Si estuviéramos contentos de ti, Señor,
no podríamos resistir a esa necesidad de danzar que desborda el mundo
y llegaríamos a adivinar
qué danza es la que te gusta hacernos danzar,
siguiendo los pasos de tu Providencia.

Porque pienso que debes estar cansado
de gente que hable siempre de servirte
con aire de capitanes;
de conocerte con ínfulas de profesor;
de alcanzarte a través de reglas de deporte;
de amarte como se ama un viejo matrimonio.

Y un día que deseabas otra cosa
inventaste a San Francisco
e hiciste de él tu juglar.
Y a nosotros nos corresponde dejarnos inventar
para ser gente alegre que dance su vida contigo.

Para ser buen bailarín contigo
no es preciso saber adónde lleva el baile.
Hay que seguir,
ser alegre,
ser ligero y, sobre todo, no mostrarse rígido.
No pedir explicaciones de los pasos que te gusta dar.
Hay que ser como una prolongación ágil y viva de ti mismo
y recibir de ti la transmisión del ritmo de la orquesta.
No hay por qué querer avanzar a toda costa
sino aceptar el dar la vuelta,
ir de lado,
saber detenerse y deslizarse en vez de caminar.
Y esto no sería más que una serie de pasos estúpidos
si la música no formara una armonía.

Pero olvidamos la música de tu Espíritu
y hacemos de nuestra vida un ejercicio de gimnasia;
olvidamos que en tus brazos se danza,
que tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía,
y que no hay monotonía ni aburrimiento
más que para las viejas almas
que hacen de inmóvil fondo
en el alegre baile de tu amor.

Señor, muéstranos el puesto
que, en este romance eterno iniciado entre tú y nosotros,
debe tener el baile singular de nuestra obediencia.
Revélanos la gran orquesta de tus designios,
donde lo que permites toca notas extrañas
en la serenidad de lo que quieres.

Enséñanos a vestirnos cada día con nuestra condición humana
como un vestido de baile, que nos hará amar de ti
todo detalle como indispensable joya.
Haznos vivir nuestra vida,
no como un juego de ajedrez en el que todo se calcula,
no como un partido en el que todo es difícil,
no como un teorema que nos rompe la cabeza,
sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo,
como un baile,
como una danza entre los brazos de tu gracia,
con la música universal del amor.
Señor, ven a invitarnos Madeleine Delbrel*


*Madeleine Delbrêl, mística cristiana francesa, asistente social, ensayista y poetisa, nació en el seno de una familia indiferente a la religión. A los doce años de edad conoció algunos sacerdotes que la despertaron a la fe y, a los 15 años, a algunos intelectuales de valía que la alejaron de ésta. Se convirtió definitivamente a los 20 años.Sus escritos  manifiestan dotes poéticas y, sobre todo, una profunda vida mística. Es considerada por muchos como una de las personalidades espirituales más importantes del siglo XX. Se ha introducido en Roma su causa de beatificación. «Si vas al fin del mundo, encontrarás la huella de Dios; si vas al fondo de ti mismo, encontrarás a Dios».

XIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)


Hace unas semanas vino a la parroquia un profesor de una escuela de teología que hay en San Antonio, nos habló, entre otras cosas, de San Ignacio de Loyola y su espiritualidad. Tres clases maravillosas. El último día quiso dejar un espacio de tiempo para las preguntas. “Yo quiero que me expliquen –dijo uno- cómo es posible que los patriarcas pre diluvianos vivieran ochocientos o novecientos años” (sic). Silencio en el salón. “¿Por qué si Jesucristo es Dios no hay que arrodillarse -que es postura de adoración- en el momento de comulgar?” (sic), preguntó otra. Nuevamente reinó el silencio. El profesor respondió con una cortesía envidiable. Yo pensaba “¿Será posible que la curiosidad del cristiano medio esté representado en estas dos preguntas? ¿No ven en la Sagrada Escritura mayores mensajes? ¿Es realmente importante conocer las diversas costumbres históricas sobre la postura del cuerpo a la hora de la recibir la sagrada Comunión? Quise pensar que no, que quienes se acercan a la Escritura o a los sacramentos, lo hacen porque es algo importante para su vida.

Hoy, décimo tercer domingo del Tiempo ordinario me vuelve la esperanza con Jairo, el hombre del Evangelio que acude a Jesús porque su hija se muere. O pienso en Mónica, la madre de Agustín, gastando su vida en oraciones por la conversión del hijo descarriado. O en muchos padres y madres de familia, convencidos de que la mejor herencia que puedan dejar a sus hijos es la trasmisión de la fe. La fe en Jesucristo, como más interesante para la vida humana que una fortuna o una carrera universitaria, y pienso ¡ay nuestro hermoso mundo tan secularizado!

Pienso también en la mujer del Evangelio, sí, la misma que llevaba doce años perdiendo sangre, que es un modo de perder la vida. Tocó el manto de Jesús, con fe cierta de hallarse delante del Salvador, y su vida quedó sana. “¿Quién me ha tocado?” ¡Qué pregunta absurda, Señor! Te estruja la gente y dices ¿quién me toca? ¡Se le iba la vida a chorros! Como a chorros se le va la vida a tanta gente que nos rodea: a ésos ancianos que viven en un asilo y que comentan a diario “tanto sacrificio por los hijos ¿de qué nos ha servido?”. A aquellos que se casaron por la Iglesia, y recibieron el día de su boda el indeleble sello sacramental con que Dios marca el matrimonio pero que ahora ¡tan pronto! se preguntan –él o ella- ¿en serio esto es para siempre?

Y al mismo tiempo ¡bendito sea Dios! conocemos a muchos –a miles- que se han encontrado con Jesucristo Resucitado, miles que se alimentan domingo a domingo con el Cuerpo de Cristo y siguen viviendo y alimentando su fe, que no significa dejar de tener problemas o dejar de enfrentare día a día con el mundo.

 La primera lectura de éste domingo nos regala una enseñanza maravillosa que debe llenarnos de paz y que debe llevarnos a pensar en profundidad: no hizo Dios la muerte, ni se recrea en la destrucción del hombre[1]. Dios nos hizo para lo eterno, a Su imagen y semejanza[2].

Hoy podemos –y debemos- tomar prestadas las palabras de los salmos –sí hermano mío, sí hermana mía: tomar prestado un salmo, un salmo que no es para uso exclusivo de los sacerdotes- diciéndole Dios con infinita alegría: sacaste mi vida del abismo; me hiciste revivir cuando ya bajaba a la fosa. Cambiaste mi luto en danzas; te daré gracias por siempre[3]



[1] Cfr Sab, 1, 13
[2] Cfr. M. Flamarique Valerdi, Escrutad las Escrituras. Reflexiones sobre el ciclo B, Desclee de Brouwer, Bilbao 1990, pp. 118-120
[3] Cfr Sal 129. 

New-old-ideas


Nuestra oración no debe consistir en actitudes de nuestro cuerpo: gritar, permanecer en silencio, o bien doblar las rodillas. Debemos más bien esperar con un corazón sobrio y vigilante que Dios venga y visite el alma… Toda el alma, sin dejarse desviar ni distraer por los pensamientos debe dedicarse a la súplica y al amor por el Señor, debe comprometerse con todas las fuerzas, recogerse, reunir todos sus pensamientos y consagrarse a la espera de Cristo. Él entonces la iluminará, le enseñará la verdadera súplica, le hará el don de una oración pura, espiritual, digna de Dios y de una adoración  en espíritu y en verdad… Dios nos enseña a orar en verdad. Así el Señor encontrará reposo en la buena voluntad del alma, hará de ella su trono de gloria, se asentará y descansará Macario el Grande. Homilía 33, 1-2. 

VISUAL THEOLOGY



Christ Presenting The Keys to Saint Peter and The Law to Paul (1150–1200), Metropolitan Museum of Art (New York) ■ The theme of Christ handing the keys of heaven to St. Peter and the law to St. Paul, which originated in fourth-century Rome, refers to the establishment of the Church as stated in Matthew 16:18: "I also tell you that you are Peter and on this rock I will build my church." The parable highlights the importance of SS. Peter and Paul and, by extension, that of St. Peter's successors, the bishops of Rome. In this powerful interpretation, a domed structure replaces the rock on which Christ is more frequently depicted. The dramatic expressions, the fluid, clinging drapery, and the openwork carving are characteristic of German Romanesque ivory carving. The inscription, including the date 1200, is later ■

Thirteenth Sunday in Ordinary Time (B)



There are two ways that we can consider today’s gospel reading. First we can and we should look at these healings from the viewpoint of our own needs and those of our family or friends and then ask the Lord for healing in whatever area of our life. That is certainly valid. Ask, and you shall receive[1], the Lord said. We can ask the Lord and receive His care[2].


But there is also a second way we can and we should also look on: the viewpoint of the Lord. We are called to be followers of Christ. We are called to love as He loves. We are called to have compassion for the hurting. We are not called to judge the cause of their pain. We are called to care for them. And yet, sadly, some of us will say that a person’s condition is his or her own fault and then move on and away from them. In other words: so many see the cause of the sickness and not the sick people. Do those sick due to their own sinfulness merit less care from us than other people? Of course not! At least, not if we are followers of Christ!

It's true: there are times when it is difficult to care for a sick, especially caring for someone who is depressed or mentally ill –Alzheimer, mental retardation, Down syndrome, cerebral palsy, etc- yet in all the sick person lives Jesus Christ.

On other Sundays we did self-examination on other issues: today is the turn to think our attitude toward the sick, the sick in body but also the sick in the soul.

When we get upset over how someone who is hurting or sick is treating us, then we are more concerned about ourselves than about that person who is sick; that wasn’t the way Jesus reacted to the sick, I mean He didn’t care if the woman had a situation which would have caused the temple priests to call Him defiled. He didn’t care if curing a person would get Him in trouble with the Pharisees or the authorities. He didn’t care if He had to drop everything and rush to the bedside of a little girl, enduring mockery in the process.

Jesus only was only concerned about those who hurt and who needed his healing.

Here in our parish we have a good number of people visiting the sick, many ministers who help the pastor to bring Holy Communion to the sick, many ministers who go to hospitals, but we still need more! The treasure of the Church have always been children, the sick, the needy, it is with them that Jesus was.

I feel very happy for the great support that we receive every month for our Friendship House, but sometimes I think that would make me happier if more parishioners told me: "Father, I want to visit the sick. I want to take communion to those who cannot come to the parish". I have the impression that sometimes the pastor is pushing people to work with God, when in fact the Christians themselves should take the lead.

If the love that unites us here every Sunday (we cannot forget that this is a matter of love) does not lead us to care for others (sick, disabled, depressed, etc...) Then we are wasting our time and we are not focused on what's important. As simple as this!

When a person dies of loneliness or sadness, it has not happened because God did not take care of him or her. It has happened because neither you nor I wanted to give that person what he or she needed.

(Anyway) There is much to think, a lot food for thought. In a moment we will receive the food for the soul: the Body and Blood of Christ: are we ready to change our attitude towards the sick and those who need company and help?
May God's Spirit help us to reflect deeply through these things and help us to understand that we have an active participation in the healing power of our Lord Jesus Christ! ■



[1] Luke 11:9-12.
[2]Readings: Wis 1:13-15; 2:23-24, Ps 30:2, 4, 5-6, 11, 12, 13; 2 Cor 8:7, 9, 13-15, Mk 5:21-43 or 5:21-24, 35b-43.

Nacía Juan, y el monte de Judea
se llenaba de hogueras y alegría;
parabienes daban a Isabel
y un himno alzaba el mudo Zacarías.

Tan cerca está el siervo del Señor,
la vigilia y la fiesta tan unidas,
que al sentir el rocío de la aurora
gozábamos del sol de mediodía.

Con agua pura Juan purificaba
y bautizaba al alma arrepentida;
pero un baño de Espíritu y de fuego
del Mayor y Esperado prometía.

Juan es grande entre todos los nacidos,
el Viejo Testamento toca cima;
luego al bajar al valle es más dichoso
el más pequeño siervo del Mesías.

Como marea, gracia sobre gracia,
una gracia mayor llega a la orilla:
si hoy nace el Precursor, saltad de gozo
que tras él viene el Hijo de María.

Cante la Iglesia santa recordando
cómo entonces también ella nacía;
cante y bendiga al Padre dadivoso
en quien la vida nace y finaliza. Amén

P. Rufino Mª Grández, ofmcap,
en la fiesta de la natividad de San Juan Bautista de 1978

Solemnidad de la natividad de San Juan Bautista (2012)

No sé si el mundo está, digamos, peor, que hace veinte años o hace doscientos o hace mil [en realidad todo es lo mismo desde que Caín mató a Abel[1]] pero hoy por hoy pareciera que las conciencias se han cerrado a cualquier motivación moral y que vivir de acuerdo a lo que Cristo enseñó resulta anticuado, pareciera como si dinero, poder y placer fuese lo importante o que las tres g –ganar, gastar y gozar- fuese lo que rige los destinos de los hombres…

Celebra la liturgia de la Iglesia el nacimiento de Juan el Bautista, el mayor de los nacidos de mujer[2], el grande ante el Señor[3], el hombre del desierto para mantenerse imparcial[4], el profeta duro, el hombre enardecido, radical y terrible que prefiere hacerse entender con claridad más que coleccionar lisonjas; el profeta que amontona las denuncias en sus labios como si descargara una tanda de latigazos sobre el pueblo, sobre la sociedad, sobre las masas; voz estridente, inoportuna, incómoda y molesta; conciencia vigilante, descarnada, despierta..

En pleno año 2012 –y los que vienen- deberíamos poner más atención a las palabras y al ejemplo del Bautista: arrepentíos porque ha llegado el Reino de los Cielos[5]. Juan es el prólogo de Jesús, el eslabón entre ambos Testamentos, entre la esperanza, la justicia y el amor, de ahí que sus palabras, su predicación y ejemplo sean una real y auténtica invitación a dos cosas. La primera: a cambiar nuestro corazón y nuestra mente, a enfrentarnos con nuestra vida, a mirarla a distancia como si fuera la de otro, a sentir el dolor de haber obrado de espaldas a Dios en algunos aspectos, convertirnos una y otra vez, incesantemente. Y la segunda: a levantar la voz con valentía, como Juan, cuando las cosas no están acuerdo con el espíritu del evangelio que decimos profesar. ¿Quién es el valiente que dice a unos novios que una boda de más de mil invitados en la que se desperdicia comida y bebida -¡después de haber celebrado la Eucaristía!- no va con el espíritu del evangelio? ¿Quién le dice a la que se casa pronto que gastar más de cinco mil dólares en un vestido de novia, cuando hay quien no tiene lo indispensable para vivir- es contrario a las enseñanzas de Cristo? ¿Quién se atreve a sostener en una reunión de amigos que el vínculo matrimonial es indisoluble, y que sólo se rompe con la muerte, y que si no hay una nulidad se llama entonces, a aquella relación, adulterio, así con todas sus letras? ¿Quién habla con claridad a los jóvenes y afirma que el matrimonio es entre un hombre y una mujer, y que la sexualidad fuera del matrimonio destruye, y que el aborto es un auténtico asesinato? ¿Quién se atreve a decirle a más de algún miembro de la jerarquía de la Iglesia "oiga, Señor Cardenal, háblenos menos de política y cuéntenos más de la vida de Jesucristo?"...

El Bautista no era una caña que se movía hacia donde soplaba el viento, no por ello era un conservador al estilo de los saduceos. Actuó sobre la realidad desde la fe que llevaba dentro. Estas características de su personalidad deben hacernos reflexionar hoy. En el fondo se trata de no amar sólo de palabra o por escrito, sino con obras y de verdad. Es obvio que la manera de vivir de cada uno de nosotros vendrá coloreada por nuestra particular manera de ser –don de Dios, por cierto- como ocurrió en el caso de Juan. Pero ello no debe suponer una excusa para un irresponsable "dejarnos llevar" por la corriente social que justifica lo que no está bien. En otras palabras: no basta con ser geniales en las ideas, hay que actuar; no basta con decir que tenemos una espiritualidad y que "participamos de unos medios de formación". Espiritualidad significa que somos movidos por el Espíritu de Jesús. Entender esta palabra como mero intimismo, bonito y auto gratificante, supone una huida del mundo que ni Juan ni Jesús de Nazaret practicaron.

La escucha y obediencia al Espíritu han de hacernos capaces de discernir en nuestro mundo los valores positivos y los que, por el contrario, han de ser rechazados por muy general que sea su aceptación, sin embargo no se trata por ello de ser fanáticos o intolerantes con los demás, tampoco se trata de vivir como atemorizados, con el pensamiento de que nos pedirán cuentas y que hay que exigirse, no nos vayan a castigar. Nos pedirán cuentas, por supuesto; pero no es Dios una autoridad amenazante o un cuentachiles a quien sólo le importa el resultado fáctico de nuestra conducta. No. Dios es un papá que, con toda ilusión, concede a su hijo lo necesario para el trabajo que le pide, y que sólo espera ponerse contento viendo el progreso; que logra las metas que se propone y se propone lo que es su verdadero bien, lo que el padre le ha sugerido –porque lo quiere, porque lo conoce–, de acuerdo con su capacidad, pensando sólo en el bien del hijo y sabiendo sus gustos, sus aficiones, su carácter y lo que en definitiva le producirá más alegría.

Todos nosotros, por el bautismo, hemos sido elegidos y enviados a dar testimonio del Señor. En un ambiente de indiferencia, san Juan es modelo y ayuda para nosotros; san Agustín nos dice: «Admira a Juan cuanto te sea posible, pues lo que admiras aprovecha a Cristo. Aprovecha a Cristo, repito, no porqué tú le ofrezcas algo a Él, sino para progresar tú en Él».

En Juan, sus actitudes de Precursor, manifestadas en su oración atenta al Espíritu, su fortaleza y su humildad, nos ayudan a abrir horizontes nuevos de santidad para nosotros y para nuestros hermanos ■


[1] Cfr Gen 4, 1
[2] Mt 11, 11
[3] Lc 1, 6
[4] Mt 3, 4; Mc 1. 6
[5] Mt 3,2 

New-old-ideas


Querer hacer la Misa divertida para que no se aburran. Siempre hay que estar inventando, cambiando, poniendo algo nuevo para que no se aburran ¡No! La Misa, el centro de la Misa está en el misterio y ese misterio nunca lo penetraremos suficientemente si no entramos en un espíritu de silencio, un espíritu de oración; el Verbo de Dios que habla en el silencio. Si uno en cambio, quiere hacer de la Misa lo exterior, lo ameno, lo divertido, a la larga corre con desventaja, porque siempre la fiesta en el club o en la confitería va a ser más divertida que la que uno puede hacer dentro de la Iglesia en el momento litúrgico. Y porque el que va a acercarse a Dios en el silencio de la Iglesia está buscando una cosa distinta de la que va a buscar en el mundo. Cada cosa en su lugar, pero el trasfondo, de muchas de estas cosas, el trasfondo de esta tergiversación de lo religioso, es un trasfondo grave: es el hombre en el lugar de Dios. La religión no como algo vertical que tiende hacia lo alto, sino como algo que se queda en el plano horizontal, lo mismo que decíamos antes, esa filantropía que es sólo amor del prójimo, pero que no se funda en el amor de Dios P. Alberto Ignacio Ezcurra, La religión del hombre desacralizado.

VISUAL THEOLOGY



Domenico Pieratti (1600–1656)The Youthful Saint John the Baptist, Marble, Metropolitan Museum of Art (New York) ■ As their patron saint, John the Baptist was a prominent fixture in the homes of civic-minded Florentines. This large, lyric statuette by Pieratti, the city's first important Baroque sculptor, shows exacting yet expansive compositional experimentation. A masterly study in frozen motion, it evinces discerning responses to lessons learned from great masters. The virile type, an artfully unkempt boy of the people, is Michelangelesque, with a nod to the head of David. From Caravaggio comes the adjustment of limbs in angles to maximize contrasts of light and shadow. Strikingly Caravaggesque is the youth's arm hooked over his chest, holding a honeycomb (referring to the Baptist's wilderness diet). His other hand holds the remnants of his shepherd's crook and a scroll which undoubtedly announced Ecce agnus dei (behold the lamb of God) in deference to his cousin Jesus. The surface is abraded: the work stood in a garden around a hundred years ago, but mercifully briefly, not long enough to diminish its authority and charm ■



Solemnity of the Nativity of Saint John the Baptist (2012)


As a rule, the church celebrates the feast of a saint once a year, on the anniversary of the saint’s death, however in the case of John the Baptist we celebrate his death as well as his birth. Why? Well, this is the church’s way of saying that he is someone really important, and he is important for his finger. Yup![1] That's right, his finger. Because of all the things that John the Baptist did, the most important was what he did with his finger: he pointed to the Lamb of God who takes away the sin of the world. We use our finger too, but most of the time we don't point to Jesus: we point at each other[2], and also most of the time when we point the finger at someone is to blame him or her, perhaps to escape of our own responsibility… since the very beginning is the same Adam pointed his finger at Eve, and even at God Himself: The woman YOU gave me made me eat the fruit[3], then the woman pointed her finger at the serpent... and ever since that day we use our fingers to identify the responsible of our faults...

So, for a world full of such finger-pointing people come the finger of John the Baptist, pointing not to the sins of others but to the Lamb of God who takes away the sin of the world[4].

So, this Sunday is a good opportunity to repent of our own finger-pointing and to begin to learn on how to use our fingers for good, let use them for pointing others to Christ, not for pointing out the sins of other.

Husbands and wives: instead of pointing out what's wrong with each other, point one another to your rings and vows and the grace of God which has bound you together.

Parents: as your kids grow, point them to the Sacraments.

My brother, my sister: if we have to use our fingers that would be to point one another to Christ and to His grace and to His forgiveness[5].

Today we remember the birth of St. John the Baptist, we celebrate that he was the one born into this world to identify the Christ for us. John the Baptist points to Jesus. And by pointing to Jesus, John has identified for us the one Source of all of our hope and comfort and peace and life and joy. John brings God's people knowledge of salvation by the forgiveness of our sins. That is salvation: the forgiveness of sins.

Praise to be God for the birth of St. John the Baptist! Praise God for St. John's finger, for it points us to our Savior, Jesus Christ the Lamb of God who has taken away our sins. Happy Nativity of St. John the Baptist Day! Amen ■


[1] An informal word for yes. 
[2] Sunday 24th June, 2012, Birthday of John the Baptist. Readings: Isaiah 49:1-6. I praise you, for I am wonderfully made—Ps 138(139):1-3, 13-15. Acts 13:22-26. Luke 1:57-66, 80.
[3] Gen 3:12
[4] Jn 1:29
[5] For writing this homily was inspired by a text of Rev. Mark Buetow, pastor of Bethel Evangelical Lutheran Church in Du Quoin, Illinois. No doubt: the Spirit blows where it wants.
Ilustration: Matthias GrünewaldIsenheim Altarpiece (1506-1515), Unterlinden Museum at ColmarAlsace (France). 


Dime dónde va la fe
que se desploma cuando no Te ve;
dime dónde va el amor
si Te vas, si Te pierdo, dímelo.

A dónde irá a parar el desconsuelo
si te empieza a echar de menos,
dime dónde voy a ir yo sin Ti.

Dime, dime, que quiero saber, dónde voy a caer
dónde estas que no encuentro las alas del viento
dime, dime que quiero saber cómo puedo volver
a encender la luz apagándome.

Dime dónde va la fe
cuando no queda nada que creer;
dime a dónde va el amor
cuando hay sentimientos que sin Ti se mueren dentro
sin ganas de luchar;
nace un credo y siempre queda cerca un cielo
pero dime, si hay un credo para mi
si estoy sin Ti Rosana Arbelo 

XI Domingo del Tiempo Ordinario (B)


Regresamos a ésta parte del ciclo litúrgico y después de haber celebrado la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor y nos encontramos con dos parábolas en el evangelio de éste domingo, el décimo primero del tiempo Ordinario.

¿Qué es una parábola? ¿Cuál es su fin? ¿Dónde está su significado preciso? La parábola es un relato inspirado en los acontecimientos cotidianos conocidos para mostrarnos la relación con algo desconocido. Las parábolas son metáforas o episodios de la vida, que ilustran verdades morales o espirituales. Jesús usó con frecuencia ese género literario para explicar el misterio del Reino de Dios y de su Persona. Son discursos, digamos, cifrados –que no oscuros- que deben ser aclarados desde la fe.

El fin primario de las parábolas usadas por Jesús es estimular el pensamiento, provocar la reflexión y conducir a la escucha y a la conversión. Para poder comprender las parábolas es imprescindible la fe en quien la escucha; solamente de este modo podemos descubrir el misterio del Reino de Dios, que es enigma incomprensible para los que no aceptan el evangelio.

La parábola de la semilla que germina en silencio presenta el contraste entre el comienzo humilde y el crecimiento extraordinario. El sembrador no está inactivo, sino que espera día y noche hasta que llegue la cosecha, el momento preciso para meter la hoz. El sembrador representa a Dios que ha derramado abundantemente la semilla sobre la tierra por medio de Jesús, "sembrador de la Palabra".

A pesar de las apariencias contrarias, el crecimiento es gradual y constante: primero el tallo, luego la espiga, después el grano. Un día llegará el tiempo de la cosecha, es decir, el cumplimiento final del Reino de Dios, que ha tenido sus muchas y diversas etapas antecedentes.

La segunda parábola del grano de mostaza, la semilla más pequeña, responde a los que tienen dudas sobre la misión de Cristo o tiene una esperanza podríamos decir, frustrada. Los comienzos insignificantes pueden tener un resultado final de proporciones grandiosas –el Cristianismo mismo. Ya san Ambrosio había dicho que Jesús, muerto y resucitado, es como el grano de mostaza. Su reino está destinado a abarcar a la humanidad entera, sin que esto signifique triunfalismo eclesial (y cuando el triunfalismo va acompañado de soberbia colectiva y de un “no-pasa-nada, nuestra organización, movimiento, parroquia está muy bien” mala cosa. Muy mala).

Las dos parábolas de este domingo son, pues, un himno a la paciencia evangélica, a la esperanza serena y confiada. El fundamento de la esperanza cristiana es que Dios cumple sus promesas y que no abandona su proyecto de salvación. Incluso cuando parece que Dios calla y está ausente, Él actúa y se hace presente, siempre de una manera misteriosa, como le es propio. Aunque el hombre siembre muchas veces entre lágrimas, cosechará entre cantares[1]


[1] Cfr Sal 125. 

New-old-ideas


Me parece imposible pensar en una vida evangélica sin querer que sea una vida de silencio y sin saber que ha de serlo. Si señalamos de un extremo al otro del Evangelio todo lo que Jesús dijo sobre la «Palabra» de Dios, todo lo que dijo para que sea «recibida» y «escuchada», para que sea «guardada», para que «se cumpla» y para que sea «anunciada», enseguida tendremos la certeza de que la «buena nueva», para que sea conocida, vivida y comunicada, ha de ser acogida, recogida, llevada a lo más profundo de nosotros. Y si es toda nuestra vida la que debe someterse al Evangelio de Jesucristo, si son todas sus palabras las que queremos tomar como guías en función de las circunstancias de la vida, será imposible si toda nuestra vida no hace silencio Madeleine Delbrél, mística cristiana francesa, asistente social, ensayista y poetisa (1904-1964). 

VISUAL THEOLOGY



Giovanni Pisano, Lectern for the Reading of the Gospels with the Eagle of Saint John the Evangelist, Metropolitan Museum of Art (New York) ■ Sculpted by Giovanni Pisano, one of the finest sculptors of the Gothic period, this lectern was once a part of the pulpit at the Church of Sant' Andrea at Pistoia. It is in the shape of an imposing full-size figure of an eagle, grasping a book in its talons, which stands with head erect, facing to its left, wings held poised as if ready for flight. The head is a later replacement. A marble bookrest, hexagonal in form with a protruding ledge at the bottom, meant to hold the Gospels for liturgical reading, rests on the bird's wings. The eagle served as the crowning element of a Tetramorph, a sculptural composite of the symbols of the four Evangelists ■

Eleventh Sunday in Ordinary Time (B)


We are back in the Ordinary Time and the liturgy presents this interesting gospel. The people who heard Jesus tell the parable also shared the wonder of the soil. The farmer works hard during the day, but he can't make the seed grow into a plant, and the plant produce fruit. God causes the growth. In our modern terms, the farmer creates the best environment for growing, but God causes the growth. Jesus' point is that the Kingdom of God is, like the plants, in God's hands. The workers in the Lord's fields must do their best to create the proper environment for growth, but God cause the growth. This parable was important for the people of the early Church in face of discouragement when their efforts don't seem to be getting them anywhere[1].

 God does give growth, that’s the point. We have to be convinced about this. You know, the Church lives on despite the persecution from the Romans, despite internal fights and debates of the second through fifth centuries, despite the Fall of Rome and conquest of the barbarians, despite the corruption in the Middle Ages and the Renaissance, despite the clergy sex abuse scandal, despite internal attacks; the Church still lives on, and grows. God gives the growth. He does wonders with our frail and poor efforts [I mean] He turns that which is insignificant into that which is substantial.

My brother, my sister, we are members of the greatest society the world has ever seen. We are members of the Kingdom of God. We are members of the Church. No matter what the media may comment, we are part of the only truly relevant organization in the world. We give meaning to the whole purpose of existence. No matter what the media may say, the Church continues to grow.  For the Lord, not people, gives the growth.
  
Therefore, when you are confronted with media attacks upon religion, a media, remember the Church is forever. And when you are confronted with those who compare the numbers of priests and priestless parishes and the numbers of Catholics to figures of fifty years ago, remember the Church is forever.

Therefore, when you are confronted with immorality on all sides, when you are convinced that the world is coming to an end because so many people are behaving so poorly, because you, as we all, are often inclined to join them, do not despair, the Catholic Church not only lives on through the confusion, it actually grows. You and I also grow as long as we do everything we can to stay united to the Church. For in the face of turmoil, outside us and within us, God gives his Church growth. And you and I, right here, St. Vincent de Paul, although a small unit, are still the Church.

As St. Paul tells the Corinthians in today's second reading: we walk by faith, not by sigh[2]t… May we always stay united to Church so God might work the miracle of His growth through us ■


[1] Sunday 17th June, 2012, 11th Sunday in Ordinary Time. Readings: Ezekiel 17:22-24. Lord, it is good to give thanks to you—Ps 91(92):2-3, 13-16. 2 Corinthians 5:6-10. Mark 4:26-34.
[2] Cfr 2 Cor 5:6-10.


Cantad Eucaristía al Padre bueno,
cantad Eucaristía al Hijo amado,
cantad Eucaristía al Santo Espíritu:
cantemos el misterio regalado.

En este Cuerpo, carne de María,
en este sacramento aquí adorado,
en este pan y vino de delicias
el cielo prometido ha comenzado.

La Carne es vida, fuerza del Dios débil,
historia desgranada, luz y barro,
su Sangre es el amor incorruptible
Humanidad divina, Dios donado.

En ti nuestra alabanza se derrama,
mirándote, Jesús sacramentado:
oh diálogo de amor al corazón,
de flores y de espinas bello ramo.

Jesús amado, luz de caminantes,
reposo de la esposa en tu regazo,
Jesús, mi Dios de todo gozo y esperanza,
bendito en la Custodia que hoy portamos.

Que sea nuestra vida altar purísimo
y tú la ofrenda y don de todo agrado,
y el Padre en ti nos mire complacido
y en ti a todos nos una en un abrazo. Amén

P. Rufino Mª Grández, ofmcap, 
Cuautitlán Izcalli (Mexico), Corpus Christi 2005. 

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (2012)


El texto a continuación es uno de los mejores escritos por el Cardenal Francois-Xavier Nguyen van Thuan, quien fuera ordenado sacerdote en presbítero en 1953; obtuvo el grado de doctor en Derecho Canónico en 1959. Durante ocho años fue obispo de Nhatrang (1967-1975). En 1975 Pablo VI le nombró arzobispo coadjuntor de Saigón, pero a los pocos meses, con la llegada del régimen comunista al poder de Vietnam, fue arrestado. Pasó 13 años en la cárcel, 9 de ellos en régimen de aislamiento. En 1988 fue liberado y puesto bajo régimen de arresto domiciliario en Hanoi, sin permitírsele regresar a su sede diocesana. En 1991 se le autorizó ir de visita a Roma pero no se le permitió el regreso. Desde entonces vivió exiliado en esa ciudad. En 1994 Juan Pablo II le nombró presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz a la vez que dimitió como Obispo coadjutor de Saigón (llamada ahora Ciudad Ho Chi Min). En 2001, el mismo papa lo creó cardenal de Santa María de la Scala. Falleció el 16 de septiembre de 2002 en una clínica de Roma, víctima de cáncer.
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Pudo usted celebrar la misa en la cárcel?", es la pregunta que muchos me han hecho innumerables veces. Y tienen razón: la Eucaristía es la más hermosa oración, es la cumbre de la vida cristiana. Cuando les respondo que sí, ya sé cuál es la pregunta siguiente: “¿Cómo consiguió encontrar pan y vino? “.

Cuando fui arrestado tuve que salir inmediatamente, con las manos vacías. Al día siguiente me permitieron escribir y pedir las cosas más necesarias: ropa, pasta de dientes... Escribí a mi destinatario: “Por favor, mandadme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago “mis fieles entendieron lo que eso significaba: me mandaron una botellita de vino de misa con una etiqueta que decía: “medicina contra el dolor de estómago”, y las hostias las ocultaron en una antorcha que se usa para combatir la humedad. El policía me preguntó:

- ¿Le duele el estómago?
-Sí.
-Aquí hay un poco de medicina para usted.

Nunca podré expresar mi gran alegría: todos los días, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebraba la misa.

De todos modos, dependía de la situación. En el barco que nos llevó al norte celebraba la misa por la noche y daba la comunión a los prisioneros que me rodeaban. A veces tenía que celebrar cuando todos iban al baño, después de la gimnasia. En el campo de reeducación nos dividieron en grupos de 50 personas; dormíamos en camas comunes; cada uno tenía derecho a 50 cms. Nos las arreglamos para que estuvieran cinco católicos conmigo. A las 21:30 había que apagar la luz y todos debían dormir. Me encogía en la cama para celebrar la misa de memoria, y repartía la comunión pasando la mano bajo el mosquitero. Fabricamos bolsitas con el papel de los paquetes de cigarrillos para conservar el Santísimo Sacramento. Llevaba siempre a Jesús eucarístico en el bolsillo de la camisa.

Recuerdo lo que escribí: “Tú crees en una sola fuerza: la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre del Señor que te dará la vida. He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia[1]”. Como el maná aumentó a los israelitas en su viaje a la tierra prometida, así la Eucaristía te alimentará en tu camino de la esperanza[2]”.

Cada semana tenía lugar una sesión de adoctrinamiento en la que debía participar todo el campo. Durante el descanso, mis compañeros católicos y yo aprovechamos para pasar un paquetito para cada uno de los otros cuatro grupos de prisioneros; todos sabían que Jesús está en medio de ellos; Él es el que cura todos los sufrimientos físicos y mentales. Durante la noche los presos se turnaban en adoración; Jesús eucarístico ayudaba inmensamente con su presencia silenciosa. Muchos cristianos volvieron al fervor de la fe durante esos días; hasta budistas y otros no cristianos se convirtieron. La fuerza del amor de Jesús era irresistible y la oscuridad de la cárcel se convirtió en luz; la semilla germina bajo tierra durante la tempestad.

Ofrezco la misa junto con el Señor: cuando reparto la comunión me doy a mí mismo junto al Señor para hacerme alimento para todos. Esto quiere decir que estoy siempre al servicio de los demás. Cada vez que ofrezco la misa tengo la oportunidad de extender las manos y de clavarme en la cruz de Jesús, de beber con Él el cáliz amargo. Todos los días, al recitar y escuchar las palabras de la consagración, confirmo con todo mi corazón y con toda mi alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía[3].

Jesús empezó una revolución en la cruz. Nuestra revolución debe empezar en la mesa eucarística, y de allí debe seguir adelante. Así se puede renovar la humanidad.

Pasé nueve años aislado. Durante ese tiempo celebré la misa todos los días hacia las 3 de la tarde, la hora en que Jesús estaba agonizan do en la cruz. Estaba solo, podía cantar mi misa como quiera, en latín, francés, vietnamita... Llevaba siempre conmigo la bolsita que contiene el Santísimo Sacramento; “Tú en mí, y yo en Ti”. Han sido las misas más bellas de mi vida.

Por la noche, entre las 9 y las 10, realizaba una hora de adoración, cantaba Lauda Sion, Pange Lingua, Adoro Te Devote, Te Deum y cantos en lengua vietnamita, a pesar del ruido del altavoz, que dura desde las 5 de la mañana hasta las 11:30 de la noche. Sentía una singular paz de espíritu y de corazón, el gozo y la serenidad de la compañía de Jesús, de María y de José. Cantaba el Salve Regina, Salve Mater, Alma Redemptoris Mater, Regina coelí ... en unidad con la Iglesia universal. A pesar de las acusaciones y las calumnias contra la Iglesia, canto Tu es Petrus, Oremus pro Pontifice nostro, Christus vincit... Como Jesús calmó el hambre de la multitud que lo seguía en el desierto, en la Eucaristía El mismo continúa siendo alimento de vida eterna.

En la Eucaristía anunciamos la muerte de Jesús y proclamamos su resurrección. Hay momentos de tristeza infinita. ¿Qué hacer entonces? Mirar a Jesús crucificado y abandonado en la cruz. A los ojos humanos, la vida de Jesús fracasó, fue inútil, frustrada, pero a los ojos de Dios, Jesús en la cruz cumplió la obra más importante de su vida, porque derramó su sangre para salvar al mundo. ¡Qué unido está Jesús a Dios en la cruz, sin poder predicar, curar enfermos, visitar a la gente y hacer milagros, sino en inmovilidad absoluta!

Jesús es mi primer ejemplo de radicalismo en el amor al Padre y a los hombres. Jesús lo ha da do todo: “Nos amó hasta el extremo”[4], hasta el “Todo está cumplido”[5]. Y el Padre amó tanto al mundo “que dio a su Hijo unigénito”[6]. Darse todo como un pan para ser comido “por la vida del mundo”[7]. En aquel momento Jesús dijo: “Siento compasión de la gente”[8]. La multiplicación de los panes fue un anuncio, un signo de la Eucaristía que Jesús instituiría poco después.

Queridísimos jóvenes, escuchad al Santo Padre: “Jesús vive entre nosotros en la Eucaristía... Entre las incertidumbres y distracciones de la vida cotidiana, imitad a los discípulos en el camino hacia Emaús... Invocad a Jesús, para que en los caminos de los tantos Emaús de nuestro tiempo, permanezca siempre con vosotros. Que Él sea vuestra fuerza, vuestro punto de referencia, vuestra perenne esperanza”[9].[10]


[1] Cfr Jn 10, 10.
[2] Idem 6, 50.
[3] Cfr 1 Cor 11, 23-25.
[4] Cfr Jn 13, 1
[5] Idem 19, 30
[6] Ídem 3, 16
[7] Ídem 6, 51
[8] Mt 15, 32
[9] Juan Pablo II, Mensaje para la XII Jornada Mundial de la Juventud , 1997, n. 7
[10] Cardenal F. X. Nguyen Van Thuan, Cinco panes y dos peces , Ed. Ciudad Nueva, 2ª Ed. Buenos Aires, 2001, Pág. 40-45. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris