Fiesta de la Presentación del Señor (2014)

Dos tórtolas declaran tu pobreza
y el voto de Nazir del Hijo amado,
oh Virgen del despojo, bella nada,
respuesta fiel, amor en vida y canto.

Humilde sierva, pobre en Nazaret,
y pobre en el misterio de tu parto,
tu nada es transparencia,
epifanía de la única riqueza, que es regalo.

Figura de los pobres, de la Iglesia,
viviente profecía de salvados,
el pueblo bendecido por el Hijo
en pos de ti camina tras tus pasos.

Los ricos, los potentes, los soberbios
del trono caen, caen derribados,
y yérguese la esclava, la humillada,
diciendo la grandeza del Dios santo.

Oh Virgen Pobre, llena de su gracia,
ungido el corazón, humilde y manso,
lo tienes todo, vaso preciosísimo,
teniendo a Dios contigo en tu regazo.

¡Cantemos con María al Bondadoso,
que el canto fue a los pobres regalado:
a Dios sea la gloria, no a nosotros,
y se haga su divino beneplácito! Amén

P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Laguna de Cameros (La Rioja), noviembre 1988. 

Fiesta de la Presentación del Señor en el Templo (2014)

Cada siete años tenemos la alegría de celebrar ésta luminosa fiesta en Domingo. En la primera fiesta de la Presentación hubo dos extraños invitados. Se invitaron ellos mismos. María y José no hicieron otra cosa que "sentirse maravillados" por la intervención de aquellos dos invitados-sorpresa. Él se llamaba Simeón y era justo y piadoso. La tradición dice que era, además, viejo. Lo llamamos el anciano Simeón. Ella se llamaba Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era profetisa y tenía 84 años. Otra anciana. Ambos andaban por el templo paseando su esperanza. En una palabra: esperaban. Años y años esperando. Hasta que llegó Jesús y reconocieron en Él al objeto de su esperanza. Simeón improvisó un maravilloso poema de iluminación y Ana también alabó al Señor. Ninguno de los dos estaba previsto en el ritual de la Presentación pero he aquí que se erigieron en sombras maravilladas y luminosas del Protagonista. Eran humildes y esperanzados, por eso quedaron recogidos en el evangelio para siempre.

Simeón y Ana vivían con dos virtudes fuertes e importantes: esperanza y lucidez. No se cansaron de esperar y, en el momento justo, supieron descubrir al Salvador. No era fácil descubrirlo entre tanta gente, y no había sido fácil resistir años y años de esperanza.

La esperanza es cada vez más difícil y, por eso, es, cada vez, más virtud. Exige más fuerza, más entrega, mayor abundamiento de recursos sobrehumanos, mayor confianza en Aquel-que-todo-lo-puede y, tantas veces, parece que no puede nada.

Esperanza es confianza prolongada en el tiempo. Tensión. Pocos, muy pocos resisten. Lucidez es iluminación. Rara iluminación que viene de dentro y de fuera, de abajo y de arriba. Uno se deja iluminar por Quien puede hacerlo y, al mismo tiempo, deja salir la luz para iluminar a quien quiera dejarse iluminar. Todo, con sensatez y locura a partes iguales. Sólo son lúcidos los humildes y esperanzados. Los que todo lo esperan de Dios.

Qué dificil es para nuestra sociedad actual, para el ambiente en el que vivimos, mantener la esperanza en la salvación. Hoy el evangelio nos invita a los cristianos a mirar a estos do viejos que esperban, y en esperando encuentran al niño y en encontrándolo, mueren contentos porque sólo cuando Jesus llega tiene sentido la muerte de ellos. Es decir, la Vida.

La Presentación es una celebración de lucidez y esperanza y la liturgia nos invita a dejarnos llevar por estas dos virtudes. La presentación es una fiesta mística. Necesaria y misteriosa. El mundo de la Fe está lleno de viejecitos cantarines y protocolos sencillísimos y papás sin brillo –sin brillo aparente, queremos decir- que portan niños vulgares y sorpresas de luz que estallan en cantos de esperanza iluminando las noches más insoportables. El misterio del Misterio, resquebrajado por personas sencillas que viven y cantan, sufren y esperan…

Hermano mio, hermana mía, la Salvación y la alegría no llegarán traídos por el último sistema operativo o el último gadget, sino por la presencia del Señor. No descubren a Jesús los sabios engreídos de su sabiduría sino los limpios y humildes de corazón cuya esperanza conduce a la Lucidez, cuya lucidez conduce a la Esperanza. María, José, Simeón, Ana. En medio, Jesús. Este Salvador jamás se dejó atrapar por los poderosos, por eso la Presentación –el Hypapante, que dicen los griegos[1]- es fiesta de luz, esperanza, humildad y comunicación[2]




[1] Es una fiesta antiquísima de origen oriental. La Iglesia de Jerusalén la celebraba ya en el siglo IV. Se celebraba allí a los cuarenta días de la fiesta de la Epifanía, el 14 de febrero. La peregrina Eteria, que cuenta esto en su famoso diario, añade el interesante comentario de que se "celebraba con el mayor gozo, como si fuera la pascua misma". Desde Jerusalén, la fiesta se propagó a otras iglesias de Oriente y de Occidente. En el siglo VII, si no antes, había sido introducida en Roma. Se asoció con esta fiesta una procesión de las candelas. La Iglesia romana celebraba la fiesta cuarenta días después de Navidad.
[2] Cfr. B. M. Hernando, Dabar, 1992, 13.

neW-oLd-IdEaS

Cuando te retires a hacer oración tú solo, aparta de tu mente todo lo que has estado haciendo o piensas hacer. Rechaza todo pensamiento, sea bueno o malo. No ores con palabras a no ser que te sientas movido a ello; y si oras con palabras, no prestes atención a si son muchas o pocas. No ponderes las palabras ni su significado. No te preocupes de la clase de oraciones que empleas, pues no tiene importancia que sean oraciones litúrgicas oficiales, salmos, himnos o antífonas; o que tengan intenciones particulares o generales; o que las formules interiormente con el pensamiento o las expreses en voz alta con palabras. Trata de que no quede en tu mente consciente nada a excepción de un puro impulso dirigido hacia Dios. Desnúdala de toda idea particular sobre Dios (cómo es él en sí mismo o en sus obras) y mantén despierta solamente la simple conciencia de que él es como es. Déjale que sea así, te lo pido, y no le obligues a ser de otra manera. No indagues más en él, quédate en esta fe como en un sólido fundamento. Esta simple conciencia, desnuda de ideas y deliberadamente amarrada y anclada en la fe, vaciará tu pensamiento y afecto dejando sólo el pensamiento desnudo y la sensación ciega de tu propio ser. Sentirás como si todo tu deseo clamara a Dios y dijera:

Oh Señor, yo te ofrezco lo que soy,
sin mirar a ninguna cualidad de tu ser
sino al hecho de que tú eres como eres;
esto y nada más que esto.


Que este sosiego y oscuridad ocupe toda tu mente y que seas tú un reflejo de ella. Pues quiero que el pensamiento que tienes de ti mismo sea tan puro y simple como el que tienes de Dios. Así podrás estar espiritualmente unido a él sin fragmentación alguna y sin disipación de tu mente. Él es tu ser y en él tú eres lo que eres, no sólo porque él es la causa y el ser de todo lo que existe, sino porque él es tu causa y el centro profundo de tu ser. En esta obra de contemplación, por tanto, has de pensar en él y en ti de la misma manera: esto es, con la simple conciencia de que él es como es y de que tú eres como eres. En este sentido tu pensamiento no quedará dividido o disperso, sino unificado en él, que es el todo Anónimo inglés del siglo XIV, La nube delno-saber y El libro de la orientaciónparticular.

VISUAL THEOLOGY


El Hypapante es una fiesta antiquísima de origen oriental. La Iglesia de Jerusalén la celebraba ya en el siglo IV. Se celebraba allí a los cuarenta días de la fiesta de la epifanía, el 14 de febrero. La peregrina Eteria, que cuenta esto en su famoso diario, añade el interesante comentario de que se "celebraba con el mayor gozo, como si fuera la pascua misma"'. Desde Jerusalén, la fiesta se propagó a otras iglesias de Oriente y de Occidente.  Entre las iglesias orientales se conocía esta fiesta como "La fiesta del Encuentro" (en griego, Hypapante), nombre muy significativo y expresivo, que destaca un aspecto fundamental de la fiesta: el encuentro del Ungido de Dios con su pueblo. Esta fiesta comenzó a ser conocida en Occidente, desde el siglo X, con el nombre de Purificación de la bienaventurada virgen María. Fue incluida entre las fiestas de Nuestra Señora. Pero esto no era del todo correcto, ya que la Iglesia celebra en este día, esencialmente, un misterio de nuestro Señor. En el calendario romano, revisado en 1969, se cambió el nombre por el de "La Presentación del Señor". La fiesta de la Presentación celebra una llegada y un encuentro; la llegada del anhelado Salvador, núcleo de la vida religiosa del pueblo, y la bienvenida concedida a él por dos representantes dignos de la raza elegida, Simeón y Ana. Por su provecta edad, estos dos personajes simbolizan los siglos de espera y de anhelo ferviente de los hombres y mujeres devotos de la antigua alianza. En realidad, ellos representan la esperanza y el anhelo de la raza humana

Feast of the Presentation of the Lord (2014)

Today we celebrate the Feast of the Presentation of the Lord. This feast returns usa little bit to the Christmas season focusing in on the person of the Lord.  Jesus is seen as a child, presented to the priests according to the law of Moses. You may remember that the final plague upon the Egyptians to force them to let the children of Israel go was the killing of the first born. The Angel of Death came into Egypt, but passed over the children of Israel. Since the first born of the children of Israel were spared the plague, they were seen as belonging to the Lord.  The Book of Exodus refined this in chapter 13 vs 2 to the first born male.  By Jesus’ day, parents whose first child was a boy would go to the Temple with the appropriate offering to present their child to the Lord. That is what Mary and Joseph were doing in Temple.  This would be an occasion for celebration. Every child is loved and celebrated, but the first child transforms the couple, husband and wife, into a family[1].

The child who is presented in the gospel is more than the joy of his parents; He is the joy of the world. Although the Church usually refers the first reading from Malachi to John the Baptist, in the case of the Presentation, it is Anna and Simeon who are the precursors, the ones who go before the Lord preparing his way.  Simeon and Anna are ready to go to their graves in peace because they have touched God's redemption for his people. This child is different from all the others.  This child is the Lord.

Hebrews, the second reading, emphasizes that the child presented not only is the Son of God, but is a human being.  He had a full share of blood and flesh.  He was tempted, and he suffered. A while back some theologians asked whether Jesus' divine knowledge of himself would prevent him from experiencing humanity as we do.  The answer to this is found in the First Letter of Peter: He emptied himself of his humanity, becoming one of us in all things but sin[2].

We have in Jesus One who has the power of God because he is the Son of God. We have in Jesus one who has the power to bring God's peace into our lives. Still, we have in Jesus one who is as we are. He wept when his friend Lazarus died. He laughed when he called those noisy lovable twerps, James and John, Sons of Thunder. He was afraid during the Agony of the Garden. He was enraged at evil. He suffered and died for us.

Jesus is the First Paraclete, the perfect intercessor with the Power of God. From this flow two important conclusions: There is nothing that we can share with Him that he has not personally experienced, except that he did not experience sin, of course.  He is One of us! Second, there is nothing that He cannot do to heal our problems.  He is God among us, Emmanuel. 

Today's feast helps us fight against the tendency we all have to drift into the deism of the eighteenth century[3]. The deists believed that they were too far removed from God for God to be intimately concerned with them. We all have the tendency to join the deist way of thinking. We err when, so often, we think that God really can't be concerned with us.  “Why should the infinite God be concerned with our little problems?” we often ask. To this I ask, “Are you concerned with your children's problems, even if your children are tiny?” Of course you are. If that is the case, then we can understand how much more God is concerned with our difficulties. He not only loves us; He fills us with His life.  We are infinitely more important to God than our children are important to us.

Today's feast reminds us that God is not removed from us in His very being. Jesus, is in effect, one of us.  He knows; He cares; He has experienced, and He loves.

Today's feast leads us to say to our Lord: Jesus you are one of us yet you are infinite God. Heal our weakness and our pain.  Give us the joy of your peace. Help us to rely on your power. Fill us with your love. You are not just any child presented in the Temple.  You are the Son of God.  You bear the power of God. You are also one of us.  Care for us who share the burden of life and who unite our joys and suffering to your life. You are the Intercessor par excellence.  You are a human being and the Son of God.  Help us to rely on your love and presence in our lives and before the throne of your Father, Amen


[1] Feast of the Presentation of the Lord (A), February 2, 2014. Readings: Malachi 3:1-4; Responsorial Psalm 24:7, 8, 9, 10; Hebrews 2:14-18; Luke 2:22-40.
[2] Cfr Phil 2:7.
[3] Deism is the belief that reason and observation of the natural world are sufficient to determine the existence of a Creator, accompanied with the rejection of revelation and authority as a source of religious knowledge. Deism gained prominence in the 17th and 18th centuries during the Age of Enlightenment—especially in Britain, France, Germany, and the United States—among intellectuals raised as Christians who believed in one god, but found fault with organized religion and did not believe in supernatural events such as miracles, the inerrancy of scriptures, or the Trinity.
Tú has venido a la orilla,
no has buscado ni a sabios ni a ricos.
Tan sólo quieres que yo te siga.

Señor, me has mirado a los ojos,
sonriendo has dicho mi nombre.
En la arena he dejado mi barca:
junto a Ti buscaré otro mar.

Tú sabes bien lo que tengo,
en mi barca no hay oro ni espada,
tan sólo redes y mi trabajo.

Tú necesitas mis manos,
mi cansancio que a otros descanse,
amor que quiera seguir amando.

Tú, pescador de otros lagos,
ansia eterna de hombres que esperan.
Amigo bueno que así me llamas.

Señor, me has mirado a los ojos,
sonriendo has dicho mi nombre.
En la arena he dejado mi barca:

junto a Ti buscaré otro mar

III Domingo del Tiempo Ordinario (A)

El evangelio de éste domingo –el tercero del tiempo ordinario- nos presenta al Señor, digamos en movimiento, y al pasar pone en movimiento a otras personas. Pasar es el verbo de la encarnación, de un Dios que no está en su sitio sino que baja y acampa entre nosotros[1] para acompañarnos en nuestros trabajos y fatigas, y frente a éste pasar de Dios no podemos quedarnos como simples espectadores, debemos tomar una decisión y hacer una elección.

Llama la atención que el encuentro del Señor con aquellos hombres –que luego serían sus apóstoles- no sucede en un marco sagrado, como puede ser el del Templo o la sinagoga, sino en un escenario profano: el lago de Galilea. El asunto no es nuevo. Dios llama así. Dios es así. Moisés es llamado mientras pastorea el rebaño de su suegro Jetró[2]. Gedeón está majando trigo en el lagar de su casa cuando se encuentra con Dios[3]. David está pastoreando las ovejas de su padre[4] y  Amós el profeta está en medio del rebaño. En menos palabas: el señor pasa y llama en medio de las ocupaciones ordinarias.

Los discípulos, de quienes habla el evangelio de hoy, están empeñados en colocar las redes. Jesús encuentra al hombre en las cosas ordinarias de la vida. La vocación de los primeros discípulos se puede resumir en dos verbos: vio y dijo. Una mirada y una palabra. Son las únicas armas de que dispone el Maestro que, a diferencia de los demás maestros de Israel, elige él a sus discípulos. La mirada del Señor al llamar a los suyos ¡cómo sería! Desde luego no se trataba de una mirada lejana, fría, sino calurosa, llena de afecto. Y lo mismo sucedía con su voz. Una voz que suena como ninguna, de timbre único, inconfundible. El discípulo escucha esa voz única y se callan todas las demás…

Hoy es un buen domingo para detenernos un momento y darnos cuenta de que la vocación cristiana que hemos recibido es al mismo tiempo una mirada y una llamada de Jesús.

¿Qué es lo que hace nos hace discípulos? Dar una respuesta, dejarnos encontrar; dejarnos hacer, como el barro en manos del alfarero[5].

La vida cristiana es respuesta a la acción de la gracia, no decisión autónoma. La vida cristiana no es el resultado de una serie de actos espirituales más o menos perfectos. Si soy cristiano es porque he sido solicitado por Alguien, he recibido el bautismo y luego, en libertad, he querido responder a ésa llamada.

El hombre sólo puede ponerse en camino después que Dios ha comenzado a caminar por los caminos de los hombres. No somos nosotros los que salimos a la búsqueda de Dios. Es Dios quien se pone a buscarnos. Nuestra vocación cristiana por tanto no es una conquista, sino  ser conquistados. El discípulo no captura al Maestro. El es tomado por el Maestro[6].

La respuesta a la iniciativa de Jesús se expresa también con un verbo: dejar. La decisión entonces se manifiesta con un distanciamiento: de las redes, del oficio, de las cosas, de los lazos familiares, de un presente, para que el Señor ocupe el centro de todo, cosas y personas. La llamada a ser cristiano es dejar espacio a Cristo, es estar vacíos para que Él pueda llenar todo lo demás. Y no debemos separar el verbo dejar del verbo seguir. Dejar y seguir son los dos momentos de un mismo gesto. No dejamos por dejar, sino que dejamos para seguir. Dejamos para no estar más "encorvados sobre sí mismos", como decía Martin Lutero,  para salir fuera junto con Él. En menos palabras: discípulo no es uno que ha abandonado algo, o renunciado a algo sino quien ha encontrado a Alguien.

Nuestra vida cristiana consiste en recorrer el mismo camino del Señor, hacer las mismas opciones, repetir sus gestos, asumir sus pensamientos y sus posturas, inspirarse en sus criterios, tener sus preferencias.

Estamos sobre todo llamados a confiar totalmente en Jesús, a tener un vínculo y una relación personal y vital con Él: os haré pescadores de hombres, nos dice éste domingo. El oficio de pescadores de peces aquellos primeros lo conocen. El otro (oficio), no, y sin embargo, responden a la llamada. Aquellos pescadores –que nos representan a todos los demás- aceptaron vivir una aventura con Jesús, se fiaron de él sin pedir muchas explicaciones y vivieron para siempre con Él[7]



[1] Cfr. Jn. 1, 14.
[2] Cfr Ex. 3, 1.
[3] Cfr Jue 6, 6-16.
[4] Cfr 1 S. 16.
[5] Cfr Jr 18.
[6] Id., 20.
[7] Cfr. Alessandro Pronzato, El Pan del Domingo. Ciclo A., Edit. Sígueme, Salamanca 1986, p. 115 ss.

neW-oLd-iDeAS

La fecundidad de María es aquí la imagen de la fecundidad de toda alma que acepta hacer silencio en ella para recibir plenamente la Palabra de Dios, como María ha recibido el mensaje del Ángel. Esta escucha pasiva puede parecer muy fácil; en realidad exige una gran ascesis. Esta escucha hace desaparecer nuestro yo y todas sus pretensiones para concentrarse en un Otro, de tal manera mayor, que nuestros pensamientos desfallecen ante Él. Pero en este silencio, el alma es misteriosamente tocada por Dios y se transforma en Él. Del fondo del ser brota entonces una vida nueva, bendición para aquel o aquella que ora así y para toda la Iglesia Fray Juan Taulero (monje dominico del siglo XIV), meditación sobre los misterios gozosos del Santo Rosario.

VISUAL THEOLOGY


La Summa Theologiae, título en latín que puede traducirse como Suma teológica, o mejor Suma de teología, y que algunos citan simplemente como la Summa, es un tratado de teología del siglo XIII, escrito por Santo Tomás de Aquino durante los últimos años de su vida —la tercera parte quedó inconclusa. La explicación que dio a este cese en su producción literaria, en sus propias palabras, fue la siguiente: "Después de lo que el Señor se dignó a revelarme el día de San Nicolás, todo lo que he escrito parece como paja para mí, y por eso no puedo escribir ya nada más." La obra fue finalmente completada por sus discípulos póstumamente (entre ellos, por su secretario, amigo y confesor, fray Reginaldo de Piperno). Es la obra más famosa de la teología medieval, y su influencia sobre la filosofía posterior, sobre todo en el catolicismo, es muy amplia. Concebida como un manual para la educación teológica, más que como obra apologética destinada a polemizar contra los no católicos, ejemplifica el estilo intelectual de la escolástica en la estructura de sus artículos. Se relaciona en parte con una obra anterior, la Summa Contra Gentiles, de contenido más apologético, estructurada para refutar una a una las herejías conocidas o las otras religiones


Third Sunday in Ordinary Time (A)

To understand what today's Gospel says about gathering, we do need some background[1]. Perhaps you remember the three main places of the Geography of Faith: Egypt, the Desert and the Promised Land. From the humiliation and slavery of Egypt, God brings us into the Desert of Decision and then to our true home, the Promised Land[2].

Our Lord, as we see today, comes from the north –as a light into a place of darkness. He comes to reverse the Exile. He gathers the people - first the Jews, then the non-Jews. And how does Jesus gather people? Well, the first step in repentance. People lost the Promised Land because of sin: Instead of obeying God, they went after idols; for that reason Jesus says, “repent”, which means change your minds, turn back to God. Repent. That's the first step.

Then comes a second step. When Jesus sees Peter and Andrew, he looks them in the eye and says, “Follow me”. He needs help in gathering the people.

Most of you probably know that the name, Peter, means "rock." He is the rock on which Jesus builds his Church. But what about "Andrew"?  We need men like Andrew: husbands, fathers, hard-workers. We need people of all types –In all places - who hear Jesus say, Follow me, and we should never forget that Andrew has a brother, Peter. The successor of Peter is Pope Francis. He has an Apostolic Exhortation called, Evangelli Gauidum (The Joy of the Gospel)[3]. In it he speaks about God's desire to save every person and his plan for "gathering up all things in Christ." Then Pope Francis expresses his dream that the Church would embrace a "missionary impulse." Instead of focusing on "self-preservation," he says, we need to call people to "friendship with Jesus."

I share Pope Francis' dream. I dream that we will give Jesus first place in our lives. That we will hear him say, Follow me. And that we will do our part in gathering the people: Those who have become discouraged, those who have drifted from the faith. Families with small children, high school students and young adults. We have tough competition -a consumer society that promises fulfillment apart from God. Because of that false promise, many are falling into despair and misery. That's why we ask people, “Do you reject Satan? and all his works? And his empty promises?” at the celebration on the Sacrament of Baptism.

You and I can gather people; we have a role in the Big Story in the history of Salvation. If we take time for silence, for prayer, for Eucharistic adoration; if we repent and allow our Lord work through us, then by his power and his grace we can gather people. Jesus is the light for those living in darkness. Today he says, Follow me ■



[1] 3rd Sunday of Ordinary Time A, January 26, 2014. Readings: Isaiah 8:23-9:3; Responsorial Psalm 27:1, 4, 13-14.
1 Corinthians 1:10-13, 17; Matthew 4:12-23.
[2] It is possible, however, to lose the Promised Land. That happens in 721 B.C. when Assyria overwhelms the Northern Kingdom and disperses the ten "lost tribes." We have a reference in the first reading: After the Exile, Gentiles (non-Jews) settle the Land of Zebulun and Napthali. The few Jewish people who remain in the north - and those move there, like Joseph and Mary - find themselves in a "land of gloom."

gloria a Jesús el Señor,
al Cordero de Dios,
al Nombre sobre todo nombre,
a Jesús el Señor
al Cordero de Dios
al nombre sobre todo nombre 

■ Martin Valverde 

II Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Vivimos en un mundo con una enorme dosis de masificación, basta asomarse a la red o a cualquiera de las publicaciones de papel couché. Un rápido vistazo a calle de cualquier ciudad nos daría un mismo resultado, personas vestidas igual sin el menor asomo de personalidad. Los jeans han uniformado a una juventud que ha rechazado el "uniforme" de los colegios, cediendo con absoluta entrega a los dictados de la moda. En las casas sucede algo similar: pueden faltar cosas esenciales pero no un televisor o un DVD. Los medios de comunicación se encargan de que nos esforcemos en pensar igual, vestir igual y tener el mismo estándar de vida. Es este un mundo de seres uniformes en los que el individuo se pierde completamente en la masa, olvidando el sentido de su identidad.

Justo por esto resulta hoy sorprendente lo que escuchamos hoy en la primera de las lecturas: un Dios que llama personalmente a los suyos, a cada uno de los suyos, desde el vientre de su madre. Nada de masa, ni de hombres o mujeres sin nombre o rostro. El Señor ha pensado en cada uno y nos ha llamado por nuestro nombre, marcándonos un camino singular y particular que hemos de responder respondiendo personalmente a esa llamada personal.

Contagiados por esa masificación ambiental en la que estamos inmersos, hemos caído también en el mismo estilo al relacionarnos con Dios. Somos cristianos como casi todos los que nos rodean, pero hoy nos encontramos frente a frente con una llamada personal, directa, con un camino que sólo cada uno de nosotros debe recorrer, con un Dios que espera una respuesta que sólo cada uno de nosotros puede dar. La liturgia de hoy nos pone frente a un reto personal que tenemos que resolver individualmente, una decisión que nadie puede resolver por nosotros.

Te hago luz de las naciones, escuchamos en boca del profeta. Aceptar esa misión supone responsabilidad y compromiso personal, algo a lo que no estamos demasiado acostumbrados. Aceptar esa misión supone actuar, decidir, elegir, vivir, en una palabra. Sin todas esas realidades no puede decirse que tengamos auténtica vida cristiana, de la misma manera que si en lo humano no actuamos, decidimos, elegimos, no tenemos vida.

El gran pecado de nuestra vida es sin duda el pecado de omisión. Hemos sido llamados para ser luz del mundo y hacemos poco o nada. Hoy más que nunca debemos acoger ese reto de ser luz. Si dejamos pasar la ocasión sin una respuesta pronta, caeremos en ese pecado del que hoy habla Juan en el evangelio, un pecado que consiste en no hacer, en no comprometerse con Dios y con los hombres, en no arriesgar nada, en no responder diariamente al reto que supone un compromiso diario de vida cristiana.

Y la respuesta personal se traduce en un compromiso constante. Ciertamente es algo difícil, tan difícil que, en alguna ocasión, puede parecer insuperable. Por eso cobra un significado tan profundo el evangelio de hoy: para recorrer el camino que se abre ante la vocación personal cristiana, es necesario estar bien alimentado y sentirse acompañado en el camino. Todo eso lo tenemos los cristianos: cada celebración dominical es una ocasión para recibir un espléndido alimento; cada domingo podemos escuchar que el Cordero de Dios, sinceramente recibido, es el alimento que puede convertir la debilidad en fortaleza, la indecisión en resolución y el conformismo en inquietud, en sana inquietud.

Domingo a domingo deberíamos alegrarnos por tener la oportunidad de acudir a una reunión ¡sagrada reunión!- en la que podemos alimentarnos con el mismísimo Cuerpo y Sangre de nuestro redentor[1] para, después, fuertes, poder hacer algo por los demás.

Ahí, en la concreción del amor, es donde los discípulos de Jesús recuperamos nuestra identidad perdida: sabemos lo que somos y para qué estamos en el mundo. Es ahí donde se pone a prueba la autenticidad de la fe. Porque es ahí donde la Palabra se hace carne y se construye la fraternidad de los hijos de Dios ■


[1] A. M. Cortes, Dabar 1987/11.

NEw-oLD-ideAS

Te invoco, Dios Verdad, principio, origen y fuente de la verdad de todas las cosas verdaderas. Dios Sabiduría, autor y fuente de la sabiduría de todos los que saben. Dios verdadero y suma Vida, en quien, de quien y por quien viven todas las cosas que suma y verdaderamente viven. Dios Bienaventuranza, en quien y por quien son bienaventurados todos los que son bienaventurados. Dios Bondad y Hermosura, principio, causa y fuente de todas las cosas buenas y hermosas. Dios Luz espiritual, que bañas de claridad todo lo que brilla a la inteligencia. Dios, cuyo reino es todo el mundo inaccesible a los sentidos. Dios, que gobiernas los imperios con leyes que se derivan a los reinos de la tierra. Separarse de Ti es caer; volverse a Ti, levantarse; permanecer en Ti es hallarse firme. Alejarse de Ti es morir, volver a Ti es revivir, morar en Ti es vivir. Nadie te pierde sino engañado, nadie te busca sino avisado, nadie te halla sino purificado. Dejarte a Ti es ir a la muerte, seguirte es amar, verte es poseerte. Para Ti nos despierta la fe, levanta la esperanza, une la caridad San Agustín de Hipona, Soliloquios, libro I, cap. 1.


VISUAL THEOLOGY

The Seven Seals is a phrase in the Book of Revelation that refers to seven symbolic seals that secure the book or scroll, that  the apostle John saw in his Revelation of Jesus Christ at the Isle of Patmos. The opening of the seals of the Apocalyptic document occurs in Revelation Chapters 5-8. In John's vision, the only one worthy to open the book is referred to as both the "Lion of Judah" and the "Lamb having seven horns and seven eyes". [5:5-6] Upon the Lamb opening a seal from the book, a judgment is released or an apocalyptic event occurs. The opening of the first four seals release The Four Horsemen, each with their own specific mission.[6:1-8] The opening of the fifth seal releases the cries of martyrs for the "word of God".[6:9-11] The sixth seal prompts cataclysmic events.[6:12-17] The seventh seal cues seven angelic trumpeters who in turn cue the seven bowl judgments.[8:1-13] ■

Second Sunday in Ordinary Time (A)

Well, the poinsettias are gone, the lights are down, the Christmas season is over. Now we move on with the very beginning of Jesus’ public life, usually referred to as his ministry. We come upon John the Baptist seeing Jesus and pointing to him.  This is the Lamb of God, he says[1].

 Lamb of God. We use that term so often that it is easy for us to overlook the deep theology and the tremendous love of our God contained in his sending his Son to be the Lamb.

The first place we come upon the concept of the Lamb of God is in the Book of the Prophet Isaiah[2] and although this was written six hundred years before Jesus, it describes the feelings of God’s people as they look at Jesus on the cross. It’s short, so let me quote it:

Who would believe what we have heard? To whom has the arm of the LORD been revealed?
He grew up like a sapling before him, like a shoot from the parched earth; There was in him no stately bearing to make us look at him, nor appearance that would attract us to him.
He was spurned and avoided by men, a man of suffering, accustomed to infirmity, One of those from whom men hide their faces, spurned, and we held him in no esteem.
Yet it was our infirmities that he bore, our sufferings that he endured, while we thought of him as stricken, as one smitten by God and afflicted.
But he was pierced for our offenses, crushed for our sins, Upon him was the chastisement that makes us whole, by his stripes we were healed.
We had all gone astray like sheep, each following his own way; but the LORD laid upon him the guilt of us all.
Though he was harshly treated, he submitted and opened not his mouth; like a lamb led to the slaughter or a sheep before the shearers; he was silent and opened not his mouth[3].
He is wounded for our sins, bruised for our iniquities. He has taken upon himself the chastisement that makes us whole. That is how John the Baptist views Jesus when he says, Look, there is the Lamb of God.

The question comes: why? Why did the world need a Savior? Why did God’s son become a man to suffer and die for us? Did the Word have to become Flesh? Was Christmas necessary? Well, we can’t tell God what he can and can’t do, or what is necessary or not necessary. But we can consider this: From the very beginning of the world, all creation was entrusted to human beings. But man, in his selfishness and self centeredness, perverted the whole purpose for creation. Instead of glorifying God, creation was to be used to satisfy man’s selfish needs.  But even with this, God still did not take the gift of creation away from man. A man would once more restore creation to God’s original plan.  Jesus Christ is this man.

Perhaps this would be clearer if I present it this way: Mankind’s sin was that he was so wrapped up in himself that he had no room for God. He forced the good things of the world to be an end for his selfishness rather than a means of glorifying God. This is how man perverted God’s purpose for creation. As long as man lived like this, true love could not exist in the world. People could not give themselves to others or to another because their only concept of life was to take, not to give.  Life, therefore, was meaningless and frustrating.

Jesus came to live as the Father wants us all to live. He sacrificed himself completely for others so that we could experience sacrificial love. He called us to use creation as the Father meant creation to be used. God’s plan for mankind could once more be put into effect since the Son of God became a man. Still entrusted with creation, a man restores the world.

In the visions of the fifth chapter of the Book of Revelation a book is brought out sealed with seven seals. The book is God’s plan for mankind.  But the plan is sealed. Who is worthy to open the scroll and break its seals?[4] A voice cries out. But no one in heaven or on earth or under the earth was able to open the scroll or to examine it. The visionary sheds many tears because no one was found worthy to open the scroll or to examine it. But then one of the elders said, Do not weep. The lion of the tribe of Judah, the root of David, has triumphed, enabling him to open the scroll with its seven seals. Then the visionary saw standing in the midst of the throne and the four living creatures and the elders, a Lamb that seemed to have been slain. Only the lamb was worthy to once more restore God’s plan for mankind.

And John the Baptist saw Jesus and proclaimed, Look, there is the Lamb of God. He is the one who will baptize with the Holy Spirit[5].  Jesus’ disciples would be given the power of God to transform the world. They would be given the power to create a new world, a world with a new way of living, the way of sacrificial love.

When we say or sing, Lamb of God we are remembering what Jesus did for us and what he has empowered us to do for others. We are remembering his sacrifice to make God’s love real on earth. We are reminding ourselves that joining Jesus in sacrificial love is the only way we can be his followers.

John the Baptist found his reason for existence. He was to point out the Lamb of God to the world. His mission is not different from the mission of every single Christian. We are to point out the Lamb of God to the world. There is nothing greater that any of us can do in our lives than point Christ out to others. John the Baptist was not a typical person of his time. He was extraordinary. When we consider his life, we realize that it was not John’s dress or preaching that made him extraordinary, it was the fact that he found the purpose for his life: his vocation! He looked to Jesus and said, There is the Lamb of God[6]. We have been called to do the same ■



[1] 2nd Sunday of Ordinary Time (cycle A), January 19, 2014. Readings: Isaiah 49:3, 5-6; Responsorial Psalm 40:2, 4, 7-8, 8-9, 10; 1 Corinthians 1:1-3; John 1:29-34.
[2] Chapter 53.
[3] Isaiah 53.
[4] Cfr. Rev 5:2.
[5] Mt 3:11.
[6]Cfr.  John 1:36. 
Mi predilecto..., el Padre dice,
el Hijo mío que acaricio...,
al verte a ti en nuestra masa
y en ti a nosotros, hijos renacidos.

Qué hermoso asciendes tú, el Esposo,
Señor, mi gracia y atavío,
Jesús, pecado en mi pecado,
del rostro de tu Padre eterno brillo.

En ti se vierte el santo Espíritu,
que es tuyo y fue desde el principio,
y en tu Jordán y en tu Calvario
el ser que late es ser de amado Hijo.

Las aguas gozan con tu cuerpo
del Hombre puro nunca visto,
y el universo se recrea
ahora bautizado en tu bautismo.

A coro unísono cantamos
Iglesia bella y Paraíso:
¡Honor a ti y unción de júbilo,
Jesús, que al ser bañado fuiste ungido! Amén.

P. Rufino Mª Grández, ofmcap,

Logroño, 13 enero 1991

Fiesta del Bautismo del Señor (A) (2014)

Jesús comienza su vida pública con un gesto sorprendente: se presentó a Juan para que lo bautizara[1], y él los bautizaba en el río Jordán, a medida que confesaban sus pecados[2]. ¿Dónde están los pecados de Jesús para que necesite del bautismo?

Mirad a mi siervo, escuchamos en la primera lectura, y podríamos añadir: y mírenlo en la fila de los pecadores; es solidario, se acerca a la realidad del hombre y de la sociedad. Redimirá desde la encarnación. Establece contacto directo; no hablará desde las alturas del poder, ni desde teorías evadidas. Está inmerso en la realidad ¡huele a oveja![3]

El Señor sigue a Juan Bautista. Se separa, ya desde el comienzo, de las teorías y prácticas de fariseos y saduceos. Cree que no es la vuelta a la Ley lo que salvará, ni la violencia de los zelotes para expulsar a los romanos del país. Como Juan, Jesús cree en un cambio, en la conversión, en dejar la injusticia, el egoísmo, la idolatría del dinero y vivir en solidaridad y misericordia con los hermanos. Solamente después de esto podremos creer en Dios, convertirnos a Él, Padre de todos y hacer posible su reinado. La justicia es el primer paso hacia la fe. Por eso el Señor se hace bautizar. Está de acuerdo con la ruptura de la que este bautismo es signo; ruptura con el pasado, para hacer posible la llegada del Reino de Dios. Por eso la justicia que salvará a los pobres es la misión del siervo de Yavhé[4], enviado a anunciar la salvación a los pobres[5].

Por eso, hoy más que nunca es necesario acercarnos a los demás, sobre todo a los pobres y a todos los que sufren. Para detener la ola de egoísmo que reduce al hombre a una búsqueda de bienestar egoísta, evadido y culpable.
Y la compañía – o acompañamiento- a los pobres requiere mucho más que limosnas de dinero, o de pasar con ellos un sábado al mes con pretextos ¡ay! proselitistas. Ése acompañamiento va más allá, exige amor, presencia cercana, acogida, solidaridad, ternura. El Señor no se avergonzó de pasar por un pecador más. ¿Nos avergonzaremos nosotros de mancharnos con las miserias de nuestros hermanos? ¿Les rechazaremos con escándalo farisaico?

Curando a los oprimidos por el diablo, vuelve a decir la primera lectura. No puede darse un resumen mejor de la vida del Señor: misericordia y liberación. De ambas hizo el sentido de su vida como enviado del Padre. Amó hasta el extremo. Quiso acercarse a los más alejados y desfavorecidos, para mostrarles las preferencias de su Padre a favor de ellos. Con ello provocó el escándalo de los buenos y se firmó su propia sentencia de muerte. No exigió nada a cambio al acercarse a los pobres y pecadores; ni siquiera su conversión como condición previa, y es que el suyo era un amor auténtico, sin límites, y con ello revelaba un nuevo rostro de Dios: el de la misericordia. Aquella misericordia entrañable que mostró Jesús con los más oprimidos puede sensibilizar nuestras entrañas, deshumanizadas por el consumismo y la inconsciencia.

Cada uno de nosotros recibimos el bautismo, y en aquel momento –bebés- no entendimos absolutamente nada, ahora sabemos a qué nos compromete: a hacer el bien y a liberar a los oprimidos. Misericordia y liberación. Acoger al que sufre; escuchar con empatía; no huir de los marginados ni defenderse de los que tienen problemas; defender los derechos de los oprimidos; gritar por los que no tienen voz, o por los que no han nacido; amar con obras y de verdad. Este es el mensaje de Jesús y nuestro compromiso bautismal[6].

Estar bautizado en el Espíritu significa estar dispuesto a morir por los demás como Jesús. En la eucaristía celebramos que hacemos camino con Jesús. Que su Espíritu está en nosotros y que recibimos su fuerza. Demos gracias por el don del bautismo. Pidamos ser fiel a la llamada que hemos recibido de trabajar por los demás, de mostrarles que Dios acoge a todos[7]



[1] Mt 3, 13
[2] Mt 3, 6.
[3] HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO EN LA SANTA MISA CRISMAL, Basílica Vaticana, Jueves Santo 28 de marzo de 2013: http://www.vatican.va/holy_father/francesco/homilies/2013/documents/papa-francesco_20130328_messa-crismale_sp.html
[4] Dicho mal y pronto, en el Antiguo Testamento «siervo de Yahveh» es un título, digamos, honorífico. Dios llama «mi siervo» al que destina a colaborar en su designio. Para cumplir o realizar este designio envía a su Hijo, siervo de Dios por excelencia; así, este título expresa incluso el aspecto más misterioso de su misión redentora: Cristo, en efecto, por su sacrificio expía la negativa de servir que es el pecado y une a todos los hombres en el mismo servicio de Dios.
[5] Misal romano, prefacio del Bautismo del Señor.
[6] L. Tous, Dabar 1993, 10.
[7] J.M. Fisa, Misa Dominical 1982, 1.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris