Fourth Sunday in Ordinary Time

Today’s second reading is one of the most beautiful sections of the New Testament, the great Pauline reflection on love[1]. St. Paul begins by presenting some of the real difficulties experienced by the community in their celebration of the Lord’s Supper. He tells them that they are celebrating the Eucharist incorrectly. At the time that Paul wrote to this community, about the year 57, the Eucharist was still celebrated as part of a full meal. By the time that Paul wrote his letter, things were starting to break down. Factions and groups were forming. The rich were bringing good food and drink for themselves and their friends and the poor were left to fend for themselves, so St. Paul corrects the Corinthians by going right to the heart of what the Eucharist is all about: at the Lord's Supper everyone shared the one bread of Christ, making the participants one body, one community of love and salvation. Dividing into factions was in direct conflict with Jesus' own life[2].

St. Paul reprimanded the Corinthians because their failure to serve all the members of the community ignored the very nature of the Church and in a real and frightful way despised the actions of the One who founded it.

Sadly, we all have experience similar situations, people who claimed to have great faith but who lacked love. We have all met people who were so stern, so harsh in their dealings with others, so rigid in what they thought was proper Christianity that they drove their children out of their families and, if they were priests, their people out of their parishes. Without love, they had nothing. Without love, we, as individuals and as Church, are nothing.

The letter of St. Paul could be a good examination of conscience today. Perhaps it would be easier to understand this text of St. Paul if we added the words man or woman after each sentiment: Love is a patient man, a patient woman. Love is a kind man, a kind woman. Love is a person who is not boastful, or rude, or self serving, or quick tempered, or full or revenge. Love is a truthful person, a man or woman of integrity. A loving man, a loving woman puts up with everything for the sake of being loving. No matter what happens in the world, his or her love remains strong. In less word: Love never fails[3].

So, my brother, my sister, as Christians, as Catholics our focus must be on living the Love of God. If we do this, then we will be able to do that which no physical person can do, we will be able to see God face to face. Then we will know Him as He really is[4].

Love is central to being an authentic Christian. You and I were created to be unique reflections of God’s presence. Let us say easier: we were created to actualize, to make real, a unique reflection of His love.

This great hymn wrote by St. Paul is far more than a reflection to be read during marriage celebrations. It is a statement of that which is essential for authentic Christianity.

My brother, my sister, when we die, we will go before the Lord with nothing in our hands except our love. If we have loved in an authentic Christian way, if we have loved the way that Christ has loved, then we will stand before the Creator.

If we have loved as He calls us to love, we will be absorbed by Him yet still be individuals. We will see Him face to face. And He will have our faces, and we will have His ■

[1] 1 Corinthians 12:31 – 13:13.
[2] Sunday 31st January, 2010, 4th Sunday in Ordinary Time. Readings: Jeremiah 1:4-5, 17-19. I will sing of your salvation—Ps 70(71):1-6, 15, 17. 1 Corinthians 12:31 – 13:13. Luke 4:21-30. [St John Bosco].
[3] Cfr 1 Corinthians 12:31 – 13:13.
[4] Cfr Eucharistic Prayer III.
Yo sé que estás conmigo, porque todas
las cosas se me han vuelto claridad:
porque tengo la sed y el agua juntas
en el jardín de mi sereno afán.

Yo sé que estás conmigo, porque he visto
En las cosas tu sombra, que es la paz;
Y se me han aclarado las razones
de los hechos humildes, y el andar
por el camino blanco, se me ha hecho
un ejercicio de felicidad.

No he sido arrebatado sobre nubes
ni he sentido tu voz, ni me he salido
del prado verde donde suelo andar...
¡otra vez, como ayer, te he conocido
por la manera de partir el pan! ■
José María Pemán

III Domingo del Tiempo Ordinario (c)


El silencio y la soledad*


Jean-Yves Leloup*

Lo que la soledad y el silencio del desierto aportan de utilidad y de divino gozo a aquellos que los aman, solo ellos lo saben, los que han hecho la experiencia. Ahí, en efecto, los hombres fuertes pueden recogerse tanto como lo deseen, permanecer en ellos mismos, cultivar asiduamente los gérmenes de las virtudes, y nutrirse con dicha de los frutos del paraíso. Ahí, uno se esfuerza por adquirir ese ojo cuya clara mirada hiere de amor al divino esposo, y cuya pureza da a ver a Dios. Ahí, uno se entrega a un ocio muy colmado y uno se inmoviliza en una acción tranquila. Ahí, Dios da a sus atletas, para la penosa labor del combate, la recompensa deseada: una paz que el mundo ignora y la alegría en el Espíritu Santo».

Así escribía San Bruno, el fundador de esa orden de «solitarios dichosos» que llamamos cartujos, a su amigo Raul de Verd, sin embargo que la soledad sea «una gracia», y que nos haga «dichosos», no resulta tan evidente.

La soledad de Bruno y sus compañeros es salvaje pero no es ni cerrada ni encerrada. Los lugares donde ellos se retiran son bosques considerados inaccesibles en la época. Inaccesibles a las miradas de los indiscretos que quisieran coger desde el «exterior» algo del secreto y de la intimidad de esos amantes en los que la desnudez y las lágrimas se muestran hoy en día, como ayer, difícilmente comprensibles. Pero ¿es el amor de los amantes algo comprensible?

«No echéis vuestras perlas a los puercos, decía ya Cristo, podrían romperse los dientes»[1]. Las perlas de la soledad no tienen nada de «comestible»; como ese azul del cielo del que Bouvard decía a Pécuchet: «eso no se come»[2].

Es así: «eso no se consume». Las perlas no son «para comer»; uno puede mejor iluminarse o regocijarse con su transparencia..., es algo del orden de la gracia. Eso no tiene precio, y es lo más caro: ¡es «gratis»!

Siglos más tarde otro autor –solitario también- nos recuerda la rareza que conlleva la soledad. No es permaneciendo inmóvil en su celda como la descubre, sino marchando sin cesar, esforzándose por «volver a su espíritu solitario a través de la plegaria monológica»[3]. Tras largos meses de práctica fiel y regular, «el peregrino ruso» puede compartir con nosotros un poco de su experiencia:

«He aquí como voy ahora, diciendo sin cesar la oración de Jesús que me es más querida que cualquier otra cosa del mundo. A veces hago más de setenta distancias en un día y no siento que camino: solo siento que digo la oración. Cuando un frío violento me coge, recito la oración con más atención y pronto estoy de nuevo totalmente caliente. Si el hambre se hace muy fuerte, invoco más a menudo el Nombre de Jesucristo y ya no me acuerdo de haber tenido hambre. Si me siento enfermo y mi espalda y las piernas me duelen, me concentro en la oración y ya no siento más el dolor. Cuando alguien me ofende, no pienso más que en la benéfica oración de Jesús; enseguida cólera o pena desaparecen y olvido todo. Me he vuelto un poco raro. No tengo necesidad de nada, nada me ocupa, nada de lo que es exterior me retiene, quisiera siempre estar en soledad»[4].

En todos los tiempos ha habido soledades dichosas y «habitadas»; pero el Peregrino Ruso precisa bien que él tiene consciencia de que a los ojos del mundo «se ha vuelto un poco raro». Así serán siempre aquellos y aquellas a los que se llama «contemplativos»: personas perfectamente insoportables, incluso inadaptados. Que se les propongan riquezas, poderes, o incluso amor y amistad; ellos no quieren nada de eso. ¡Ellos quieren nada! Sólo desean estar solos y en paz.

Invitado en Brasil a hablar a los miembros del gobierno sobre «la calidad de vida» yo les recordaba que la calidad de vida es en primer lugar la del agua y del pan; una cierta «calidad de vida material» que no es necesariamente la cantidad, o acumulación de bienes. Quien beba de esta agua tendrá siempre sed[5].

La calidad de vida, es también la calidad de nuestras relaciones. Uno puede ser pobre y poseer una gran riqueza de corazón, de atención, de ternura. En las calles de las grandes ciudades, cuando aquellos que a veces son tratados de miserables se enlazan y se ponen a bailar, ¡entonces son señores! Y por las perlas que tienen en los ojos, uno dejaría de buena gana todo el oro del mundo.

La calidad de vida, es por tanto la calidad de nuestra soledad. De ella depende evidentemente la calidad de nuestras relaciones, si no «el otro» no es más que un medio para evitar esa soledad; no es amado por si mismo.

Esta calidad, podemos aprenderla de esos seres extraños y contemplativos. Según nuestros valores, ellos no tienen nada para ser felices: ni riquezas, ni relaciones, ni haberes, ni saberes, ni poderes ¡y sin embargo ellos lo son! La carencia es un espacio que les es necesario para respirar. Ahí donde otros esperan expectantes y se aburren, ellos son felices, los hijos del instante. Estar triste o alegre no es ya más su asunto o su problema, ni incluso la felicidad. Su alegría y su paz son de otro orden, no dependen de nada ni de nadie. La palabra gracia toma ahora todo su sentido.

Algunos incluso llegan a afirmar y con razón que es una alegría que no se explica más que por la existencia de Dios. Es Él la calidad de su vida, puesto que es justamente Él, el Viviente de sus vidas.

Maestro Eckhart dirá simplemente: «Preguntareis mil años a la Vida: ¿por qué vives? Ella responderá siempre: vivo para vivir. La razón es que la Vida extrae su vida de su propio fondo y crece de su ser propio. Es por eso que ella vive sin preguntar el porque, porque no vive más que en si misma. Si se preguntara a un hombre digno de ese nombre, alguien que opera a partir de su fondo propio: «¿Porque operas tu tus obras?» Si el quisiera responder convenientemente no podría más que decir: «Obro por obrar»[6].[7]

El solitario vive en esta coincidencia con Dios Padre creador y providente, haciéndose uno con este infinito y este crecimiento, es uno con todas las cosas. Se verifica entonces que ¡«nunca se está menos solo que cuando se está solo»! Beata Solitudine. Soledad no sufrida. Soledad elegida.


Yo estoy solo
cuando yo dudo de Ti
cuando «yo» dudo...
Nunca,
si yo me abandono
a tus abandonos,
si «yo» me abandono...
Si ofrezco mi memoria
a tus olvidos,
al Olvido...
Yo estoy solo,
porque yo dudo de Ti,
yo estoy solo
porque «yo» no quiero estar solo:
El solo
el único que ama
cuando ya no hay nada
ni nadie para amar
El Amor que «queda»
cuando uno no se ama ya más,
El sol que brilla
cuando no hay ya nada que iluminar
La piedra que inciensa
cuando no hay nadie respirando...
El Amor solo
solamente el Amor
el único que ama
cuando no hay nada que amar.
Una soledad vencida
por la más Alta Soledad
aquella que ama
para nada,
para ser el Amor que Ella Es.

Jean-Yves Leloup ■


* Extraído de: La Grace de Solitude, Editions Dervy, ISBN 2-85076-959-2
* Jean-Yves Leloup (1950), es un teólogo ortodoxo conocido por sus estudios en la obra y el pensamiento de Meister Eckhart y del Hinduismo, Judaísmo y Budismo, y por difundir el hesicasmo, doctrina y práctica ascética difundida entre los monjes cristianos orientales, principalmente los de la llamada Iglesia Ortodoxa, a partir del siglo IV con los llamados Padres del Desierto.
[1] Cfr Mt 7, 6.
[2] El autor se refiere a la célebre novela de G. Flaubert Bouvard et Pécuchet que, por cierto, está inconclusa (N. del E.)
[3] El método de oración de los Padres del desierto y de los monjes hesicastas tiene como objetivo reunificar de la dispersión o la distracción por la invocación constante del Nombre de Yeshoua (Jesús).
[4] El autor hace referencia –y cita de hecho- a El Peregrino Ruso, libro de reconocida fama en la espiritualidad ortodoxa, y más concretamente de la tendencia hesicasta. Narra de forma autobiográfica el peregrinar físico a la vez que itinerario espiritual para alcanzar el conocimiento de la oración interior contínua de un peregrino anónimo o staretz, a través de la Rusia del s. XIX. Toma el camino a la oración interior como un método para acostumbrar al espíritu al recogimiento, y dar lugar a que se encienda en el espíritu la llama de la Verdadera oración y del Verdadero amor. Como camino hacia Dios. Estos textos vieron la luz por primera vez en Kazán hacia el año 1865, en forma muy primitiva, con muchas faltas. Hasta el año 1884 no se hizo una edición correcta y accesible de esta obra. Ni era posible que en pleno movimiento socialista y naturalista tuviera mucha resonancia. Sólo después del 1920 se echa en falta una nueva edición. El libro fue impreso de nuevo en 1930 bajo la dirección del profesor Vyscheslavtsev. Los relatos fueron publicados sin nombre de autor. Según el prefacio de la edición de 1884, el Padre Paisius, abad del monasterio de San Miguel Arcángel de los cheremisos en Kazán, habría copiado su texto de un monje ruso de Athos, cuyo nombre ignoramos. Se puede encontrar una referencia al libro en la obra Los hermanos Karamázov de F. Dostoyevski (N. del E.).
[5] Jn 4,14. (N. del E.)
[6] Sermón nº 56.
[7] El autor está citando a Eckhart de Hochheim O.P. (1260 –1328), también llamado Maestro Eckhart (en alemán: Meister Eckhart). Dominico alemán, conocido por su obra como teólogo y filósofo y por sus visiones místicas. Meister en reconocimiento a los títulos académicos obtenidos durante su estancia en la Universidad de París. Fue el primero de los místicos renanos. Estudió teología en Érfurt, luego en Colonia y en París. Enseñó en esa última universidad, y administró la provincia de los dominicos de Teutonia y luego en Erfurt.

VISUAL THEOLOGY

The Antioch Chalice, first half of 6th centuryByzantine; Made in Antioch or Kaper Koraon (?)Silver, silver-gilt, (19 x 15 cm), The Cloisters Collection, 1950, Metropolitan Museum of Art (New York) ■ When it was discovered at the beginning of the twentieth century, this "chalice" was claimed to have been found in Antioch, a city so important to the early Christians that it was recognized with Rome and Alexandria as one of the great sees of the church. The chalice's plain silver interior bowl was then ambitiously identified as the Holy Grail, the cup used by Christ at the Last Supper. The elaborate footed shell enclosing it was thought to have been made within a century after the death of Christ to encase and honor the Grail. The fruited grapevine forming the rinceau pattern of the gilded shell is inhabited by birds, including an eagle; animals, including a lamb and a rabbit; and twelve human figures holding scrolls and seated in high-backed chairs. Two of the figures are thought to be images of Christ. The other ten figures have been variously identified as ten of the twelve apostles, or philosophers of the classical age, who, like the prophets of the Old Testament, had foretold the coming of Christ. The sixth-century chronicler Malalas of Antioch was among those who sought to make such links between Christianity and classical philosophy. The identification of the "Antioch Chalice" as the Holy Grail has not been sustained, and even its authenticity has at times been challenged. The work has usually been considered a sixth-century chalice for the Eucharist. Most recently, however, its shape has been recognized as more closely resembling sixth-century standing lamps, its decoration possibly in recognition of Christ's words "I am the light of the world" (John 8:12). It has been argued to be part of a treasure of liturgical objects found in 1908 belonging to the Church of Saint Sergios in the town of Kaper Koraon southeast of Antioch. If so, Saint Sergios' parishioners might well have traveled to Antioch to purchase the object as a donation for their church. Or it may have been used in one of the churches in or near Antioch.
Here too in this synagogue, that is in this present assembly, you can at this very moment fix your eyes upon your Savior if you wish. Whenever you direct your inward gaze toward wisdom and truth and the contemplation of God’s only Son, then your eyes are fixed upon Jesus. Blessed was that congregation of which the gospel says, All eyes in the synagogue were fixed upon him! How I long for our own assembly to deserve the same testimony; for all of you, catechumens as well as the faithful, women, men, and children, to have your eyes, not those of the body but of the soul, turned toward Jesus!When you look at Jesus your own faces will become radiant with his reflected glory, and you will be able to say: The light of your face has shed its brightness upon us, O Lord! To you be glory and power for ever and ever! Amen ■ Origen of Alexandria (183-253), On Luke’s Gospel 32, 2-6: SC 87, 386-392

Third Sunday in Ordinari Time (Archbishop's Appel 2010)

Did you hear what the gospel just said about Jesus? Jesus returned to Galilee in the power of the Spirit[1]. People kept coming to Him from everywhere. People kept coming to Jesus for teaching, for healing, for salvation, for meaning. And people still come to Jesus: alive in His Church, as the Church continues to teach, serve, and sanctify in His all-powerful holy name[2].

My brother, my sister…I'm going to cut-to-the chase here and not drag this out. You know what we priests always talk to you about this time of the year: the Archbishop’s Appeal[3].

Believe me: I do not enjoy talking about money. The Church is not about money at all: the Church is all about Jesus, His teaching, His healing, His mercy, His sacraments, His mother, His saints, His sick, His poor, His hungry, His children. The Church is still all about truth, life, eternal salvation, conversion of hearts and souls. However to be all about that takes resources: time, talent, and treasure of our good people.

So, I do not relish it, but I do not apologize for it: I come before you as the other pastors did in the past years and other noble Catholic causes, to ask. Today I ask you to be generous to the 2010 Archbishop’s Appeal; our goal is $33, 758 dollars… Where it goes? Good question! The Archbishop’s Appeal provides tuition assistance for Catholic school students; key funding for Catholic Community Services; funding for a variety of special ministries; funding for the education of seminarians and for the care of retired priests.

Yes, I know: it is A LOT of money however it is at the same time a good challenge and a good opportunity because every dollar you give through the Archbishop’s Appeal reaches programs and charities that nourish God’s people—physically, morally and spiritually.

Hey father and how much of my donation will be used for administrative overhead? None. Your entire donation—100%—goes directly to the programs and charities that are part of the Appeal. All administrative costs are paid for by the Archdiocese.

And…Is there a minimum I need to donate? There is no minimum. All gifts are gratefully accepted and valued. The goal is for all Catholics to prayerfully consider a donation in accordance with the gifts God has given to them.

Thanks for your help last year, thank you so much. Today I'm brave to ask you to do it again. I am conscious that all of you get asked for so much already; that the economy is so scary, and there remain some reasons to be upset with the Church, however I call to your generous heart. Of course, you do not do it for me, or for yourselves, you all do it for the glory of God, and of course we are not asking just for money: we all need to find the best ways that we can serve the Lord according to our particular talent and stage in life, using those talents to win the world over for the Kingdom of God.

That is why we were created, as the old Catechism would say: to know, love and serve God in this world and to be with Him in the next.

Thank you so much for your understanding and support and let us make the 2010 Archbishop’s Appeal something special, something extraordinary, something great ■


[1] Cfr Lk 4:14.
[2] Sunday 24th January, 2010, 3rd Sunday in Ordinary Time. Readings: Nehemiah 8:2-6, 8-10. Your words, Lord, are spirit and life—Ps 18(19):8-10, 15. 1 Corinthians 12:12-30. Luke 1:1-4; 4:14-21 [St Francis de Sales].
[3] What is the Archbishop’s Appeal? Once a year, the Archdiocese of San Antonio conducts an appeal to support the mission and ministry of the Archdiocese. People in all of our parishes and missions are asked to make a significant financial commitment to this important cause.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
A quien hiciste fundamento de todo
y de cuya plenitud quisiste que participáramos todos.
Siendo él de condición divina se despojó de su rango,
y por su sangre derramada en la Cruz,
puso en paz todas las cosas;
y así, constituido Señor del universo,
es fuente de salvación eterna para cuantos creen en él.
Por eso, con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria ■
Prefacio común I (Tiempo Ordinario)

II Domingo del Tiempo Ordinario


UN CAMINO DE VIDA


Tessa Bielecki*


¿No tendríamos que preguntarnos incluso: cómo seguimos nosotros el camino espiritual en la vida de cada día? La espiritualidad debería ser nuestra respuesta más natural, espontánea e instintiva. Pero no lo es. De ahí que debamos preguntarnos por qué no lo es. La respuesta abarca todos los problemas psicofísicos que experimentamos como consecuencia de habernos desnaturalizado, desensibilizado y deshumanizado. Porque vivimos en una sociedad no contemplativa, necesitamos aprender de nuevo a vivir una vida humana plena. Algunos piensan que quienes practican el budismo se encuentran en una desventaja particular porque tienen que desarrollar un nuevo contexto social para sus prácticas espirituales, que provienen de un entorno cultural oriental. Sin embargo, como contemplativa cristiana, considero esa cultura tan ajena como los budistas. En su mayoría, nuestra cultura es judeocristiana sólo de nombre. Por eso compartimos con los budistas la misma tarea de descubrir para nosotros mismos el modo de crear un entorno que haga de la espiritualidad parte integrante de nuestra vida cotidiana.

¿Cuáles son los elementos que hacen contemplativo un entorno? Es esta una cuestión que me interesa sumamente, y en la que llevo trabajando casi veinte años. En mi comunidad creemos que la vida contemplativa se desarrolla en una atmósfera viva y humana y hemos estado intentando precisar mejor específicamente lo que esto significa.

En primer término, nos hemos encontrado con que, para montar el escenario de la vida contemplativa, precisamos un medio natural, ordenado y equilibrado. Por ejemplo, comparemos la experiencia de pasear por una habitación y descubrir un jarrón de lilas frescas sobre la mesa con la de pasear por la misma habitación y encontrarse un ramo de flores de plástico. O comparemos la experiencia de entrar en la cocina y encontrarnos una hogaza de pan que acaba de salir del horno –con el vapor desprendiéndose aún de la corteza– y entrar en la misma cocina y encontrarnos un pan comprado en el supermercado como un balón en una envoltura de plástico. Son cosas elementales, pero que ponen vivamente en contraste la naturalidad con que deberíamos vivir y la vida artificial que habitualmente llevamos. Nuestras vidas son derivadas en vez de reales, plásticas en vez de primordiales. Por eso el primer paso importante para crear un entorno contemplativo es hacerlo lo más natural posible.

En segundo lugar, nuestro entorno ha de ser ordenado. A menudo la gente piensa que contemplativo significa desentenderse y dejar que ocurran las cosas. En cierto sentido, "dejar que las cosas ocurran", es lo que últimamente persigue la vida contemplativa; pero, al menos al principio, necesitamos establecer un orden en nuestro entorno. Necesitamos vivir deliberadamente. Durante años, cierto número de psicólogos y asesores, interesados en saber lo que el monasterio puede enseñarle a la vida pública, han estado visitando nuestra comunidad. Lo que más parecía sorprenderles es la vida ordenada que de hecho llevamos. Tenemos un horario, una regla de vida. Como ciertos momentos del día son mejores para algunas actividades específicas que otros, cada día tiene una forma, un plan, una estructura naturales, que admitimos y luego seguimos. Los psicólogos han encontrado que el orden es eficaz también en el contexto de la vida laica. Personalmente creo que todos debieran tener un plan del día en forma de pauta sobre el desarrollo ideal de cada día. Esto no significa que vayamos a estructurar rígidamente cada momento, sino que tengamos al menos una idea de lo que es más importante. Se puede comenzar dando prioridad a las actividades propias o dándosela a las prácticas espirituales. Se puede echar una mirada al día y establecer cuál es el mejor modo de concentrarse en la oración o la meditación, ordenando luego el resto del día alrededor de eso. Para la mayoría de la gente, esto significa normalmente levantarse antes o acostarse más tarde. Mi experiencia personal, y la de cientos de personas con las que he hablado de ello, es que, a la larga, da mejor resultado levantarse una hora antes para hacer las prácticas que acostarse una hora más tarde. Aunque durante el día se acumula el cansancio, la concentración, la integración y el recogimiento son tan cruciales que el cansancio no es realmente un problema. En cambio, si se omite esa importante sesión de oración, aunque se tenga toda la energía del mundo, no dispondremos de tanta oportunidad de crear un entorno contemplativo personal.

Otro aspecto de planear es disponer de "momentos de no hacer". Como americanos, tendemos a ser demasiado metódicos y rígidos. Esto lo digo al mismo tiempo que afirmo que somos demasiado blandos y flojos. Somos las dos cosas. En nuestros planes disponemos de momentos de "ser solamente" cuando no tenemos absolutamente nada planeado, aunque sólo sea unos minutos. Y hay un koan muy útil: deja la mitad de lo que estás haciendo y haz bien la otra mitad[1]. Acaso no necesitemos seguirlo literalmente, pero al menos podemos sentarnos con esta idea y empezar a entender lo que puede significar para nuestra vida. Personalmente debo confesar que tengo que decírmelo todos los días.

En tercer lugar, el entorno contemplativo es equilibrado. Necesitamos disciplina física para el cuerpo, disciplina intelectual para la mente y disciplina meditativa para el espíritu. Una de mis frustraciones personales es encontrar en muchos entornos de retiro demasiado énfasis en la espiritualidad. Por supuesto, podríamos subrayar también excesivamente la disciplina corporal y convertirnos en jockeys, o insistir en la disciplina mental y volvernos engreídos; pero cuando ponemos demasiado énfasis en la disciplina espiritual, al menos en la tradición cristiana, con mucha frecuencia terminamos siendo mojigatos. También es necesario equilibrar trabajo y juego. Creo que uno de los mayores obstáculos para la vida contemplativa en nuestra cultura es el impulso neurótico a trabajar. Estamos abrumados de trabajo. Naturalmente, el trabajo de suyo es bueno y constituye un elemento importante de la vida contemplativa; no sólo humaniza y da energía, sino que además es una excelente preparación para la contemplación. Pero si estamos neuróticamente motivados a trabajar, entonces constituye un obstáculo. Hemos de equilibrar el trabajo con la distracción, que es igualmente una dimensión crucial de la vida contemplativa; y creo que es este uno de los principales testimonios de mi comunidad al monasticismo. Los monjes, por lo general, no juegan lo bastante. En mi comunidad reservamos un día a la semana, el domingo, en el que solamente jugamos. Algunos domingos jugamos juntas; otros lo hacemos individualmente. Remamos, jugamos al voleibol o hacemos excursiones. Otras veces es un juego más intelectual: contemplar obras de arte, escuchar música o leer poesía. Una de mis actividades favoritas dominicales es pintar con acuarela. No enseño necesariamente a los demás lo que pinto, pero eso es justamente lo que cuenta. No tiene ninguna finalidad. Como dice Eido Roshi, es "eso solo".

Me parece que en general la gente tiene ideas muy erróneas acerca de la vida del monasterio. Las personas que nos visitan se sorprenden con frecuencia al descubrir que los elementos de nuestro entorno contemplativo no son en absoluto extraños a ellos y que nuestros problemas son también sus problemas. Quizá la única diferencia verdadera sea la falta de apoyo comunitario que los laicos encuentran cuando intentan vivir contemplativamente cada día. Convengo en que es una verdadera carencia no estar vinculado a otros que compartan los mismos ideales y aspiraciones. A veces conseguimos poner a esas personas en comunicación unas con otras o bien ofrecerles algún tipo de apoyo comunitario. Contamos ahora con una amplia familia de personas que no residen con nosotros, pero que comparten nuestros ideales y aspiraciones y que permanecen en contacto con nosotras por medio de cartas y visitas personales (…)[2]. La vida contemplativa es exactamente tan posible en el mundo como en el monasterio. Después de todo, el contemplativo no es un tipo especial de persona, sino que cada uno es –o debiera ser– un tipo especial de contemplativo ■

*Tessa nació en el seno de una familia polaca de Connecticut. Como muchas jóvenes, creció leyendo revistas de belleza, coleccionando recortes de estrellas de cine y dando por supuesto que se casaría y criaría hijos. Durante los dos primeros años de universidad Tessa asistió a un retiro para estudiantes dirigido por el padre William McNamara. Después de terminar sus estudios y trabajar durante un año, se unió al padre McNamara y al Instituto de vida espiritual, situado entonces en el desierto de Arizona, a la edad de veintidós años. Desde entonces su vida ha estado dedicada a edificar y sostener la comunidad carmelita que se ha desarrollado allí. Actualmente ocupa el cargo de abadesa, y deja la vida eremítica varias veces al año para participar en retiros contemplativos y conferencias. Por su parte el padre William McNamara, con la autorización del papa Juan XXIII, fundó en 1960 el Instituto de vida espiritual, pequeña comunidad monástica de hombres y mujeres que viven siguiendo el primitivo ideal carmelita. Su deseo era crear un entorno contemplativo que satisficiera las necesidades personales y existenciales de personas de todas las capas sociales inclinadas a la espiritualidad. Se puede consultar www.spirituallifeinstitute.org/index.html
[1] Un kōan (en japonés: kōan, en chino gōng-àn) es, en la tradición zen, un problema que el maestro plantea al novicio para comprobar sus progresos. Muchas veces el koan parece un problema absurdo, ilógico o banal. Para resolverlo el novicio debe desligarse del pensamiento racional y aumentar su nivel de conciencia para adivinar lo que en realidad le está preguntando el maestro, que trasciende al sentido literal de las palabras (N. del E.)
[2] Incluimos también una columna llamada Contemplación para todos en nuestra revista trimestral Desert Call, donde invitamos a personas de todas las clases sociales a escribir sobre los obstáculos que encuentran y las lecciones que han aprendido para superarlos. Nuestra hoja informativa, Nada Network, es también un foro de intercambio entre el monasterio y el mundo.

VISUAL THEOLOGY

Icon with the Presentation of Christ in the Temple, 1400–1500, Byzantine Wood, painted, with gold ground, 44.5 x 42.2 cm, Metropolitan Museum of Art (New York) ■ Icons painted on wood were the principal objects of religious devotion in the last centuries of Byzantium. Identified by a Greek inscription as "the Purification," this icon shows the Virgin presenting the Christ Child to Simeon for the customary rite of purification at the temple. Like Simeon, the prophet Anna (between Joseph and Mary) recognized the child's divinity, as indicated by the Greek text on the scroll in her hand: "This child created Heaven and Earth."
Although the few of Bethlehem have become many, believers in Jesus Christ always seem to be few. Many have seen the star, but few have understood its message. Scripture scholars of Jesus' time knew the word of God perfectly. They were able to say without any difficulty what was to be found in Scripture regarding the place in which the Messiah would be born, but, as St. Augustine says, "as the milestones (that indicate the way), they remained inert and immovable" (Sermo 199. In Epiphania Domini, 1, 2). Hence, we can ask ourselves: What is the reason that some see and others do not? What is it that opens the eyes and heart? What is missing in those who remain indifferent, from those who indicate the way but do not move? We can answer: the excessive certainty in themselves, the pretension of knowing reality perfectly, the presumption of already having formulated a definitive judgment on things, thus making their hearts closed and insensitive to the novelty of God. They are certain of the idea they have of the world and do not let themselves be moved in their deepest being by the adventure of a God who wants to meet them. They place more confidence in themselves than in him, and they do not consider it possible that God, being so great, can make himself small, that he can really come close to us ■ Benedict XVI, Solemnity of the Epiphany of the Lord.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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