Que vengan más segadores,
con la hoz en su derecha,
pues tan grande es la cosecha,
que faltan cosechadores.

Pedid al Padre amoroso
lo que él solo puede dar:
que envíe a colaborar
en su campo generoso.

El Padre mismo ha lanzado
a raudales su bondad;
rogadle al Padre, rogad,
que es suyo lo que ha sembrado.

Que vengan más segadores,
con la hoz en su derecha,
pues tan grande es la cosecha,
que faltan cosechadores.

Un escuadrón de setenta
para setenta naciones;
la misión y las misiones
buscan mi alma sedienta.

Suena y resuena la hora
de volver por los caminos,
con nuevos bríos divinos
de fe evangelizadora.

Que vengan más segadores,
con la hoz en su derecha,
pues tan grande es la cosecha,
que faltan cosechadores.

Yo veía a Satanás
derribarse como un rayo,
vencido y hecho vasallo
y nunca ya mandamás.

Mas no es esa la alegría
a vosotros reservada;
mirad la noche estrellada,
en la que el Padre escribía.

Que vengan más segadores,
con la hoz en su derecha,
pues tan grande es la cosecha,
que faltan cosechadores.

Vosotros, intimidad
en el nido de su pecho,
que Él se ve muy satisfecho
de que seáis su heredad.

Gozad, llenos de ternura,
sintiendo que Dios es don,
y escrito en su corazón
yo soy divina escritura.

Que vengan más segadores,
con la hoz en su derecha,
pues tan grande es la cosecha,
que faltan cosechadores

P. Rufino Mª Grández, ofmcap,

Puebla de los Ángeles (México), 1 julio 2010

XIV Domingo del Tiempo Ordinario (C)

Con frecuencia, entendemos la evangelización (¿así se lo hemos oído predicar a nuestros obispos o sacerdotes?) de manera, digamos, meramente doctrinal, por tanto predicar o compartir el evangelio sería dar a conocer la doctrina de Jesús a quienes todavía no la conocen o la conocen de manera insuficiente. Si entendemos las cosas así, las consecuencias son evidentes: necesitamos, en primer lugar, medios de poder con los cuales asegurar que el mensaje llegue a todos. Además son necesarios (¿así lo aprendimos?) cristianos “bien formados doctrinalmente”, con “tono humano” (¡ay frase desafortunada!) que conozcan bien la doctrina y sean capaces de transmitirla de la manera más persuasiva y convincente. Estructuras, técnicas y pedagogías adecuadas y desde luego un soporte eclesial adecuado para propagar el mensaje cristiano. Finalmente es importante el número de evangelizadores que con los mejores medios lleguen a convencer al mayor número de personas.

Todo esto es razonable, sí y encierra, sin duda, grandes valores. Pero si uno se detiene un momento y con atención en la persona del Señor, en su actuación, en su acción evangelizadora, las cosas cambian bastante. El Evangelio no es sólo ni, sobre todo, una doctrina. El Evangelio es la persona de Jesús. La experiencia humanizadora, salvadora, liberadora que comenzó con Jesús.

Por eso, querido hermano y hermana, evangelizar no es sólo propagar una doctrina, sino hacer presente en el corazón mismo de la sociedad y de la vida humana la fuerza salvadora del acontecimiento y la persona de Jesucristo. Y esto no se hace de cualquier manera.

Para hacer presente esa experiencia, los medios más adecuados son que menos nos llaman la atención; no son el poder, ni el dominio, ni el prestigio, ni siquiera una teología impecable, sino los mismos (medios) de los que se sirvió el mismo Jesús: solidaridad con los jodidos (sic), acogida a cada persona, perdón ¡creación de comunidad! Sobre todo en la vida parroquial, defensa de la vida y del matrimonio…

Para predicar y evangelizar y propagar la fe cristiana lo importante es contar con testigos en cuya vida se pueda percibir la fuerza que encierra la persona de Jesús. La teología y la buena formación y los medios económicos son muy buenos cuando están al servicio de los demás EN el Señor; cuando no, son un estorbo y hasta una piedra de tropiezo[1].

El testimonio tiene primacía absoluta. Las estructuras, instituciones y técnicas son importantes en la medida en que son necesarias para sostener la vida y el testimonio de los creyentes. Por eso, lo más importante no es tampoco el número sino la calidad de vida de la comunidad que puede irradiar fuerza evangelizadora. Quizá ésta mañana, en ése rato que dedicamos a hablar cara a cara con el Señor debamos detenernos dos veces en sus palabras: No llevéis talega ni alforja ni sandalias[2] y pensar cuáles son esas sandalias y esa talega y esa alforja que nos estorban para hacer presente, en medio de aquellos con quienes más convivimos, la persona de Jesucristo ■



[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra, 1985, p. 325 ss.
[2] Cfr Lc 10, 1-12. 17-20. 

nEw-oLd-iDeas

Te preguntas que hacer cuando te sientes atacado por todos los flancos por fuerzas aparentemente irresistibles, olas que te cubren y que quieren hacerte perder pie. A veces, estas olas consisten en sentirse rechazado, sentirse olvidado, sentirse no comprendido. A veces, consisten en ira, resentimiento, o hasta deseo de venganza, y a veces, en una autocompasion y autorrechazo. Estas olas te hacen sentir como un niño indefenso abandonado por sus padres. ¿Qué debes hacer? Toma la decisión consciente de alejar la atención de tu ansioso corazón de estas olas y dirigirlo hacia quien camina por encima de ellas y dice: Soy yo; no temas (Mt 14, 27; Mc 6, 50; Jn. 6, 20). Sigue volviendo tu mirada hacia El y confiando en que Él traera la paz a tu corazón. Mira hacia Él y di: Señor, ten piedad. Repitelo una y otra vez, no en forma ansiosa sino con confianza en que esta muy cerca de ti y dara descanso a tu alma Henri NOUWEN

VISUAL THEOLOGY

Oh, beautiful, for spacious skies,
For amber waves of grain,
For purple mountain majesties
Above the fruited plain!

America! America!
God shed His grace on thee,
And crown thy good with brotherhood,
from sea to shining sea.

Oh, beautiful, for pilgrim feet
Whose stern, impassioned stress
A thoroughfare for freedom beat
Across the wilderness!

America! America!
God mend thine ev'ry flaw;
Confirm thy soul in self control,
thy liberty in law!

Oh, beautiful, for héroes proved
In liberating strife,
Who more than self their country loved
And mercy more than life!

America! America!
May God thy gold refine,
Til all success be nobleness,
and ev'ry gain divine!

Oh, beautiful, for patriot dream
That sees beyond the years,
Thine alabaster cities gleam
Undimmed by human tears!

America! America!
God shed His grace on thee,
And crown thy good with brotherhood,
from sea to shining sea![1]



[1] America the Beautiful is an American patriotic song. The lyrics were written by Katharine Lee Bates, and the music was composed by church organist and choirmaster Samuel A. Ward. Bates originally wrote the words as a poem, Pikes Peak, first published in the Fourth of July edition of the church periodical The Congregationalist in 1895. At that time, the poem was titled America for publication. Ward had originally written the music, Materna, for the hymn O Mother dear, Jerusalem in 1882, though it was not first published until 1892.[1] Ward's music combined with the Bates poem was first published in 1910 and titled America the Beautiful. The song is one of the most popular of the many American patriotic songs. 

Fourteenth Sunday in Ordinary Time (C)

May I never boast save in the cross of our Lord Jesus Christ[1]. This is quite a change. St. Paul is speaking positively about boasting. I thought boasting was bad.  I thought we were never supposed to boast.  I mean, I know that last year I was conceited and that this year I’m perfect, but I also know that it is wrong to boast about it. Is there ever a time when boasting is OK, even good? Well, boasting is certainly bad when it is the self-centered, egomaniacal ranting of a tortured soul who bases his or her value on the opinions of others. But boasting is not bad when it reflects its original meaning of rejoicing in something that is good[2].

St. Paul had reason to boast. And it was not over what he did for the Lord. Paul was a little powerhouse who brought the Gospel of Jesus Christ to tens of thousands of people throughout the Roman Empire.  But Paul would not boast in this, or in anything he did. He would not rejoice in his accomplishments. But Paul did boast. He boasted in the Cross of Jesus Christ. He rejoiced that Jesus Christ died for him. He rejoiced that because of the cross, he was a new creation. He rejoiced, boasted, in the cross of the Lord Jesus Christ.

And we join St. Paul and rejoice in the cross of Jesus Christ. We boast with Paul that we have been saved from sin, saved from a meaningless, empty life, saved from running towards nothing, saved from being an insignificant blip on the radar of humanity. We join Paul in rejoicing that we have become a New Creation. Actually, what does that mean new creation? Well, that means exactly what it sounds like. We have become new beings. We are not just physical. Due to the cross of Jesus Christ, we are spiritual. We have received His Life within us. We can live forever if we live in Him. We rejoice that we are not of this world. We are holy. We are set apart for God.  That is what it means to be holy.

Our God wants us. Our God loves us. Our God empowers us. Our God is with us. We belong to Him. We are so united to Him that we are united to His sacrificial love on the cross. And we rejoice in this union with Jesus. We boast in the cross of Our Lord Jesus Christ.

We have been branded by Christ. The cattlemen of the Old West would brand their steer to declare their ownership. We have been branded by Christ. He has declared His ownership of us. We have been branded with the Cross. Paul says that he bore in his body the marks of Jesus Christ[3]. What Paul is referring to is this: he bore the ownership of Christ in His Life. He lived the sacrificial love of the Cross. He lived for the kingdom, suffered for the Kingdom and would die for the Kingdom.  The only thing that Paul would boast about is the love of Jesus Christ, the sacrificial love of the Lord, the Cross.

We also bear on our bodies the marks of Jesus Christ. We have been branded by the Lord. That brand is our sharing in His sacrificial love. We boast in the Cross of the Lord. We find joy in sharing the sacrificial love of the Lord. So we are mocked for not joining immorality, we are kept down in work or school for not seeking advancement by stepping on others. It hurts when people laugh at us for being committed Catholics. But we still rejoice. We rejoice in the opportunities we have to love as Jesus loved. We boast in the cross of the Lord.

We rejoice in that we can be Christ for others. St. Teresa of Avila wrote:

Christ has no body but yours,
No hands, no feet on earth but yours,
Yours are the eyes with which he looks
Compassion on this world,
Yours are the feet with which he walks to do good,
Yours are the hands, with which he blesses all the world.
Yours are the hands, yours are the feet,
Yours are the eyes, you are his body.
Christ has no body now but yours,
No hands, no feet on earth but yours,
Yours are the eyes with which he looks with compassion on this world.
Christ has no body now on earth but yours[4].

How great is that! We are a new creation, we are Christ for others. We are Christians. We are Catholics. It is as Catholics that we receive the strength to boast in the Cross, the strength to bear the wounds of the Lord.

Isaiah, the great prophet said: Rejoice in the Lord, Jerusalem and then uses the imagery of the people nursing at a mother’s abundant breasts. This is a prophesy of the Catholic Church. The Church is our mother, feeding us, sustaining us. It is through the Church that we receive the sacraments. It is through the Church that we receive the Word. It is through the Church that we serve Christ’s Presence in the poor and suffering of the world. And there is plenty to go around. Mother Church’s breasts are abundant. We receive communion weekly, if not daily. We need the Eucharist to be able to boast in the Lord. We receive penance regularly; we need the sacrament of compassion to fend off the attacks of the devil. And so we rejoice. We rejoice with 72 who felt the power of God working through them. We join them on their return to the Lord, loud, yelling their joy.  We join Jesus in yelling right along with them, along with us. And so we boast in the Cross of our Lord Jesus Christ.  For through the Cross we have become a new creation ■



[1] Galatians 6:14.
[2]
[3] It is tempting to dismiss this as referring to Paul having the stigmata. There is no record of this. Other Christians would have spoken about Paul bleeding from his hands and feet and side as St. Francis, St. Padre Pio and so many others would do. 
[4] Teresa of Ávila, also called Saint Teresa of Jesus, baptized as Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada, (March 28, 1515 – October 4, 1582) was a prominent Spanish mystic, Roman Catholic saint, Carmelite nun, writer of the Counter Reformation, and theologian of contemplative life through mental prayer. She was a reformer of the Carmelite Order and is considered to be a founder of the Discalced Carmelites along with John of the Cross.

en la Solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo

La hermosa luz de eternidad inunda
con fulgores divinos este día,
que presenció la muerte de estos Príncipes
y al pecador abrió el camino de la vida.

Hoy lleváis la corona de la gloria,
padres de Roma y jueces de los pueblos:
el maestro del mundo, por la espada;
y, por la cruz, el celestial portero.

Dichosa tú que fuiste ennoblecida,
oh Roma, con la sangre de estos Príncipes,
y que, vestida con tan regia púrpura,
excedes en nobleza a cuanto existe.

Honra, poder y sempiterna gloria
sean al Padre, al Hijo y al Espíritu
que en unidad gobiernan toda cosa
por infinitos e infinitos siglos. Amén
de la Liturgia de las Horas 




XIII Domingo del Tiempo Ordinario (C)


La idea del infierno con su fuego eterno tiene su origen en un valle que estaba fuera de la muralla sur de la antigua Jerusalén y se extendía desde el pie del Monte Sión hasta el valle de Cedrón, al este, ahí se encontraban los estercoleros de la ciudad. El humo perenne de la basura que allí se quemaba fue el trampolín para el nacimiento (teológico) de la imagen del infierno. Y con la amenaza del fuego eterno se han intentado arreglar muchas cosas en la Iglesia Católica. Desde pequeños nos habituaron a este fuego; con él se nos asustaba y forzaba a abandonar las malas obras a fin de no caer en ese terrible castigo, patentado por un Dios, antes que padre, justiciero terrible.

Así, a base de oír hablar del fuego eterno, los católicos hemos tenido en algún momento el corazón encogido y un miedo a ciencia, a la razón y a la libertad. Históricamente se llegó incluso a recomendar la ignorancia como el mejor camino para no caer en herejías: ¡Oh cuánta filosofía, / cuánta ciencia de gobierno, / retórica, geometría, / música y astrología, / camina para el infierno!, cantaba el poeta. La ciencia, la razón, la investigación eran los mejores conductores hacia lo más profundo de un abismo donde el fuego quemaría –maravilla de maravillas- por siempre sin consumir.

Sin embargo, sin quitarle la importancia que tiene porque la fe nos enseña que es real, el fuego del infierno se parece más al fanatismo e intolerancia en que hemos estado sumidos los católicos por tantos años, ese fanatismo e intolerancia de los que solamente nos veremos libres a base de una fe que busca entender (Fides quaerens Intellectum[1]), el ordenado uso de la razón, la ciencia, la comprensión, el pluralismo, la aceptación del otro y el respeto mutuo, ¡la lectura pausada y atenta de la historia!... Conscientes de que no hay nada más que un absoluto –Dios-, los católicos podríamos estar mucho más abiertos al diálogo y a la comprensión.

Fanatismo e intolerancia distan años luz del evangelio, exigente al máximo, pero no intransigente; que invita, pero no impone; que ofrece, pero no fuerza; que anima, pero no violenta.

En el evangelio de este domingo el Señor corta por lo sano el brote de fanatismo de sus discípulos[2]. Para él –para Jesús- quedaban atrás los tiempos de Elías, profeta que fulminaba con fuego del cielo y rayos a los enviados del rey[3], o que degollaba a los profetas de Baal, en nombre del Señor, Dios único, soberano e intransigente[4]. También ésos tiempos han pasado para nosotros, sin embargo en algunos momentos de la historia olvidamos la enseñanza del Maestro y participamos así de episodios tan vergonzosos como la Inquisición, la propagación de la imagen de Santiago Matamoros, el fuera de la Iglesia no hay salvación de san Cipriano de Cartago que tantos quebraderos de cabeza ha traído (por lo mal que se ha entendido) y tantas cosas más[5].  

Es momento de volver los ojos al evangelio y contemplar con detenimiento a un Jesús que siempre tiene tiempo para dialogar con todos, que busca lo positivo en cada situación, y partir de esa contemplación, de esa reflexión personal, acabar con actitudes fanáticas y estériles que hacen del mundo un infierno


[1] San Anselmo de Canterbury O.S.B. (Aosta, 1033 - Canterbury, 1109) inaugura en filosofía lo que se llamará la escolástica, periodo que fructificará en las Summae y en hombres como Buenaventura, Tomás de Aquino y Juan Duns Scoto. Su formación agustiniana, común en el medioevo, le acercará a su intuición filosófica más característica: la búsqueda del entendimiento racional de aquello que, por la fe, ha sido revelado. En el sentir de Anselmo, no se trata de remover el misterio de los dogmas, ni de desacralizarlos; tampoco significa un vano intento de comprenderlos en su profundidad, sino tratar de entenderlos, en la medida en que esto es posible al ser humano. (Proslogio, capítulo 1).
[2] Cfr. Lc 9,51-53.
[3] Cfr. 2 Re 1,10-12.
[4] Cfr. 1 Re 18
[5] El Catecismo de la Iglesia Católica en el n. 846 lo explica así: “¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por los Padres de la Iglesia? Formulada de modo positivo significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo: El santo Sínodo... basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella (LG 14)”. 

nEw-oLd-IdeAS


Dónde estás ahora? Esta pregunta tiene una magnífica respuesta: estamos donde reposa nuestro corazón... Quizá teme el hombre hallarse ¡tantas veces! donde no quiere... Y, sin embargo, esto es imposible porque... "más está el alma donde ama que donde anima". Y esto, desde Platón, lo han enseñado todos los grandes maestros espirituales. Estás allí donde quieres y tu corazón elige, allí mismo, donde amas, donde está tu reposo y tu predilección, aunque los senderos exteriores de este mundo sean harto ásperos y los ideólogos y los maestrillos cercanos y lejanos pretendan otra cosa. Nadie te quitará esa LIBERTAD de tu alma... Aunque presionen unos y otros y te quieran calificar al antojo de la moda, o del miedo, o de la necedad, tan frecuente. Permanece firme donde están los verdaderos bienes y no te dejes arrastrar por las estructuras, que siempre se procuran justificativos del corte que sean. Estás donde se halla tu corazón y donde tu alma desea. Desea estar en lo alto, "sobre toda temporal creatura levantada", como decía San Juan de la Cruz, y llegarás en un instante al punto maravilloso que descubre la virginidad de tu alma. Habita la parte escondida del mundo, que es el camino del Cielo un ermitaño urbano 

VISUAL THEOLOGY


The Incredulity of St. Thomas, relief, Great Britain, late 14th Century, artist unknown, carved alabaster This fourteenth century alabaster panel shows St Thomas kneeling to place his fingers in the wound of the risen Christ who stands on the right holding a cross-staff in his left hand and the banner of the Resurrection. besides St Thomas nine other apostles are shown including St Peter and St John. This panel is part of a larger altarpiece depicting the Passion of Christ. These panels are some of the earliest surviving examples of English alabaster reliefs. The carving of this fourteenth century example is of a finer quality than those executed in the fifteenth century 

Thirteenth Sunday in Ordinary Time (C)


In our gospel today, people in Samaria did not want to receive Jesus and His disciples. James and John thought this would be a great opportunity for Jesus to show His power and rain down fire on the Samaritans. They didn’t like those people anyway. The Jews considered the Samaritans half-breeds, part Jewish and part pagan. If Jesus wanted, James and John would be more than willing to perform the act of vengeance for Him. These Sons of Thunder, the ludicrous name that Jesus gave them, had no idea of what Jesus’ real power was. He had greater concerns than some Samaritan villages. He wanted to save the world from the grip of evil. That is why Jesus ignored the disciples and went on to Jerusalem. Jesus was completely committed to making the power of God’s love real among mankind[1].

Why did they do it, these followers of the Lord?  Why did they follow Jesus to their own deaths. All his closest disciples would be killed, with the exception, according to tradition, of John. After they received the Holy Spirit on Pentecost the disciples, now apostles, accepted their own deaths as a way of giving witness to the new reality of the Kingdom of God. Why? Well, they had experienced Love Incarnate, and wanted to bring this Love to others. They answered the demands of the Kingdom. They gave up the comforts of life, foxes have dens and birds of the skies have nests, but the Son of Man has nowhere to rest His head. They gave up their families and committed themselves completely to the Lord. Like Elisha they did not look back and return to their past lives.  Why did they do it? They did it because they possessed Jesus Christ, and His Love, and could only keep His Love by answering the demands of Love, by giving themselves up totally to the Love of God.

Why do we do it? Why do we worship as a community on Sundays when others are out fishing, or having picnics, or simply, staying in bed?  Why do we walk away from the negativity of the world?  Why do we avoid joining the drunks and druggies? Why do we battle against the temptation to use sex for our own selfishness? Why do we stand for morality in a nation that places value on the right of people to be immoral? Why do we fight against those factions of our government and those aspects of our media that mocks us for wanting morality to be the foundation of our nation? In fewer words: why do we profess faith in Jesus Christ and live that faith?

Well, we do it because we have been given the greatest gift people could ever receive. We have been given Jesus Christ. He is united to us, and we are united to Him. We leave the plow and oxen and material trappings of the world behind and live for the Lord because we are on fire with His Love. We march on with Him to Jerusalem because we never want to leave His Presence. We exalt in the power of God because His love gives meaning and purpose to our lives.  We live by the Spirit and do not let the flesh control us, because the flesh will die, but the Spirit is forever.

Why do we do it?  Why do we live our faith?  We do it because we are loved by the Tremendous Lover. Our prayer this morning is for courage. May we have the courage to sell out for God. May we have the courage to commit ourselves to the Kingdom of God here on Earth


[1] Sunday 30th June, 2013, 13th Sunday in Ordinary Time. Readings: 1 Kings 19:16, 19-21. You are my inheritance, O Lord. Ps 15(16):1-2, 5, 7-11. Galatians 5:1, 13-18. Luke 9:51-62. [First Martyrs of the Church of Rome].
Señor, A Quién Iremos?
Tú Tienes Palabras De Vida,
Nosotros Hemos Creído,
Que Tú Eres El Hijo De Dios...

Soy El Pan Que Os Dá La Vida Eterna;
El Que Viene a Mí No Tendrá Hambre,
El Que Viene a No Tendrá Sed:
Así Ha Hablado Jesús...

No Busqueis Alimento Que Perece,
Sino Aquel Que Perdura Eternamente;
El Que Ofrece El Hijo Del Hombre,
Que El Padre Os Ha Enviado...

Pues Si Yo He Bajado Del Cielo,
No Es Para Hacer Mi Voluntad,
Sino La Voluntad De Mi Padre,
Que Es Dar Al Mundo La Vida...

¿Señor, A Quién Iremos?
Tú Tienes Palabras De Vida,
Nosotros Hemos Creído,
Que Tú Eres El Hijo De Dios

XII Domingo del Tiempo Ordinario (C)

Quien dice la gente que soy yo? Hace dos mil años un hombre formuló esta pregunta a un grupo de amigos[1]. Y la historia no ha terminado aún de responderla. El que preguntaba era simplemente un aldeano que hablaba a un grupo de pescadores. Nada hacía sospechar que se tratara de alguien importante. Vestía pobremente. Él y los que le rodeaban eran gente sin cultura, sin lo que el mundo llama "cultura". No poseían títulos ni gadgets. No tenían dinero ni posibilidades de adquirirlo. No contaban con armas ni con poder alguno. Eran todos ellos jóvenes, poco más que unos muchachos, y dos de ellos –uno precisamente el que hacía la pregunta- morirían antes de dos años con las más violentas de las muertes. Todos los demás acabarían, no mucho después, en la cruz o bajo la espada. Eran, ya desde el principio y lo serían siempre, odiados por los poderosos. Pero tampoco los pobres terminaban de entender lo que aquel hombre y sus doce amigos predicaban. Era, efectivamente, un incomprendido.

Los violentos lo veían débil y manso. Los custodios del orden le juzgaban, en cambio, violento y peligroso. Los cultos le despreciaban y le temían. Los poderosos se reían de su locura. Había dedicado toda su vida a Dios, pero los ministros oficiales de la religión de su pueblo le veían como un blasfemo y un enemigo del cielo. Eran ciertamente muchos los que le seguían por los caminos cuando predicaba, pero a la mayor parte les interesaban más los gestos asombrosos que hacía o el pan que les repartía que todas las palabras que salían de sus labios. De hecho todos le abandonaron cuando sobre su cabeza rugió la tormenta de la persecución de los poderosos y sólo su madre y tres o cuatro amigos más le acompañaron en su agonía.

La tarde de aquel viernes, cuando la losa de un sepulcro prestado se cerró sobre su cuerpo, nadie habría dado un céntimo por su memoria, nadie habría podido sospechar que su recuerdo perduraría en algún sitio, fuera del corazón de aquella pobre mujer –su madre- que probablemente se hundiría en el silencio del olvido, de la noche y de la soledad.

Y... sin embargo, veinte siglos después, la historia sigue girando en torno a aquel hombre. Los historiadores siguen diciendo que tal hecho o tal batalla ocurrió tantos o cuantos años antes o después de él. Media humanidad, cuando se pregunta por sus creencias, sigue usando su nombre para denominarse. Dos mil años después de su vida y muerte, se siguen escribiendo cada año más de mil volúmenes sobre su persona y doctrina. Su historia ha servido como inspiración para, al menos, la mitad de todo el arte que ha producido el mundo desde que él vino a la tierra. Y, cada año, decenas de miles de hombres y mujeres dejan todo –sus familias, sus costumbres, tal vez hasta su patria- para seguirle enteramente, como aquellos doce primeros amigos.

¿Quién, quién es este hombre por quien tantos han muerto, a quien tantos han amado hasta la locura y en cuyo nombre se han hecho también -¡ay!- tantas violencias? Desde hace dos mil años, su nombre ha estado en boca de millones de agonizantes, como una esperanza, y de millares de mártires, como un orgullo. ¡Cuántos han sido encarcelados y atormentados, cuántos han muerto sólo por proclamarse seguidores suyos! Y también -¡ay!- ¡cuántos han sido obligados a creer en él con riesgo de sus vidas, cuantos tiranos han levantado su nombre como una bandera para justificar sus intereses o sus dogmas personales! Su doctrina, paradójicamente, inflamó el corazón de los santos y las hogueras de la Inquisición. Discípulos suyos se han llamado los misioneros que cruzaron el mundo sólo para anunciar su nombre y discípulos suyos nos atrevemos a llamarnos quienes -¡por fin!- hemos sabido compaginar su amor con el dinero.

¿Quién es, pues, este personaje que parece llamar a la entrega total o al odio frontal, este personaje que cruza de medio a medio la historia como una espada ardiente y cuyo nombre –o cuya falsificación- produce frutos tan opuestos de amor o de sangre, de locura magnífica o de vulgaridad? ¿Quién es y qué hemos hecho de él, cómo hemos usado o traicionado su voz, qué jugo misterioso o maldito hemos sacado de sus palabras? ¿Es fuego o es opio? ¿Es bálsamo que cura, espada que hiere o morfina que adormila? ¿Quién es? ¿Quién es? Pienso que el hombre que no ha respondido a esta pregunta puede estar seguro de que aún no ha comenzado a vivir. Gandhi escribió una vez: "Yo digo a los hindúes que su vida será imperfecta si no estudian respetuosamente la vida de Jesús". ¿Y qué pensar entonces de los cristianos que todo 1o desconocen de él, que dicen amarle, pero jamás le han conocido personalmente?

Y es una pregunta que urge contestar porque, si él es lo que dijo de sí mismo, si él es lo que dicen de él sus discípulos, ser hombre es algo muy distinto de lo que nos imaginamos, mucho más importante de lo que creemos. Porque si Dios ha sido hombre, se ha hecho hombre, gira toda la condición humana. Si, en cambio, él hubiera sido un embaucador o un loco, media humanidad estaría perdiendo la mitad de sus vidas.

Conocerle no es una curiosidad. Es mucho más que un fenómeno de la cultura. Es algo que pone en juego nuestra existencia. Porque con Jesús no ocurre como con otros personajes de la historia. Que César pasara el Rubicón o no lo pasara, es un hecho que puede ser verdad o mentira, pero que en nada cambia el sentido de mi vida. Que Carlos V fuera emperador de Alemania o de Rusia, nada tiene que ver con mi salvación como hombre. Que Napoleón muriera derrotado en Elba o que llegara siendo emperador al final de sus días no moverá hoy a un solo ser humano a dejar su casa, su comodidad y su amor y marcharse a hablar de él a una aldehuela del corazón de África.

Pero Jesús no, Jesús exige respuestas absolutas. Él asegura que, creyendo en él, el hombre salva su vida e, ignorándole, la pierde. Este hombre se presenta como el camino, la verdad y la vida[2]. Por tanto –si esto es verdad- nuestro camino, nuestra vida, cambian según sea nuestra respuesta a la pregunta sobre su persona. ¿Y cómo responder sin conocerle, sin haberse acercado a su historia, sin haber leído y releído sus palabras?[3]





[1] Mc 8, 27.
[2] Cfr. Jn 14, 6
[3] Cfr. J. L. Martín Descalzo: Vida y misterio de Jesús de Nazaret.

NEw-olD-ideAS

En la humildad se halla la máxima libertad. Mientras tienes que defender el yo imaginario que crees importante, pierdes la paz de tu corazón. En cuanto comparas esa sombra con las sombras de otros, pierdes toda alegría, porque empezaste a traficar con irrealidades, y no hay gozo en lo que no existe. En cuanto empiezas a tomarte en serio e imaginas que tus virtudes son importantes porque son tuyas, quedas prisionero de tu propia vanidad, y aun tus mejores obras te cegarán y engañarán. Luego, para defenderte, empezarás a ver pecados y faltas por todas partes en las acciones de los otros. Y cuanto más irrazonable importancia te atribuyas a ti y a tus obras, tanto más tenderás a formar tu propia idea de ti mismo condenando a los otros. A veces hay hombres virtuosos que se sienten amargados e infelices, porque inconscientemente han llegado a creer que toda su felicidad depende de que sean más virtuosos que los demás. Cuando la humildad libra a un hombre del apego a sus propias obras y a su propia reputación, descubre que el gozo perfecto es sólo posible cuando nos hemos olvidado completamente de nosotros mismos. Y sólo cuando no prestamos ya más atención a nuestra vida, a nuestra reputación ni a nuestra excelencia, nos hallamos por fin completamente libres para servir perfectamente a Dios por Él solo Thomas Merton, Semillas de contemplación

VISUAL THEOLOGY


El Codex Aureus de Lorsch (también conocido como los Evangelios de Lorsch) es un códice creado en Aquisgrán entre 778 y 820, durante el período de Carlomagno. Contiene los cuatro evangelios y dos cartas de San Jerónimo. Presenta un formato 37 por 27 centímetros; consta de 239 hojas, con seis miniaturas de página entera y 12 tablas de concordancia. Estuvo localizado por primera vez en la Abadía de Lorsch, en la actual Alemania, donde permaneció al menos hasta el siglo XV; en el catálogo de la abadía era nombrado como Evangelium scriptum cum auro pictum habens tabulas eburneas, y fue compilado en 830 bajo el gobierno del abad Adelung. Considerando las letras de oro en el manuscrito y su localización en Lorsch, fue llamado Codex Aureus Laurensius. En los siglos X y XI, la biblioteca de Lorsch fue una de las mejores bibliotecas del mundo



Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris