Santa María,
Santa Virgen de las Vírgenes,
Madre de Cristo,
Madre de la Iglesia,
Madre de la divina gracia,
Madre purísima,
Madre castísima,
Madre siempre virgen,
Madre inmaculada,
Madre amable,
Madre admirable,
Madre del buen consejo,
Madre del Creador,
Madre del Salvador,
Madre de misericordia,
Virgen prudentísima,
Virgen digna de veneración,
Virgen digna de alabanza,
Virgen poderosa,
Virgen clemente,
Virgen fiel,
Espejo de justicia,
Trono de la sabiduría,
Causa de nuestra alegría,
Vaso espiritual,
Vaso digno de honor,
Vaso de insigne devoción,
Rosa mística,
Torre de David,
Torre de marfil,
Casa de oro,
Arca de la Alianza,
Puerta del cielo,
Estrella de la mañana,
Salud de los enfermos,
Refugio de los pecadores,
Consoladora de los afligidos,
Auxilio de los cristianos,
Reina de los Ángeles,
Reina de los Patriarcas,
Reina de los Profetas,
Reina de los Apóstoles,
Reina de los Mártires,
Reina de los Confesores,
Reina de las Vírgenes,
Reina de todos los Santos,
Reina concebida sin pecado original,
Reina asunta a los Cielos,
Reina del Santísimo Rosario,
Reina de la familia,
Reina de la paz 

El Angelus. Esta plegaria nos recuerda siempre el comienzo histórico de nuestra salvación. El arcángel Gabriel presenta a la Virgen María el plan de la salvación de Dios, según el cual Ella se convertiría en la Madre del Redentor. María se turbó ante estas palabras, pero el Ángel del Señor la consoló diciendo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios”.  De esta forma, María pronuncia su gran “sí”. Este “sí” a ser sierva del Señor es la afirmación confiada al designio de Dios y a nuestra salvación. Y, finalmente, María nos dice este “sí” a todos nosotros, que bajo la cruz fuimos confiados como hijos suyos (cf. Jn 19, 27). Nunca pone en duda esta promesa. Por eso se le llama feliz, más aún, bienaventurada porque creyó en el cumplimiento de lo que le había dicho el Señor (cf. Lc 1, 45). Recitando ahora este saludo del Angelus, podemos unirnos a este “sí” de María y adherirnos con confianza a la belleza del plan de Dios y de la providencia que Él, en su gracia, nos ha preparado. Entonces, el amor de Dios se hará carne, por decirlo así, también en nuestra vida, tomará cada vez más forma. En medio de todas nuestras preocupaciones, no debemos tener miedo. Dios es bueno ■ Benedicto XVI, Aeropuerto turístico de Friburgo de Brisgovia, Domingo 25 de septiembre de 2011.

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Tanto la canción de la viña del libro de Isaías como la parábola del evangelio nos presentan éste domingo un fiel retrato de nuestra vida, de nuestras relaciones con Dios y con la realidad que nos rodea. Y tanto los profetas –en este caso Isaías- como el mismo Señor usan el mismo procedimiento narrativo para llevarnos a un serio examen de conciencia para descubrir cuál es nuestra verdadera situación y qué valoración hemos de hacer de ella.

Si leemos atentamente la canción de la viña, si oímos seriamente la parábola de hoy, descubrimos que se trata de nosotros mismos, de nuestra propia historia consistente en haber recibido de Dios una serie de posibilidades que no hemos sabido aprovechar. Con un lenguaje poético y sugestivo vamos siendo captados insensiblemente y se presentan a nuestra imaginación todas las circunstancias de nuestra vida vistas desde Dios, desde la realidad, desde la verdad.

Seamos honestos: si estamos leyendo esto (y antes: escribiendo esto) es porque hemos recibido mucho; hemos sido cuidados amorosamente por Dios: hemos recibido talentos y posibilidades y lógicamente se nos ha pedido, a cambio, una respuesta que no es otra cosa que el usar bien esas posibilidades. Nuestra respuesta ha sido deficiente, desagradecida, y algunas veces rebelde.

Estamos muy necesitados de captar con el corazón que todo lo debemos a Dios. No somos ni independientes ni autónomos. Gratis lo hemos recibido todo y hemos de responder con acción y fidelidad, con gratitud. Solamente llevados por la gratitud podemos emplear magnánimamente lo recibido. Cada uno de nosotros tenemos una cuestión personal con Dios que es inaplazable.

Nuestra vida, en el fondo, es un "conflicto con Dios", conflicto que se dirime y ventila en cada momento de nuestra existencia. El Papa lo decía hace pocos días de una manera bellísima:

“¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?”: Esta pregunta le penetraba [a Martin Lutero] el corazón y estaba detrás de toda su lucha interior. “¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?” No deja de sorprenderme en el corazón  que esta pregunta haya sido la fuerza motora de su camino. ¿Quién se ocupa actualmente de esta cuestión, incluso entre los cristianos? ¿Qué significa la cuestión de Dios en nuestra vida, en nuestro anuncio? La mayor parte de la gente, también de los cristianos, da hoy por descontado que, en último término, Dios no se interesa por nuestros pecados y virtudes. Él sabe, en efecto, que todos somos solamente carne. Si hoy se cree aún en un más allá y en un juicio de Dios, en la práctica, casi todos presuponemos que Dios deba ser generoso y, al final, en su misericordia, no tendrá en cuenta nuestras pequeñas faltas. La cuestión no nos preocupa más. Pero, ¿son verdaderamente tan pequeñas nuestras faltas? ¿Acaso no se destruye el mundo a causa de la corrupción de los grandes, pero también de los pequeños, que sólo piensan en su propio beneficio? ¿No se destruye a causa del poder de la droga que se nutre, por una parte, del ansia de vida y de dinero, y por otra, de la avidez de placer de quienes son adictos a ella? ¿Acaso no está amenazado por la creciente tendencia a la violencia que se enmascara a menudo con la apariencia de una religiosidad?
Si fuese más vivo en nosotros el amor de Dios, y a partir de Él, el amor por el prójimo, por las creaturas de Dios, por los hombres, ¿podrían el hambre y la pobreza devastar zonas enteras del mundo? Y las preguntas en ese sentido podrían continuar. No, el mal no es una nimiedad. No podría ser tan poderoso, si nosotros pusiéramos a Dios realmente en el centro de nuestra vida. La pregunta: ¿Cómo se sitúa Dios respecto a mí, cómo me posiciono yo ante Dios? Esta pregunta candente de Lutero debe convertirse otra vez, y ciertamente de un modo nuevo, también en una pregunta nuestra, no académica, pero concreta. Pienso que esto sea la primera cuestión que nos interpela al encontrarnos con Martín Lutero[1].
O nos consideramos herederos que han de rendir cuentas, o nos consideramos dueños de lo que nos han dado. La rebeldía está en nuestro interior. Espera cualquier oportunidad y la aprovecha con los mejores argumentos.

A la luz de esta parábola hoy es un buen momento para confrontar nuestras actitudes con respecto a Dios, a la Iglesia, a nuestra vocación.

Preguntémonos en qué medida enfocamos nuestra vida como algo dado de lo que hemos de dar cuentas o como algo nuestro de lo que podemos hacer lo que nos parezca bien sin norma y sin referencia superior.

La salida no es un cliché, ni un consejito o el asistir enfundados en nuestros mejores jeans a unas mega-misiones tres durante tres días en Semana Santa para luego aparecer en la sección de sociales de la revistucha de moda.

Sí, la Palabra de Dios es dura y difícil, es tremendamente exigente y no se puede trivializar ¿estamos dispuestos a recibirla con un corazón sincero y sencillo?

Levantemos juntos la mirada a la esclava del Señor, a la Madre de Dios. Así sea ■


[1] Benedicto XVI, ENCUENTRO CON LOS REPRESENTANTES DEL CONSEJO DE LA IGLESIA EVANGÉLICA EN ALEMANIA, viernes 23 de septiembre de 2011. El discurso completo puede leerse aquí: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2011/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20110923_evangelical-church-erfurt_sp.html

new-old-ideas

A ti sola, alma bienaventurada a quien el Señor atrae al desierto para hablarte al corazón. A ti sola, que lo has acogido como Único. Mejor, que te ha acogido como hostia de alabanza por siempre.

¿Quieres arder ante su Faz adorable como una cera muy pura?

¿Quieres, como los querubines, como los serafines, oh alma, ser irradiada por su claridad, abrasada por su amor, y no ser para Él nada más que Luz y Claridad?

Consiente en olvidar el mundo, el universo y a ti mismo. Si vacilas en perder en Él y por Él tu vida, no sigas más. Lo que sigue no te aclarará nada.

Si el abismo te tienta, suplica al Señor que te envuelva en soledad, que te arroje en el silencio que Él habita y llena, donde Él se manifiesta. Por tu parte, esfuérzate en vivir así.

En cuanto te sea posible, con exacta obediencia y una perfecta caridad, evitarás estas cuatro  cosas, los mayores obstáculos al silencio interior, y que vuelven imposible la contemplación habitual:

· El ruido interior.
· Las discusiones interiores.
· Las obsesiones.
· Las preocupaciones de ti mismo.

¡Hecho esto, habrás franqueado las puertas del silencio! 


VISUAL THEOLOGY


Style of Jacopo Sansovino (Italian, 1486–1570), The Institution of the Rosary (c.1590), Bronze (18.1 x 12.7 x 0.9 cm), Art institute of Chicago ■

Twenty-Seventh Sunday in Ordinary Time (A)

Last Sunday we celebrated the 50th anniversary of the dedication of our church. Why did we build this church?  Why are there any churches at all?  Do we have them simply so people can get together? AT&T Center or the Alamo Dome can get more people together than any of our churches.  Our grounds and facilities cost a lot of money to keep up.

The question I pose to you at the start of this homily is simply: Why bother? Why all this ecclesiastical bother?  Why do we do all this?

St. Paul answers this in one of the most beautiful passages in scripture, our second reading from his Letter to the Philippians. It follows the beautiful hymn to Christ, “At the name of Jesus every knee should bend in heaven, on earth and under the earth....” The reason for the existence of our parish and all parishes is Jesus Christ. All we have, every aspect of our parish life from the liturgical ministries in the church to the charitable ministries throughout the world, all we have and do exists so we can call upon our God, be united with Him, seeking what we need through the living expression of our  thanksgiving, the Eucharist.

In the beginning of the second reading St. Paul said, “Be anxious about nothing, but bring everything to God, through prayer and supplication united to thanksgiving.  And then the peace of God which surpasses all understanding will guard your hears and your minds in Christ Jesus.

There certainly seems to be a lot about which we might be anxious.  If you watch any of the cable news networks you would be convinced that the world is going to hell in a hand basket. The economy is tanking.  The number of people who want to destroy us seems to be growing.  Life has been devalued by a pornographic society that considers only immediate pleasures at the expense of debasing or even destroying others. Perhaps the saddest example of our pornographic society is that abortion is seen as a right, not as the destruction of life.

There is a lot to be anxious about if we think the purpose of life is self-gratification. Self-gratification results in self-destruction. The people who killed the landowner’s messengers and son in the parable of today’s Gospel wanted everything for themselves. They ended up destroying themselves by their own actions. The parable is really a parable of our society. This is what we do when we fall for the great lie that happiness can be found where God is absent. Isn’t that what we do when we think that getting drunk is getting happy? Isn’t that what we do when we think that getting high is getting happy?  Isn’t that what we do when we think that happiness is found in having sex outside of marriage? If we get caught up in the big lie that happiness is found in places where God is absent, then we are condemning ourselves to self destruction.

If we seek happiness where God is present, we do not need to be anxious. We possess Jesus Christ. He is all we will ever need. His is the song we sing with our lives. He is our everything. And the Peace of God, which surpasses all understanding, comes upon us, dwells in us, and is our treasure.

My brother, my sister, when we are united to the Lord, we experience the peace of God. Nothing and no one can take that peace away from us. We might be poorer than our neighbors, but our financial condition cannot steal His Peace. We might be facing terminal illness, but death won’t take His Peace, His Life, away from us.

So then, again, why all the bother? Why the ministries of the Church, the choirs, the teaching of the faith, RCIA, Friendship house, Altar Society, Why the buildings and centers of worship?  More than this, why the avoidance of sin and the living of the faith?  Why? All so we can live in the Peace of God through Jesus Christ.

I am certain that St. Paul would say to all of us what he said to his beloved Philippians: Keep up the good work. St. Paul said, “Keep on doing what you have learned and received and heard and seen in me. Then the God of peace will be with you.” 

We are here because we love Jesus Christ.  We live the Christian Life because His Life is means infinitely more to us than any of the self-destructive pleasures of godless society. 

We pray together today, support each other, and are united to Jesus Christ in Word and Sacrament and in each other.  His peace is the reason for our creation, the reason for our being. His is the one lasting happiness of our lives, our lives both now and our lives as they will continue after we complete physical life ■

In the picture: Jesus (Islas) and his guys. They are "Jovenes para Cristo" one of the ministries of our parish community.


Si Dios es alegre y joven
si es bueno y sabe sonreir
¿por qué rezar tan tristes?
¿Por qué vivir sin cantar ni reir?
Todas las flores y las estrellas
las cosas bellas
las hizo Dios
el temblor de una mirada
en una niña enamorada
la ternura de una madre
todo es sonrisa de Dios
Dios es alegre, Dios es alegre
Dios es alegre, Dios es amor
Si Dios busca mi alegria
si Dios me quiere hacer feliz
¿por qué callar mi canto
si es oracion mi cancion juvenil
El dio al arroyo su melodia
y al nuevo dia
un ruiseñor
Dios alegre Dios amigo
el Dios que siempre va conmigo
compartiendo mi esperanza
brindando vida y amor  
Dios es alegre (Cesáreo Gabarain)

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario (A)

El evangelio de hoy es sencillo: el Señor critica la conducta de los que sólo tienen buenas palabras, y alaba la de aquellos que terminan cumpliendo la voluntad de Dios aunque sea, digámoslo así, a regañadientes. Jesús nos dice que aquellos que parecían buenos, en realidad no lo eran tanto, mientras que a los pecadores, publicanos y prostitutas se les anuncia el evangelio.
Jesús distingue entre las buenas obras y las buenas palabras, entre la ortopraxis [palabra rara y pretenciosa, por cierto] y la simple ortodoxia, y ve que no siempre se corresponden. En menos palabras: creer no es saber mucho y mejor que los otros, ni conocer en cada momento la voluntad de Dios, ni tener como ciertas las verdades que la Iglesia nos propone, sino llevar una vida coherente con el evangelio.
La parábola, en boca de Jesús tiene un destinatario claro: el pueblo de Israel. Israel oficialmente había dicho que sí a Dios, pero en algunos momentos no sigue lo que Dios quiere. Israel no entiende que trabajar en la viña significa tener como criterio el amor y el servicio a todo hombre, sobre todo a los más desprotegidos y no la seguridad de la Ley. El Señor se encuentra con unas conductas muy religiosas pero que son impenetrables al Evangelio y pone como ejemplares otras conductas que pueden ser inmorales, pero que pueden ser transformadas por la gracia de Dios.
A Jesús lo van a matar personas muy religiosas, pero de malos sentimientos. Veinte siglos después la situación es la misma: personas religiosas y “con mucha formación” –ay desdichada frase- pero que no tienen los mismo sentimientos de compasión y perdón que exige el llamarse cristiano.
La pregunta este medio día es muy sencilla: ¿Cumplimos la voluntad de Dios?. Puede suceder que unos tengamos buenas palabras y otros las buenas obras, que unos tengamos los rezos y otros el amor al prójimo, que unos digamos “Señor, Señor”[1] y otros cumplan la voluntad del Padre.
El peligro que acecha a los mejores, a los que se esfuerzan lo mismo que los fariseos es muy sutil: creerse tan al lado de Dios que no se piensa ya en convertirse, en cambiar. Es necesario reconocernos publicanos y prostitutas, pecadores, de una forma o de otra prácticamente todos los días. Dejar a un lado la oración tan al estilo del fariseo: “Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano”[2].
En el evangelio nos habla siempre de un «hacer», aun cuando menos lo esperamos. «El que hace la verdad viene de la luz[3]». Confesémoslo. Hubiera sido más cómodo: el que contempla la verdad, o bien el que guarda la verdad, o incluso el que defiende la verdad. Pero se dice: «el que hace la verdad...» Solamente los obreros de la verdad, y no los especialistas del «si», llegan a la luz.
La verdad no es nuestra. No nos pertenece. Viene del Padre. Pero tenemos la posibilidad de hacer que sea nuestra: traduciéndola en las obras de cada día. El «hacer» establece una relación estrecha, una especie de parentesco, entre nosotros y la verdad. Si llegamos al final de nuestra vida solamente «armados» de la verdad, se nos cerrarán las puertas. Tenemos qué llegar no con la verdad bajo el brazo, sino con la verdad traducida en los hechos. ¡Cuántas veces hemos faltado los cristianos a la cita de la historia! ¡Cuántos retrasos ha impuesto nuestra pereza a la predicación del evangelio! ¡Cuántos lazos!..
Afortunadamente el Padre tiene a su disposición otros hijos. Unos hijos que quizá no digan que sí, pero al final hacen lo que deben hacer, a diferencia de nosotros, que estamos siempre dispuestos a decir sí, pero al final decidimos tomar otro camino ■


[1] Cfr Mt 7, 21-27.
[2] Cfr Lc 18, 11.
[3] Cfr Jn 3, 21. 

new-old-ideas

El mundo está lleno de buenas ideas. Algunos las ven pasar como pasa el viento, agradecen el frescor pero al rato están renegando por la fatiga de caminar. Otros las ven llegar, las seleccionan, las disfrutan, pero las dejan escapar. Hay quienes, como un eco, las gritan o las cantan a los cuatro vientos y todos las bailan al ritmo frenético de la música que les acompaña, pero, ¡ay!, escapan en el sudor de los cuerpos. Hay otros que las escriben en el papel y con ello sosiegan el frenesí diario y ayudan a que los demás las vean y las gocen, pero, ¡ay!, la dicha dura poco arrastrada por el torrente de la muerte diaria.

Digo yo, Señor, ¿por qué no me enseñas a escribir en el corazón?

Y me contestó el Señor: “Tú solo puedes escribir en tu corazón”. 

VISUAL THEOLOGY

Silver covers for a gospel, 1691, Signed Astuatsatur Shahamir, Kayseri, Turkey, Gilt-silver repoussé plaques, The Metropolitan Museum of Art (New York) ■ These jeweled, enameled, and gilt-silver repoussé covers for a gospel are examples of the work produced in the late seventeenth-century silversmith workshop of Kayseri. Both front and back cover are signed, informing us that they were made in Kayseri in 1691 by Astuatsatur Shahamir. The central image on the front cover depicts the Adoration of the Shepherds, and above, the magi following the star. Amid angels, the banner in the sky proclaims, "Glory to God in the highest and on Earth peace." The same composition of shepherds appears on two sets of gospel covers made in Kayseri by M. Karapet Malkhas, one dated 1671 (Mekhitarist Library, Vienna, MS 416) and the other dated 1691 (present location unknown). On the back is the Resurrection, showing Christ in a mandorla holding a bannered cross, surrounded by baroque cherubs and clouds. The green velvet spine is decorated with six garnets and numerous glass or crystal gems arranged in a diamond pattern. These covers were attached to a gospel copied and illuminated by a thirteenth-century scribe named Grigor, possibly from Cilicia ■

Twenty-Sixth Sunday in Ordinary Time (A)

Thanks to God and His providence we have been able to reach this Sunday to celebrate the first 50 years of our parish community. Thanks be to Him and Jesus Christ be praised forever!![1].

Thank you very much to all who have wished to join this celebration, especially [bishop and bishop ] and my brothers priests.

By a happy coincidence this Sunday we are treated to one of the most beautiful passages about Jesus in the entire Bible. Our Lord emptied Himself of his divinity. He became a human being. More than this, he became a slave for all of us. And he obeyed His Father for our sakes, even when this obedience led to His death on the cross.

It is difficult for us to explain our belief in Jesus. He is not just a theory, an intellectual doctrine. He is a living person. We have a personal relationship with Him. We go through our days speaking to Him and listening for Him to speak to us. We know that He is the eternal Son of the Father, the Word of God present from the beginning of creation. But that is not how we relate to Him or He to us. He is our closest friend, our deepest Love. We look at the Cross and are amazed at the extent of His Love for us.

He is God, and yet, He became one of us, more than that, he became a slave for us. A slave serves the needs of his master without considering the impact on his life. Jesus came to serve us. He came to free us from the grasp of materialism. He came to renew the quest for the spiritual within us. He came to restore us to that place in creation that we deserted out of pride and selfishness. He came to instill the spiritual within us so that we can be united to the Eternal after our death.

Be like Him, St. Paul invites us in the first reading. humbly regard others as more important than yourselves. This is difficult. We would like to think that the world revolves around us and our wants. But it does not. The world is the Lord’s.

Today, with this celebration, with this anniversary we are called to work in the Father's vineyard. The vineyard is your house and my house, your family and the parish community. The vineyard is that place where others are reaching out to us, seeking the love of Christ in us. They long for Jesus. And they can find Him. They can find Him within us. Within us as Church and within us as individuals.

So, what is the reality of Jesus in your lives, in my life? How real is He to you? Can we all realize that through the Grace of God, Jesus’ presence is stronger and His Life is more meaningful now than ever before? This is not a matter of feeling; it is a matter of recognizing reality. Everything is for Jesus. Everything that matters in the world flows from Him and leads to Him. If we are here this morning, is for Him If we organize this celebration is for Him the glory is not for the parish priest or pastoral council, or the staff. The glory is for Jesus Christ, who in a few minutes will go down to the altar.

St. Paul put it so beautifully in those closing words of today’s second reading; God bestowed on him the name which is above every name, that at the name of Jesus every knee should bend, of those in heaven and on earth and under the earth, and every tongue confess that Jesus Christ is Lord, to the glory of God the Father[2].

He is ours. And we are His. We pray today for the courage to serve the Father as He served Him, emptying ourselves of our selfishness, humbling ourselves before our God, loving Him until the day that we are totally united to our Tremendous Lover ■


[1] Sunday 25th September, 2011, 26th Sunday in Ordinary Time. Readings: Ezekiel 18:25-28. Remember your mercies, O Lord—Ps 24(25):4-9. Philippians 2:1-11. Matthew 21:28-32
[2] Phil 2:1-11


Para que al nombre de Jesús, 
toda rodilla se doble en los cielos, 
en la tierra y en los abismos, 
y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor 
para gloria de Dios Padre. 

■ Filipenses 2, 5-11. 

XXV Domingo del Tiempo Ordinario (A)

El Talmud de Jerusalén contiene un relato parecido en la forma a la parábola que hemos escuchado. Se trata del discurso funerario que pronuncia un rabino al sepultar a un joven maestro de 28 años. En él se cuenta cómo un rey contrató obreros para su viña y también pagó a todos lo mismo. Pero, ante las protestas, su contestación fue: éste ha trabajado en dos horas más que ustedes en todo el día. El joven rabino difunto había hecho más en 28 años que muchos doctores en cien. Se le premiaba la cantidad de trabajo que fue capaz de realizar en poco tiempo. La forma narrativa, como se ve, es bien similar, pero el fondo es muy distinto: mientras el discurso rabínico habla de mérito, la parábola de Jesús se refiere a la gracia. En el primer caso, la causa del premio está en el trabajo de quien lo recibe; en el segundo, en la bondad del que lo otorga[1].

Nos cuesta entender que los caminos del Señor son distintos a los nuestros. Dios se presenta como un amo generoso que no funciona, digamos, por rentabilidad, sino por amor gratuito e inmerecido. Esta es la gran-buena noticia del evangelio. Pero nosotros insistimos en atribuirle el metro, siempre injusto, de nuestra humana justicia.

En vez de parecernos a él intentamos que él se parezca a nosotros con salarios, tarifas, comisiones y porcentajes. Queremos comerciar con Él y que nos pague puntualmente el tiempo que le dedicamos y que prácticamente se reduce al empleado en unos ritos sin compromiso y unas oraciones sin corazón. Con esta mentalidad utilitarista tan propia de nuestro tiempo, preguntamos: ¿Para qué sirve ir a misa, si Dios nos va a querer igual? Así evidenciamos que no hemos tenido la experiencia de que Dios nos quiere y no reaccionamos en consecuencia amándole también más por encima de leyes y medidas. Dios es gratuito.

Poco a poco hemos ido olvidando que la gracia ha sustituido a la ley. Necesitamos que existan los malos para podernos calificar de buenos. De esta forma, el amor al hermano se torna imposible.

Existen cristianos que creen que la religión consiste en lo que ellos dan a Dios. Y no, la religión consiste en lo que Dios hace por nosotros. Mentalidad de mercenarios. No se dan cuenta el peligro que hay en exigir a Dios «lo que es justo». El verdadero obrero, según el corazón del Señor, es el que se desinteresa del salario. El que encuentra la propia alegría en poder trabajar por el Reino. Sin embargo el nudo de la parábola está en la pregunta del amo: ¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?

En el fondo la parábola nos dice que podemos ser unos trabajadores extraordinarios, pero al mismo tiempo estar enfermos de envidia. Y, consiguientemente, no sabemos estar en la viña como se debe. Seamos honestos: es más fácil aceptar la severidad de Dios, que su misericordia. Y, sin embargo, la prueba fundamental a que está sometido el cristiano es ésta: ¿eres capaz de aceptar la bondad del Señor, de no refunfuñar cuando perdona, cuando compadece, cuando olvida las ofensas, cuando es paciente, generoso hacia el que se ha equivocado? ¿Eres capaz de perdonar a Dios su «injusticia»?[2] ¿Resistes a la tentación de enseñar a Dios el... oficio de Dios? El hermano obedientísimo del hijo pródigo, ese trabajador ejemplar, ese empleado modelo, se ha revelado incapaz de comprender y aceptar la liberalidad del padre, su acogida festiva al hijo que volvía a casa después de haber dilapidado el patrimonio en juergas y, según él –el texto nunca lo menciona- con mujerzuelas. Se ha sentido ofendido por la fiesta organizada con ocasión de su vuelta. Esa alegría le ha parecido una injuria, una injusticia a su fidelidad.

Nuestra desgracia es la envidia. La mezquindad.

No estamos dispuestos a hacer fiesta cuando Dios hace fiesta a quien no se la merece. Como dicen mis amigos del norte de México “me da la sisca” que si hubiésemos estado presentes al momento de la crucifixión habríamos considerado inadmisible la pretensión del ladrón de entrar en el Reino de Cristo a ese precio. Y habríamos encontrado motivo para criticar aquella canonización inmediata de un pícaro, que no tenía para exhibir ninguna de esas virtudes nuestras «probadas», sino sólo maldades. Que no era –ay frase infeliz- alguien “con formación”.

La infinita misericordia de Dios sólo tiene un enemigo: la envidia. Y quien envidia y no intenta curarse, es también enemigo de sí mismo. Si esperamos la vida eterna como justa recompensa a nuestros méritos, nos cerramos la posibilidad de sorprendernos, como los trabajadores de la hora undécima, frente a la generosidad del amo. Pasaremos la eternidad contabilizando nuestros méritos. Confrontándolos con los de los demás. Corrigiendo las operaciones de Dios. En una palabra: Una condenación ■


[1] El Talmud (התלמוד) es una obra que recoge principalmente las discusiones rabínicas sobre leyes judías, tradiciones, costumbres, leyendas e historias. El Talmud se caracteriza por preservar la multiplicidad de opiniones a través de un estilo de escritura asociativo, mayormente en forma de preguntas, producto de un proceso de escritura grupal, a veces contradictorio.
[2] Cfr Lc 15, 11-32

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A pesar de todos los inconvenientes no abandones la calma y la decisión de recibir la paz... El silencio seguirá siendo tu gran maestro aunque parezca que te arrojan en el mayor de los ruidos y de las inquietudes... Aún vale ¡y cuánto! sentarte calladamente y meditar acerca de lo que siempre resuena en tu corazón. Te aseguro que brotan del suelo y del aire todos los auxilios, imaginables y no imaginables. Dios no te abandona nunca, aunque tengas la impresión de haber quedado "fuera de combate." Coraje y confianza. Es posible que surja lo "inaudito", lo "imposible"... Sin embargo todo eso no tiene peso ni densidad, salvo que la otorgues por vacilación o por miedo. Confianza, pues, y paz. Aprendamos del silencio que todo lo enseña y todo lo guarda maravillosamente. No nos quedemos a la vera del camino, inmovilizados. Sigamos, sigamos, que la misión es real y escondida y esta peregrinación una adorable aventura, a pesar de riesgos e incomprensiones. No hay vida sin riesgo. La lucha revela sentidos insospechados. Adelante, en el Nombre del Señor y en la Morada del Corazón de Cristo, que es nuestro ■ Un cartujo

VISUAL THEOLOGY


En aquel tiempo, vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: Sígueme. El se levantó y le siguió ■








Twenty-Fifth Sunday in Ordinary Time (A)

In today's reading of the Gospel of Matthew, we learned that God does not call everybody at the same time. Some are called early in life as the early laborers were called, having received their baptism as infants. Some were called as teenagers. Some were called during their married life and others, much later in life. And some are like the laborers who were called around five o'clock; their conversion took place at the hour. And you know, God gives His Grace according to how He perceives the work that is done, according to His standards, not according to ours. That is what the Gospel reading is about, that parable about the last hired receiving the same wages as the first hired: God sees the individual effort and rewards this effort generously. His standards are not like ours. He is God[1].

Sometimes I hear some people say, “I am not as good as him, or her.” That is wrong. We do not have the right to compare ourselves with others, positively or negatively. It is wrong for someone to say, “I am better than him.” It is also wrong to say, “I am not as good as her.” No! God has a purpose for each of us. Different plans for each one of us. Only He knows what that purpose is. Only He knows how well we fulfill that purpose. We have a bad day, not because we are feeling badly, but because we foolishly decide to go along with the crowd and behave badly. And then we become upset with ourselves because we know we are better than that, we want to follow Christ, but have not… and you know we all do this because we are human beings. St. Paul put it this way in the Letter to the Romans, I see in my members a law at war with the law of my soul, making me captive to the law of sin that dwells in my members. Wretched man that I am! Who will rescue me from this body of death? Thanks be to God through Jesus Christ our Lord! Who has not had this experience? Who has not felt the tear of temptation?

And we cannot give up. We can never give up. And we are wrong if we compare ourselves to others. We feel we are not as good as someone else so we give up. We can’t do that either. We are each created to be unique reflections of God’s love.

We do not have the right to compare our reflection to anyone else’s. God created us for who each of us is when we do everything possible to let Him work in us. We need to do our best, to be our best, and let God take care of the rest. In the sacrament of confession I like to say, look, you do your best and if you have the misfortune to fall come here to cleanse your soul.

My brother, my sister, I know that the Sacrament of Confession is not fashionable. We need to rediscover the sacrament of Confession. The Holy Father said few weeks ago that we need the Divine Sculptor who removes the build-up of dust and trash which obscures the Image of God placed in us. Let’s do it! Let’s come to the tribunal of grace and mercy and compassion. Let’s rediscover the love of God trough the Sacrament of Reconciliation!

The last hired were paid first. He does not make a comparison between our lives and those of others. He rewards us according to the way that we live out the Grace He gives each of us. God’s ways are not the ways of humans. And thank God for that!

The Gospel ends by saying: the last will be first, and the first will be last. What beautiful words for our time! The author of the Imitation of Christ expressed a similar thought in the following way: «Do not believe yourself better than others, for fear that God, who knows the inner man, might see you as the worst of all. Have no vanity in your good works, for the judgments of God are quite different from those of men, and he often condemns what they approve. If you recognize in yourself a few good qualities, believe that others have better ones; and by this means you will preserve your humility. You will lose nothing by placing yourself below others; you will lose all if your prefer yourself to even one other»[2].

May the Most Blessed Virgin Mary intercede for us and prepare our heart to receive the Lord of Lords and the King of Kings! Through Her, with Her, and for Her, may we be but a single heart and a single soul in Jesus! Amen! ■


[1] Sunday 18th September, 2011, 25th Sunday in Ordinary Time. Readings: Isaiah 55:6-9. The Lord is near to all who call him—Ps 144(145):2-3, 8-9, 17-18. Philippians 1:20-24, 27. Matthew 20:1-16.
[2] First book, chapter seven. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris