now gave fresh, clean water on demand. Then he decided to go round and visit some of his old friends. He entered the house of an old woman and asked her to give me a cup of the borehole water to drink. To his surprise she said that there was no drinking water in the house. "But the village now has water," he said. "Yes," she replied, "but the trouble is with my grandson who lives with me. I tell him to go and get water from the borehole and he wouldn't listen to me. All he does is run about and play."

There you are! You see, it is possible for someone to die of thirst in a village that has abundant drinking water. Why? Well, because there is no way the water out there in the borehole can become your own personally until you lift your foot to go there and draw the water that already belongs to you. The water in the borehole is yours by right. You are entitled to it. But you need to do something to claim this right before it can become your own personally, before it can actually quench your thirst.

So is the good news of great joy that God showers on the world at Christmas. We still need to do something, make a little effort, before we can personally experience this joy in our lives, in our families, and in our world.

How do we do that? Well, that is rather easy to explain but pretty hard to practice, so I'll explain. Look at the word JOY. You see that it is made up of three letters: first J, then O, and lastly Y. J stands for Jesus, O for Others, and Y for You. Joy therefore is: Jesus, Others, before You. To know joy in our lives we need to place Jesus first in everything. Secondly, we need to try to please others before trying to please yourself. That is the recipe for joy. That is how we can convert the Christmas "joy to the world" into a personal "joy in my life" now and always.

My brother, my sister, with the grace and fire of the Holy Spirit, the consoler, the giver of life, let us today resolve to follow the good example of Mary and Joseph by always placing Jesus and others before self and then the joy of Christmas will always be ours ■


[1] Cfr Isaiah 9:6
[2] Friday 24th December, 2010,  Christmas Eve. Day of Penance. Midnight Mass. Isaiah 9:1-7. Today is born our Savior, Christ the Lord—Ps 95|(96):1-3, 11-13. Titus 2:11-14. Luke 2:1-14.

Pregón de Navidad


 Os anunciamos, hermanos, una buena noticia,
una gran alegría para todo el pueblo;
escuchadla con corazón gozoso: 

Habían pasado miles y miles de años
desde que, al principio, Dios creó el cielo y la tierra
y, asignándoles un progreso continuo a través de los tiempos,
quiso que las aguas produjeran un pulular de vivientes
y pájaros que volaran sobre la tierra.

Miles y miles de años,
desde el momento en que
Dios quiso que apareciera en la tierra el hombre,
hecho a su imagen y semejanza,
para que dominara las maravillas del mundo
y, al contemplar la grandeza de la creación,
alabara en todo momento al Creador.

Miles y miles de años,
durante los cuales los pensamientos del hombre,
inclinados siempre al mal,
llenaron el mundo de pecado hasta tal punto
que Dios decidió purificarlo,
con las aguas torrenciales del diluvio.

Hacía unos 2.00_ años que Abraham, el padre de nuestra fe,
obediente a la voz de Dios,
se dirigió hacia una tierra desconocida
para dar origen al pueblo elegido.

Hacía unos 1.250 años que Moisés
hizo pasar a pie enjuto por el Mar Rojo
a los hijos de Abraham,
para que aquel pueblo, liberado de la esclavitud del Faraón,
fuera imagen de la familia de los bautizados.

Hacía unos 1.000 años que David, un sencillo pastor
que guardaba los rebaños de su padre Jesé,
fue ungido por el profeta Samuel,
como el gran rey de Israel.

Hacía unos 700 años que Israel,
que había reincidido continuamente en las infidelidades de sus padres
y por no hacer caso de los mensajeros que Dios le enviaba,
fue deportado por los caldeos a Babilonia;
fue entonces, en medio de los sufrimientos del destierro,
cuando aprendió a esperar un Salvador
que lo librara de su esclavitud
y a desear aquel Mesías
que tos profetas le habían anunciado
y que había de instaurar un nuevo orden de paz y de justicia,
de amor y de libertad.

Finalmente, durante la olimpiada 94,
el año 752 de la fundación de Roma,
el año 14 del reinado del emperador Augusto,
cuando en el mundo entero reinaba una Paz universal,
hace  1991 años,
en Belén de Judá, pueblo humilde de Israel,
ocupado entonces por los romanos,
en un pesebre, porque no tenía sitio en la posada,
de María virgen, esposa de José,
de la casa y familia de David,
nació Jesús,
Dios eterno, Hijo del Eterno Padre,
y hombre verdadero,
llamado Mesías y Cristo,
que es el Salvador que los hombres esperaban.

El es la Palabra que ilumina a todo hombre,
por él fueron creadas al principio todas las cosas;
él, que es el camino, la verdad y la vida,
ha acampado, pues, entre nosotros.

Nosotros, los que creemos en él,
nos hemos reunido hoy (en esta noche santa),
o mejor dicho, Dios nos ha reunido,
para celebrar con alegría
la solemnidad de Navidad,
y proclamar nuestra fe en Cristo, Salvador del mundo.

Hermanos, alegraos,
haced fiesta y celebrad la mejor noticia
de toda la historia de la humanidad.

Solemnidad de la Natividad del Señor

La liturgia de la misa de Navidad canta éste día aquello tan entrañable del profeta: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado[1]. Y estas palabras, que nos introducen en el gozo de la fiesta, sirven también sin duda para interpretar su misterio. La Navidad aparece así, de pronto, como un don de Dios, el mayor de todos porque nos da a su propio Hijo[2].

Hoy, al celebrar el nacimiento de Jesús en Belén cantamos que Dios está de nuestra parte. Queremos decir que ya no es un Dios lejano y frente a nosotros para juzgarnos, sino el Dios-con-nosotros y en favor nuestro: el Emmanuel. En Jesucristo y por Jesucristo ha hecho suya la causa del hombre, ha empeñado su palabra en la salvación del mundo[3].

Todo cuanto los hombres podamos imaginar o decir acerca de Dios por nuestra cuenta no significa nada, no vale nada. Porque a Dios nadie lo ha visto nunca y es inaccesible a todas las especulaciones humanas, de manera que sólo podemos conocerlo si Él nos habla y nos dice quién es y qué quiere ser para los hombres.

A diferencia de la religión o la filosofía, que pretenden escalar el cielo y sorprender a Dios en su misterio, el evangelio es la buena noticia de que Dios ha querido bajar a la tierra para sorprendernos a todos con su palabra.

Jesucristo es la Palabra de Dios hecha carne, la Palabra y la presencia de Dios en el mundo, la revelación de Dios. Ahora podemos conocerlo. Por medio de esta Palabra, que confunde a los sabios y llena de gozo a los humildes. Dios se comunica a los creyentes. Cuantos reciben esa Palabra reciben al mismo Dios y son hijos de Dios, entran así por la fe en el ámbito de una solidaridad y de una convivencia divina que es pura gracia y no depende en absoluto de los vínculos de la carne y de la sangre.

Y la comunión con Dios en Jesucristo nos advierte que debemos configurar nuestras relaciones humanas según el modelo de nuestras relaciones con Dios. Porque a veces parece que la vida consiste en comprar y vender, el hablar de esto y de aquello, y no alcanzamos a ver que la gracia y la misma felicidad, es dar y recibir y hablar con todos, de modo que lo que llevamos entre manos y en la boca no tiene sentido alguno si no es un pretexto para el amor y el encuentro de las personas. Si queremos humanizar la convivencia, habrá que descubrir de nuevo la importancia del don y la palabra.

Hoy es un buen día para dejarnos sorprender y para sorprender a los demás con nuestro amor en la vida cotidiana. Es Navidad. Si Dios nos ha dado a su Hijo –su Palabra- si se ha acercado a todos nosotros y nos ha sorprendido con su amor, también nosotros debemos acercarnos los unos a los otros para convivir fraternalmente.

Es Navidad, el adviento de Dios que se aproxima a los hombres con su don y su Palabra, con el regalo de su Hijo.

Es Navidad: hoy Jesucristo, el Hijo del Dios vivo toma nuestra vida para darnos la suya ■


[1] Is 9, 1-7.
[2] Misa del día.
[3] En la Oración Colecta diremos que Jesús, el Hijo que nos ha sido dado, ha querido compartir con nosotros la condición humana. Más adelante, en la Oración después de la Comunión, diremos que nos ha nacido el Salvador para comunicarnos la vida divina.

Rociad, cielos puros, rociadme,
y guste el paladar vuestra dulzura,
sabor de Dios, purísimo misterio
cuando el Niño repose en una cuna.

Los besos de respuesta a Dios ofrezco,
mi aliento vivo, el alma que fulgura,
mi corazón latiente que se sale,
mi adoración amante que le busca.

Llovedme cielos míos y empapadme,
transidme en Trinidad la carne suya:
la carne mía que él ha arrebatado
el día en que bajó desde la altura.

Placer divino busco sin sosiego,
placer que no me dan las creaturas,
placer para mi cuerpo y mis sentidos
en tanto que camino en senda dura.

Llovedme, cielos míos del profeta,
mojad mi sed con gusto y con frescura,
traedme a Dios, traed al Todo Hombre,
traedme pronto al Dios de la Escritura.

Y guste el corazón jamás ahíto,
y el Dios del cielo dé divina hartura:
oh Dios Jesús, oh todo Dios conmigo,
mi dulce paladeo, mi dulzura. Amén  
P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

IV Domingo de Adviento (a)


En algunos lugares, además del IV Domingo de Adviento y por una feliz coincidencia se celebra también la fiesta de la Virgen de la esperanza, a la que el pueblo le ha dado el nombre de María de la O, aludiendo a las antífonas del breviario que en estos últimos días de adviento comienzan con dicha exclamación[1]. Las lecturas de este domingo están llenas de textos referentes a María, la madre del Emmanuel. La Virgen María es la figura más representativa del adviento, mucho más que el gran profeta Isaías o Juan Bautista que ha sido llamado el Precursor. Todas las esperanzas de Israel y todas las promesas de Dios fueron a parar a las entrañas de la niña de Nazaret y en ella se cumplieron todas las palabras al hacerse carne la Palabra de Dios. María, la Virgen de la Esperanza, es la figura más hermosa de la Iglesia en la que continúa el misterio de la encarnación y de la expectación del parto hasta que llegue la venida del Señor.

Este domingo nos trae muchas enseñanzas y está cargada de significado, pero hay una que llama especialmente la atención: Dios salva a los hombres contando únicamente con una mujer hija del pueblo –con una muchacha que sólo puede ofrecer una gran disponibilidad- y con su esposo José, el varón justo

María concibe un hijo sin obra de varón, sin arte ni parte de José, que era su esposo. Dice el evangelio que José no quiso denunciar a su esposa y prefirió dejarla en secreto. José no podía comprender lo que veía con sus propios ojos, pero tampoco podía dudar de la honestidad de su esposa y mucho menos condenarla. La conocía bien, la amaba. José era un hombre justo; es decir, un hombre que no sospecha de todos y de todo, que no juzga lo que no comprende en los demás, que respeta, que deja vivir y no se mete en lo que no le llaman. Por eso se retira en silencio y da lugar al misterio, no interviene y aguarda hasta que sea llamado.

A veces la vida nace al margen de la ley: José era el cabeza de familia, en cierto modo la autoridad de la casa; María, en cambio, ocupaba el lugar que el pueblo sencillo ocupa siempre en la sociedad. Y sucedió allí lo que sucede aquí tantas veces: que la esperanza trabaja sin que la autoridad se entere, que la promesa discurre al margen de la ley, que la vida se engendra en las entrañas del pueblo y nace el Deseado por pura gracia de Dios y sin obra de varón. Lo cual vale también para la iglesia de todos los tiempos, cuyo prototipo es la Virgen de la Esperanza, y en la que el espíritu nos sorprende actuando en medio de los humildes y a veces en contra de los planes de la propia jerarquía.

La autoridad y la ley deben estar al servicio de la vida: Los que tienen autoridad parece que están convencidos de que ellos son los artífices de la salvación del pueblo. Se resisten a aceptar lo que nace en la base sin su iniciativa. Con lo cual siguen muchas veces el ejemplo de Herodes, en vez de seguir el ejemplo de José y así ahogan la esperanza en vez de secundarla. Ocurre también que se apropian los hijos que no han parido ni engendrado y capitalizan -¡qué palabra tan terrible!- la esperanza que trabaja en las entrañas del pueblo.

José, el hombre justo, se comporta de muy distinta manera. Primero respeta lo que no comprende y después protege la vida que ha nacido en María sin su cooperación. Después da nombre al hijo de su esposa, no el que a él le gusta, sino que le llama Jesús, como le había sido revelado. José se pone enteramente al servicio de la salvación que Dios opera en María.

Tres palabras para meditar a lo largo de éste día: respeto, compresión y obediencia. Que San José interceda por nosotros para poder hacerlas vida en nuestra vida ■


[1] Las antífonas de la O son siete, y la Iglesia las canta con el Magníficat del Oficio de Vísperas desde el día 17 hasta el día 23 de diciembre. Son un llamamiento al Mesías recordando las ansias con que era esperado por todos los pueblos antes de su venida, y, también son, una manifestación del sentimiento con que todos los años, de nuevo, le espera la Iglesia en los días que preceden a la gran solemnidad del Nacimiento del Salvador. Se llaman así porque todas empiezan en latín con la exclamación «O», en castellano «Oh». También se llaman «antífonas mayores». Fueron compuestas hacia los siglos VII-VIII, y se puede decir que son un magnífico compendio de la cristología más antigua de la Iglesia, y a la vez, un resumen expresivo de los deseos de salvación de toda la humanidad, tanto del Israel del A.T. como de la Iglesia del N.T. Son breves oraciones dirigidas a Cristo Jesús, que condensan el espíritu del Adviento y la Navidad. La admiración de la Iglesia ante el misterio de un Dios hecho hombre: «Oh». La comprensión cada vez más profunda de su misterio. Y la súplica urgente: «ven» Cada antífona empieza por una exclamación, «Oh», seguida de un título mesiánico tomado del A.T., pero entendido con la plenitud del N.T. Es una aclamación a Jesús el Mesías, reconociendo todo lo que representa para nosotros. Y termina siempre con una súplica: «ven» y no tardes más.


Gathered around the Eucharist we more easily feel that the mission of every Christian community is that of bringing the message of God's love to all men. This is why it is important that the Eucharist always be at the heart of the life of the faithful ■ Benedict XVI. 

VISUAL THEOLOGY



Plaque from a Cross: The Winged Man of Saint Matthew, ca. 1185–95, Copper: engraved, stippled, and gilt; champlevé enamel: dark and light blue, deep turquoise, translucent dark and opaque medium green, yellow, red, rose. Metropolitan Museum of Art (New York) ■

Fourth Sunday of Advent (a)

Today’s Gospel reading centers on Joseph. In fact, the infancy narratives in the Gospel of Matthew focus more on Joseph than on Mary. That is because the Gospel of Matthew was initially directed to Christians of Jewish descent. Matthew wants to demonstrate that Jesus is the Messiah promised by the prophets in Sacred Scripture as coming through the line of David. Joseph is a direct descendent of David. In the Gospel of Matthew Joseph names the child.  He gives his own spirit and all he is to the child. The child is Son of God and Son of Mary, but also, through the action of naming the child by Joseph, He is Son of David[1].

Joseph is told by the angel, Joseph, Son of David; do not be afraid to take Mary, your wife into your home. Do not be afraid. These words occur over and over in scripture whenever a human has an experience of the Divine[2]. Joseph was told in a dream not to be afraid to take Mary as his wife. What was he afraid of? We don’t know for sure, but it certainly had to do with Mary’s pregnancy. Perhaps, on the human level, there was the fear of what other’s would think when a normal sized baby was born four or five months after the couple began their marriage. Perhaps Joseph was worried over what this Mary was really like. After all, she was a young girl and, as far as Joseph initially knew, she was pregnant by someone else. Did he really want to risk the heartbreak she would inevitably bring upon him? Or perhaps, Joseph’s fear was provoked by the religious authorities. What if he got caught protecting Mary and was accused of joining her in violating the Law of Moses?[3]. Maybe he was afraid that he could not love this child as every child has a right to be loved. It was not his child. How could he love the child as a father.

Anyway we hear this reading about Joseph’s concerns over and over, but we forget that on the human level, Joseph must have thought, “What a mess this is. And what a greater mess it will be if I complete this marriage and take Mary as my wife.”
But the angel said to Joseph in the dream, “Do not be afraid.” Joseph heard, “Trust God, for the child is special.  And so is his mother. There is no other man. There is the Holy Spirit. Do not be afraid. Trust God.”  And Joseph put his complete trust in the angel and in God. God would figure out how to deal with the gossip, how to deal with the Law of Moses, how to deal with Joseph’s concerns for the child. God would give him the ability to love the child as a father. And Joseph named the child Jesus.

So fear is not the characteristic of the Christian. At the heart of Christianity is love, or to be more precise, sacrificial love. Our whole lives must consist in ceaseless efforts to love more and more as Jesus loved, sacrificially. To do this we need a gift from God. That gift is trust. We need to trust God to work things out. We have to trust the Lord to remove the fear that prevents us from loving. We have to trust the Lord to protect us from hurt when we take a step outside of ourselves and a step into love. So many of us are afraid, afraid to trust, afraid to love, afraid to risk. We need to trust God so we can make His Presence real for others.

Behold is the theme for the Fourth Sunday of Advent. God is working in our lives. When we are aware of this, when we behold His Presence, we can then bring his presence to others.

Christmas is not a time for fear.  It is a time for love. We have to trust God to protect and develop our love. Can we love others as they deserve to be loved? Will we be hurt in return? These are the questions that Joseph asked himself as he stirred in his sleep. He heard an angel say, “Do not be afraid.” When Joseph took the step from fear to trust, the world beheld its Savior.

Perhaps, this Saturday, Christmas, or throughout this season, some of us will have to associate with someone we have had words with during the last year. This could be a neighbor, a relative or even a member of the inner circle of our family. We might worry, “If I am kind to that person, will I once more be spat upon? Will I be hurt again?” Is this really important?  We have no reason to fear. We only have to trust God and to love. For the one who calls us to love has given us the Gift of Love on Christmas Day.

We have been called to love.  God will show us how to do it.  Now, like Joseph, we need to name the child.  We need to make Jesus an intimate part of our lives so that all that He is and all that we are may be one.

And behold! Behold the wonders that God’s love can work in our lives ■


[1] Sunday 19th December, 2010, 4th Sunday of Advent. Readings: Isaiah 7:10-14. Let the Lord enter; he is king of glory—Ps 23(24):1-6. Romans 1:1-7. Matthew 1:18‑24
[2] The angel Gabriel first appeared in Daniel 10 and told Daniel not to be afraid.  Gabriel is found in the Gospel of Luke telling the priest Zechariah, John the Baptist’s father,  not to be afraid.  Those were also Gabriel’s words to Mary.  The shepherds were told by angels not to be afraid.  Jesus told Simon Peter and his fishing mates not to be afraid after they almost broke their fishing nets when they listened to Jesus’ instructions.  The disciples were told not to be afraid when they heard the voice of the Father during the Transfiguration.  Mary Magdalene and the other Mary were told not to be afraid when they came upon the empty tomb. And in today’s gospel, again, Joseph is told “Do not be afraid.”
[3] Wouldn’t he also be punished for protecting an abomination to God’s law and thus co-operating with the sin?
Ilutration: The Dream of St Joseph, Giordano Luca, c.1700. 

La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María


¡Oh Virgen toda hermosa sin mancilla!,
¿quién eres tú, María, tan amada,
para estar junto a Cristo la más próxima,
junto al hombre mortal la más cercana?

Yo soy el pensamiento de la Iglesia,
de Dios Padre nacido antes del alba,
en el Hijo bendito la bendita,
la cristiana, la gloria de su gracia.

Yo soy la pobre esclava del Señor,
en manos de mi Dios abandonada,
el milagro que él quiso para el Hijo,
para el Verbo Encarnado la Morada.

Yo soy cauce de fe de los creyentes,
figura de la Iglesia Inmaculada,
la porción elegida cual primicia
para ser de mi pueblo la esperanza.

Yo soy la Inmaculada Concepción,
la flor del corazón por Dios plantada,
la mujer vencedora del Dragón,
exaltada de lo hondo de mi nada.

¡Oh Cristo, el solo Santo en el Espíritu,
del Padre hasta nosotros toda gracia,
gloria a ti, que guardaste sin pecado
a quien fue por tu sangre preservada! Amén  
Rufino Grández y Fidel Aizpurúa, Capuchinos 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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