La fiesta universal juntos cantemos,
unidos en un coro cielo y tierra:
el triunfo de Jesús, de cuya frente
la santidad de Dios desborda y llena.

La Iglesia peregrina mira al cielo,
y ve la inmensa gloria que le espera:
la patria jubilosa de salvados
que el Padre ha reservado como herencia.

Cantad, hermanos míos celestiales,
la gloria de Dios trino, gracia vuestra;
volved vuestra mirada a nuestra ruta,
en tanto que miramos a la meta.

Allí mora la Reina de los ángeles,
la Virgen preservada, la primera,
los mártires, testigos fieles en la arena,
las vírgenes y esposos sin afrenta.

Miríadas un día conocidas
por solo Dios, que mira y nos alienta,
ahora, en comunión de amor perfecto,
sois luz de Dios y hermosa transparencia.

La paz y el gozo inundan las mansiones
de aquel feliz convite que congrega
a hijos y a dispersos que guardaron
su santa Ley que todo lo renueva.

Ciudad de Dios, festín de eterna Pascua,
el corazón del Padre es puerta abierta,
y amores son los cantos entonados,
cantares que el Espíritu despierta.

¡Oh santa y adorable Trinidad,
mi Dios, mi Creador, mi dulce espera,
tú eres nuestro origen amoroso:
que seas hoy y siempre nuestra fiesta! Amén

P. Rufino Mª Grández, ofmcap,

Desde Puebla de los Ángeles,  Méxoco.

Solemnidad de Todos los Santos (2015)

La solemnidad de Todos los Santos comenzó a celebrarse a finales del siglo IX, y es una celebración que resume y concentra en un día todo el santoral del año, pero que principalmente recuerda a los santos anónimos sin hornacina ni imagen reconocible en los retablos, a esos innumerables testigos fieles del Evangelio y seguidores de las Bienaventuranzas[1]. Esta solemnidad celebra a los que han sabido hacerse pobres en el espíritu, a los sufridos, a los pacíficos, a los defensores de la justicia, a los perseguidos, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, o si se prefiere, digámoslo con palabras más modernas: hombres y mujeres, de toda raza, edad y condición, que se desvivieron por los demás, que vencieron el egoísmo, que perdonaron siempre.

Era Bernanos quien decía: “He perdido la infancia y no la puedo reconquistar sino por medio de la santidad”[2]. ¿Qué es, pues, la santidad? La santidad es vivir día a día, en medio de los problemas y las alegrías el espíritu de las Bienaventuranzas que acabamos de escuchar en el evangelio. Vivir en pobreza, mansedumbre, justicia, pureza, paz, misericordia, en apertura y donación.

Santidad es tener conciencia efectiva de ser hijo de Dios, es decir, tomar conciencia de nuestra filiación divina (término precioso que se ha perdido en medio de adornos y glosas), tal como lo decía el Papa Paulo VI: “«Podemos pensar que nuestro pecado o alejamiento de Dios enciende en él una llama de amor más intenso, un deseo de devolvernos y reinsertarnos en su plan de salvación [...]. En Cristo, Dios se revela infinitamente bueno [...]. Dios es bueno. Y no sólo en sí mismo; Dios es -digámoslo llorando- bueno con nosotros. Él nos ama, busca, piensa, conoce, inspira y espera. Él será feliz -si puede decirse así-el día en que nosotros queramos regresar y decir: "Señor, en tu bondad, perdóname. He aquí, pues, que nuestro arrepentimiento se convierte en la alegría de Dios”[3].

Santidad es pluralidad y apertura. Cada uno debe seguir a Cristo desde sus propia circunstancias y desde su nación, raza y lengua, en los días felices y cuando la tribulación arranca lágrimas del corazón; en la soledad del claustro o en la agitación de la vida en ciudad; en la buena y en la mala salud. Santidad es descubrir el espíritu de alabanza y paz que debe animar toda la existencia.

La santidad, en menos palabras, es una aventura, un riesgo que vale la pena correr. La transformación del mundo la han hecho fundamentalmente los santos con su testimonio de vida coherente y alegre, de sencilla, sin latinajos ni grandes palacios; hombres y mujeres que con su vida diaria nos enseñan la maravilla que supone que Jesucristo, el Santo de los Santos, sea el centro de la existencia •



[1] En un principio, sólo los mártires y San Juan Bautista eran honrados por un día especial. Otros santos se fueron asignando gradualmente, y se incrementó cuando el proceso regular de canonización fue establecido; aún, a principios de 411 había en el Calendario caldeo de los cristianos orientales una Commemoratio Confessorum  para el viernes. En la Iglesia de Occidente, el papa Bonifacio IV, entre el 609 y 610, consagró el Panteón de Roma a la Santísima Virgen y a todos los mártires, dándole un aniversario. Gregorio III (731-741) consagró una capilla en la Basílica de San Pedro a todos los santos y fijó el aniversario para el 1 de noviembre. Gregorio IV extendió la celebración del 1 de noviembre a toda la Iglesia, a mediados del siglo IX.
[2] Georges Bernanos (1888 - 1948) fue un novelista, ensayista y dramaturgo francés. En su primera novela, Bajo el sol de Satanás (1926), ya están patentes sus preocupaciones religiosas. Bernanos ahonda en la psicología del hombre donde tiene lugar el enfrentamiento entre el bien y el mal, la fe y la desesperación. Publicó, entre otros títulos, ­La alegría, Los grandes cementerios bajo la luna y Diario de un cura rural (1936).
[3] Homilía (23 junio 1968): Insegnamenti, VI (1968), 1176-1178.

NeW-oLD-IdEAs

Cuando hablamos de desprendimiento o de cortar ligazones o apegos, casi siempre permanecemos en la "negación" de esto o de aquello. En efecto, nos decimos, debemos vigilar para que todo eso que nos parece haber dejado no nos importune más. Pero esto es un error, ya que permanecemos, por la negativa, atascados de la peor manera, en exceso celosos por no sé qué perfecciones que sospechamos alcanzar a fuerza de seguir rechazando... Cuando el alma sale libre por su retorno a la pureza original no queda aferrada a las oscuridades de ayer. Basta disponer el "lugar" para que Dios lo ocupe sin más. Pero ¿cómo lo sabemos? ¿Qué es lo que ahora veremos? Nada de lo que imaginamos. Aquél que nace en el corazón es insospechable y el espíritu no se conforma con ninguna migaja, ni con ningún otro pedazo o fragmento. ¿Se nos ocurre posible un... "vacío perfecto? ¿Qué pretendemos, en realidad? En este sentido, repetimos con Guillermo de Saint-Thierry: "nadie está menos solo que el solo..." Porque, cada vez, cuando abrimos las puertas de casa, viene el Señor con mayor intimidad, secreto y silencio. No diremos de esta o de aquella manera. No hay modos. La causa del amor de Dios es Dios mismo -decía san Bernardo- y su modo: amar sin modo • Ermitaño Urbano

VISUAL THEOLOGY


Christ Glorified in the Court of Heaven (about 1423-4), Probably by Fra Angelico. Christ is shown holding the banner of the Resurrection. He is surrounded by choirs of angels; Saint Michael is identifiable at the left of the third row on the right. This, along with four other panels showing respectively, 'The Virgin Mary with the Apostles and Other Saints', 'The Forerunners of Christ with Saints and Martyrs', 'The Dominican Blessed' and another panel of 'The Dominican Blessed', formed the predella, or lower section, of the high altarpiece of San Domenico at Fiesole, near Florence. This was the church of Fra Angelico's own Dominican friary. The predella shows the most elaborate depiction of the Court of Heaven in the Collection. Christ stands in the centre surrounded by angels, saints and martyrs. The church of San Domenico was dedicated in 1435, and Fra Angelico's picture was probably in place on the high altar by that time. The main panel was modified by Lorenzo di Credi around 1501. This and the painted pilaster are still in the church 

Solemnity of All Saints (2015)

The truth is that we all are looking for heroes but in all the wrong places.  Perhaps, we need to define what a hero is. In the ancient Greek myths a hero was a Ulysses or a Hercules, someone of extraordinary strength who completed a seemingly impossible mission. The operative word to define a Greek hero would be courage. Did they have the courage to complete their mission in life?[1].

There are also heroes in the Old Testament. Abraham and Samson and David and Deborah and Ruth were all heroes because against seemingly impossible odds, they still allowed God's plan to work through them.  They had the courage to stand by God's plan and to bring that plan to completion. 

The scriptures lead up to the greatest of all heroes, Jesus Christ.  The first reading is taken from the Book of Revelation in the section called the Seven Seals. This section begins with the Book of God's Plan for Mankind being brought forward. It is sealed with seven seals because God's plan had been disrupted by man's infidelity.Who is worthy to open the book? an angel calls out.  Then the Lamb comes forward.  Only the Lamb that was slain can open the Book. By sacrificing himself totally to God's will, Jesus Christ has restored God's reign among his people. He is the ultimate hero. He transformed the world with the Love of God.

And He calls us to do the same. On the Mountain of the Beatitudes, today's Gospel, he calls us away from being self centered to being Theocentric or God centered. He calls us to be poor in Spirit.  Whether we are rich or poor or somewhere in between, the center of our lives must be God, not money.  He tells us that we can't close our eyes to the atrocities of the world.  Blessed are those who mourn.  The Lord wept over Jerusalem because it refused to recognize the presence of God in its mist. We weep over our society that allows children to be exploited by drugs, sex and crass commercialism. We mourn over a society that allows a million and a half abortions a year. The meek who inherit the earth are those who are not going to allow hatred to dominate their lives.  They will fight for what is right, but they will be merciful, they will be sincere, they will be peacemakers for the sake of the Lord.  Finally the beatitudes speak about those who are willing to suffer the mockery of the world, those who would rather be in the minority who choose God rather than be in the majority of those who go along with the pagan materialism of society.

The saints whom we honor today give us an example of people emptying themselves to allow God's plan to work in them, people who have the courage to be genuine heroes. They are not plaster or plastic statues of unreal people in pietistic poses. They are real people from every walk of life who met the challenge of Christianity and conquered.  They are  priests and nuns, like Francis of Assisi and Catherine of Sienna, married people and single people, like Thomas More and Rose of Lima, very old and very young, like Theresa of Avila and Theresa of Liseaux, They are the wealthy, like Thomas Beckett, the middle class, like Ignatius Loyola, and poor like Martin de Porres. They were geniuses, like Thomas Aquinas, and people of simple intelligence but vast wisdom, like John Vianney. All of these and all whom I could not possibly name accepted the challenge of Christianity and had the courage to wash their baptismal robes in the Blood of the Lamb, as Revelation says.  They had the courage to live the sacrifice of Christ in their lives. They had the courage to make the love of God real in the world.

The Book of Revelation says that there is a throng of people before the throne of the lamb, people from every race and nation, a number to numerous for anyone to count.  These are those who have gone before us, who live now and who will live in the future who are willing to sacrifice everything for the Kingdom of God. These are the true heroes following the proto hero, the greatest of all heroes, Jesus Christ.

Will I be among that number? Will you be standing there proclaiming God's love with your life? Well, that is why we are here today. We pray for the courage to follow the Lord. We pray for the courage to put God first in our lives.  May the Lord help us to stand for Him and with Him in our lives. Today we pray for the courage to be genuine heroes •



[1] Solemnity of All Saints, November 1, 2015.Readings: Revelation 7:2-4, 9-14; responsorial Psalm 24:1bc-2, 3-4ab, 5-6; 1 John 3:1-3; Matthew 5:1-12a. 

Dame, Señor, tu mano guiadora.
Dime dónde la luz se esconde.
Dónde la vida verdadera. Dónde
la verdadera muerte redentora.

Que estoy ciego, Señor, que quiero ahora
saber. Anda, Señor, anda, responde
de una vez para siempre. Dime dónde
se halla tu luz que dicen cegadora.

Dame, Señor, tu mano. Dame el viento
que arrastra a Ti a los hombres desvalidos.
O dime dónde está para buscarlo.

Que estoy ciego, Señor. Que ya no siento
la luz sobre mis ojos ateridos
y ya no tengo Dios para adorarlo

J. López, Dios entre la niebla

XXX Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Salía el Señor de Jericó seguido de bastante gente cuando un grito le hizo detenerse en el camino. Era Bartimeo (uno de los pocos personajes evangélicos a los que conocemos por su nombre propio) que desde su ceguera imploraba la luz. Gritaba, a pesar de su impotencia y a pesar de la oposición de los que seguían a Jesús y que intentaban imponerle silencio, porque quizá lo importante para ellos no era que aquel hombre recuperara la vista sino que no se perturbara el ambiente general del que estaban disfrutando, que nada extraño rompiera la “armonía” de la comitiva o del momento.  

Y el grito de Bartimeo llegó directamente al corazón del Señor que se detuvo y lo llamó. La respuesta a su petición fue fulminante. La luz llegó a los ojos de aquel ciego. Un torrente de color lo invadió. Supongo que su primera y más profunda mirada sería para aquel hombre que con tanta exactitud había resuelto su gran problema. El evangelista añade que, recobrada la vista, seguía a Jesús por el camino y que había abandonado lo único que tenía: el manto; un manto que quedó olvidado al borde del camino como testigo de aquel profundo cambio de vida.

Bartimeo, antes de recuperar la vista había recuperado la capacidad de gritar tanto y tan intensamente que llegó a molestar a los que acompañaban al Señor. La capacidad de gritar está en cierto modo relacionada con la infancia. Un niño, cuando quiere algo, no duda en gritar, no duda en ser molesto, porque, entre otras cosas, se encuentra pequeño y no tiene la sensación de que puede resultar inoportuno. Grita también el hombre adulto en los momentos difíciles de su vida, en los momentos de angustia, de profunda inquietud, aunque, posiblemente en estos momentos, el grito del hombre sea más bien un grito interno.

La realidad es que hay momentos en los que abandonando los convencionalismos uno grita y se decide a dejar el borde del camino y buscar el horizonte pasando por encima de los que intentan imponer silencio para que no molestar al Maestro.

Y Bartimeo hace todo eso: el grito y el salto en medio del camino, cuando se decide a dejar el manto. Para seguir a Jesús es inevitable dejar algo. Unos dejaron sus barcas, Bartimeo tuvo que dejar su manto. Y lo hizo sin pensarlo mucho. Aquel manto que, en cierto modo lo cualificaba, que en cierto modo era testigo de su invalidez y que le servía para recoger las limosnas que le arrojaban y para defenderse del frío de la noche, no iba a servirle de nada si, como deseaba fervientemente, iba a acabarse su deficiencia. Era pues aquel un hombre decidido. Saltó sobre su manto, la única pertenencia que tenía, y gritó sin poder lo que otros apenas se atrevían a susurrar. Le grita ¡Hijo de David! es decir, ¡Mesías!...

 Qué duda cabe: el Señor ama a los hombres como Bartimeo, a aquéllos que conscientes de sus deficiencias, que saben de sus invalideces, que han tenido experiencia inolvidable de su ceguera, de sus carencias, a hombres que han sido capaces de gritar su impotencia, su pequeñez, su necesidad de los otros. El Señor ama a los hombres que reconocen en su vida zonas de sombra, que no tienen certezas absolutas, que no tienen la respuesta exacta para cada problema de la vida y de la muerte. Es posible que esa sensación de carencia que hizo gritar a Bartimeo y que le condujo junto a Jesús para no separarse jamás de El no la sintieran los que caminaban a su lado. Por eso no comprendieron el grito angustiado del ciego y pretendieron que callara. Who knows.

El Señor nos invita –es eso: una invitación- a dejar al borde del camino nuestras grandes o pequeñas pertenencias, seguridades, garantías, para caminar con él la aventura de un sendero desconocido con la confianza puesta en Él, en el Maestro, que nos ama con locura[1]



[1] Dabar 1985, 52.

nEw-Old-iDeAs

En el camino espiritual se da una irrupción a la vida. Es como la floración del cerezo: ayer estaba todavía pelado y de repente, de la noche a la mañana, se abren miles de flores y luce un blanco purísimo. Nadie puede producir algo así, pues viene del interior. Asimismo, la experiencia de la Realidad plena es la irrupción de la vida desde el interior. Hay un proverbio chino que viene al caso: "Le dije al almendro que me hablara de Dios. Y comenzó a florecer". Esto es lo que el ser humano debería poder decir también de sí mismo: comencé a ser totalmente humano. En el fondo no se trata de otra cosa que de nuestra plenitud como seres humanos. Hemos nacido como personas para poder crecer y madurar hacia una existencia más amplia. Éste es el motivo real de nuestra existencia aquí. La verdadera falta que se comete es pasar por alto este deber de nuestra vida. Puede que se trate de lo que la Biblia llama el pecado contra el Espíritu Santo • Willigis Jäger

VISUAL THEOLOGY


La tiara papal es una corona usada por los papas, líderes de la Iglesia Católica, desde el siglo VIII al XX. Fue utilizada por última vez por Pablo VI. El nombre de "tiara" se refiere a la totalidad del sombrero, sin importar cuantas coronas o diademas la hubieran adornado a través de los siglos; mientras que su forma de tres niveles, que fue ideada en el siglo XIV, es también llamada el triregnum, triple tiara, o triple corona. De 1143 a 1963, la tiara papal se colocó solemnemente en la cabeza del Papa durante su ceremonia de coronación. Las tiaras papales supervivientes poseen todas el triregnum, siendo la más antigua la de 1572, y el resto no anteriores al año 1800. El Papa Pablo VI abandonó el uso de la tiara papal en el Concilio Vaticano II, colocándola de forma simbólica sobre el altar de la Basílica de San Pedro, y donando su valor a los pobres. Sin embargo, en su Constitución Apostólica de 1975, Romano Pontifici Eligendo, donde detalla la forma de elección del Papa, aún prevé que sus sucesores serían coronados. Su inmediato sucesor, Juan Pablo I, decidió ir en contra de una coronación, reemplazándolo con una Misa de inauguración del pontificado. Después de la repentina muerte de éste, en 1978, Juan Pablo II dijo a la congregación en la inauguración solemne de su pontificado: El último Papa en ser coronado fue Pablo VI en 1963, pero después de la ceremonia de la coronación solemne nunca usaron la tiara de nuevo y dejaron libre a sus Sucesores su decisión al respecto. El Papa Juan Pablo I, cuyo recuerdo está tan vivo en nuestros corazones, no deseó tener la tiara; ni tampoco su sucesor lo desea hoy. Éste no es el momento de regresar a una ceremonia y a un objeto considerado, erróneamente, como un símbolo del poder temporal de los Papas. Nuestro tiempo nos llama, nos exhorta, nos obliga a contemplar al Señor y sumergirnos en meditación humilde y devota sobre el misterio del poder supremo de Cristo mismo •

Thirtieth Sunday in Ordinary Time (B)

This week I would like to concentrate on the second reading, which I would call the Practical Guide to Understanding the Priesthood.

First of all the reading comes from the Letter to the Hebrews, a lengthy sermon written to shore up the faith of  second and third generation Christians of Hebrew ancestry. When the writer begins by mentioning High Priests, he is speaking about two groups of people.  He is referring both to the Temple priests of the Old Covenant and Christian bishops and priests, the priests of the New Covenant. He says that every high priest is taken from among men and made their representative before God to offer gifts and sacrifices for sin.

Before Christianity this sacrifice would be some sort of animal. The sacrifice was made to atone for sin. Jewish theology quotes Leviticus that says that blood makes an atonement for the soul[1].  The Jewish feast of Yom Kippur, celebrated last month on September 22nd -23rd, is the Day of Atonement, when sacrifice is made for sin. This is not just an acknowledgment of sin. That would be no more effective than an apology would be effective in removing a murder charge.  God has been offended by the sins of mankind. Only a sacrifice can atone for the offence. Leviticus 16 gives these instructions: The high priest, after becoming ritually pure, first offered a bull for his sins and the sins of his household. Then two goats were set aside. Lots were cast, and one goat was chosen to be the scapegoat or "Azazel." The High Priest slaughtered the other goat to atone for the sins of Israel and brought the blood into the Holy of Holies. The scapegoat was sent away to be lost in the desert after the High Priest laid both hands on its head and confessed the sins of Israel. In this way, the sins of the nation were symbolically carried off into the desert.

Two were brought for sacrifice. One was accepted and one was released into the desert. And Pilate brought Jesus and Barabbas before the people.  One was sacrificed.  One was released into oblivion.

A sacrifice has been made. The Lamb of God, Jesus Christ, is the perfect sacrifice. He is sacrificed once in history. This sacrifice is renewed mystically at Mass.  It is the one sacrifice is for all people.  Jesus Christ is both priest and sacrifice.   The essential action of the Mass is the offering of the Son to the Father. The Mass takes us to the Cross and leads us mystically into the Eternal Now of God, as the priest offers the sacrifice of the Son to the Father. We need the priests of the New Covenant to replace the priests of the Old Covenant.  The Temple no longer exists.  Nor is it needed. In the New Covenant we need priests to offer the sacrifice of Christ for the people and for himself.

Hebrews refers to priests of the New Covenant when it says that a priest is able to deal patiently with the ignorant and the erring because for he himself is beset by weakness.  It goes on to say that for this reason, the priest must make sin offerings for himself as well as for the people. Well, I hope the priest is patient and understanding.  I hope I have been patient and understanding.  There is an important point here.  The priest of the New Covenant realizes that he himself is attacked by weakness and sin in his own life. He realizes that there are two sinners in that confessional, that reconciliation room.  Please understand this, hearing confessions is the most humbling ministry that a priest performs.  We priests realize that no matter what we hear, we are also sinners, responsible to God for giving into our weakness. Perhaps, you have often heard me say, “If you ever go to confession to a priest and that priest thinks he is better than you, he has a serious problem, not you.”  When I minister the sacrament of penance, hear confessions, I am acutely aware of my own sins. I am also edified by the humility of those coming to receive the sacrament. When I celebrate Mass, I make the eternal offering not just for the sins of the people but for my own sins.  Sometimes people will be concerned that if they make an honest confession, the priest is going to think negatively about them.  The truth is that I think far more highly about you than I do about myself.  After all, you are the one humbling yourself before God. I’m just the mediator.  I also need forgiveness, and I need the Eternal Offering for sin that is the essence of the Mass.

Finally, Hebrews says that no one takes this honor upon himself, but only when called by God.  No one has the right to be ordained.  Priesthood is not a job.  It does not demand an equal employment opportunity.  Priesthood is a vocation, a call from God.  Why He chooses this person instead of that person to be a priest is beyond me.  Why He chose me still baffles me.  Perhaps it’s to show that He has a good sense of humor. Certainly it is to show that His power is made perfect in the weakness of His priests, in my weakness.

When I grew up, priests were often placed on pedestals. How horrible. A priest is not better than anyone else. In fact, he has more to answer to than most people because he has daily contact with the mysteries of God. Still, there are many people and many priests who think that priests should not be seen as normal human beings. That is really sad.  It misses the whole point of the sacrifice of Jesus Christ. He came to offer atonement for the sins of all the people, including, and perhaps especially, his priests.  Perhaps if people had a more realistic view of who their priests are, and if priests promoted a more realistic view of whom they are, there would be less scandal when the human weakness of the clergy becomes evident.

I’m sure some of you are wondering what all this has to do with you.  Why did I decide to devote a homily to some of the theological tenets of the Sacrament of Holy Orders?  Well, it is because I don’t want you to confuse the actions of the priest with the person performing these actions. So, in summary, the priest’s main role is to renew the Eternal Offering of Christ for himself and his people. He must recognize that he was called by God to serve the people. He didn’t earn the priesthood, nor did he have a right to this vocation. And finally priest and people should realize that God’s power is made perfect in the weakness we all have, including the weakness of His priests.

So I ask you today to pray for your priests.  Pray that we might truly be priests of God serving His People •



[1] 17:11.

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva;
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo
(¡tantos me dicen que estás muerto!)
Tú que conoces el desierto,
dame tu mano y ven conmigo


• de la Liturgia de las Horas

XXIX Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Escuchar el evangelio de este domingo –el vigésimo noveno del Tiempo Ordinairo- y luego ver la vida que muchos de nosotros llevamos, produce un gran contraste. La letra la hemos aprendido bien, pero nos falla la práctica. Mucho. En la vida diaria pensamos que que basta con "tener fe", es decir, con aceptar una serie de proposiciones: existe Dios, Jesús es Dios, Dios es Uno y Trino... Firmamos lo que haga falta (y más si, encima nos aseguran la salvación a cambio) y luego... ¡ancha es Castilla![1] No hemos entendido que una cosa es ser habitantes de la tierra y otra distinta es ser ciudadanos del Reino.

Para los habitantes de la tierra el poder y la autoridad son dos medios para prosperar; para tener servidores; para dar rienda suelta al orgullo y la presunción; para tener influencias, para mirar por encima del hombro a los demás; para viajar en primera y tener tres o cuatro casas de campo, etc.

Para los ciudadanos del Reino la autoridad es servicio y no hay otro trono posible que el de la cruz. Para los habitantes de la tierra el dinero es lo que da la felicidad o, por lo menos, ayuda a conseguirla; el dinero es el que abre puertas y tiende puentes; da categoría a los hombres, los hace importantes, distinguidos, privilegiados.

Para los ciudadanos del Reino el dinero es un bien que se utiliza pero al que no se sirve; que se comparte pero que no se acumula; que hace más responsable de las injusticias al que abundantemente lo posee, si no lo emplea en remediar las necesidades de los hermanos. No te revuelvas incómodo en tu silla ni pienses “el fader se nos vuelve comunista”: los sacerdotes somos los primeros que debemos cuidar de no apegarnos al dinero.

Para los habitantes de la tierra la categoría social es imprescindible; hace de los hombres "niños bien" y “niñas bien”; suscita las envidias de casi todos. En esta vida –según esos criterios- es fundamental "ser alguien", tener un título, una posición por encima; ser un "don nadie" es una de las mayores tragedias, cuando no una vergüenza familiar y social.

Para los ciudadanos del Reino no hay nadie más importante y más valioso que los pobres, los enfermos y los niños, los que socialmente no cuentan, o “no sirven para nada”, los que son un número sin rostro; sin embargo la categoría social es inútil porque los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos[2].

Para los habitantes de la tierra hay muchos valores absolutos a los cuales se ven sometidos los hombres: la estética, el deporte, estar en forma, los objetos de consumo, la cuenta del banco, el coche...

Para los ciudadanos del Reino no hay otro valor absoluto que Dios, junto con el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios; todo lo demás, absolutamente todo lo demás está al servicio del hombre, nunca al revés.

Una vez más: una cosa es ser habitantes de la tierra y otra muy distinta, ser ciudadano del Reino. Seguimos afanándonos por el dinero, por conquistar el poder, por tener buena fama, pero a la hora de la verdad, en poco nos diferenciamos, los que queremos vivir como ciudadanos del Reino, del estilo propio de aquéllos a quienes San Juan llamaba hijos de las tinieblas.

Por mucho que queramos disimular, por muchas excusas y justificaciones que nos busquemos, si no vivimos como Jesús estamos reduciendo el Evangelio a pura teoría; y cuando el Evangelio se queda en teoría, se queda en nada[3]. El Señor tenga misericordia y  nos bendiga y nos ayuda a hacer un buen examen de conciencia y a cambiar nuestras actitudes •



[1] La expresión tiene su origen en los tiempos de la Reconquista. Después de tener bajo control un territorio arrebatado a los moros, surgía la necesidad de dar sentido a esas tierras, nacía la preocupación porque la guerra hubiese servido para algo: había que poblar lo ganado. Los distintos reyes ofrecían terrenos y facilidades a aquellos que quisiesen establecerse en los dominios recién conquistados, a la hora de elegir, surgía la duda... ¿dónde? Pues... ¡Ancha es Castilla!
[2] Mt 20, 16.
[3] L. Gracieta, Dabar, 1988, n. 52.

nEw-Old-IdeAs

Me encontraba en el silencio del soto, entre árboles rebosantes de humedad. No creo que jamás haya habido un momento en mi vida en que mi alma sintiera una angustia tan apremiante y especial. Había rezado todo el tiempo, por lo que no puedo decir que empezara a rezar cuando llegué allí donde estaba la capilla: pero las cosas se iban precisando más. "Por favor, ayúdame. ¿Qué voy a hacer? No puedo continuar así. ¡Tú puedes verlo! Mira el estado en que me encuentro. ¿Qué debo hacer? Muéstrame el camino" ¡Como si se precisara más información o alguna clase de signo! Pero dije esta vez a la Florecita: "Muéstrame lo que he de hacer" y añadí: "Si entro en el monasterio, seré tu monje. Ahora enséñame lo que he de hacer". Estaba peligrosamente cerca del camino equivocado para rezar...haciendo promesas indefinidas y pidiendo una especie de signo •T. MERTON, La Montaña de los Siete Círculos

VISUAL THEOLOGY


Transverberación (del latín: transverberatĭo, que significa "traspasar") es una experiencia mística que, en el contexto de la religiosidad católica, ha sido descrito como un fenómeno en el cual la persona que logra una unión íntima con Dios, siente traspasado el corazón por un fuego sobrenatural. El ejemplo más conocido es de Santa Teresa de Jesús. En la teología y en la espiritualidad católica la transverberación es considerada un regalo espiritual otorgado a personas que logran una intimidad mística con Dios, consistente en una «herida espiritual en el corazón». En el caso de Santa Teresa de Ávila, el fenómeno es descrito en su obra autobiográfica Libro de la Vida, en el que relata una visión que tuvo hacia 1562 donde un ángel se le apareció y clavó una flecha ígnea en su corazón: «Vía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla. [...] No era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan ecendido que parecía de los ángeles muy subidos, que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman Querubines [...]. Viale en las manos un dardo de oro largo, y al fin de el hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios» (Libro de la Vida, Capítulo XXIX) •

Twenty Nine Sunday of Ordinary Time (B)

James and John had it all wrong.  They wanted authority.  They wanted to sit at the right hand and left hand of Jesus when the Kingdom of God was established on earth.  They wanted to lord it over others.  They wanted to be powerful and feared because of their power. They looked forward to being in authority. They had it all wrong.  In the Kingdom of God, authority would come through service, not through power[1].

You parents, good parents as you are, know this. You want your children to respect you and, for their sakes, listen to you.  You know that you earn that respect not through intimidation and fear, but by your sacrifice for them. Your way of life, your daily routine, revolves around caring for your children. Sometimes you have to remind your children about all that Mom and Dad does for them out of love, but all in all, your children respect you because they experience how much you show your love for them every day.  That is the source of your authority.

This is what Jesus is telling James, John and the other disciples.  True power, true authority, flows from service. Jesus summoned them and said to them, whoever wishes to be great among you will be your servant; whoever wishes to be first among you will be the slave of all.

We are a Eucharistic people.  You hear that expression all the time. But what does that really mean? We celebrate Jesus’ real presence in the Blessed Sacrament.  We receive communion. We adore his Presence in our tabernacles and during Eucharistic adoration services. But that is just one part of the Eucharistic dimension of our lives. To be a Eucharistic people, our celebration of the Eucharist must encompass washing the feet of the Lord’s people. Remember that was what Jesus did before He gave His Body and Blood at the Last Supper. He washed the feet of his disciples and then issued the Mandatum novum[2], the mandate for them and for us: What you have seemed I do, you also must do.  This was followed by the sacrament of the Lord’s Body and Blood. We celebrate the Eucharist through service to others and continually experience the Presence of Christ.

Today’s gospel is really an encouragement to continue to serve the Lord through serving others. It is an encouragement for our parents, particularly our Moms, whose days are spent in so many loving tasks and who often many levels are beyond tired. What you are doing is noble, and holy, and Christian. You are giving yourself in service to people whom God loves, and whom you also love, your children.  How many of our Dads are also tired, and worn out by work and the stress of providing for their families?  Yet, there they are coaching, leading scouts, helping with homework, and looking for new ways to engage their children.  Parents must have authority over their children for the home to function properly.  Your sacrifice is how you achieve this authority.  It is the Christian way.

James and John had it all wrong.  They wanted power, they wanted authority.  Instead, Jesus called them to sacrifice and service. And when, after Pentecost, they sacrificed their lives for the sake of the Kingdom of God, they were, in fact, among the great gathered around Jesus’ throne.

It’s the same for us.  We sacrifice for others and the sacrificial love of the Lord gives us the authority to call ourselves Christian •



[1] 29th Sunday of Ordinary Time (B), October 18, 2015. Readings: Isaiah 53:10-11; Responsorial Psalm 33:4-5, 18-19, 20, 22; Hebrews 4:14-16; Mark 10:35-45.
[2]It comes from the Latin mandatum, the first word of the phrase Mandatum novum do vobis ut diligatis invicem sicut dilexi vos ("A new commandment I give unto you, That ye love one another; as I have loved you"), the statement by Jesus in the Gospel of John 13:34 by which Jesus explained to the Apostles the significance of his action of washing their feet. The phrase is used as the antiphon sung in the Roman Rite during the Mandatum ceremony of the washing of the feet, which may be held during Mass or at another time as a separate event, during which a priest or bishop (representing Christ) ceremonially washes the feet of others, typically 12 persons chosen as a cross-section of the community.

Las tres miradas de Jesús


I

Fue la primera mirada
de una inmensa complacencia.
¡Felicidades, muchacho,
valiente, sigue la senda!
Rumores del corazón,
vienen de fuente sincera,
Dios es silencio que habla
cuando se escucha de veras.
Cumpliste los mandamientos,
que son alianza perfecta,
si no hay amor superior,
entonces ¿por qué te inquietas?
Pero un divino susurro,
por dentro tu anhelo orea,
son las ansias del Espíritu
que no entiende la cabeza.
Pero es si quieres…, si quieres,
que Dios a nadie le fuerza.


II

Fue la segunda mirada
de nostálgica tristeza:
¡qué difícil que los ricos
las cosas del reino entiendan…!;
¡qué despótica y cruel
es la aparente riqueza!;
¡qué difícil que un camello
se haga pequeño en la tierra,
y por ojo de una aguja,
cabeza y joroba meta!
¡Cómo endiosan los dineros
y toda la vida enredan!
Miraba Jesús en torno
al decir esta advertencia,
con los ojos empañados
por su misteriosa ciencia.


III

Fue la tercera mirada
fulgurante como estrella.
Dios sí lo puede, hijos míos,
sí lo puede con su fuerza,
que el Evangelio es la gracia
de la divina potencia.
Pues nosotros lo dejamos,
- dijo Pedro con firmeza -,
todo, por ti fascinados:
familia, casa y hacienda…
Y entonces Jesús nos dio
una muy suave certeza:
su amor del ciento por uno
y luego la vida eterna…
Jesús de fidelidad,
¡gracias por esta promesa!


P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Las cosas como son: sentirse bueno es una peligrosa forma de autocomplacencia, casi siempre orgullosa, que algunos confundimos con ser cristiano. Sentirse bueno es apropiarse de un adjetivo que sólo corresponde a Dios. "No hay nadie bueno más que Dios". Quien se siente bueno, se autodiviniza, y subido al trono, se cree con derecho a condenar a quienes él mismo se encarga de calificar de malos.

El muchacho aquel del Evangelio es lo que suele llamarse "un buen chico". ¿Qué más se le puede pedir? Educado, honrado, obediente, trabajador. Monísimo, en una palabra... Más de un papá diría: “¡uno así para mi hija por favor!” Pero ¿es eso un cristiano, un testigo de la vida eterna? Este muchacho se parece a muchos de los que se acercan a la Iglesia. Ante el Sacramento de la Penitencia, le es difícil extraer de su vida algo más que cierta negligencia, algún pensamiento impuro. “Padrecito, no mato, no robo ¡soy buenísimo!”…

Tengo para mí que en aquel joven había alguien idólatra del dinero y al mismo tiempo alguien muy necesitado de perdón y de luz, como tantos de nosotros. Somos personas necesitadas de un fogonazo como el Evangelio de hoy que nos ilumine y nos salve. Una especie de shock que nos despierte y nos haga abrir los ojos a una realidad que desconocemos: a veces Dios es como un objeto decorativo religioso que nos ayuda a instalarse en la sociedad cuyo visto bueno andamos buscando; pero no es el centro, ni el motor de nuestra vida. Pensando en cumplir los mandamientos se nos olvida el que es primero y raíz de todos: Escucha, Agustín: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas[1].

El joven escuchó. Se fue pesaroso, pero desengañado, iluminado: ahora sabe que en su vida hay algo más importante que Dios: sus bienes. Y con esta carga, qué difícil afrontar el amor al prójimo. ¡El, que creía cumplir todos los mandamientos!

Tan cierta como la necesidad de hacer un desplante al dinero para que en el hombre se cumplan los dos grandes mandamientos –Dios y el prójimo-, lo es la promesa del Señor a los que renuncian: Cien veces más, aunque con persecuciones.

Vamos a pedir hoy en nuestra oración a lo largo de la celebración de la Eucaristía que este mundo en el que vivimos no nos distraiga de la promesa a quienes nos acercamos al Señor, preguntando[2]



[1] Mc 12, 29-30
[2] M. Flamarique Valerdi, Escrutad las Escrituras. Reflexiones sobre el ciclo B, Desclee de Brouwer, Bilbao 1990, p. 168.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris