Llega el Reino de Dios en ese rostro
que es imagen impalpable de la Esencia,
y de la ruta humana fatigosa
el remate feliz, la paz perfecta.

Viene la Parusía cuando brillas
y el más allá se alcanza en tu presencia,
que al tiempo eres origen y principio,
Dios de Dios, Luz de Luz, Alfa y Omega.

¡Qué bien aquí, eternamente aquí,
contigo que eres Dios y tienes tienda
que hemos de hacer nosotros para ti,
aquí para gozar tu gloria eterna!

¡Oh Luz anunciadora del secreto,
oh Viviente inmortal que te revelas,
oh deseado cuerpo de mi Dios!,
Pedro, Santiago y Juan de ti destellan.

A nadie lo digáis hasta el momento,
dejad que el Hijo como siervo muera,
y aguardad que ya llega, ya ha estallado
la gloria que desea quien espera.

Jesús transfigurado y verdadero,
saciado de dolor y de belleza,
¡te bendecimos, santo, santo, santo,
y te cantamos, Dios de nuestra tierra! Amén
P. Rufino María Grández, ofmcap,  6 marzo 1982

II Domingo de Cuaresma (B)


El drama del Monte Moria no terminó sin víctima[1], apareció allí un carnero, como si del mismo cielo hubiera bajado, y entonces fue ofrecido en lugar del hijo.
La imagen es sencilla, Orígenes[2] lo explica espléndidamente en una de sus homilías: lo de Abrahán e Isaac es sólo una sombra. El verdadero Abrahán que no perdonó a su único Hijo es Dios Padre. El verdadero Isaac, obediente y ofrecido sobre la leña o el madero, es Jesús. O mejor: Jesús es el verdadero cordero que había de ser inmolado en vez de Isaac y de todos los hijos de los hombres. Jesús es quien había de ahorrar a Isaac y a todos los hijos de los hombres cualquier tipo de condenas y de esfuerzos sangrientos, librándoles incluso del amargor de la muerte: ¿Dónde está muerte tu victoria, dónde tu aguijón?[3]

Misterio del amor de Dios. ¿Quién puede medir lo que es inmenso? Y qué podemos decir, qué podemos hacer sino cantar las misericordias del Señor y ofrecer sacrificios de alabanza, como nos invita el salmo de éste domingo de cuaresma –el segundo- un día que bien podríamos bien llamarle el domingo de los montes: el Tabor y el Calvario. Ambos están cerca. Son, digamos, como dos vertientes de la misma montaña. La cruz y la gloria son una misma realidad. En el Tabor se hablaba de lo que el Hijo había de padecer, y en el Calvario el Hijo alcanzaba la gloria más grande. En el Tabor Jesús se transfiguraba por un momento delante de tres de sus discípulos. En el Calvario Jesús se transfiguraba definitivamente y delante de todo el pueblo. En el fondo Tabor y Calvario son dos momentos del mismo y único misterio pascual[4].

Vente siglos después, para nosotros cristianos, las batallas en lo alto del monte se siguen librando, la gran pregunta de éste domingo es si no tenemos algún hijo primogénito que ofrecer, algún hijo único que nos pida el Señor. El sacrificio es sin duda alguna la condición para llegar a ser transfigurados.

Entiéndaseme bien. Con hijo primogénito me refiero a nuestra mayor ilusión, aquello de lo que no queremos separarnos, fruto quizá de muchos trabajos y grandes sacrificios ¿el ídolo secreto del corazón? ¡Tantos y tan distintos hijos idolatrados! El capricho por una cosa, la pasión por algo, la veneración por un ídolo, el apego a una persona, la actitud fanática y cerril hacia ¡ay! las cosas de Dios.

Y entonces puede Dios intervenir y pedirnos el sacrificio de ese hijo: ¿La salud? ¿La propia reputación? ¿Un amigo quizá? ¿La paz del espíritu? Es en éstos momentos difíciles y llenos de obscuridad cuando hemos de poner los ojos en Abraham y en Jesús. En ambos. Y ofrecer las cosas sin abrir la boca. Habremos de dirigir con decisión el cuchillo hacia la víctima que se nos pida en sacrificio, e inmolar el hijo único, o el primogénito…si el deseo es, claro, llegar a plenitud y ser padre de hijos incontables. A lo lejos entonces, en el horizonte, aparecerá entonces el Tabor con la luz de Jesucristo transfigurado[5]


[1] El monte Moria está delante del monte Sion. Ambos formaron la explanada del Templo de Jerusalén, convenientemente aplanado el collado que había entre ambos. En una de las laderas del monte Moria está también el Calvario (Gólgota), donde los Evangelios sitúan la crucifixión y muerte de Jesucristo.
[2] Hijo de San Leónides (forma jónica, no la dórica "Leónidas"), nació en Alejandría, y fue discípulo de Clemente de Alejandría y de Ammonio Saccas. Orígenes enseñó el cristianismo a paganos y cristianos. Viajó a Palestina en el año 216, tras ser invitado a enseñar sobre las escrituras pues se caracterizaba por su gran erudición, llegando a ser un gran exégeta. Nombrado profesor de catecúmenos y director de la escuela teológica de Alejandría, disfrutó de un periodo de creatividad hasta su enfrentamiento con el obispo local, Demetrio, que le llevó a exiliarse a Cesarea de Palestina. La causa, según lo sabemos por Eusebio y Focio, de este enfrentamiento fue la ordenación sacerdotal que Orígenes recibió en Cesarea, sin conocimiento de Demetrio, por parte de Teoctisto de Cesarea y Alejandro de Jerusalén. En el año 248 escribió su célebre Contra Celso.
[3]Cfr  1 Cor 15, 55.
[4] Poco importa que el Tabor sea anticipo de la Pascua o lectura post-pascual, la transfiguración es una y espléndida, vista en dos tiempos. Tensión o conjunción de los dos montes significativos: eso es la Pascua
[5] En el universo de J. R. R. Tolkien, el célebre autor de El Señor de los Anillos, Moria eran las más grandes minas construidas por los Enanos, también conocidas como Khazad-dûm, o la Mina del Enano.
Fue fundada por Durin I el Inmortal en los albores de la Primera Edad en las cuevas que daban a Azanulbizar. Se encontraban en el centro de las Montañas Nubladas, bajo los picos Caradhras, Monte Nuboso y Cuerno de Plata. Estuvo bastante apartada de los demás reinos enanos durante la Primera Edad, pero como consecuencia de la ruina de Belegost y Nogrod tras la Guerra de la Cólera, muchos enanos emigraron a Moria, haciendo de ésta la mayor ciudad enana. Fue una gran Mina que durante muchas Edades produjo inmensas riquezas, símbolo del poderío enano en la Tierra Media, pero también causa de muchas desdichas y pesares. Es precisamente en éstas minas que los protagonistas han de atravesar para continuar su arduo camino.

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Nada más elocuente que el Silencio... Pero, ¿dónde está? ¿Cómo hacer cuando los ruidos parecen cubrirlo? Todo es cuestión de ejercicio y de práctica. Ahora bien, prestemos atención a cualquier espejo del alma... ¿música sublime? ¿Pintura, poesía, paisaje? Aceptemos que todo lo que nos conmueve es imagen de algo mucho más hondo... Y quitemos de nuestro horizonte cualquier determinación o condicionamiento. Tomemos conciencia de que somos llamados desde nuestro interior, indefinible e inexpresable... Que en nuestro Fondo hay silencio (el verdadero) y que es allí donde siempre deseamos volver. Allí hay sentido, todo el sentido, porque es templo viviente para Dios. Vivamos la Presencia... Sin definiciones. Con entera confianza y simplicidad http://flordelyermo.blogspot.com/

VISUAL THEOLOGY


Báculo de Mondoñedo, Limoges, primer cuarto de siglo XIII Cobre repujado, calado, cincelado y dorado, con aplicación de esmalte champlevé y perlas de vidrio Catedral de Mondoñedo (Lugo) Museu Nacional d'Art de Catalunya El báculo pastoral es un cayado que llevan los obispos como signo de su función pastoral y que se le entrega en su consagración El báculo pastoral viene usándose como distintivo del oficio de los obispos desde siglo VII, por lo menos, en España, como consta por testimonios de San Isidoro; pero es creíble que ya desde el siglo IV lo llevaran algunos obispos con dicho significado, según lo manifiesta algún texto de escritores de la época. Su material de fabricación ha sido la madera, el marfil, el hierro, el bronce, la plata y el oro y con frecuencia se hallan ejemplares adornados con los más exquisitos detalles del arte, conservándose algunos desde el siglo XI y muy preciosos desde el XIII. Constan por lo común de dos partes distintas y separables, que a menudo son de material diferente una de la otra 

Second Sunday of Lent (B)


When the famous and great painter Leonardo da Vinci was painting his masterpiece The Last Supper, he selected a gentle and kind young man named Pietro Bandinelli to sit for the character of Jesus. Over twenty-five years passed before da Vinci would finish his painting. One by one he chose models to portray the disciples. The last character to be painted was that of Judas Iscariot. As da Vinci searched the streets of Rome he came across a man whose shoulders were far bent towards the ground. He had an expression of cold, hardened evil. The man seemed to perfectly match the artist's conception of Judas. When they returned to the studio, this man, who had abandoned himself to every vice, began to look around as if he was recalling incidents of years gone by. Finally, he turned and looked half-sad and said to da Vinci, "Master, I was in this studio twenty-five years ago. At that time I sat for the figure of Jesus."  This man was Pietro Bandinelli[1].

I wonder how different we are now from what we were ten or twenty or thirty years ago. I wonder in that journey we take from our youth through the process of aging how much of the darkness of the world has overwhelmed our lives and hearts. How many have struggled with drinking too much, eating too much or spending too much? How many have become bitter and overly critical because they have been cynical in life and in love; cheated, as it were, from what they thought their life would or should be? How many feel so exhausted that life has become nothing more than a hopeless carousel that never stops? How many have experienced disappointment because their lives are far less than they might have hoped, and love feels far more distant than they might have ever guessed? How many hearts are filled with anger and resentment because of the ill health, or even the death, of someone they love so very much? All of these experiences, as well as those we cherish, have become our homeland. They are the place in which we dwell. And, this season of Lent God calls us to leave this land in which we dwell, this land of habit and attitudes, or anger and frustration, or of hopelessness and fear. God calls us to be like Abraham, God calls us to faith.

When we hear the word faith, we usually understand it to mean a set of beliefs, or dogmas, or laws that we need to follow. Well, it is not. Faith is an experience that affects the essence of who we are. It overwhelms us as it overwhelmed the disciples of Jesus on the mountaintop. Faith causes us to view the world differently; to realize that the world does not belong to me, or even to us. It causes us to see that life is not given to me for my pleasure and gain, or because I have earned or deserve it. It is given to me so that I can find joy in serving others.

God calls each of us to leave behind the bitterness and the disappointment that we feel, the anger and the refusal to forgive, in order to be transfigured, transformed, by the love of God whose care for us is without limit.

Faith is not always easy. Faith is a matter of trust and not of mathematical surety. Faith is a risk. Faith is a matter of the heart. Perhaps then we need to remember the words of the fox in the book, The Little Prince, who teaches the boy that it is only with the heart that one can see rightly. What is essential is invisible to the eye[2].

In this season of Lent it is our hearts that are called to learn once again of God's love for each of us, for all of us. It is God's love –amazing grace - that calls us to move forward into a land that God promises will be filled with all good things.

The voices of the familiar -of what we are leaving- will be strong and powerful. It is only by keeping the promise, Jesus, before our eyes and in our hearts that we will find the strength to venture forth on a journey of faith ■


[1] The Last Supper (Italian: Il Cenacolo) is an original mural by Leonardo da Vinci executed between 1495 and 1497. It is on the wall on which was painted originally, in the refectory of the Dominican convent of Santa Maria delle Grazie in Milan (Italy). The painting was created for his patron, Duke Ludovico Sforza of Milan. Not a traditional fresco, but a mural executed in tempera and oil on two layers of plaster preparation stretched over plaster. It measures 460 cm. high by 880 cm. wide. Many experts and art historians consider the Last Supper as one of the best paintings in the world
[2] Chapter 21. The Little Prince (French: 'Le Petit Prince'), first published in 1943, is a novella and the most famous work of the French aristocrat writer, poet and pioneering aviator Antoine de Saint-Exupéry (1900–1944). 

Tu intimidad es palabra,
hecha silencio y ternura,
es la ciencia sin saberes,
porque es tu presencia pura.

Déjame, mi Dios, sentirte
sin razones ni ataduras,
déjame, mi Dios, saberte
derramado en mi espesura.

Déjame, mi Dios, perderme,
en tu pecho, que es mi cuna,
que es descanso de mis sienes,
cabezal de suaves plumas.

Eucaristía dulcísima
vida de Dios que susurra,
aquí detengo mi aliento,
callo, que estoy a la escucha.

No soy pagano, soy hijo,
por divina gracia tuya,
no necesito palabras
para decirte mis cuitas.

Me basta volver mis ojos
a tu mirada profunda,
me basta llamarte “Padre”
y quitar toda pregunta.

Creo en tu vida, mi Dios,
que viertes en quien comulga,
eres mío, porque quieres
que mi alma a ti se una.

Heme aquí, uno los dos,
vida una, muerte una,
Jesús de toda piedad
y de infinita hermosura.
Amén  
EL CAMINO CUARESMAL.   
P. Rufino María Grández, ofmcap.

I Domingo de Cuaresma (B)


Lo mejor de la noche es la esperanza del amanecer; aún así la noche es necesaria la noche, sin ella, la luz del nuevo día no tendría ese sabor a victoria. Sería como un vaso de agua sin sed; o como un descanso que no ha sido preparado, deseado largamente desde la fatiga.

El diluvio fue una larga noche -¿noche, o muerte?- noche, en realidad, porque una débil esperanza –el arca- se negaba a morir. Al final de aquella noche, el arco iris fue, para aquella familia que se salvó, como un amanecer de victoria, como una señal de alianza con su Dios.

El pecado es noche también. Y el bautismo, para Pedro, es como el arca; una señal de que esa noche tendrá también su amanecer. ¿Quién lo garantiza? Cristo, pasando de la noche de su muerte al alba de su resurrección: «Como Cristo era hombre, lo mataron; pero como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida».

El desierto era, para el pueblo judío, como otro nombre de la noche. Lugar de paso hacia una tierra que un día sería su tierra, pero que aún quedaba lejos. Lugar de purificación y de esperanza. Buen lugar para las grandes batallas y para los grandes encuentros. Por eso Jesús, que quería entrar hasta el fondo de nuestra noche, quiso vivir esa experiencia, y así el Espíritu empujó a Jesús al desierto.

Y en el desierto entró como un hombre más; en pie de igualdad. Y en él empezó a librar su gran batalla. A solas con su limitación y con su miedo; cercado por una naturaleza que se le encrespaba –estaba con los animales- sin seguridades en que apoyarse –mientas era tentado por Satanás- desgastado por el hambre y por la sed. Una batalla que no será vencida de una vez para siempre, sino que habrá que continuar ganando cada día, palmo a palmo, cada vez más dura y más dramática, hasta el acoso de Getsemaní, hasta el fracaso de la cruz.

Con la Cuaresma entramos, nosotros también, en el desierto. En él –sed y silencio- nos vamos preparando para saborear un día el agua viva de la Pascua[1]. En Él, en Jesús, nos vamos convenciendo de la inutilidad de tantas cosas que antes creímos necesarias, de lo débiles que eran nuestros puntos de apoyo. En Él, al damos cuenta de nuestra radical pobreza, podremos acabar descubriendo que Dios es nuestra única esperanza[2].

Entremos sin miedo en ese desierto. Dispuestos a aguantar la sed y el hambre. Dejando pesos inútiles que nos impedirían caminar: comodidades que nos acaban enmoheciendo la disponibilidad, consumismo que pone en peligro toda nuestra escala de valores, seguridades que nos tientan a que apartemos los ojos del que es nuestra única seguridad: el Señor.

Entremos en la Cuaresma sin miedo al silencio. Sin miedo a vernos como somos cuando el sol, implacable, acabe derritiendo nuestros complicados maquillajes.

La penitencia, el cambio, descubren el evangelio: en ellos habita la gracia, el reino de Dios. Y allí, en la conversión, hay que encontrarlo. El que reflexiona sobre esto, advierte cuán actual es; cómo nos interpela y nos conduce a la acción y a la oración. Con toda naturalidad, este evangelio nos conduce de la palabra de Dios a nosotros a nuestra oración a él, la cual, por supuesto, también nos exige y nos lleva al camino.

Surge la oración, la súplica de que aprendamos a dejarnos conducir por el Espíritu y no a servir únicamente a nuestro propio provecho. Y de que entendamos el secreto del desierto. Y asimismo de que podamos percibir en la prueba, a través de las fieras también el vuelo de los ángeles. Pedimos asimismo que la palabra de Dios se extienda también hoy y que permanezca en nosotros la seguridad de su victoria. Y, al mismo tiempo, que seamos también nosotros los testigos de la palabra. Que aprendamos a convertirnos. Y que así descubramos el evangelio, la proximidad del reino, llenos de alegría fundada en la fe[3]



[1] Cfr Jn 7, 37.
[2] J. Guillén García, Al Hilo de la Palabra, Comentario a las lecturas de domingos y fiestas, ciclo B, Granada 1993, p. 38 ss.
[3] J. Ratzinger, El Rostro de Dios, Ed. Sígueme, Salamanca 1983, p. 78ss.

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The real purpose of meditation is this: to teach man how to work himself free of created things and temporal concerns, in which he finds only confusion and sorrow, and enter into a conscious and loving contact with God ■ T. Merthon, New Seeds of Contemplation, New York: New Directions Books: 217

VISUAL THEOLOGY


Christianity has a long and venerable history in Ethiopia. The first community of Christians had just been established in Jerusalem, when, according to Acts 8:26-40, the Apostle Philip was sent to witness to “a eunuch of Great authority under Candace queen of the Ethiopians.” In the 4th Century, Christianity was proclaimed the official faith of the Ethiopian Aksumite Kingdom. It became the first nation in the world to use the image of the cross on its coinage. Elements from Judaism were incorporated into Ethiopian religion in the 13th century, when a new dynasty sought to legitimize its hold on power by claiming lineage from the Hebrew King David through a son of King Solomon and the Queen of Sheba, named Menelik, who was said to have brought the Ark of the Covenant to Ethiopia. This fusion of Old and New Testament traditions, mixed with elements of Egyptian Coptic, Byzantine, Armenian, Nubian, and European sacred art, has produced a style of iconography unique in Christendom ■

First Sunday of Lent (B)


Just as Spring training prepares the major league player for the challenges of the year, Lent, the spring renewal of our Christianity, prepares us for the challenges of our spiritual lives. It is with delightful simplicity that the Gospel of Mark presents the testing of the Lord in just two verses. The Spirit sends Jesus to the desert for forty days. Jesus is put to the test.  He's with wild beasts. Angels minister to him. We don't find the three temptations of changing a rock to bread, or jumping off the parapet of the Temple safely, or receiving all the power of the world, which we come upon in Matthew and Luke. The precise temptations were not important to Mark. For Mark the only thing that matters is that the Lord was strengthened by this test and then was ready to proclaim his Father's Kingdom.

Usually when we think of temptations we take a negative focus and consider our failures or how close we come to falling; however there is another way to consider temptations, a positive way. That's Mark's focus. Temptations can also be seen as a test that if successfully overcome, can strengthen someone to put up a better fight for the Lord.

As we begin Lent and relate the forty days the Lord spent in the desert to the forty days of Lent, we also can relate tests that we have had or may still have in our lives. Perhaps some of us can say that we were strengthened by a successful fight against temptation. Now, we shouldn't go around looking for temptation, that would be putting ourselves in the occasion of sin, but if we ever are tempted, we are ready. We have beaten it off before and we can beat it off again. Spiritually, we are ready for the high hard one. We need to have confidence in ourselves, and more important, confidence in the Lord who is preparing us to do battle for Him.

We're ready, but we are not ready just because we say so. We are ready because we have been given the power to withstand all assaults on our spiritual lives.

In the Gospel of Mark Jesus is presented after the devil left as being with the wild beasts as the angel's ministered to him[1]. Maybe Mark is addressing his gospel to the Christians at Rome who had already experienced the martyrdoms of Peter and Paul and the persecution of Nero, and is saying to them, “even among these beasts of Romans, God is protecting you.”

What the Lord is telling us is that in the face of forces wishing to destroy our spiritual lives, there is an infinitely stronger force who will protect us. Leopards, wild boars, bears roamed the desert where the Lord was praying but they couldn't hurt him. The angels ministered to him. Materialism, hedonism, and religious indifference roam the places where we live and are tested, but no forces can destroy our spiritual lives. The Power of Christ and his sacraments are with us. The Holy Spirit who was with Jesus in the wilderness is with us. Nothing can take the spiritual from us. We can only give it away by giving up and giving in.

This is the sign that I am giving for all ages to come, of the covenant between me and you and every living creature with you: I set my bow in the clouds to serve as a sign of the covenant between me and the earth. The main lesson of the flood was not a lesson of God's wrath, but a lesson of his covenant, his care and his love.  He would never give up on his people.  He would never give up on any of us.

We can allow the events of our lives to strengthen us in our faith life.  We can –we must- do this because God is with us, joining us in the fight against the forces that would otherwise destroy us.

Spring training is going full force. Our spring training began last Wednesday, Ash Wednesday. Today on this First Sunday of Lent we ask God to give us the determination to find the ways that we can summon His presence in the face of the challenges to our Christianity ■


[1] Perhaps there is a reflection here of Psalm 91:11-13: For God commands the angels to guard you in all your ways. With their hands they shall support you, lest you strike your foot against a stone. You shall tread upon the asp and the viper; trample the lion and the dragon.

CUARESMA 2012


Como busca la cierva
corrientes de agua,
así mi alma te busca
a ti, Dios mío;
tiene sed de Dios,
del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver
el rostro de Dios?

Las lágrimas son mi pan
noche y día,
mientras todo el día me repiten:
«¿Dónde está tu Dios?»

Recuerdo otros tiempos,
y desahogo mi alma conmigo:
cómo marchaba a la cabeza del grupo,
hacia la casa de Dios,
entre cantos de júbilo y alabanza,
en el bullicio de la fiesta.

¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío».

Cuando mi alma se acongoja,
te recuerdo
desde el Jordán y el Hermón
y el Monte Menor.

Una sima grita a otra sima
con voz de cascadas:
tus torrentes y tus olas
me han arrollado.

De día el Señor
me hará misericordia,
de noche cantaré la alabanza
del Dios de mi vida.

Diré a Dios: «Roca mía,
¿por qué me olvidas?
¿Por qué voy andando, sombrío,
hostigado por mi enemigo?»

Se me rompen los huesos
por las burlas del adversario;
todo el día me preguntan:
«¿Dónde está tu Dios?»

¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío» ■ Salmo 41

MIERCOLES DE CENIZA 2012


En los siglos VIII y IX la imposición de la ceniza se unía, en el contexto litúrgico, a la penitencia pública. Aquel día se expulsaba a los penitentes de la iglesia. Y este gesto repetía, de alguna manera, aquél otro de Dios arrojando a Adán y Eva, pecadores, del paraíso... En esta perspectiva se colocan las palabras del Génesis que se refieren precisamente a este episodio: Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella te sacaron; pues eres polvo y al polvo volverás... Y el Señor Dios lo expulsó del jardín del Edén, para que labrase el suelo de donde lo había sacado[1].

Sólo más tarde la imposición de la ceniza tomó un simbolismo distinto: el de la fragilidad y brevedad de la vida. El recuerdo de la muerte. La referencia a la tumba.

Con la imposición de la ceniza la liturgia nos recuerda a el hombre-polvo, el hombre que se ha alejado de Dios, que ha rehusado el diálogo, que ha sido echado de su casa, que ha rechazado el dinamismo del amor para caminar siguiendo una trayectoria de desilusión y de muerte. El hombre-polvo es el hombre que se opone a Dios, da la espalda a su propio ser y se condena a la nada. Pero en este dramático itinerario de alejamiento y visitación, existe la posibilidad del retorno. Retorno al origen. En lugar de precipitarse hacia la tumba, es posible cambiar de dirección, por eso la invitación –que no es nunca a fuerzas- a la conversión, a volver a la fuente, de ahí las palabras de Joel en la primera de las lecturas: Convertíos a mí de todo corazón.

* * *

Me vuelvo tierra y me confío al constructor para que me rehaga del todo. Me he equivocado. He perdido el camino de la vida. He perdido el reino. He comprometido incluso a los otros en mi pecado (todo pecado es un pecado "público" con consecuencias desastrosas para toda la comunidad eclesial). Es justo que se me ponga a la puerta.

Pero, a la vuelta de la esquina, vuelvo a condición de... polvo, de la materia de donde fui creado. Y Él se inclinará aún sobre este polvo para darle el aliento de vida. Así mi nada es tocada por la plenitud divina.

De la ceniza salta una chispa de vida. Y ahora la sutil capa de polvo ya no puede ocultar el esplendor del rostro de un hijo de Dios.

Todo, pues, comienza de nuevo. Puede ser nuevo si acepto no el fin, sino el principio. No el montoncito de ceniza de la tumba. Sino el puñado de tierra en las manos del artífice. El poco de tierra dispuesta a recibir el aliento. Y convertirse así, de nuevo, en un viviente[2].

La cita, pues, con la ceniza es fundamentalmente la cita con la vida. La ceniza me recuerda la cuna, no la tumba ■


[1] Cfr Gn 3, 19 ss.
[2] A. Pronzato, El Pan del Domingo, Ciclo C, Edit. Sígueme, Salamanca, 1985, p. 42 ss. 

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El que ama siempre encuentra tiempo para estar con la persona amada. El que no tiene tiempo para orar no ama. Los pensamientos hermosos, los sentimientos delicados o las palabras elocuentes no son de suyo oración. Esta consiste más bien en decir al Señor amado nuestro amor, nuestro sufrimiento, nuestra alegría, nuestras preocupaciones, nuestros temores... El pobre y el niño aman así y... rezan así. Esta actitud de autenticidad fue la del publicano en el templo, la de la samaritana en conversación con Jesús junto al pozo de Jacob, la del hijo pródigo en su reencuentro con el padre, la de Saulo en el camino de Damasco. Este modo de hablar con el Señor supone una gran confianza y un clima de familiaridad. De semejantes encuentros la persona sale más alegre y confiada Pedro Finkler, Orar, Capítulo 11 de Buscad al Señor con alegría. 

VISUAL THEOLOGY


La «cátedra», literalmente, quiere decir la sede fija del obispo, colocada en la iglesia madre de una diócesis, que por este motivo es llamada «catedral», y es el símbolo de la autoridad del obispo y, en particular, de su «magisterio», es decir, de la enseñanza evangélica que él, en cuanto sucesor de los apóstoles, está llamado a custodiar y transmitir a la comunidad cristiana. Cuando el obispo toma posesión de la Iglesia particular que le ha sido confiada, con la mitra y el báculo, se sienta en su cátedra. Desde esa sede guiará, como maestro y pastor, el camino de los fieles, en la fe, en la esperanza y en la caridad. 

¿Cuál fue, entonces, la «cátedra» de san Pedro? Él, escogido por Cristo como «roca» sobre la cual edificar la Iglesia (Cf. Mateo 16, 18), comenzó su ministerio en Jerusalén, después de la Ascensión del Señor y de Pentecostés. La primera «sede» de la Iglesia fue el Cenáculo, y es probable que en aquella sala, donde también María, la Madre de Jesús, rezó junto a los discípulos, se reservara un puesto especial a Simón Pedro. Sucesivamente, la sede de Pedro fue Antioquía, ciudad situada en el río Oronte, en Siria, hoy en Turquía, en aquellos tiempos la tercera ciudad del imperio romano después de Roma y de Alejandría de Egipto. De aquella ciudad, evangelizada por Bernabé y Pablo, en la que «por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de "cristianos"» (Hechos 11, 26), Pedro fue el primer obispo. De hecho, el Martirologio Romano, antes de la reforma del calendario, preveía también una celebración específica de la Cátedra de Pedro en Antioquía. Desde allí la Providencia llevó a Pedro a Roma. Por tanto, nos encontramos con el camino que va de Jerusalén, Iglesia naciente, a Antioquía, primer centro de la Iglesia, que agrupaba a paganos, y todavía unida también a la Iglesia proveniente de los judíos. Después, Pedro se dirigió a Roma, centro del Imperio, símbolo del «Orbis» –la «Urbs» que expresa el «Orbis», la tierra– donde concluyó con el martirio su carrera al servicio del Evangelio. Por este motivo, la sede de Roma, que había recibido el mayor honor, recibió también la tarea confiada por Cristo a Pedro de estar al servicio de todas las Iglesias particulares para la edificación y la unidad de todo el Pueblo de Dios. Celebrar la «cátedra» de Pedro, como hoy lo hacemos, significa, por tanto, atribuir a ésta un fuerte significado espiritual y reconocer en ella un signo privilegiado del amor de Dios, Pastor bueno y eterno, que quiere reunir a toda su Iglesia y guiarla por el camino de la salvación Benedicto XVI 

ASH WEDNESDAY 2012





Last year, the writer Mary Karr published a beautiful book where she describes her conversion to Catholicism. The book is called Lit. The title refers to literature, but also to the idea of carrying within you a kind of light, of being “lit.”[1].

This book it’s not really easy to read because its about growing up in an abusive, alcoholic home…about her early, unsatisfying marriage…about her own struggles with addiction and time she spent in a mental hospital.

At one point, she describes her father’s final illness. The family knew he was deteriorating, and they brought him home to die. He often had difficulty speaking. But repeatedly, surprisingly, he managed to communicate one simple word: “Garfield.” Well, he had an orange Garfield the cat coffee mug by his bed, and people thought he was talking about that.

But his daughter Mary realized, after a time, the real meaning and poignancy of that one word: “Garfield.” He wasn’t talking about a cartoon cat. He never even read the comic page in the paper. No, Mary realized: that word meant something else. It was the family’s address — 4901 Garfield Street. He was talking about where he lived. “Garfield,” to him, meant home. Safety. Security. Even, perhaps, love. He wanted everyone to know that was where he was, where he wanted to be, and where he belonged.

And so it is, I think, with all of us.

It’s one reason we are here, on this ordinary day, in the middle of an ordinary week, to declare our desire, our yearning, our hope. We want to return to God. We want to be home.

It turns out, that’s what God wants, too: Return to me, with your whole heart, we just hear in the first reading from Joel. We are prodigal children, who have drifted away. We need to be back where we belong, in the arms of a loving father.

And so we begin the return: Lent, the long 40-day walk back.

My brother, my sister, Lent is a penitential season, a time for silence and introspection. Ashes are just the beginning. Our music becomes simpler, our liturgies plainer. The Gloria is gone. We fast, we pray. We may give up chocolates or meat or television. But for all of this season’s sobriety, we shouldn’t lose sight of something vitally important: this is a journey we undertake with joy.

Part of that is because we are seeking to draw closer to God – the source and summit of our happiness. But part of it, I think, is something else, too.  Something that goes to our roots as Catholic Christians.

It’s right there, in our baptism. When we were baptized, our parents and godparents received a tiny flame, a burning candle, with the words, “Receive the light of Christ.” Well, that light still burns. Maybe it’s dimmed. Maybe it is only a small ember now. Maybe it’s had to struggle against wind and cold. Maybe we’ve ignored it, or forgotten it.

But the light is there.

So yes, this day is about ashes.

But Lent? Lent is about that fire.

Over the next 40 days, let’s ask ourselves: how can we fan the flame, and make it grow? How can we turn a flicker into a blaze?

Or to borrow the title of Mary Karr’s book: how can we affirm to the world that we are lit?

In a few moments, ashes – the remnant of a flame — will be placed on your forehead. And the great work of these 40 days will begin. Work of conversion and repentance. The work of praying more faithfully, loving more deeply.

And when you go into the world today, those ashes will speak about belief, about commitment, and even about hope. People will pass you on the street; see you at the office, and sit beside you on the crew room. They’ll notice something different. Most of them may only see the ashes.

But strive for something else. Strive to let them see the flame.

Strive to bring them the light of Christ.

Because these 40 days are about much more than ashes. They are about that light — and about rediscovering something we may have too easily forgotten.

In spite of sin and indifference, in spite of living in a world crowded by cynicism and doubt, we are still what our baptism proclaimed us to be. We are “children of the light.”

And the candle still burns ■


[1] Wednesday 22nd February, 2012, Ash Wednesday. DAY OF FAST AND ABSTINENCE. Readings: Joel 2:1218. Be5merciful, O Lord, for we have sinned—Ps 50(51):3-6, 12-14, 17. 2 Corinthians 5:20 – 6:2. Matthew 6:1-6, 16-18 [Chair of St Peter, Apostle].

Sin arrimo y con arrimo.
sin luz y a oscuras viviendo,
todo me voy consumiendo.

Mi alma está desasida
de toda cosa criada,
y sobre sí levantada,
y en una sabrosa vida
sólo en su Dios arrimada.
Por eso ya se dirá
la cosa que más estimo,
que mi alma se ve ya
sin arrimo y con arrimo.

Y, aunque tinieblas padezco
en esta vida mortal,
no es tan crecido mi mal,
porque, si de luz carezco,
tengo vida celestial;
porque el amor da tal vida,
cuando más ciego va siendo,
que tiene al alma rendida,
sin luz y a oscuras viviendo.

Hace tal obra el amor
después que le conocí,
que, si hay bien o mal en mí,
todo lo hace de un sabor,
y al alma transforma en sí;
y así, en su llama sabrosa,
la cual en mí estoy sintiendo,
apriesa, sin quedar cosa,
todo me voy consumiendo 
San Juan de la Cruz

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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