Por qué viste tan hermosas
las aves de alegre vuelo?
Porque a mi Padre del cielo
veía en todas las cosas.

Y Dios creó la belleza,
inicio de Encarnación,
y gracia de redención
después de nuestra torpeza.
Vida, belleza, alegría
son huella que no se gasta,
y dicen que es nuestra casta
la divina trilogía.

¿Por qué viste tan hermosas
las aves de alegre vuelo?
Porque a mi Padre del cielo
veía en todas las cosas.

Anuncio del Paraíso,
porque el pecado es vencido
desde que Cristo ha venido,
Hijo de Dios indiviso.
Y toda la creación
se hizo gracia engalanada,
para decir que no hay nada
ajeno a su bendición.

¿Por qué viste tan hermosas
las aves de alegre vuelo?
Porque a mi Padre del cielo
veía en todas las cosas.

Belleza, definición:
Es del amor la pureza,
es el silencio que empieza,
después del mejor sermón.
Por ella he vivido y muero;
y eres tú, Jesús amado,
que sin ese tú adorado
no tendría yo sendero.

¿Por qué viste tan hermosas
las aves de alegre vuelo?
Porque a mi Padre del cielo
veía en todas las cosas.

Dios es Padre y provisión
para el hijo que confía;
Jesús así lo veía
y fue su predicación.
Quede fuera todo agobio,
que vivir con tal confianza,
es fruto de la Alianza
y no es pereza ni oprobio.

¿Por qué viste tan hermosas
las aves de alegre vuelo?
Porque a mi Padre del cielo
veía en todas las cosas.

Y la santa comunión
es la suma providencia,
que da paz a mi conciencia
y alimenta mi pasión.
Jesús, el don de los dones,
Presencia que a Dios contiene,
haz de mi cuanto conviene,
uniendo dos corazones. Amén  

P. Rufino Mª Grández, ofmcap, f
ebrero 2011

VIII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Apenas un par de semanas antes de reunirse con un grupo de cardenales para anunciar su renuncia[1], Papa Benedicto XVI hablaba en su catequesis de los miércoles sobre la figura de Dios como Padre amoroso: «No es siempre fácil hablar hoy de paternidad. Sobre todo en el mundo occidental, las familias disgregadas, los compromisos de trabajo cada vez más absorbentes, las preocupaciones y a menudo el esfuerzo de hacer cuadrar el balance familiar, la invasión disuasoria de los mass media en el interior de la vivencia cotidiana: son algunos de los muchos factores que pueden impedir una serena y constructiva relación entre padres e hijos. La comunicación es a veces difícil, la confianza disminuye y la relación con la figura paterna puede volverse problemática; y entonces también se hace problemático imaginar a Dios como un padre, al no tener modelos adecuados de referencia. Para quien ha tenido la experiencia de un padre demasiado autoritario e inflexible, o indiferente y poco afectuoso, o incluso ausente, no es fácil pensar con serenidad en Dios como Padre y abandonarse a Él con confianza.

»Pero la revelación bíblica ayuda a superar estas dificultades hablándonos de un Dios que nos muestra qué significa verdaderamente ser «padre» (…) Dios nos es Padre porque nos ha bendecido y elegido antes de la creación del mundo[2], nos ha hecho realmente sus hijos en Jesús[3]. Y, como Padre, Dios acompaña con amor nuestra existencia, dándonos su Palabra, su enseñanza, su gracia, su Espíritu. Él —como revela Jesús— es el Padre que alimenta a los pájaros del cielo sin que estos tengan que sembrar y cosechar, y cubre de colores maravillosos las flores del campo, con vestidos más bellos que los del rey Salomón[4]; y nosotros —añade Jesús— valemos mucho más que las flores y los pájaros del cielo. Y si Él es tan bueno que hace «salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos»[5], podremos siempre, sin miedo y con total confianza, entregarnos a su perdón de Padre cuando erramos el camino. Dios es un Padre bueno que acoge y abraza al hijo perdido y arrepentido[6], da gratuitamente a quienes piden[7] y ofrece el pan del cielo y el agua viva que hace vivir eternamente[8].

»Dios es un Padre que no abandona jamás a sus hijos, un Padre amoroso que sostiene, ayuda, acoge, perdona, salva, con una fidelidad que sobrepasa inmensamente la de los hombres, para abrirse a dimensiones de eternidad. (…) El amor de Dios Padre no desfallece nunca, no se cansa de nosotros; es amor que da hasta el extremo, hasta el sacrificio del Hijo. La fe nos da esta certeza, que se convierte en una roca segura en la construcción de nuestra vida: podemos afrontar todos los momentos de dificultad y de peligro, la experiencia de la oscuridad de la crisis y del tiempo de dolor, sostenidos por la confianza en que Dios no nos deja solos y está siempre cerca, para salvarnos y llevarnos a la vida eterna. Entonces la paternidad de Dios es amor infinito, ternura que se inclina hacia nosotros, hijos débiles, necesitados de todo (…) Es precisamente nuestra pequeñez, nuestra débil naturaleza humana, nuestra fragilidad lo que se convierte en llamamiento a la misericordia del Señor para que manifieste su grandeza y ternura de Padre ayudándonos, perdonándonos y salvándonos.

»Y Dios responde a nuestro llamamiento enviando a su Hijo, que muere y resucita por nosotros; entra en nuestra fragilidad y obra lo que el hombre, solo, jamás habría podido hacer: toma sobre Sí el pecado del mundo, como cordero inocente, y vuelve a abrirnos el camino hacia la comunión con Dios, nos hace verdaderos hijos de Dios. Es ahí, en el Misterio pascual, donde se revela con toda su luminosidad el rostro definitivo del Padre. Y es ahí, en la Cruz gloriosa, donde acontece la manifestación plena de la grandeza de Dios como «Padre todopoderoso».

»cuando decimos «Creo en Dios Padre todopoderoso», expresamos nuestra fe en el poder del amor de Dios que en su Hijo muerto y resucitado derrota el odio, el mal, el pecado y nos abre a la vida eterna, la de los hijos que desean estar para siempre en la «Casa del Padre». Decir «Creo en Dios Padre todopoderoso», en su poder, en su modo de ser Padre, es siempre un acto de fe, de conversión, de transformación de nuestro pensamiento, de todo nuestro afecto, de todo nuestro modo de vivir»[9].

Toda la Liturgia de la Palabra de éste último domingo del Tiempo Ordinario antes del comienzo del tiempo de Cuaresma es una cariñosa invitación del Señor a detenernos y pensar. Creo en un solo Dios Padre Todopoderoso… Pidamos hoy al Señor a quien vamos a encontrar dentro de unos momentos de manera muy personal, a que nos ayude a vivir poco a poco, día a día, momento a momento, en el abandono confiado al amor del Padre, a confiar en su misericordiosa omnipotencia, el inicio y el fin de nuestra salvación y de nuestra felicidad ■



[1] La renuncia del papa Benedicto XVI fue anunciada por él mismo el 11 de febrero de 2013,1 y fue efectiva el 28 de febrero, a las 20:00 horas de Roma. En ese momento, la sede apostólica quedó vacante y dio comienzo un cónclave en el mes de marzo para elegir al siguiente Sumo Pontífice de la Iglesia católica. Se convirtió así en el primer papa en renunciar en 598 años, pues el último en dimitir había sido Gregorio XII, en 1415.
[2] cf. Ef 1, 3-6
[3] cf. 1 Jn 3, 1
[4] cf. Mt 6, 26-32; Lc 12, 24-28
[5] Mt 5, 45
[6] cf. Lc 15, 11 ss
[7] cf. Mt 18, 19; Mc 11, 24; Jn 16, 23
[8] cf. Jn 6, 32.51.58.
[9] Benedicto XVI, Audiencia General, Sala Pablo VI, miércoles 30 de enero de 2013. El texto completo puede leerse aquí: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2013/documents/hf_ben-xvi_aud_20130130_sp.html


nEw-oLd-IdEaS

Conozco muchas personas que en su corazón piensan hoy igual a como aparecen pensando los fariseos en los Evangelios. Viven con miedo permanente a violar algún mandamiento de Dios. Y cuando algo sale mal en sus vidas, ven allí el castigo de Dios. Tenemos muchos mandatos interiores enraizados en nuestro interior, y obramos según su dictamen. Recibimos esos mandatos en el transcurso de nuestra vida, a menudo con buenos propósitos (padres, maestros, autoridades), pero acaban convirtiéndose en normas absolutas que nos limitan y nos asustan, y además nos conducen a una seria falta de libertad interior. Jesús vino a predicar nuestra libertad del poder absoluto de las leyes. Todas las leyes están al servicio del hombre, y no al revés. Es importante por eso vivir según nuestro propio ser de hijos de Dios, llamados a la libertad. Así, buscando y viviendo lo esencial, podemos violar algún mandamiento, según aparece expresado en la famosa frase de Agustín: Ama y haz lo que quieras. El amor responde a nuestro ser y lo expresa plenamente. No necesitamos aferrarnos temerosamente a los mandamientos; necesitamos amar, como expresión de nuestra libertad interior Anselm Grün

VISUAL THEOLOGY


Las coronas votivas eran ofrecidas por los reyes a Dios como entrega simbólica de su poder, y se colgaban en las iglesias. Esta era una antigua  tradición oriental. El primer rey en hacer la ofrenda  fue Recaredo, cuya corona fue robada por Paulo para hacerse coronar en Narbona. La mas importante, que es de Recesvinto (vide infra), fue depositada en Francia en el museo Cluny (Paris), aunque luego se recuperó también para el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, done actualmente se conserva 


Eighth Sunday in Ordinary Time (A)

The first reading for today as well as today’s Gospel contain some of the most comforting words in Sacred Scripture.  The first reading is taken from the second part of the Book of the Prophet Isaiah, often referred to as Second Isaiah. This section of Isaiah was written while the people of Judah were exiled in Babylon in the sixth century before Christ.  They were forced into slavery.  They had no visible means of escaping. They knew that they were being punished for their sins.  But they feared that God had forgotten them.  The prophet tells them, “Zion said ‘The Lord has forsaken me; the Lord has forgotten me.  But can a mother forget her infant, be without tenderness for the child of her womb?  Even if she should forget, I will never forget you,’ says the Lord.”[1]

There are times that each of us fears that we have been forgotten.  A crisis hits our family or that of a friend, or we try our best at some task and fail, or we learn that a sickness is far more serious than we expected.  Perhaps a marriage is in stress or a close friendship falls apart, and we ask, “Where is God?  Has he forsaken me?”  The prophet tells us, “God is here.  He loves each of us more than we can imagine, even more than the love of a mother for a newborn.”  Do you remember the first time that you held your baby?  You didn’t know you had that much love in you.  God loves each of us infinitely more than all that.

God loves each of us, here and now.  He is not putting off his love until tomorrow.  He loves us now.  We need to pause for a second and just think about this: right now God loves me and you with a love deeper than any of us can fathom. In the most beautiful section of the Sermon on the Mount, Jesus points out the birds of the sky who are fed by God and the wild flowers clothed by God, and tells us that if our Heavenly Father cares for them, how much more does He care for us.

The problem we face is dealing with anxiety.  One aside here.  I am not using the word anxiety in the clinical, psychological sense.  Many people suffer from anxiety attacks.  That is not what I am referring to when I use the term anxiety.  I’m using the term anxiety in its basic meaning: anxiety is the fear of the unknown.  What will tomorrow bring?  Will I survive the next crisis?  Will I get all the work done that I need to complete to provide for my future and that of my family?  What if this happens?  What if that happens?  Jesus is telling us to calm down, and trust in Him.  Yes we have to be prudent and prepare for the future. But fearing the unknown gets us nowhere.  It is also a rejection of our trust in God to care for us. Don’t be anxious, the Lord says.  Tomorrow will bring new joys and new graces.  Yes it will have its burdens, but it will also have the grace to conquer them. When grace is considered the burdens of tomorrow will be no heavier than those of today.  Each day has its own toil, its own cross and its own joy.  And each day of our lives is watched over by our God who loves us so much.  We can only live in the present.  We have to put our trust in God.  What matters is the here and now.

Tomorrow is not yet.  What matters is today. Our focus must be on today.  Today is the day we need to love and to grow in holiness through all those little occurrences of our lives that make up our lives.  There are things we do today which are naturally pleasant.  Other things are far less gratifying.  But every single event of our day can be a gem made to shine for God for eternity, a gem polished with supernatural meaning.  Everything we do we do for the Lord.  God isn’t just observing us.  He loves us.  St. Theresa of the Child Jesus taught that there is no action too small, too insignificant to serve the Lord.  Even picking up a piece of paper is a prayer to God.  That is the reason why the morning offering is so important for each of us.  We get up and we say, “Lord, I give this day to you.  Whatever happens, Lord, may my actions be a prayer to you.”

When the Lord tells us not to fear for tomorrow, He is not telling us to be imprudent and not prepare for the future; nor is He telling us that it is OK to procrastinate.  What the Lord is telling us is to live each day as if it were the only day in our lives. Each day is the one that we must fill with love for God.  We cannot let a day slip through our hands.  Today will not come around again, ever.  God expects us to fill today with acts of love for Him and for His Presence in others.

My soul rests is God alone, from whom comes my salvation.  My soul be at rest in God alone, from whom comes my hope.  God alone is my rock and my salvation, my secure height; I shall not fall.  Trust in God al all times, my people!  Pour out your hearts to God our refuge. That is from Psalm 62.

Spiritual writers call trusting in the Lord holy abandonment. This is the life of the Christian.  This is the life of the man and woman, boy and girl who loves and who knows that he or she is loved.  We put ourselves into God’s hands.  We do our best to serve Him.  And we trust in Him to care for us today, tomorrow and for all eternity.

Jesus tells us today, Your heavenly Father knows all that you need.  Seek first the Kingdom of God and His righteousness, and everything will be given to you besides.

It takes tremendous courage to be a true follower the Lord, to abandon ourselves to His Life.  But just as a toddler runs into the outstretched arms of his mother, we leap into the arms of the God who loves each of us as though we were His only child ■



[1] 8th Sunday of Ordinary Time A, March 2, 2014. Readings: Isaiah 49:14-15; Responsorial Psalm 62:2-3, 6-7, 8-9; 1 Corinthians 4:1-5; Matthew 6:24-34

El sol radiante no sabe
quién es malo, quién es bueno:
Dios Padre desde su seno
es de todos Padre suave.

Ojo por ojo en la injuria,
quedaremos todos ciegos;
diente por diente en la ofensa,
y sin dientes quedaremos;
y pecado por pecado,
más pecadores seremos.
¡Oh Jesús, misericordia,
en este gran desconsuelo!

El sol radiante no sabe
quién es malo, quién es bueno:
Dios Padre desde su seno
es de todos Padre suave.

Mi corazón tan herido
en su raíz muy adentro,
siente el pecado bramar,
que en mí siento el mundo enfermo.
Soy pecador en lo oscuro,
por eso soy justiciero.
¡Oh Jesús, mi santidad,
tú conoces mi deseo!

El sol radiante no sabe
quién es malo, quién es bueno:
Dios Padre desde su seno
es de todos Padre suave.

No odiarás al enemigo,
le darás perdón sincero,
lo amarás como en la cruz
yo amaba por ti muriendo.
El amor es el milagro,
primicia del mundo nuevo.
¡Amador a lo imposible,
abre, Jesús, tu secreto!

El sol radiante no sabe
quién es malo, quién es bueno:
Dios Padre desde su seno
es de todos Padre suave.

Oh Padre, mi perfección,
tu corazón yo lo quiero,
y todo tu corazón
como mi solo modelo.
Tu corazón, Padre mío,
fue en Jesús el Evangelio;
¡y es mi vida por tu gracia,
Padre…, Padre…, Padre bueno!

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

VII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Cómo comprender el Evangelio de hoy con esas frases tan sorprendentes de dar más de lo que nos pide quien no tiene derecho? Cuando leemos y comentamos este párrafo siempre hay alguien que, con ironía, pregunta si su significado podría ser el de tener que dar a una persona que nos asalta en la calle más de lo que nos exige. Quién así lo comprende ha captado sólo una parte del sentido en las frases del Señor, es decir, ha captado solo la intención digamos provocadora, pero no el contexto y el fondo. En otras palabras: quien así razona tiene una formación religiosa en que se entiende como obligación todo lo que dice el Evangelio, como si Jesús hubiera sido un letrado de gran formación jurídica y moral que únicamente hubiese dado consejos y normas para cumplir.

Es curioso –y muy triste- pero como consecuencia de la formación que hemos recibido (¡y seguimos impartiendo en catequesis y homilías!)  A muchos les parece que ser cristiano es cumplir a rajatabla lo que Jesús mandó, llevar a la práctica sus mandamientos y traducir todo su mensaje a doctrina moral. Si el Señor hubiera sido un jurista hubiera tenido en cuenta la máxima según la cual la ley no puede pedir imposibles ni actuar contra el sentir común. Si Jesús hubiera sido un moralista, hubiera tenido en cuenta (al estilo de la tradición de los grandes moralistas orientales) que la vía de la perfección moral es una senda muy lenta en la que no se pueden quemar etapas y que, por eso, pedir al discípulo, ya, determinadas conductas heroicas puede ser contraproducente.

No son las solas perspectivas moral o jurídica las adecuadas para entender las palabras del Señor éste domingo. Jesús fue y es una Persona profundamente religiosa. Desde esta perspectiva vive y habla; en esa perspectiva por tanto hay que situarse para poder comprender bien el mensaje. Ser religioso no se identifica con ser persona de hábitos piadosos y frecuencia cultual, aunque puede coincidir. En cortito: no por repetir más jaculatorias ni pronunciar el nombre de Dios en cantidad de ocasiones se es tampoco profundamente religioso.

Ser religioso es vivir la realidad cotidiana y la profunda desde la referencia a Dios que alimenta y apoya las grandes convicciones y actitudes con las que nos guiamos. Ser religioso es tener una actitud muy natural ante la vida y contarla desde Dios. Es vivir una estrecha relación vital con Quien es confesado como el autor y director de la Historia.
El Señor, situado en esta perspectiva, tiene como misión de su vida ayudarnos a descubrir la realidad, el modo de ser, la forma de actuar y sentir de Dios a Quien El considera de una manera muy personal y cercana, a Quien El concibe siempre en relación con los seres humanos. Y para expresar ese sentido personal, cercano, sensible y relacional, utilizó una palabra muy particular: Padre.

Esta es la clave, la fórmula, la respuesta que permite entender a Dios y comprender el mensaje de Jesús. Dios es como un Padre.

En el sentir común de los humanos un padre no es, ni mucho menos, perfecto, moralmente hablando. Todos tenemos experiencia de nuestros propios padres o de padres ajenos. Con sus defectos, sus manías, pero siempre con una enorme capacidad de amar que les hace tolerar, soportar, aceptar, querer, a sus hijos. Con su interés desinteresado por aportar a sus hijos lo que necesiten aunque tengan que quitárselo a sí mismos e, incluso, tengan que robarlo.

Ser padre es ser capaz de amar, y amar dice relación, no perfección; es establecer un tipo de relación donde el amor supera todo límite y todas las previsiones de respuesta. Nunca hasta que uno es padre, sabe hasta dónde es capaz de amar, de luchar, de sacrificarse, de entregar.

Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto no es pues una mera llamada obligatoria, no es una norma ni un consejo, es más bien una confesión sorprendente. Es un descubrimiento. Y es también una invitación. Porque perfectos no podemos ser, ni merece la pena luchar por la inasequible meta de una fría perfección moral al más puro estilo estoico o de recibidor de villa romana con aires aristocráticos.

La invitación del Señor de éste domingo es acercarnos a un Dios próximo, comprensivo, entrañable.

No se trata, pues, de sacar demasiadas conclusiones morales ni marcarnos obligaciones que nos impulsen, en tensión, hacia las alturas de hombres heroicos que acumulan virtudes, destierran vicios y cultivan cualidades sobrehumanas. Mejor será detenernos un momento y bajo la mirada amorosa de un Dios tan Padre que lleguemos a la convicción de que somos y podemos relacionarnos como hermanos, que somos amados como somos, invitados a mejorar y a llegar al cielo y, mientras tanto, a trabajar con los pies bien aterrizados y bien puestos sobre la tierra por la extensión del reino de Dios[1]





[1] Cfr. J. Alegre, Dabar 1990, n. 15.

nEw-oLd-IdeAs


A los escribas y fariseos de nuestro tiempo, que hacen de la santa Biblia una palabrería fría, sin alma ni corazón, ciertamente no deseo tenerlos como testigos de mi fe íntima y viva. Yo sé cómo han llegado a eso, y cómo Dios les perdona que, encolerizados maten a Cristo...ya que convierten su palabra en letra muerta y él mismo, el Viviente, en un ídolo vacío. Como Dios se los perdona, se lo perdono yo también. Sólo que no deseo entregarme, ni entregar mi corazón donde hay error, y por eso me callo ante los teólogos de profesión...igualmente que ante aquellos que no quieren saber nada de esto, porque, acostumbrados a creer desde pequeños a través de la letra muerta y del precepto terrible, detestan cualquier religión, que no obstante sigue siendo la primera y la última necesidad del hombre...Era necesario que todo esto ocurriera, como ha ocurrido en general y sobre todo en el caso de la religión, respecto a la cual las cosas están más o menos que cuando Cristo vino al mundo. Pero igual que después del invierno viene la primavera, así después de cada muerte del espíritu humano brota siempre vida nueva, y lo santo siempre es santo, aunque los hombres no lo adviertan  Hans Urs von, Gloria. Una estética teológica. Parte terecra: Metafísica. Vol 4. Edad Antigua, Madrid 1998, 15-16).

VISUAL THEOLOGY


Pyxis Depicting Women at the Tomb of Christ, 500s, Byzantine; Made in the eastern Mediterranean, Ivory; 33 x 35 in. (83.8 x 88.9 cm), Metropolitan Museum of Art (New York) Narrative scenes such as this made visible the words of the Gospels. On one side of this pyxis, in a scene based on the Gospel of Luke (24:1–10), three women—the Virgin Mary, Mary Magdalene, and Mary, mother of James—stand with their hands raised in the orant (prayer) pose. On the other side of the box, two of the Marys swing censers as they approach a domed space where tied-back curtains reveal an altar illuminated by a suspended lamp. The iconography of the altar area is familiar from the fifth-century Pola Ivory (Museo Archeologico, Venice), a representation of the sanctuary area of Old Saint Peter's in Rome. On the altar is the Gospel book. In the early church, the altar became understood as the symbol of Christ's tomb; this conflation is partially based on the fact that the Eucharistic elements were placed on the altar during the liturgy, and specially preserved portions reposed on the altar for use during emergencies. Ivory containers, like this finely carved example worked from a cross section of an elephant's tusk, may have been used to carry the bread of the Eucharist to those too ill or elderly to attend the service

Seventh Sunday in Ordinary Time (A)

Chesterton was at the height of his literary career about ninety years ago. He took a serious look at his relationship with God and asked to be received into the Roman Catholic Church. Perhaps you might remember from your school days that Chesterton loved to coin phrases that at first glance were humorous, but on further thought were really quite deep.  One of my favorites is: The problem with Christianity is not that it has been tried and found wanting but that it has not been tried[1].

Perhaps the most difficult of all of Christ's commands are those which are expounded in today's gospel, from the Sermon on the Mount.  You have heard that it was said, 'An eye for an eye and a tooth for a tooth.' But I say to you, Do not resist an evildoer. But if anyone strikes you on the right cheek, turn the other also; and You have heard that it was said, 'You shall love your neighbor and hate your enemy.' But I say to you, Love your enemies and pray for those who persecute you[2].

All of us, beginning with myself, are inclined to think that Jesus doesn't really mean us when we have been assaulted, or when someone humiliates us or mocks us, or when someone pushes our buttons in such a way that we are thrown into emotional turmoil. With the continual exploitation of our emotions by the media, the non stop presentation of the terrors of life in the news, we are tempted to think that certainly when the Lord says Forgive them or Love them he cannot be referring to the terrible people of the world who commit heinous crimes.  Furthermore, with the amount of violence we are exposed to on the media, we are inclined to feel a great gratification when the evil suffer injury. "What goes around comes around" we are very satisfied in saying. Of course, we are not so excited by the true meaning of this statement: Those who do evil should suffer evil. There is something within us that believes that real justice is in the law of talons: an eye for an eye. In reality, we would rather live in an Old Testament world, a world without Christ, than live in a world where we are expected to sacrifice our desire for vengeance to the Lord's command to love our enemies.  Christianity has not been tried and found wanting.  It has been tried and found difficult.

Perhaps it is for these reasons, perhaps it is for other reasons that many Catholics have quite a bit of difficulty with the Church's position opposing capital punishment. The popes have spoken out numerous times against capital punishment. The Bishops of the United States voiced their opposition to Capital punishment as a unified body over thirty years ago. It would be helpful for us to recall this statement and the justifications for their arguments. Back in November of 1980 the Bishops noted that Catholic teaching historically has accepted the principle that the state has the right to take the life of a person guilty of an extremely serious crime and that the state has the right to protect itself and its citizens from grave harm. However, they wrote, in the contemporary American society, the legitimate purposes of punishment no longer justifies the imposition of the death penalty. The legitimate purposes of punishment are deterrence, reform and retribution. The death penalty was reinstated in 1967.  The soaring number of murders in our country since then shows that the death penalty does not work as a deterrent. The criminal who is put to death, obviously, cannot reform even if this reform were to be limited to whatever contributions that criminal could make from a prison cell. Finally, retribution refers to the repayment of stolen property. No amount of retribution can replace the life of the victim.

It is right here that today's gospel hits home. People tend to confuse retribution with vengeance. Most people, Catholic and non Catholic, support the death penalty not to protect society, but to inflict vengeance upon the criminal. Time and again we hear the arguments: this person has caused so much pain to the victim and to his or her families that he does not deserve to live. Or "I know my slain son or daughter will rest easier once the criminal is killed." Or, "As long as the criminal is alive, I will never feel that this matter is put to rest."

In this highly charged emotional atmosphere, we have to stand strongly behind the principle that all life is sacred, even that of a terrible criminal. The Church cannot at one moment mount a mammoth campaign to respect life in the fight against abortion and at the same time ignore the fact that here in the twenty-first century we are still eliminating life in the name of justice. One of the great gifts of Cardinal Joseph Bernardin, the saintly departed Archbishop of Chicago, is the doctrine of the seamless garment. Basically, this doctrine states that we have to be consistent and support all human life. There is no seam in the garment, no line where the justification for eliminating human life changes[3].

I know that there are some who read this who are thinking that I am taking a liberal position regarding capital punishment. No, I am taking the position of the Catholic Church. The Church does not choose liberal or conservative positions. The Church proclaims the truth and liberals or conservatives decide if this fits into their own agendas.

Perhaps the most difficult words we pray today and every day are those words found in the Lord's Prayer: Forgive us our trespasses as we forgive those who trespass against us. That archaic word, trespass, means to cross the line. When we say the Our Father we are saying that we will forgive those who cross the line of common decency so that we also might be forgiven for any ways that we have crossed the line. If we refuse to forgive, if we demand the law of talons, an eye for an eye, if we desire vengeance more than Christ's presence, then we are refusing to accept Jesus Christ himself.

Christianity is continually reforming itself. Christian society must continually scrutinize its actions to see if it is living up to the standards set by the Lord. Consider slavery. It took almost nineteen hundred years for Christians to recognize that slavery was incompatible with Christianity. It will take many more years for Christians to eliminate the various ways the law of talons has been embedded into our culture. But the standard is there. The standard for what is Christian and what is not Christian is the Law of the New Kingdom, the Sermon on the Mount, and the Word of God.

G. K. Chesterton certainly had it right: The problem with Christianity is not that it has been tried and found wanting but that it has not been tried.  Christ never said that following Him would be easy. Nor did he say that His followers would ever enjoy the majority position. Jesus just said that He would be with us always. That is worth every sacrifice, even the sacrifice of our deepest, darkest desires ■





[1] Gilbert Keith Chesterton, (29 May 1874 – 14 June 1936) better known as G.K. Chesterton, was an English writer, lay theologian, poet, dramatist, journalist, orator, literary and art critic, biographer, and Christian apologist. Chesterton is often referred to as the "prince of paradox."
[2] 7th Sunday of Ordinary Time (A), February 23, 2014. Readings: Leviticus 19:1-2, 17-18; Responsorial Psalm 103:1-2, 3-4, 8, 10, 12-13; 1 Corinthians 3:16-23; Matthew 5:38-48.
[3] Joseph Louis Bernardin (originally Bernardini) (April 2, 1928 – November 14, 1996) was an American Cardinal of the Catholic Church. He served as Archbishop of Chicago from 1982 until his death, and was elevated to the cardinalate in 1983. In the same year, Cardinal Bernardin developed the "Consistent Ethic of Life" (or CLE) ideology, which expressed his response to living in an age in which he believed modern technologies threatened the sanctity of human life. Bernardin's CLE philosophy is sometimes called the "seamless garment", a reference from John 19:23 to the seamless robe of Jesus. The seamless garment philosophy holds that issues such as abortion, capital punishment, militarism, euthanasia, social injustice and economic injustice all demand a consistent application of moral principles that value the sacredness of human life. In response to critiques from some pro-life activists, Bernardin clarified that the ethic never meant that all threats to life were equal, from a societal or political standpoint. One of his final works was writing a book about his own dying, an excerpt of which served as a Newsweek Magazine cover story, and which admirers saw as a lesson in dying.
Un mandamiento nuevo nos da el Señor,
que nos amemos todos como nos ama Dios.

Como a mí me ama el Padre,
así yo los he amado.

La señal de los cristianos
es amarse como hermanos.

El que no ama a sus hermanos
miente si a Dios dice que ama.

Donde existe amor fraterno
Cristo está y está su Iglesia.

Amar es estar al lado
del que es pobre y olvidado.

No amemos de palabra,
sino de obra y de verdad.

Cristo, luz, verdad y vida,
al perdón y amor invita.

Perdonemos al hermano
como Cristo ha enseñado.

En Jesús somos hermanos
si de veras perdonamos.

Al comer el mismo pan
en unión siempre vivamos.

En la vida y en la muerte
Dios nos ama para siempre.

En trabajos y en fatigas

Cristo a todos nos anima

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris