Este borrico no sabe
el Borriquero que lleva:
¡oh divino Caballero,
que en un borrico te asientas...!
¡Si el borrico lo supiera...!

Nunca tuvo a un hombre encima,
porque ésta es la vez primera,
y le ha tocado ser silla
del Hombre-Dios en la tierra.
¡Si el borrico lo supiera...!

Con su pelito mullido
a una cuna se asemeja;
ya Jesús huele a pesebre,
que Encarnación le recuerda.
¡Si el borrico lo supiera...!

Camina con alegría
el borrico que se estrena,
y con ojos infantiles
mira a derecha e izquierda.
¡Si el borrico lo supiera...!

Sus pezuñas marcan paso,
pero no tocan la tierra,
que va pisando los mantos
que los discípulos echan
¡Si el borrico lo supiera...!

Va pisando corazones,
mientras cabalga y alienta:
el mío también lo pisa,
mi sangre que a Cristo besa.
¡Si el borrico lo supiera...!

Y Jesús, alma de niño,
fuego de Dios y profeta,
envuelto en adoraciones
a su pueblo se presenta
¡Si el borrico lo supiera...!

¿Por qué eres así, Jesús,
con alma tan fuerte y tierna?
¿Por qué tuviste al final
esa divina ocurrencia?
¡Si el borrico lo supiera...!

¿Por qué eres de enamorar
en borrico de faena?
¿Por qué eres un Dios humano
tan cerca, tan cerca-cerca...?
¡Si el borrico lo supiera...!

Una caricia le hiciste
con tu mano a su cabeza,
y con cariño aldeano
le miraste las orejas.
¡Si el borrico lo supiera...!

¡Ya viene el Rey anunciado,
Mesías de las promesas!
Miradle glorioso y bello,
que en un pollino se acerca.
¡Si el borrico lo supiera...!

Jesús de mis labios y ojos,
Jesús de la tumba nueva:
beso tus pies adorables
y la bestia que te lleva.
¡Si el borrico lo supiera...!
P. Rufino María Grández, ofmcap.

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor (2012)


San Marcos nos presenta un cuadro dramático y terrible. Fuera de la ciudad sagrada, junto al camino, a la vista de los que pasaban por allí, colgado en una cruz entre dos bandidos, agoniza el mismo hombre que pocos días antes había sido recibido y aclamado triunfalmente como el Rey-Mesías. Sobre su cabeza un letrero que da noticia de la causa de su condena: El rey de los judíos.

Todos se ríen de él, ridiculizando las palabras que había pronunciado cuando predicaba: tanto los que al escucharlo recibieron su mensaje como acusación y denuncia de sus injusticias como los que lo debieron sentir como anuncio de liberación.

Todos están allí: la gente del pueblo que lo había aclamado el domingo de Ramos y que ya había perdido toda esperanza en él; los sumos sacerdotes que habían vuelto a engañar al pueblo para que rechazara a Jesús y que ahora celebraban lo que creían que era su triunfo, y hasta los que estaban crucificados con él.

Y lo que es peor: todos de acuerdo en que ése no es modo de salvar al mundo: si el salvador no es capaz de salvarse a sí mismo..., ¿a quién podrá salvar? Todos de acuerdo en que si Dios estuviera con él la suerte de aquel condenado no sería la que estaban viendo. Si aquel despojo humano fuera de verdad el Hijo de Dios, ¿qué clase de Padre sería ese Dios? Y, al final, parece que aquel hombre en la cruz les da la razón: ¡Eloi, eloi, lema sabaktani, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

El hombre que nos presenta la liturgia de éste domingo con la lectura completa de la Pasión es…un Dios sin poder. "Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso", decimos en el Credo. Pero ¿en qué consiste su poder? Ciertamente, el poder de Dios no es como el de los poderosos de la tierra. El Padre no cambia el curso de los acontecimientos que los hombres, en el uso de su libertad, han decidido; no fuerza la libertad de los hombres, ni siquiera para que éstos sean buenos.

… Dios es amor, dice San Juan al escribir muchos años después de éstos acontecimientos, y ése, el amor, es su poder. Y de ese poder sí está llena la figura del crucificado. La gente que estaba ahí en aquel momento no fue capaz de descubrirlo, no comprendían que era un acto de amor y el comienzo de la salvación. Y nosotros, dos mil años después ¿seguimos sin comprenderlo? ¿Creemos que el amor es lo que transforma el mundo? Todos conocemos la fuerza del amor: si se apodera de nosotros nos cambia la vida, y cuando se hace norma de convivencia de un grupo, transforma su forma de vivir. Entonces, si lo dejáramos organizar el mundo en lugar de que siga estando en manos de la fuerza y del poder, ¿no cambiaría nada? No, no es tarea fácil[1].

La liturgia de éste domingo nos invita, pues a acercarnos a la pasión del Señor. Dios da al mundo, un año más, la oportunidad de celebrar la Pascua, de renovarnos en el amor y la fe. En el momento de la crucifixión sólo un forastero –un pagano, por cierto- supo comprender lo que estaba sucediendo: De veras este hombre era Hijo de Dios[2]. Entre tantos salvadores poderosos que ofrecen –nos ofrecen- tantas cosas, ¿no sería inteligente dar una oportunidad a este Salvador? Vamos a pensarlo, y a pedir a la Virgen Santísima su compañía a lo largo de los próximos días ■



[1] R. J. García A., Llamados a ser libres. Ciclo B., Edic. El Almendro, Madrid 1990, p. 76ss.
[2] Cfr Mc 14, 1; 15,47;15, 1-39. 

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Ya sabemos cuál es nuestro camino? No lo creo... Porque siempre descubrimos, con nuestros mismos pasos, una lección que nos abre más en la profundidad. Quizá aguardamos un momento en el cual podamos reconocernos, por fin, arribados... Ya no habrá más qué hacer... Pero esto no ocurrirá porque en el Amor de Dios siempre podemos crecer más en esta vida. No nos interesan esas "metas" apresuradas que, una vez alcanzadas, nos dejan satisfechos y nada más. La Vida, que es Don, rompe esos diques complacientes (si es que llegan alguna vez) y nos vuelve a poner en camino. El desierto del peregrino, en efecto, conduce a un fin, pero no a una inmanencia chata y horizontal, sino mucho más allá, adonde ni ojo vio, ni pído oyó lo que Dios tiene preparado a lo que le aman. Renovada confianza en un descubrimiento mayor, que es rebelde a las "medidas" y a los "modos" y que tiende decididamente a la promesa del Señor: hoy estarás conmigo en el Paraíso http://flordelyermo.blogspot.com/

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L. Ghiberti, Entrada del Señor en Jerusalen (1401), 
Puerta norte del Baptisterio de la Catedral de Florencia (Italia) 

Palm Sunday 2012


Just a few words, 'cause the reading of the Passion o the Lord speaks for itself.

I am sure you all remember very well: a man with leprosy comes before Jesus and is healed. Jesus tells him: see that you say nothing to anyone about this[1]

A deaf man comes to the Lord, and Jesus says Ephphathat, be opened, and the man hears, then Jesus tells him to say nothing to anyone[2].

A blind man has his sight returned, and, similarly, Jesus says to him, keep this quiet--don't even enter the villages.

Finally, Jesus dies on the Cross and a pagan, a Roman centurion now makes the announcement: surely this is the Son of God[3].

So, to really understand who Jesus is, we have to stand under the Cross, [I mean] to recognize how much God loves us, we have to realize the extent of his suffering for us. To realize that we are his followers, we have to join Him on the Cross. This is the invitation for this week, the most important week in the year: Holy Week.

And you know, love gives joy, but this joy can result in pain. Love means giving, but this gift can result in suffering as we say no to our own desires for the sake of the one whom we love. Love gives life. The Lord loves us so much that we receive his life…

So, as we begin this Holy Week, my brother, my sister, let us pray together that we might have the courage to follow Christ in embracing our own crosses. 

May we make real the cross of Christ in the world by giving ourselves to others in love ■


[1] Cfr Mk 1: 41 – 45; Mt 8: 1 – 4; Lk 5: 12 - 16. 
[2] Cfr Mk 7:31-37
[3] Cfr Mt 8:5-13

Solemnidad de la Anunciación del Señor


La esclava del amor ha dicho sí,
¡benditos esos labios!,
Y cruza en obediencia sobre el pecho
las manos que ya guardan al Amado.

La Nube luminosa la penetra,
fecunda el vientre casto;
¡qué gozo ser la más pobre y pequeña,
teniendo tal tesoro en su sagrario!

María, toda humilde, dulce hermana
al par de los hermanos;
mas eres ya, oh Eva del anuncio,
la Madre que nos lleva en el regazo.

Abriste el corazón cuando creíste
con ojos agrandados;
¡oh!, ábrenos tus brazos como al Hijo
y ciérranos al pecho cobijados.

Temblando de estupor y de ternura
al lado tuyo estamos;
tu fe de creatura, excelsa Madre,
tu ardiente fe, nosotros imploramos.

¡Gloriosa Trinidad, oh Dios amor,
oh Dios de los milagros,
la suma gloria y gozo por María,
la Madre y Virgen santa, tributamos! Amén 
P. Rufino María Grández, Himnario de la Virgen María.

V Domingo de Cuaresma (B)


Quisiéramos ver a Jesús... Esta es sin duda la exigencia más urgente –si bien con frecuencia inconfesada- del mundo de hoy en relación a los cristianos. Nos toca a nosotros satisfacer esta pretensión legítima. Nosotros, que nos decimos "buscadores de Dios" deberíamos estar preparados para implicar a los otros en esta aventura fascinante. La vida cristiana o es epifanía –es decir manifestación de Dios- o es, en palabras de Kierkegaard, horrible charlatanería[1].

Por eso hoy, el último domingo antes de la Semana Santa te lo digo a ti, que te has lanzado a esta aventura; tú que te has jugado la vida por esta apuesta de la perla preciosa[2]: es momento de sacar afuera lo que has encontrado, de ilustrar los resultados de tus exploraciones. Hay alguien que espera, afuera está el mundo entero que te grita las mismas palabras de los griegos en el evangelio: quisiéramos ver a Jesús[3].

Tú que eres su discípulo debes conocerlo bien; perteneces a su raza. Si el Señor no te ha defraudado, intenta tú no defraudar la espera de los hermanos. El mundo actual está orgulloso de sus conquistas, se jacta de estar bajo el signa del progreso, y los hombres viven atrapados por este ritmo frenético, pero en su loca carrera ha terminado por olvidarse de las cosas importantes: el espíritu, Dios, la oración, la contemplación, la capacidad de asombro. Es más, el hombre se ha olvidado de sí mismo, ha perdido la propia identidad. Ya no sabe a dónde va y para qué.

Al hombre de hoy le falta algo y nos toca a nosotros, cristianos, hacerlo consciente, despertando en él la nostalgia de lo que ha perdido. Se trata de devolverle el deseo de Dios, deseo que no podemos despertar de forma equivocada: no se trata de pronunciar discursos inteligentes acerca de él –de Dios- sino de mostrarlo: cuando un monje habla de Dios, es un viajero que cuenta, pero no uno que cuenta lo que ha leído en los libros, ni siquiera en los textos de geografía religiosa, sino uno que ha estado, uno que ha explorado personalmente ese continente misterioso y fascinante, pagando el precio correspondiente.

No se enseña a Dios. Hay que contarlo. Con el entusiasmo, la competencia y la admiración de un explorador. No se discute sobre Dios. Hay que manifestarlo. De ahí que la virtud principal de la vida cristiana, la prueba decisiva de su autenticidad, es su trasparencia: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios[4], y me atrevería a añadir: y harán ver a Dios.

La pureza del corazón no es solamente la castidad del cuerpo. Sino la castidad de todo el ser. O sea, la limpieza, la trasparencia de toda la persona, que ha eliminado las escorias, las sombras, la opacidad, las hipocresías, y se convierte en cristal limpio que refleja la imagen auténtica de Dios. Lo dice Clément mucho mejor: «una iglesia en la que no hubiera ya grandes monjes que no realicen la peregrinación hacia la inmensidad de Dios para volver después hacia los hombres con el rostro radiante como el de Moisés cuando bajaba del Sinaí, sería una Iglesia agonizante. La iglesia goza de buena salud sólo cuando puede disponer de mártires o de monjes"

Sucede, con frecuencia, que nos lamentamos de la indiferencia, del desinterés de los hombres de nuestro tiempo hacia Dios, hacia las "cosas del espíritu", pero en estas circunstancias es honesto que nos planteemos una pregunta: Y nosotros ¿qué hacemos para despertarlos? ¿Qué capacidad tenemos para inquietarlos? ¿Qué imagen de Dios somos capaces de presentar? Saint-Exupéry decía amargamente: "Hay mucha gente que dejamos dormir".

Entonces, ¿cuál es el don esencial de la vida cristiana en relación al mundo moderno? Creo que es precisamente el don de la nostalgia. Pero nostalgia de otra cosa, de Otro, de lo eterno. No podemos olvidar que el hombre posee en la profundidad de su ser algo muy precioso: la marca de fábrica, la cicatriz de Dios: Y dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza[5].

En cada hombre existe esta marca de fábrica, quizás sepultada bajo montones de polvo y... sueño. La tarea de los cristianos consiste precisamente en hacer de espejo. Despertar esa imagen, sacarla a la luz.

Cuando murió el abbé Amadeo Ayfre –el creador de la teología de la imagen- tenía cuarenta y dos años. Con su pequeño coche se había estrellado contra un árbol en la carretera de Locarno. Su epígrafe más hermoso fue dictado, aunque involuntariamente, por una actriz: “Qué quieres que te diga -confesó a un periodista que la entrevistaba- ...era un hombre que, cuando te encontrabas con él, te provocaba el deseo de Dios.

Piénsalo un poco. ¿Te ha ocurrido alguna vez que hayas provocado en alguien el deseo de Dios? ■


[1] Søren Aabye Kierkegaard (1813 –1855) fue un prolífico filósofo y teólogo danés del siglo XIX. Se le considera el padre del Existencialismo, por hacer filosofía del Sufrimiento y la «Angustia», tema que retomarían Martin Heidegger y otros filósofos de siglo XX. Criticó con dureza el hegelianismo de su época y lo que él llamó formalidades vacías de la Iglesia danesa. Gran parte de su obra trata de cuestiones religiosas: la naturaleza de la fe, la institución de la Iglesia cristiana, la ética cristiana y las emociones y sentimientos que experimentan los individuos al enfrentarse a las elecciones que plantea la vida.
[2] Cfr Mt 13, 44-46.
[3] Cfr Jn 12,21.
[4] Cfr Mt 5, 8.
[5] Cfr Gen 1, 26. 

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Nada más elocuente que el Silencio... Pero, ¿dónde está? ¿Cómo hacer cuando los ruidos parecen cubrirlo? Todo es cuestión de ejercicio y de práctica. Ahora bien, prestemos atención a cualquier espejo del alma... ¿música sublime? ¿Pintura, poesía, paisaje? Aceptemos que todo lo que nos conmueve es imagen de algo mucho más hondo... Y quitemos de nuestro horizonte cualquier determinación o condicionamiento. Tomemos conciencia de que somos llamados desde nuestro interior, indefinible e inexpresable... Que en nuestro Fondo hay silencio (el verdadero) y que es allí donde siempre deseamos volver. Allí hay sentido, todo el sentido, porque es templo viviente para Dios. Vivamos la Presencia... Sin definiciones. Con entera confianza y simplicidad http://flordelyermo.blogspot.com/

VISUAL THEOLOGY


The Chapelle du Rosaire de Vence (Chapel of the Rosary), often referred to as the Matisse Chapel or the Vence Chapel, is a small chapel built for Dominican nuns in the town of Vence on the French Riviera.[1] It was built and decorated between 1949 and 1951 under a plan devised by Henri Matisse.[2] It houses a number of Matisse originals and was regarded by Matisse himself as his "masterpiece." While the simple white exterior has drawn mixed reviews from casual observers, many regard it as one of the great religious structures of the 20th century ■

Fifth Sunday of Lent (B)


The hour has come for the Son of Man to be glorified, Jesus says in today’s Gospel[1].

The Hour has finally come for him, we can say that Jesus has been waiting for this Hour from the moment He became incarnate in the womb of His Mother. Just a few days after His birth, one of the Magi gave the baby Jesus a gift of Myrrh, a burial spice, perhaps a prophecy perhaps a gift to use when the Hour came… Forty days after his birth, at His Presentation in the Temple, an elderly man named Simeon took him in his arms, and told his Mother One day the Hour will come for this child, an Hour which will pierce your heart like a sword, and shortly after His baptism in the Jordan at age 30, in a wedding party at Cana the wine runs out and Jesus says My Hour has not yet come… Now, three years after the wedding at Cana, the Hour has come for the Son of Man to be glorified.

Jesus in those three years has accomplished much: he has preached with authority as no other human before him has, He has converted and forgiven hardened sinners, healed countless sick, expelled demons from the possessed, even cured a man born blind and raised a man from the dead, but all of that, all of the first 33 years of Jesus’ life are but a tiny grain of wheat compared to the abundant fruit which will now flower forth in the Hour of Jesus’ Passion, Death, Burial and Resurrection.

The Hour has come, and Jesus asks us, Could you not watch one Hour with me? My brother, my sister: Jesus invites us these next two weeks of Passiontide to enter into this Hour with Him – to hide out with Him in silent prayer and meditation on His suffering and death to save us from our sins. Jesus invites us especially to enter into the liturgies of Holy Week: Palm Sunday, Holy Thursday, Good Friday, Holy Saturday and Easter Sunday.

Yes: the season of Lent is drawing to its conclusion: the hour has come, and we may think that the hour referred to in John’s Gospel is the hour of Jesus’ death. It is, but at the same time the evangelist gives us another meaning. He claims that the hour of Jesus’ death is really the hour of his glorification. He further insists that Jesus is glorified, not as a martyr, but as the source of new life for us. We hear this so often that we might fail to realize the reality of this. Jesus’ death brings us new life.

So, the question again arise in front of our eyes and ears: Could you not watch one Hour with me? May our answer be “Yes Jesus, give us the grace to accompany you during your Hour, the Hour when you will be glorified” ■


[1] Sunday 25th March, 2012, Fifth Sunday of Lent. Readings: Jeremiah 31:31-34. Create a clean heart in me, O God—Ps 50(51):3-4, 12-15. Hebrews 5:7-9. John 12:20-33. 

De noche le fue a buscar
un doctor a su Maestro:
está mendiga la Ley
de Espíritu y Evangelio.

- Tú vienes de Dios, Rabbi,
hacedor de signos nuevos;
a la fimbria de tu manto
yo discípulo me siento.

- El Reino de Dios irrumpe
y es para ti, Nicodemo:
hay que nacer desde arriba
con un nuevo Nacimiento.

Sopla el Espíritu, ven,
al alma mueve este Viento;
es la hora del amor
que Dios guardaba en secreto.

Que tanto amó Dios al mundo
que tal fue su anhelo eterno,
que Dios es hombre y hermano,
palabra humana es el Verbo.

Abierto quedó el camino,
ven a la luz, Nicodemo;
y para Dios humanado
prepara mirra y un lienzo.

¡Honor a Jesús amigo,
Dios y luz de mis senderos:
que se alce tu santa Cruz
estandarte en el desierto! Amén

P. Rufino María Grández, ofmcap, Cuautitlán Izcalli, 30 marzo 2003 

IV Domingo de Cuaresma (B)


Todavia se lee en algunos catecismos eso de que los enemigos del alma son tres: mundo, demonio y carne. Y en realidad nada cabría objetar a tan feliz simplificación de algo tan terriblemente complejo como es el pecado y el mal en el mundo, sin embargo, en ocasiones sucede que las simplificaciones conducen a grandes equívocos y entonces con eso de “mundo, demonio y carne” hemos terminado por reducir la carne al sexo, el demonio a un personajillo malo pero ridículo, y el mundo a espectáculos y frivolidades o a algo que puede distraernos de nuestro ser cristianos[1].

De ésta (terrible) simplificación ha surgido incluso cierto miedo que ha empujado a los creyentes a huir del mundo o a protegerse de él, a verlo como “ocasión de pecado”. Justo por esto resulta tan sorprendente y tan maravilloso escuchar el Evangelio de hoy[2] en la conversación entre Nicodemo y Jesús que Dios ha amado al mundo hasta el punto de haber entregado su propio Hijo.

Es cierto que el Evangelio se refiere al mundo humano pero no solamente a los hombres, sino al mundo creado por Dios y entregado al quehacer de la razón y sentimientos humanos. En otras palabras: el Evangelio afirma que este mundo –con todo lo malo y peligroso que es-  es objeto del amor de Dios, y justo por esto también objeto de salvación.

Y es que es el amor de Dios es el que cambia y transforma, el que santifica lo que toca, por eso es que una actitud de acercamiento y de amor al mundo –por parte de  los creyentes- podrá salvarlo del pecado. Los que desprecian al mundo contribuyen a su destrucción y  perversión y los que amamos el mundo, luchamos por reconstruirlo, por purificarlo, por santificarlo.

Si un día nos decidiésemos a amar de verdad al mundo (a amarlo más que para  apropiárnoslo y mejor que para explotarlo) es posible que descubriésemos como este mundo en el que el mal existe –un mundo enrarecido y lleno de pecado, hostil y cubierto de injusticias-  empezaba a ser mejor. Si Dios ama al mundo, ¿por qué nosotros no?

Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único... ¿Qué somos entonces, si Dios puede amarnos? Tú, Señor ¿qué encuentras en nosotros? ¿Qué ocurre cuando tú nos miras? ¿Te conmueves? ¿Te diviertes? ¿Te irritas? Ya el salmista se planteaba esta cuestión: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?[3] ¿Qué soy yo a tus ojos, Señor, para que pienses en mí? Cuando alguien piensa en nosotros, nos sentimos felices. ¿Cómo es que no sentimos esa misma dicha, mil veces más intensamente, ante la idea de que Dios nos ama? La respuesta es fácil: los que nos aman tienen un rostro, sus ojos nos sonríen, su voz nos conmueve. Pero ¿Dios? ¿Cómo nos mira? ¡Es tan difícil imaginarle! ¡Es tan silencioso! Apenas dicho esto, tengo vergüenza de haber hablado así. ¿Cómo puedo olvidar que, para hablarnos de amor, Dios nos envió su propia Palabra; que para poder sonreírnos quiso unos ojos de hombre? Al Verbo de vida, dice san Juan, lo hemos visto, lo hemos oído, lo han tocado nuestras manos; la vida se ha manifestado en él...

¡La vida nos ha mirado! El secreto de los iconos está ahí: ser mirados por Cristo, ser mirados con amor por Dios. Esa mirada puede realmente hacernos existir. El hijo mirado con cariño se desarrolla feliz; el hombre amado, la mujer amada sienten, bajo ese sol, que existen, que son alguien para el otro ¡Sentir o, por lo menos, saber por la fe que yo soy alguien para Dios! además, Él ama también a aquellos a quienes a mí me cuesta amar…

Apostar siempre –aun en medio de las mayores dificultades- por la vida del hombre y del mundo, es creer en el nombre del Hijo único de Dios ■

New-old-ideas


Estamos inmersos en una cultura que favorece la inteligencia, el deseo, la sexualidad, algunas veces también el ardor, la violencia en los fenómenos colectivos, pero muy poco el “corazón”, en el sentido del ser más esencial de la persona. El hombre de hoy vive esencialmente en estas tres dimensiones: La dimensión intelectual, la dimensión del ardor, de la agresividad, de la violencia, y la dimensión del seseo que es triturado sin cesar por toda la atmósfera de la época. El problema es justamente como hacer descender la inteligencia y también hacer subir el deseo, al “corazón”, que es el crisol donde van a encontrarse  purificados en el fuego de la gracia y donde la persona va verdaderamente a unificarse y superarse, a unificarse y abrirse.
En el cristianismo hay toda una tradición de la repetición pacificadora que vacía en cierto modo el intelecto de su agitación, que le permite unirse al “corazón” y disponerse así a la oración. Es por ejemplo, lo que se llama “la oración de Jesús” en oriente, o “el rosario” en la iglesia latina. Vivimos en un mundo en el que el silencio es pobre, vacío , triste. Por eso la gente lo llena de ruido. Hya ruido interior: el pensamiento que da vueltas, las asociaciones de ideas, los deseos, los sueños; cuando no hay eso, se gira el botón de la radio, se enciende la televisión, se hace zapping, etc. Vivimos en un mundo de ruido constante, estamos todo el tiempo ocupados. Por ello es muy importante hacer silencio y que al mismo tiempo este silencio llegue a ser un silencio habitado. ¿Es tan desesperadamente imposible conocer a Dios con los sentidos? La liturgia debe permitirnos conocer a Dios con nuestros sentidos, pacificados y transfigurados, La belleza de una oración común llega a los sentidos y permite que la interioridad se despierte. Debemos volver a descubrir la fuerza de la liturgia. En occidente, hay que volver a encontrar verdaderamente el sentido del misterio en las parroquias. Lo fundamental que debe transmitir la liturgia es el misterio de la resurrección: el misterio de la vida que es más fuerte que la muerte, de tal manera que cuando salimos de una iglesia y llevamos con nosotros este potencial de vida, podamos reconocer al otro como un rostro, y al mundo entero como un don y un lenguaje de Dios O. Clément, Un sentido para la vidade Olivier Clément, Ed. Lumen 2011, cap. 4. 

VISUAL THEOLOGY



Descent from the Cross, early 16th centur, Oak, polychromy and gilding (60.3 x 28.6 x 12.1 cm) ■ Nicodemus and Joseph of Arimathea remove Christ’s body from the cross. The carving, once part of an altarpiece, repeats a composition established by the Netherlandish painter Rogier van der Weyden ■Metropolitan Museum of Art (New York) 

Fourth Sunday in Lent (B)


Requires some care and effort, and of course faith, understand the meaning of today´s gospel: God has sent his Son who will be raised up so that those who look upon him with faith may have eternal life[1]

Unbelievable but the sign of God’s power is the cross. The Son of Man is lifted up so that everyone who believes in Him may have eternal life. We know very well that Jesus died for us to restore our friendship with God, however sometimes we live as if this were not important. Sometimes we see the cross as just an ornament, as a symbol. Wrong! Christ, put to death, is in control of the universe. What appears as defeat is really victory because the sacrifice of Christ initiates the reign of God. At his weakest, Jesus is the strongest. God is in control. He turns defeat into victory for those with a living faith in him.

We need to recognize this in our own struggles in life. When in our weakness, we are united to Christ's cross, we are at our strongest. We may be full of pain. Perhaps we have lost a loved one. A son, daughter, brother, sister, mother or father, grandmother or grandfather dies. The grief comes upon us in waves. One minute we are numb, the next we are beyond consolation. But through it all we do believe in God. We call upon Him.  We give Him our pain. And eventually we realize that He is carrying us through our sorrows. Our grief has become our prayer. Through it all, we have become stronger. All because we let God take control.

Maybe, we have had a terrible disappointment. A job we thought was untouchable comes to a sudden end. The college does not accept us, or is more than our family can afford. We realize that a person we thought was a friend was really just using us. A relationship comes to an end, a marriage, a deep relationship of love, or a friendship we have valued over the years. Perhaps life is not turning out the way we expected. Blessed Mother Theresa once said, “If you want to give God a big smile, tell Him your plans.” It is easy to be disappointed in the world, in our lives, and particularly in ourselves. We have a choice, though. We can wallow in our grief, or we can take a huge step of faith and just ask God to make sense out of what appears to be nonsense.  We let Him take control. And He does.

My brother, my sister, life is too difficult to handle alone. We need help. All of us. He doesn’t want us to be in grief. He wants to heal us with His Love. We have Him. We need to trust in Him. Through it all God will take control.

When we are convinced that we can't handle things by ourselves and call upon God for help, we are at our strongest. Now we appreciate our need for Him in our lives. When we put all in His hands and act according to our consciences, even though this may be difficult and painful, then in our weakness we are strong.

God is in control. We have to tell ourselves that over and over.  If only we would allow him to be our strength, then nothing can defeat us. Not even the worse cross we could imagine can destroy his love in our lives. Today we pray that we might trust in God to be strength in our weakness ■


[1] Sunday 18th March, 2012, Fourth Sunday of Lent. Readings: 2 Chronicles 36:14-16, 19-23. Let my tongue be silenced, if I ever forget you! Ps 136(137). Ephesians 2:4-10. John 3:14-21 [St Cyril of Jerusalem].


(Jesús)
Agua del pozo quisiera,
que tengo en el alma sed;
si quieres, tú pues darme;
dame, mujer, de beber.
Honda está el agua, tan honda
que apenas se puede ver;
del agua fresca que mana,
dame, mujer, de beber.

(La Samaritana)
Tus ojos son como un pozo,
en ellos yo naufragué;
eres Profeta, conoces
la vida de esta mujer.
De tus labios agua viva
he venido a recoger;
yo soy la Samaritana,
yo te pido de beber.

(La Iglesia)
Yo soy la Iglesia sedienta;
vengo, cansados los pies,
y el corazón abrasado,
porque me quema la fe.
Tengo sed. Dame tu rostro,
que vea a Dios tal cual es;
dame el don que eres tú mismo,
tu amor y tu padecer.

Te adoramos, Verbo fuente,
que buscas saciar tu sed;
eres corriente que viene
desde el jardín del Edén.
eres corriente que vuelve
al Padre que da el nacer;
¡seas bendito por siempre,
oh Fuente de todo bien! Amén

RUFINO MARÍA GRÁNDEZ (letra),
FIDEL AIZPURÚA (música), capuchinos.
Himnario de las Horas.

III Domingo de Cuaresma (B)


Los mercaderes en el templo son más numerosos de lo que ordinariamente se piensa. Y la operación limpieza tendrá éxito cuando no sólo quede eliminado el ruido del dinero junto al altar, sino cuando corrijamos ciertas actitudes. Es preciso decirlo bien claro: en la Iglesia no se permite hacer ningún comercio, y si se hace –del tipo que sea- no estamos actuando bien, ni siquiera el comercio o el negocio de la salvación. Me explico. Hay personas que se acercan la Iglesia con el único fin de arreglar los asuntos de su salvación. Una compraventa en el sentido más pleno del término; personas que se dirige a Dios con un “oye, tú me das un rincón del cielo y yo te lo pago con la misa del Domingo, y asunto arreglado”. Una mentalidad de este calibre ¿no merece la actitud enérgica del Señor?

Hay más, muchas más formas de mercadeo, a saber: recurrir a Dios sólo cuando estamos con el agua al cuello y nos urge su intervención para sacarnos del apuro. Quizás hemos pisoteado impunemente durante largo tiempo las exigencias de nuestra fe, cuando todo iba bien. Luego, a la primera señal de peligro, hacemos sonar la sirena de alarma. Y ¡ay si Dios no acude pronto! En una palabra: Dios a nuestra disposición y no nosotros a disposición de Dios. Y esto es un cristianismo falso. Un cristianismo de bandidos.

El asunto es mucho más evidente en relación a los santos. Para simplificar las cosas, incluso hemos llegado a distribuirles la tarea y a especializarlos en determinados asuntos: tenemos una larga lista de santos de socorro de urgencia, encargado cada uno de un sector particular, y sabemos en cada caso a quién hemos de echar un telefonazo. Naturalmente les pagamos las molestias; no es que queramos gratis sus favores: una vela encendida, una novena, un hábito. Los santos, que deberían realizar la tarea de constituir un perpetuo remordimiento y un ejemplo para nosotros, han quedado domesticados y utilizados para nuestro servicio. También ellos quedan a nuestra disposición.

La operación limpieza del templo sólo se completará cuando logremos desarraigar esa mentalidad mercantil, esa concepción utilitarista de la fe que nos hace roñosos y mezquinos, que nos transforma en comerciantes a la sombra del templo.

El Señor quiso limpiar el templo. Y al final de la operación, su rostro tenía que expresar la misma satisfacción que un ama de casa, cuando al cabo de una jornada deja la escoba junto a un imponente montón de basura. Desde luego las consecuencias resultan molestas para nosotros. Hoy debemos aprender que los enemigos del cristianismo no han de buscarse fuera, sino dentro del recinto sagrado. Y entre ellos podemos estar nosotros.

Somos muy hábiles para descubrir a los enemigos externos de nuestra religión, los hemos descubierto y los hemos catalogado, echándoles encima todas las culpas y declarándoles la guerra, y con esto hemos cometido un error formidable pues hemos reducido nuestro ser-cristianos a un ser anti-enemigos externos, sin embargo no nos damos cuenta de que lo esencial, lo urgente es ser anti-nosotros-mismos.

Vamos diciéndolo de una vez y para siempre: el peligro para la Iglesia no viene de fuera; viene de dentro, viene de nosotros mismos.  Los enemigos externos le hacen, en el fondo un estupendo servicio: la obligan a ser vigilante, aumentan su fuerza de cohesión, la robustecen.

Al mismo tiempo es bueno que seamos serios y humildes. No vayamos por la vida como fariseos que alardean de justos y desprecian a "esos malditos comerciantes". No hay nadie que, en su acercamiento a Dios, vaya como espíritu puro. Dios lo sabe y cuenta con ello, ¿Dónde encontró Dios a Abraham, o al Rey David? ¿Dónde encontró Jesús a los doce? En el comercio religioso: Abraham buscaba un hijo y una tierra y David un Reino: Dios fue purificándolos a través de su historia hasta hacerlos creyentes. Los doce buscaban primeros puestos en el Reino por ellos imaginado, y Jesús fue haciéndolos Apóstoles.

Purificar intenciones, vigilar motivaciones, corregir pretensiones... esto es lo que debemos hacer constantemente, conscientes de que Dios mismo ayuda y que sólo el encuentro con Jesús crucificado y resucitado lleva al conocimiento y adoración del Dios Padre.

No pongamos la confianza en señales o seguridades lejanas a Dios. La Cruz de Jesús aparece como contraria a todas esas pretensiones: fracaso en lugar de manifestación gloriosa, y necedad en vez de sabiduría.

Para quien se abre a la fe, la Cruz se convierte en la gran señal, en la sabiduría divina al alcance de los más pobres. La Cruz destruye el templo donde es adorado el yo, y descubre el poder resucitador de Jesús, Mesías y Redentor ■

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris