Sábado Santo

La afirmación de la muerte de Dios resuena, cada vez con más fuerza, a lo largo de nuestra época. En primer lugar aparece en Jean Paul, como una simple pesadilla[1]. Jesús muerto proclama desde el techo del mundo que en su marcha al más allá no ha encontrado nada: ningún cielo, ningún dios remunerador, sino sólo la nada infinita, el silencio de un vacío bostezante. Pero se trata simplemente de un sueño molesto, que alejamos suspirando al despertarnos, aunque la angustia sufrida sigue preocupándonos en el fondo del alma, sin deseos de retirarse. Cien años más tarde es Nietzsche quien, con seriedad mortal, anuncia con un estridente grito de espanto: «¡Dios ha muerto! ¡Sigue muerto! ¡Y nosotros lo hemos asesinado!». Cincuenta años después se habla ya del asunto con una serenidad casi académica y se comienza a construir una «teología después de la muerte de Dios», que progresa y anima al hombre a ocupar el puesto abandonado por él.

El impresionante misterio del sábado santo, su abismo de silencio, ha adquirido, pues, en nuestra época un tremendo realismo. Porque esto es el sábado santo: el día del ocultamiento de Dios, el día de esa inmensa paradoja que expresamos en el credo con las palabras «descendió a los infiernos», descendió al misterio de la muerte. El viernes santo podíamos contemplar aún al traspasado; el sábado santo está vacío, la pesada piedra de la tumba oculta al muerto, todo ha terminado, la fe parece haberse revelado a última hora como un fanatismo. Ningún Dios ha salvado a este Jesús que se llamaba su hijo. Podemos estar tranquilos; los hombres sensatos, que al principio estaban un poco preocupados por lo que pudiese suceder, llevaban razón.

Sábado santo, día de la sepultura de Dios: ¿No es éste, de forma especialmente trágica, nuestro día? ¿No comienza a convertirse nuestro siglo en un gran sábado santo, en un día de la ausencia de Dios, en el que incluso a los discípulos se les produce un gélido vacío en el corazón y se disponen a volver a su casa avergonzados y angustiados, sumidos en la tristeza y la apatía por la falta de esperanza mientras marchan a Emaús, sin advertir que aquél a quien creen muerto se halla entre ellos?

Dios ha muerto y nosotros lo hemos asesinado. ¿Nos hemos dado realmente cuenta de que esta frase está tomada casi literalmente de la tradición cristiana, de que hemos rezado con frecuencia algo parecido en el Vía crucis, sin penetrar en la terrible seriedad y en la trágica realidad de lo que decíamos? Lo hemos asesinado cuando lo encerrábamos en el edificio de ideologías y costumbres anticuadas, cuando lo desterrábamos a una piedad irreal y a frases de devocionarios, convirtiéndolo en una pieza de museo arqueológico; lo hemos asesinado con la duplicidad de nuestra vida, que lo oscurece a él mismo; porque, ¿qué puede hacer más discutible en este mundo la idea de Dios que la fe y la caridad tan discutibles de sus creyentes?

La tiniebla divina de este día, de este siglo, que se convierte cada vez más en un sábado santo, habla a nuestras conciencias. Se refiere también a nosotros. Pero, a pesar de todo, tiene en sí algo consolador Porque la muerte de Dios en Jesucristo es, al mismo tiempo, expresión de su radical solidaridad con nosotros. El misterio más oscuro de la fe es, simultáneamente, la señal más brillante de una esperanza sin fronteras. Todavía más: a través del naufragio del viernes santo, a través del silencio mortal del sábado santo, pudieron comprender los discípulos quién era Jesús realmente y qué significaba verdaderamente su mensaje. Dios debió morir por ellos para poder vivir de verdad en ellos. La imagen que se habían formado de él, en la que intentaban introducirlo, debía ser destrozada para que a través de las ruinas de la casa deshecha pudiesen contemplar el cielo y verlo a él mismo, que sigue siendo la infinita grandeza. Necesitamos las tinieblas de Dios, necesitamos el silencio de Dios para experimentar de nuevo el abismo de su grandeza, el abismo de nuestra nada, que se abriría ante nosotros si él no existiese ■ Meditaciones para la noche del sábado santo, JOSEPH RATZINGER

[1] El autor se refiere a Jean Paul F. Richter (1763-1825), que después de cursar sus estudios de teología en Leipzig se dedicó a la literatura, dándose a conocer con el simple nombre de Jean Paul (N. T.).
Ilustracion: Rafael Sanzio, Entierro de Cristo (1507) bosquejo en tinta (289 x 297 mm) Galleria degli Uffizi, (Florencia).
Llevaba roja la túnica,
y enrojecido el cabello.
¿De donde, con pies sangrantes, avanzas tú, Lagarero?
“Del monte de la batalla
y de la victoria vengo;
rojo fue mi atardecer, blanco será mi lucero.
Llevaba roja la túnica,
Roja de sangre y fuego.
Por toda la negra tierra el chorro de sus veneros:
sangre preciosa su sangre
que hace blanco el sufrimiento.
¡Oh Cristo, de sangre roja!
¡Oh Cristo, dolor supremo!
A ti el clamor de los hombres,
en ti nuestros clavos fieros.
Llevaba roja la túnica,
Roja de sangre y fuego. Amén ■
de la Liturgia de las Horas, del Oficio de Vísperas

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor

A este domingo la Iglesia lo ha llamado tradicionalmente de Ramos, en él se recuerda le entrada triunfal del Señor en Jerusalén en medio de palmas y hosannas[1]; es el comienzo de la Semana Santa. Únicamente dos veces al año la liturgia presenta completa la pasión del Señor[2], ésta es una de ésas dos ocasiones.

El Señor entra en la ciudad santa sobre un burro, como un príncipe de la paz, como un rey espiritual, como un salvador de almas. El borriquillo no tenia en Oriente ni el sentido rústico en occidente le hemos atribuido, ni la ternura poética que le dio Juan Ramón Jiménez. El asno era, en Palestina, cabalgadura de personas nobles, ya desde los tiempos de Balaán[3].

Y el Señor, al elegir esa montura, no busca tanto la humildad, como el animal normal entre las personas de su país, similar al que la novia usaba el día de su boda o al que se ofrecía a cualquier persona a quien se quisiera festejar. Jesús busca, sobre todo, el cumplimiento de una profecía. Cuando los evangelistas señalan con tanta precisión la profecía de Zacarías es porque, casi seguramente, el mismo Maestro aludió expresamente a ella:

¡Exulta sin freno, hija de Sión!
¡Grita de alegría, hija de Jerusalén!
He aquí que viene a ti tu rey.
Justo él y victorioso,
humilde y montado en un asno,
en un pollino, crío de asna
[4].

La profecía de Zacarías nos ayuda a entender la escena en toda su profundidad: se trata evidentemente de un rey, pero de un rey mucho más espiritual que político.

¿Comprendieron esto último en toda su profundidad aquellos que estaban con el Señor en esos momentos? Posiblemente no. Y quizás veinte siglos después nos suceda lo mismo.

El Domingo de Ramos –y lo mismo toda la Semana Santa- no es una celebración más o menos larga -o más o menos aburrida- con la que hay que cumplir año con año y que, de paso tranquiliza la conciencia.

En el Domingo de Ramos histórico vemos a unas docenas –tal vez centenares- de personas que gritan en torno a Jesús. No son revolucionarios ni guerrilleros como muchos han querido ver, son –como cada uno de nosotros- personas llenas de esperanza pero que no saben con mucha claridad qué es lo que esperan.

Jesús, por primera vez en su vida permite aquellos aplausos y aquellos gritos. Él mismo sabe que muy pocos entienden claramente el sentido verdadero de su misión y cuál es la salvación que él trae. Sabe también que pronto vendrá la noche, y que sus apóstoles –y muchos de nosotros- no estaremos con él.

Dejémonos guiar a lo largo de estos días por la liturgia de la Iglesia. Pongamos atención a cada una de las celebraciones. Ciertamente habrá parroquias en que los oficios estén menos preparados; habrá otras en los que lo estén más, sin embargo el Espíritu de Dios latirá en todos ellos. Jesucristo nunca deja sin intrínseca protección a su Esposa. Ni a ninguno de nosotros. Es cuestión de atención y cariño. Es cuestión de amor ■

[1] La palabra Hosanna en su sentido etimológico primitivo tenía un sentido directísimamente religioso y se traducía por “Yahvé salva”. Pero en tiempos de Cristo había perdido su sentido etimológico y se había quedado como puro grito de júbilo que equivaldría simplemente a nuestro “¡Viva!”. A esto se añadía un segundo dato importante. En la fiesta de los tabernáculos todo judío llevaba en sus manos dos ramos –el lulag y el etrong- el primero de los cuales era de cedro, y el segundo una palma, adornada con mirto y sauce. Esta palma, que los judíos agitaban en esa procesión, había tomado el nombre de Hosanna, precisamente del grito que se pronunciaba al agitarla. La palabra, pues, había perdido todo sentido político y era una pura manifestación de entusiasmo que podía unirse a cualquier otra frase. De hecho, en este caso, el contexto del Hosanna es simplemente un sinónimo de “bendito”, con lo que la teoría de Joel Carmichel –por citar sólo un ejemplo- de subrayar el carácter político-revolucionario de la entrada del Señor en Jerusalén, resulta inútil.
[2] El Domingo de Ramos y el Viernes Santo.
[3] Cfr Num 22, 21. el asno era montura de honor ya en el segundo milenio antes de Cristo, Cfr también Jc 5, 10; 10, 4; 12,14.
[4] Seguimos la traducción propuesta por la Biblia de Jerusalén. El Mesías será humilde (‘anî) cualidad que Sofonías (3,12) atribuiría al pueblo futuro, renunciando al boato de los reyes históricos. Así, el rey mesiánico tendrá la antigua montura de los príncipes (Cfr Gen 49, 1. y se dice que el rey es justo no en el sentido de que el administrará justicia (Cf. Is 11, 3-5), sino en el sentido de que será objeto de la justicia de Yahvé, es decir, de su poderosa protección (Cfr Is 45, 21-25). Si hoy tienes un momento –no es ninguna irreverencia hacerlo; la música es buena porque viene de Dios- y quieres experimentar con los sentidos –que también son obra de Dios- la alegría que suponía ésta profecía para los israelitas, te sugiero que escuches el aria que compuso Haendel para su Mesías correspondiente a ésta profecía (Za 9:9-10), el texto inglés es bastante expresivo, y la música del autor lo hace aún más:
Rejoice greatly, O daughter of Zion;
shout, O daughter of Jerusalem: behold,
thy King cometh unto thee. He is the
righteous Saviour and He shall speak
peace unto the heathen.

Ilustración: Imagineria popular, Apóstoles durmiendo, Convento de Santa Catalina, Sevilla.
When we sing the Psalms, the words that are placed before us by the Church are supposed to awaken all the deepest powers of our being and raise us up to God-or rather to show us that, because of the death and Resurrection of Christ, we find ourselves at this very moment in God, Whose Kingdom has come and is waiting to be revealed in us His sons and daughters. How will it be revealed to the world unless it first be realized in us, in whom the Scriptures are to be fulfilled? ■ Thomas Merton, Bread in the Wilderness (New York: New Dimensions, 1953): 133.

Palm Sunday of the Lord's Passion

In the course of the entire liturgical year, Palm Sunday is the only occasion, besides Good Friday, in which the Gospel of Christ's Passion is read. Not being able to comment on the whole long narrative, I would like to share with you some brief ideas about the tremendous chapter of the Lord on the Mount of Olives[1]. The French philosopher Pascal[2] wrote that «Christ is in agony on the Mount of Olives until the end of the world. He should not be abandoned during this whole time»[3].

My brothers and sisters, the Lord is in agony wherever there is a human being that struggles with sadness, fear, anxiety, in a situation where there is no way out, as he was that day. We can do nothing for the Jesus who was suffering then but we can do something for the Jesus who is in agony today. Every day we hear of tragedies that occur, sometimes in our own neighborhood, in the house across the street, without anyone being aware of it.

How many Mount of Olives, how many Gethsemanes in the heart of our cities and parishes! Let us not abandon those who are there within.

On the cross Jesus expiated in advance all the atheism that exists in the world, not only that of declared atheists, but also that of practical atheists, the atheism of those who live as if God did not exist relegating him to the last place in their life.

It is our atheism, because, in this sense, we are all atheists –some more, some less- those who do not care about God. God too is one of the marginalized today; he has been pushed to the margins of the lives of the majority of men.

Here too it is necessary to say with Pascal Jesus is on the cross until the end of the world. He is in all the innocent who suffer. He is nailed to the cross of the gravely ill. The nails that hold him fast on the cross are the injustices that are committed against the poor, against the life, against the innocents[4].

In all of the depictions of the deposition from the cross, the figure of Joseph of Arimathea always stands out[5]. He represents all of those who, even today, challenge the public opinion, to draw near to the condemned, the excluded, those sick with AIDS, and who are occupied with helping some of them to descend from the cross.

For some those who are crucified today, the designated and awaited Joseph of Arimathea could very well be I or you. This morning in the middle of the celebration of the mass let us think about it and ask, trough the intercession of our blessed Mother the Virgin Mary the courage we need ■

[1] Sunday 5th April, 2009, Passion (Palm) Sunday. Isaiah 50:4-7. My God, my God, why have you abandoned me?—Ps 21(22):8-9, 17-20, 23-24. Philippians 2:6-11. Mark 14:1 – 15:47. [St Vincent Ferrer]
[2] Blaise Pascal was a French mathematician, physicist, and religious philosopher. The Pensées (literally, "thoughts") represented a defense of the Christian religion. Pascal's religious conversion led him into a life of asceticism, and the Pensées was in many ways his life's work. The Pensées is in fact a name given posthumously to his fragments, which he had been preparing for an Apology of Christian Religion which was never completed.
[3] Pensées, 553.
[4] There is a brief story. In a Nazi concentration camp a man was hung. Someone, pointing at the victim, angrily asked a believer who was standing next to him: “Where is your God now?” “Do you not see him?” he answered. “He is there hanging from the gallows”.
[5] Joseph of Arimathea was, according to the Gospels, the man who donated his own prepared tomb for the burial of Jesus after Jesus' Crucifixion. A native of Arimathea, he was apparently a man of wealth, and probably a member of the Sanhedrin, which is the way literally “counselor”, in Matthew 27:57 and Luke 23:50 is often interpreted. Joseph was an “honourable counsellor, who waited (or "was searching") for the kingdom of God”, according to Mark 15:43. In John 19:38 he was secretly a disciple of Jesus: as soon as he heard the news of Jesus' death, he “went in boldly unto Pilate, and craved the body of Jesus”.
Ilustration: Circle of Pietro Novelli (Italian) The Agony in the Garden (about 1640?), Pen and brown ink, brown wash, and black chalk 11 3/8 x 8 3/8 in. 94.GA.96 . Getty Museum of Art.

V Domingo de Cuaresma

A pocos días de asomarnos un año más a los misterios de la Pasión y muerte del Señor es bueno que saquemos tiempo para hablar con el en el silencio de la oración y meditar sobre el sentido de Su muerte, y también de la nuestra.

Con la lectura o la escucha atenta del evangelio a lo largo del año litúrgico o en la meditación personal, hemos ido observando que el Señor es consciente que tiene vida en si mismo, una vida que nadie le puede arrebatar,[1] y que por eso acepta la muerte no pasivamente sino activamente. Jesús entiende su muerte como una entrega[2], como un acto de servicio, y lo que es más importante: mientras llega la muerte se dedica a amar; intensifica más su amor cuanto más cerca tiene la muerte: Sabiendo Jesús que se acercaba su hora de pasar de este mundo al Padre amo a los suyos hasta el fin[3]. Éstas mismas palabras la Liturgia de la Iglesia quiso ponerlas en una de sus Plegarías Eucarísticas inmediatamente después de la epíclesis: Porque Él mismo, llegada la hora en que habría de ser glorificado por ti, Padre Santo, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo[4].

En éstas palabras tenemos una de las grandes claves para acercarnos a la muerte del Señor: para él morir es regresar a la casa del Padre, por eso no siente miedo ni acobardamiento, por eso tiene que amar más deprisa y más entregadamente, porque le queda poco tiempo.

La misma debe ser la respuesta de los cristianos al enfrentarnos a la muerte.

El padre Augusto Valensin lo glosaba así en un texto inolvidable:

«Los sentimientos que me gustaría tener en aquella hora (y que actualmente tengo) son estos: pensar que voy a descubrir la ternura. Yo sé que es imposible que dios me decepcione. ¡Solo esa hipóstesis es absurda! Yo iré hasta él y le diré: no me glorío de nada más que de haber creído en tu bondad. Ahí es donde esta mi fuerza. Si esto me abandonase, si me fallase la confianza en tu amor, todo habría terminado, porque no tengo el sentimiento de valer nada sobrenaturalmente. Pero, cuando más avanzo por la vida, mejor veo que tengo razón al representarme a mi Padre como indulgencia infinita.

»Aunque los maestros de la vida espiritual digan lo que quieran, aunque hablen de justicia, de exigencias, de temores, el juez que yo tengo es aquel que todos los días se subía a la terraza para ver si por el horizonte asomaba el hijo pródigo de vuelta a casa. ¿Quién no querría ser juzgado por él? San Juan escribe: Quien teme, no ha llegado a la plenitud del amor. Yo no temo a Dios, y el motivo no es tanto que yo le ame, como el que sé que me ama él. Y no siento necesidad de preguntarme por qué me ama mi Padre o qué es lo que él ama de mí. Me costaría mucho responder a estas preguntas. Sería totalmente incapaz de responder. Pero yo sé que él me ama porque es amor; y basta que yo acepte ser amado por él, para que me ame efectivamente. Basta con que yo realice el gesto de aceptar.

»Padre mío, gracias porque me amas. No seré yo el que grite que soy indigno. Porque, efectivamente, amarme a mí tal como soy, es digno de tu amor esencialmente gratuito. Este pensamiento de que me amas porque te da la gana me encanta. Y así puedo librarme de todos los escrúpulos, de la falsa humildad que descorazona, de la tristeza espiritual, de todo miedo a la muerte»
[5].

Podríamos decir que éste domingo –el V y último del tiempo de Cuaresma- es como el atardecer de la vida del Señor. Él se encamina hacia el horizonte del dolor y de la cruz. Sus años de predicación han terminado. Ha dado ya a los hombres su mensaje con palabras. Doce lo han seguido más de cerca. Se han ido a vivir con él. Ahora ya no tiene más armas que las de su carne. Habrá que demostrar, en una última semana trágica que todo lo que ha dicho es verdad. Será necesario dejar las palabras, para que se vea ya sólo a la Palabra[6].

Este Jesús de ahora es el Jesús del atardecer, al que rezaba santa Gertrudis[7]. El Jesús que encontraremos en la frontera que hay entre nuestra muerte y nuestra resurrección. El Jesús al que hoy, en el silencio de nuestra oración, en la quietud de nuestro corazón contemplamos valiente y sereno.

A éste Jesús del atardecer levantamos nuestro corazón, con la misma actitud de los griegos que se acercan a Felipe en el Evangelio[8] y tomando prestadas las palabras de otra grande de la santidad, Teresa de Jesús:

Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego.

Vea quién quisiere
rosas y jazmines,
que si yo te viere,
veré mil jardines,
flor de serafines;
Jesús Nazareno,
véante mis ojos,
muérame yo luego.

No quiero contento,
mi Jesús ausente,
que todo es tormento
a quien esto siente;
sólo me sustente
su amor y deseo;

Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego
[9] ■

[1] Cfr Jn 3,35; 7, 30-44; 8, 20; 10,39.
[2] Cfr Lc 22, 27; Mc 10,45.
[3] Jn 13,1.
[4] Cfr Misal Romano, Ordinario de la Misa, Plegaria Eucarística IV.
[5] Citado por J.L. Martin Descalzo en Vida y Misterio de Jesús de Nazareth, ed. Sígueme, Salamanca, 1989, p. 787.
[6] Cfr Jn 1, 1.
[7] Santa Gertrudis de Helfta (1256 -1302), monja cisterciense y escritora mística, también es conocida como Gertrudis la Grande, o Gertrudis la Magna. Toda la obra de Gertrudis se organiza en torno a la vida monástica, cuyo centro es la Liturgia de las Horas, la Eucaristía y la Lectio Divina. Su espiritualidad es de carácter cristocéntrico, destacando especialmente la imagen del Corazón de Jesús, símbolo del amor divino. Sus obras, junto con la de Matilde de Hackeborn, son uno de los testimonios más antiguos de esta devoción. La presencia de la Virgen María también es importante, pero su mariología se integra por completo en su cristología. Respecto a las virtudes, tiene una visión optimista y positiva, en clave de acogida de la gracia divina y de progresiva unión con Cristo, más que como una lucha contra los vicios y las pasiones. Junto a esto desarrolla la idea de la suplencia de Cristo, por la que el amor de Jesús le lleva a suplir y subsanar con sus méritos y virtudes la insuficiencia del hombre para salvarse. Todo ello entrega al hombre la libertad de corazón. Quizá este sea el rasgo que más llamó la atención a sus lectores. Gertrudis se siente soberanamente libre confiando plenamente en el amor y la misericordia de Cristo. Ello la hizo ser optimista e intrépida, manifestándolo por ejemplo en su práctica de comulgar siempre que podía, algo impensable para su tiempo, por las oraciones, ayunos y ejercicios necesarios para prepararse. Gertrudis murió el 17 de noviembre de 1302 a los 45 años de edad. Sus escritos y espiritualidad pasaron desapercibidos hasta 1536 en que los cartujos de Colonia imprimen el Heraldo. La aceptación y éxito fue enorme, y se produjo toda una corriente espiritual en torno a ella que se tradujo en reediciones continuas de sus escritos y numerosas biografías. Por tal éxito, y al desconocer el apellido, empezó a ser llamada Gertrudis la Grande o la Magna. En el siglo XVII es tal la veneración en torno a su persona que Roma considera aprobar su culto en la Orden Benedictina y en otras Congregaciones religiosas. El 22 de enero de 1678 fue inscrita oficialmente en el Martirologio Romano, y en 1739 su fiesta se elevó a memoria para toda la Iglesia Católica. Actualmente ha sido propuesta para ser nombrada Doctora de la Iglesia.
[8] Cfr Jn 12, 20-33.
[9] El P. Andrés de la Encarnación la recogió en su colección con serias dudas de su autenticidad teresiana. Parece cierto que es obra de la religiosa que se lo cantó a la Santa, sumiéndola en un dulce éxtasis, Isabel de Jesús Jimena. Cuando la santa pasaba por Salamanca solía decirle: «Venga acá, hija mía, cánteme aquella coplillas». Vicente de la Fuente, que hizo suyo todo el arsenal acumulado por los antiguos carmelitas, la publicó con el n. 4 de sus Poesías, advirtiendo: «Por mi parte, no la creo tampoco ajena de la pluma de Santa Teresa» (BAE 53, Madrid 1923, p. 510). Y para los que dicen que la vida religiosa no tiene sentido: ¡bébete esta!: http://www.youtube.com/watch?v=wdPALqJvtFM&feature=related
Queridos Hermanos en el Episcopado, el Obispo y sus sacerdotes están llamados a mantener estrechas relaciones de comunión, fundadas en su especial participación en el único sacerdocio de Cristo, aunque en grado diferente. También es de capital importancia una relación de calidad con los sacerdotes, que son vuestros principales e irrenunciables colaboradores. Al ver en su Obispo un padre y un hermano que los ama, los escucha y conforta en las pruebas, que presta una atención especial a su bienestar humano y material, se verán alentados a hacerse cargo plenamente de su ministerio de manera digna y eficaz. El ejemplo y la palabra de su Obispo es para ellos una valiosa ayuda para dar un espacio central en su ministerio a su vida espiritual y sacramental, animándoles a vivir y descubrir cada vez más profundamente que lo específico del pastor es ser ante todo una persona de oración, y que la vida espiritual y sacramental es una riqueza extraordinaria, que se nos da para nosotros mismos y para el bien del pueblo que se nos ha encomendado. Os invito, en fin, a poner una atención especial a la fidelidad de los sacerdotes y personas consagradas a los compromisos contraídos con su ordenación o entrada en la vida religiosa, para que perseveren en su vocación, con vistas a una mayor santidad de la Iglesia y la gloria de Dios. La autenticidad de su testimonio exige que no haya diferencia alguna entre lo que enseñan y lo que viven cotidianamente ■
The spiritual contribution offered by consecrated persons is likewise significant and indispensable for the life of the Church. This call to follow Christ is a gift for the whole People of God. According to your vocation, that of imitating Christ, chaste, poor and obedient, totally consecrated to the glory of his Father and the love of his brothers and sisters, you have the mission of bearing much-needed witness before our world to the primacy of God and of eternal life (cf. Vita Consecrata, 85). By your unreserved fidelity to your commitments, you are for the Church a sapling of life, springing up to serve the coming of God’s Kingdom. At all times, and especially whenever your fidelity is put to the test, Saint Joseph reminds you of the value and meaning of your promises. The consecrated life is a radical imitation of Christ. Hence the way you live ought to show clearly what inspires you, and your actions must not conceal your deepest identity. Do not be afraid of living to the full the self-offering that you have made to God, bearing authentic witness to it wherever you find yourselves ■ Adrees of the Holy Father Benedict XVI on the Basilica of Marie, Reine des Apôtres in the Mvolyé neighbourhood - Yaoundé Wednesday, 18 March 2009
The first priority will consist in restoring a sense of the acceptance of life as a gift from God. According to both Sacred Scripture and the wisest traditions of your continent, the arrival of a child is always a gift, a blessing from God. Today it is high time to place greater emphasis on this: every human being, every tiny human person, however weak, is created “in the image and likeness of God” (Gen 1:27). Every person must live! Death must not prevail over life! Death will never have the last word! ■ Homily of the Holy Father Benedict XVI in the Eucharistic celebration on the ocassion of the publication of the Instrumentum laboris.

Fifth Sunday of Lent

The season of Lent is drawing to its conclusion. The hour has come. We may think that the hour referred to in John’s Gospel is the hour of Jesus’ death. It is, but the evangelist gives that dreaded hour a most unexpected meaning. He claims that the hour of Jesus’ death is really the hour of his glorification. He further insists that Jesus is glorified, not as a martyr, but as the source of new life for us. We hear this so often that we might fail to realize the paradox here: Jesus’ death brings us new life. What does this mean? The readings for today give us a clue, an answer[1].

Through the prophet Jeremiah, God announces a new covenant. This does not mean that the other covenants have been abrogated. We are still creatures of the earth[2], who cling to God’s promises[3], who are subject to God’s law[4], and who are embraced by God’s mercy[5]. This new covenant will be something quite different, something extraordinary. Written on our hearts, it will effect an interior transformation.

The evils of today, those we witness and those of which we are a part, require much more than simple external change. If we are honest, we will admit that we need radical interior transformation. Metanoia is the Greek word used in the text. We are certainly in need of a new covenant commitment.

The technical covenant formula, I will be their God and they will be my people[6], is comparable to the marriage formula, “I do take you as my spouse”. This language bespeaks loving intimacy. These words should make us step back in total amazement, for they imply that in the face of human infidelity, God establishes a covenant of the heart. Perhaps the failure of so many human commitments between couples, within families, at the workplace and even among nations clouds our eyes to the reality of God’s unbounded love. This is a remarkable covenant.

As we turn to the Gospel, we hear Jesus say, The hour has come. True, it is the hour of his death, but it is also the hour of his glorification. While this glorification may refer in part to the unique relationship that he enjoys with God, the reading suggests that it also has something to do with the new life that will spring from his death. Jesus’ obedience to his destiny, mentioned in both the Gospel and the reading from Hebrews, opens the doors of life for us. In this he is glorified.

Today we hear of a new covenant, a clean heart, and a grain of wheat pregnant with fruitfulness. These are all poetic ways of describing the new way of living into which we can step if we so choose. The disarray of so much of our lives makes us realize that we must choose a different way of living. But radical transformation does not come without a price.

Now that our Lenten journey is almost over, in what ways are we willing to change? Whom are we willing to help? To forgive? To what extent are we willing to die to our own selfishness so that the fruits of the new covenant can be brought forward? The hour of decision has come ■

[1] Sunday 29th March, 2009, 5th Sunday of Lent. Readings: Jeremiah 31:31-34. Create a clean heart in me, O God—Ps 50(51):3-4, 12-15. Hebrews 5:7-9. John 12:20-33.
[2] Cfr Gn 9
[3] Id 22.
[4] Cfr Ex 20
[5] Cfr Jer 31
[6] Cfr Ez 37.
En el Corán, el profeta Mahoma nos recomienda acoger bien a los extranjeros, pues con mucha frecuencia vienen con la paz. Por tanto, para nosotros, la venida del Papa es una bendición ■ Ibrahim Moussa, gran imán de Yaundé (Camerún)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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