Second Sunday in Ordinary Time

Today's gospel contains a dialogue between Jesus and his blessed mother. The dialogue is not just thrown in to keep the story interesting. It is essential to an understanding on Jesus' mission on earth as well as to the understanding of how we must live our Christian lives[1].

First of all, the setting: It's a wedding feast at Cana in Galilee, and the first public appearance of Jesus with his disciples. At this point in the Gospel of John Jesus had not performed any miracles. When Mary tells Jesus that there is no wine, Jesus appears to snap at her by saying, How does this concern of yours effect me? My hour has not yet come[2]. Then Mary seems to ignore this by telling the waiters to do whatever He says.

The dialogue was not about wine. It was about setting into motion the events which would lead to Jesus' crucifixion, death and resurrection. Once the people saw Jesus' glory they would proclaim Him as Messiah, making His hour, His death, inevitable. Mary does not respond to Jesus' question because she herself knows who He is and knows that it is now time to put His mission into motion. Jesus transforms the water into wine, by doing so he will soon transform wine into His blood.

So, the reading is about the gift of the Body and Blood of the Lord on the cross and in the Eucharist.

For Zion’s sake, I will not be silent. For Jerusalem’s sake, I will not be quiet. That comes from the first reading for this Sunday. When something wonderful happens, people talk about it, loudly, or, at least they should. We are very loud about some things which in the long run do not effect the vast majority of us, such as sports or movies, but are quiet about the one event the really matters and that has an infinite effect on each of us: the Christ event. My brother, my sister: we need to be proclaiming Jesus Christ with our lives as well as our words.

Think of this. We have received the greatest Christmas present there could possibly be. We have received the Lord. The gift is not a one time event. He keeps giving Himself to us in the Eucharist.

We need to be shouting to the world that Jesus is here, among us, in His Body and Blood. Instead, we are silent when it comes to the Eucharist. Perhaps, in our efforts to find common ground with our Protestant brothers and sisters, we barely mention what the Eucharist means to Catholics. During Christmas Day the Most Holy Sacrament was exposed here in our parish and very few people comes to visit him. Tuesday and Thursday we have also our Lord exposed in the small chapel and there few people with him. And it is sad, very sad.

Sometimes a person might ask you, “What is it about the Catholic Church that grips you? Is it the services, the music, the art? Is it the fact that Catholics know where they stand in areas of dogma, faith, and morality? What is it that grips you?” What is it that grips us? We need to look closely into ourselves and respond with the deep reality of Catholicism: We really believe in the Presence of the Lord in the Eucharist. We love receiving Him in communion. This to us is fundamental to our faith life.

We proclaim the Eucharistic Presence so that others can join us in union with Jesus at the Last Supper, on the Cross and at His Resurrection. We proclaim the Eucharistic Presence so others can join us in the Lord’s re-creation of the world through the gift of His Body and Blood.

Today, the second Sunday in Ordinary Time, during a weeding at Canna, water has been changed into wine, and during the celebration of the mass wine will be changed into blood. My brother, my sister: do not be quiet about it. Tell the world that God loves us in ways infinitely beyond our deepest hopes and gives us a gift infinitely greater than our deepest needs ■

[1] Sunday 17th January, 2010, 2nd Sunday in Ordinary Time. Readings: Isaiah 62:1-5. Proclaim his marvellous deeds to all the nations—Ps 95(96):1-3, 7-10. 1 Corinthians 12:4-11. John 2:1-11 [St Anthony].
[2] John 2:1-11.
ilustration: Juan de Flandes, The Marriage Feast at Cana, ca. 1498–1500, (Netherlandish, active Spain by 1496, died 1519), Oil on panel, Metropolitan Museum of Art (New York).
A la orilla del Jordán,
descalza el alma y los pies,
bajan buscando pureza
doce tribus de Israel.

Piensan que a la puerta está
el Mesías del Señor
y que para recibirle
gran limpieza es menester.

Bajan hombres y mujeres,
pobres y ricos también,
y Juan, sobre todos ellos,
derrama el agua y la fe.

Mas ¿por qué se ha de lavar
a la Pureza, por qué?
Porque el bautismo hoy empieza
y ha comenzado por él. Amén.
Un nuevo Pentecostés de la Iglesia en América*

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, [...] quisiera llamar vuestra atención sobre algunos aspectos de esta bellísima estructura, que me parece que puede servir como punto de partida para una reflexión sobre nuestras vocaciones particulares dentro de la unidad del Cuerpo místico.

El primer aspecto se refiere a los ventanales con vidrieras historiadas que inundan el ambiente interior con una luz mística. Vistos desde fuera, estos ventanales parecen oscuros, recargados y hasta lúgubres. Pero cuando se entra en el templo, de improviso toman vida; al reflejar la luz que las atraviesa revelan todo su esplendor. Muchos escritores – aquí en América podemos recordar a Nathaniel Hawthorne – han usado la imagen de estas vidrieras historiada para ilustrar el misterio de la Iglesia misma[1]. Solamente desde dentro, desde la experiencia de fe y de vida eclesial, es como vemos a la Iglesia tal como es verdaderamente: llena de gracia, esplendorosa por su belleza, adornada por múltiples dones del Espíritu. Una consecuencia de esto es que nosotros, que vivimos la vida de gracia en la comunión de la Iglesia, estamos llamados a atraer dentro de este misterio de luz a toda la gente.

No es un cometido fácil en un mundo que es propenso a mirar “desde fuera” a la Iglesia, igual que a aquellos ventanales: un mundo que siente profundamente una necesidad espiritual, pero que encuentra difícil “entrar en el” misterio de la Iglesia. También para algunos de nosotros, desde dentro, la luz de la fe puede amortiguarse por la rutina y el esplendor de la Iglesia puede ofuscarse por los pecados y las debilidades de sus miembros. [...]

Sin embargo, la palabra de Dios nos recuerda que, en la fe, vemos los cielos abiertos y la gracia del Espíritu Santo que ilumina a la Iglesia y que lleva una esperanza segura a nuestro mundo. Señor, Dios mío, canta el salmista, envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra[2]. Estas palabras evocan la primera creación, cuando el Aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas[3]. Y ellas impulsan nuestra mirada hacia la nueva creación, hacia Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles e instauró la Iglesia como primicia de la humanidad redimida[4]. Estas palabras nos invitan a una fe cada vez más profunda en la potencia infinita de Dios, que transforma toda situación humana, crea vida desde la muerte e ilumina también la noche más oscura. Y nos hacen pensar en otra bellísima frase de san Ireneo: Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia[5].

Esto me lleva a otra reflexión sobre la arquitectura de este templo. Como todas las catedrales góticas, tiene una estructura muy compleja, cuyas proporciones precisas y armoniosas simbolizan la unidad de la creación de Dios. Los artistas medievales a menudo representaban a Cristo, la Palabra creadora de Dios, como un “aparejador” celestial con el compás en mano, que ordena el cosmos con infinita sabiduría y determinación. Esta imagen, ¿no nos hace pensar quizás en la necesidad de ver todas las cosas con los ojos de la fe para, de este modo, poder comprenderlas en su perspectiva más auténtica, en la unidad del plan eterno de Dios? Esto requiere, como sabemos, una continua conversión y el esfuerzo de renovarnos en el espíritu de nuestra mente[6] para conseguir una mentalidad nueva y espiritual. Exige también el desarrollo de aquellas virtudes que hacen a cada uno de nosotros capaz de crecer en santidad y dar frutos espirituales en el propio estado de vida. Esta constante conversión “intelectual”, ¿acaso no es tan necesaria como la conversión “moral” para nuestro crecimiento en la fe, para nuestro discernimiento de los signos de los tiempos y para nuestra aportación personal a la vida y misión de la Iglesia? [...]

Aquí, en el contexto de nuestra necesidad de una perspectiva fundamentada en la fe, y de unidad y colaboración en el trabajo de edificación de la Iglesia, querría decir unas palabras sobre los abusos sexuales que han causado tantos sufrimientos. Ya he tenido ocasión de hablar de esto y del consiguiente daño para la comunidad de los fieles. Ahora deseo expresaros sencillamente, queridos sacerdotes y religiosos, mi cercanía espiritual, al mismo tiempo que tratáis de responder con esperanza cristiana a los continuos desafíos surgidos por esta situación. Me siento unido a vosotros rezando para que éste sea un tiempo de purificación para cada uno y para cada Iglesia y comunidad religiosa, y también un tiempo de sanación. Os animo también a colaborar con vuestros Obispos, que siguen trabajando eficazmente para resolver este problema. Que nuestro Señor Jesucristo conceda a la Iglesia en América un renovado sentido de unidad y decisión, mientras todos –Obispos, clero, religiosos, religiosas y laicos – caminan en la esperanza y en el amor recíproco y para la verdad.

Queridos amigos, estas consideraciones me llevan a una última observación sobre esta gran catedral en la que nos encontramos. La unidad de una catedral gótica, es sabido, no es la unidad estática de un templo clásico, sino una unidad nacida de la tensión dinámica de diferentes fuerzas que empujan la arquitectura hacia arriba, orientándola hacia el cielo. Aquí podemos ver también un símbolo de la unidad de la Iglesia que es – como nos ha dicho san Pablo - unidad de un cuerpo vivo compuesto por muchos elementos diferentes, cada uno con su propia función y su propia determinación. Aquí vemos también la necesidad de reconocer y respetar los dones de cada miembro del cuerpo como manifestación del Espíritu para provecho común[7]. Ciertamente, en la estructura de la Iglesia querida por Dios se ha de distinguir entre los dones jerárquicos y los carismáticos[8]. Pero precisamente la variedad y riqueza de las gracias concedidas por el Espíritu nos invitan constantemente a discernir cómo estos dones tienen que ser insertados correctamente en el servicio de la misión de la Iglesia. [...]

Queridos hermanos y hermanas, [...] las agujas de las torres de la catedral de san Patricio han sido muy superadas por los rascacielos del tipo de Manhattan; sin embargo, en el corazón de esta metrópoli ajetreada ellas son un signo vivo que recuerda la constante nostalgia del espíritu humano de elevarse hacia Dios. En esta Celebración eucarística queremos dar gracias al Señor porque nos permite reconocerlo en la comunión de la Iglesia y colaborar con Él, edificando su Cuerpo místico y llevando su palabra salvadora como buena nueva a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Y después, cuando salgamos de este gran templo, caminemos como mensajeros de la esperanza en medio de esta ciudad y en todos aquellos lugares donde nos ha puesto la gracia de Dios. De este modo la Iglesia en América conocerá una nueva primavera en el Espíritu e indicará el camino hacia aquella otra ciudad más grande, la nueva Jerusalén, cuya luz es el Cordero[9]. Por esto Dios está preparando también ahora un banquete de alegría y de vida infinitas para todos los pueblos. Amen ■


* Homilía de Su Santidad Benedicto XVI en la misa en la catedral de San Patricio (Nueva York), sábado 19 de abril del 2008.
[1] El Papa se refiere a Nathaniel Hawthorne (1804 –1864), novelista y cuentista estadounidense considerado figura clave en el desarrollo de la literatura norteamericana en sus orígenes (N. del E.)
[2] Sal 104, 30.
[3] Gn 1, 2.
[4] Cfr Jn 20, 22-23.
[5] Adv. Haer. III, 24, 1.
[6] Cfr Ef 4, 23.
[7] Cfr 1 Co 12, 7.
[8] Cfr Lumen gentium, n. 4
[9] Cfr Ap 21,23.

Mostrad al mundo la razón de la esperanza
que está en vosotros
*

Queridos jóvenes amigos, [...] mis años de teenager fueron arruinados por un régimen funesto que pensaba tener todas las respuestas; su influjo creció –filtrándose en las escuelas y los organismos civiles, así como en la política e incluso en la religión –antes de que pudiera percibirse claramente que era un monstruo. Declaró proscrito a Dios, y así se hizo ciego a todo lo bueno y verdadero. Muchos de los padres y abuelos de ustedes les habrán contado el horror de la destrucción que siguió después. Algunos de ellos, de hecho, vinieron a América precisamente para escapar de este terror.

Demos gracias a Dios, porque hoy muchos de su generación pueden gozar de las libertades que surgieron gracias a la expansión de la democracia y del respeto de los derechos humanos. [...]

Sin embargo, el poder destructivo permanece. Decir lo contrario sería engañarse a sí mismos. Pero éste jamás triunfará; ha sido derrotado. Ésta es la esencia de la esperanza que nos distingue como cristianos; la Iglesia lo recuerda de modo muy dramático en el Triduo Pascual y lo celebra con gran gozo en el Tiempo pascual. El que nos indica la vía tras la muerte es Aquel que nos muestra cómo superar la destrucción y la angustia; Jesús es, pues, el verdadero maestro de vida[1]. Su muerte y resurrección significa que podemos decir al Padre celestial: Tú has renovado el mundo[2]. De este modo, hace pocas semanas, en la bellísima liturgia de la Vigilia pascual, no por desesperación o angustia, sino con una confianza colmada de esperanza, clamamos a Dios por nuestro mundo: Disipa las tinieblas del corazón. Disipa las tinieblas del espíritu.[3]

¿Qué pueden ser estas tinieblas? ¿Qué sucede cuando las personas, sobre todo las más vulnerables, encuentran el puño cerrado de la represión o de la manipulación en vez de la mano tendida de la esperanza?

El primer grupo de ejemplos pertenece al corazón. Aquí, los sueños y los deseos que los jóvenes persiguen se pueden romper y destruir muy fácilmente. Pienso en los afectados por el abuso de la droga y los estupefacientes, por la falta de casa o la pobreza, por el racismo, la violencia o la degradación, en particular muchachas y mujeres. Aunque las causas de estas situaciones problemáticas son complejas, todas tienen en común una actitud mental envenenada que se manifiesta en tratar a las personas como meros objetos: una insensibilidad del corazón, que primero ignora y después se burla de la dignidad dada por Dios a toda persona humana. [...]

El segundo grupo de tinieblas –las que afectan al espíritu– a menudo no se percibe, y por eso es particularmente nocivo. [...] La libertad es un valor delicado. Puede ser malentendida y usada mal, de manera que no lleva a la felicidad que todos esperamos, sino hacia un escenario oscuro de manipulación, en el que nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo se hace confusa o se ve incluso distorsionada por quienes ocultan sus propias intenciones.

¿Han notado ustedes que, con frecuencia, se reivindica la libertad sin hacer jamás referencia a la verdad de la persona humana? Hay quien afirma hoy que el respeto a la libertad del individuo hace que sea erróneo buscar la verdad, incluida la verdad sobre lo que es el bien. En algunos ambientes, hablar de la verdad se considera como una fuente de discusiones o de divisiones y, por tanto, es mejor relegar este tema al ámbito privado. En lugar de la verdad – o mejor, de su ausencia – se ha difundido la idea de que, dando un valor indiscriminado a todo, se asegura la libertad y se libera la conciencia. A esto llamamos relativismo. Pero, ¿qué objeto tiene una “libertad” que, ignorando la verdad, persigue lo que es falso o injusto? ¿A cuántos jóvenes se les ha tendido una mano que, en nombre de la libertad o de una experiencia, los ha llevado al consumo habitual de estupefacientes, a la confusión moral o intelectual, a la violencia, a la pérdida del respeto por sí mismos, a la desesperación incluso y, de este modo, trágicamente, al suicidio? Queridos amigos, la verdad no es una imposición. Tampoco es un mero conjunto de reglas. Es el descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona; de Alguien del que siempre podemos fiarnos. Buscando la verdad llegamos a vivir basados en la fe porque, en definitiva, la verdad es una persona: Jesucristo. Ésta es la razón por la que la auténtica libertad no es optar por “desentenderse de”. Es decidir “comprometerse con”; nada menos que salir de sí mismos y ser incorporados en el “ser para los otros” de Cristo (cf. Spe salvi, 28).

Como creyentes, ¿cómo podemos ayudar a los otros a caminar por el camino de la libertad que lleva a la satisfacción plena y a la felicidad duradera? Volvamos una vez más a los santos. ¿De qué modo su testimonio ha liberado realmente a otros de las tinieblas del corazón y del espíritu? La respuesta se encuentra en la médula de su fe, de nuestra fe. La encarnación, el nacimiento de Jesús nos muestra que Dios, de hecho, busca un sitio entre nosotros. A pesar de que la posada está llena, él entra por el establo, y hay personas que ven su luz. Se dan cuenta de lo que es el mundo oscuro y hermético de Herodes y siguen, en cambio, el brillo de la estrella que los guía en la noche. ¿Y qué irradia? A este respecto pueden recordar la oración recitada en la noche santa de Pascua: ¡Oh Dios!, que por medio de tu Hijo, luz del mundo, nos has dado la luz de tu gloria, enciende en nosotros la llama viva de tu esperanza[4]. De este modo, en la procesión solemne con las velas encendidas, nos pasamos de uno a otro la luz de Cristo. Es la luz que ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos[5]. Ésta es la luz de Cristo en acción. Éste es el camino de los santos. Ésta es la visión magnífica de la esperanza. La luz de Cristo les invita a ser estrellas-guía para los otros, marchando por el camino de Cristo, que es camino de perdón, de reconciliación, de humildad, de gozo y de paz. [...]

Queridos amigos, el ejemplo de los santos nos invita, también, a considerar cuatro aspectos esenciales del tesoro de nuestra fe: oración personal y silencio, oración litúrgica, práctica de la caridad y vocaciones. [...]

En la liturgia encontramos a toda la Iglesia en plegaria. La palabra “liturgia” significa la participación del pueblo de Dios en “la obra de Cristo Sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia”[6]. ¿En qué consiste esta obra? Ante todo se refiere a la Pasión de Cristo, a su muerte y resurrección y a su ascensión, lo que denominamos “Misterio pascual”. Se refiere también a la celebración misma de la liturgia. Los dos significados, de hecho, están vinculados inseparablemente, ya que esta “obra de Jesús” es el verdadero contenido de la liturgia. Mediante la liturgia, “la obra de Jesús” entra continuamente en contacto con la historia; con nuestra vida, para modelarla. Aquí percibimos otra idea de la grandeza de nuestra fe cristiana. Cada vez que se reúnen para la Santa Misa, cuando van a confesarse, cada vez que celebran uno de los Sacramentos, Jesús está actuando. Por el Espíritu Santo los atrae hacia sí, dentro de su amor sacrificial por el Padre, que se transforma en amor hacia todos[7]. De este modo vemos que la liturgia de la Iglesia es un ministerio de esperanza para la humanidad. Vuestra participación colmada de fe es una esperanza activa que ayuda a que el mundo -tanto santos como pecadores- esté abierto a Dios; ésta es la verdadera esperanza humana que ofrecemos a cada uno[8]. [...]

Amigos, de nuevo les pregunto, ¿qué decir de la hora presente? ¿Qué están buscando? ¿Qué les está sugiriendo Dios? Cristo es la esperanza que jamás defrauda. Los santos nos muestran el amor desinteresado por su camino. Como discípulos de Cristo, sus caminos extraordinarios se desplegaron en aquella comunidad de esperanza que es la Iglesia. Y también ustedes encontrarán dentro de la Iglesia el aliento y el apoyo para marchar por el camino del Señor. Alimentados por la plegaria personal, preparados en el silencio, modelados por la liturgia de la Iglesia, descubrirán la vocación particular a la que el Señor les llama. Acójanla con gozo[9].

Hoy son ustedes los discípulos de Cristo. Irradien su luz en esta gran ciudad y en otras. Den razón de su esperanza al mundo. Hablen con los demás de la verdad que les hace libres. Con estos sentimientos de gran esperanza en ustedes, les saludo con un “hasta pronto”, hasta encontrarme de nuevo con ustedes en julio, para la Jornada Mundial de la Juventud en Sydney. Y, como signo de mi afecto por ustedes y sus familias, les imparto con alegría la Bendición Apostólica ■


* Palabras de Su Santidad Benedicto XVI a los jóvenes en el Seminario de Saint Joseph (Nueva York), el sábado 19 de abril del 2008.
[1] Cfr Spe salvi, n. 6
[2] Viernes Santo, Oración después de la comunión
[3] Cfr Oración al encender el cirio pascual.
[4] Cfr Bendición del fuego
[5] Exsultet.
[6] Cfr Sacrosanctum concilium, n. 7
[7] El subrayado es nuestro.
[8] Cfr. Spe salvi, n. 34
[9] El subrayado es nuestro.

The Baptism of the Lord

Today’s celebration presents Jesus being baptized by John in the Jordan River. The celebration marks the end of the Christmas Season and the beginning of Ordinary Time. It is the only Sunday of the year that belongs to two seasons. Why? This feast belongs to two seasons because it is the beginning. Jesus accepts His ministry, His reason for being. This is the beginning of the teaching, preaching and healing that make up the public ministry of the Lord[1].

The ancient Christian witnesses see a great significance in this particular Epiphany or showing of the Lord. The words of the Father, the presence of the Holy Spirit, demonstrate God’s action among His people. Jesus in His human nature has accepted the plan devised by the Father to care for his people.

Yet the crucial question in the story remains: How does this apply to us? Simply this: This Sunday leads us to consider God’s plan for our lives and how well we allow this to combine with our own plan for our lives.

Most of us grew us with goals and ideal we wanted in life. Maybe we wanted to go to college and get a great job and then get married and raise a beautiful family. Maybe some of us wanted to enter into a life of service to the Lord and to his people. And this is good, all good. This is sacrificial love. Your love of sacrifice for others, your spouse or your children, is itself the very existence of God’s love in your home, your little church.

Sometimes we ask ourselves questions whose answers are beautifully obvious: Why was I created? Or what is God’s plan for me? His plan is that you and I make a difference in the world by gifting the world with a unique reflection of His Love that only each of us could provide.
You and I are not mere numbers in a vast planet of people, perhaps even in a vast universe of rational creatures. You and I are much more than this, infinitely more than this. You and I are Christians. We are lovers, Divine Lovers. We love the Divine and the Divine loves through us. We exist to love, to love God with our whole mind, heart and soul and to love others as God loves them.

There are people in the world who will meet God by meeting you. There are people in the world who will meet God by meeting me. They are people who are searching. They are searching for meaning in life. They are searching for reasons behind their joy and pain, their sadness and hurts. They seek lasting happiness. They search for answers and they rely on us, you and me, to help them find these answers.

We Christians believe that life is not just a matter of biology. Life is not just a matter of survival. Life is not just a matter of chance. We Christians believe that life, authentic life, consists in serving God by making the Presence of Jesus Christ a reality in the lives of others.

That is why we embrace the work of the Lord until the last day we live. That is why each stage of our lives presents us with a challenge, a new way to serve the Lord.

We live for the Lord. We die for the Lord. We embrace the mission of the Father.

Today we join Jesus at the Jordan River. With Him we also accept the mission the Father has set aside for each one of us. And we thank God for making us part of His plan for His people.

My brother, my sister the Feast of the Baptism of the Lord marks Jesus’ initiation into public ministry. At his baptism Jesus is named the Beloved Son of God. With this celebration we recommit ourselves to follow in the footsteps of Jesus. Initiated through our baptism we too are the Beloved of God, commissioned to proclaim Good News with our lives ■

[1] The Baptism of the Lord. Readings: Isa 40:1-5, 9-11, Ps 104:1b-2, 3-4, 24-25, 27-28, 29b-30, Titus 2:11-14; 3:4-7, Luke 3:15-16, 21-2.

Ilustration: The Tintoretto, Baptism of Christ, 1579-81, Oil on canvas, Scuola Grande di San Rocco, Venice.
Reyes que venís por ellas,
no busquéis estrellas ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

Mirando sus luces bellas,
no sigáis la vuestra ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

Aquí parad, que aquí está
quien luz a los cielos da:
Dios es el puerto más cierto,
si habéis hallado puerto
no busquéis estrellas ya.

No busquéis la estrella ahora:
que su luz ha oscurecido
este Sol recién nacido
en esta Virgen Aurora.

Ya no hallaréis luz en ellas,
el Niño os alumbra ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

Aunque eclipsarse pretende,
no reparéis en su llanto,
porque nunca llueve tanto
como cuando el sol se enciende.

Aquellas lágrimas bellas
la estrella oscurecen ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas. Amén ■

La Epifanía del Señor

Me recordaba el otro día una amiga a la que quiero mucho lo inagotable que es esta hermosa religión cristiana nuestra. Da para todos –decía- da para todo; es una pena que muchos la cuadriculen y desgasten. Es verdad. Hoy, fiesta de la Epifanía del Señor hemos de hacer un esfuerzo por darle a ésta fiesta llena de luz su auténtico significado. Como tantas otras esta celebración –llamada vulgarmente día de Reyes- se ha comercializado hasta el extremo. De ahí la urgencia y el esfuerzo que tenemos que hacer para recuperar su sentido originario[1].

Para los creyentes la Epifanía es el otro nombre que recibe la Navidad, el nombre que le dieron las iglesias orientales desde el principio. Si la Navidad, fiesta de origen latino, alude al nacimiento: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros[2], la Epifanía significa manifestación, y nos recuerda la idea de alumbramiento, de dar a luz: hemos visto su gloria, gloria propia del Hijo del Padre, lleno de gracia y de verdad[3]. Por lo tanto la metáfora bíblica de esta fiesta es la luz. Por el nacimiento de Jesús en Belén creemos que la Verdad de Dios, la Palabra, es un hecho, una vida, y no sólo una doctrina.

Por la manifestación del Señor reconocemos que esa vida, ese nacimiento, trasciende el marco doméstico y familiar y pertenece a la historia de salvación. El Hijo de María es noticia, o mejor dicho: la Buena Noticia para todos.

Jesús nace en Belén para todos los hombres, para los cercanos y para los lejanos, para los judíos y para los gentiles, para los pastores y para los magos que vienen de oriente. No hay acepción de personas. Sin embargo, los primeros en recibirlo son aquellos que nada tienen: los pastores, y esto para que se vea que a los pobres se les anuncia el reino de Dios, como había dicho el profeta Isaías y como el mismo Mateo pone en labios de Jesús[4].

Después vienen los magos guiados, por una estrella. Esa estrella es la debe conducirnos a todos, la que nos saca de casa, de las certezas humanas y demasiado humanas, pero sobre todo de la pretensión de poseer la verdad. Es la pregunta que busca y nos pone en camino más allá de nuestros prejuicios e intereses, no el interrogatorio que inquiere y persigue, es la fides quaerens intellectum, que diría San Anselmo[5]. Es la pregunta en la que se formula el deseo y la esperanza no el interrogatorio en que se pone en guardia el recelo y el miedo. Herodes interroga a los magos y termina persiguiendo a los niños inocentes. Los magos preguntan, Herodes se sobresalta y, con él, toda la ciudad de Jerusalén[6], pero los magos se llenan de inmensa alegría al salir de esa ciudad y ver de nuevo la estrella.

Para hallar la verdad que nace en Belén de Judá, hay que salir de los muros y de los convencionalismos, guiados por esa estrella, por esa pregunta, que nos hace peregrinos y mendigos de la verdad, hambrientos de ella y no poseedores y satisfechos de nuestras pobres verdades.

Aquellos que se creen en posesión de la verdad, que lo único que hacen es enseñar sus verdades a los demás y mirándolos por encima del hombro, son la contradicción manifiesta de la estrella de los magos. Éstos dejaron atrás su sabiduría para buscar la sabiduría de Dios. No fueron a Belén cargados de razón, sino preocupados y encaminados por una pregunta. Se acercaron al pesebre de Belén para contemplar la verdad hecha carne, no para llevar a su escuela al hijo de María y José.

Si la Palabra de Dios se hace carne entre los pobres y sencillos, y estos son los primeros en escuchar la buena nueva del Evangelio, hemos entonces de acercarnos a ellos con más preguntas que respuestas. Con el ánimo de aprender lo que realmente importa a los ojos de Dios; de ver en su vida, en su lucha, cómo se abre camino y se hace carne la promesa de Dios.

Aquellos magos que llegan hasta Belén nos representan a todos –en esto resulta muy acertada la intuición popular, que atribuye a cada uno de los magos una raza diferente. La Epifanía se convierte en la fiesta de la universalidad de la salvación y, por tanto, de la catolicidad de la Iglesia. Universalidad y catolicidad que en modo alguno significa uniformidad, sino que respeta y promueve las ricas diferencias de raza, lengua y cultura ■


[1] La Epifanía es una de las fiestas litúrgicas más antiguas, más aún que la misma Navidad. En Egipto y Arabia se celebraba el solsticio de invierno en el año 361.Ya en el siglo XV existía en Florencia una hermandad denominada la "Compagnia dei Magi" se trataba de una de las congregaciones más importantes de la ciudad. Esta hermandad imitaba cada cinco años el viaje de los Reyes Magos por las calles de Florencia, encuadrándose entre los episodios más suntuosos de la ciudad toscana.
[2] Jn 1, 14.
[3] Id. 15.
[4] Cfr Mt, 11, 2-11
[5] La fe que busca entender.
[6] Cfr Mt 2, 2.
Como yo”, les dijo, “os habéis tardado en llegar: los pastores ya estaban aquí y se unieron al coro de los ángeles, cuando vosotros aún no os poníais en camino. Por vosotros fue alterado el orden primitivo del firmamento y una nueva luz resplandeció desafiante entre las desconcertadas estrellas. “Con cuánto trabajo llegasteis, observando los cielos y haciendo cálculos, en tanto que los pastores, descalzos, vinieron corriendo. ¡Qué curiosos os veríais por el camino, rodeados de tantos sirvientes ataviados con tan extrañas libreas y cargados con tan absurdos regalos! “Por fin alcanzasteis la última etapa de vuestra peregrinación y la gran estrella se mantuvo quieta arriba de vosotros. Y, entonces, ¿qué hicisteis? Os detuvisteis a saludar al rey Herodes. ¡Mortal intercambio de cumplidos que diera principio a la inacabable guerra de las turbas y los magistrados en contra de los inocentes!. “A vuestra llegada a Belén no fuisteis despedidos y hubo un sitio para vosotros en el pesebre pues, en este nuevo orden de caridad que apenas nacía, no erais menos- a los ojos de la Sagrada Familia- que el asno y el buey. No se necesitaba de vuestros regalos, pero fueron aceptados y guardados cuidadosamente por que habían sido traídos con amor”. “Sois mis especiales patronos”, dijo Elena, “y patronos de todos los que llegan tarde, de los que tienen que hacer un tedioso viaje para dar con la verdad, de todos los que están confundidos de tanto conocer y tanto especular, de todos los que, por cortesía, se hacen cómplices, de todos los que peligran en razón de su propio talento. “Queridos parientes, rogad por mí”, dijo Elena, “y por mi pobre hijo, abrumado de preocupaciones; que él también encuentre, antes del final, un rincón en la paja donde pueda arrodillarse. Rogad por los grandes, para que no perezcan por completo, y rogad por Lactancio y Marcias y por los jóvenes poetas de Tréveris y por las almas de mis rústicos e ignorantes ancestros; por Ulises su astuto adversario, y por el gran Longinos. “Por amor de Aquel que no despreció vuestros curiosos regalos, rogad siempre por los doctos, los tortuosos, los refinados. Porque no sean del todo olvidados ante el trono de Dios, cuando los pobres de espíritu lleguen a su reino” ■

VISUAL THEOLOGY

Flask with Adoration of the Magi, 500s Byzantine Silver with gilded silver (31.4 cm), Max. Diam. (10 cm). The Cloisters Collection, by exchange, Metropolian Museum o Art (New York) ■ In the varied depictions of the events of the life of Christ that appear in the art of the early church, some have details that later were omitted from the more usual narratives of the event. Here the three Magi come to offer their gifts to the Christ Child sitting upright in his mother's lap. Her high-backed latticework chair resembles those holding the seated figures, including Christ, on the Antioch Chalice, a work close in date. Above the Christ Child is the star described in the Gospel of Matthew (2:1&151;12) as having led the three wise men to Christ. In addition, the archangel Gabriel is shown dramatically striding forward presenting the three Magi with their gifts to the Christ Child. The archangel is described as their guide only in the Armenian Infancy Gospel, a popular early text elaborating the gospel descriptions of Christ's early life. At the base of the flask are phoenixes, birds whose legendary rebirth from the ashes of a fire may have been meant to symbolize the salvation offered by Christ's birth. With its unusual iconography, or imagery, this work may have been used by any of the Christian communities in the East.
For most people, the things of God are not given priority, they do not impose themselves on us directly, and so the great majority of us tend to postpone them. First we do what seems urgent here and now. In the list of priorities God is often more or less at the end. We can always deal with that later, we tend to think. The Gospel tells us: God is the highest priority. If anything in our life deserves haste without delay, then, it is God's work alone. The Rule of Saint Benedict contains this teaching: "Place nothing at all before the work of God (i.e. the divine office)". For monks, the Liturgy is the first priority. Everything else comes later. In its essence, though, this saying applies to everyone. God is important, by far the most important thing in our lives. The shepherds teach us this priority. From them we should learn not to be crushed by all the pressing matters in our daily lives. From them we should learn the inner freedom to put other tasks in second place -- however important they may be -- so as to make our way towards God, to allow him into our lives and into our time. Time given to God and, in his name, to our neighbour is never time lost. It is the time when we are most truly alive, when we live our humanity to the full ■ Benedict XVI Christmas Vigil Mass in the Vatican.

The Epiphany of the Lord

On a cold morning three palm fruit farmers were warming themselves by the fireside. Soon two of them were engaged in a heated debate comparing their religions to decide which one was the true religion. Okoro, the oldest among them, sat quietly listening to the discussion, suddenly the two turned to him and asked, “Decide for us, Okoro. Which religions is the right one?” Okoro rubbed his white beards and said thoughtfully, “Well, you know there are three ways to get from here to the oil mill. You can go right over the hill. That is shorter but it is a steep climb. You can go around the hill on the right side. That is not too far, but the road is rough. Or you can go around the hill on the left side. That is the longest way, but it is also the easiest.” He paused and then added, “But you know, when you get there, the mill man doesn’t ask you how you came. All he asks is, ‘Man, how good is your fruit?’”[1].

In the stories of Jesus’ birth, two special groups of people came to visit the new-born babe: the shepherds and the magi. The church has no special feast to commemorate the visit of the shepherds but we have this special feast of Epiphany today to celebrate the visit of the magi. Why is that? Well, it is because the visit of the magi is an eye-opener. The shepherds learnt of the birth of Jesus through a direct revelation from angels appearing in the midnight sky. This is direct and supernatural revelation. Many of us have no problem with that. The magi, on the other hand, learnt of the birth of Jesus by observing a star. The star did not say anything to them. They had to interpret this natural sign of the star to know what it meant and where it led. If we remember that the magi or the three wise men were nature worshippers, people who divined God’s will by reading the movements of the stars and other heavenly bodies, then we can see how the visit of the magi challenges some of our popular beliefs.

Like the palm fruit farmers, religious people of all persuasions tend to think that their religious tradition is the only way to God. This is what some of us hear when we hear such words of Jesus as: I am the way, and the truth, and the life. No one comes to the Father except through me”[2]. We hastily conclude that the way of God equals the way of our religious tradition. Yet the word of God cautions us against such a narrow interpretation. For my thoughts are not your thoughts, nor are your ways my ways, says the Lord[3]. That is why we are fascinated with the story of the visit of the magi. It is a unique story that opens our eyes to the fact that God is not limited to any one religious tradition.

Notice how people of different religious traditions came to know that the Son of God was born. The shepherds who were regarded as unclean and could not take part in Temple worship without undergoing purification came to know through a direct vision of angels. The magi knew through a reading of the stars. And King Herod’s scribes came to know through searching the scriptures. Visions, stars, scriptures –different ways of arriving at the same truth. Of course this does not mean that any religious tradition is just as good as the other.

Notice how Matthew indicates that when the guiding star got to Jerusalem its light failed and the magi had to consult the scriptures to direct them to Bethlehem. Over and above the natural light of the star the magi still needed the supernatural light of scripture to finally get to Jesus.

Yet the crucial question in the story remains: Who actually got to find Jesus? Herod and his scribes who had the scriptures failed to find Jesus but the magi who followed the natural light of the stars were able to find him. Why? Because the Jewish authorities, even though they possessed the shining truth of revealed scriptures, did not follow it. They did not walk in the light of the scriptures. The magi, on the other hand, who enjoyed only a star light, followed its guidance. It is not the possession of the truth that matters, it is how prepared we are to walk in the light of the truth that we possess. It is better to have the dim light of the stars and follow it than to have the bright light of the Holy Scriptures and neglect it.

As Christian we believe that our religion possesses the fullness of truth. But what does that benefit us if we do not walk in the truth? Nature worshippers or non-believers who are sincerely committed to following the dim light of natural reason may arrive at Jesus before Christians who have the exalted truths revealed by God but who do not walk the walk of faith. This is the challenging truth we celebrate today in the story of the pagan wise men who seek and find the Lord ■

[1] Feast of the Epiphany of the Lord – ABC. Readings: Isa 60:1-6, Ps 72:1-2, 7-8, 10-11, 12-13, Eph 3:2-3a, 5-6, Matt 2:1-12.
[2] John 14:6.
[3] Isaiah 55:8.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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