Amargo es el recuerdo de la muerte
en que el hombre mortal se aflige y gime
en la vida presente, cuya suerte
es morir cada día que se vive.

Es verdad que la luz del pleno día
oculta el resplandor de las estrellas,
y la noche en silencio es armonía
de la paz y descanso en las tareas.

Pero el hombre, Señor, la vida quiere;
toda muerte es en él noche y tiniebla,
toda vida es amor que le sugiere
la esperanza feliz de vida eterna.

No se oiga ya más el triste llanto;
cuando llega la muerte, poco muere;
la vida, hija de Dios, abre su encanto:
«La niña no está muerta, sólo duerme.»

Señor, da el descanso merecido
a tus siervos dormidos en la muerte;
si el ser hijos de Dios fue don vivido,
sea luz que ilumine eternamente. Amén


 Himno del Oficio de Laudes 
de la Liturgia de las Horas

Todos los Fieles Difuntos (2014)

En un antiguo artículo de la escritora estadounidense Pearl S Buck, en el que hablaba sobre la vida y la muerte, citaba la carta que le escribió una mujer desconocida que había perdido a su marido: «Cuando mis pequeños no pudieron comprender el silencio de su padre, recientemente fallecido y que les quería mucho, traté de explicárselo describiéndoles el ciclo vital de su caballito de mar. Comienza como un gusano en el mar; pero, en el momento justo, emerge, y cuando se da cuenta de que tiene alas, vuela. Supongo –les dije- que los que se quedan en el agua se preguntan dónde se ha ido y por qué no vuelve. No puede volver porque tiene alas, ni los que se quedaron pueden volar junto a él porque todavía no las tienen». Y termina diciendo: «Es cierto; aún no tenemos alas, pero llegará un día»[1].

La historia es sin duda bonita, pero ¿es real? ¿Es verdad que «aún no tenemos alas» pero que llegará un día en que todos nos volvamos a reunir de nuevo? Hay un texto del libro del Apocalipsis en el que se presenta también simbólicamente lo que es la vida que nos espera detrás de la muerte y que quizá pueda hacernos comprender mejor: ha pasado este primer cielo y esta primera tierra con sus angustias y sus tristezas –también con sus amores, con sus alegrías y sus ilusiones-, y con la muerte pasamos a ese cielo nuevo y esa nueva tierra, donde ya no habrá llanto ni luto ni lágrimas ni dolor, porque el primer mundo habrá pasado,  donde Dios habrá dicho al corazón del que ha muerto: Yo soy tu Dios y tú eres mi hijo, y donde, sobre todo, la sed de felicidad y de perpetuidad que está grabada en la entraña del ser humano encontrará finalmente descanso, porque los sedientos beberán de balde de la fuente de agua viva

Toda la liturgia de éste día dedicado a recordar a los difuntos nos invita a detenernos y reflexionar un momento en el hecho de que el amor de Dios es más fuerte que la misma muerte; que el destino de los que ya se macharon –el destino de sus amores, de sus luchas, de sus alegrías y de sus tristezas- no fue la muerte definitiva, sino la vida eterna, y que desde este mundo es posible decir, con una fe humilde pero esperanzada aquello tan entrañable del libro sagrado: Dichosos los muertos que mueren en el Señor porque sus obras les acompañan[2].

Al final de nuestra vida, al final de nuestras búsquedas, de nuestros deseos de ver, estará, brillante el rostro de Dios[3].

Escribía hace poco mi buen amigo Suso: «Al morir Manuela algo de mí, que ya era ella, se fue. Y algo de mí, resucitó en ella. Algo de ella que todavía es yo, se quedó. Algo de ella espera a mi resurrección». Es la palabra de fe y de esperanza que hoy podemos pronunciar. Sí: aún no tenemos alas, pero llegará el día en que vuestros ojos verán finalmente al amigo, al esposo, al padre, a la amiga que se han marchado, ellos están allá, y allá nos esperan, nos esperan en ese lugar donde es realidad aquello tan entrañable que ya decimos en el memento de difuntos de la celebración eucarística:

«Y a nuestros hermanos difuntos
y a cuantos murieron en tu amistad
recíbelos en tu reino,
donde esperamos gozar todos juntos
de la plenitud eterna de tu gloria;
allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos,
porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro,
seremos para siempre semejantes a ti
y cantaremos eternamente tus alabanzas»[4]



[1] Pearl Sydenstricker Buck (June 26, 1892 – March 6, 1973), also known by her Chinese name Sai Zhenzhu was an American writer and novelist. As the daughter of missionaries, Buck spent most of her life before 1934 in China. Her novel The Good Earth was the best-selling fiction book in the U.S. in 1931 and 1932 and won the Pulitzer Prize in 1932. In 1938, she was awarded the Nobel Prize in Literature "for her rich and truly epic descriptions of peasant life in China and for her biographical masterpieces." After her return to the United States in 1935, she continued her prolific writing career, and became a prominent advocate of the rights of women and minority groups, and wrote widely on Asian cultures, becoming particularly well known for her efforts on behalf of Asian and mixed race adoption.
[2] Apoc 14,13.
[3] J. Gafo, Dios a la vista. Homilías ciclo C., Madrid 1994, p. 408 ss.
[4] Misal Romano, Plegaria Eucarística III. 

nEw-Old-IdeAs


Aquellos que nos han dejado
no están ausentes,
sino invisibles.
Tienen sus ojos
llenos de gloria,
fijos en los nuestros,
llenos de lágrimas


San Agustin

VISUAL THEOLOGY

Tagetes erecta, llamada comúnmente tagete o clavelón de la India, conocida en México como cempasúchil, cempaxóchitl, cempoal (o zempoal), flor de muertos, es una especie de la familia Asteraceae, nativa de México, donde se encuentra en estado silvestre principalmente en los estados de Chiapas, Estado de México, Morelos, Puebla y Veracruz. El nombre común cempasúchil procede de la palabra en náhuatl cempōhualxōchitl, que significa "veinte flor" (de cempohualli= veinte y Xochitl=flor). Y no fue por nada que los Mexicas la llamaran así, pues cuentan que en Malinalco al morir alguien, los familiares adornaban la tumba con ramos de pequeñas flores amarillas llamadas Tonalxochitl, pues se creía que estas flores poseían la habilidad de guardar en sus corolas el calor de los rayos del Sol. Los Mexicas al pasar por el valle de Malinalco adoptaron esta tradición, solo a ellos esa flor les pareció muy sencilla, y con el paso del tiempo transformaron la flor de Tonalxochitl en una flor con más pétalos, hasta que lograron juntar en una sola flor veinte de aquellas pequeñas flores que hallaron en Malinalco 

The Commemoration of All the Faithful Departed (All Souls)

Why do we pray for our deceased loved ones?  Why do we have this celebration today, the Commemoration of All Souls?[1] Why do we dedicate the month of November to praying for the dead? Why do we have funeral Masses? Well, we do all these things because we believe in the power of prayer. We believe that our continual entreaty to God to bring our loved ones to peace will prepare them to bear the fullness of His Love in heaven.

We pray because we believe in love. We believe that true love, the love that flows from God and returns to Him, true love remains forever. We sincerely loved the members of our family, our friends and all who have died. And we still love them. This love which is looking for nothing other than to express itself is sacrificial love. It is loving as Jesus loved. We are not expecting anything in return. We just want to express our love others.  We do this through prayer.

And God hears our prayers and sees the love motivated by those who have died.  Some of these loved ones are fully united to Him now.  They are the saints, be they canonized by the Church, babies and little children, or older children, Teens and adults all who died with lives so pure, so sincere, that they are ready to endure the blaze of His Love.

Some of our loved ones are not ready to enter into His Presence. The results of their sins are still affecting them. Just like an arm broken many years ago still hurts when the weather changes, the deceased who is forgiven his or her sins still suffers the result of the sin.  But God’s love is motivated by the love this person inspired in others, seen in their constant prayer. These prayers lead Him to heal the results of sin or as we say in the terminology of the Church, to free them from Purgatory. This was presented beautifully and succinctly by Dante Alighieri in the second book of his Divine Comedy, The Purgatorio. There he presents the souls in purgatory as holding themselves back from climbing the mountain of God until they are able to accept the fullness of His Love.  They are dependent on the prayers of their loved ones still on earth to prepare them to receive the fire of God’s love[2].

The power of prayer is far greater, infinitely greater than we could ever imagine. Often when we pray we call on the strength of the Almighty One to perform an action beyond our capabilities, but not beyond His.  Today we pray that the Lord heals the wounds of all who are not yet ready to enter into the fullness of His presence. May they be healed.  May any part of their lives that have been closed to Love be completely open to the Presence of God.

So we pray today for our deceased parents, spouses, children, relatives, and friends.  We know that they were good people.  But we also know that they were people.  We want them to be capable of receiving the full blast of God’s love; so we pray for them.  We celebrate funeral Masses, for that is the prayer of Jesus on the Cross for the deceased, the greatest prayer we could offer.   We have additional Masses said for our loved ones throughout the year.  We remember them in our daily prayers.  And we pray for them particularly on today, All Souls Day, and throughout the month of November.

We are all united in the Community of the Church.  We are united to the saints in their triumph.  We are united with the souls in purgatory in their preparation for triumph.  And the saints in heaven and the souls in purgatory are united with us in our efforts to make Christ a reality in our world.

 I will reject no one who comes to me, the Lord said in our gospel for today[3]. We trust in the God who loves us to care for us and our loved ones in life and in death.  And so we pray, “May the souls of the faithful departed through the mercy of God rest in peace.” ■





[1] All Souls (Commemoration of the Faithful Departed), November 2, 2014. Readings: Wisdom 3:1-9; Responsorial Psalm 23:1-3a, 3b-4, 5, 6; Romans 5:5-11; John 6:37-40.
[2] The Divine Comedy (Italian: Divina Commedia) is an epic poem written by Dante Alighieri between c. 1308 and his death in 1321. It is widely considered the preeminent work of Italian literature, and is seen as one of the greatest works of world literature. The poem's imaginative and allegorical vision of the afterlife is representative of the medieval world-view as it had developed in the Western Church by the 14th century. It helped establish the Tuscan dialect, in which it is written, as the standardized Italian language. It is divided into three parts: Inferno, Purgatorio, and Paradiso. On the surface, the poem describes Dante's travels through Hell, Purgatory, and Heaven; but at a deeper level, it represents, allegorically, the soul's journey towards God. At this deeper level, Dante draws on medieval Christian theology and philosophy, especially Thomistic philosophy and the Summa Theologica of Thomas Aquinas. Consequently, the Divine Comedy has been called "the Summa in verse".
[3] John 6:37. 

Ilustration: Il Paradiso di Dante, miniato da Giovanni di Paolo. 

Estáte, Señor, conmigo
siempre, sin jamás partirte,
y, cuando decidas irte,
llévame, Señor, contigo;
porque el pensar que te irás
me causa un terrible miedo
de si yo sin ti me quedo,
de si tú sin mí te vas.
.
Llévame en tu compañía,
donde tú vayas, Jesús,
porque bien sé que eres tú
la vida del alma mía;
si tú vida no me das,
yo sé que vivir no puedo,
ni si yo sin ti me quedo,
ni si tú sin mí te vas.
.
Por eso, más que a la muerte,
temo, Señor, tu partida
y quiero perder la vida
mil veces más que perderte;
pues la inmortal que tú das
sé que alcanzarla no puedo
cuando yo sin ti me quedo,
cuando tú sin mí te vas


Himno del Oficio de Laudes, 
Liturgia de las Horas. 

XXX Domingo del Tiempo Ordinario (A)


Igual que los fariseos, también andamos como poniendo a prueba nuestra fe (¡cobardemente no nos atrevemos a enfrentar al Señor!), y caminamos con actitud de sabiondos, de perdonavidas, de que sabemos bien cómo se hacen las y a ver si vamos ayudando a todos ésos van por la vida arrastrados por sus más bajas pasiones. A todos nosotros se dirigía el Papa Francisco hace pocos días:

« ¡Con un corazón lleno de reconocimiento y de gratitud quiero agradecer junto a ustedes al Señor que nos ha acompañado y nos ha guiado en los días pasados, con la luz del Espíritu Santo! (…)
Puedo decir serenamente que – con un espíritu de colegialidad y de sinodalidad – hemos vivido verdaderamente una experiencia de "sínodo", un recorrido solidario, un "camino juntos". Y siendo “un camino" – como todo camino – hubo momentos de carrera veloz, casi de querer vencer el tiempo y alcanzar rápidamente la meta; otros momentos de fatiga, casi hasta de querer decir basta; otros momentos de entusiasmo y de ardor. Momentos de profunda consolación, escuchando el testimonio de pastores verdaderos (Cf. Jn. 10 y Cann. 375, 386, 387) que llevan en el corazón sabiamente, las alegrías y las lágrimas de sus fieles.
Momentos de gracia y de consuelo, escuchando los testimonios de las familias que han participado del Sínodo y han compartido con nosotros la belleza y la alegría de su vida matrimonial. Un camino donde el más fuerte se ha sentido en el deber de ayudar al menos fuerte, donde el más experto se ha prestado a servir a los otros, también a través del debate. Y porque es un camino de hombres, también hubo momentos de desolación, de tensión y de tentación, de las cuales se podría mencionar alguna posibilidad:
- La tentación del endurecimiento hostil, esto es, el querer cerrarse dentro de lo escrito (la letra) y no dejarse sorprender por Dios, por el Dios de las sorpresas (el espíritu); dentro de la ley, dentro de la certeza de lo que conocemos y no de lo que debemos todavía aprender y alcanzar. Es la tentación de los celantes, de los escrupulosos, de los apresurados, de los así llamados "tradicionalistas" y también de los intelectualistas.
- La tentación del “buenismo” destructivo, que a nombre de una misericordia engañosa venda las heridas sin primero curarlas y medicarlas; que trata los síntomas y no las causas y las raíces. Es la tentación de los "buenistas", de los temerosos y también de los así llamados “progresistas y liberalistas”.
- La tentación de transformar la piedra en pan para romper el largo ayuno, pesado y doloroso (Cf. Lc 4, 1-4) y también de transformar el pan en piedra, y tirarla contra los pecadores, los débiles y los enfermos (Cf. Jn 8,7), de transformarla en “fardos insoportables” (Lc 10,27).
- La tentación de descender de la cruz, para contentar a la gente, y no permanecer, para cumplir la voluntad del Padre; de ceder al espíritu mundano en vez de purificarlo e inclinarlo al Espíritu de Dios.
- La Tentación de descuidar el “depositum fidei”, considerándose no custodios, sino propietarios y patrones, o por otra parte, la tentación de descuidar la realidad utilizando una lengua minuciosa y un lenguaje pomposo para decir tantas cosas y no decir nada.
Queridos hermanos y hermanas, las tentaciones no nos deben ni asustar ni desconcertar, ni mucho menos desanimar, porque ningún discípulo es más grande de su maestro; por lo tanto si Jesús fue tentado – y además llamado Belcebú (Cf. Mt 12,24) – sus discípulos no deben esperarse un tratamiento mejor.
Personalmente, me hubiera preocupado mucho y entristecido si no hubiera habido estas tenciones y estas discusiones animadas; este movimiento de los espíritus, como lo llamaba San Ignacio (EE, 6) si todos hubieran estado de acuerdo o taciturnos en una falsa y quietista paz.
En cambio, he visto y escuchado – con alegría y reconocimiento – discursos e intervenciones llenos de fe, de celo pastoral y doctrinal, de sabiduría, de franqueza, de coraje y parresia. Y he sentido que ha sido puesto delante de sus ojos el bien de la Iglesia, de las familias y la “suprema lex”: la “salus animarum” (Cf. Can. 1752).
Y esto siempre sin poner jamás en discusión la verdad fundamental del Sacramento del Matrimonio: la indisolubilidad, la unidad, la fidelidad y la pro creatividad, o sea la apertura a la vida (Cf. Cann. 1055, 1056 y Gaudium et Spes, 48).
Esta es la Iglesia, la viña del Señor, la Madre fértil y la Maestra premurosa, que no tiene miedo de arremangarse las manos para derramar el aceite y el vino sobre las heridas de los hombres (Cf. Lc 10,25-37); que no mira a la humanidad desde un castillo de vidrio para juzgar y clasificar a las personas.
Esta es la Iglesia Una, Santa, Católica y compuesta de pecadores, necesitados de Su misericordia. Esta es la Iglesia, la verdadera esposa de Cristo, que busca ser fiel a su Esposo y a su doctrina. Es la Iglesia que no tiene miedo de comer y beber con las prostitutas y los publicanos (Cf. Lc 15).
La Iglesia que tiene las puertas abiertas para recibir a los necesitados, los arrepentidos y ¡no sólo a los justos o aquellos que creen ser perfectos! La Iglesia que no se avergüenza del hermano caído y no finge de no verlo, al contrario, se siente comprometida y obligada a levantarlo y a animarlo a retomar el camino y lo acompaña hacia el encuentro definitivo con su Esposo, en la Jerusalén celeste.
¡Esta es la Iglesia, nuestra Madre! Y cuando la Iglesia, en la variedad de sus carismas, se expresa en comunión, no puede equivocarse: es la belleza y la fuerza del 'sensus fidei', de aquel sentido sobrenatural de la fe, que viene dado por el Espíritu Santo para que, juntos, podamos todos entrar en el corazón del Evangelio y aprender a seguir a Jesús en nuestra vida, y esto no debe ser visto como motivo de confusión y malestar.
Tantos comentadores han imaginado ver una Iglesia en litigio donde una parte está contra la otra, dudando hasta del Espíritu Santo, el verdadero promotor y garante de la unidad y de la armonía en la Iglesia. El Espíritu Santo, que a lo largo de la historia ha conducido siempre la barca, a través de sus Ministros, también cuando el mar era contrario y agitado y los Ministros infieles y pecadores.
Y, como he osado decirles al inicio, era necesario vivir todo esto con tranquilidad y paz interior también, porque el sínodo se desarrolla 'cum Petro et sub Petro', y la presencia del Papa es garantía para todos (…)
¡El Señor nos acompañe y nos guie en este recorrido para gloria de Su Nombre con la intercesión de la Virgen María y de San José! ¡Y por favor no se olviden de rezar por mí!»[1].
Hasta aquí el texto del Santo Padre. Poco o más bien nada hay que añadir.

A esto estamos llamados los cristianos: a vivir en el amor. No a amar a éste o a aquél, sino a vivir en un amor que penetre todas nuestras actitudes y relaciones humanas. El que vive en el amor no puede amar a uno y odiar a otro, sino que el amor moldea todas sus relaciones. Esto es cambiar nuestro corazón de piedra por uno de carne, nuestro hombre viejo por un hombre nuevo. A este amor estamos llamados en todas las actitudes de nuestra vida. Y, además, los cristianos nunca podremos olvidar que la Palabra de Dios nos llama continuamente a un amor especial hacia los más pobres y débiles, ¿Cómo vivimos aquí en el amor?[2]



[2] J. Gafo, Palabras en el corazón. El Mensajero, Burgos 1992, p. 243 ss.

nEw-oLd-iDeaS

El hombre de la fotografía es el padre Pedro Arrupe, quien fuera superior general de la Compañía de Jesús de 1965 a 1983. Vivió muchos años en Japón (estaba allí cuando cayó la bomba atómica), y ahí tomó el gustó de rezar en la postura acostumbrada por los orientales. La fotografía es de una belleza y una simplicidad muy profundas. Los zapatos a un costado; la sotana; el rostro tierno y sereno; las manos abiertas hacia abajo; la luz misma discreta; y la cruz insinuada por el panel, detrás del cual espiamos el misterio que siempre es el encuentro del otro con Dios. Además, es un icono de encuentro: un occidental rezando como oriental; un cristiano en postura budista. Una imagen es que despierta un deseo de orar, de abrirnos en silencio a la brisa suave, de beber sorbitos de amor, serenidad y comunión

VISUAL THEOLOGY


In the columns of the Altar of the Confession in St. Peter's Basilica one finds bees among the leaves and flowers. There is a text of St. John Chrysostom in which he wrote: "The bee is more honored than other animals, not because it labors, but because it labors for others" (12th Homily).  So the bees, like the clergy and religious men and women in the Church, work unceasingly for the common good of the hive and obey without question their superiors, and above all their queen. The bee is also a symbol of wisdom, for it collects nectar from many flowers and turns it into nourishing and pleasing honey, which is the 'gold' of bees. We should do the same, take whatever we can and transform it through our labor into a superior element useful for us and our neighbor.  The symbolism of bees also signifies the way the Church generates her spiritual fruits because bees are virginal. As the Church gives grace through the purity of her divine Sacraments, so the bees give us honey and wax by the labor of their bodies. This is why their wax, considered the fruit of a virgin labor, is worthy to burn in the candles on the altar at the offering of the Holy Sacrifice. The honey, so agreeable to the palate, is symbolic of spiritual sweetness and religious eloquence. For this reason, the beehive is emblematic of St. Ambrose and of St. Bernard of Clairvaux, two Doctors whom the Church calls mellifluus and mellificuus, that is, with an eloquence as suave and “sweet as honey.” Like charitable Catholics, bees produce good works for their neighbor at all times by pollinating the plants for food, beauty and air quality, so necessary for the survival of others.  The symbolism goes on regarding the Church. Indeed, the bees work without rest and give their lives without hesitation for the good of the hive. They are instantly and vigorously militant against enemies of the hive. Not only the hive, but the honey, upon which their lives depend, is also vigorously protected. When endangered by heat, they cling to the outside of the hive and beat their wings relentlessly to cool the hive and keep the honey from melting. Many bees die when this happens. This is a marvelous and unique natural phenomenon that signifies other marvelous and unique phenomena of the Catholic Church: her militant members, her apologists and her martyrs. They gave their lives for the good of the Church, and their blood became the seed for vibrant growth, as happened many times in History. The bees’ survival depends upon a queen and their unquestioning obedience and loyalty to her, just as we are all absolutely dependent upon Our Lady, the Queen of Heaven, for our eternal salvation and our protection from the world, the flesh and the devil. Bees instinctively observe such a tremendous reverence for their authority that none dare leave the hive to swarm in other pastures unless the queen has gone forth in front of them and claimed the first rank of flight for herself. The ever-vigilant bees guard their queen and hive - as we should guard Our Queen and our Church - to the ultimate price, and instinctively consider it a duty to die for them ■

Thirtieth Sunday in Ordinary Time (A)

A lawyer asked Jesus in an attempt to trip him up, Teacher, which is the greatest of the laws, and we know very well Jesus answer[1].

There were 613 laws detailed in the Torah[2]. All were seen as the direct revelation from God of what He wanted people to do. The Pharisees were determined that God's will be followed. By the time of the Lord, many were mere legalists, concerned with the minimum of what was expected of them.  But there were many others who were quite sincere.  How can we serve God? Of all the precepts of the Torah, which were the most important?, the scholar of the law asked.  Jesus' answer was a combination of the great Shema Israel: and you shall love the LORD your God with all your heart, and with all your soul, and with all your might[3], and Leviticus you shall love your neighbor as yourself[4].  He pointed out the two fundamental precepts from which common sense would dictate what God wants. There was nothing that said, "You should place God before your stuff. That was implied in the first precept of loving God with all our heart soul and might. There was nothing that said you must give a piece of meat to the widow that was implied in "love your neighbor as yourself."

Jesus says that all of scripture, Moses and the prophets, is based on these laws. Therefore, there are far more ways for a Christian to act than the 613 laws of the Torah, or the laws and moral precepts of the Catholic Church[5].

The trouble is that we are tempted to take a legalistic and therefore minimal view of how we should serve God.  With regard to worship we used to experience some people showing up for Mass at the Gospel and leaving at the Our Father because that was defined as what the minimal attendance at Mass was. Thank God those days are over and minimal attendance is no longer defined. You either go to Church to worship with the community or you don't. We shouldn't be so concerned with the minimum that we forget what is at the heart of the law.

The heart of the law regarding others is that we treat them with the respect and dignity that they deserve. All of us are people made in the image and likeness of God. There are no written laws defining how we are to treat people with dignity.  There were no laws saying how much butter should go to the widow and her children. There are no specific laws saying that we have got to help the pregnant woman with no means of caring for the new life within her. We do this because we cannot claim to be loving God and neighbor if we do not help them.

Years ago during my father´s funeral my friends and partners from Starbucks Coffee, at the end of their shift, very late, brought all sorts of sandwiches and beverages. You have all done this or something like this.  Now, there is no specific law saying you have to bring over some food to the grieving.  But there is the heart of the law of Christianity that says you have to help those who are hurting.

Perhaps this is simple common sense. But it is common sense that flows from the deep seated need to allow the love of Christ within us to be expressed wherever possible. We don't need specific laws to tell us how to act. In fact, if we refused to act unless there was a law telling us what to do and when to do it, then the law would hurt us rather than help us. We are to act out of love, not out of obligation. Church laws can give life or they can stifle life. If a law is seen from the minimal viewpoint, it stifles life. Jesus was not interested in this and often indicated his low opinion of people concerned with the minimum. But Church law can also give life. Church laws can point us in a direction where we can best serve God.  We have an obligation to charity. That means we have to seek out those who need our help, and not be concerned with whether or not there is a specific law to do so.

Loving God and neighbor must be the fundamental precepts of our lives.  Jesus says all of scripture flows from these laws.  The Bible is the book of God's love for his people. Every action of the Almighty, from our creation through our redemption as detailed in the Bible is an expression of the Infinite Love our God has for us.  To really be a Godly people, we have to give life to the scripture by allowing the actions of our lives to resonate the voice of his love.

In the Book of Jeremiah, the prophet predicts what Jesus tells us is fundamental to His Way: This is the covenant which I will make with the house of Israel after those days, says the LORD: I will put my law within them, and I will write it upon their hearts; and I will be their God, and they shall be my people[6]


[1] You shall love the Lord with your whole heart and whole soul and with all your mind.' This is the greatest and the first commandment.  The second is like it: 'You shall love your neighbor as yourself.' On these two commandments the whole law is based and the prophets as well
[2] Torah (/ˈtɔːrə/; Hebrew: תּוֹרָה, "Instruction", "Teaching"), or what is often referred to in English as Pentateuch, is the central concept in the religious Judaic tradition. It has a range of meanings: it can most specifically mean the first five books of the twenty four books of the Tanakh; it usually includes the rabbinic commentaries in it; the term Torah means instruction and offers a way of life for those who follow it; it can mean the continued narrative from Genesis to the end of the Tanakh; it can even mean the totality of Jewish teaching, culture and practice. Common to all these meanings, Torah consists of the foundational narrative of the Jewish people: their call into being by God, their trials and tribulations, and their covenant with their God, which involves following a way of life embodied in a set of religious obligations and civil laws (halakha).
[3] Deuteronomy 6:5.
[4] 19:18.
[5] 30th Sunday of Ordinary Time A, October 26, 2014. Readings: Exodus 22:20-26; Responsorial Psalm 18:2-3, 3-4, 47, 51; Reading: 1 Thessalonians 1:5c-10; Matthew 22:34-40.
[6] 31st chapter. 

Si Jesús es mi tesoro,
ya no es mi dios el dinero;
de nadie soy prisionero,
y solo al Señor adoro.

Solo Dios, el Uno y Trino,
en el mundo pasajero,
que amores está robando
y quiere súbditos ciegos.
Dios y yo, dos infinitos,
él la voz, y yo el eco:
el infinito increado
y el finito duradero.

Solo Dios, a él los ojos,
Señor de la tierra y cielo,
El que era y el que es,
y el que ha de venir muy luego.
Solo Dios, eterno Dios,
que da movimiento al tiempo,
el que me trajo a este mundo
con divino nacimiento.

Solo Dios, quien me besó
y me hizo barro y aliento,
y de regalo me dio
su historia y el firmamento.
Solo Dios, mi Dios amado,
lágrimas de nuestro encuentro
para contarnos amores,
vertidos en sacramento.

Solo Dios, aquí, Jesús,
en esta Pascua misterio,
mi soledad sin riberas,
mi plenitud y mi anhelo.
Solo Dios frente a mis labios
infinitamente hambrientos,
frente a mis ojos tendidos,
que, al mirar, están gimiendo.

Solo Jesús, que es la puerta
de todos mis pensamientos;
soy el que soy para ti
y en mi Yo tienes tu asiento.

Arrebátame contigo,
aunque me dejes sufriendo,
¡oh mi gemido vital,
que por ti lo voy tejiendo! Amén

P. Rufino Mª Grández, ofmcap,

Puebla, 10 octubre 2011

XXIX Domingo del Tiempo Ordinario (A)

A espaldas de Jesús los fariseos llegan a un acuerdo para prepararle una trampa decisiva. Esto es lo que narra el evangelio éste domingo. No vienen ellos mismos a encontrarse con él. Le envían a unos discípulos acompañados por unos partidarios de Herodes Antipas. Tal vez, no faltan entre estos algunos poderosos recaudadores de los tributos para Roma. Y la trampa está bien pensada: ¿Es lícito pagar impuestos al César o no?, preguntan. Si el Señor responde negativamente, le podrán acusar de rebelión contra Roma, pero si hace legítimo el pago de tributos quedará desprestigiado ante aquellos que viven oprimidos por los impuestos, y a los que él ama y defiende con todas sus fuerzas.

La respuesta de Jesús ha sido resumida de manera lapidaria a lo largo de los siglos: Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Pocas palabras de Jesús habrán sido citadas tanto como éstas. Y ninguna más distorsionada y manipulada desde intereses muy ajenos a Jesús, que verdaderamente defendía a los más desposeídos.

El Señor no está pensando en Dios y en el César de Roma como dos poderes que pueden exigir cada uno de ellos, en su propio campo, sus derechos a sus súbditos. Como todo judío fiel, Jesús sabe que a Dios le pertenece la tierra y todo lo que contiene, el orbe y todos sus habitantes[1]. ¿Qué puede ser del César que no sea de Dios? Acaso los súbditos del emperador, ¿no son hijos e hijas, antes, de Dios?

El Señor no se detiene en las diferentes posiciones que enfrentan en aquella sociedad a herodianos, saduceos o fariseos sobre los tributos a Roma y su significado: si llevan “la moneda del impuesto” en sus bolsas, que cumplan sus obligaciones. Pero él no vive al servicio del Imperio de Roma, sino abriendo caminos al reino de Dios y su justicia. Por eso, les recuerda algo que nadie le ha preguntado: “Dad a Dios lo que es de Dios”. Es decir, no den a ningún César lo que solo es de Dios: la vida de sus hijos e hijas. Como ha repetido tantas veces a sus seguidores, los pequeños son sus predilectos, el reino de Dios les pertenece. Nadie ha de abusar de ellos.

En menos palabras: no debemos sacrificar la vida, la dignidad o la felicidad de las personas a ningún poder. Y, sin duda, ningún poder sacrifica hoy más vidas y causa más sufrimiento, hambre y destrucción que esa “dictadura de una economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano” que, según papa Francisco, han logrado imponer los poderosos de la Tierra[2]. No podemos permanecer pasivos e indiferentes acallando la voz de nuestra conciencia en la práctica religiosa[3]




[1] Sal 24.
[2] El texto completo en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium dice así: «Creamos nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (ver Éxodo 32,1-35) encontró una nueva y cruel versión en el fetichismo del dinero y en la dictadura de una economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial, que envuelve las finanzas y la economía, pone al descubierto sus propios desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de una orientación antropológica que reduce al ser humano a apenas una de sus necesidades, el consumo». (55)
[3] J. A. Pagola, Los pobres son de Dios en http://blogs.periodistadigital.com

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Del sufrimiento he aprendido esto: que cualquiera que haya sido herida profundamente por el amor, nunca estará completa a menos que abrace ese mismo amor que la hirió ■ Matilde de Magdeburgo (1207-1282).

VISUAL THEOLOGY

The pontifical mitre is of Roman origin: it is derived from a non-liturgical head-covering distinctive of the pope, the camelaucum, to which also the tiara is to be traced. The camelaucum was worn as early as the beginning of the eighth century, as is shown by the biography of Pope Constantine I (708-815) in the Liber Pontificalis. The same headcovering is also mentioned in the so-called Donation of Constantine. The Ninth Ordo states that the camelaucum was made of white stuff and shaped like a helmet. The coins of Sergius III (904-11) and of Benedict VII (974-83), on which St. Peter is portrayed wearing a camelaucum, give the cap the form of a cone, the original shape of the mitre. The camelaucum was worn by the pope principally during solemn processions. The mitre developed from the camelaucum in this way: in the course of the tenth century the pope began to wear this head-covering not merely during processions to the church, but also during the subsequent church service. Whether any influence was exerted by the recollection of the sacerdotal head-ornament of the high-priest of the Old Testament is not known, but probably not—at least there is no trace of any such influence. It was not until the mitre was universally worn by bishops that it was called an imitation of the Jewish sacerdotal head-ornament ■ On October 19, Pope Francis will celebrate the closing Mass of the Synod on the Family and the beatification of Pope Paul VI ■

Twenty-ninth Sunday in Ordinary Time (A)

God often uses people with earthly power for His ends even though they may not realize it.  Cyrus had earthly power.  He was the king of Persia who invaded Babylon and brought an end to the Babylonian Empire in a matter of months. The ancient Hebrews had nothing but fond memories of Cyrus because it was Cyrus who ended their exile and sent them back to Judea.  Cyrus may have been just solving the need to rebuild Palestine without having to do it himself while at the same time setting up a friendly buffer state.  He did a similar thing with people from other lands who had been held captive in Babylon. He saw all these people as draining the resources of his new capital.  Perhaps someday they would unite and cause a rebellion. It made political sense to release them back to their lands in the friendliest way, molding them into allies. Still, Cyrus did the will of God, even though he may not have realized it[1].

The political motivation of the Founding Fathers may have been less than pure as they chose to break with England, some, like Samuel Adams may have had purely monetary reasons. That did not mean that God wouldn’t use them to establish a country based on deep faith in Him, respect for the dignity of human beings, and ensuring that dignity through freedom of religion. “In God we trust,” may have been conceived to rally people behind the revolution, but God’s hand had to be present when weak colonies found a way to unite and defeat one of the most powerful nations of the eighteenth century.  Regardless of original motivation, virtue, the living of God’s way, became the core value of our country.

At the time of the first reading, Cyrus was the most powerful man on the earth. His successors would continue his power, but eventually they would be defeated by a new power, that of Alexander of Macedonia, Alexander the Great. The Greeks were defeated by the Romans. Certainly the Emperor of Rome was the most powerful man in the Ancient World.  His representatives carried the full weight of his power in the territory they administered.

Picture then Jesus standing before Pilate. Who was more powerful?  On earth, politically and militarily, that would be Caesar as represented by Pilate. In the realm that really matter, God’s Kingdom, there was no comparison. Jesus was and is the King of Kings. Even Rome’s earthly power could be, and would be taken away from it.  The only power that lasts, the only power that really matters is the power of the Kingdom of God.

We recognize the power of the state. We respect our country for promoting justice, peace and harmony. We pay taxes to support the government’s effort to protect us, to care for us, to ensure our freedom, etc.  We will even die for the sake of protecting the future of our country and our children.  We render unto Caesar what is Caesars.

We also recognize that there is a greater power.  We live for God and country, in that order. The Kingdom of God comes first. If we should ever be confronted with the choice of God or Country, there is no choice.  We choose God.  Our citizenship is in heaven[2]. If a law were to promote immoral behavior, we look to change the law and return the country to morality.  This is patriotism.  However, if the country were to demand that we behave immorally, as, for example, demand that our medical students take a rotation where they would have to perform abortions, then we would be forced to oppose the country to the extreme of refusing to follow its laws even if this meant the loss of a career, even if this meant the loss of personal freedom. We render to Caesar what is Caesars, but Caesar is temporary, a physical society. We render to God what is God’s because God is forever, and we will always be member of the spiritual Kingdom.

With all this being understood, we must thank God for our country.  We pray for our country. Those who choose to enter the military to protect the American way of life are certainly heroes and patriots. Those who choose to enter a life of service to their fellow citizens by becoming firefighters, police, workers in the fields of medicine, education, and law, etc, ensure the healthy future of our country. They are patriots.

We spend a great deal of energy, time and money to train our children to be good Americans.  Every bit is well spent.  But do we spend the same or greater energy training our children to be solid, productive members of their other country, the citizenship that last forever, their citizenship in the Kingdom of God?

God’s empire will never die out.  The Kingdom of God is forever.  It has a claim on its citizens to a spiritual patriotism. Our children need to experience this patriotism throughout their lives, not just at the time when they are prepared for sacraments. It is not enough to teach them that they are members of this Kingdom. They have to join their parents in acting as members of the Kingdom! It is not enough to teach them that they are Catholic. They have to experience living as fervent Catholics. It is not enough to provide the initial experiences of the sacraments for our children; we have to train them to value having a sacramental life.

We want the very best for our children. They are our treasures. We want them to be good and active citizens. We have got to expend all the energy that we can muster up to lead them to be not only patriotic Americans, but determined and fervent leaders in the Kingdom of God.  We need to form them to assume their rightful places in the leadership of the Church.  We need them.  They are the Church of the future. May God give us the perseverance to lead them into that future ■



[1] 29th Sunday of Ordinary Time A, October 19, 2014. Readings: Isaiah 45:1, 4-6; Responsorial Psalm 96:1, 3, 4-5, 7-8, 9-10; 1 Thessalonians 1:1-5b; Matthew 22:15-21.
[2] Philippians 3:20. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris