Este sarcófago es hallado en 1885
y mide 2’17 metros de largo por 0’60 de ancho y 0’64 de altura, proviene de la
primera mitad del siglo V. Se encuentra en la iglesia de la Santa Cruz de Écija
(Sevilla). Consta de tres escenas: de izquierda a derecha son "Sacrificio
de Isaac", "Buen Pastor" y "Daniel entre leones".
Encima de cada escena hay una inscripción en letras mayúsculas griegas
"Abrah, Eisaac, Poimén (Pastor), Daniel", respectivamente. Escena de
Abrahán: un carnero atado a un árbol; Abrahán, barbado, con un cuchillo en la
mano derecha; altar con leña; Isaac, imberbe con las manos atadas a la espalda.
Escena del Pastor: carga sobre sus hombros una oveja, con la cara vuelta hacia
el pastor; Jesús, imberbe, lleva cayado en la mano izquierda, viste túnica
corta, como los otros personajes; a sus pies pastan dos ovejas. Escena de
Daniel: en figura de orante con las manos alzadas y extendidas, a sus pies dos
leones, sentados sobre sus cuartos traseros, vuelven las cabezas forzadamente
hacia el profeta; metidos en una jaula representada esquemáticamente ■
Fourth Sunday of Easter (B)
We are celebrating the fourth Sunday of Easter, the
Sunday of the Good Shepherd, the World Day of Prayer for Vocations[1].
To be a disciple of Jesus demands that we respond to every person the same way
the Good Shepherd responds to all. Every person possesses the sacred dignity of
being a child of God. Just as,
aside from Jesus, every baby born is the most important baby ever born, every
person is a unique reflection of the God and deserving of the love and care of
the Lord's presence on earth through us[2].
This is the reason why the charity of the Christian
must reach beyond his or her own family and friends, beyond the parish family
and even beyond the family of citizens of their country. We have to be
concerned about those who are hurt, starving, suffering or dying throughout the
world. Our charity cannot be limited by anything including the parameters of
our faith community. Blessed
Mother Theresa, for example, reached out to the poor of Calcutta and throughout
the world. Most of these people were Hindi, not Christian. All of these people
are made in the image and likeness of God.
Jesus said, I
have other sheep who are not of this fold. These also I must lead and they will hear my voice. Who
was He referring to? Was he
speaking about others outside of his disciples immediate group? Was he speaking
about non-Jews, the gentiles who would become fervent Christians? Was He
speaking about all good people, searching for Truth? Or was He simply speaking about all people in the world, all
are made in the image and likeness of God? Well, we have to assume it is the last group. All
people belong to God, even those who continually run from Him! There is
still time for them to return to Him. They need us to point to where happiness
can be found, to point to God and to support their efforts to reach them. They need us to let them know by our
actions that they are part of the Lord’s flock.
It is easy to say that we need to reach out to others,
but this is often difficult to do.
Perhaps we all do this. We
might be on the run and totally oblivious to a neighbor who is rather down in
the dumps. Usually, it is when you are running from one place to the next, that
someone desperately needs your time. Following the Good Shepherd requires our
never being too busy to be aware of and to respond to those around us who need
help.
My brother, my sister, there is a voice calling to us
to jump. Sometimes the noise of
our lives is so loud, that we don’t hear this voice. But the voice is still
there. We need to hear it. It is the voice of the Good Shepherd. It is the
voice of Jesus speaking to us in the quiet of our hearts, in the love or our
family and friends, in the cries of all calling out to us. The voice of the
Good Shepherd calls out to us calmly and lovingly. He tells us to take the jump, the leap of faith. He tells us to trust in Him because He
is taking care of us.
The Good Shepherd is the Risen Lord. He is with us. He will never leave us alone. Today we ask this Lord to allow us to
slow down and hear his voice ■
[2]
4th Sunday of Easter. April 26, 2015. Readings: Acts 4:8-12; Responsorial Psalm
118:1, 8-9, 21-23, 26, 28, 29; 1 John 3:1-2; John 10:11-18.
Mejor que todo es tu amor
Tu nombre y tu perfume
llevame contigo
indicame amor de mi alma
donde apacientas
que hermoso es amado mío
que deliciosa es tu presencia, tu presencia
confórtame el corazón
que enferma estoy de amor.
Porque no puedo vivir sin Tí
que son las noches vacías sin Tí
Tu amor fuerte como la muerte
no se apaga , no se apaga, en mí
Porque no puedo vivir sin Tí
que son las noches vacías sin Tí
Tu amor fuerte como la muerte
no se apaga, en mí
cuando te encuentre te daré mi amor
cuando me encuentres me darás tu amor.
En mis noches he buscado
al amor de mi alma,al amor de mi alma
cuando lo encuentre no le soltaré
cuando lo encuentre no le soltaré
Me robaste el corazón
con tu mirada, con tu mirada
confortame el corazón
que enferma estoy de amor.
Porque No puedo vivir sin Tí
que son las noches vacías sin Tí
Tu amor fuerte como la muerte
no se apaga , no se apaga, en mí
Porque no puedo vivir sin Tí
que son las noches vacías sin Tí
Tu amor fuerte como la muerte
no se apaga, en mí
cuando te encuentre te daré mi amor
cuando me encuentres me darás tu amor ■
Hermana Glenda,
¿Quién podrá sanarme?
Orar con San Juan de
la Cruz ■
III Domingo de Pascua (B)
Ustedes son testigos de
esto, dice Jesús a los discípulos reunidos aquella tarde
en el cenáculo. Y Pedro, el primero de los apóstoles, cuando el pueblo se
encuentra congregado a su alrededor en la explanada del Templo, sorprendidos porque
él y Juan curaron a aquel hombre inválido que se sentaba allí pidiendo limosna,
explica el por qué de aquella curación y les recuerda (¡nos recuerda!) quién es
aquel Jesús en nombre del cual ellos liberan de su mal a aquel hombre. Pedro,
recogiendo el encargo de Jesús, afirmando: y
de ello nosotros somos testigos.
Nosotros somos testigos. Nosotros somos testigos del camino de Jesús, de su entrega, de su
palabra capaz de renovar los corazones y levantar los espíritus abatidos, de su
firmeza en combatir todo lo que daña al hombre, de su atención constante a los
pobres, a los débiles, a los enfermos, de su llamada decidida a cambiar de
manera de vivir y pensar, de su confianza en el Padre. Nosotros somos testigos
de su fidelidad hasta la muerte, y somos testigos de la dureza de aquellos
momentos. Lo escupieron y maltrataron, lo torturaron, prefirieron dejar libre a
un asesino y matarle a él. Y lo clavaron en la cruz.
Nosotros somos testigos. De todo eso, nosotros somos testigos, dicen los
apóstoles. Pero somos testigos, ahora, por encima de todo, de una experiencia
que nos ha transformado y nos ha hecho revivir. Nosotros somos testigos de que
Dios lo ha resucitado de entre los muertos. Nosotros somos testigos de que Jesús,
el crucificado, vive ahora por siempre. Y vive aquí, con nosotros, en nosotros.
Y nos ha dado su mismo Espíritu. Y nos ha empujado a andar su mismo camino,
porque su camino es el camino de Dios.
Así empezaron los apóstoles a cumplir el encargo que Jesús les había
hecho.
Al principio, todo consistió en darse a conocer, dar a conocer aquella
llamada de vida nueva que ellos habían sentido y que no podían dejar de
compartir. En Jerusalén, y en todo el mundo. Pero no únicamente se trató de
hacer oír la llamada. Los apóstoles, los primeros discípulos, ofrecían algo más.
Ofrecían añadirse al grupo que ellos formaban, entrar a formar parte de aquella
comunidad de gente que quería vivir de verdad el seguimiento de Jesús y que
mostraba, más con sus obras que con sus palabras, que Jesús realmente les había
transformado, que valía la pena seguir su camino.
Y así fue extendiéndose el testimonio de Jesús. Con el empuje inicial de
los primeros evangelizadores, y después, sobre todo, con el estímulo y el
atractivo que tenían aquellas primeras comunidades, y la amistad que cada creyente
tenia con sus familiares y amigos, a los que transmitía la fuerza y el gozo que
para él significaba seguir el camino de Jesús, a pesar incluso de las
persecuciones.
Nosotros, como los apóstoles, también somos testigos de la llamada que
hemos recibido, de la Buena Nueva que nos ha transformado. Nosotros, como los
apóstoles, también somos testigos de Jesús, de su palabra, de su manera de
vivir, de su muerte por amor, de la certeza que Dios nos ha dado, con su
resurrección, de que su camino es el camino que da vida.
¿Y cómo hemos de ser, nosotros, testigos de Jesús? Estamos en un mundo
que ya ha oído muchas palabras, un mundo en el que el mismo anuncio de Jesús se
da como algo ya sabido, como algo de poco interés, como algo que tiene muy poco
que aportar: agua pasada. Nosotros mismos, cristianos, a veces resultamos muy
aburridos
Por eso, en este momento, lo único que puede constituir una llamada
interesante, fuerte, viva, al seguimiento de Jesucristo, es nuestro propio testimonio. Si nosotros estamos realmente convencidos
de que Jesús es nuestra vida, si nosotros vivimos sin límites (así: sin límites)
el amor a los demás y nos ponemos al servicio de los más necesitados sin miedo
y sin preocuparnos por nuestros intereses, si nuestra comunidad de creyentes es
una comunidad de gente que realmente se ama en la fidelidad al Evangelio y en
la confianza en el Padre, entonces sí que cumpliremos de verdad el encargo de
Jesús, y nuestra fe será realmente un testimonio. Si por el contrario nos
quedamos en nuestra torre, aislados, o en nuestra salita de estar, monísima
pero vacía, viviendo de teorías pero no de prácticas –la práctica del amor-
entonces seremos cristianos de nombre, de polvo, de ése que se lleva el viento.
Que esta Eucaristía de Pascua nos haga sentir como nunca ese deseo de
compartir y transmitir la fe y el amor que vivimos, de ser testigos. Ser
testigos no significa ser inmaculados (eso solo la Santísima Virgen), ser
testigos significa confianza y acción. Servicio y amor.
Testimonio y fe. Que Ella, la reina de los apóstoles
y Madre de la Iglesia, interceda por nosotros para que el Señor nos
encienda más y más en su amor[1]
▪
nEw-Old-IdeAS
Mira que estoy a la puerta y
llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré
con él, Y él conmigo (Apoc 3,20) Llamar a la puerta es una metáfora
adecuada para hablar de un corazón que despierta, de un corazón atento. El
crecimiento espiritual exige “caer en la cuenta”, reconocer la llamada. El
reconocimiento y la aceptación del yo verdadero se produce cuando lo intentamos
deliberadamente y extendemos la entusiasta respuesta al proceso de
transformación. Varios textos bíblicos refieren a la puerta: Jesús se describe
a sí mismo como puerta en el Evangelio de Juan; en Apocalipsis es descrito
esperando a la puerta, y la puerta somos nosotros, nuestro corazón. En una
pintura conocida aparece Jesús llamando y esperando que le abran la puerta.
Podemos usar el texto de Apocalipsis para desarrollar nuestra imagen, meditando
en cada una de sus frases. Dios es siempre el que da el primer paso, el que
toma la iniciativa, el que aguarda a la puerta (poema del breviario). Dios
llama de muchas maneras, por muchos caminos nos llega su voz. Estar despiertos
nos permite escuchar su llamada, y abrir la puerta del corazón y de la vida al
Amado. Una cosa es estar ante la puerta y otra es llamar. Son dos momentos
diferentes, relacionados entre sí. En uno puede haber miedo o incertidumbre, o
espera del momento propicio. En el otro seguridad, decisión, certeza. Voluntad,
propósito. Imaginémonos a Jesús ante nuestra puerta. Cuando alguien llama lo
puede hacer de diversos modos. Un solo golpe fuerte, golpes continuos, o con
levedad. El modo de llamar de Cristo puede variar, pero la esencia del mensaje
es la misma: “Déjame entrar en tu vida, en casa parte de ella, y te haré
crecer”. Para poder escuchar la llamada necesitamos despejar y ordenar nuestro
horizonte interior, apartando los ruidos perturbadores, las tantas voces que
nos distraen de lo esencial. El silencio y la soledad nos ayudan en este
sentido, haciéndonos más conscientes de una Presencia interior. ¡Es tan
importante para nosotros escuchar la voz interior del amor! “En el fondo de
nosotros hay una voz que está constantemente invitándonos a amar y hacer lo
bueno”. Es la voz de la sabiduría que nos proporciona guía y orientación, que
acoge al perdido y consuela al doliente, que amonesta y alienta, que se
compadece.Esta reflexión tiene como objetivo primordial el tomar consciencia de
la presencia del Amado llamando a nuestra puerta, y en cómo podemos responder,
prestando atención al modo en que, Aquel que mora en nosotros, llama a nuestra
puerta. ¿Cómo respondemos? ¿Cómo llamamos nosotros a la puerta de Dios? ¿Qué
pasará cuando las puertas se abran? ■ Abre la puerta, de Joyce
Rupp, Ed. Sal Terrae.
VISUAL THEOLOGY
Giovanni Lanfranco, The Liberation of St. Peter from prison
by an angel (1620), oil on canvas, Birmingham Museum of Art (England).
The author of the Acts of the
Apostles portrays Peter as an extremely important figure within the early
Christian community, with Peter delivering a significant open-air sermon during
Pentecost. According to the same book, Peter took the lead in selecting a replacement
for Judas Iscariot. He was twice arraigned, with John, before the Sanhedrin and
directly defied them. He undertook a missionary journey to Lydda, Joppa and
Caesarea, becoming instrumental in the decision to evangelise the Gentiles. About
halfway through, the Acts of the Apostles turns its attention away from Peter
and to the activities of Paul, and the Bible is mostly silent on what occurred
to Peter afterwards. The book of Acts (chapter 12) tells how Peter was put into prison by King
Herod, but was rescued by an angel. At the Council of Jerusalem, the early
Church, Paul and the leaders of the Jerusalem church met and decided to embrace
Gentile converts. Acts portrays Peter and other leaders as successfully
opposing the Christian Pharisees who insisted on circumcision. The church in
Rome was already flourishing when Paul wrote his Epistle to the Romans about AD
57,[37] he greets some fifty people in Rome by name,[38] but not Peter whom he
knew. There is also no mention of Peter in Rome later during Paul's two-year
stay there in Acts 28, about AD 60-62. Church historians consistently consider
Peter and Paul to have been martyred under the reign of Nero, around AD 65 such
as after the Great Fire of Rome ■
Third Sunday of Easter (B)
We are
celebrating the third Sunday of Easter, in today’s second reading St. John says
that Jesus is the expiation for our sins and those of the whole world. First of
all, what does that word expiation
mean? The word refers to a sacrifice to atone or make up for sin. This might
seem like a highly theological term, but we do this all the time. We just don’t
call it atonement. For example, a husband or wife or a child is sorry for
snapping at members of the family. He or she makes up for it with a little gift
or a special meal or perhaps doing some chores that are not on part of his or
her normal responsibilities. These are minor things, but they are acts of expiation,
acts of making up. The book of
Leviticus presents a major act of atonement. Moses’ brother Aaron is told to bring a goat into the
sanctuary and place his hands over it, calling upon it the sins of the people. The
goat is then sent into the wilderness[1]. The goat represents their sins. He is
sacrificed by being brought out into the wilderness. The sacrifice is meant to
make up for sins[2].
This is also
a prophecy of Jesus’ gift of Himself to the Father for us. Jesus is also
brought outside the temple area to die. He is the sacrificial victim who takes
all sin upon himself. His
sacrifice makes us "at one" with God.
Many times we
will say, “Give your sins to the Lord. Let Jesus have them.” St.
John is telling us that Jesus wants them.
He knows that we ourselves cannot make up or atone for the horrible
actions of sin, but He knows that He can and will. Nor does He want us
suffering the guilt of our sins. So we give our sins to Him and are made one
with God by Him.
In today’s gospel,
St. Luke presents Jesus appearing in the Upper Room and opening the minds of
the disciples to understand the Scripture that Christ would suffer, die and
rise again so that repentance for the forgiveness of sins might be preached to
the whole world. This is Easter. Sin no longer will have a hold on us. Christ,
the Victor over death is also the Victor over sin. The world needs to hear this
from His disciples, from us. This brings us back to the second reading, Jesus
is the expiation not for our sins only, but for the sins of the whole world. We
are given the mandate to proclaim the good news that if we are united to Jesus,
His sacrifice will unite each of us and all of us to God.
Some people
think that the Lord saved them, but not other people. They think that people of a certain class, with a certain
disease, or who have committed this or that sin are excluded from the Lord’s
salvation. So they categorize whole groups of people as damned, or, at least,
as evil. This is not the way
of Christ. If we dare to look closely within ourselves, we would probably
find some form of prejudice in
each of us. We have to fight against whatever prejudices we might have. No group is better or worse than any
other group. Jesus is our expiation for our sins and for those of the whole
world.
Today’s
readings warn us not to be so arrogant as to think that we have done something
that can’t be forgiven. Nor should we be so arrogant to think that others
cannot be forgiven. God’s mercy is available for all. Jesus gives. He forgives. And He calls us to follow
Him! ▪
Mi gentil abejita,
abejita de Pascua,
hoy por ti guardo un verso,
que me sale del alma.
Limosnera de amor
que las flores emanan,
te alimentas de esencias,
de belleza te sacias.
Vas libando jardines
y volando montañas,
y en dulzura y servicio
tu comida la cambias.
De perfumes te sacias,
y la miel nos regalas;
y nos das cera virgen
para hacer nuestra lámpara.
Por el Cirio te canto,
por su fúlgida llama:
tú lo hiciste, amorosa,
con tu enjambre de hermanas.
Eres carne de Cristo
en la cera sagrada,
sacramento y fulgor
que hacia el cielo se alza.
Abejita sin nombre,
madrecita cargada,
tú lo hiciste en miríadas,
como obrera agraciada.
Y esta Noche de gloria
es tu Noche esperada,
madre abeja presente,
dulcemente cantada.
Para ti hoy desciende
de Jesús en la patria,
bendición y hermosura
y ternura a tus alas.
Mi pequeña abejita,
eres luz y alabanza:
en el mundo universo
¡eres Cirio de Pascua! ■
P. Rufino María Grández, ofmcap.
Cuautitlán Izcalli, 19 de marzo de
2005
II Domingo de Pascua (Domingo de la Divina Misericordia)
La cruz y la muerte
habían llenado de tristeza, desánimo y sobre todo de miedo los corazones de los
discípulos. Estaban allí, paralizados por el temor, con las puertas cerradas, bloqueando
sus ilusiones. Que el sepulcro estuviera resolvía nada, a pesar de que Juan vio y creyó. Lo que realmente iba a
transformar la vida de los discípulos es eso que tan fácilmente nos pasa
desapercibido: la experiencia pascual, es decir, sentirse resucitados con la fuerza del Resucitado.
Y
el Señor llega deseándoles la paz. Nada mejor podían recibir aquellos corazones
atribulados y con un profundo complejo de culpa. Pero Jesús no viene Jesús a
echarles en cara su traición. Viene a hablarles –a hablarnos- del perdón de los
pecados y del Espíritu Consolador: Como
el Padre me envió, así os envío yo: Recibid mi propio Espíritu y salid al mundo
a hacer presente el perdón de los pecados[1].
El
evangelio de este domingo, llamado de la misericordia, nos cuenta dos
apariciones de Jesús, y la primera tiene todo el perfume de la celebración de
un sacramento: el domingo, al atardecer, los discípulos perdonados y llenos del
Espíritu Santo, que son enviados a llevar a los hombres el amor y el perdón de
que han sido testigos.
Tres
años de intimidad habían tenido con el Señor: palabras escuchadas y comentadas;
signos y prodigios vistos con todo detalle… Todo pudo haberse quedado en la experiencia
de haber conocido de cerca un gran Maestro y Profeta suscitador de esperanzas,
que había acabado –como acaba todo- con la muerte, pero ¡pero! La experiencia
pascual, contra lo que no caben argumentos, los hace cristianos, los hace testigos
de la Resurrección, que proclaman que Jesús de Nazaret es el Cristo Señor. Y
tan lo proclaman que todos dan su vida por Él.
Aquellos
hombres que reciben la visita y presencia del Señor aquella tarde eran como tú
y como yo: cristianos de nombre, zarandeados por todo viento de doctrina,
víctimas de la decepción y la duda, y lo que los confirma es la celebración
festiva del perdón de los pecados y del poder del Espíritu creador de unidad. Hoy,
veinte siglos después, podemos hacer lo mismo. Hermano mío, hermana mía: no es
preciso, para confirmar la fe, tocar físicamente a Jesús. Él ha dejado, al
alcance y servicio de todas las generaciones, la experiencia pascual y el
testimonio –sangriento y elocuente- de millones de personas, si esto no te
mueve a pensar y replantearnos las cosas ¡entonces qué!
Tomás,
uno de los doce, no estaba con sus hermanos comulgando con su miedo y su
decepción. Se había ido a hacer la guerra por su cuenta. Pero ¿qué podría
llevar Tomás al mundo sin ser testigo de la Resurrección? ¿Qué podemos llevar
los cristianos de hoy si no tenemos esta experiencia del perdón y la ternura
del Señor?
Hoy
podemos vivir con alegría la experiencia pascual. Si nos quedamos solamente con
si el sacerdote predica bien o mal, si corremos a San Rapidito para corretear (sic) la Eucaristía, si acudimos a la
liturgia llenos de prejuicios y de trabas ¡nos marcharemos sin haber sentido
esa maravillosa experiencia pascual!
Vamos
a detenernos un momento y a pensarlo bien: los sacramentos que el Señor dejó
–hoy nos detenemos particularmente en el sacramento de la Confesión- celebrados con alegría como
acontecimiento salvador ponen al alcance de la mano el poder exclamar hoy como
ayer lo hizo Tomás: Señor mío y Dios mío[2],
es decir, un acto de fe –sencillo pero muy profundo- el la vida y el poder de
Jesucristo, ¿nos atrevemos a experimentarlo? ■
nEw-Old-IdeAs
Los que conocen a Dios están
llenos de buenos pensamientos y, en su afán por las cosas celestes, desdeñan
las realidades de esta vida. Éstos no son queridos por muchos, ni sus ideas
son del agrado de muchos. Tanto es así, que no sólo son odiados, sino
también objeto de burla. Sin embargo, aceptan sufrir lo que sea, dentro de la
indigencia en que se encuentran, sabiendo que, si bien esto parece un mal para
la mayoría, para ellos es un bien. El que comprende las cosas celestes, cree
en Dios y reconoce que toda criatura proviene de su voluntad. El que no
comprende, ni siquiera cree que el mundo es obra de Dios y que fue hecho para
la salvación del hombre ■ de la Filocalía de la Iglesia Ortodoxa.
VISUAL THEOLOGY
El Santo Sepulcro es un santuario
religioso del Cristianismo, situado en la ciudad de Jerusalén. Se encuentra
bajo la custodia de diversas confesiones cristianas, entre ellas, Católicos,
armenios ortodoxos, ortodoxos. El lugar, llamado también Gólgota (en arameo,
Golgotha, 'calavera'), es el punto exacto donde —según los Evangelios— se
produjo la Crucifixión, enterramiento y Resurrección de Cristo. Se halla dentro
de la Ciudad Vieja de Jerusalén, la cual a su vez se ubica en la línea de
confluencia entre la Jerusalén oriental (árabe) y occidental (judía). Al templo
del Santo Sepulcro también se le conoce como Basílica de la Resurrección (en
griego: Ναός της Αναστάσεως, Naós tis Anastáseos; en georgiano: Agdgomis
Tadzari; en armenio: Surp Harutyun) o de la Anástasis (en griego,
'Resurrección'). Es uno de los centros más sagrados del Cristianismo y ha sido
un importante centro de peregrinación desde el siglo IV. Hoy día alberga la
sede del Patriarca Ortodoxo de Jerusalén y es la catedral del Patriarcado
Latino de Jerusalén ■
Ilustración: El Santo Sepulcro; incunable de Bernardo de Breidenbach: Sanctae peregrinationes (Maguncia, 1486).
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Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.
laus deo virginique matris









