Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño,
Tú que hiciste cayado de ese leño,
en que tiendes los brazos poderosos,

vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguirte empeño,
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados,
pero ¿cómo te digo que me esperes,
si estás para esperar los pies clavados?

Lope de Vega

IV Domingo del Tiempo Ordinario (B)

En nuestras catequesis y homilías los sacerdotes quizás hemos insistido demasiado en la justicia de Dios, o en su grandeza, o en su poder... y lo que hemos conseguido es transmitir a un Dios lejano, distante, inaccesible... Así, ¿quién puede sentirlo como Padre? Lo propio de un padre es la cercanía, la disponibilidad, el tenerlo a nuestro lado, el sentir la seguridad y la confianza que nos transmite... ¿Así sentimos a Dios?

Con su predicación y cada momento de su vida el Señor quiso acercarnos a Dios, que es nuestro Padre. No se trata de un título más en la larga lista de atributos que podemos aplicarle sino el principal y primero, el único que de verdad importa e interesa. Cuando el Señor hablaba de su Padre quería que nosotros no sintiéramos temor ante el poder de Dios, sino paz ante su amor, consuelo ante su cercanía, confianza ante su paternidad. Pero lo cierto es que en la predicación no siempre hemos acertado a transmitir a los hombres esta buena noticia.

Y para transmitir ese mensaje de la paternidad de Dios mucho nos ayudaría más comprensivos con el hombre y la mujer de hoy. Menos condenas y más comprensión. Comprender, ayudar, salvar... ¿Cuándo vamos a entender que los que llamamos «marginados» no necesitan tanto que les recordemos lo que deberían hacer como que son, también ellos, hijos de Dios, igual que la oveja perdida no necesita sermones sino alguien que se remangue los pantalones y se vaya a buscarla, y esté con ella, y la eche sobre sus hombros, y la cuide...? La imagen del pastor y la oveja que nos trae el Evangelio de hoy es mucho más que una fuente de inspiración para pintores, o una frase para cierta literatura religiosa (muy cursi en algunos casos, por cierto).

Ser pastor así no es fácil: el buen pastor que da la vida por las ovejas[1]. ¡Casi nada! ¡Dar la vida! Porque pastores, en un momento dado, todos lo somos: de los hijos, de los padres, de los amigos, de los empleados, de los pacientes, de los vecinos, de... El evangelio es claro: si no somos (pastores) así, somos asalariados, llenos de buenas palabras, de hermosos documentos, de grandilocuentes declaraciones...¡de blogs y tonterías de esas! que salimos corriendo en cuanto viene el lobo, dejando las ovejas a su suerte.

¿A cuántas ovejas hemos dejado a su suerte? ¡Si tenemos hasta el valor de llegar a decir: “se lo merecen” ¿Eso es ser buen pastor? ¿Qué hacemos con las mujeres que abortan, con las personas  homosexuales, con aquellos que están enganchados en el alcohol o la droga, con los emigrantes, con los que han sufrido el drama del divorcio? Existen instituciones educativas que se llaman a sí mismas católicas que se plantean si recibir o no en sus aulas a los niños que provienen de matrimonios rotos y cuyos padres están en segundas uniones….Lo que hacemos es que los clasificamos, con etiqueta y todo, incluso antes de reconocerles la categoría de personas. Los vemos por su peculiaridad antes que por su esencialidad. Y después los dejamos abandonados a su suerte: “se lo buscaron”. Así, ¿cómo conseguir que el hombre se sienta hermano?, ¿cómo lograr que se sienta hijo?

A veces da la impresión que ser hijos de Dios no es un don que el Padre nos hace, sino un privilegio, alcanzado por unos cuantos. Si alguien necesita descubrir que Dios es Padre son, precisamente, los otros, de la misma manera que la oveja que necesita que su pastor vaya por ella es la que se ha perdido, no las que se han quedado bien seguras en el redil: no necesitan de médico los sanos, sino los enfermos[2].

La certeza de que pertenecemos a Dios debe abrir nuestro corazón a la esperanza. Estamos a tiempo, podemos hacerlo, podemos sentirnos hijos y, por lo tanto, hermanos de los hombres. Podemos cambiar la sociedad y el mundo, y podemos hacer realidad el Reino de Dios entre nosotros. Y si esto suena a utopía, ¡tenemos todavía más razón! Se trata de la utopía de la fraternidad universal[3]



[1] Jn 10, 11.
[2] Cfr. Lc 18, 9-14.
[3] L. Gracieta, Dabar 1994, n. 28.

NeW-Old-IdEaS


Llamé a una puerta aguardando que alguien me abriera y me hiciera pasar más allá de ella... Caminé junto a un río, buscando una playa, donde encontrar a no sé quién... Trepé a esa montaña, asomándome a sus cavernas... Como los románticos buscaba plantas y flores exóticas, flores nuevas que nadie conociera. No, no es allí, no es eso, ni esto ni aquello... El Absoluto no se identifica con lo que sea, ni aquí, ni allí. Si crees que diste con tu destino al recibir no sé cuál diploma o te empeñaste en esta o en aquella profesión: te equivocas. No hay en este mundo "nada", ni nada de nada, que pueda en efecto ser nuestro fin. Cuando te parezca alcanzar esto o aquello que sueñas, di, muy fuerte en tu corazón, "no es, no es, es preciso seguir más allá." No hay cumbres. Más altas están las estrellas y ellas mismas no pueden cerrar el cielo. Y el cielo... ¿qué es el cielo? El cielo se abre para que vayas más allá... ¡Corazón, que en nada te conformas, estás en lo cierto cuando insistes en buscar! Porque "Aquello" es ¡tan cerca! que nada ni nadie lo puede mostrar... Ermitaño urbano

VISUAL THEOLOGY



Este sarcófago es hallado en 1885 y mide 2’17 metros de largo por 0’60 de ancho y 0’64 de altura, proviene de la primera mitad del siglo V. Se encuentra en la iglesia de la Santa Cruz de Écija (Sevilla). Consta de tres escenas: de izquierda a derecha son "Sacrificio de Isaac", "Buen Pastor" y "Daniel entre leones". Encima de cada escena hay una inscripción en letras mayúsculas griegas "Abrah, Eisaac, Poimén (Pastor), Daniel", respectivamente. Escena de Abrahán: un carnero atado a un árbol; Abrahán, barbado, con un cuchillo en la mano derecha; altar con leña; Isaac, imberbe con las manos atadas a la espalda. Escena del Pastor: carga sobre sus hombros una oveja, con la cara vuelta hacia el pastor; Jesús, imberbe, lleva cayado en la mano izquierda, viste túnica corta, como los otros personajes; a sus pies pastan dos ovejas. Escena de Daniel: en figura de orante con las manos alzadas y extendidas, a sus pies dos leones, sentados sobre sus cuartos traseros, vuelven las cabezas forzadamente hacia el profeta; metidos en una jaula representada esquemáticamente

Fourth Sunday of Easter (B)

We are celebrating the fourth Sunday of Easter, the Sunday of the Good Shepherd, the World Day of Prayer for Vocations[1]. To be a disciple of Jesus demands that we respond to every person the same way the Good Shepherd responds to all. Every person possesses the sacred dignity of being a child of God.  Just as, aside from Jesus, every baby born is the most important baby ever born, every person is a unique reflection of the God and deserving of the love and care of the Lord's presence on earth through us[2].

This is the reason why the charity of the Christian must reach beyond his or her own family and friends, beyond the parish family and even beyond the family of citizens of their country. We have to be concerned about those who are hurt, starving, suffering or dying throughout the world. Our charity cannot be limited by anything including the parameters of our faith community.  Blessed Mother Theresa, for example, reached out to the poor of Calcutta and throughout the world. Most of these people were Hindi, not Christian. All of these people are made in the image and likeness of God.

Jesus said, I have other sheep who are not of this fold.  These also I must lead and they will hear my voice. Who was He referring to?  Was he speaking about others outside of his disciples immediate group? Was he speaking about non-Jews, the gentiles who would become fervent Christians? Was He speaking about all good people, searching for Truth?  Or was He simply speaking about all people in the world, all are made in the image and likeness of God?  Well, we have to assume it is the last group. All people belong to God, even those who continually run from Him! There is still time for them to return to Him. They need us to point to where happiness can be found, to point to God and to support their efforts to reach them.  They need us to let them know by our actions that they are part of the Lord’s flock.

It is easy to say that we need to reach out to others, but this is often difficult to do.  Perhaps we all do this.  We might be on the run and totally oblivious to a neighbor who is rather down in the dumps. Usually, it is when you are running from one place to the next, that someone desperately needs your time. Following the Good Shepherd requires our never being too busy to be aware of and to respond to those around us who need help.

My brother, my sister, there is a voice calling to us to jump.  Sometimes the noise of our lives is so loud, that we don’t hear this voice. But the voice is still there. We need to hear it. It is the voice of the Good Shepherd. It is the voice of Jesus speaking to us in the quiet of our hearts, in the love or our family and friends, in the cries of all calling out to us. The voice of the Good Shepherd calls out to us calmly and lovingly.  He tells us to take the jump, the leap of faith.  He tells us to trust in Him because He is taking care of us.

The Good Shepherd is the Risen Lord.  He is with us.  He will never leave us alone.  Today we ask this Lord to allow us to slow down and hear his voice



[2] 4th Sunday of Easter. April 26, 2015. Readings: Acts 4:8-12; Responsorial Psalm 118:1, 8-9, 21-23, 26, 28, 29; 1 John 3:1-2; John 10:11-18.

Mejor que todo es tu amor
 Tu nombre y tu perfume
 llevame contigo
 indicame amor de mi alma
 donde apacientas
 que hermoso es amado mío
 que deliciosa es tu presencia, tu presencia
 confórtame el corazón
 que enferma estoy de amor.

 Porque no puedo vivir sin Tí
 que son las noches vacías sin Tí
 Tu amor fuerte como la muerte
 no se apaga , no se apaga, en mí
 Porque no puedo vivir sin Tí
 que son las noches vacías sin Tí
 Tu amor fuerte como la muerte
 no se apaga, en mí
 cuando te encuentre te daré mi amor
 cuando me encuentres me darás tu amor.

 En mis noches he buscado
 al amor de mi alma,al amor de mi alma
 cuando lo encuentre no le soltaré
 cuando lo encuentre no le soltaré
 Me robaste el corazón
 con tu mirada, con tu mirada
 confortame el corazón
 que enferma estoy de amor.

 Porque No puedo vivir sin Tí
 que son las noches vacías sin Tí
 Tu amor fuerte como la muerte
 no se apaga , no se apaga, en mí
 Porque no puedo vivir sin Tí
 que son las noches vacías sin Tí
 Tu amor fuerte como la muerte
 no se apaga, en mí
 cuando te encuentre te daré mi amor
 cuando me encuentres me darás tu amor


Hermana Glenda
¿Quién podrá sanarme? 
Orar con San Juan de la Cruz 

III Domingo de Pascua (B)

Ustedes son testigos de esto, dice Jesús a los discípulos reunidos aquella tarde en el cenáculo. Y Pedro, el primero de los apóstoles, cuando el pueblo se encuentra congregado a su alrededor en la explanada del Templo, sorprendidos porque él y Juan curaron a aquel hombre inválido que se sentaba allí pidiendo limosna, explica el por qué de aquella curación y les recuerda (¡nos recuerda!) quién es aquel Jesús en nombre del cual ellos liberan de su mal a aquel hombre. Pedro, recogiendo el encargo de Jesús, afirmando: y de ello nosotros somos testigos.

Nosotros somos testigos. Nosotros somos testigos del camino de Jesús, de su entrega, de su palabra capaz de renovar los corazones y levantar los espíritus abatidos, de su firmeza en combatir todo lo que daña al hombre, de su atención constante a los pobres, a los débiles, a los enfermos, de su llamada decidida a cambiar de manera de vivir y pensar, de su confianza en el Padre. Nosotros somos testigos de su fidelidad hasta la muerte, y somos testigos de la dureza de aquellos momentos. Lo escupieron y maltrataron, lo torturaron, prefirieron dejar libre a un asesino y matarle a él. Y lo clavaron en la cruz.

Nosotros somos testigos. De todo eso, nosotros somos testigos, dicen los apóstoles. Pero somos testigos, ahora, por encima de todo, de una experiencia que nos ha transformado y nos ha hecho revivir. Nosotros somos testigos de que Dios lo ha resucitado de entre los muertos. Nosotros somos testigos de que Jesús, el crucificado, vive ahora por siempre. Y vive aquí, con nosotros, en nosotros. Y nos ha dado su mismo Espíritu. Y nos ha empujado a andar su mismo camino, porque su camino es el camino de Dios.

Así empezaron los apóstoles a cumplir el encargo que Jesús les había hecho.

Al principio, todo consistió en darse a conocer, dar a conocer aquella llamada de vida nueva que ellos habían sentido y que no podían dejar de compartir. En Jerusalén, y en todo el mundo. Pero no únicamente se trató de hacer oír la llamada. Los apóstoles, los primeros discípulos, ofrecían algo más. Ofrecían añadirse al grupo que ellos formaban, entrar a formar parte de aquella comunidad de gente que quería vivir de verdad el seguimiento de Jesús y que mostraba, más con sus obras que con sus palabras, que Jesús realmente les había transformado, que valía la pena seguir su camino.

Y así fue extendiéndose el testimonio de Jesús. Con el empuje inicial de los primeros evangelizadores, y después, sobre todo, con el estímulo y el atractivo que tenían aquellas primeras comunidades, y la amistad que cada creyente tenia con sus familiares y amigos, a los que transmitía la fuerza y el gozo que para él significaba seguir el camino de Jesús, a pesar incluso de las persecuciones.

Nosotros, como los apóstoles, también somos testigos de la llamada que hemos recibido, de la Buena Nueva que nos ha transformado. Nosotros, como los apóstoles, también somos testigos de Jesús, de su palabra, de su manera de vivir, de su muerte por amor, de la certeza que Dios nos ha dado, con su resurrección, de que su camino es el camino que da vida.

¿Y cómo hemos de ser, nosotros, testigos de Jesús? Estamos en un mundo que ya ha oído muchas palabras, un mundo en el que el mismo anuncio de Jesús se da como algo ya sabido, como algo de poco interés, como algo que tiene muy poco que aportar: agua pasada. Nosotros mismos, cristianos, a veces resultamos muy aburridos

Por eso, en este momento, lo único que puede constituir una llamada interesante, fuerte, viva, al seguimiento de Jesucristo, es nuestro propio testimonio. Si nosotros estamos realmente convencidos de que Jesús es nuestra vida, si nosotros vivimos sin límites (así: sin límites) el amor a los demás y nos ponemos al servicio de los más necesitados sin miedo y sin preocuparnos por nuestros intereses, si nuestra comunidad de creyentes es una comunidad de gente que realmente se ama en la fidelidad al Evangelio y en la confianza en el Padre, entonces sí que cumpliremos de verdad el encargo de Jesús, y nuestra fe será realmente un testimonio. Si por el contrario nos quedamos en nuestra torre, aislados, o en nuestra salita de estar, monísima pero vacía, viviendo de teorías pero no de prácticas –la práctica del amor- entonces seremos cristianos de nombre, de polvo, de ése que se lleva el viento.

Que esta Eucaristía de Pascua nos haga sentir como nunca ese deseo de compartir y transmitir la fe y el amor que vivimos, de ser testigos. Ser testigos no significa ser inmaculados (eso solo la Santísima Virgen), ser testigos significa confianza y acción. Servicio y amor. Testimonio y fe. Que Ella, la reina de los apóstoles y Madre de la Iglesia, interceda por nosotros para que el Señor nos encienda  más y más en su amor[1]



[1] J. Lligadas, Misa Dominical 2001, n. 7.

nEw-Old-IdeAS


Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, Y él conmigo (Apoc 3,20) Llamar a la puerta es una metáfora adecuada para hablar de un corazón que despierta, de un corazón atento. El crecimiento espiritual exige “caer en la cuenta”, reconocer la llamada. El reconocimiento y la aceptación del yo verdadero se produce cuando lo intentamos deliberadamente y extendemos la entusiasta respuesta al proceso de transformación. Varios textos bíblicos refieren a la puerta: Jesús se describe a sí mismo como puerta en el Evangelio de Juan; en Apocalipsis es descrito esperando a la puerta, y la puerta somos nosotros, nuestro corazón. En una pintura conocida aparece Jesús llamando y esperando que le abran la puerta. Podemos usar el texto de Apocalipsis para desarrollar nuestra imagen, meditando en cada una de sus frases. Dios es siempre el que da el primer paso, el que toma la iniciativa, el que aguarda a la puerta (poema del breviario). Dios llama de muchas maneras, por muchos caminos nos llega su voz. Estar despiertos nos permite escuchar su llamada, y abrir la puerta del corazón y de la vida al Amado. Una cosa es estar ante la puerta y otra es llamar. Son dos momentos diferentes, relacionados entre sí. En uno puede haber miedo o incertidumbre, o espera del momento propicio. En el otro seguridad, decisión, certeza. Voluntad, propósito. Imaginémonos a Jesús ante nuestra puerta. Cuando alguien llama lo puede hacer de diversos modos. Un solo golpe fuerte, golpes continuos, o con levedad. El modo de llamar de Cristo puede variar, pero la esencia del mensaje es la misma: “Déjame entrar en tu vida, en casa parte de ella, y te haré crecer”. Para poder escuchar la llamada necesitamos despejar y ordenar nuestro horizonte interior, apartando los ruidos perturbadores, las tantas voces que nos distraen de lo esencial. El silencio y la soledad nos ayudan en este sentido, haciéndonos más conscientes de una Presencia interior. ¡Es tan importante para nosotros escuchar la voz interior del amor! “En el fondo de nosotros hay una voz que está constantemente invitándonos a amar y hacer lo bueno”. Es la voz de la sabiduría que nos proporciona guía y orientación, que acoge al perdido y consuela al doliente, que amonesta y alienta, que se compadece.Esta reflexión tiene como objetivo primordial el tomar consciencia de la presencia del Amado llamando a nuestra puerta, y en cómo podemos responder, prestando atención al modo en que, Aquel que mora en nosotros, llama a nuestra puerta. ¿Cómo respondemos? ¿Cómo llamamos nosotros a la puerta de Dios? ¿Qué pasará cuando las puertas se abran? Abre la puerta, de Joyce Rupp, Ed. Sal Terrae.

VISUAL THEOLOGY


Giovanni Lanfranco, The Liberation of St. Peter from prison by an angel (1620), oil on canvas, Birmingham Museum of Art (England).


The author of the Acts of the Apostles portrays Peter as an extremely important figure within the early Christian community, with Peter delivering a significant open-air sermon during Pentecost. According to the same book, Peter took the lead in selecting a replacement for Judas Iscariot. He was twice arraigned, with John, before the Sanhedrin and directly defied them. He undertook a missionary journey to Lydda, Joppa and Caesarea, becoming instrumental in the decision to evangelise the Gentiles. About halfway through, the Acts of the Apostles turns its attention away from Peter and to the activities of Paul, and the Bible is mostly silent on what occurred to Peter afterwards. The book of Acts  (chapter 12) tells how Peter was put into prison by King Herod, but was rescued by an angel. At the Council of Jerusalem, the early Church, Paul and the leaders of the Jerusalem church met and decided to embrace Gentile converts. Acts portrays Peter and other leaders as successfully opposing the Christian Pharisees who insisted on circumcision. The church in Rome was already flourishing when Paul wrote his Epistle to the Romans about AD 57,[37] he greets some fifty people in Rome by name,[38] but not Peter whom he knew. There is also no mention of Peter in Rome later during Paul's two-year stay there in Acts 28, about AD 60-62. Church historians consistently consider Peter and Paul to have been martyred under the reign of Nero, around AD 65 such as after the Great Fire of Rome

Third Sunday of Easter (B)

We are celebrating the third Sunday of Easter, in today’s second reading St. John says that Jesus is the expiation for our sins and those of the whole world. First of all, what does that word expiation mean? The word refers to a sacrifice to atone or make up for sin. This might seem like a highly theological term, but we do this all the time. We just don’t call it atonement. For example, a husband or wife or a child is sorry for snapping at members of the family. He or she makes up for it with a little gift or a special meal or perhaps doing some chores that are not on part of his or her normal responsibilities. These are minor things, but they are acts of expiation, acts of making up.  The book of Leviticus presents a major act of atonement.  Moses’ brother Aaron is told to bring a goat into the sanctuary and place his hands over it, calling upon it the sins of the people. The goat is then sent into the wilderness[1].  The goat represents their sins. He is sacrificed by being brought out into the wilderness. The sacrifice is meant to make up for sins[2].

This is also a prophecy of Jesus’ gift of Himself to the Father for us. Jesus is also brought outside the temple area to die. He is the sacrificial victim who takes all sin upon himself.  His sacrifice makes us "at one" with God.

Many times we will say, “Give your sins to the Lord. Let Jesus have them.”  St. John is telling us that Jesus wants them.  He knows that we ourselves cannot make up or atone for the horrible actions of sin, but He knows that He can and will. Nor does He want us suffering the guilt of our sins. So we give our sins to Him and are made one with God by Him.

In today’s gospel, St. Luke presents Jesus appearing in the Upper Room and opening the minds of the disciples to understand the Scripture that Christ would suffer, die and rise again so that repentance for the forgiveness of sins might be preached to the whole world. This is Easter. Sin no longer will have a hold on us. Christ, the Victor over death is also the Victor over sin. The world needs to hear this from His disciples, from us. This brings us back to the second reading, Jesus is the expiation not for our sins only, but for the sins of the whole world. We are given the mandate to proclaim the good news that if we are united to Jesus, His sacrifice will unite each of us and all of us to God.

Some people think that the Lord saved them, but not other people.  They think that people of a certain class, with a certain disease, or who have committed this or that sin are excluded from the Lord’s salvation. So they categorize whole groups of people as damned, or, at least, as evil.   This is not the way of Christ. If we dare to look closely within ourselves, we would probably find  some form of prejudice in each of us. We have to fight against whatever prejudices we might have.  No group is better or worse than any other group. Jesus is our expiation for our sins and for those of the whole world. 

Today’s readings warn us not to be so arrogant as to think that we have done something that can’t be forgiven. Nor should we be so arrogant to think that others cannot be forgiven. God’s mercy is available for all. Jesus gives.  He forgives. And He calls us to follow Him! ▪



[1] Chapter 16.
[2] 3rd Sunday of Easter, April 19, 2015. Readings: Acts 3:13-15, 17-19; responsorial Psalm 4:2, 4, 7-8, 9;  1 John 2:1-5a; Luke 24:35-48

Mi gentil abejita,
abejita de Pascua,
hoy por ti guardo un verso,
que me sale del alma.

Limosnera de amor
que las flores emanan,
te alimentas de esencias,
de belleza te sacias.

Vas libando jardines
y volando montañas,
y en dulzura y servicio
tu comida la cambias.

De perfumes te sacias,
y la miel nos regalas;
y nos das cera virgen
para hacer nuestra lámpara.

Por el Cirio te canto,
por su fúlgida llama:
tú lo hiciste, amorosa,
con tu enjambre de hermanas.

Eres carne de Cristo
en la cera sagrada,
sacramento y fulgor
que hacia el cielo se alza.

Abejita sin nombre,
madrecita cargada,
tú lo hiciste en miríadas,
como obrera agraciada.

Y esta Noche de gloria
es tu Noche esperada,
madre abeja presente,
dulcemente cantada.

Para ti hoy desciende
de Jesús en la patria,
bendición y hermosura
y ternura a tus alas.

Mi pequeña abejita,
eres luz y alabanza:
en el mundo universo
¡eres Cirio de Pascua!

P. Rufino María Grández, ofmcap.

Cuautitlán Izcalli, 19 de marzo de 2005

II Domingo de Pascua (Domingo de la Divina Misericordia)

La cruz y la muerte habían llenado de tristeza, desánimo y sobre todo de miedo los corazones de los discípulos. Estaban allí, paralizados por el temor, con las puertas cerradas, bloqueando sus ilusiones. Que el sepulcro estuviera resolvía nada, a pesar de que Juan vio y creyó. Lo que realmente iba a transformar la vida de los discípulos es eso que tan fácilmente nos pasa desapercibido: la experiencia pascual, es decir, sentirse resucitados con la fuerza del Resucitado.

Y el Señor llega deseándoles la paz. Nada mejor podían recibir aquellos corazones atribulados y con un profundo complejo de culpa. Pero Jesús no viene Jesús a echarles en cara su traición. Viene a hablarles –a hablarnos- del perdón de los pecados y del Espíritu Consolador: Como el Padre me envió, así os envío yo: Recibid mi propio Espíritu y salid al mundo a hacer presente el perdón de los pecados[1].

El evangelio de este domingo, llamado de la misericordia, nos cuenta dos apariciones de Jesús, y la primera tiene todo el perfume de la celebración de un sacramento: el domingo, al atardecer, los discípulos perdonados y llenos del Espíritu Santo, que son enviados a llevar a los hombres el amor y el perdón de que han sido testigos.

Tres años de intimidad habían tenido con el Señor: palabras escuchadas y comentadas; signos y prodigios vistos con todo detalle… Todo pudo haberse quedado en la experiencia de haber conocido de cerca un gran Maestro y Profeta suscitador de esperanzas, que había acabado –como acaba todo- con la muerte, pero ¡pero! La experiencia pascual, contra lo que no caben argumentos, los hace cristianos, los hace testigos de la Resurrección, que proclaman que Jesús de Nazaret es el Cristo Señor. Y tan lo proclaman que todos dan su vida por Él.

Aquellos hombres que reciben la visita y presencia del Señor aquella tarde eran como tú y como yo: cristianos de nombre, zarandeados por todo viento de doctrina, víctimas de la decepción y la duda, y lo que los confirma es la celebración festiva del perdón de los pecados y del poder del Espíritu creador de unidad. Hoy, veinte siglos después, podemos hacer lo mismo. Hermano mío, hermana mía: no es preciso, para confirmar la fe, tocar físicamente a Jesús. Él ha dejado, al alcance y servicio de todas las generaciones, la experiencia pascual y el testimonio –sangriento y elocuente- de millones de personas, si esto no te mueve a pensar y replantearnos las cosas ¡entonces qué!

Tomás, uno de los doce, no estaba con sus hermanos comulgando con su miedo y su decepción. Se había ido a hacer la guerra por su cuenta. Pero ¿qué podría llevar Tomás al mundo sin ser testigo de la Resurrección? ¿Qué podemos llevar los cristianos de hoy si no tenemos esta experiencia del perdón y la ternura del Señor?

Hoy podemos vivir con alegría la experiencia pascual. Si nos quedamos solamente con si el sacerdote predica bien o mal, si corremos a San Rapidito para corretear (sic) la Eucaristía, si acudimos a la liturgia llenos de prejuicios y de trabas ¡nos marcharemos sin haber sentido esa maravillosa experiencia pascual!

Vamos a detenernos un momento y a pensarlo bien: los sacramentos que el Señor dejó –hoy nos detenemos particularmente en el sacramento de la Confesión-  celebrados con alegría como acontecimiento salvador ponen al alcance de la mano el poder exclamar hoy como ayer lo hizo Tomás: Señor mío y Dios mío[2], es decir, un acto de fe –sencillo pero muy profundo- el la vida y el poder de Jesucristo, ¿nos atrevemos a experimentarlo?





[1] Cfr. Jn 20, 21.
[2] M. Flamarique Valerdi, Escrutad las Escrituras. Reflexiones sobre el ciclo A. Desclée de Brouwer, Bilbao 1989, p. 79 ss.

nEw-Old-IdeAs


Los que conocen a Dios están llenos de buenos pensamientos y, en su afán por las cosas celestes, desdeñan las realidades de esta vida. Éstos no son queridos por muchos, ni sus ideas son del agrado de muchos. Tanto es así, que no sólo son odiados, sino también objeto de burla. Sin embargo, aceptan sufrir lo que sea, dentro de la indigencia en que se encuentran, sabiendo que, si bien esto parece un mal para la mayoría, para ellos es un bien. El que comprende las cosas celestes, cree en Dios y reconoce que toda criatura proviene de su voluntad. El que no comprende, ni siquiera cree que el mundo es obra de Dios y que fue hecho para la salvación del hombre ■ de la Filocalía de la Iglesia Ortodoxa. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris