¡Ladrona!

Nos hemos limitado a meditar a la luz de la fe algunos aspectos del misterio de la Iglesia, poniendo todo el empeño en centrarlos lo mejor posible [...] También nosotros hemos levantado nuestra mirada hacia la «Jerusalén de lo alto». Su belleza nos ha cautivado cada vez más intensamente. Pero no la hemos contemplado como en sueños. No es que hayamos buscado una especie de refugio en alguna visión irreal que flota por encima de las nubes, huyendo así de la vulgaridad de las cosas de la vida cotidiana o de la tristeza que lleva aparejadas la existencia. Esta Patria de la Libertad [...] se nos ha manifestado en su majestad real y en su esplendor celestial en la entraña misma de nuestra realidad terrena, en el seno de las oscuridades y de las torpezas que comporta inevitablemente la misión que realiza entre los hombres. La hemos amado con un amor creciente tal como es, no sólo en su constitución ideal, sino tal como se nos manifiesta a lo largo de su historia y, más especialmente, tal como se nos muestra en nuestros mismos días. Nos ha robado el corazón. Y por eso mismo, ya que «el corazón habla al corazón», abrigamos la esperanza de que también otros [...] podrán encontrar una ayuda en aquello mismo que tanto nos ayudó ■ H. de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Bilbao 1961, pp. 7-8. Ilustración: Masestro de la inicial de Bruselas (Bolonia 1389 - 1404), colores al tempera (13 x 9 7/16 in. MS. 34), Biblioteca Nacional de Paris.

IV Domingo del Tiempo Ordinario

Que Jesucristo habló y actuó con autoridad queda claro a través de muchas de las páginas y acontecimientos del evangelio, y hoy por hoy son pocos los que cuestionan la autoridad de Jesucristo mismo. Concretamente la liturgia recoge éste domingo el pasaje del Señor en la sinagoga de Cafarnaum[1], «este hombre tiene autoridad», se dicen unos a otros[2].[3]

Pero ¿y la Iglesia? ¿Sigue hablando y actuando con autoridad de su Señor, o el paso de los siglos se la han hecho perder? El Papa, el sínodo de los Obispos[4], las conferencias episcopales[5], el obispo titular de cada lugar, los sacerdotes mismos ¿conservan la misma potestad?

Cuenta Juan Manuel de Prada[6] en uno de sus mejores artículos que ciertamente han sido muchas las veces en que la fe y la autoridad de la Iglesia han sido arrojadas a los perros; y, cuando ya parecía que los perros las iban a devorar, han sido los perros los que perecieron.

Y Chesterton[7] –otro autor que debería leerse más en las escuelas y en las universidades- enumera hasta cinco ocasiones [pero fueron muchas más] en que la Historia parecía que iba a presenciar el fin de cristianismo; y otras tantas en que el cristianismo volvía a alzarse de sus ruinas, mientras sus enemigos se extinguían en la noche de los tiempos[8].

Y es que, como concluye [genialmente] Chesterton, la fe cuenta con un Dios que sabe cómo salir del sepulcro.

Todas las épocas han tratado, por todos los medios de quitar autoridad a la Iglesia, señalando o resaltando sus errores, especialmente los errores de su jerarquía: el Papa, los obispos y los sacerdotes.

El laicismo, que es como el vino envenenado de nuestra época, le dice al hombre que Dios no hace falta, y que la Iglesia no tiene autoridad alguna. Le sugiere al hombre que él mismo [es decir, el hombre] es Dios, le promete la liberación de todas las ataduras, el Paraíso en la Tierra y un porvenir lleno de bienaventuranzas. Y el hombre, claro, atraído, bebe de ese vino, pero luego descubre que todas esas promesas se resumen en una terrible cruda llena de mareo y malestar.

En ese momento, el hombre de hoy, borracho de ese mal vino mira alrededor derredor y descubre a lo lejos un barco frágil y zarandeado por las olas que sin embargo persevera y sigue navegando. Y, mientras el hombre ve pasar a su lado, arrastrados por la corriente, a todos aquellos que niegan a Dios y niegan la autoridad de la Iglesia, decide subir a ese barco al que una fuerza sobrenatural impulsa[9]. Y, subido a ese barco, vuelve a sentirse vivo.

La Iglesia es ese barco frágil que navega a contracorriente. Ese barco es asaltado por piratas, desgarrado por luchas internas, acechado por arrecifes, zarandeado por mil tempestades, pero quien lleva el timón jamás desvía el rumbo. Y, cuando ya parece que se va a hundir, vuelve a resurgir.

Así, la barca de Pedro –la Iglesia- aunque parezca pequeña y débil, navega con autoridad, autoridad que le viene precisamente de haber sobrevivido a mil dificultades y de detenerse con cierta frecuencia a revisar qué cosas están bien y qué cosas no lo están.

«Se hace necesaria –son palabras del Papa Benedicto XVI- una autocrítica de la edad moderna en diálogo con el cristianismo y con su concepción de la esperanza.

»Los cristianos tienen que aprender de nuevo en qué consiste realmente su esperanza, qué tienen que ofrecer al mundo y qué es, por el contrario, lo que no pueden ofrecerle.

»Es necesario que en la autocrítica de la edad moderna confluya también una autocrítica del cristianismo moderno, que debe aprender siempre a comprenderse a sí mismo a partir de sus propias raíces»[10].

Diciendo “no pasa nada” o “estamos mejor que nunca” se pierde el norte y el barco termina por naufragar. La Iglesia ha aceptado y pedido perdón sincero por las veces en que se ha equivocado[11]. Ahí radica su grandeza y de ahí le viene el fundamento de la potestad; por eso puede hablar con la misma autoridad que ha recibido de su Señor.

Los que seguimos a Jesucristo en la Iglesia católica debemos imitarla en eso, y constantemente pedir perdón por los errores personales y comunitarios, por las equivocaciones que como personas o como instituciones –parroquias, familia, etc. hemos cometido. ¿O seremos tan arrogantes de pensar que estamos libres de pecado y entonces tenemos derecho a arrojar la primera piedra?[12] ■

[1] La sinagoga es la asamblea de fieles judíos y el lugar de culto y estudios de la más antigua de las religiones monoteístas. El término proviene del latín sinagōga, y éste del griego sÿnagōgē, del verbo sÿnágein (‘reunir, congregar’). En hebreo se llama Bet haKenéset (בית הכנסת) o ‘lugar de reunión’. La sinagoga es una institución muy antigua en el judaísmo. Aunque se poseen pocos datos acerca del origen de las primeras sinagogas, se piensa que ellas se remontan a la antigua Babilonia del siglo VI a. C., poco después de que los judíos fueran deportados por Nabucodonosor II tras su conquista de Jerusalén en el año 587 a. C. y la destrucción del Templo. En Babilonia, los hebreos se reunían en las sinagogas para orar y estudiar las sagradas escrituras.
[2] Cfr Mc 1, 21-28.
[3] Homilía pronunciada el 1.II.2009, IV Domingo del Tiempo Ordinario en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[4] Según el Canon 342 del vigente Código de Derecho Canónico, el sínodo de los Obispos es una asamblea de Obispos escogidos de las distintas regiones del mundo, que se reúnen en ocasiones determinadas para fomentar la unión estrecha entre el Romano Pontífice y los Obispos.
[5] La Conferencia Episcopal o Conferencia Nacional de Obispos, dentro de la Iglesia Católica, es una institución de carácter permanente, que consiste en la asamblea de los obispos de una nación o territorio determinado, que ejercen unidos algunas funciones pastorales respecto de los fieles de su territorio, para promover conforme a la norma del derecho el mayor bien que la Iglesia proporciona a los hombres, sobre todo mediante formas y modos de apostolado convenientemente acomodados a las peculiares circunstancias de tiempo y de lugar. Por el derecho mismo, pertenecen a la Conferencia Episcopal todos los obispos diocesanos del territorio y quienes se les equiparan en el derecho, así como los obispos coadjutores, los obispos auxiliares y los demás obispos titulares que, por encargo de la Santa Sede o de la Conferencia Episcopal, cumplen una función peculiar en el mismo territorio; pueden ser invitados también los ordinarios de otro rito, pero sólo con voto consultivo, a no ser que los estatutos de la Conferencia Episcopal determinen otra cosa. La conferencias episcopales tienen una larga existencia como entidades informales, pero fueron establecidas como cuerpos formales por el Concilio Vaticano II (Christus Dominus, 38) e implementadas por el papa Pablo VI en 1966 motu proprio Ecclesiae sanctae. La operación, autoridad y responsabilidad de las conferencias episcopales está generalmente gobernada por el Código de Derecho Canónico (cánones 447-459). La naturaleza de las conferencias episcopales y su autoridad magisterial fueron clarificadas por el papa Juan Pablo II en 1998 motu proprio Apostolos suos.
[6] Baracaldo 1970.
[7] Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), escritor británico de inicios del siglo XX. Cultivó, entre otros géneros, el ensayo, la narración, la biografía, la lírica, el periodismo y el libro de viajes. Se han referido a él como el "príncipe de las paradojas”. Su personaje más famoso es el Padre Brown, un sacerdote católico de apariencia ingenua cuya agudeza psicológica lo vuelve un formidable detective y que aparece en más de 50 historias reunidas en cinco volúmenes, publicados entre 1911 y 1935.
[8] Cuando el nominalismo crece triunfante sobre los escombros de la Edad Media, aparece Tomás de Aquino en la silla de Aristóteles; cuando el Islam galopa a rienda suelta, gritan como un trueno miles de jóvenes exultantes, hijos espirituales de Francisco de Asís, que elevan al cielo un bosque de flechas; cuando el paganismo renacentista se infiltra en las mismas estructuras de la Iglesia y desemboca en la disgregación de la Reforma, surge el aguerrido Ignacio de Loyola. Y así sucesivamente en todos los crepúsculos de la Historia, una y otra vez, hasta llegar a nuestros días: cuando ya parece que la fe está a punto de sucumbir, cuando ya los hombres que la profesan parecen cansados y claudicantes, surge un movimiento que les devuelve el ímpetu; y siempre se demuestra que, cuanto más irremediable parece la claudicación, más pujante es el resurgimiento.
[9] «Yo tal vez esté muerto; y, puesto que nado a favor de la corriente, ni siquiera me habría dado cuenta. Pero para navegar como lo hace ese barco frágil hace falta estar vivo, porque sólo lo que está vivo puede navegar a contracorriente».
[10] Benedicto XVI, Spe Salvi, n. 22.
[11] El 7 de marzo de 2000, la Comisión Teológica Internacional (CTI), institución que reúne a los teólogos más prestigiosos de la Iglesia católica, presidida por el cardenal Joseph Ratzinger, publicaba en Roma La Iglesia y las culpas del pasado, documento que contenía las líneas maestras para la purificación de la memoria en el contexto del gran Jubileo, destinado a servir de ayuda a los obispos de todo el mundo para realizar los actos solemnes de petición de perdón por las culpas pasadas y presentes de los hijos de la Iglesia. Poco después, 12 de marzo de 2000, Juan Pablo II, junto con cinco cardenales y dos arzobispos, celebraba, dentro de la misa solemne, un rito especial de petición de perdón a Dios por los graves pecados de tantos hijos de la Iglesia en el milenio que termina. A ejemplo del Papa, diversas conferencias episcopales, obispos singulares, superiores religiosos y otros representantes de movimientos e instituciones eclesiales, hicieron los correspondientes pedidos públicos de perdón. El documento puede encontrarse en: http://pissoff.enemy.org/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_con_cfaith_doc_20000307_memory-reconc-itc_sp.html
[12] Cfr Jn 8, 7. y dice San Agustin: «Mirad qué respuesta tan llena de justicia, de mansedumbre y de verdad. ¡Oh verdadera contestación de la Sabiduría! Lo habéis oído: Cúmplase la Ley, que sea apedreada la adúltera. Pero ¿cómo pueden cumplir la Ley y castigar a aquella mujer unos pecadores? Mírese cada uno a sí mismo, entre en su interior y póngase en presencia del tribunal de su corazón y de su conciencia, y se verá obligado a confesarse pecador. Sufra el castigo aquella pecadora, pero no por mano de pecadores; ejecútese la Ley, pero no por sus transgresores (In Ioann Evan, 33, 5),

Ilustración: la foto está tomada en la mañana de los funerales de SS. Juan Pablo II, en la plaza de San Pedro, en Roma. La imagen recoge el momento en que los cardenales concelebrantes se acercan a venera el altar. Delante puede observarse el féretro con el Evangeliario encima. aquella mañana soplaba un viento bastante fuerte.


Mercy heals in every way. It heals bodies, spirits, society, and history. It is the only force that can only heal and save ■ Thomas Merton

Fourth Sunday in Ordinary Time

In today's Gospel reading the Holy Spirit trough the evangelist speaks about the authority of the Lord. The reading is taken from the first chapter of the earliest of the Gospels, the Gospel of Mark. Jesus begins to teach in Capernaum. The people are held spellbound because he spoke with authority, not like the scribes. A man comes before Jesus who is in the hand of the power of evil. Jesus makes the devil come out of the man. The bystanders are amazed because Jesus has such authority[1].

What do we mean when we speak about the authority of the Lord? What do we mean when we talk about authority in general? What ways do we exercise authority? What ways do we exercise the authority of the Lord?

The word authority comes from the Latin word auctoritas. The basic meaning of this Latin word is creator. The word author also comes from this word. A writer can look at his or her work, an essay, a short story, a novel, a poem, a non-fiction study, whatever, an author can look at this work and say, “This is my creation.” The government recognizes that the author has rights over his or her creation.

When we talk about the authority of the Lord, we recognize that He is the Creator, or Author of the Universe. He has the power to govern the universe. Just as an author can determine what takes place in the short story he or she writes, God can determine what takes place in the universe He has created.

All authority is by nature transitional, that is, all authority except that authority which comes from the Lord. In the Gospel of Mark, the people were amazed because they had never experienced someone speaking with such authority. Jesus held people spellbound because God gave Him the authority to teach the truth. This authority would never be removed from Jesus because Jesus was intimately united to his Father, the source of the authority.

We share in the authority of the Lord to the extent that we are united to the source of this authority. When we are confirmed we receive the power, the authority, to defeat evil in the world and to lead others to Jesus, the source of all truth. This authority is given to us by God. God can remove this authority and will remove this authority if we refuse to stay intimately united to him. God has entrusted us with his authority only to the extent that we allow him into our lives. That is the reason why the Church is adamant that we attend Church regularly and receive the sacraments regularly. We need to have union with God so we can bring his authority, his power to the world.

The crowd was spellbound because Jesus spoke with authority, not like the scribes and Pharisees. People are no different now than they were then. People want to hear the real Word of God, and feel the presence of God in the words of the speaker. We can do this. We have the authority to do this. People can witness the Word of God present in our lives, and then choose to make the Word of God present in their own lives. We can do this. We can make Jesus' presence real for others. We have the authority to do this.

People want to learn how to live their lives in such a way that when they conclude their lives they can stand before the Lord saying that they have made His Presence known in the world. We can do this. We have the authority, the power, to form others into Christian leaders. We have the authority, the power of Jesus Christ if only we stay united to him.

Today we pray that we may remain united to the Lord, the source of the power and the authority we have received ■

Ilustration: God as an architect, Biblia Moralis, century XIII, terreichische Nationalbibliothek.
Con presunción del bélico soldado,
galán sale y feroz Pablo atrevido,
que, si ahora en la cuenta no ha caído,
caerá muy presto del primer estado.

¿A dónde Pablo, de soberbia armado,
para quedar con una voz vencido?
Seguid las letras, ¿dónde vais perdido?,
que habéis de ser doctor del mayor grado.

Aunque valor vuestra persona encierra,
no es bien que nadie contra Dios presuma,
que dará con los ojos por la tierra.

La Iglesia espera vuestra docta suma;
mirad que no sois vos para la guerra;
dejad las armas, y tomad la pluma.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén ■ de la Liturgia de las Horas

Fiesta de la conversión de San Pablo

Celebramos en la Iglesia la fiesta de la conversión de San Pablo, justo a la mitad del año que su Santidad Benedicto XVI ha querido dedicar al apóstol de los gentiles.

Rios de tinta han corrido en torno al célebre pasaje del aguijón de la carne al que San Pablo menciona en la segunda de sus cartas a los cristianos de Corinto[2]. A lo largo de los siglos muchos han querido ver en éste aguijón algo relacionado con la castidad o la sexualidad. La Biblia de Jerusalén, siempre sobria, al comentar éste versículo, afirma: «quizá una enfermedad de ataques agudos e imprevisibles; quizá la resistencia de Israel, los hermanos de Pablo según la carne, a la fe cristiana»[3].

La sexualidad es un asunto muy complejo y conviene que esté donde tiene que estar, que es en las raíces. Sacralizarla y ponerla en un primer sitio o prestarle demasiada atención es un error muy grave. In medio, virtus, que decían los latinos.

Hombres y mujeres vivimos en un cuerpo, cada uno el suyo, y cada uno con su carácter, sus afectividades, sus sensibilidades y sus rarezas, por tanto la sexualidad se concreta en cada uno de modos muy diferentes y no siempre sabemos el por qué de todos esos modos. A la sexualidad le afecta todo: el tiempo, la cultura, la música, la religión, la herencia, la familia, la educación, las hormonas, los olores, los colores[4].

Sin embargo, la sexualidad permanece en orden cuando está rodeada del Amor -con mayúscula- que es el amor de Dios. Amor que necesitamos precisamente porque el amor humano se desordena, aunque luego se serene.

También viene un desajuste en la sexualidad cuando uno rompe su propia biografía afectiva. Por eso, si uno –y hablo por los que hemos escogido el camino del sacerdocio ministerial- no es capaz de amores universales en celibato, si no puede amar sin nombres y apellidos, si necesita de miradas, caricias, cara y ojos, que se prepare porque le asaltarán un cortejo de sensaciones, tendencias y deseos tan anónimos como impulsivas: inquietudes, miedos, entusiasmos primarios, tristezas, ansiedades, furia, fuego. Mensajes cifrados que indican cómo están yendo las cosas, cual es el resultado del choque de nuestros deseos con la realidad. Y si se choca mucho, se rebota contra el suelo. Y luego viene el subir en un desesperado intento de huir de ese suelo sucio, y así mal irán las cosas. Nos estamos mintiendo.

Muchos jóvenes –y también alguno menos joven- que empiezan a caminar por el camino del amor se preguntan si pueden entonces llegar a querer a una persona bien y limpiamente o si la castidad será un aguijón como muchos han pensado y sugerido a lo largo de la historia

Entre todas las cosas que cambian, lo que menos cambia es el hombre. Todo ha cambiado a nuestro alrededor: conocemos los secretos del átomo, del genoma, de los embriones, hemos tocado la luna y alcanzado planetas lejanos; nuestros aviones han franqueado la barrera del sonido; un agricultor produce mil veces más de trigo que cualquiera de sus antepasados juntos; nuestros coches de hoy mañana son una antigüedad, conocemos la cara de nuestros presidentes que en otros tiempos se trataba como a dioses, sus arrugas, sus vicios y sus miedos ¡todo cambia!.

Pero, ¿y nuestro conocimiento de nosotros mismos? Ni nuestras virtudes ni nuestros vicios han cambiado un ápice. ¿Estamos menos dominados por nuestras pasiones, afectos, pulsiones, angustias o miedos que cualquiera otro de cualquier otro tiempo o cultura? ¿Estamos más próximos a Dios que cualquiera de los santos de los siglos anteriores? Nuestros filósofos, ¿son más geniales que Aristóteles, los poetas más que Homero o los escultores más que Fidias?. Leer la cosmología de Dante nos hace gracia –el cielo representado como un escalonamiento de bóvedas-, pero cuando el propio Dante describe los arrebatos y los tormentos del amor, los enamorados de hoy se reconocen en sus versos y tiemblan, como estremece Shakespeare, Cervantes, Sthendal y tantos otros. Como conmueven los sonetos de amor de Quevedo o la poseía de Gracilazo.

Miles de millones personas han cantado canciones de amor de miles de millones de maneras con miles de millones de historias tan parecidas a las que a todos nos han sucedido. Hace poco alguien me contaba algo: «de pronto, él buscó mi mano y yo la suya: fue un momento mágico, como si una suerte de electricidad muy potente se canalizara a través de de nuestras manos. Experimenté una sensación nueva, única, inexpresable y, a la vez, muy grata»[5]“. Fantástico recuerdo, que es algo más que un recuerdo, y que a quien más quien menos le ha sucedido de otras maneras, las reconoce y valora. La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta: el amor nos hace ver la grandeza de la vida, incluso en las cosas más tontas.

Como decía más arriba, cada uno tiene su biografía con sus miedos, sus complejos, sus buenos y malos momentos, sus fracasos y sus éxitos, pero nadie puede no amar, o sentirse incapaz de amar a alguien, o a algo limpiamente. Lo que hay que hacer es salir a la calle y andar la vida, sin miedo, tan felices y tan campantes. Todo llega. Unos dicen que Eros, otros dicen que la química.

Pues bien, Eros, o el destino, o la química harán que un hombre se fije en una mujer y viceversa y vean el uno en el otro un Adonis, o una Venus. Y lo verá muy tierno, muy seguro, o muy inseguro. La afectividad, fortalecida por una amistad con Dios, sabrá dar una mirada que llene de infinito los detalles más pequeños de la persona amada: la voz sonará como violines de Villafontana[6], los gestos estarán llenos de picardía alegre y simpatía, el modo de andar parecerá interesante, los silencios le darán paz y el arqueo de ceja derecha cuando pregunta algo dará la imagen de un galán de primera.

La vida es así, es como los cables de los audífonos del ipod que siempre se enredan de una forma inexplicable; te das la espalda un momento y ya están hechos un nudo, pero tampoco es tan complicado volverlos a poner como estaban y que funcionen. Pues en la vida lo mismo, es cuestión de salir y vivirla.

La mejor de las suertes –que en realidad no sé si es suerte; está en que eso puede ser amor o no, porque puede ser muchas cosas, algunas muy tristes, muy dramáticas y también miserables- está en que de verdad encontremos el Amor, y el amor.

Es duro leer que la afectividad o la sexualidad echan a perder el amor, o que siempre habrá un aguijón picoteándonos. Y no lo digo por San Pablo –que sabía lo que escribía, inspirado, además- sino por todos aquellos que han visto siempre la sexualidad y la afectividad con mirada suspicaz y que hicieron y de hecho hacen del sexto mandamiento el primero.

No es verdad, hombre, no es verdad. Es una mentira de las gordas. Es verdad que hay gente muy desgraciada, y que la sexualidad puede dar muchos dolores de cabeza, todo eso es cierto, pero no neguemos el milagro; es lo más increíble de los milagros: que existen. El Amor y el amor son uno de ellos. Y que siempre se podrán vivir limpiamente.

Alguien escribió:

Y de lo que me alegro,
es de que esta labor tan empezada,
este trajín humano de quererte,
no lo voy a acabar en esta vida;
nunca terminaré de amarte.

Guardo para el final las dos puntadas,
te – quiero, he de coser cuando me muera,
me iré donde me lleven tan tranquila,
me sentaré a la sombra con tus manos,
y seguiré bordándote lo mismo.

El asombro de Dios seré, su orgullo,
de verme tan constante en mi trabajo
■

Muchas gracias, mi querido y gran amigo Suso, por prestarme algunas de tus ideas.
_______________________


[2] Cfr 12, 710.
[3] Comentario al pasaje, edición española de 1975.
[4] Estoy hablando de la sexualidad concreta de un hombre y una mujer, y, dado el caso, de un matrimonio entre un hombre y una mujer que, según la fe que profesamos, es el único espacio adecuado para ejercerla (la sexualidad). Con referencia a la homosexualidad tanto femenina como masculina, la Iglesia tiene una postura clara. Dice el n. 235, del Catecismo de la Iglesia Católica: «Un número no despreciable de hombres y mujeres presenta tendencias homosexuales profundamente enraizadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza, evitando cualquier estigma de discriminación injusta».
[5] ¡Gracias, Itaca, por compartir tu experiencia!
[6] La frase es de mi tía Mariamparo Collignon ¿verdad que es buenísima?



Ilustración: Juan de Flandes, Las bodas de Caná (1500), óleo sobre madrera, ¡¡20 x 15 cm!!, Metropolitan Museum of Art (New York), en www.metmuseum.org/works_of_art/collection_database/european_paintings/the_marriage_feast_at_cana_juan_de_flandes/objectview_zoom.aspx?page=102&sort=0&sortdir=asc&keyword=&fp=1&dd1=11&dd2=0&vw=1&collID=11&OID=110001245&vT=1 puede verse una estupenda -la mejor quizá- reproducción de ésta obra de arte.

Feast of the Conversion of Saint Paul, Apostle

Today we celebrate the Feast of the Conversion of St. Paul. Usually this feast would not be celebrated when it occurs on a Sunday, but we celebrate it here in our Archdiocese as it will be celebrate in many other Archdiocese and Dioceses throughout the world because our beloved Holy Father, Pope Benedict XVI declared a Jubilee Year of St. Paul from June 29, 2008 to June 29, 2009, celebrating the 2,000 years since his birth[1].

We all know the scene of St. Paul’s conversion. There is the road to Damascus as Saul of Tarsus led a group of fervent Pharisees to go and cleanse that city of its followers of Christ. We have seen the paintings of the bright light with Christ in the middle, of the horse throwing Saul, and of his companions falling in fear. Actually, there is no horse in the scripture, Saul probably couldn’t afford one, but that is beside the point. The point is that Jesus appears to Saul and asks him, “Why are you persecuting me?” No persecuting the Christians, but me. Jesus identifies with His Church, with us. Saul, as you know, is blinded. Fitting. He had been blind to God’s presence among the Christians. It would take one of these Christians Ananais, to help Saul receive his sight and recognize God in the Messiah.

Although this feast celebrates that event, Paul’s conversion did not end on that road. It began on the road. He would go on to suffer for the faith. In Second Corinthians Paul states that five times he received forty lashes less one, three times he was beaten with rods, once he was stoned, three times he was shipwrecked along with all sorts of other persecutions. Far more difficult than these persecutions was “the thorn in the flesh” he speaks of in 2 Corinthians 12. What was this, exactly? Was the thorn his temper? He often lost his temper, even with Peter Jerusalem. Was it some sort of temptation to sin? Was it physical ailments? We don’t know. But we do know that Paul realized his complete dependence on Jesus, whose “power was made perfect in my weakness[2], one thing is for sure, and Paul’s conversion began on the road to Damascus, but was not completed until his final moments before his execution in Rome. Nor is ours.

We may be cradle Catholics or we may have come into the faith through the RCIA[3]. We may have always been united to God, or we may have strayed away and then come back. Our decision to embrace our baptism, perhaps to return to the Lord, is certainly a conversion, but it is only the beginning of the conversion. Through the Grace of God, our entire lives are consecutive moments of conversion, deepening conversion. Our entire liturgical year leads us to deepen our union with the Lord. Advent and Lent help us look at our lives and call upon the Lord to pick us up after we fall. Christmas, Easter and Pentecost, call us to a deeper commitment to the Presence of God as one of us, to the Grace of our Baptism, to the work of the Spirit.

Can we do it? Can each of us be the person that God created us to be? Alone, no. We cannot. But we are not alone. St. Paul tells us in what is perhaps the most assuring sentence for all of us who join him in the process of conversion: I can do all things in Him who strengthens me [4]■

[1] “And for this very reason I am pleased to announce officially that we shall be dedicating a special Jubilee Year to the Apostle Paul from 28 June 2008 to 29 June 2009, on the occasion of the bi-millennium of his birth, which historians have placed between the years 7 and 10 A.D.” Pope Benedict XVI, June 28, 2007. First Vespers of the Solemnity of Sts. Peter and Paul.
[2] 2 Corinthians 12:19
[3] The Rite of Christian Initiation of Adults (often abbreviated RCIA) is the process through which interested adults are gradually introduced to the Roman Catholic faith and way of life. Children who were not baptized as infants are also initiated through an adapted process of this rite, sometimes mistakenly referred to as the Rite of Christian Initiation of Children (RCIC).
[4] Philippians 4:13.

Ilustration: Christoph Daniel Schenck, The Conversion of Paul (1685) Limewood 14 7/16 x 10 5/16 in. 96.SD.4.1, The Getty Museum.
Dear fathers and mothers, a good educative relationship involves tenderness and affection, and at the same time, rationality and authority. Both parents, the father and the mother, should be close to their children and cultivate dialogue with them. Dear fathers and mothers, be generous with your children, without being permissive; be demanding without being severe; be clear with them and do not contradict yourselves; know how to say yes or no in the right moment. Be coherent and given them a good example. Thus you can help your children to mature [with] a balanced personality, constructive and creative, solid and reliable, capable of confronting the challenges and the tests of life, which are never lacking. Formation in human and Christian values requires a family founded in a monogamous matrimony and open to life; it requires a united and stable family. Spouses who, regardless of human weakness, seek with the grace of God to live ever more coherently in love as a total gift of one's life from one to the other, build their house on rock (cf. Matthew 7:24-25); they make of their family a living Gospel; they build up the Church and civil society; they reflect in history the presence and the beauty of God who is one in three Persons: Father, Son and Holy Spirit ■ Cardinal Bertone's Homily at Close of Family Meeting

Confío a todas las familias del mundo a la protección de la Virgen Santísima, tan venerada en la noble tierra mexicana bajo la devoción de Guadalupe. A Ella, que nos recuerda siempre que nuestra felicidad está en hacer la voluntad de Cristo, le digo ahora:

Madre Santísima de Guadalupe,
Que has mostrado tu amor y tu ternura
A los pueblos del continente americano,
Colma de alegría y esperanza a todos los pueblos
Y a todas las familias del mundo.
A Ti, que precedes y guías nuestro camino de fe
Hacia la patria eterna,
Te encomendamos las alegrías, los proyectos,
Las preocupaciones y los anhelos de todas las familias.
Oh María,
A Tí recurrimos confiando en tu ternura de Madre.
No desoigas las plegarias que te dirigimos
Por las familias de todo el mundo
En este crucial periodo de la historia,
Antes bien, acógenos a todos en tu corazón de Madre
Y acompáñanos en nuestro camino hacia la patria celestial.


Amén ■ Benedicto XVI

Así: te necesito
de carne y hueso.

Te atisba el alma en el ciclón de estrellas,
tumulto y sinfonía de los cielos;
y, a zaga del arcano de la vida,
perfora el caos y sojuzga el tiempo,
y da contigo, Padre de las causas,
Motor primero.

Más el frío conturba en los abismos,
y en los días de Dios amaga el vértigo.
¡Y un fuego vivo necesita el alma
y un asidero!

Hombre quisiste hacerme, no desnuda
inmaterialidad de pensamiento.
Soy una encarnación diminutiva;
el arte, resplandor que toma cuerpo:
la palabra es la carne de la idea:
¡Encarnación es todo el universo!
¡Y el que puso esta ley en nuestra nada
hizo carne su verbo!
Así: tangible, humano,
fraterno.

Ungir tus pies, que buscan mi camino,
sentir tus manos en mis ojos ciegos,
hundirme, como Juan, en tu regazo,
y, -Judas sin traición- darte mi beso.
Carne soy, y de carne te quiero.
¡Caridad que viniste a mi indigencia,
qué bien sabes hablar en mi dialecto!
Así, sufriente, corporal, amigo,
¡Cómo te entiendo!
¡Dulce locura de misericordia:
los dos de carne y hueso! ■
de la Liturgia de las Horas
Ilustración: Rouault, Miserere, plate 21

II Domingo del Tiempo Ordinario

Habla señor que tu siervo escucha. Asunto nada fácil. Como no es fácil el tema de la vocación. A muchos se nos ha roto o perdido. Algunos la hemos encontrado. Otros no. En medio de ése romper y restañar o perder y encontrar hay una cierta muerte. Y ése morirse no es fácil; no tenemos experiencia, nos faltan formas. Es la muerte en nuestro proyecto de vida[1].

Al Cristo de la Buena Muerte no se le pide la vida, se le pide ayuda para ese tránsito que es la muerte. Una buena muerte salva una mala vida y hasta una vida buena y una buena vida; y muchos pasos son la vida y un solo paso es la muerte. Es el Cristo del Viernes Santo, ese Cristo, que aún muerto, sabe como ayudarnos, tendiéndonos una mano y señalándonos el camino para volver a la vida y también a Él, si queremos[2].

Tras ese descalabro en nuestra vida que puede ser la pérdida de la vocación, o no encontrarla, o pensar que la encontramos cuando en realidad era un espejismo, Él, con su actitud, nos marca una ruta, el camino de la vida; es un Cristo para náufragos. Quizá el Cristo de los fracasados, de los que no saben hacia donde ir, de los desertores, de los despreciados, los imperfectos, los lesionados, los excluidos.

Cristo está con nosotros, ese Cristo que mencionaba y cantaba en una saeta un compañero mío aquella noche malagueña: Ha ingresao en la Legión un Cristo crucificao, ya nadie podrá decir que en el Tercio solo está la gente de mal vivir.

Cuando hay una fractura en el proyecto de vida, es necesario aceptar serenamente ése fracaso: es una realidad y de nada sirve intentar taparlo, eludirlo o esquivarlo. Pero ese fracaso no es el final, esa muerte no es la última. Lleva un tiempo, a veces largo, pero no hay otro camino. Y no pensemos que hemos de resucitar al tercer día. No. Hay que bajar al fondo de la propia derrota, al fondo del barranco. Es ahí donde hace falta la humildad, sin ella no es posible ninguna resurrección.

Y en la aventura de la vuelta a la vida no habrá testigos, como no los hubo en el momento exacto de la resurrección del Señor. La única huella que tenemos que dejar es un sepulcro vacío. Vamos solos, y en el sepulcro vacío, han de quedar en un charco de cieno todos nuestros sentimientos de culpabilidad, el remordimiento del pasado, el miedo a no tener futuro, nuestro orgullo y barnices de dignidad, el recuerdo de aquella noche en que todo se rompió, esa mala noche que tuvimos que pasar.

Aceptar un pasado implica dejar de buscar disculpas y culpas, así es más fácil ponerse en las manos del Señor, aceptando nuestra suerte. Hay que dejar de mirarse en el espejo, de mirar nuestro rostro cansado y nuestras cicatrices. Se hace necesario –y es tremendo- presentarse ante Jesús con las manos vacías, sin nada que ofrecer, quizá sin juventud ni ganas, posiblemente sin ilusión

Vengo con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas vengo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.


Al volver a empezar es posible sentir la mano de Cristo, que nos quiere como somos, y que nos ayuda a cantar con San Agustín:
¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed, me tocaste, y abraséme en tu paz[3].

Al volver a caminar el camino de la vocación –aunque sea en una brecha muy distinta- en el nuevo camino es posible ser más reflexivo; aparece una nueva vida interior, una mucho más sosegada y profunda. Vemos a las personas bajo otra perspectiva, sin ganas de juzgar; va desapareciendo ese afán de crítica y surge el interés por conocer y disfrutar lo positivo que tienen los demás, de forma más indulgente y tranquila, y si se baila y se canta es para olvidar las penas que pasamos en la otra vida:

Déjame ya Señor coger tu mano.
Dolido aún, riendo voy contigo.
El dolor de mi noche no fue en vano:
Encontré un buen padre y un amigo.

Y mis dudas y culpas y fracaso
ahogadas en aquel charco de cieno.
Lo pasado, Señor, fue un mal paso
Cuando te oigo decir: “eres muy bueno,
eres muy bueno, eres muy bueno

■ ¡Gracias, Diogneto!

[1] Homilía preparada –que no pronunciada- para el II Domingo del Tiempo Ordinario (18.I.2009).
[2] El Cristo de la Buena Muerte (1620) está considerada como la obra cumbre de Juan de Mesa (1583-1627), pertenece al patrimonio del Estado. El imaginero certificó su autoría y la fecha de realización mediante un papel que introdujo en el ensamble de la cabeza al cuerpo. Es la primera cofradía Sevillana que salió con una cuadrilla de hermanos costaleros, llevando al Cristo en 1973. Es la última hermandad gremial sevillana
[3] Confesiones X, 27, 38.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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