Gloria a Dios en el cielo,
y en la tierra paz a los hombres
que ama el Señor.
Por tu inmensa gloria te alabamos,
te bendecimos, te adoramos, te glorificamos,
te damos gracias, Señor Dios, Rey celestial,
Dios Padre todopoderoso.
Señor, Hijo único, Jesucristo.
Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre;
Tú que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros;
tú que quitas el pecado del mundo,
atiende nuestra suplica;
tú que estás sentado a la derecha del Padre,
ten piedad de nosotros;
porque sólo tú eres Santo,
sólo tú Señor,
sólo tú Altísimo, Jesucristo,
con el Espíritu Santo 
en la gloria de Dios Padre.
Amén

La Santísima Trinidad (2012)


La expresión "esto es más difícil de entender que el Misterio de la Santísima Trinidad", en realidad no ayuda mucho a nuestra fe, porque misterio suena a acertijo indescifrable, a cosa oculta e inalcanzable, y así la Santísima Trinidad, que se nos ha revelado para que nos sumerjamos en ella, queda reducida a pieza de museo por la que sólo puedan interesarse los teólogos. Y no debe ser así.

Pensar en la Santísima Trinidad como un cuadro de sacristía o algo lejano sucede porque la desenganchamos de la vida ordinaria y la dejamos en el puro campo intelectual. Lo reconfortante del texto del Deuteronomio que escuchamos hoy en la primera de las lecturas es justamente lo contrario: ver que Israel no llega al conocimiento de Dios por la vía intelectual, sino por la de la historia: ¿Quién es Dios? Repasa tu historia, Israel, y contempla cómo Él ha actuado contigo. Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios... y sigue los caminos que El te marca para que seas feliz. No es que el sol sea una cosa oscura. Al contrario es pura luz[1].

Es cierto que mirar de cerca éste misterio –el misterio central de la fe cristiana- produce temor o desconcierto, pero hemos de aprovechar su luz y su energía que vivifican. El misterio no es que sea oscuro, lo que pasa es que nos supera. Es una verdad que siempre nos salva pero que nunca agotamos. Y misterio, en su sentido bíblico no tiene nada que ver con cosa difícil de entender, o con verdad imposible, hasta para los más inteligentes. Misterio tiene que ver con cosa secreta, con tesoro escondido que Dios lo revela a los hombres por medio de los Profetas y los Apóstoles y por Jesús en la plenitud de los tiempos[2].

La idea de los secretos de Dios es muy querida para el pueblo Israel. Estos secretos atañen particularmente al designio de salvación que Dios realiza en la historia. También San Pablo nos habla del misterio escondido en Dios, pero revelado a los hombres para que unidos íntimamente en el amor, alcancen en toda su riqueza la plena inteligencia y el perfecto conocimiento del Misterio de Dios, en el que están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.

El pedacito de la (hermosísima) Carta a los romanos que escucharemos hoy en la segunda de las lecturas, nos ayudará a entender la revelación del Misterio, a entender que el Espíritu nos hace gritar: ¡Abba! (Padre); y que somos hijos de Dios, con derecho a participar en la herencia del Hijo nuestro hermano. ¿A quién revelas tu intimidad, querido lector, sino a los íntimos? Aun con ellos te resulta costoso, pero fuera de ellos no cabe hacerlo. Íntimos nos quiere Dios y por eso nos revela su intimidad. Hay en Él una Naturaleza y tres Personas. Es Uno y Tres a la vez. Esta es el torrente de vida que fluye de Él: unidad y diversidad. Personalidad propia de Tres y comunión absoluta. Justamente lo que a los hombres nos resulta imposible[3].

Dios nos llama a todos a una intimidad particular. La invitación de la liturgia éste domingo es a hacer experiencia del amor de Dios. No de un amor irreal, sino un amor actual, concreto, hecho obras. Un amor que se experimenta en la vida diaria, en el sufrimiento, en la entrega al prójimo, en los momentos más obscuros de la vida. El alma que se siente siempre acompañada de Dios, puede sufrir, pero nunca caerá en la desesperanza o en el abandono. En un verso de singular profundidad, en el que dialogan el alma y Dios, escribe Santa Teresa de Jesús:

Y si acaso no supieres
dónde me hallarás en Mí,
no andes de aquí para allí,
sino si hallarme quisieres
A Mí has de buscarme en ti


[1] Cfr Dt 4, 32-34; 39-40
[2] Cfr. Gal 4, 4.
[3] M. Flamarique, Escrutad las Escrituras. Reflexiones sobre el ciclo B, Desclee de Brouwer, Bilbao 1990, p. 102

New-old-ideas



Que bien sé yo la fuente que mana y corre,
aunque es de noche.

Aquella eterna fuente está escondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.

Su origen no lo sé, pues no lo tiene,
más sé que todo origen de ella viene,
aunque es de noche.

Sé que no puede ser cosa tan bella
y que cielos y tierra beben de ella,
aunque es de noche.

Bien sé que suelo en ella no se halla,
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.

Su claridad nunca es oscurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.

Sé ser tan caudalosos sus corrientes,
que infiernos, cielos riegan, y las gentes,
aunque es de noche.

El corriente que nace de esta fuente,
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche.

El corriente de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.

Bien sé que tres en sola una agua viva
residen, y una de otra se deriva,
aunque es de noche La fonte, Juan de la Cruz 

VISUAL THEOLOGY



Palitsa, 17th century, Silk, metal thread and pearls;  Inscription: (translate  from the Russian:) We have seen the true light, we have received the heavenly spirit, we have found/the true Faith. We worship the invisible Trinity, for It/hath saved us. The Trinity praised in hymns/the Father and the Son, with the Holy Spirit, for this [Trinity] did the prophets and apostles, together with the martyrs, [proclaim]; Metropolitan  Museum of Art (New York) ■

The Solemnity of the Most Holy Trinity (2012)


Each time we make the sign of the cross, as we did at the beginning of this celebration, we say: "In the name of the Father, and of the Son, and of the Holy Spirit." But do we truly understand what we are saying? I don’t think so... The reason for this is that the Father, the Son, and the Holy Spirit we invoke compose what we must call a Mystery: the Mystery of the Most Holy Trinity. Now, a mystery is precisely something that one does not understand. This does not mean that we are unable to express anything at all concerning this reality; on the contrary, we are able, thanks to what Jesus told us, to describe this mystery a little and to grasp it through comparisons and images.

The Mystery of the Most Holy Trinity, which we celebrate today, consists of this: the Father is God, the Son is God, and the Holy Spirit is God, and yet there are not three gods, but only one God, who is Father, Son and Holy Spirit. This is the Mystery of the Trinity of Persons in the one God. If one were to seek for a comparison in order to try to grasp a little of this mystery, the only one that is completely adequate is that which Jesus himself gave us, when he said: As the living Father sent me, and I live because of the Father, so he who eats me will live because of me[1] This is a comparison between the Most Holy Trinity and the union of the various persons who make up the Mystical Body of Christ.

… Yes, I know all this is complicated or even complex; we cannot understand it in a few minutes in a homily and on one Sunday, [I mean] be closer to the mysteries of our faith is the work of all our lives, the way we walk as Christians. The point I want to focus today is very simple: invite each one to think how much we appreciate and know our Catholic faith. Last week, on Pentecost, we celebrated the birthday of the Church and the feast of the Holy Spirit and we left the parish saying hallelujah twice; we turn off the paschal candle... But what next?

Now comes in the liturgy of the Church something called Ordinary Time[2] which runs from next Sunday until November, when we will celebrate Christ the King and prepare for Advent. And so another year ends and begins the liturgical cycle. What cannot happen to us is that we do not feel the Spirit over our lives. That would be a tragedy! My brother, my sister, the routine in the spiritual life is the worst thing that can happen.

If we allow boredom to enter our lives and see Sunday Mass as a moment in which we seek entertainment, little by little we are becoming numb and turned this into a religious service agency, not a place where the soul and God have a conversation, a place where the soul receives the grace of its creator, a place where souls come to receive, say so, gasoline for the rest of the week.

One of my biggest concerns as pastor of this community is to help that my people, my sheep, rediscover the meaning of the sacred. This fact –the loss of the sense of the sacred, the devaluation of silence- is one of the greatest tragedies of our country: we do not find God in the street, we do not find God in the world of sports, we do not find God in the world of film and art, so parishes should be then that place where every Sunday people can find their God.

Dante, the great Italian poet, said this in a great way: «The strongest desire of everything, and the one first implanted by nature, is to return to its source.  And since God is the source of our souls and has made it alike unto Himself, therefore this soul desires above all things to return to Him"[3].  There is one place where we can begin to rediscover the sacred: our parish, the Eucharist, the celebration of the mystery of our faith.

My brother, my sister, let us ask our blessed Mother for her help to accomplish this important task in our Christian life, more than a task, the essence of our Christian life ■


[1] Jn. 6:57
[2] The English name "ordinary time" translates the Latin term Tempus per annum (literally "time through the year"). Since 1970 in the ordinary form of the Roman rite in the Catholic Church, Ordinary Time comprises two periods: one beginning on the day after the Feast of the Baptism of the Lord (the end of the Christmas season) and ending on the day before Ash Wednesday, the other beginning on the Monday after Pentecost (the conclusion of Eastertide) and continuing until the Saturday before Advent Sunday (the First Sunday of Advent). The Church numbers the weeks of Ordinary Time, although several Sundays bear the names of feasts or solemnities celebrated on those days, including Trinity Sunday and the Feast of Christ the King. The liturgical color normally assigned to Ordinary Time is green.
[3] Durante degli Alighieri, mononymously referred to as Dante (1265–1321), was an Italian poet, prose writer, literary theorist, moral philosopher, and political thinker. He is best known for the monumental epic poem Commedia, later named La divina commedia (Divine Comedy), considered the greatest literary work composed in the Italian language and a masterpiece of world literature. In Italy he is known as il Sommo Poeta ("the Supreme Poet") or just il Poeta. Dante, Petrarch, and Boccaccio are also known as "the three fountains" or "the three crowns". Dante is also called the "Father of the Italian language".


Ven, Espíritu Divino, 
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre, 
don en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas, 
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, 
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, 
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, 
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre 
si tú le faltas por dentro.
Mira el poder del pecado 
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, 
sana el corazón del enfermo;
lava las manchas, 
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, 
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, 
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia, 
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse 
y danos tu gozo eterno 


Domingo de Pentecostés 2012


Es Domingo de Pentecostés; pensar en el Espíritu Santo es decirle ¡Ven!, y que Él se vuelva el gran invasor de nuestra vida y de nuestra espiritualidad. Él no tiene rostro pero todos sus nombres dicen que es invasión: fuego, agua, espíritu, respiración, viento. Desde que viene, actúa. La Sagrada Escritura está llena de Él, pero no habla de Él, sólo dice lo que hace. Él está en los comienzos: es el Espíritu de lo que ha de nacer y el Espíritu del primer paso. En pentecostés hizo que la Iglesia saliera a proclamar la redención, por eso hoy hay que gritarle ¡Ven!; y cuando se bloquea algo en nuestra vida personal o en la vida de la comunidad hay que gritar ¡Ven!

Después del fuego que deja, Él es la fuerza que nos impulsa a ir hacia delante; Él es la audacia para hablar, para insistir, para crear, para escribir, para dar testimonio ¡para defender a la Esposa de Cristo, la Iglesia![1]

Él es el huésped interior, el espíritu que sondea las profundidades y que sin Él quedarían sin explorar. Él es quien nos arranca de lo superficial, nos ayuda a acercarnos a los misterios de Dios y a no vivir con un espíritu lleno de frivolidad; Él nos hace llegar a las raíces de nuestra de; al lugar donde mana la fuente: Qué bien sé yo la fonte que mane y corre, aunque es de noche[2], en palabras de San Juan de la Cruz.

Él es quien nos impulsa hasta el fin: Él os guiará a la verdad completa[3], quien hace que podamos recorrer caminos sorprendentes.

El Señor nos dio y nos sigue dando su Espíritu, por eso hemos decir con más fuerza que nunca ¡Ven! ¿Por qué invocamos tan poco el Espíritu? ¿Por miedo a unos mundos extraños de iluminación, de carismas? ¿Por miedo a comprometernos? Si le decimos ¡Ven!, ¿hasta dónde me llevará? ¿Allá a donde debamos dar la cara por Él? Cuando os entreguen a los tribunales, no os preocupéis por lo que vais a decir; será el Espíritu de vuestro Padre quien hable por vuestro medio[4]. Decir ¡Ven! al Espíritu de Dios puede llevarnos muy lejos y muy hondo, pero merece la pena[5].

No hay dos evangelios ni dos Espíritus. La única verdadera devoción al Espíritu Santo es decirle ¡Ven!, no para una cita tranquila con Él –no es ése su estilo-, sino para dar el paso de amor y de coraje que la vida nos pide.

¿Y cómo saber que el Espíritu de Dios está presente? Es Rahner quien lo explica con palabras maravillosas: cuando la experiencia fragmentada del amor, la belleza y la alegría, se viven sencillamente y se aceptan como promesa del amor, la belleza y la alegría, sin dar lugar a un escepticismo cínico como consuelo barato del último desconsuelo, cuando el vivir diario, amargo, decepcionante y aniquilador, se vive con serenidad y perseverancia hasta el final, aceptado por una fuerza cuyo origen no podemos abarcar ni dominar, cuando se corre el riesgo de orar en medio de tinieblas silenciosas sabiendo que siempre somos escuchados, aunque no percibimos una respuesta que se pueda razonar o disputar, cuando uno se entrega sin condiciones, cuando el caer se convierte en un verdadero estar de pie, cuando se experimenta la desesperación y misteriosamente se siente uno consolado sin consuelo fácil, cuando el hombre confía sus conocimientos y preguntas al misterio silencioso y salvador, más amado que todos nuestros conocimientos particulares convertidos en señores demasiado pequeños para nosotros, cuando ensayamos diariamente nuestra muerte e intentamos vivir como desearíamos morir: tranquilos y en paz… Allí está Dios y su gracia liberadora, allí conocemos a quien nosotros, cristianos, llamamos Espíritu Santo de Dios, allí se hace una experiencia que no se puede ignorar en la vida.

Esta es la mística de cada día, el buscar a Dios en todas las cosas. Aquí está la sobria embriaguez del Espíritu de la que hablan los Padres de la Iglesia y la liturgia antigua[6].

El Espíritu de Dios, donde entra, expulsa el miedo; nos hace conocer y sentir que estamos en las manos de una Omnipotencia de amor: suceda lo que suceda, su amor infinito no nos abandona. Lo demuestra el testimonio de los mártires, la valentía de los confesores de la fe, el ímpetu intrépido de los misioneros, la franqueza de los predicadores, el ejemplo de todos los santos, algunos incluso adolescentes y niños. Lo demuestra la existencia misma de la Iglesia que, a pesar de los límites y las culpas de los hombres, sigue cruzando el océano de la historia, impulsada por el soplo de Dios y animada por su fuego purificador.

Con esta fe y esta gozosa esperanza repitamos hoy, por intercesión de María: Envía tu Espíritu, Señor, para que renueve la faz de la tierra[7]


[1] "El agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús crucificado, son signo de este comienzo y crecimiento" (Lumen Gentium n. 3). "Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia" (Sacrosanctum Concilium n. 5). Del mismo modo que Eva fue formada del costado de Adán adormecido, así la Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz.
[2] San Juan de la Cruz, Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe (http://cvc.cervantes.es/obref/sanjuan/edicion/p_sanlucar/sanlucar_07.htm)
[3] Jn 16, 13
[4] Cfr. Mt 10, 19-20.
[5] A. Seve, El Evangelio de los domingos, Edit. Verbo Divino, Estella (Navarra) 1984, p. 226
[6] Karl Rahner S.J. (Friburgo, Imperio Alemán, 5 de marzo de 1904 – Innsbruck, Austria, 30 de abril de 1984) fue uno de los teólogos católicos más importantes del siglo XX. Su teología influyó al Segundo Concilio Vaticano. Su obra Fundamentos de la fe cristiana (Grundkurs des Glaubens), escrita hacia el final de su vida, es su trabajo más desarrollado y sistemático, la mayor parte del cual fue publicado en forma de ensayos teológicos. Rahner había trabajado junto a Yves Congar, Henri de Lubac y Marie-Dominique Chenu, teólogos asociados a una escuela de pensamiento emergente denominada Nouvelle Théologie,
[7] SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS, HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI, Basílica de San Pedro, Domingo 31 de mayo de 2009. El texto completo puede leerse aquí: http://www.elgrandesconocido.es/documentos/homilias/pentecostes_2009_benedicto_XVI.pdf

New-old-ideas


Vere dignum et iustum est,
æquum et salutare, nos tibi
semper et ubique gratias agere:
Domine, sancte Pater, omnipotens
æterne Deus.
Tu enim, sacramentum paschale
consummans, quibus, per
Unigeniti tui consortium, filios
adoptionis esse tribuisti, hodie
Spiritum Sanctum es largitus;
qui, principio nascentis Ecclesiæ,
et cunctis gentibus scientiam
indidit deitatis, et linguarum
diversitatem in unius fidei
confessione sociavit.
Quapropter, profusis paschalibus
gaudiis, totus in orbe terrarum
mundus exsultat. Sed et
supernæ virtutes atque angelicæ
potestates hymnum gloriæ tuæ
concinunt, sine fine dicentes: 
Sanctus, Sanctus, Sanctus
...
En verdad es justo y necesario
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo, 
Dios todopoderoso y eterno.
Pues, para llevar a plenitud el misterio pascual,
enviaste hoy el Espíritu Santo
sobre los que habías adoptado como hijos
por su participación en Cristo.
Aquel mismo Espíritu que, 
desde el comienzo,
fue el alma de la Igle­sia naciente;
el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios
 a todos los pueblos,
reunidos en Jerusalén;
el Espíritu que congregó 
en la confesión de una misma fe
a los que el pecado había dividido 
en diversidad de lenguas.
Y el mismo Espíritu 
que sigue vivificando a tu Iglesia,
e inspira a todos los hombres de buena voluntad 
que buscan tu reino.
Por eso, con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría
y también los coros celestiales,
los ángeles y arcángeles, 
cantan sin cesar el himno de tu gloria: 
Santo Santo Santo....

VISUAL THEOLOGY



The Intercession of Christ and the Virgin, Attributed to Lorenzo Monaco (Piero di Giovanni)  (Italian, Florence (?) ca. 1370–1425 Florence (?)), before 1402, Tempera on canvas, Metropolitan Museum or Art (New York) ■ Christ and the Virgin are shown pleading with God the Father for mercy on behalf of eight small figures, perhaps members of a prominent Florentine family. In the tradition of hieratic scale, the divine figures are portrayed many times larger than the mortals, who kneel in adoration and prayer. Pointing to the wound in his side, Christ says, "My Father, let those be saved for whom you wished me to suffer the Passion." The Virgin, holding one of her breasts, pleads, "Dearest son, because of the milk that I gave you, have mercy on them." The axis of God the Father, the dove of the Holy Spirit, and the kneeling Christ also represents the Trinity. The drama of the bold devotional image, with a geometric composition typical of Florentine painting of the later fourteenth century, was heightened by its original placement inside the entrance of the cathedral, where it faced the length of the vast interior ■

Pentecost Sunday 2012


Finally and with great joy we are celebrating the feast of the Holy Spirit and feast of the birth of our Mother the Catholic Church[1]. Today it’s a significant day, the day on which the first believers –the first Christians- came really alive in their faith; the day when the rock upon which Christ planted His Church began to support and upholds an incredible new life for the whole world.

What is Pentecost? Ah! Pentecost is an event that the world has long been promised, and event which the people of God have looong (sic) awaited. Pentecost is the reversal of what occurred at the Tower of Babel[2] when, because of our sinfulness, we became unable to understand one another.

Pentecost is the gifting of God to make us one and to make us one in the way He is one with His son and the Holy Spirit[3]. Pentecost gives us the eyes to see and the ears to hear. The eyes to see that God is in the details and that God is in the flesh as well as in the Spirit. Pentecost is the way when we get ears to hear and eyes to see. Pentecost is the right time to rediscover our faith, to rediscover Catholicism and to be extremely (sic) grateful for being part of the Catholic Church. You know, we are at one point in the history where we have to be very faithful to the Catholic Church and her teachings. We cannot look back. We cannot miss the old days. Many are calling for a return to the past. These people are reactionaries, NOT visionaries, and rather than placing their trust in God and cooperating with His future and working hard in their communities, they criticize our Holy Father, Bishops, priests and all people of good will, but doing nothing, not helping in any apostolic activity.

We cannot look back. We cannot miss the old days, and we can because God never goes back, He always moves forward. Adam & Eve were banished from the garden, God could have redeemed them and sent them back to the garden, but He didn’t, for two reasons: 1. God always wants our future to be bigger than our past [and] 2. God always moves forward. So, let us press on toward the future God has envisioned for us and for the Catholic Church[4].

So, again: today is a very appropriate day to give thanks for the Catholic Church, this Church that has many sins but is simply wonderful. You know, the sins of the Church are like wrinkles on the face of a mother. Personally I do not think that the wrinkles of my mom make her ugly, or I will not stop loving her for her wrinkles. Ask yourself today if you're a son a daughter of the Church in the same way that you feel God's child. Ask yourself this morning if you defend the Church, or if you make fun of her and her ministers, ask yourself if your attitude is bitter and critical. And let me remind you that she, the Bride of Christ, was born from the open side of the Lord on the cross, so there is another GREAT reason to be in love with her.

Finally I want to say two important things: our Archbishop belongs to an order that is dedicated to the Holy Spirit, therefore is an important day for him. His episcopal motto is Ven Holy Spirit Ven, and it symbolizes the diversity of languages that express the one message of Christ, the love of God that transforms the world and harmonizes differences into a beautiful unity that only the Holy Spirit can create[5].

And today Father Agustin celebrates 12 years of being ordained as a priest. I am very happy to celebrate this anniversary with my community. I am sure that you agree with me that there is no better gift for a priest to be with your parish community ■



[1] Sunday 27th May, 2012, Pentecost Sunday. Readings: Acts 2:1-11. Lord, send out your Spirit and renew the face of the earth—Ps 103(104):1, 24, 29-31, 34. 1 Corinthians 12:3-7, 12-13. John 20:19-23 (alt. readings) [St Augustine of Canterbury].
[2] Gen 11:1-9.
[3] Pentecost is our becoming Christ in the world. It is God taking on flesh, not only in the least of those to whom we give water to drink or clothes to wear; but taking on flesh in each one of us.
[4] M. Kelly, Catholicism, p. 23.

Solemnidad de La Ascención del Señor


 Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, obscuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?

Los antes bienhadados
y los agora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dó convertirán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?

A aqueste mar turbado,
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al viento fiero, airado,
estando tú encubierto?
¿Qué norte guiará la nave al puerto?

¡Ay! Nube envidiosa
aun de este breve gozo, ¿qué te quejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ¡ay!, nos dejas!

Tú llevas el tesoro
que sólo a nuestra vida enriquecía,
que desterraba el lloro,
que nos resplandecía
mil veces más que el puro y claro día.

¿Qué lazo de diamante,
¡ay, alma!, te detiene y encadena
a no seguir tu amante?
¡Ay! Rompe y sal de pena,
colócate ya libre en luz serena.

¿Que temes la salida?
¿Podrá el terreno amor más que la ausencia
de tu querer y vida?
Sin cuerpo no es violencia
vivir; más es sin Cristo y su presencia.

Dulce Señor y amigo,
dulce padre y hermano, dulce esposo,
en pos de ti yo sigo:
o puesto en tenebroso
o puesto en lugar claro y glorioso
FRAY LUIS DE LEÓN, Agustino, catedrático de Salamanca (1527-1591) 

Mayo el mes de María


Oh tú que te sientes lejos de la tierra firme, 
arrastrado por las olas de este mundo, 
en medio de las borrascas y de las tempestades, 
si no quieres zozobrar no quites los ojos 
de la luz de esta Estrella e invoca a María.

Si se levantan los vientos de las tentaciones, 
si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, 
mira a la Estrella, llama a María.
Si eres agitado por las ondas de la soberbia, 
si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, 
mira a la Estrella, llama a María.

Si la ira, o la avaricia, 
o la impureza impelen violentamente la navecilla de tu alma, 
mira a María  
San Bernardo de Claraval 

Solemnidad de la Ascención del Señor (B)


Una persona vista por otra cualquiera o vista con los ojos de aquel que la ama, no resulta la misma. A quien queremos le encontramos virtudes y cosas que pasan desapercibidas para aquél que no participa de nuestro sentimiento. Cuando alguien se enamora de una persona es capaz de cantar sus excelencias con un, digamos, ardor sorprendente, y hasta de transmitir el entusiasmo que siente.

Siempre que leo ésta carta de Pablo a los Efesios que la liturgia nos propone el día de la Ascensión[1], tengo la impresión de que es un canto exultante de un hombre enamorado de su fe, entusiasmado con su Dios a quien ha conocido profundamente y de quien ha experimentado una infinita misericordia. Me da la sensación de que [ésta carta] es el canto apasionado de un hombre que se ha encontrado con Cristo y se ha quedado como paralizado, incapaz de guardar para sí la felicidad que ese descubrimiento le ha proporcionado. Y como todo enamorado canta todas las cualidades que ha ido descubriendo en su encuentro con el Señor. La carta merece la pena que la releamos varias veces. San Pablo aparece como un hombre cuyo entusiasmo se contagia, como un hombre que transmite electricidad a través de los siglos; es la imagen de un hombre que se ha lanzado de cabeza al abismo de Dios y ha vuelto a la tierra con unos ojos gozosos y un corazón entusiasmado que le grita al mundo su gran hallazgo para que el mundo entero participe en su suerte y en su alegría.

Un ejercicio interesante para saber cuáles son nuestros defectos es oír con interés los comentarios que se hacen sobre nosotros, sobre nuestro modo de ser o de comportarnos. Por regla general en todo comentario hay algo de verdad, algo que nos refleja; oyendo lo que el mundo piensa de los cristianos podemos corregir nuestros defectos. En otras palabras: ¿cómo nos ven los que no son cristianos a los que decimos serlo? Hoy más que nunca se hace imprescindible la autocrítica, el espíritu abierto, para ver las cosas que estamos haciendo mal. Y corregirlas. Lo decía hace poco Benedicto XVI en Spe Salvi: «Es necesaria una autocrítica de la edad moderna en diálogo con el cristianismo y con su concepción de la esperanza. En este diálogo, los cristianos, en el contexto de sus conocimientos y experiencias, tienen también que aprender de nuevo en qué consiste realmente su esperanza, qué tienen que ofrecer al mundo y qué es, por el contrario, lo que no pueden ofrecerle. Es necesario que en la autocrítica de la edad moderna confluya también una autocrítica del cristianismo moderno, que debe aprender siempre a comprenderse a sí mismo a partir de sus propias raíces»[2].

Por tanto, éste mundo en el que vivimos, ésta sociedad en la que nos relacionamos ¿Cómo nos ve a los cristianos, cómo unos hombres (y donde digo hombre digo mujer) asombrados de la suerte que han tenido al encontrarse con Cristo? ¿Cómo unos hombres que respiran alegría? ¿Cómo unos hombres capaces de contagiar entusiasmo, ganas de vivir, de trabajar, de disfrutar? ¿Cómo unos hombres que se apoyan en algo y en alguien que no falla nunca? ¿Cómo unos hombres tan convencidos de lo que dicen creer que transmiten a los demás algo inexplicable y contagioso? O… ¿nos verían como unos desabridos que arrastran una religión convencional, de preceptos, de negaciones, que no parecen haber tenido en su vida un gran encuentro personal sino un encuentro con la Ley que les agobia y les empequeñece? ¿Cómo unos hombres incapaces de entusiasmar a nadie con su género de vida, tristes y adustos, que sólo hablan para condenar y no para invitar a recorrer un camino en el que, si no faltan dificultades, hay con exceso luz y alegría?

Que cada uno pensemos las respuestas y si estamos dispuestos a un cambio de vida que nos asemeje a la actitud y espíritu de san Pablo que después de veinte siglos nos deja hoy una espléndida lección de lo que es acercarse a la esperanza, a la riqueza de gloria que se nos ofrece y la extraordinaria grandeza del Dios por el que hemos optado ■

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La oración es auténtica cuando el que ora asume la actitud del pecador, esto es, del pobre, del limitado. La respuesta del Señor a quien se dirige a él como pobre pecador es siempre una palabra de compasión y de perdón. El corazón arrepentido es siempre objeto de una extrema ternura del Señor, cuyo único anhelo es ver felices a todos sus hijos. Así fue como se mostró a la Magdalena, a la adúltera, a la samaritana, a Pedro, a Zaqueo. Su sorprendente exclamación: Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré! (Mt 11, 28), es una manifestación elocuente del cariño paternal del Señor para con todos los que sufren. Esta finura de sentimientos de amor para con el pecador arrepentido aparece también de modo inequívoco en las maravillosas alegorías del fariseo y del publicano (cf Lc 18, 9-11) y del hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32). Sin una sincera actitud de arrepentimiento de las propias infidelidades y flaquezas humanas no hay oración auténtica. El sacramento de la confesión es una práctica que pone a prueba nuestro grado de sinceridad con el Señor. Ir a la confesión es reconocerse públicamente pecador. Es vivir en la realidad. El gesto de absolución del confesor es la señal externa del perdón de Cristo. Es la manifestación inequívoca de su misericordia y de su paternal compasión ■ Pedro Finkler, Buscad al Señor con alegría, Capítulo 11. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris