Como el niño que no sabe dormirse
sin cogerse a la mano de su madre,
así mi corazón viene a ponerse
sobre tus manos al caer la tarde.

Como el niño
que sabe que alguien vela
su sueño de inocencia y esperanza,
así descansará mi alma segura,
sabiendo que eres tú
quien nos aguarda.

Tú endulzarás mi última amargura,
tú aliviarás el último cansancio,
tu cuidarás los sueños de la noche,
tu borrarás las huellas de mi llanto.

Tú nos darás mañana nuevamente
la antorcha de la luz y la alegría,
y, por las horas que te traigo muertas,
tú me darás una mañana viva. Amén ■
de la Liturgia de las Horas.

I Domingo de Cuaresma

Cada año, al comenzar la Cuaresma, la Iglesia –que es Madre y es Maestra- se acerca al oído de cada uno de nosotros y nos invita a que escuchemos al Espíritu de Dios de la misma manera que lo hizo Jesús al comienzo de aquellos cuarenta días que había de pasar en el desierto[1].

El ayuno, el silencio, el sacrificio de estas semanas no son un capricho impuesto por el Papa y los Obispos a los que fieles, sino más bien una especie de llaves[2] que nos van abriendo puertas de un camino; llaves que nos abren especialmente la cerradura de nosotros mismos[3].

La Cuaresma no es el periodo anual en el que los cristianos buscamos el dolor por el dolor, de hecho la Cuaresma no es importante en sí misma, sino como camino o reparación para la alegre celebración de la Vigilia Pascual, la noche que «ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos (Pregón pascual)»[4].

El deseo de renovación acompaña toda nuestra vida. El afán por cambiar de casa, de ropa, de médico, de trabajo ¿no es en el fondo un deseo de despojarse de sí mismo? El anhelo por escaparse unos días a la playa, al campo, para encontrarnos con la naturaleza ¿no es en el fondo una sed terrible de renovarse, de volver transformado a la vida cotidiana?

Sin embargo pasada la emoción de lo nuevo, volvemos a lo mismo y nos preguntamos “¿cuándo voy a renovarme por dentro también?”, y es que las realidades del mundo no pueden dar esa renovación que tanto buscamos. El mundo es un círculo cerrado en sí mismo. Nada logra abrirlo.

Sólo en un único lugar se abre el mundo: en Cristo Jesús. En Él Dios se hizo hombre, real y sinceramente, con todas las consecuencias. Él vivió como nosotros, sometido a las necesidades de la naturaleza y de la convivencia humana[5].

Mucho mejor lo dijo el Concilio Vaticano II: «El Hijo de Dios, con su encarnación se ha unido (…) con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obro con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado»[6].

El tiempo de Cuaresma –y en concreto éste primero domingo- puede ser el tiempo oportuno para comenzar con ésa renovación que tanto deseamos.

Que nos dirijamos muchas veces al Señor a lo largo de éstos días con las entrañables palabras del rey David: Señor, crea en mí un corazón puro, y renueva en mi interior un espíritu firme[7]

[1] Homilía pronunciada el 1.III.2009, I domingo de Cuaresma, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] Clavis, en lengua latina, de ahí el término clave.
[3] Especialmente significativa es la Oración colecta del Miércoles de ceniza: «Que el día de ayuno con el que empezamos, Señor, esta Cuaresma, sea el principio de nuestra conversión a ti, y que nuestros actos de penitencia nos ayuden a vencer el espíritu del mal».
[4] Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma del 2009. El texto completo puede consultarse en: www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/messages/lent/documents/hf_ben-xvi_mes_20081211_lent-2009_sp.html
[5] Cfr. R. GUARDINI, El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo, Lumen, Buenos Aires 2000, pp. 574-580.
[6] Gaudium et Spes, n. 22.
[7] Sal 50, 12; antífona de la comunión del Viernes después de Ceniza, del Misal Romano.
Ilustración: GREBBER, Pieter de Grebber, El Rey David en oración (1635-40), óleo sobre tela (94 x 84 cm) Museum Catharijneconvent (Utrecht, Holanda).

Lent is not a season of punishment so much as one of healing ■ T. Merton

First Sunday of Lent

The First Sunday of Lent always presents the temptation of the Lord. This makes sense because the Lord fasted for 40 days, so we spend forty days fasting, in self denial, forty days doing everything we can to come closer to God so we also can do the work of the Kingdom[1].

In the gospel St. Mark states that Jesus was confronted with temptations, beat off the devil and then began his mission.

Temptations are always there and are difficult to overcome. As I often say, the day we feel that we are no longer subject to temptation, we really should take our pulse because we will probably be dead.

Temptations are difficult to overcome. It is so easy for us to say to others, “Just say no,” but it is difficult when we are the ones who are tempted. The complex aspect of temptations is that they all contain an element of attractiveness, an element of good. All of God’s creation contains beauty. We human beings pervert that beauty and turn something that is good into bad. For example, the human body is beautiful; pornography is a perversion of the beauty. Another, example, there are wonderful medications to help people who suffer from anxiety attacks, depression, etc. The same medications are used by addicts to destroy their lives and the lives of those around them.

All sin is attractive; if it weren’t attractive we wouldn’t be tempted by it. When someone says, “If it feels good, do it,” what they are saying is that sin is acceptable as long as you are getting selfish pleasure from it. That is the way of the world. That is not the way of Jesus. Nor can it be our way.

Jesus is the conqueror of sin. But the battle was not a simple task. Jesus was tempted to save His own life and to give up and not go along with the Father’s plan. But His love for the Father and His love for us were more powerful than anything the devil or the world could must up.

He beat off temptation, and then told us: “entrust your pain, your temptation and even your sin to me. I have conquered and will continue to conquer evil.” When we choose Christ, the devil really doesn’t stand a chance. In the Battle for the Kingdom, Jesus fights with us, finding a way for us to win, even though we are weak and often sinful.

God refuses to give up on us. Even when evil makes inroads into our lives. See I have set my bow in the skies as a sign that I will never destroy my people. That was the promise made to seal the covenant with Noah after the flood. The bow, by the way, is the rainbow. For people of faith, the rainbow is not just a beautiful natural occurrence. It is a sign of our hope in God. When we are overwhelmed with our own human weakness, our own continual sinfulness, the rainbow reminds us: God refuses to give up on us. We can’t give up on ourselves. Look at the rainbow. God is the Compassionate, the Merciful One.

The 40 days of Lent are really about loving Jesus. We spend this time looking for ways to grow in our love for our Savior. We fight off temptation with Him. We give Him our sins in confession. We unite ourselves to Him through the Eucharist and all forms of prayer.

On this First Sunday of Lent we pray that for the courage to live lives which are Christ centered. With Him in the center of our lives, nothing that the world throws at us will defeat us. He is the conqueror of temptation. He is the Victor over sin ■

[1] First Sunday of Lent, March 1, 2009. Year B; Readings: Gen. 9:8-15; 1 Pet. 3:18-22; Mk. 1:12-15].

Ilustration: Willem de Pannemaker, God the Father Establishing His Covenant with Noah (1567), Wool and silk on woolen warp, 430 x 560 cm, Rijksmuseum, Amsterdam.

Ésta es la hora para el buen amigo,
llena de intimidad y confidencia,
y en la que, al examinar nuestra conciencia
igual que siente el rey, siente el mendigo.

Hora en que el corazón encuentra abrigo
para lograr alivio a su dolencia
y, al evocar la edad de la inocencia,
logra en el llanto bálsamo y castigo.

Hora en que arrullas, Cristo, nuestra vida
con tu amor y caricia inmensamente
y que a humildad y a llanto nos convida.

Hora en que un ángel roza nuestra frente
y en que el alma, como cierva herida,
sacia su sed en la escondidas fuente. Amén ■

de la Liturgia de las Horas.

Miércoles de Ceniza

Por toda la red aparecen éstos días cientos de imágenes de los carnavales que se celebran alrededor del mundo[1] ¿No llaman la atención tantas máscaras y disfraces?, ¿de qué se esconde el hombre de éste siglo?[2].

Más allá de la diversión que puede significar lo grotescamente carnal frente a lo espiritual, hay otra realidad mucho más radical, que también tiene que ver con la carne, y que hoy, Miércoles de Ceniza, se nos recuerda: Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás. Ciertamente la forma se ha suavizado con el Conviértete y cree en el Evangelio, sin embargo la realidad sigue siendo la misma. Y, ¡qué curioso! contrariamente a lo que puedan pensar muchos, si existe alguien que reverencia verdaderamente a la carne, ése es el cristiano. Nuestra paradoja pasa de reconocer nuestra propia condición, a adorar a un Dios encarnado, es decir, de la misma condición que uno de nosotros, ¡Oh admirable intercambio![3] Que solía decir San León Magno.

En el día en que comienza la cuaresma, la Iglesia nos invita al ayuno, a la abstinencia y a dar limosna; nos recuerda, una año más que el quid de lo que vamos a vivir durante cuarenta días se resume en una sola palabra: amor. Cuarenta días en donde iremos descubriendo lo más entrañable del misterio cristiano y un Dios hecho carne que va a entregarse, día a día, por cada uno de nosotros. Aquello que más nos duele, lo que a veces nos resulta insoportable, la oscuridad que parece nunca se va a desaparecer, la traición que quizá hemos sufrido, o la incomprensión que nos agobia en el corazón… ¡todo eso!, y mucho más, es lo que vamos a contemplar en la vida, en las palabras y, sobre todo, en el rostro Jesús que sale al encuentro y nos dice Yo he vencido al mundo.

Ésta es la esperanza de la que nos alimentamos todos los días, y que nos hace recuperarnos de las cenizas de nuestra vida, lo único trascendente y que tiene valor: el amor que Dios ha depositado en cada uno, y que hace que lo carnal entonces sí tenga sentido, porque es la misma carne que llevó Jesús, y aún le acompaña por toda la eternidad ■

[1] Un carnaval es una celebración pública que tiene lugar inmediatamente antes de la cuaresma cristiana, con fecha variable (desde finales de enero hasta principios de marzo según el año), y que combina algunos elementos como disfraces, desfiles, y fiestas en la calle. Por extensión se llaman así algunas fiestas similares en cualquier época del año. A pesar de las grandes diferencias que su celebración presenta en el mundo, su característica común es la de ser un período de permisividad y cierto descontrol. Hay quien ha encontrado en el carnaval elementos supervivientes de antiguas fiestas y culturas, como la fiesta de invierno (Saturnalia), las celebraciones dionisíacas griegas y romanas (Bacanales), las fiestas andinas prehispánicas y las culturas afro americanas. Ciertos autores consideran que para la sociedad fuertemente estructurada por el cristianismo, el tiempo de carnestolendas ofrecía mascaradas rituales de raíz pagana y un lapso de permisividad que se oponía a la represión de la sexualidad y a la severa formalidad litúrgica de la Cuaresma.
[2] Miércoles de Ceniza del 2009. 25-II-2009.
[3] O admirabile commercium: creator generis humani,
animatum corpus sumens de virgine nasci dignatus est;
et procedens homo sine semine,
largitus est nobis suam Deitatem.


Ilustración: Pedro Bruegel El Viejo, Lucha entre el Carnaval y la Cuaresma (detalle) (1559), óleo sobre madera, 38 cm, Kunsthistorisches Museum (Vienna).

Prayer

Prayer and converse with God is a supreme good: it is partnership and union with God. As the eyes of the body are enlightened when they see light, so our spirit when it is intent on God, is illumined by his infinite light. I do not mean the prayer of outward observance but prayer from the heart, not confined to fixed times or periods but continuous throughout the day and night. Our spirit should be quick to reach out toward God, not only when it is engaged in meditation; at other times also, when it is carrying out its duties, caring for the needy, performing works of charity, giving generously in the service of others, our spirit should long for God and call him to mind, so that these works may be seasoned with the salt of God's love, and so make a palatable offering tot he Lord of the universe. Throughout the whole of our lives we may enjoy the benefit that comes from prayer if we devote a great deal of time to it. Prayer is the light of the spirit, true knowledge of God, mediating between God and man. The spirit, raised up to heaven by prayer, clings to God with the utmost tenderness; like a child crying tearfully for its mother, it craves the milk that God provides. It seeks the satisfaction of its own desires, and receives gifts outweighing the whole world of nature. Prayer stands before God as an honored ambassador. It gives joy to the spirit, peace to the heart. I speak of prayer, not words. It is the longing for God, love too deep for words, a gift not given by man but by God's grace. The apostle Paul says: We do not know how we are to pray but the Spirit himself pleads for us with inexpressible longings. When the Lord gives this kind of prayer to a man or woman, he gives him riches that cannot be taken away, heavenly food that satisfies the spirit. One who tastes this food is set on fire with an eternal longing for the Lord: his spirit burns as in a fire of the utmost intensity. Practice prayer from the beginning. Paint your house with the colors of modesty and humility. Make it radiant with the light of justice. Decorate it with the finest gold leaf of good deeds. Adorn it with the walls and stones of faith and generosity. Crown it with the pinnacle of prayer. In this way you will make it a perfect dwelling place for the Lord. You will be able to receive him as in a splendid palace, and through his grace you will already possess him, his image enthroned in the temple of your spirit ■ From a homily by John Chrysostom, 5th century

Ash Wednesday

St. Augustine of Hippo in one of his most beautiful books tells us that there are two kinds of people and two kinds of love: «One is holy, the other is selfish. One is subject to God; the other endeavors to equal Him»[1]. We are what we love. God wants to free our hearts from all that would keep us captive to selfishness and sin[2].

During this season of Lent God wants to set our hearts burning with the fire of his Holy Spirit. With this celebration let us remember that the Holy Spirit is ever and always ready to transform our hearts.

In the gospel Our Lord warns his disciples of self-seeking glory. True piety is something more than feeling good or looking holy. True piety is loving devotion to God. It is an attitude of reverence, worship and obedience.

May St. Augustine's prayer, recorded in his Confessions, be our prayer today and during all this Lent: When I am completely united to you, there will be no more sorrows or trials; entirely full of you, my life will be complete.

We are called to journey with the Lord in a special season of prayer, fasting, almsgiving, and penitence as we prepare to celebrate the feast of our Redemption: Easter.

As we begin this holy season of testing and preparation, let's ask the Lord for a fresh outpouring of his Holy Spirit that we may grow in faith, hope, and love and embrace his will more fully in our lives ■

[1] The City of God (Latin: De Civitate Dei, also known as De Civitate Dei contra Paganos, "The City of God against the Pagans") was written in the early 5th century, dealing with issues concerning God, martyrdom, Jews, and other Christian philosophies.
[2] Wednesday 25th February, 2009, Ash Wednesday. Day of fast and abstinence. Readings: Joel 2:12-18. Be merciful, O Lord, for we have sinned—Ps 50(51):3-6, 12-14, 17. 2 Corinthians 5:20 – 6:2. Matthew 6:1-6, 16-18.


Ilustration: Rembrandt Harmenszoon van Rijn, Simeon and Anna Recognize the Lord in Jesus, c. 1627Oil on wood, 56 x 44 cmKunsthalle (Hamburg)

Cuando el gallo, tres veces
negaste a tu Maestro;
y él tres veces te dijo:
"¿Me amas más que éstos?"

Se te puso muy triste
tu llanto y tu silencio:
pero la Voz te habló
de apacentar corderos.

Tu pecado quemante
se convirtió en incendio,
y abriste tus dos brazos
al madero sangriento.

La cabeza hacia abajo
y el corazón al cielo:
porque, cuando aquel gallo,
negaste a tu Maestro ■ Amén

VII Domingo del TIempo Ordinario

En el último domingo antes de la Cuaresma, el evangelio narra la aventura de aquellos cuatro que quitando el techo de la casa bajan al paralítico y lo ponen delante de Jesús[1]. El evangelio no menciona el término amigo o amigos, pero está claro que lo eran y que aquel que yacía en la camilla se beneficia de su ayuda. Hoy, al escribir sobre ellos –sobre mis amigos- podría mencionar no a cuatro, sino a cuatrocientos (por lo menos) que han cargado mi camilla. La semana pasada les decía a los que habían cambiado de camino que me alegraba con ellos, y que si han sido leales a su conciencia y a la Verdad, no se sintieran nunca ni traidores ni infelices; que Dios permite –¡tantas veces!- rectificar el rumbo para que se vea que es Él y nada más que Él quien dirige la barca de nuestra vida.

Los amigos: la familia que uno escoge. Entre amigos no se busca la utilidad, sino que a ella—a la amistad—se va más para dar que para recibir, nada perfecciona tanto a un ser como dar a otro lo mejor de sí mismo, mucho más cuando se trata de la misma fe. Una verdadera amistad es la que enriquece a los dos amigos, aquella en la que uno y el otro dan lo que tienen, lo que hacen y, sobre todo, lo que son. Por eso ser un buen amigo y encontrar un buen amigo son las dos cosas más difíciles del mundo: porque suponen la renuncia a dos egoísmos y la suma de dos generosidades. Suponen, además y sobre todo, un doble respeto a la libertad del otro, esto sí que es un simple milagro.

La verdadera amistad—la idea es de Laín Entralgo[2]—consiste en dejar que el amigo sea lo que él es y quiere ser, ayudándole delicadamente a que sea lo que debe ser. ¡Y qué difícil esta frontera que limita al Norte con el respeto y al Sur con el estímulo y ¡qué enriquecedora esa amistad que maduran los años y en la que nos sentimos libres y sostenidos, aceptados tal y como somos!

El mejor ejemplo que jamás podremos tener es el Señor mismo, que nos enseña a querer a los amigos, sin embargo antes nos pide que le queramos a Él por encima de todo[3]. El tono mismo de su predicación es siempre una petición de amor que esté por encima de todo.

Al final, Él mismo se pone como ejemplo: la Cruz es la manifestación de ese amor suyo. El amor del bueno es el que pasa por encima del peligro de la persecución y de la pérdida de cualquier beneficio.

De San Dimas la verdad es que sabemos poco, y además casi todo es negativo: que era un ladrón, que fue condenado a muerte y que murió crucificado. Es lo que se suele decir una vida desastrosa, que acaba desastrosamente[4]. Sin embargo, de él se dice algo que es verdaderamente noble, y que encandila al mismo Jesucristo: cuando al Señor le atacaba todo el mundo y estaba vencido, aplastado, sin poder ofrecer ningún beneficio a nadie, Dimas realizó un gesto de una grandeza que ensalza toda una vida, sale en defensa del bueno que ha sido injustamente condenado[5].

Los que hemos experimentado andar en boca de muchos y que se afirmen cosas de nosotros que no son ciertas, sabemos lo que supone que alguien alce la voz en nuestra defensa. Eso es un amigo. Y es algo que no se olvida, porque participa directamente de la grandeza del Dios hecho hombre: dar la vida por el amigo. Es la nobleza que brilla en el gesto de Todd Anderson al final de la película La Sociedad de los Poetas Muertos[6], cuando despreciando las advertencias del director, se pone sobre su mesa y exclama !Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!. No importa que lo expulsen del colegio, o que le grite una autoridad absoluta: su queridísimo maestro estaba siendo injustamente expulsado y él tenía que dar testimonio de su lealtad.

Dentro de algunas semanas la Iglesia celebrará los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor y nos invitará a contemplar aquel amor supremo que lleva a Jesús a dar todo por los que ama. Una nueva oportunidad para examinarnos el amor por nuestros amigos, para preguntarnos a cuántos les vamos cargando la camilla hasta ponerlos delante del Señor y si de verdad les somos leales ■

[1] Mc 2, 1-12.
[2] Pedro Laín Entralgo, (1908-2001). Médico y escritor español. Historiador de la Medicina. Doctor en Medicina y licenciado en Ciencias Químicas, ocupó la cátedra de Historia de la Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Fue miembro de la Real Academia Española, de la que fue director, de la Real Academia Nacional de Medicina y de la Real Academia de la Historia. En 1991 recibió el V Premio Internacional Menéndez Pelayo.
[3] Cfr Mt 16, 25; Mc 8, 36; Lc 9, 24-25; Jn 12, 25.
[4] En la Iglesia Ortodoxa Rusa, tanto las cruces como los crucifijos se representan con tres barras horizontales, la más alta es el titulus crucis (la inscripción que Poncio Pilatos mandó poner sobre la cabeza de Cristo en latín, griego y hebreo: "Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos"), la segunda más larga representa el madero sobre el que fueron clavados las manos de Jesús y la más baja, oblicua, señala hacia arriba al Buen Ladrón y hacia abajo al Mal Ladrón.
[5] Cfr. A. Ruiz Retegui, Dar la vida por los amigos (1999).
[6] Basada en un impecable guión de Tom Schulman, ganador del Oscar en 1990, La sociedad de los poetas muertos expone el despertar adolescente al placer del lenguaje poético, al romanticismo, la búsqueda de la identidad y la canalización de las posibilidades vocacionales. El profesor hace referencia a una poesía homónima de Walt Whitman (Oh captain, my captain) en la que el poeta negro lloraba la muerte de Abraham Lincoln (mi gran amigo Roberto Arellano es quien ha hecho ésta acertadísima contribución. Gracias RAC: la homilía está escrita pensando en amigos como tú. Tú y Claudia son de ésos amigos que durante mucho tiempo me han cargado la camilla y han salido a defenderme ¡gracias!)
Ilustración: Rehearsal dinner en la boda de Kike y Yammile. Acapulco (México) , mayo del 2008.

Justify my soul, O God, but also from Your fountains fill my will with fire. Shine in my mind, although perhaps this means "be darkness to my experience," but occupy my heart with Your tremendous Life. Let my eyes see nothing in the world but Your glory, and let my hands touch nothing that is not for Your service. Let my tongue taste no bread that does not strengthen me to praise Your great mercy. I will hear Your voice, and I will hear all the harmonies you have created singing your hymns. Sheep's wool and cotton from the field shall warm me enough that I may live in Your service; I will give the rest to the poor. Let me use all things for one sole reason: to find my joy in giving You glory■ Thomas Merton, New Seeds of Contemplation, New York: New Directions Press, 1961, p. 44.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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