¡Viva Cristo Rey!


Tú reinarás, este es el grito
que ardiente exhalan nuestra fe
Tú reinarás, oh Rey Bendito
pues tú dijiste ¡Reinaré!

Reine Jesús por siempre
Reine su corazón
en nuestra patria,
en nuestro suelo
que es de María
la nación

Tu reinarás, dulce esperanza,
que el alma llena de placer;
habrá por fin paz y bonanza,
felicidad habrá doquier

Tu reinarás en este suelo,
te prometemos nuestro amor,
Oh buen Jesús, danos consuelo
en este valle de dolor

Tú reinarás, Reina y ahora,
en esta casa y población
ten compasión del que implora
y acude a ti en la aflicción.

Tú reinarás toda la vida
trabajaremos con gran fe
en realizar y ver cumplida

la gran promesa: ¡Reinaré! •

¡Gracias!


Dice el libro del Eclesiastés que

hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para
cada suceso bajo el cielo:
tiempo de nacer, y tiempo de morir;
tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado;
tiempo de matar, y tiempo de curar;
tiempo de derribar, y tiempo de edificar;
tiempo de llorar, y tiempo de reír;
tiempo de lamentarse, y tiempo de bailar;
tiempo de buscar, y tiempo de dar por perdido;
tiempo de guardar, y tiempo de desechar;
tiempo de rasgar, y tiempo de coser;
tiempo de callar, y tiempo de hablar;
tiempo de amar, y tiempo de odiar;
tiempo de guerra, y tiempo de paz.

Con éste envío del último domingo del tiempo ordinario termina un ciclo y llega el tiempo de guardar silencio y meditar, un tiempo de volver sobre la Palabra de Dios, pero en silencio. Estos sencillos envíos semanales empezaron allá por Agosto del año 2007 y terminan hoy con el que nos prepara para la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo el año del Señor del 2015. Fueron ocho años de caminar juntos domingo a domingo, de acercarnos juntos a la Palabra de Dios, a la Tradición de la Iglesia, al arte cristiano y a los maestros de espiritualidad.  Mina de Olloqui es la primera que aparece en la lista, y Alex Altamirano el último (¡y porque cambió de correo!), entre ellos dos están todos ustedes: con cada uno y sus familias tengo una historia, una amistad y muchos recuerdos. A todos les agradezco su paciencia y su oración en éstos años ¡el Señor sabe cuánto nos sostiene a los sacerdotes la oración de los amigos! El blog (http://ideasueltas-father.blogspot.com) seguirá activo un tiempo más, quizá dé paso a otro proyecto, quizá no, quizá, como todo en esta vida, desaparezca; en realidad el único que permanece –y esto es lo que verdaderamente importa-  es el Señor, a Él toda la gloria y todo el honor por los siglos de los siglos.  Un abrazo muy fuerte y muy cariñoso para todos,

Fader

Sí, así con d. Fue hace muchos años (dieciséis más menos) que mi tío Ismael (q.e.p.d) me empezó a llamar así –father- y luego fue Claudia, la esposa de mi gran amigo Roberto, quien le puso la d, y así, fader, hasta el sol de hoy •

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo (2015)

Finaliza el ciclo litúrgico y el siguiente domingo –el primero de Adviento- vuelve a comenzar un ciclo nuevo. De la mano de la liturgia hemos hecho un largo recorrido que inició en el Adviento del año pasado (30 de Noviembre, 2014), y nos puso en una actitud expectante ante un Cristo que venía y viene nuevamente a cumplir nuestras esperanzas. En la solemnidad de la Navidad la liturgia nos llevó a ver al Señor hecho niño, para que surgiera de nuestro corazón la fibra más sensible y le diéramos acogida tanto a Él como al hermano necesitado. Durante el llamado Tiempo Ordinario –que empezó el 11 de Enero con la fiesta del Bautismo del Señor- a través de la lectura del evangelio dominical fuimos testigos de los hechos y palabras más relevantes de la vida pública del Señor. Éste año litúrgico, a través de los ojos y las palabras de san Marcos[1] vimos y oímos la vida de Jesús a quien el mismo autor sagrado presenta así al comienzo de su evangelio: Evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios[2].  

La liturgia del Triduo Pascual, que celebramos en la primera semana de Abril, nos invitó a meditar en la pasión muerte y resurrección del Señor, y en la cincuentena pascual a vibrar con la certeza de que su vida de resucitado se nos ha entregado sacramentalmente para que, también en nosotros, ni la muerte ni el pecado tengan la última palabra, ¡qué gran maestra es la liturgia, qué agradecidos deberíamos estarle y cuán necesario se hace el silencio para entenderle!

Uno de los signos más importantes de la liturgia cristiana es el silencio. No se trata de un silencio cualquiera, sino de un silencio sagrado. Romano Guardini lo describió así: «Si alguien me preguntase dónde comienza la vida litúrgica, yo respondería: con el aprendizaje del silencio. Sin él, todo carece de seriedad y es vano…; este silencio… es condición primera de toda acción sagrada»[3].

El silencio no se puede entender sin su polo opuesto, el hablar. El silencio sólo se puede dar en aquél que puede hablar. Los animales emiten sonidos pero no hablan, por eso en ellos no puede haber silencio. Esto indica que el silencio no es ausencia de sonidos sino una “no palabra”. «Sólo puede hablar con pleno sentido quien también puede callar; si no, desbarra. Callar adecuadamente sólo puede hacerlo quien también es capaz de hablar. De otro modo es mudo». Es necesario recuperar el silencio para recuperar la palabra, porque de la tensión entre ambos se engendra la verdad, esa misma verdad sobre la que pregunta Pilatos a Jesús[4].

De la liturgia esperamos precisamente esto, que nos ofrezca el silencio activo en el que encontremos a Dios y nos encontremos a nosotros mismos. Por eso el silencio no es un gesto sino un signo. El silencio en la liturgia lo envuelve todo, lo tamiza todo. Aun así, dentro de este ambiente de “silencio” que lo envuelve todo, en la liturgia hay dos breves momentos de silencio importantes: el que sigue a la homilía (cuántas veces el sacerdote termina la homilía y comienza a rezar el Credo de camino a la sede…) y el que sigue a la Comunión. Éste es el más significativo y útil ya que es un momento privilegiado de adoración íntima, de encuentro con el Cristo que se nos da en la Palabra y en su Cuerpo. En este momento de la celebración está todo dicho, ya no hay más palabras: Cristo se nos ha dado y se ha obrado el milagro de su consagración, aquí sólo cabe la actitud que expresa santo Tomás de Aquino en el Pange lingua: «Que la lengua humana cante este misterio… Dudan los sentidos y el entendimiento, que la fe lo supla con asentimiento… Himnos de alabanza, bendición y obsequio…»[5]



[1] La Sagrada Escritura ha sido dividida, desde el Concilio Vaticano II, en tres ciclos completos de lecturas, de tal manera que quien asistiera a Misa todos los días, durante tres años seguidos, conseguiría escuchar casi toda la Palabra de Dios.
[2] 1, 1.
[3] Romano Guardini (1885- 1968) fue un autor, académico, sacerdote católico y teólogo italiano.
[4] A. L. Martínez, Semanario Iglesia en camino, Archidiócesis de Mérida-Badajoz, n. 231, año V, 23 de noviembre de 1997.
[5] Pange Lingua es un himno eucarístico escrito por santo Tomás de Aquino (1225-1274) para la festividad de Corpus Christi (Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo). Este himno también es cantado el día del Jueves Santo, durante la procesión desde el altar hasta el monumento donde la reserva queda custodiada hasta el día siguiente, (Viernes Santo); también es el habitual en todas las procesiones eucarísticas. Las dos últimas estrofas de este himno, el Tantum Ergo, son cantadas como antífona antes de la bendición solemne con el Santísimo, efectuada al finalizar las adoraciones eucarísticas.

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Manera de vivir? Siempre nos interrogamos por los "modos". Ahora nos hemos de atrever a señalar un grande, muy grande amor. Es claro que nos convertimos en aquello que amamos y el "modo" de vivir se sigue, siempre, de ese grande amor que acaba por raptarnos. Pero el "amor" más grande es aquél que se recibe, que es don, que nos es dado y participado. El Amor que se nos da es el mismo Espíritu Santo. Lo que se sigue es inefable. La ausencia sensible del Señor es y comporta la apertura a su Presencia... Esto es Vida y Vida verdadera. No es un "modo" de vida, es la misma Vida. Así, pues, la apertura del corazón no conoce fronteras • Alberto E. Justo: http://flordelyermo.blogspot.com.ar 

VISUAL THEOLOGY


What is Truth? stylized inscription in Catalan at entrance to Sagrada Família Basilica, Barcelona.

The Solemnity Our Lord Jesus Christ, King of the Universe (2015)

The question is often asked: Does absolute truth exist?  Some would claim that it does not.  They state that truth is whatever a person makes it to be.  Relativism is the only truth promoted by many if not most of our institutions for higher, or in their case, lower learning. Sadly this includes many of our Catholic colleges and universities.

Absolute truth does exist.  But where can it be found?  Truth can be found in Jesus Christ.  Often at the beginning of Mass, I like to say, “Yours is the truth that gives meaning to the very concept, Truth.” In today’s Gospel we hear Jesus saying to Pilate, “For this I was born and for this I came into the world, to testify to the truth. Everyone who belongs to the truth listens to my voice." Jesus was proclaiming that the spiritual is infinitely more valuable than the physical, that the Kingdom of God was infinitely superior to anything man could create, and that those who were committed to God would recognize the voice of truth.  Jesus is our King not just in a figurative sense, something we say but don’t really mean,  but in the very reality that the Truth of God with all its ramification is the only truth that can be found in the world.  Nothing in the world matters other than that which comes from God and that which leads to him. We are committed to the Truth.  We are committed to Jesus Christ. His is the Truth that gives meaning to the very concept, Truth.

Earlier in the Gospel of John, the Gospel of this Sunday’s reading, Jesus said, “If you remain in my word, you will truly be my disciples, and you will know the truth, and the truth will set you free.” (John 8:31-32) Set us free from what?  Set us free from a life of deceit, where people routinely lie to others and even more frequently lie to themselves.  For example, a person has serious moral problems.  You can fill in the blank about whatever these problem may be. He routinely lies to others by creating the persona of a moral person. He also lies to himself saying that he is not all that bad.  He is very much a slave to his own immorality.  But then, through the grace of God,  the person commits to Christ.  He is no longer satisfied with claiming to be a Christian but is  determined to live as a Christian. Now he faces up to his life, puts the truth before all else, and is finally freed from his immorality. The truth of Christ has set him free.

It is easy for me and for you to decry the lies of other people, or of our society.  It is far harder to recognize the times that we are the liars.  But, again by the Grace of God, when we do come to the realization that there are many times that we are living a lie, we can find freedom in Jesus Christ. When we have the courage to live as He called us to live, we can be people of integrity, people of the Truth.

Jesus Christ is our King.  He frees us from lies.  He gives us his truth. The Church year concludes by summarizing Jesus’ life on earth in one simple statement: “For this I was born and for this I came into the world: to testify to the truth.  Everyone who belongs to the truth listens to my voice.”


May we have the courage to live the Truth of Christ, our King •

Lacrimosa dies illa
Qua resurget ex favilla
Judicandus homo reus.
Huic ergo parce, Deus:
Pie Jesu Domine,
Dona eis requiem. Amen.
 ...

Lleno de lágrimas será aquel día
En que resurgirá de sus cenizas
El hombre culpable para ser juzgado;
Por lo tanto, ¡Oh Dios!, ten misericordia de él.
Piadoso Señor Jesús,
Concédeles el descanso eterno. Amén

• W.A. Mozart, Lacrimosa

  de la Misa de Réquiem en re menor (K. 626), 

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Cada mañana el sol sale y el mundo se da cuenta de que una vez más la noche ha sido vencida. Cada otoño la vida se adormece, sí, pero para despertar más adelante, pasado ya el invierno, en ese ciclo nuevo que nos trae la primavera. Es el empuje de la vida. Es el milagro diario del día que renace, de la hierba que brota, del hombre que tiene una oportunidad más para ordenar su vida. Lo malo es que nos hemos acostumbrado; la rutina nos ha hecho perder la capacidad del asombro. Y, para volver a descubrir –y agradecer- tantas maravillas, hay que detenerse, y pensar.

Justo a eso –a pensar- nos invita hoy toda la liturgia de la Palabra de este domingo, el penúltimo del tiempo ordinario, al decirnos que llegará un día en que no habrá más leña que echar en la hoguera del tiempo: La luz del sol se apagará, caerán del cielo las estrellas y el universo entero se conmoverá[1]. Será el último atardecer. No habrá ya más amanecer, ni más cosechas, ni más reverdecer de primaveras. Todo habrá acabado. ¿Todo? Eso parecía. Pero, de entre tanta destrucción y tanta muerte, como brotando de la entraña misma de tanto dolor, emerge una figura para muchos inesperada: Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad[2]. No eran, pues, dolores de muerte, sino de parto. Esa noche, que seguirá al último atardecer, no quedará instalada para siempre como señora universal de la historia sino que deberá dar paso a un nuevo Día, diferente y definitivo, ¿habrán pensando esto Pedro y Magdalena en la mañana de la resurrección?

Hoy podemos preguntarnos en nuestra oración qué cosas –de todo lo que vemos, de todo lo que existe- permanecerán ese último día, y cuáles serán, por el contrario, arrastradas por el tiempo en su caída… ¿Qué habrá sido de aquellos que crucificaron a Jesús? ¿Dónde estará en aquel día el poder del dinero que hoy parece llevar las riendas del mundo? ¿Dónde el ejército de los violentos que hoy dominan, imponen, esclavizan? No quedará de ellos –dice el texto sagrado- ni rama, ni raíz[3]. En cambio, aquel Hijo del hombre que no tenía dónde reclinar la cabeza[4], indefenso ante quienes lo mataron, partidario del amor y del perdón, aparecerá sentado a la derecha de Dios. Y esta luz nueva va dando a las cosas, a la gente, a la vida un sentido diferente; lo va colocando todo en su sitio.

Es bueno que nos dejemos bañar por esa luz. Es importante que nos detengamos un momento a pensar dónde está anclada nuestra esperanza, o en qué punto de apoyo estamos haciendo descansar nuestro corazón. Es importante que pesemos en esa balanza los esfuerzos que hacemos, las preocupaciones que nos asaltan, la amargura que, tantas veces nos paraliza. Sería triste que, el día menos pensado nos encontráramos con que hemos vivido aferrados a cosas que se van a ir también en ese último atardecer[5], que no olvidemos, pues que el cielo y la tierra pasarán[6], pero el Señor y su amor permanecerán para siempre




[1] Cfr. Mc 13, 24-32.
[2] Idem.
[3] Cfr Mal 4, 1.
[4] Cfr. Mt 8,20.
[5] Cfr. J. Guillén García, Al hilo de la Palabra. Comentario a las lecturas de domingos y fiestas. Ciclo B. Granada 1993, p. 178 ss.
[6] Mt 24, 35.

NeW-oLD-IdEas

No somos más nuestros de lo que es nuestro lo que poseemos. No nos hicimos a nosotros mismos, no podemos ser superiores de nosotros mismos. No somos nuestros propios dueños. Somos propiedad de Dios. ¿No consiste nuestra felicidad en ver así las cosas? ¿Existe alguna felicidad o algún consuelo en creer que somos nuestros? Es posible que los jóvenes y los prósperos piensen así, es decir, es posible que éstos piensen que es una gran cosa hacerlo según su voluntad, como ellos suponen, no depender de nadie, no tener que pensar en nada invisible, ahorrarse el fastidio de tener que reconocer continuamente, de tener que rezar continuamente, de tener que referir continuamente todo lo que hacen a la voluntad de otro. Pero a medida que pase el tiempo, éstos, como todos los hombres, descubrirán que la independencia no fue hecha para el hombre que es un estado antinatural, que puede sostenerse por un momento, pero no puede llevarnos a salvo hasta el fin • Aldous Huxley, Brave New World, Cap. 17. Se encuentra en: www.huxley.net/bnw/seventeen.html

VISUAL THEOLOGY


The Last Judgment is a triptych attributed to German painter Hans Memling and painted between 1467 and 1471. It is now in the National Museum in Gdańsk in Poland. It was commissioned by Angelo Tani, an agent of the Medici at Bruges, but was captured at sea by Paul Beneke, a privateer from Danzig. (A lengthy lawsuit against the Hanseatic League demanded its return to Italy.) It was placed in the Basilica of the Assumption but in the 20th century it was moved to its present location. The central panel shows Jesus sitting in judgment on the world, while St Michael the Archangel is weighing souls and driving the damned towards Hell. The figure of St Michael stands on the earth directly below Christ, on the dividing line between the green soil to the left and the barren brown plain to the right. He wears a suit of armour in the same gleaming golden material as the globe on which Christ's feet rest. A red brocade cope hangs from his shoulders. His wings end in peacock feathers. Holding the scales in his right hand, he uses the crosier in his left to prick the flesh of the damned soul, as if to prod him towards the mouth of hell. Around him, as far as the eye can see, the dead rise up from their graves. The care and planning expended not only on the composition, but also on the representation of natural phenomena like foreshortening, light and reflection, are striking, as in the rest of Memling's oeuvre. St Michael's curved breastplate and the globe reflect the unfolding events with hallucinatory precision (only here do we see clearly how the Romanesque towers loom up behind the Gothic heavenly gates). The size of the figures reduces dizzyingly depending on how close or distant they are. The colours of the rainbow are accurately reproduced •

Thirty-third Sunday in Ordinary Time (B)

Today's readings are scary.  The trouble is, they are not make believe. Daniel says that a time is coming which will be unsurpassed in distress.  Jesus also talks about this. These sections of Daniel and of the New Testament are written in the literary genre we call apocalyptic writing. This genre use poetry and prose, and engages the imagination and emotions.  It is meant to scare people into recognizing the horrors of sin and the devastation that sin causes[1].

The end of the world is not make believe, and it will be a scary time. But is it a scary time for everyone? Not according to our readings. Daniel is told that his people, the people who remain faithful to God, shall escape. So the question is, “How scared should we be?” The answer is really another question, “How committed to God are we?” If we are committed to the Lord, we have no reason to fear the end of time. We know this. In fact, every day we pray for the strength to remain committed to God no matter what crisis we face.  We do this every time we say the Lord’s Prayer.

It is not easy to be holy. We live in a society that promotes self indulgence. Loving God and loving neighbor can’t exist in a self indulgent society. Neither action adequately answers the question, “What’s in it for me?”  The immoral elements of our society attempt to dupe us into believing that it is normal to put ourselves before others.

The self indulgent elements of our society cannot see the value of another person except as a means for one’s  advancement.  People routinely use other people for their own gain.  There are so many people in the world who are suffering; yet so many in society can see no profit in reaching out to help them.  “What good will it do me, here in America, if I try to help the poor in the Sudan?” they ask within themselves without daring to voice the question.  The concept of helping others because they bear the image of God carries with it no personal gain, at least not here on earth.  It takes tremendous courage to withstand the temptation to care only for oneself.  It takes courage to trust God to be with us when we reach out to others.  It is counter cultural to truly be charitable.  It is also Christian.

The Lord knows that we can withstand evil. He gave us free will.  We can choose to be separate, to be holy, to be His. He gives us His Grace. He gives us both the desire and the ability to see where He can be found and where His image is absent.  We cannot allow the self indulgence of society to convince us that we have no choice but to join in with the evil. We are not evil. We are good.  In fact, all people are good. This is how God created us. He calls us to holiness, He is calling us to be true to ourselves.  He is calling us to  recognize His goodness in ourselves and in the world and to serve Him in His creation.

We do not fear the end of time.  Nor do we fear the end of our own time, our death.  What we do fear is giving in to the world and rejecting God.  Now that’s scary



[1] 33rd Sunday of Ordinary Time, Novemeber 15, 2015. Readings: Daniel 12:1-3; Responsorial Psalm 16:5, 8, 9-10, 11; Hebrews 10:11-14, 18; Mark 13:24-32. 

I
Aquella buena mujer,
la de las dos moneditas
tiene cosas exquisitas
que yo las quiero aprender.

Violeta humilde, escondida,
nadie nunca la miró,
pero Jesús que la vio,
pensó en su madre querida.

Los ricos echaban mucho
con visible ostentación,
Jesús que ve el corazón
dijo: Mujer, yo te escucho.

Dos moneditas tan solo
puso ella en la alcancía,
mas era cuanto tenía,
tesorito en alveolo.

Los ojos humedecidos
del Señor al verla así,
- oh Jesús, dulce Rabí –
de amor quedaron ungidos.

Y llamó al punto a los suyos,
que aprendieran la lección
y vieran en la visión
flores de Dios y capullos.
Mirad a la pobre viuda,
ved y oled esa violeta,
que piensa humilde y discreta:
Dios es Padre y siempre ayuda.

 Ved que todo su caudal
al Creador lo ha ofrecido,
que Dios ha de ser su nido
en la pobreza total.

No piensa que sea el templo,
guarida de malhechores,
“que es del Dios de mis amores
y es eso lo que contemplo”.

Jesús la vio, pensativo,
y al pensar ¡cómo la amaba!,
porque en ella Dios estaba
y allí se veía al vivo.

Jesús la calificó
como la más dadivosa;
era el fulgor de una rosa
que con nada se quedó.


II

¿Qué quieres y estás pidiendo,
mi Jesús, que yo presente,
lo que a ti más te contente
de todo mi ajuar y atuendo?

Sin palabras una voz
dentro del pecho surgía,
cual susurro y melodía;
era suave, no era atroz.

Yo quiero verte feliz,
porque tuviste el encuentro,
feliz por fuera y por dentro,
feliz desde tu raíz.

Puedes darme el mundo entero,
y hacer sonar tus monedas,
que por dentro igual te quedas
si no me das lo que quiero.

Yo busco humildad violeta,
busco el amor de una esposa
que sus cuidados reposa
cuando al mirarme se aquieta.

Cielo y tierra yo he creado
con todo lo que atesora,
mas en el cosmos no mora
lo que en ti he depositado.

Amor yo busco, mi amor
- por decírtelo a lo humano -,
amor, mi divino arcano,
yo que he sido el sembrador.

El amor nos diviniza
porque es la chispa de fuego
chispa de Dios que te entrego;
y lo demás es ceniza.

Quedarse por Él sin nada
es decir ¡Cuánto te quiero!,
que no vale el mundo entero
lo que vale tu mirada.

No tengo nada, Señor,
ni nada quiero tener
porque todo quiero ser
eco de ti, mi Amador.

Silencio, silencio puro,
silencio de comunión;
yo te doy mi adoración…,
¡silencio, que estoy seguro! Amén •

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

5 noviembre 2009.

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Da mucho consuelo y alegría ver que los ojos del Señor se fijan siempre en los hombres y mujeres sencillos que saben vivir el amor de manera limpia y generosa. Jesús observa a la gente que deposita sus limosnas en el templo. Muchos ofrecen espléndidos donativos, pero pasan desapercibidos a los ojos del Señor. Sorprendentemente su mirada se detiene en una pobre viuda que echa las dos pequeñas monedas. La alabanza de Jesús es maravillosa, y aleccionadora: les aseguro que esta viuda pobre dio más que todos los ricos. Porque todos ellos dieron de lo que les sobraba; pero ella, que es tan pobre, dio todo lo que tenía para vivir.

Y es que no está de moda la compasión. Se diría que para muchos es un sentimiento desfasado y anacrónico. Una actitud innecesaria en una sociedad capaz de organizar de manera eficiente los diversos servicios sociales.
Vivimos en una sociedad en la que «creamos máquinas que obran como hombres y producimos hombres que obran como máquinas» (E. Fromm), y así corremos el riesgo de endurecer nuestro corazón y hacernos como impermeables al dolor ajeno. Se nos olvida que la compasión es para usarse todos los días, que es ese saber padecer con el necesitado y estremecerse con el sufrimiento ajeno. Miramos a las personas desde fuera, como si fueran objetos, sin acercarnos a su dolor.

Vivimos en ambientes en los que cada uno corre tras su felicidad. Cada uno se preocupa de satisfacer sus propios deseos. Los demás quedan lejos. Si estas viudas de las que hoy escuchamos en la Liturgia de la Palabra saben dar todo lo que tiene es, sin duda, porque eran pobres, y comprenden desde su experiencia dolorosa las necesidades de los demás.

Cuando uno se instala en su pequeño mundo de bienestar y comodidad, es difícil entender el sufrimiento de los otros. Sin embargo, parece que necesitamos conservar la ilusión de que hay en nosotros todavía algo humano y bueno. Y entonces, damos de lo que nos sobra, ¡Con cuánta frecuencia recibimos llamadas telefónicas en la oficina de la parroquia preguntando dónde y a qué hora pueden traer juegues viejos para los niños pobres en Navidad!...  

Seamos honestos: nos tranquilizamos desprendiéndonos de objetos inútiles, muebles, ropa pasada de moda, pero no nos acercamos a los que sufren y necesitan quizás nuestra cercanía. Y, sin embargo, el desvalido necesita siempre un calor, una defensa y una acogida que sólo el que sabe compadecerse le puede ofrecer[1].

Y no se trata de socialismos o comunismos, sino de grandeza de alma. Cuentan la historia –y aquí la dejo por si a alguien le sirve- de doña Leonor María de la Ascensión de la Barrera y Contreras, condesa de Jibacoa. Criolla riquísima, de Cuba, tenía en La Habana una mansión. A ella llegó en 1798 Luis Felipe de Orleans, desterrado de Francia por causas de política. Lo acompañaban dos de sus hermanos. Iban en el más penoso extremo de la necesidad. Doña María los acogió en su casa y los trató como príncipes que eran. Cuando siguieron su viaje ordenó a su administrador que secretamente pusiera mil onzas de oro en el baúl de cada uno. Treinta años pasaron. Luis Felipe fue coronado rey. Por medio de un embajador mandó preguntar a doña María a cuánto ascendían en moneda francesa aquellas 3 mil onzas, con sus respectivos intereses. El rey de Francia quería pagar su deuda. Respondió la dama cubana que ella no recordaba haber alojado en su casa a ningún rey. Se acordaba, sí, de tres jóvenes franceses que llegaron a su casa pobres y perseguidos. Ella los socorrió. Nada le debían; nada le tenían que pagar.
Grandeza de espíritu. Generosidad. En la abundancia o en la más apremiante necesidad, hemos de acordarnos de los demás[2]



[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 243 ss.
[2] Hace poco el Santo Padre Francisco recordaba el momento en que durante la votación final en el cónclave, su candidatura reunió el mínimo de votos requerido para ser elegido. “A mi lado estaba sentado mi gran amigo, el cardenal Hummes, quien me abrazó, me besó y me dijo: "¡Acuérdate de los pobres!". El Santo Padre señaló que fue entonces cuando se acordó del nombre de San Francisco de Asís, el santo de los pobres y de la paz.

nEw-Old-IdeAs

Algunos, al parecer, piensan que un santo no puede en modo alguno sentir un interés natural por ninguna de las cosas creadas. Se imaginan que toda forma de espontaneidad o disfrute es el gozo pecaminoso de una "naturaleza caída". Que ser "sobrenatural" significa ahogar toda espontaneidad con tópicos y referencias arbitrarias a Dios. El propósito de tales tópicos es, por decirlo así, mantener todo a distancia, impedir las reacciones espontáneas, exorcizar los sentimientos de culpa o, quizá, ¡cultivar tales sentimientos!  A veces nos preguntamos si esta moralidad no es, después de todo, amor a la culpa. Algunos suponen que la vida de un santo solo puede ser un perpetuo duelo con la culpa y que un santo no puede ni siquiera beber un vaso de agua fresca sin hacer un acto de contrición por apagar su sed, como si esto fuera un pecado mortal. Como si los santos ofendieran a Dios cada vez que estiman la belleza, la bondad, las cosas agradables. Como si los santos no pudieran sentir más agrado que el que les procuran sus oraciones y sus actos de piedad interiores. Un santo es capaz de amar las cosas creadas y gozar usándolas y tratando con ellas de una manera perfectamente sencilla y natural, sin hacer referencias formales a Dios, sin atraer la atención sobre su piedad y actuando sin ninguna forma de rigidez artificial. Su amabilidad y su dulzura no les son impuestas por la presión abrumadora de una camisa de fuerza espiritual, sino que proceden de su docilidad directa a la luz de la verdad y a la voluntad de Dios. Por eso el santo es capaz de hablar sobre el mundo sin hacer ninguna referencia explícita a Dios, de tal manera que lo que dice da mas gloria a Dios y despierta un amor mayor a El que las observaciones de una persona menos santa, que tiene que forzarse para establecer una conexión arbitraria entre las criaturas y Dios por medio de metáforas y analogías gastadas, tan débiles que nos hacen pensar que la religión es problemática • T. Merton, Nuevas semillas de contemplación

VISUAL THEOLOGY


León I el Magno o el Grande (390–461) fue el papa 45 de la Iglesia católica, desde 440 hasta el 461. Primero de los tres papas apodados «El Grande», León era hijo de Quintianus y los datos históricos más antiguos lo sitúan como diácono en Roma bajo el pontificado de Celestino I convirtiéndose en un destacado diplomático con el papa Sixto III quien, a petición del emperador Valentiniano III, lo envía a la Galia con la misión de resolver el enfrentamiento entre Aëcio, el comandante militar de la provincia, y el magistrado Albino. En esta misión se encontraba León cuando tras fallecer el papa Sixto III, el 19 de julio de 440, conoce su elección como nuevo pontífice. Se dirige entonces a Roma donde es consagrado el 29 de septiembre. Durante su pontificado se celebró, en 451, el Concilio de Calcedonia que proclamó la divinidad y la humanidad de Cristo, «consustancial al Padre por su divinidad, consustancial a nosotros por su humanidad». El episodio más conocido de su pontificado fue su encuentro, en 452 en la ciudad de Mantua, con Atila, el rey de los hunos, quien había invadido el norte de Italia obligando al emperador Valentiniano III a abandonar la corte de Rávena y refugiarse en Roma. León convence a Atila para que no marche sobre Roma logrando la retirada de su ejército tras la firma de un tratado de paz con el Imperio Romano •

Thirty-second Sunday in Ordinary Time (B)

In the first reading today and in the Gospel reading we meet two widows who are similar. Both are everyday, hard working women. Both are poor. Both put their trust in God. Both are rewarded for their faith[1].

The first widow is from Zarephath[2]. Elijah traveled through this land during a famine. As in all famines, the rich complain, and the poor starve. The woman was poor. When Elijah met up with her, she was putting her last scraps together before she and her son would die. Now a stranger goes up to this woman and asks for food in the name of the Lord. Elijah also must have been near starvation. Hospitality to strangers was a law of God. Should the widow turn from God’s law or should she share the little she had? The woman put her put her total trust in God, and she received enough for her and her son to eat for a full year.

The second widow was the one of the Gospel reading who put two small coins into the Temple treasury. Jesus was people watching, sitting across from the treasury. There were big shows as some of the wealthy came forward letting everyone know about their great generosity. After all, the money from the wealthy had paid for most of the rebuilding of the Temple. What value did the widow’s small coins have next to their thousands? But Jesus knew how much she was really giving. It was far more than two small coins. He said that her donation, although it seemed insignificant, was tremendous because she gave all that she had. Her donation was an act of putting her faith in God to care for her.

What these two widows did is extremely difficult for all of us. I know that there are many of you with great faith, but I also know that no matter how great our faith is, it is extremely difficult to put our total trust in God. There is something within us all that looks for solutions to our problems outside of the realm of faith. Perhaps as rugged individualists we think that we can solve our own problems, conquer all obstacles ourselves. Certainly, we are all tempted to believe that the proper amount of cash applied in the right places can heal all ills.

The great fallacy of our age is that money can solve our problems. It is the job of advertisers to convince us that we can buy happiness, and the advertisers have done that well. The fact is that among those who have been blessed with material success the happiest are those who trust in God not in their wealth.

The radical message of today's readings is that we must place our confidence in God rather than in our material possessions. This is difficult for us to do because it demands our practicing the forgotten virtue of humility. A humble person recognizes where he or she stands before God. A humble person recognizes his or her profound need for God. A humble person is certain that the presence of God in his or her life is fundamental to happiness.

The two widows gave from their substance. They put their trust in God shouting with their actions that his presence in their lives was infinitely more important than anything they owned, even more important than everything they owned. They give us the example of ideal Christians, humbly trusting in God.

There are times that we are deeply disappointed in our world, our American society, and even our fellow Catholics. Gospel values are ignored, or, at least, not given their proper priority. Many give life issues, from womb to tomb, equal or less weight than other issues. From grade school through college, our children are immersed in the glorification of secular values along with the subtle and not so subtle mocking of all who believe in the spiritual. We turn to the Church, but we find cold priests and bishops. Along with that we are all still reeling from scandals that are uncovered and reported ad nauseam.

When we feel disappointed we need to put our trust in God. No where in Scripture did He say that His followers would be in the majority. But He did say that He would be with us. Like the two widows, we need to give Him our all. We need to put our faith and our trust in Him, and we need to be assured that He sees us; He knows us, and He cares for us •



[1] 32nd Sunday of Ordinary Time, Novemeber 8, 2015. Readings: 1 Kings 17:10-16; Responsorial Psalm 146:7, 8-9, 9-10; Hebrews 9:24-28; Mark 12:38-44 or 12:41-44.
[2] A coastal city on the Mediterranean, northwest of the Kingdom of Israel.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris