Tenía que ir,
tenía...,
a Jerusalén,
ciudad del amén,
y de Eucaristía;
y luego morir,
que Dios lo quería,
tenía.

Que Dios no lo quiera,
Simón le decía;
aparta esa idea
tan fea y sombría,
que nunca suceda
tan gran villanía,
que no es tu camino
ni es cobardía.

No tientes, Satán,
Jesús respondía,
no seas tropiezo
porque esta es mi vía,
no quieras salvarme,
con tal osadía,
que el Padre me llama
y la Profecía.

Quien quiera seguirme,
ponerse a mi guía,
que tome su cruz
cual tomo la mía,
las dos serán una
en toda armonía,
un solo el amor
si a mí se confía.

Quien busque salvar
su vida y valía,
entera la pierda
en esta porfía,
y en mí encontrará
lo que él no sabía,
su vida divina
que en mí poseía.

¿De qué sirve al hombre
mundial nombradía,
ser dueño del orbe
y la economía,
si pierde su alma
por esto que ansía,
y gana el infierno
que bien lo temía?

Jesús amoroso,
en tu compañía
yo quiero marchar
por mi travesía,
Tú vives, tú reinas
en gloria y latría,
y un día vendrás
en tu Parusía.

Jesús, el Viviente,
presencia, estadía,
y abrazo de amor
que no fantasía,
mi alma proclama
tu soberanía;
que viva yo en ti,
en ti noche y día. Amén

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Encarnacón de  Díaz  (La Chona), Jal. 23 agosto 2011

XXII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Para ninguno es fácil ser cristiano. Nunca lo ha sido, pero ahora, tal vez, menos. Nos gustaría un cristianismo cómodo, consolador, compaginable con lo que practica y aconseja sociedad de hoy. La liturgia de la Palabra de hoy habla de cruz y renuncia.

En la primera lectura escuchamos a Jeremías. La misión que Dios le encomendaba resultó muy difícil. Era muy joven –unos 19 años, quizá- cuando fue llamado a ser profeta, portavoz de Dios, lo cual le valió la enemistad, la burla, la persecución. Por tanto no es extraño que le asaltase la duda: ¿no será que Dios le ha "seducido", o sea, que le ha engañado y luego abandonado? ¿No será mejor que se niegue a seguir hablando en nombre de Dios? En él triunfó la obediencia: no podía negarse a lo que le pedía Dios. Seguirá dando testimonio, seguirá siendo su profeta, aunque nadie le hiciera caso.

Lo mismo sucede con Jesús. También a él le asaltará la duda y el cansancio. Él sabe que camina hacia la muerte.

La reacción de Pedro es, en cierto modo, explicable. De su amor a Cristo no se puede dudar. El domingo pasado escuchábamos la profesión de fe que hace a nombre propio y como portavoz del grupo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios[1]. Pero todavía no había entendido que el camino de Cristo es camino de renuncia y sacrificio, antes de ser de salvación y de gloria. A Pedro, como a nosotros, le gustaban los aspectos amables del seguimiento de Jesús. Pero el sacrificio, no. Le gustaba el monte Tabor, el de la transfiguración. Pero no el monte del Gólgota, el de la cruz. Algo parecido nos sucede. La historia de Jeremías y de Jesús es la historia de tantos y tantos cristianos que, a lo largo de los siglos, han experimentado la dificultad de vivir su fe en medio de una sociedad indiferente o incluso hostil. La historia de un cristiano de hoy, que quiere vivir su cristianismo con coherencia.

Vamos a ser honestos: ser cristiano se va convirtiendo cada vez más en una opción explícita por Cristo y por su estilo de vida, por su mentalidad y criterios de actuación. Pero supone que se acepta a la vez el riesgo y la dificultad, porque la escala de valores de Cristo no coincide con la de ese mundo.

Sigue habiendo cristianos perseguidos por su fe, por querer practicarla en medio de sociedades paganas u hostiles, pero también perseguidos porque denuncian injusticias y situaciones que no se pueden compaginar con el evangelio. Hay cristianos que tienen que librar en sus vidas la diaria opción entre los criterios de este mundo –el placer, el dinero, el poder- y los criterios de Cristo: entrega a los demás renuncia a lo no ético, apertura hacia lo espiritual. Cada uno sabemos bien qué significa ese “tomar su cruz y seguirle”, o a qué cosas debemos renunciar para poder llamarnos cristianos en el más verdadero sentido del término.

No se trata de buscar el sufrimiento por el sufrimiento con cilicios y disciplinas, sino de aceptar el seguimiento de Cristo con coherencia. San Pablo lo explica a los cristianos de Roma, en la segunda lectura: no se ajusten a este mundo, sino que sepan discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto[2]. Ese es el mejor culto a Dios. Este discernimiento cuesta, y conduce a decisiones que pueden resultar difíciles. Porque lo cómodo es acomodarse al mundo.

Jeremías también pensó en abandonar el encargo profético, pero la Palabra de Dios le ardía dentro y escogió el camino difícil. A Jesús sin duda le hubiera gustado más que el cáliz hubiera pasado de largo, pero eligió el camino difícil: No se haga mi voluntad, sino la tuya[3]. A Pedro, que al principio pensaba como los hombres y no como Dios[4], también le vendrá el tiempo en que, madurado en su fe cristiana, dé valiente testimonio de su fe en Cristo ante el pueblo, ante las autoridades y, finalmente, ante Nerón en Roma, en su martirio.

También a nosotros el mundo de hoy nos ofrece caminos mucho más fáciles, pero Cristo nos dice que si queremos seguirle tenemos que tomar la cruz. No podemos hacer una selección de lo que nos gusta y se acomoda, a lo que cuesta y escuece. La Eucaristía que celebramos domingo a domingo nos da la fuerza para poder seguir por ese camino, exigente pero coherente. Comulgar con Cristo, en la eucaristía, es comulgar también con él a lo largo de la jornada y de la semana. Con todas las consecuencias, aunque a veces eso suponga dificultad y renuncia. Pero, a la larga, es lo que nos dará la más profunda alegría y felicidad[5]



[1] Cfr. Mt 16, 18.
[2] Cfr. Rom, 12, 2.
[3] Cfr. Lc 22. 42.
[4] Cfr. Mt 16, 23.
[5] Cfr. Misa Dominical 1999, 11.

nEw-olD-iDeaS

Lo amable de la humanidad que Dios ha tomado consigo mismo en amor, después de todo, ha de verse en la humanidad de nuestros amigos, nuestros hijos, nuestros hermanos, la gente que amamos y que nos ama. Ahora que Dios se ha encarnado, ¿por qué nos empeñamos tanto, todo el tiempo, en desencarnarle otra vez, en destejer la vestidura de carne y reducirle de nuevo a espíritu? Como si el Cuerpo del Señor no se hubiera hecho “Espíritu dador de Vida". Se puede ver la belleza de Cristo en cada persona individual, en lo que es más suyo, más humano, más personal en él, en cosas de que un asceta aconsejaría severamente prescindir. Pero esos apegos, también son importantes para nuestra vida en Cristo, y he observado que los novicios que tratan de desprenderse con demasiada severidad de sus parientes y amigos, y de las demás personas en general, a menudo carecen de una importantísima dimensión espiritual en sus vidas, y con frecuencia fallan en absoluto como monjes. Los que son más “humanos” son mejores monjes, precisamente porque son más humanos y porque no creen, sencillamente, las intimaciones de los que tratan de decirles que deben ser menos humanos T. Merton, Conjeturas de un espectador culpable, 198. 

VISUAL THEOLOGY

El palio (derivado del pallium o palla) es un ornamento del Papa y de los metropolitanos en la Misa pontifical. Tiene la forma de una faja circular que carga sobre los hombros y de la cual penden ante el pecho y en la espalda dos tiras rectangulares, todo de lana blanca, destacándose de ella seis o cinco cruces de seda de color negro o rojo. Suele adornarse con tres clavos metálicos, que recuerdan los clavos de la Pasión. Entre las variadas opiniones que se han mantenido sobre su origen parece la más razonable la que supone que se trata de una imitación del omophorion griego, ornamento que desde principios del siglo V llevaban los obispos de Oriente como emblema de su dignidad y oficio pastoral, simbolizando la oveja que va sobre los hombros del Buen Pastor. En Occidente, fue ornamento propio del Sumo Pontífice desde el siglo V y por concesiones particulares desde el VI, llegó a ser de uso ordinario para los arzobispos a partir del IX. Al principio, el palio consistía en una pieza de vestidura que se replegaba a manera de banda, pero mucho después, a partir del siglo VI, tomó la forma de cinta, y desde el IX al X se le dio una forma casi idéntica a la actual, con las seis cruces negras a partir del siglo XV. El palio se confecciona con lana de corderitos bendecidos por el Papa en la fiesta de Santa Inés (21 de enero) en una capilla del Palacio Apostólico

Twenty-second Sunday in Ordinary Time (A)

Times have changed, Father. I’m only doing what is perfectly acceptable by our society.” And with these words, the elderly lady explained away her present living condition.  And with the same words, the young man justified his “wild” lifestyle, and with the same words the substance abuser justified his actions. And on and on and on. Add in whatever immoral behavior you can think of, and someone will say, “I’m only doing what is perfectly acceptable by society.”[1]

But what society is that? To what society is this acceptable? It is acceptable by the society that finds nothing wrong with hedonism, putting one’s pleasure before every other good in life, including respect for others, respect for country, and respect for life. What is the society that so many claim for themselves? It is the society that is at best amoral, but which is mostly immoral. It is the society that is at best pagan, but mostly atheistic. When a person hides his or her immoral behavior behind the “acceptable by our society,” argument, that person is invoking the society that St. Paul calls “this age,” or, according to some translations, “the pattern of the world.” This is the world that Jesus Christ came to save. It is the world of selfishness, a world of pride, a world where God is neither wanted nor present. It is a world of darkness. It is a world to which we Christians cannot belong.

We were joined to a new world when we were baptized.  Each of us is a key part of the new world, the Kingdom of God. There are hundreds, perhaps thousands of people in each of our lives who look to us to illuminate their darkness with the Light of Christ.  The problem is that we are enticed by all that is around us to reject all that is within us. And so we often straddle major issues in life.

Even though we recognize our dignity as sons and daughters of God, we often let ourselves get involved in actions that are far less than holy. We think that we are OK, because we are firmly planted on the Lord’s dock, but the forces the other foot has stepped into draws us away from the dock, and we end up in the drink. We ask ourselves, “How did I get involved in something like that?” Then, responding to God’s grace, we not only seek forgiveness, but we give up the actions that we thought would not be all that dangerous for our spiritual lives. We Christians are called upon to offer our bodies as living sacrifices to God.  That means that we sacrifice the pagan aspects of life in order to live for the Lord.

You duped me Lord, and I allowed myself to be duped. Jeremiah responds in the first reading.  Commitment to the Lord carries the cost of rejecting the world where He is not present. So, like Jeremiah, we want God in our lives, but we don’t appreciate the cost of Christianity until that cost becomes personal. Yet, like Jeremiah, we live for the fire burning within our bones, the fire of God’s love. We allow ourselves to be duped. We want God. Having God in our lives destroys all other possibilities in life.  The decision we have to make is whose life do we want, our lives or His Life. If we want His Life, then He will destroy those parts of our lives where He is not present.

“The problem with you is that you are thinking like the world does, not like God does,” Jesus tells the disciple he had just called his rock. Peter wanted to prevent Jesus from dying. Jesus said that the devil would want to prevent God’s plan from taking place. He actually called Peter a devil. Jesus was more upset with Peter for this comment, and then he was when Peter denied him three times. Why? Well, what did Peter do that was so wrong?  He allowed himself to be drawn from the Kingdom of God. He was conforming to the world.

We cannot allow this to happen. A world that is in darkness needs us to be its light. People are looking for hope. People are searching for a reason for living. We can give them that hope. We can give them that reason for life. We can be the Light of Christ for others.  We do not have to conform to a world of darkness. We can be transformed by God. Then we will experience all that is good and pleasing and perfect[2]



[1] 22nd Sunday of Ordinary Time (A), August 31, 2014. Readings: Jeremiah 20:7-9; Responsorial Psalm 63:2, 3-4, 5-6, 8-9; Romans 12:1-2; Matthew 16:21-27.
[2] Romans 12:2. 

Dichoso tú, Simón, iluminado,
que nadie te lo dijo;
que solo Dios, mi Padre, por amor,
te abrió mi intimidad como Él lo quiso.

Que no es Filosofía conocerme,
ni alto raciocinio;
que no es conquista, afán de pensadores,
ni creación del fondo de mí mismo.

Que Dios es gracia y toque de amadores
al corazón de un niño;
que Dios es humildad y encarnación,
y en ese rumbo corre su camino.

Que Dios es la inmanencia de quien ora
amante y compungido;
mi Dios es su visita, su caricia,
su ternura en mi pecho, adormecido.

Que Dios es su silencio rumoroso
al par de mi latido,
el eco de si mismo redoblado
que suena y suena cuando yo me olvido.

Dichoso tú, Simón, que me enalteces,
y me has llamado el Hijo;
la Iglesia se sustenta en esa fe
tan frágil y tan fuerte por los siglos.

¡Jesús, el encontrado y confesado,
que habitas en lo íntimo,
impera y resplandece, Dios excelso,
y abrásanos en el candor divino! Amén

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.
Puebla, 18 agosto 2011. 

XXI Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Quien dice la gente que es el Hijo del Hombre? La gente se hacía preguntas sobre Jesús porque asombraba con lo que hacía y decía. La respuesta que el Señor recibe es, digámoslo así como poco profunda, como demasiado general: Juan Bautista que ha vuelto, Elías, o Jeremías o uno de los profetas. Nada que comprometa. Cosas o personas  del pasado. Hoy seguimos intentando responder a esa misma pregunta. Hay quien dice que no existió y que toda esa historia es un cuento. Otros aseguran que fue una gran figura o incluso un genio religioso; algunos que un revolucionario o incluso el Hijo de Dios. Pero –es la verdad- lo que se decía o lo que se dice sobre Jesús no compromete a nadie de verdad, entre otras razones porque pocas veces se responde en singlar,  lo hacemos “en manada”, de manera general.

Cuando los apóstoles refieren en Cesarea lo que decía la gente, aún no responden a Jesús como creyentes. Se limitan a ser portadores de la opinión, más o menos difundida, y cuentan lo que oían que se decía del Maestro; no se trata de una respuesta personal. Hoy podemos quedarnos a ese nivel –el de los cristianos convencionales- y no dar un paso más en la auténtica fe.

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? El Señor dirige rápidamente su pregunta a aquellos a quienes había llamado a su presencia y a seguirle. Pedro, Juan, Andrés... cada uno en persona había sido puesto de pronto frente a La pregunta. Esta es justamente la situación de la fe, una situación que pone a la persona al descubierto ante la palabra de Jesús que interroga a sus discípulos.

Hoy escuchamos la misma pregunta, pero conscientes de que no somos nosotros quienes la formulamos y menos aún quienes preguntemos a Jesús. Es él quien nos interroga y nos compromete. La fe es responsabilidad, nunca convencionalismo y rutina. La fe es encuentro con Jesús que nos llama a su presencia y a su seguimiento, nunca un escondite para perderse en la falsa seguridad de un grupo o de una masa.

Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. Simón toma la palabra y asume la responsabilidad. Aquel pescador confiesa no lo que decía la gente, sino lo que el Padre le revelaba y lo que él sentía en su interior. Por eso recibió un nombre nuevo: en adelante se llamaría Pedro, y será la cabeza de la Iglesia que nace. En adelante será creyente, un testigo, y, por lo tanto, un enviado. Pedro es ya alguien concreto en la historia de la salvación. Y sabemos que esa historia no la hace la gente, o la naturaleza, sino las personas.


Hoy es un buen día para sentir la alegría de ser miembros de esta Iglesia fundamentada en la fe de los apóstoles, fe que Pedro ha confesado. Sabemos bien que la Iglesia está llena de infidelidad y de pecados. Que a menudo ha traicionado –hemos traicionado entre todos- la fe viva que profesa y que le une, pero tiene dentro al Espíritu, que la mantiene viva, viva con aquella fe que los apóstoles vivieron y que han hecho llegar hasta nosotros, miles de años después ■

nEw-oLd-IdeAs

Cómo podemos vivir en medio de un mundo marcado por el miedo, el odio y la violencia, y no ser destruidos por él? Cuando Jesús ora al Padre por sus discípulos responde a esta pregunta diciendo: No te ruego que los saques del mundo, sino que los protejas del Malo. Vivir en el mundo sin pertenecer al mundo resume la esencia de la vida espiritual. Esta nos hace ser conscientes de que nuestra verdadera casa no es la casa del miedo, en la que gobiernan los poderes de odio y la violencia, sino la casa del amor, donde Dios reside. Apenas hay un día en nuestras vidas sin que tengamos la experiencia interior o exterior de miedos, ansiedades, aprensiones y preocupaciones. Estos poderes oscuros han impregnado nuestro mundo hasta tal grado que nunca podremos escapar totalmente de ellos. A pesar de todo, es posible no pertenecer a estos poderes, no construir nuestra morada entre ellos, y elegir la casa del amor como nuestra morada. Esta elección no se hace de una vez por todas, sino viviendo una vida espiritual, orando en todo momento y respirando así el mimo respirar de Dios. A través de la vida espiritual nos trasladamos poco a poco de la casa del miedo a la casa del amor. Nunca he visto representada la casa del amor de una manera más bella que en el icono de la Santísima Trinidad, pintado por Andrei Rublev en 1425 en memoria del gran santo ruso Sergio (1313-1392). Para mí la contemplación de este icono se ha convertido poco a poco en un camino para entrar más profundamente en el misterio de la vida divina al mismo tiempo que permanezco totalmente comprometido en la lucha de nuestro mundo lleno de odio y miedo H. Nouwen, La belleza del Señor. Rezar con los iconos, Nancea, 1988

VISUAL THEOLOGY


El entierro del señor de Orgaz, popularmente llamado El entierro del Conde de Orgaz, es un óleo sobre lienzo de 4,80 x 3,60 metros, pintado en estilo manierista por El Greco entre los años 1586 y 1588. Fue realizado para la parroquia de Santo Tomé de Toledo, España, y se encuentra conservado en este mismo lugar. Se considera una de las mejores y más admiradas obras del autor. En líneas generales, el cuadro narra el relato del suceso que ocurrió durante el entierro del señor de Orga. Esta tradición que existía en Toledo narra que en 1327, cuando se trasladaron los restos del señor de Orgaz desde el convento de los agustinos –próximo a San Juan de los Reyes- a la parroquia de Santo Tomé, el mismo san Agustín y san Esteban descendieron desde el cielo para con sus propias manos colocar el cuerpo en la sepultura, mientras que los admirados asistentes escuchaban una voz que decía «Tal galardón recibe quien a Dios y a sus santos sirve»


Twenty-first Sunday in Ordinary Time (A)

This Sunday we are presented with two figures who are given keys. The first is Eliakim.  Eliakim was the secretary to Shebna the Master of King Hezekiah’s palace back in the 8th century before Christ.  According the first reading from Isaiah, Shebna lost favor with the Lord and was replaced by Eliakim. Isaiah goes on to say that God placed the keys of the Kingdom on Eliakim’s shoulder. He would be Master of the Palace and the one through whom others would have to go to get access to the King, and the Gospel reading presents Peter as receiving the keys of the Kingdom of God. Like Eliakim, he would determine who has access to the King. Peter is usually pictured as having carrying large keys, representing the authority given to him by the Lord[1].

In the third chapter of the Book of Revelation, we read about the faithful people of the ancient city of Philadelphia[2]. Because these people were devoted to Christ, they are told that the One who holds the keys of David has left the door open for them to pass through and enter into God’s Kingdom. So who holds the Keys of the Kingdom now? Jesus Christ is the judge of the Living and the Dead. He is the one who determines who will enter into God’s presence after their death. But who holds the Keys to the Kingdom here on earth?  The answer is easy: since these Keys were entrusted to Peter, and since Peter was the head of the Church in Rome, Peter’s successor, the Bishop of Rome, holds the keys to the Kingdom. Right now, Pope Francis is that person. But the keys had been held by many before him. They will be held by all who will come after him.

Pope Francis has captured the heart of the world, Catholic and Non-Catholic. His determination to allow the Church to be “poor and messy,” as he would say, has resulted in millions applauding his reaching out to the marginalized of our society.  His firm and decisive actions to remove those from ministry whose lives do not reflect the following of Christ has been a refreshing change. Millions flocked the streets of Rio last year to get a glimpse of this dynamic pope. But who is Pope Francis? He is Jorge Mario Bergoglio, an Argentine with a wonderful smile and a huge heart.  But people did not line the streets to see Jorge Mario Bergoglio.  No, they come to see Pope Francis.  Why?  Why are they so determined to see Pope Francis? Because he is the Pope. He is the successor of Peter. He is the one who is entrusted with the keys to the kingdom. He is our father on earth. The people who line the streets during Papal visits and who fill the Piazza San Pedro for the Sunday blessings and weekly audiences, all know that it is not just the man they are honoring; it is the office that the man holds they deeply respect!

We have a concrete authority who guides us.  He is rock-solid, to use the pun on the name Peter. Because of the Pope and the teaching authority of the Church, we know who we are when we say we are Catholic. We know the fundamental beliefs of our faith and the basic dictates of our morals. We are so firm in our faith, that even if those in authority should give us a poor example of living the faith, we still maintain our Christianity. When leaders are so caught up in their humanity that they don't recognize the result of their actions, we all hurt.  Yet, the Church still flourishes. Why? Because the Church is far more than individuals, it is the Body of Christ! The Borgia popes and others from the past certainly gave us poor examples of living the faith, at least by twenty-first century standards, but God still used them to guide His Church. Perhaps the most notorious of the popes was Julius II. One would be hard pressed to justify most of his life. Yet, he was the pope that gave the Church the Angelus[3].

Back in the days before the last papal conclave, a reported asked one of the cardinals what the process would be for selecting the new pope. The cardinal replied, “God has already chosen the successor to Peter. It is up to us to discern whom the Lord has chosen.”

Today’s readings remind us why we honor the Vicar of Christ, the Pope. We don’t honor him for the individual he is. We are not concerned with demagoguery. We don’t honor Jorge Mario Bergoglio. We honor Pope Francis, a man who has been entrusted with the Keys of the Kingdom. In the recent centuries we have been blessed with popes who were certainly holy men: Blessed Pius IX, St. Pius X, St. John XXIII and St.  John Paul II all gave us examples of how to live our Christianity.   These men were intensely spiritual throughout their lives, not just as popes. They were beatified and canonized for the way they lived their Christianity, not for the way they exercised their authority. Other popes may not be candidates for canonization, but they all were holy fathers, entrusted with the keys to the Kingdom.

We pray today for our Holy Father, and for the one who hopefully a long time from now will succeed him, one, whom God has already picked, and for the pope after that and after that, all of whom are already chosen by God. And we thank God for literally devising a way to lead us on earth through the ministry of the man we call pope ■



[1] 21st Sunday of Ordinary Time (A), August 24, 2014. Readings: Isaiah 22:19-23; Responsorial Psalm 138:1-2, 2-3, 6, 8; Romans 11:33-36; Matthew 16:13-20.
[2] Now Turkey.
[3] Pope Julius II (1443 –1513) nicknamed "The Fearsome Pope" and "The Warrior Pope", born Giuliano della Rovere, was Pope from 1 November 1503 to his death in 1513. His papacy was marked by an active foreign policy, ambitious building projects, and patronage for the arts—he commissioned the destruction and rebuilding of St. Peter's Basilica, plus Michelangelo's decoration of the ceiling of the Sistine Chapel. 
Qué grande es tu fe, mujer,
que en tu pecho Dios sembró,
y cuánto me gozo yo
de verla así florecer!

Don para todas las gentes
es la fe que Dios regala,
y a toda nación iguala
haciendo hijos creyentes.
Y una mujer se adelanta,
primicia de las naciones,
que el amor tiene razones
y halla voz en la garganta.

Tienes, razón, mi Señor,
si quieres no hacerme caso,
mas no pido pan ni vaso,
indigna de tanto honor.
Yo pido solo migajas
que se echan a los perritos,
pido tus ojos benditos,
que me mires, si te abajas.

¡Qué palabras cual saeta
que llega a mi corazón!:
soy tu banquete, dispón
y queda de Dios repleta.
Llégate a mi intimidad,
que pronto la has percibido,
y no salgas de este nido,
que es tu casa de verdad.

Y la fe la hizo feliz
y vio cumplido el deseo;
yo contemplo y saboreo
y quiero ser su aprendiz.
Sin retorno en ti confío,
Jesús, por ser tú quien eres,
tú colmas todos los seres,
cólmame el anhelo mío. Amén

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.


XX Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarles: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. También nosotros empezamos la celebración de la Eucaristía casi con el mismo grito ¡Señor, ten  piedad! A la cananea el grito le salía del alma, y no sé si sucede lo mismo con nosotros pues la rutina es capaz de vaciar de sentido todo, incluso lo más sagrado. Aquel grito era la gran plegaria de una madre que siente como propio –porque lo  es- el dolor de su hija…

Hoy podríamos preguntarnos si nuestro grito, tan parecido al suyo por lo menos externamente, intenta expresar toda la realidad de nuestra vida, una vida marcada y ensanchada por todas las otras vidas, empezando por las más próximas, las de aquellos que conocemos y amamos. Sólo así la Eucaristía adquiere pleno sentido. Sólo así puede llegar a ser un verdadero intercambio entre la gran riqueza del Señor y  nuestra gran pobreza ¡Señor ten piedad! Una fórmula que arranca del Antiguo Testamento, atraviesa todo el Nuevo y llena la liturgia de las iglesias cristianas, ¡Ojalá fuera siempre una expresión llena de sentido, una auténtica plegaria!..

El domingo pasado escuchamos en el evangelio cómo la fe de Pedro flaquea, se asusta ante la fuerza del viento, siente miedo y comienza a hundirse ¡hombre de poca fe! le dice el Señor. Este domingo es una mujer pagana la que tenemos delante, con una fe fuerte, firme y humilde. Muy humilde. Ni siquiera un reproche –que raya en el insulto- pone a prueba su fe y su sencillez, virtudes que terminan por ¡ay! arrancar un piropo al Señor: Mujer ¡qué grande es tu fe! Quedando curada su hija en aquel momento…

Cuando el  evangelista escribe este texto, quizá la comunidad cristiana vive en tensión y por eso le recuerda la importancia de la universalidad de la fe. El testimonio de aquella mujer es una invitación a abrirnos a todos; a  superar las fronteras de la sinagoga, de la capillita y de los prejuicios, a dejar de lado tonterías y separatismos, a no ir por la vida con complejo de “aristócratas del amor y la santidad”.

Y es que todos somos cananeos, porque somos un poco extranjeros. Y  también porque todos, como esa mujer llevamos dentro algo que nos preocupa. Algo de qué  hablar con Jesús. Hagamos, pues, de cada Eucaristía una verdadera vivencia de fe, empezándola con ese ¡Señor ten piedad! que tan bien puede preparar nuestros corazones. Celebrémosla gozosos y agradecidos, porque no estamos invitados a comer las migajas que caen de la mesa, sino a sentarnos, con toda comodidad, a compartir el Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios que se nos entrega como alimento eterno[1]




[1] G. Vivo, Misa Dominical 1987, 16.

New-Old-IdEaS

Secreto maravilloso, que es la vida... ¡Cuántas veces olvidamos lo más simple y directo! Pero allí estamos porque Dios está... Golpeamos puertas pequeñas, muy pequeñas, y descuidamos que hay Alguien a nuestra puerta, ya en nuestro corazón, que aguarda nuestra atención y adhesión... Nunca lo meditaremos bastante... Pero "aquello", o "Aquél", no es "objeto". No reduzcamos la visión interior. Descendamos cada vez más en el ámbito, en lo íntimo y más escondido, siguiendo en el respiro profundo el camino que más nos vela, nos revela y nos cela... Sí, el camino que nos esconde y que nadie conoce ¡Y no importa que nadie lo conozca! Así es mejor. El silencio es horizonte fecundo Alberto E. Justo

VISUAL THEOLOGY

The Coronation of the Virgin or Coronation of Mary is a subject in Christian art, especially popular in Italy in the 13th to 15th centuries, but continuing in popularity until the 18th century and beyond. Christ, sometimes accompanied by God the Father and the Holy Spirit in the form of a dove, places a crown on the head of Mary as Queen of Heaven. In early versions the setting is a Heaven imagined as an earthly court, staffed by saints and angels; in later versions Heaven is more often seen as in the sky, with the figures seated on clouds. Although crowned Virgins may be seen in Eastern Orthodox icons, the coronation by the deity is not. Mary is sometimes shown, in both Eastern and Western Christian art, being crowned by one or two angels, but this is considered a different subject. The subject became common as part of a general increase in devotion to Mary in the Early Gothic period, and is one of the commonest subjects in surviving 14th-century Italian panel paintings, mostly made to go on a side-altar in a church ■

Twentieth Sunday in Ordinary Time (A)

The initial reaction I had to this Sunday’s readings was: Huh? Here we have Paul speaking in circles to the Romans, you have now received mercy because of their disobedience, so they have now disobeyed in order that, by virtue of the mercy shown to you, they too may now receive mercy. Huh? Then we have the incident of Jesus and the Canaanite women.  She has a real need, and she cries out to him.  But He refers to her people as dogs and says that he came only for the lost sheep of the House of Israel.  Huh?[1]

The best way to understand all this is to realize that the readings are speaking about the spread of faith. The reading from Romans refers to the many times that Paul visited various cities. When he visited a city, he preached to the Jews first. If they rejected the Gospel of Christ, Paul then preached to the gentiles. Many times the Jewish people were so inspired by the faith of the Gentiles that they took another look and opened themselves up to faith. That’s why Paul says that their being closed to faith, disobedience, resulted in the gentiles receiving faith, and ultimately led to the Jews embracing the faith.

In the Gospel Jesus plays the role of the fervent Jew at odds with the rest of the world. The Canaanite Woman has no claim on the gift of the Jews, but she still receives healing for her daughter. Why? Well, because her faith is more powerful than her ancestry.

Faith is a raging fire. It spreads from person to person. When we are exposed to a person of faith, our faith grows. As our faith grows, we ignite others with the fire of God’s love. As others grow in faith, our faith increases. The Fire is the Fire of the Holy Spirit. Nothing can stop the flame.  Nothing can stop the Spirit.

When it comes to the Fire of Faith, the Love of God, the Holy Spirit, we have got to allow God to be God and stop putting Him in some sort of box that we have created. We can’t be telling God how He should act.  We can’t be telling others that we have the inner knowledge of whether God is in their lives or not.

I am tired of so-called Christians claiming that Catholics are not real Christians. I am tired of Catholics claiming that other Christians really don’t know Christ. I am tired of anyone who claims that God’s grace and love cannot be poured forth on someone who does not claim Jesus Christ as personal Lord and Savior. Let God be God! Jesus Christ ascended into heaven and sent the Holy Spirit upon the world. Not just upon those people we say should receive the Holy Spirit, but upon the world. And let me tell you that the world includes the Hindu Mahatma Ghandi and all good and spiritual Hindus, Buddhists, Jews, Moslems and even Christians. Oh yes!

Everything that we do, everything that has value is about the Love of God whom we have been graced to know as Jesus the Christ. The Mercy of God is infinitely greater than people’s conception of His Mercy.

The point is that the Mercy of God is infinitely greater, and God is infinitely greater than human beings. Human beings put others in hell if they don’t fit into their nifty box that they label Christianity. Human beings decided that since the Jews were the chosen people, that Jesus shouldn’t bother with that Canaanite woman. “Send her away,” the disciples said.  Human beings decided that the gentiles couldn’t become better Christians than those Christians who had been Jewish. Wrong!  That is so sad. When we shut others out of our lives due to our own inflated self worth, our own pride, we deprive ourselves of being inflamed by the fire of God they have been given by the Holy and Merciful One. Why was Billy Graham’s daughter sitting in the third row from the front at Pope John Paul II’s funeral? Well, she was there because the Vatican recognized and respected the Power of God present in the Billy Graham ministries[2], as simple as this…

Jesus sees all that is good within the human heart. He saw the faith of the Canaanite woman. He sees your faith and my faith. He knows how we are trying our best to serve Him. He knows us better than we know ourselves.  He loves us more than we love ourselves. And so, we come to worship as a community.  When we worship, we are exposed to each other’s faith.  We are inflamed by each other’s faith.  When we bring up the gifts of bread and wine in the offertory procession, we use these symbols to represent all that we have and all that we are. We offer these gifts to God, and He transforms them into the Body and Blood of Jesus, the Eternal Sacrifice of Love. At the Offertory, we unite all our faith into one big ball of Holy Flame and give it to God, who inflames us with an even greater, an infinitely greater Love.

“Throw fire!” That is what we have been called to do. We are called to throw the fire of God’s love upon the world. We have also been called to allow ourselves to be exposed to the fire of God’s love in others. We trust in God whose mercy and compassion is greater than we can even imagine.  May we have the humility to experience His Love in others ■


[1] 20th Sunday of Ordinary Time (A), August 17, 2014. Readings: Isaiah 56:1, 6-7; Responsorial Psalm 67:2-3, 5, 6, 8; Romans 11:13-15, 29-32; Matthew 15:21-28.
[2] William Franklin "Billy" Graham, Jr. (born November 7, 1918) is an American evangelist, evangelical Christian. From the April 25, 2010, when he met with Barack Obama, Graham can claim to have spent part of his time with twelve United States presidents, one which goes back to Harry S. Truman. Graham is number four in the Gallup's list of admired people XXI. Graham has preached the Gospel in person to more people than anyone in history. According to his team, over 3.2 million people have responded to the invitation to accept Jesus Christ as their personal Savior.

Sólo la Niña aquella, la Niña inmaculada,
la Madre que del hijo recibió su hermosura,
la Virgen que le dice a su Creador criatura,
sólo esa Niña bella al cielo fue elevada.

Los luceros formaron innumerables filas,
tapizaron las nubes el cielo en su grandeza;
y aquella Niña dulce de sin igual belleza
llenaba todo el cielo con sus claras pupilas.

Nuestro barro pequeño, de nostalgia extasiado,
ardientemente quiere subir un día cualquiera
al cielo, dónde el barro de nuestra Niña espera
purificar en gracia nuestro barro manchado. Amén

Himno del Oficio de Laudes de la Liturgia de las Horas

Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María (2014)

Hoy celebramos el triunfo de la vida sobre todas las fuerzas de la muerte que hay en el mundo, esta fiesta es, digámoslo así, como la Pascua de María ¡Dichosa tú, que has creído!, podemos repetir con Isabel; lo que te ha dicho el Señor se ha cumplido ¡Dichosos los que hemos creído!

Hoy, al contemplar cómo el triunfo de Jesús rebosa y se derrama sobre su madre –la primera de todos los cristianos- el corazón se nos llena de gozo y de esperanza, y es así porque tenemos fe, porque creemos. Creer es edificar nuestra existencia sobre una esperanza que nos hace mirar hacia arriba y seguir adelante, una esperanza que está anclada donde está Cristo con el Padre. Todos somos de Adán, de tierra; por eso todos morimos. Pero los creyentes llevamos una semilla que ha nacido de arriba; por eso viviremos con Cristo y con María.

Hoy la liturgia de la Iglesia nos invita a vivir nuestra fe en la sencillez de nuestra vida cotidiana, a seguir al Señor tal como lo vamos conociendo: a tanteos, en un caminar que a veces se hace un fácil y a veces es todo oscuridad. Todo invita a sentirnos creyentes –¡lo somos!- y a contemplarla a ella, que es la Madre y modelo de los creyentes.


Esta fiesta tan entrañable de la Asunción nos descubre que todos tenemos una misión en favor de los otros y que se nos da la oportunidad de cumplirla con la única vida que tenemos, con las únicas manos que nos han sido dadas. Con todas las peculiaridades que cada uno de nosotros recibimos. El misterio de la Asunción nos dice también una palabra sobre la solidaridad de María con nosotros los hombres de hoy: nuestra humanidad eleva sus ojos a la Madre y la sabe intercesora. Entendemos que, en el misterio de Dios, los lazos que nos unen a la que es una como nosotros se hacen cercanía. Madre de los que buscan la fe, Madre de los que la confiesan, Madre de los que se consagran a los demás, Madre de los pobres, Generadora de Vida y Esperanza...¡Cuántos títulos! Con ellos la Iglesia descubre en María un misterioso acceso femenino y materno a Dios!  La fe de la Iglesia –ese camino sencillo de la piedad- los fue comprendiendo y manifestándolo y hasta hacerlo práctica y patrimonio común de los creyentes. Y hoy sabemos mucho más: que no sólo es Madre de los creyentes, sino también de todos los hombres.

¡Bendita solemnidad de la Asunción! ¡Bendito misterio que nos hace comprender que una como nosotros vive en cuerpo y alma para siempre con Dios y desde ahí intercede por nosotros! ■

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris