Jesús de mi intimidad,
lo que leo es lo que pasa,
que es ésa mi Eucaristía,
con la Iglesia celebrada.

 Jesús, te veo y te gozo,
ábreme tus manos santas,
y tu mismo corazón,
cuando comulgo en tu casa ■

Fray Rufino María Grández
Tlalpan, Verbo Encarnado, 21 julio 2009.

XVII Domingo del Tiempo Ordinario (B)


A partir de hoy y durante los domingos vamos a escuchar en el evangelio uno de los capítulos más importantes del Evangelio de Juan: el capítulo sexto donde se recoge el hermoso discurso del Pan de vida.

San Juan sitúa su relato en la proximidad de la Pascua, la gran fiesta de los judíos. Este detalle es intencional. En la primera pascua Dios alimentó a su pueblo con el cordero y con el maná, realizando el pacto de la alianza. Jesús, por su parte, brindará como alimento su propio cuerpo, ahora prefigurado en el pan. Llegamos a un momento en la historia de la humanidad en el que Dios se acerca y se sienta con su pueblo para comer juntos.

La multiplicación de los peces y los panes no es un simple reparto de pan, sino un acontecimiento en el que Dios y el hombre toman parte muy activa. Mientras Jesús atravesaba el lago una gran multitud lo siguió por la ribera sin tener en cuenta lo avanzado del día ni la lejanía de sus hogares. Era una multitud hambrienta de Jesús: lo buscaron y se le acercaron en la colina para escucharlo. Habían visto los signos de Jesús cuando curaba a los enfermos y presentían que Él podía llegar a ser un factor decisivo en sus vidas. Nosotros ¿necesitamos a Dios? ¿Lo buscamos como un bien absoluto, o más bien nos declaramos satisfechos cuando podemos gozar de sus bienes, o de los bienes que creemos nuestros y conseguidos con nuestro esfuerzo? Es difícil trazar una raya entre el hambre de Dios y el hambre de sus dones; pero es esto precisamente lo que nos propone el Evangelio de Juan: preguntarnos con sinceridad hasta dónde llega nuestra fe en toda su pureza, y hasta dónde esta misma fe no encubre más que el deseo de una buena vida a la sombra de una creencia religiosa.

También podemos preguntarnos si el mundo moderno tiene hambre de Dios o, si por el contrario, puede prescindir de Él porque ha encontrado la fórmula para ser feliz, para obtener bienes, para vivir de acuerdo con ciertos valores o para poder abandonar la tutela de la Iglesia y de sus normas.

¿Está presente Dios en los pensamientos y en los esfuerzos del hombre moderno, o ha sido suplantado por la eficiencia de la técnica, por las elaboraciones de la filosofía, por los aportes de la psicología y de la medicina?

Y es que con Dios nos puede pasar lo mismo que con la sociedad de consumo: que primero crea la necesidad de cierto producto que se imagina como importante y después nos convence para que lo compremos porque es importante. Así nos puede suceder: primero nos imaginamos cierto tipo o imagen de Dios que creemos necesaria para nuestros intereses, como el Dios de la riqueza, del poder, de las diferencias sociales, de la autoridad, de la desigualdad, etc.; después nos convencemos de lo importante que es adorarlo y servirlo. Así sucede, por ejemplo, con ciertos padres y profesores que quieren ser obedecidos de forma ciega y automática: necesitan para eso un Dios autoritario y rígido, y lo crean, para fundamentar, acto seguido, su proceder en ese Dios de la obediencia servil. Fácil es después consagrar toda la vida a su servicio, ya que, adorándolo, consiguen también ellos ser adorados.

Por eso hemos de preguntarnos por ese Dios que nos reveló Jesucristo: el que me ve a mí, ve a mi Padre. En menos palabras: no hay Dios fuera del que nos revela el Evangelio.

Como aquella multitud, también nosotros estamos frente a Jesucristo. Pero, ¿qué buscamos? ¿Qué motiva eso que llamamos nuestra fe? A lo largo de estas semanas, y siguiendo el discurso del pan de vida en el Evangelio de Juan, tendremos la oportunidad de ir buscando una respuesta[1]


[1] S. Benetti, El proyecto cristiano. Ciclo B, Ed. Paulinas, Madrid 1978, p. 157 ss.

New-old-ideas


Nuestra oración muy a menudo tiene necesidad de ayuda, es normal para el hombre, porque necesitamos ayuda, necesitamos de los otros, necesitamos a Dios, por eso para nosotros es normal pedir algo de Dios, buscar la ayuda de Dios y debemos recordar que la oración que el Señor nos ha enseñado, el Padre Nuestro, es una oración de petición y con esta oración, el Señor nos enseña las prioridades de nuestra oración. Limpia, purifica nuestros deseos, y así limpia y purifica nuestros corazones. Así que si es algo normal que pidamos en la oración alguna cosa, también es normal que la oración sea una ocasión para dar gracias. Si prestamos un poco de atención, vemos que de Dios recibimos tantas cosas buenas. Es tan bueno con nosotros, que conviene que le demos las gracias. Y debe ser también una oración de alabanza. Nuestro corazón está abierto, porque a pesar de todos los problemas, vemos también la belleza de su creación, la bondad que se muestra en su creación. Así que debemos no solo rogar, sino también alabar y dar las gracias. Sólo así nuestra oración es completa ■ Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles, 20 de junio de 2012. 

VISUAL THEOLOGY


The earliest building at Tabgha was a small chapel built in the 4th century A.D. This was probably the shrine described by the pilgrim Egeria at the end of the 4th century: "In the same place (not far from Capernaum) facing the Sea of Galilee is a well watered land in which lush grasses grow, with numerous trees and palms. Nearby are seven springs which provide abundant water. In this fruitful garden Jesus fed five thousand people with five loaves of bread and two fish." The mosaic of the fish and loaves is laid next to a large rock, which has caused some New Testament scholars to speculate that the builders of the original church believed that Jesus stood on this rock when he blessed the fish and loaves just before the feeding of the crowd who had come to hear him ■


Seventeenth Sunday in Ordinary Time (B)


During the next five Sundays, the gospel readings will be taken from the sixth chapter of the Gospel of John, the great and beautiful discourse on the Bread of Life. We will hear the multiplication of the loaves and fishes, and you know, there is a lot more to this miracle than food for dinner. On a deeper scale, the miracle is sharing in the Lord of all that He is. It is a miracle of being filled with the food the Lord gives, himself[1].

Few years ago the Zeferrelli's film Jesus of Nazareth united Mary Magdalene with the miracle of the loaves and fishes. For one instant the camera focused on Mary Magdalene holding the bread that Christ gives in her hand and looking at Jesus. The continual gift of the Lord led Mary Magdalene to conversion. Holding the bread and looking at the Lord she realizes that He alone satisfies her needs. As the hymn prays, He satisfies the hungry heart[2].

There are five thousand men, not counting women and children, and only five loaves of bread available. When the disciples ask what they should do, Jesus tells them that the bread he will give them will be enough: the miracle of the loaves and fish is a miracle also of our sharing the gifts of Christ. He gives us plenty for all that we are called upon to feed. Our union with him satisfies the hungry hearts of our families, our neighbors, and our world.

Sometimes we question whether or not we can be the spiritual leaders the Lord calls on us to be: Am I good enough as a priest to give you all you need? How can I? There are so many of you and just one of me? But it is not my bread that I have been called upon to give you; it is the bread the Lord gives me for you. And that is always enough, despite my human limitations.

Perhaps you have asked yourselves. Am I good enough to be a spiritual leader in my house? Can I bring my wife, my husband, and my children to God? Perhaps some of you might say, "I'm not that spiritual. I'm inclined to sin. I can't give my children what they need to become good Christians." Well, these thoughts are incorrect, for the bread you need to feed your family, the presence of Christ in your home is enough for you. Through your union with Christ, through your sacraments Jesus provides all you need. And the presence of the Lord you cultivate in that bread basket never runs out. So, there is plenty of food, plenty of Christ for the family. There is plenty of bread in the basket when the bread comes from the Lord.

We have to stay united to the Lord. His bread, which might appear little in your eyes and my eyes, a mere five barley loaves, is plenty for thousands of people.

Your homes are churches. Your families are united in the Lord. Your union with God as a family gives meaning and direction to your lives. Never, never feel that you are not good enough to be spiritual leaders, particularly of your children. Husbands do not feel that you cannot be a source of God's love for your wives. Wives do not feel that you cannot be a source of God's love for your husbands. United in the Lord, he multiplies the love that is his presence in an infinite manner. He satisfies the hungry hearts.

We need to nourish the presence of the Lord. You are doing that right now, by attending Mass and receiving the Body of Christ in the Eucharist. We need to worship the Lord together in our homes, the little churches. Perhaps, you should consider praying together in your homes if you are not already doing this. Before meals and at bedtimes is an excellent opportunity for families to get in the habit of daily prayer. Pray to God together to keep you family strong as a family and strong in his love, the same thing. In your homes celebrate your union as a family. And never feel that anything you do is insignificant. Wonderful things can happen with just five barley loaves when the bread comes from the Lord ■


[1] Sunday 29th July, 2012, 17th Sunday in Ordinary Time. Readings: 2 Kings 4:42–44. The hand of the Lord feeds us; he answers all our needs—Ps 144(145):10–11, 15–18. Ephesians 4:1–6. John 6:1–15 [St Martha].


Como el niño que no sabe dormirse
sin cogerse a la mano de su padre,
así mi corazón viene a ponerse
sobre Tus manos al caer la tarde.

Como el niño que sabe que alguien vela
su sueño de inocencia y esperanza,
así descansará mi alma segura,
sabiendo que eres Tú quien nos aguarda.

Tú endulzarás mi última amargura,
Tú aliviarás el último cansancio,
Tú cuidarás los sueños de la noche,
Tú borrarás las huellas de mi llanto.

Tú nos darás mañana nuevamente
la antorcha de la luz y la alegría,
y, por las horas que te traigo muertas,
Tú me darás una mañana viva. Amén  
de la Liturgia de las Horas 
(en la foto, Mateo y su papá) 

XVI Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Acabamos de escuchar en el evangelio que el Señor se preocupa por el descanso de los apóstoles. El descanso no es un lujo, no es capricho: es una necesidad del hombre. No es tampoco una invención moderna: en la historia del pueblo judío y de otros pueblos antiguos encontramos una preocupación social por conseguir un descanso para todos. Son las (modernas) civilizaciones las que imaginan que el descanso sólo es un derecho de quien posee más dinero o poder. Que la lucha obrera haya conseguido reivindicar el derecho al  descanso, a las vacaciones coincide con lo que el pueblo judío a lo largo de todo el Antiguo Testamento creía voluntad  de Dios. Y lo que hemos de lamentar actualmente es que aún hay quienes no participan de  este derecho al descanso, que aún existan injustas diferencias entre el descanso de unos y  otros[1].

Este podría ser el primer punto de nuestra reflexión de hoy: según la Sagrada Escritura si Dios encomienda al hombre la responsabilidad de trabajar, también quiere para él el descanso, el reposo, la fiesta. Para que nunca el trabajo esclavice al hombre; para que éste  halle espacios para vivir más libremente, para reencontrarse con lo que es más fundamental  en su vida Dios llama a sus hijos a descansar.

En la segunda lectura hemos escuchado a san Pablo decir a los cristianos de Éfeso que Jesucristo trajo la noticia de la paz. ¿No  podríamos decir que el tiempo de vacaciones está especialmente abierto a un encuentro  con esta buena noticia de paz para cada uno de nosotros? El tejido de nuestra vida normal, del trabajo y de las preocupaciones de cada día nos impide con frecuencia ir al fondo de la realidad de la vida. A menudo quedamos como aprisionados en esa maraña de ocupaciones y preocupaciones, de relaciones y necesidades, que constituyen el afán  cotidiano.

Por eso todos podríamos oír, como dirigidas de manera muy personal las palabras del Señor a sus apóstoles: Venid a descansar un poco.

El tiempo de vacaciones puede ser como un alejamiento (aunque sea  provisional) de la realidad cotidiana que nos aprisiona; un tiempo que nos de un poco más de libertad; un tiempo que nos ayude a mirar nuestra vida en perspectiva. Las vacaciones pueden ser el tiempo para encontrar ese silencio interior que nos ayude a descender a lo más profundo de nosotros mismos para ver y juzgar lo que hay: ¿Qué hago, qué soy, a dónde voy? ¿Hay  realmente verdad y amor en mi vida? ¿Qué calificación merecen mis relaciones con los demás?...

Y si el examen de conciencia es valiente quizá nos identifiquemos con lo que dice el evangelio: andaban como ovejas sin pastor. Quizá detrás del tejido de las ocupaciones cotidianas, encontraremos miedo, vacío, desconcierto, tristeza, desesperanza...¡Feliz el que tenga la valentía para emprender un camino de paz[2]!

Aquellos que andaban como ovejas sin pastor buscaban la Buena Noticia de Jesucristo. Por eso –dice también el evangelio- se puso a  enseñarles con calma. No hubiera sido esto posible sin aquel paso previo, no lo hubiera  podido hacer si ellos no le hubieran buscado.

Quizá, a muchos de nosotros, lo que nos falta es esto: reconocer esta pobreza interior, personal, y reconocer que no sabemos dónde  vamos, y entonces aceptar la Buena Noticia del Señor, hallar la necesaria calma  para escuchar sus palabras de paz, de amor, de verdad, de libertad, de justicia. De alegría y  de vida ■


[1] Se conoce como año sabático al período de doce meses consecutivos en que una persona se libera voluntariamente de sus actividades laborales o académicas con el fin de dedicarse a intereses personales como viajar, descansar, disfrutar de la familia o desarrollar una actividad personal. Su origen se remonta a siglos atrás, cuando los hebreos se tomaban el séptimo año de la cosecha para el descanso. El año sabático era una costumbre agrícola muy respetada y permitía dejar la tierra sin trabajar para su reposición (en barbecho) después de 6 años consecutivos de cosecha. La palabra hebrea šhabbat (שַׁבָּת) de donde deriva sabático, significa "el [día] de descanso", y se refiere al cese o descanso de trabajo. El nombre del día sábado también deriva de la misma palabra.
[2] J. Gomis, Misa Dominical 1988, n. 15. 
Ilustración: Aleko and Zemphira by Moonlight, study for a backdrop, for the ballet Aleko, watercolor by Marc Chagall, 1887-1985, Belarusian-French artist. 

New-old-ideas


El amor es un misterio que transforma todo lo que toca en cosas bellas y agradables a Dios. El amor de Dios hace al alma libre; es como una reina que no conoce el constreñimiento del esclavo, emprende todo con gran libertad del alma, ya que el amor que vive en ella es el estímulo para obrar. Todo lo que la rodea le da a conocer que solamente Dios es digno de su amor. El alma enamorada de Dios y en Él sumergida, va a sus deberes con la misma disposición con que va a la Santa Comunión y cumple también las acciones más simples con gran esmero, bajo la mirada amorosa de Dios; no se turba si con el tiempo alguna cosa resulta menos lograda, ella está tránquila, porque en el momento de obrar hizo lo que estaba en su poder.Cuando sucede que la abandona la viva presencia de Dios, de la que goza casi continuamente, entonces procura vivir de la fe viva, su alma comprende que hay momentos de descanso y de lucha. Con la voluntad está siempre con Dios. Su alma es como un oficial adiestrado en la lucha, desde lejos ve donde se esconde el enemigo y está preparada para el combate, ella sabe que no está sola; Dios es su fortaleza Santa Faustina Kowalska, Diario de la Divina Misericordia en mi alma, Padres Marianos de la Inmacula Cocepción de la Satísma Virgen María, 2005 (Segundo Cuaderno, p. 352). 

VISUAL THEOLOGY


El Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela es un pórtico de estilo románico realizado por el Maestro Mateo y sus colaboradores (su obradoiro o taller) por encargo del rey de León Fernando II, quien donó a tal efecto cien maravedíes anuales,1 entre 1168 y 1188, fecha esta última que consta inscrita en la piedra como indicativa de su finalización. Antes de comenzar los trabajos del Pórtico, su taller terminó las naves de la Catedral teniendo para ello que construir una novedosa cripta para salvar el desnivel entre las naves y el terreno de alrededor. El 1 de abril de 1188 se colocaron los dinteles del Pórtico y la conclusión del conjunto se demoró hasta el año 1211, en el que se consagró el templo con la presencia del rey Afonso IX.  El Pórtico actual no es exactamente el resultado de la obra del Maestro Mateo, ya que algunas de sus figuras originales fueron retiradas al construirse la actual fachada de la Catedral ("la fachada del Obradoiro"), quedando conservadas en el Museo Catedralicio. Por lo demás, el Pórtico originalmente estaba policromado, pero hoy solo quedan restos de la pintura en algunos puntos


Sixteenth Sunday in Ordinary Time (B)

The short gospel reading shows us how concerned Jesus was for the disciples, who seem to be physically exhausted after being out on the missionary job. Saint Mark says that there were so many people making demands on them that they didn't even have time to eat, so Jesus himself takes them over and allows the disciples to carry on resting[1].

Of course Jesus knew from his own experience how the disciples felt. So many people came to him that he often had to escape and go off by himself to rest, to pray and to get his energy back. Saint Mark doesn't try to hide the fact that even Jesus was tired just like anyone else. We can remember the episodes where we see the Lord seated at the well of Sychar or asleep on the boat[2].

We must recognize on this break from the Lord and His disciples a clear invitation to rest; whatever we're doing most of the time we can still get tired like them so that we need to take a rest.
Some Christians are tempted to think that if we're going about our spiritual lives the right way God gives us a sort of boundless energy for activity. The truth is that this could be a little bit presumptuous.

It's wiser to be more humble and to admit to ourselves that occasionally we suffer the same weariness and lack of energy as everyone else. Jesus didn't make the mistake of thinking he could carry on, indefinitely, without any kind of break, so neither should we.

The other way in which Jesus' attitude is relevant to us today is that it challenges the hostility that exists in our culture in our society to the idea that quiet and stillness and just doing nothing are valuable in themselves and sometimes even necessary.

Over the last twenty years or so our society moves on constant activity and restlessness. Some people seem to feel guilty if they're not permanently exhausted. The reality is that freedom from activity and stimulation gives us time to think things through and reflect about things in a way we can't do if we're busy all the time. And even worst: some people now seem to get some intolerance to peace and quiet. If they've got nothing to do, they panic. Almost immediately they become bored and restless.

My brother, my sister we all need some free time to recuperate our energies, not just so that we can carry on our work better but so as to maintain a sense of balance and inner equilibrium. The feeling of being buried under a mountain of "things to do" gradually has a destructive effect on our personality: it causes depression and sometimes anger and aggression. In our gospel passage today Jesus is concerned that the disciples withdraw for a period so as to get some quiet and rest. Our Lord promotes leisure and relaxation because the more exhausted we are, the more difficult it is to pray or to keep up any kind of devotional practice or regular contact with God.

The temptation, when we're busy and agitated, is to put off praying or turning to God in a state of quiet and relaxation. So there are all kinds of reasons why quiet, rest and leisure are important factors in our spiritual life.

          A few days ago the Pope was at Castel Gandolfo, a small town near Rome, to spend a few days off, and from there said something that I want to share with you this morning: «I would like to recommend that during this time of vacation, you revivify your spirits by contemplating the splendors of Creation. Parents, teach your children to see nature, respect and protect it as a magnificent gift that presents to us the majesty of the Creator! Each of us needs time and space for meditation, reflection and calm ... Thank God it's so! In fact, this requirement tells us that we are not made only for work but also to think, reflect, or simply to follow a story with our minds and hearts, a story that we can connect with, in a sense 'get lost' in to then find ourselves enriched» ■



[1] Sunday 22nd July, 2012, 16th Sunday in Ordinary Time. Readings: Jeremiah 23:1–6. The Lord is my shepherd; there is nothing I shall want—Ps 22(23). Ephesians 2:13–18. Mark 6:30–34 [St Mary Magdalene].
[2] Cfr John 4:1-42. 


Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Cuando sembramos de esperanza,
cuando regamos con dolor,
con las gavillas en las manos,
levantemos el corazón  

De la Liturgia de las Horas. 

XV Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Las lecturas de hoy nos transmiten una especie de descripción de la identidad del cristiano a partir de los rasgos fundamentales que caracterizan la misión apostólica. En los orígenes, cristiano era aquel que, seguidor de Jesucristo, tomaba un nuevo camino y se ponía en marcha para anunciar la Buena Noticia. Dejar lo antiguo (pecado, idolatría, judaísmo, etc.) para caminar con otros el Camino (sic) hacia el Reino de Dios era el rasgo fundamental. Hoy ¿es así? Este podría ser, pues, una especie de decálogo para el cristiano:

1. Se sabe elegido por Dios, escogido como fue escogido el pueblo Israel; tomado aparte como los profetas; señalado por Dios como instrumento suyo, sin embargo (un cristiano) no va por la vida poniéndose como ejemplo único de nada[1].

2. No se queda quieto ni instalado allí donde está. No permanece cómodamente donde siempre, a la espera de que vengan. Va siempre de camino, relacionándose con culturas diferentes y con las personas que le salen al paso. Con todos.

3. Resulta molesto. Con frecuencia el enviado lo es a pesar suyo. Y su mensaje a primera vista despierta curiosidad, pero pronto sacude a la gente de su letargo y acaba siendo incómodo. Interpela, porque denuncia, pide cambio y aporta novedad. Y encuentra resistencias. Por eso a los auténticos profetas se les da la espalda.

4. Es rechazado: Vete, profetiza en otras tierras. Con su mensaje encuentra corazones cerrados, resistencias al cambio exigido.

5. Es insistente. El apóstol de Jesucristo no se echa atrás fácilmente. Persevera en la misión recibida, a pesar de la dificultad. Siempre va hacia adelante.

6. Tiene autoridad, pero prestada, autoridad que nunca usa en beneficio propio.
7. Acoge y pierde su tiempo con la gente para quien nadie tiene tiempo e incluso rehúye. Recibe a cada cual como viene y hace algo para hacerlo más humano; usa no solamente buenas palabras –“Dios te bendiga”- sino que tiene siempre un gesto de liberación que levanta al desvalido.

8. Habla del evangelio con mucha frecuencia.

9. Camina con la sencillez del caminante que lleva lo justo, confiado en la Providencia del Padre que envía, pero también en el amor fraterno que acoge y comparte. Comparte lo que tiene cuando recibe al que  viene de parte de Dios con un mensaje de paz.

10. No tiene ni busca tener, pero recibe con sencillez y agradecimiento lo que le dan; sabe, además, que su recompensa no será aquí, sino allá[2]. Se deja ayudar y saber trabajar en equipo, y sobre nunca piensa que tiene –ni en su parroquia, ni en su grupito, ni en su movimiento- el monopolio de la salvación, entre otras cosas porque la salvación y las almas son de Dios.

Todo un programa de vida, qué duda cabe, programa que no hay por qué restringir a unos pocos. Todos y cada uno estamos invitados a salir y ponernos en camino ■



[1] «(…) obispos y papas ha habido muchos, pero Fundadores (…)» quien ha oído o leído esto, sabe de lo que hablo.
[2] J. Martínez, DABAR 1991, p. 36.

New-old-ideas


La Iglesia ha sido hecha para lo que somos: carne, espíritu y gracia. Todo lo que en ella es gracia desemboca en el misterio. Todo lo que en ella es visible y tangible nos propone actos de fe. Sin oración, la Iglesia correría el riesgo de ser para nosotros un cuerpo social, no el Cuerpo Místico de Jesucristo: una especie de ejército para el combate espiritual, en el que cada cual tiene su grado, no este cuerpo del que «somos miembros», con sus relaciones, su orden y sus valores vitales. Sin oración no sabremos hasta qué punto la obediencia a unas leyes vivas es diferente de la disciplina. Sin oración nos resultará difícil que la Iglesia sea Jesucristo. No percibiremos a qué intercambios somos invitados en ella; los intercambios entre nosotros y los demás son siempre Jesucristo yendo a Jesucristo o viniendo de Jesucristo. Sin oración no viviremos la Iglesia; no viviremos de ella como se puede vivir del discurso de después de la Cena y de la oración sacerdotal. Sin oración no distinguiremos el amor fraterno al infiel de esa especie de amor forzado que es la unidad de un solo cuerpo y con el que debemos amarnos los cristianos. Sin oración, la Iglesia podrá darnos todos los tesoros que le pidamos: la vida de Dios en el bautismo, la sangre de Cristo en la penitencia, Cristo entero en la comunión, la unidad sellada con sangre de todas las misas y su sacrificio interminable; todo ello nos será dado, pero, sin oración, sólo conservaremos una parte. Sin oración podremos ser «sabios» en la doctrina de la Iglesia o en algún punto determinado de ella, los habremos aprendido y retenido, pero no lograrán hacernos vivir mejor  Madeleine Delbrel, La alegría de creer, Sal Terrae, Santander 1968. 

VISUAL THEOLOGY



Roberto d'Oderisio  (Italian, Neapolitan, active about 1340–82 or later), Saints John the Evangelist and Mary Magdalene, Metropolitan Museum of Art (New York) ■

Fifteenth Sunday in Ordinary Time (B)


The Lord's command to the apostles to preach the kingdom of God is not a fairy tale or even a parable, is something real, that command was real for them, and it is real for us today, woe to me if I do not preach the gospel![1]. Speaking to one another, so began two thousand years ago our Catholic faith came this way faith reached us. Today, twenty centuries later, with some sadness, I see that we transmit our faith with laziness and even shame, when the reality is that we should be deeply proud to profess our beautiful Catholic faith.

So, each one is called to share experiences, feelings, advices, etc. with others. This isn’t just the work of the Pope or priests and sisters and religious brothers. No, it is the work of all the baptized. It was the work of Amos, the prophet about whom we just heard in the first reading[2].

Amos was a normal, everyday working man. He lived just south of the border between the Kingdoms of Israel and Judah. The people there were soft selling their faith and Amos told them to change their lives and be committed to the Lord, then the priest Amaziah told Amos to stop confronting the people and go back to Judah and Amos responded using a phrase that we have to memorize perfectly and use in our daily lives: I cannot refuse to proclaim the Lord.

My brother, my sister we have to proclaim the word, in season and out of season as St. Paul says[3]; we have to proclaim the truth we experience within us whether it is a time others want to hear it or not. While He was still with us on earth, before his passion, death and resurrection, Jesus sent his disciples to proclaim the Kingdom of Heaven. These disciples were ordinary, everyday men entrusted with an extraordinary task. Jesus told them that the mission was urgent. They shouldn’t be bogged down with impediments of luggage (By the way the Latin word for luggage is in fact impedimentum), but they should wear sandals because they had a lot of ground to cover. They needed to proclaim to all. Some would listen, and others would reject them, but the message had to be proclaimed to as many people as possible.

It is the same for all of us: we need to bring the message, the experience, and the very presence of Jesus Christ to the world. Some will listen to you some not, anyway proclaim the message, anyway give testimony, anyway show to all those around you why you are so happy and so proud of your Catholic faith.

Few days ago one of the most one of the bravest men of this blessed country, Archbishop Charles Chaput said something that I would like to share with you this evening [morning]: «We live in a time that calls for sentinels and public witness. Every Christian in every era faces the same task. But you and I are responsible for this moment. Today. Now. We need to “speak out,” not only for religious liberty and the ideals of the nation we love, but for the sacredness of life and the dignity of the human person – in other words, for the truth of what it means to be made in the image and likeness of God.

We need to be witnesses of that truth not only in word, but also in deed. In the end, we’re missionaries of Jesus Christ, or we’re nothing at all. And we can’t share with others what we don’t live faithfully and joyfully ourselves.

When we leave this Mass today, we need to render unto Caesar those things that bear his image. But we need to render ourselves unto God — generously, zealously, holding nothing back. To the extent we let God transform us into his own image; we will – by the example of our lives – fulfill our duty as citizens of the United States, but much more importantly, as disciples of Jesus Christ»[4].

And yes, there will be people who will reject the message and even criticize you; you may indeed have to move on and proclaim the truth of Jesus Christ to others. Be patient. Joy, happiness and the Presence of the Lord are contagious, but sometimes it takes time for the cure to Life to overwhelm a person.

We pray today for the courage to hold on tight and the wisdom to find ways to hold out our hands for others to join us. For the ride, the journey with Christ, is wonderful ■



[1] 1 Cor 9:16
[2] Sunday 15th July, 2012, 15th Sunday in Ordinary Time. Readings: Amos 7:12–15. Lord, show us your mercy and love, and grant us your salvation—Ps 84(85):9–14. Ephesians 1:3–14. Mark 6:7–13 [St Bonaventure]
[3] 2 Tim 4:2
[4] Archbishop Charles Chaput, homily closing the Fortnight for Freedom, 4 July 2012.


A Ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
A ti levanto mis ojos,
por que espero tu misericordia.
  
Como estan los ojos de los esclavos,
fijos en las manos de sus señores, 
así estan nuestros ojos fijos en el Señor,
esperando su misericordia.

Misericordia Señor, misericordia, 
que estamos saciados de burlas;
misericordia, Señor, misericordia
que estamos saciados de desprecios.

Nuestra alma esta saciada del sarcasmo
de los satisfechos;
nuestra alma esta saciada del desprecio
de los orgullosos 

XIV Domingo del Tiempo Ordinario (B)


Quiza éste domingo podría servirnos como examen de conciencia delante de la Palabra de Dios pensar si al oír su Palabra nada se conmueve en nosotros o si no nos molesta en absoluto; si la encontramos como muy normal... entonces, o la hemos tergiversado o estamos oyendo otra palabra, pero no la de Dios. (O somos perfectos). Si, por el contrario, al escuchar esa Palabra algo se remueve por dentro o de nuestra vida duele; si descubrimos que todavía tenemos mucho camino por recorrer para hacer lo que nos pide nuestra conciencia entonces en medio del sufrimiento que siempre conlleva el reconocer nuestros pecados y limitaciones, nuestros fallos y errores podremos alegrarnos porque no somos como el pueblo rebelde que oye, pero no escucha; ese dolor que podemos llegar a sentir será señal de que estamos despiertos deseando caminar el camino de Dios.

Y también porque junto con la denuncia, sentiremos el abrazo cálido de Jesús que nos dice: Yo estoy con vosotros, ánimo, que yo he vencido al mundo[1]; y ésa es la garantía de que podemos lograrlo, de que podemos cambiar, de que podemos transformarnos nosotros y podemos transformar nuestro mundo, o al menos nuestro entorno.

A las personas de de Nazaret les pasó lo que a tantos: que lo de Jesús estaba bien, y había que reconocer su doctrina y sus señales. Pero ¿cómo aceptar su mesianismo si era un hombre como los demás? ¿Qué títulos tenía? ¿Qué escuela de rabinos o qué instituto de pastoral había frecuentado? Escandalizaba que Dios se hubiese hecho carne en Jesús –un hombre de pueblo- como escandaliza hoy que Jesús viva en una Iglesia que, por humana, ha de ser pecadora.

Dios esconde su infinitud y oscurece su divinidad, y el hombre, en lugar de alegrarse  (¿hay acaso un pueblo que tenga dioses tan cercanos como lo estuvo nuestro Dios de nosotros?[2]), rechaza la realidad el Mesías porque es uno más del pueblo cuya profesión y familia todos conocemos[3].

Su falta de fe hizo que en Nazaret no ocurrieran maravillas. Sólo curó a algunos enfermos dice con cierto aire de tristeza el evangelio. ¿Qué milagros no hubiese hecho el Señor en aquellos que tanto amaba, si su razón orgullosa no hubiera cerrado los corazones a la fe? ¿Cómo podrían descubrir al Jesús-Señor si no aceptaban al Dios-Siervo? Los habitantes de Nazaret, creyentes sin duda en el Dios de Israel, necesitaban ver la humanidad de Jesús, no como el obstáculo que oculta la divinidad, sino como la plataforma que Dios elegía para su manifestación: Emmanuel, Dios-con-nosotros.

Los creyentes de hoy necesitamos superar lo que la precariedad humana de la Iglesia pueda suponer de obstáculo para reconocer su misión. El verdadero conocimiento de la Iglesia no termina con decir "Iglesia, comunidad de pecadores", pero lo presupone. Don de Dios es que seamos lo suficientemente humildes para descubrir en ella a la dadora de los tesoros de Cristo ■


[1] Cfr. Jn 16, 33.
[2] Cfr. Dt 4, 7
[3] M. Flamarique Valerdi, Escrutad las Escrituras, Reflexiones sobre el Ciclo B, Desclee de Brouwer, Bilbao 1990, p. 112.

New-old-ideas


La casa de Dios es para rezar y no para charlar ■ 
San Benito de Nursia, Regla.  

VISUAL THEOLOGY

Illuminated manuscript, English, c.1146.-The letter "E" with a Biblical scene: "Ezekiel eats the scroll" (Ezekiel 3, 1-4);beginning of the Book of Ezekiel).-From the Lambeth Bible, Ms.3, fol.258 v. London, Lambeth Palace Library ■

Fourteenth Sunday in Ordinary Time (B)


He was amazed at their lack of faith[1]. This is the tremendous sentence which closes today´s Gospel.

Sadly we live in a society that has replaced I believe, with I feel[2]; we live in a society where personal values or personal opinions or personal points of view has replaced [our] Christian morality. And when a prophet comes –a prophet is someone who proclaims the truth- society tries to discredit the prophet, we know this very well. Today we should realize that if Jesus Christ were walking the earth, once more teaching in the synagogues as well as in His own churches, He would be crucified again because our lack of faith, and our attitude toward all those who proclaim the truth[3].

            [And] All this leaves us with two questions: First, do I have the humility to handle to receive the truth? And second: do I have the courage to proclaim the truth?

            First question, do I have the humility to handle the truth? Morality tells us that we are not the creators and arbiters of Truth. Truth is not what we say it is. Two plus two is going to be four, no matter what we feel it could be. It takes humility for us to agree that some matters are right or wrong regardless of our feelings. Some people feel they have a right to steal from work because they put in extra hours. Well, the moral law is quite clear. It is a sin to steal. Theft is theft. End of story. Many people say that it is OK to have sex outside of marriage because it feels great. Well, wrong is wrong, no matter how I feel, I mean it takes humility to realize that there is a Higher Authority that keeps us from justifying anything, rationalizing our way to agreeing to anything. It takes humility to be a person of faith, a person who lives his or her faith and Christian morality.

Second question: do I have the courage to proclaim the truth? This is even more complex!

The proclamation of the truth demands tremendous courage. Proclaiming the truth means being crucified, being scorned, being criticized.

In the Catholic Church we do not believe in abortion. In the Catholic Church we do not believe in euthanasia. In the Catholic Church we do believe that using contraception is cheating on God, for He is who makes the plans and he is the Master of life and death. In the Catholic Church we believe that marriage is between a man and a woman, and even though we understand people who suffer the painful path of homosexuality, we cannot talk about marriage between two men or two women.

All this is part of our Catholic faith. Our faith is not only Bible reading or only Sunday mass, or only CCD classes. The Catholic faith is also the moral life that the Church teaches. And of course there is always someone wonders aloud why the Church speaks of moral when her ministers are full of immorality. It's true. But the moral teaching of the Church comes from Jesus Christ who is perfect God and perfect man. In other words: we need to remind ourselves, Jesus Christ is Truth Incarnate. Those who reject the truth, reject Him. But those who have the courage to proclaim His Truth, proclaim Jesus Christ. As simple as this.

Son of man, I am sending you to the Israelites, we just heard in the first reading. And the sentence is also for each one of us: Agustin, Maria, José, Carmen, Kevin, Jim, John, Ed, Carlos, Stephanie: I am sending you among your friends, among your neighbors, among your classmates to give testimony of your faith. Be brave, be strong, and be bold, not afraid to call yourself "Christian" in the midst of a world that mocks Christ and the Church.

Perhaps this morning we may borrow the beautiful words of St. Paul that we just heard at the second reading: I am content with weaknesses, insults, hardships, persecutions, and constraints, for the sake of Christ; for when I am weak, then I am strong[4]


[1] Cfr Mk 6:1-6.
[2] C. S. Lewis.
[3] Readings: Ezekiel 2:2-5; Psalm 123; 2 Corinthians 12:7-10; Mark 6:1-6.
[4] 2 Cor 12:7-10. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris