Yo beso agradecido esas tus manos,
las manos de mi Dios, Jesús humano,
ungidas palmas, santas, venerables,
las que en la Cena el vino y pan tomaron.

Yo adoro estremecido con la Iglesia
las manos sensitivas que me amaron,
las manos que crearon cielo y tierra
y en una cruz de amor por mí sangraron.

Las manos que tocaban a los niños
y bendiciendo en ellos se posaron,
las manos de los ojos de aquel ciego,
las manos milagrosas que salvaron.

Tocad, divinas manos, mis oídos,
a mis ardientes labios acercaos;
tocad mi corazón, tocadme entero,
tocadme mis anhelos y pecados.

Ungid de suavidad mi dura carne,
sanadme mis heridas y quebrantos;
divinizadme, manos de Jesús,
que quiero ser Jesús con tal contacto.

Acariciad mi frente con ternura,
y sienta en esta vida ese regalo,
que Dios a mí ha venido en comunión
y adentro está Jesús Resucitado.

La Iglesia escucha, mira, adora:
Jesús mostró las manos y el costado.
Y entonces entregó su intimidad,
muriendo en cruz, ya nada se ha quedado.

Vayamos hasta dentro, más adentro,
que abierta está la puerta del santuario;
allí donde Jesús amaba al Padre,
allí quiere que estemos abrasados.

Santísimo costado de Jesús,
Divino Corazón de mi descanso,
allí me voy y allí me encierro y quedo
pues tú me invitas, Dios enamorado.

Aquí habita Dios, Misericordia,
Amor que fue por solo Dios pensado,
océano infinito para todos,
Amor pascual, de gracia regalado.

Permíteme, Jesús, que yo te diga
con estos ojos y estos míos labios:
Jesús, tú eres mi esposo que me amas,
por eso yo también, Jesús, te amo.

Yo quiero descansar sobre tu pecho,
y de tu amor sentir los puros rayos,
la dulce paz que me embriaga
la fuerza de tu vida, que es mi amparo.

A ti todo mi amor y el de tu Iglesia,
la esposa que has amado sin engaño;
a ti, Jesús bendito, bendición,
a ti la paz y triunfo que has logrado. Amén ■

P. Rufino María Grández, ofmcap, Cuautitlán Izcalli (México),
Domingo octava de Pascua, 23 de abril de 2006

Juan Pablo II

«De Juan Pablo II algo te puedo contar. Tuve la suerte de cruzar camino con él, de un modo breve, pero muy intenso, en muchas ocasiones. Fui muy afortunado, lo soy, y con frecuencia me gusta cerrar los ojos y recrearme en alguno de esos encuentros a solas. Aunque hubo de todo –desde anéldotas de lo más payaso y divertido, hasta la maravillosa posibilidad de poder hacerle alguna confidencia -, todas las considero fantásticas, únicas y exclusivas.

Si alguna vez alguien me preguntara cual fue el máximo instante de felicidad en mi vida sin dudarlo respondería que el primer encuentro personal con el Papa… y algunos muchos primeros momentos de mi biografía, que no vienen al caso.

Estaba yo en primera fila en el Cortile de San Dámaso. El Papa, desde un pequeño balcón, escuchaba las distintas actuaciones de unas y de otros, las anécdotas que contaban, las canciones…¡Lo tenía a tan solo unos metros de mi!. Aprovechando que la tuna iniciaba una canción pensé “ ¡ésta es la oportunidad de mi vida: ahora o nunca”. Me incorporé y acercándome al balcón le grité “¡Santo Padre, ¿puedo subir?!”. Uno de seguridad me coge del brazo y Juan Pablo hace un gesto indicando que me acompañe y que suba a su encuentro. En ese instante ignoro cuantos hombres verdaderamente felices habría en nuestro planeta –algún esquimal que miraría orgulloso su recién construido iglú, algún chaval enamorado dando vueltas alrededor de su chica con la que, por fin, había conseguido coincidir tan sólo un segundo cruzándose las miradas; alguna madre mirando el rostro de su hijo recién nacido, al lado de su marido que alucinado piensa “¿esto es un niño?...¡ si parece un lagarto!”; alguna monja clarisa que acabó de hacer los votos perpetuos y la visten con la toca y se mira en un espejo radiante de felicidad…-, todos esos y bastantes más, pero yo, mientras subía las escaleras para encontrarme con el Santo Padre, era un hombre que estallaba de felicidad, de emoción y de una alegría desbordante.

Cuando se abrió el balcón y veo al Papa mirándome y allá abajo toda la peña cantando eso del “Reina de reinas vengo a tu reino…” pensé “y ahora, ¿qué le digo yo a éste hombre?”. Porque la verdad es que con tanta emoción, tanta taquicardia y tanta improvisación, no tenía pensado de qué le podía yo hablar, como no fuera contarle un chiste o echar el grito de Tarzán desde el balcón (soy muy bueno imitando el alarido del hombre mono).

Nos cogimos las manos –las de él suaves, muy cálidas, blancas, las mías eran un chorro de sudor, algo parecido a un manojo de pepinillos a la vinagreta– y nos miramos. Ya no veía a la gente, ni la plaza, ni el balcón, ni la guardia Suiza, ni escuchaba las voces cantando. Sólo le veía a él. Y sentí unas ganas irreprimibles de decirle quién era yo de verdad: que era un desastre, un egoísta, un vanidoso, un guarro, un mediocre, un pobre hombre, un triste, un quedón… ése hombre despedía confianza, mucha comprensión, un corazón que intuías te iba a entender, una humanidad gigantesca.
Te hacía querer ser bueno, mejorar. Te requería de un modo difícil de explicar a que dijeras “okey lo voy a intentar”. Tenía un algo que te llevaba a Dios. Es de esas personas mejores que nosotros que su presencia y testimonio te hacen creer más profundamente en el bien absoluto y tender hacia él. Soy débil para subir por mi mismo, demasiado mediocre, pero con gente así uno es capaz de salir de esa mediocridad y subir por uno mismo. Con un hombre así uno se sentía capaz de ser guiado y sostenido. A mi, al menos, es lo que me provocaba su persona.

A otros les sucede lo contrario: la presencia de un ser puro, en lugar de atraerles, les repele y desanima: intentan manchar y destruir –al menos en su mente– una pureza que son incapaces de compartir y cuya sola presencia les hiere. Son formas distintas de pobreza. Algunos tienen hambre de pureza, de querer ser mejores, de amar más, y el amor que viene a colmar ese vacío se recibe como una bendición, una liberación. En otros, ya no se puede comer, y el mismo amor que se le ofrece lo puede tomar como burla, humillación y ofensa.

-Santo Padre – le dije dispuesto a contarle todo mientras seguíamos con las manos juntas -, me llamo Satur y, y… ( un algo de lágrimas, como arcadas, iba a estallar pronto) y… ¡¡¡¡UÁÁÁÁÁÁÁ!!!. Me puse a llorar como un niño. Como una guardería de niños. Y, avergonzado, me escondo en su pecho. Él me abraza y me acaricia el cogote mientras me dice al oído con esa voz grave, segura, firme “eres muy bueno, eres muy bueno…” Y yo, gritando, escondido en ese pecho, negaba como un loco “¡que no, que no!.

La peña que estaba abajo ya habían terminado la canción y comenzaron a mosquearse con el Satur. Era hora de marcharse. Recordé que los del autobús querían rosarios, así que le pedí al Papa entre pucheritos de emoción.
- Santo Padre, ¿me puede dar veinte rosarios para mis amigos?
Juan Pablo me miró como pensando “este está loco”
- ¿Veinte? - contestó.
- Sí, sí: veinte. Son para mis amigos.
El Papa ponía cara de desconcierto – luego supe por qué.
- Bien, veinte- contestó.
Al decir eso, yo pensé que me los iba a dar, pero nada. Me miraba sonriendo. Y yo a él. Pero allí no caía ningún rosario, ni una estampica, ni ná de ná.
Yo creo que en ese momento el Papa creía que yo era uno de esos locos que de vez en cuando se le cuelan y que andan forrados de estampas de San Genaro, con hojas de laurel en la mano, y con manifestaciones tipo “Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo, y me ha dicho San Genaro que te diga que cuidadín , que la Iglesia no va bien”. Le hago una señal con los dedos, imitando el pase de las bolitas del rosario, para que capte y tal. Entonces cayó en la cuenta y me indicó que su secretario me los daría. Como así fue. Ya fuera del balcón Don Stanislaw abrió un maletín repleto de cientos de rosarios, estampas y le digo “tranquilo, ya los cojo yo”. Si no me llevé de allí cincuenta o sesenta no me llevé ninguno.
La perplejidad del Papa con los rosarios que le pedí se debió a lo siguiente. Primero, el hombre, por aquel entonces, no dominaba el castellano, así que sí entendió, más o menos, algo de lo que le pedí. Pero es que en Italia el rosario es la oración a la Virgen, mientras que el instrumento para rezar el rosario se llama Corona. Así que el Santo Padre lo que me entendió es que le pedía, o que él rezara veinte rosarios por mis amigos –petición absolutamente absurda y enloquecida-, o que yo iba a rezar veinte rosarios con mis amigos por él –lo que no deja de ser motivo de preocupación por mi salud mental en aquel momento. Le debía de haber pedido veinte Coronas, y asunto arreglado. Eso hizo que en los sucesivos encuentros que tuve con él, el hombre me mirara siempre con cierto recelo y pensara “ ojo, Juan Pablo, que ya está aquí el latoso de los rosarios”, y que su secretario escondiera la maleta al verme.

Yo no sé exactamente como será eso del Cielo, pero creo que una vez estuve un rato allí. Y fue los segundos que estuve llorando en ese pecho, acariciado por esas manos, y con una voz cariñosa que me decía “eres muy bueno, eres muy bueno”. Y allí me voy muchos días, a ese recuerdo, que me ayuda a querer ser bueno.

Y ese es mi testimonio. Mi homenaje a un hombre, de verdad, bueno y santo.

Recuerdo que le gustaba mucho cantar: disfrutaba de verdad. Y una de sus canciones favoritas -tenía muchas- era “Canta y no llores”. Le entusiasmaba el estribillo ése del “Ay, ay, ay, ayyyy, canta y no llores, por qué cantando se alegran, cielito lindo, los corazones”. Una buena letra para el día de hoy. Lástima que alguien de la cosa  –alguien cortito cortito, estrecho, escrupuloso y que si nace en verano sale botijo- decidió que esa canción no era conveniente y dejamos de cantarla. Se dice que el Papa tenía una sintonía especial con la cosa. Puede ser. También la tenía con muchísimas instituciones, asociaciones y grupos. Más de lo que nos pensamos. Y también que sus modos, gestos y manifestaciones, estaban en las antípodas de los criterios de la cosa: besaba, acariciaba, tocaba y se dejaba tocar, por todas y todos, con una sinceridad y naturalidad que en la cosa es impensable. Era un hombre limpio de corazón. Sin miedos, sin criterios absurdos y sin hacer escrúpulos estúpidos» satur 

II Domingo de Pascua (A)


La cruz y la muerte habían llevado la tristeza, el desánimo y el miedo a los corazones de los apóstoles, exactamente igual que  como sucede con cada uno de nosotros. Estaban allí, paralizados por el miedo, con los cerrojos echados bloqueando salidas e ilusiones.

No resolvía su problema el sepulcro vacío aun cuando se nos diga que Juan vio y creyó. Lo que en realidad iba a transformar la vida de los discípulos es lo que se ha llamado "experiencia pascual": sentirse resucitados con la fuerza del Resucitado.

Aquella tarde el Señor aparece con la paz. Nada mejor podían recibir aquellos corazones atribulados y con explicable complejo de culpabilidad. Jesús no viene a echarles en cara su traición ni mucho a hablar de rejalgar y esas (estúpidas) cosas. Un aire nuevo irrumpe en la casa con la presencia del Resucitado: el perdón de los pecados y el Espíritu Consolador: Paz a vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo: Recibid mi propio Espíritu y salid al mundo a hacer presente el perdón de los pecados[1].

El evangelio nos habla de dos apariciones, la primera tiene todo el perfume de la celebración de un sacramento: el domingo, al atardecer, los discípulos perdonados y llenos del Espíritu Santo, que son enviados a llevar a los hombres el amor y el perdón de que han sido testigos.

Tres años de intimidad con Jesús de Nazaret; catequesis escuchadas y comentadas después en la intimidad; signos y prodigios de Jesús... Todo pudo haberse quedado en la estupenda experiencia de haber conocido de cerca un gran Maestro y Profeta que había acabado –como acaba todo- con la muerte. Pero la experiencia pascual, contra lo que no caben argumentos, los hace cristianos: testigos de la Resurrección, que proclaman que Jesús de Nazaret es el Cristo Señor.

Seamos honestos: cristianos de nombre (y de fin de semana), bamboleados por todo viento de doctrina, víctimas de la decepción y la duda, es lo que encontramos hoy en nuestras parroquias. Sí, es verdad que también hay un serio esfuerzo por reconvertirlos a una fe adulta: abundan cursos, folletos y libros, llamadas a la participación eclesial, al compromiso con el mundo y a la oración... Todo puede quedarse en una estupenda pero frustrante anécdota, si no culmina en la experiencia pascual. Ni cursos, ni libros, ni catequesis, ni convivencias, pasan de ser el prólogo que ha de abrir las puertas a esa experiencia[2].

Lo que confirma cristianos-creyentes- enviados, lo que da identidad no son tertulias es la celebración festiva del perdón de los pecados y del poder del Espíritu creador de unidad. No es preciso, para confirmar la fe, tocar físicamente a Jesús. Él ha dejado, al alcance y servicio de todas las generaciones, la experiencia pascual.

Tomás, uno de los doce, no estaba con sus hermanos comulgando con su miedo y su decepción. Se había ido a hacer la guerra por su cuenta. Pero ¿qué podría llevar Tomás al mundo sin ser testigo de la Resurrección? ¿Y qué podrá llevar el discípulo de hoy, cargado de ideas, adoctrinado y actualizado, lleno incluso de la mejor voluntad redentora, si no le es dado vivir tal experiencia? Poco más que teorizar sobre idealismo de comunidad cristiana, culturizar, ideologizar, religiosizar y tal vez hacer beneficencia o justicia. Nada más.

¡Dichoso el que viva hoy la experiencia pascual! No ha visto a Jesucristo y lo ama; no lo ve y cree en Él; y se alegra con un gozo indecible, transfigurado, alcanzando así la meta de la fe: la propia salvación; la vida en comunión que nos hace testigos de cómo Dios sigue salvando[3].

Los sacramentos que Él nos dejó, celebrados con alegría como acontecimiento salvador, ponen al alcance de la mano el poder exclamar hoy como ayer lo hizo Tomás: Señor mío y Dios mío


[1] Cfr Jn 20, 21.
[2] MIGUEL FLAMARIQUE VALERDI, ESCRUTAD LAS ESCRITURAS, REFLEXIONES SOBRE EL CICLO A, ED. DESCLÉE DE BROUWER, BILBAO 1989, Pág. 79.
[3] I Pedro 1,3-9

II Domingo de Pascua (A)

Siempre abiertos, siempre pidiendo "ver". No se conforman con bellas teorías, con sospechosos testimonios. La raza de Tomás no se extinguirá nunca, para bien de la Iglesia. No creo en el crepúsculo de las ideologías, pero sí creo en el crepúsculo de las teorías. A la gente más despierta no se le convence con estructuraciones mentales atractivas ni con argumentos de irrefutable historicidad. Sobre todo cuando una doctrina no es mera convicción, sino que afecta de lleno a la vida entera.

Ser cristiano es creer que Jesús es Dios, pero es mucho más. Es convivir en el amor con los demás hombres. Es re-nacer a una vida nueva, distinta, plena.

La fe viene de Dios pero no sabemos qué caminos sigue. El camino más normal, el más accesible a todos, es el del "contagio".

Un niño nace porque un hombre y una mujer se aman tanto como para prolongarse en una vida nueva. Puede haber nacimientos "milagrosos", el de Jesús lo fue. Y puede haber también re-nacimientos a la fe absolutamente fuera de todo cauce acostumbrado: una melodía, una revelación directa, un desbordamiento del amor del Padre. Lo normal es que alguien crea porque otros le han transmitido la fe en su infancia o se la han "contagiado" en su juventud, en su madurez. Jesús "exhala su aliento" y cada creyente es un nuevo Resucitado con poder de transmitir el Mensaje. Y el grupo de los creyentes es, debe ser, el pueblo-imán de los hijos de Dios y hermanos de todos los hombres. El testimonio vivo del Resucitado. "Mirad como se aman", decían de los primeros cristianos. Y más gente venía a participar del "milagro" del amor. Y creía en Jesús.

Tomás hubiera exigido palpar desde dentro ese pretendido amor comunitario. Tomás, la gente de su raza, eso es lo que pide ahora. Y de verdad podemos invitarle a que venga, a que palpe, a que se convenza por la fuerza de nuestro amor. Siempre ha existido en la Iglesia una limpia corriente de imitación hacia las primeras comunidades creyentes.

Sin caer en la tentación de la nostalgia, del perfeccionismo imposible, ni del aristocratismo de las élites –Jesús vino para todos-, se impone una seria reflexión sobre el testimonio que la Iglesia –nosotros, la Iglesia- está dando acerca de la Resurrección de Jesús, del amor del Padre manifestado en el amor a los hermanos.

La Iglesia tiene una estructura externa de la que pudo prescindir en los primeros tiempos y que hoy resulta necesaria. Pero siempre que facilite la transmisión de la Verdad, el testimonio de la Resurrección. Necesitamos estar organizados pero no para dar sensación de poderío, sino sensación de fe y caridad. Sensación de esperanza. Las ramas que matan el fruto son ramas malditas. Porque lo importante del árbol es el fruto.

Tomás tiene los ojos abiertos y pide a gritos "ver", "meter su mano en el costado abierto", palpar el amor. Tiene perfecto derecho, aunque dos mil años después no lo tuvieran. Y no se va a conformar con disfrutar cálidos amores familiares, idílicos paisajes de amistad. Exige que ese amor que parece sustancia y razón de nuestra vida, máxima expresión de nuestra fe –creer y amar se confunden- sea ancho como el mundo.

No basta que los cristianos nos queramos entre nosotros y demos –que tampoco la damos, ¡ay!- la impresión de una familia unida: hace falta que el cristianismo sea una inmensa casa de recepción para todos los que buscan, para todos los que sufren, para todos los que necesitan ser amados.

Conocí una vez a un hombre que buscaba, buscaba ardientemente. En la amistad, en el arte, en las religiones, en las iglesias... “¿Has probado en la Iglesia Católica?”, le pregunté. Y su respuesta me dejó frío, frío de terror. Me dijo: “Ustedes como todos, como los demás. Palabras, palabras, palabras...” Efectivamente, tenemos un infinito almacén de palabras maravillosas que soltamos en chorro cuando la ocasión se ofrece.

Pero...¿tenemos algo más? Sabemos que tenemos algo más, mucho más. Los demás no lo saben ni tienen por qué saberlo. Mientras pretendamos invadir el mundo de palabras –jerarquía, teólogos, creyentes "rasos", organizaciones...-, Tomás tendrá perfecto derecho a no creer.

Jesús fue mucho más que una palabra: fue y es la Palabra encarnada[1]


[1] BERNARDINO M. HERNANDO. 

VISUAL THEOLOGY


Detail of a beautiful wood-carved statue of Saint Mary Magdalene from Brussels, c.1566, Paris: Cluny Museum (Paris, Ile-de-France, France) ■

Second Sunday of Easter

The Gospel reading for today takes all of our Easter idealism, our delight in the Risen Savior, and applies a sobering dose of reality. The reading as well as recent events in our parish, country and world, lead me to write about faith, doubts and crises.

It is very, very easy to be a person of faith when all goes well. When life is without any really deep crises, when the hardest things to accept are the deaths of elderly parents and hospitalization for minor ailments like appendicitis, it is easy for each of us to be a person of faith. But when a crisis tears at our hearts, as when a young spouse dies or, worse still, a child dies, or a marriage is evidently on the rocks, then very often we feel our faith ebbing. Many times we enter into a period of anger at God and a time of doubts. This does not mean that we have lost our faith. It simply means that we are being called to a deeper faith.

It was easy for the disciples to believe in the Lord when they felt the magnetism of His words, when they witnessed His healings, when they saw His miracles. But it was much harder for them to believe after He had been taken away to be killed. It was harder for them to believe when they realized that they also could be killed for having been His followers. Thomas doubted the Resurrection because he had suffered the crisis of the crucifixion. His faith in God waned. Like the other specially chosen disciples who would later be called apostles, like Peter, James, Andrew, Bartholomew, Simon and all the rest, Thomas ran and hid. He was not be found on Golgotha. He was too afraid to remember the promises of the Lord.  But his faith was restored when he saw the Lord. At this point Jesus told Thomas about a greater faith, a faith that He has called you and me to. The Lord looked at Thomas and then looked down the ages at us and said, blessed are those who have not seen yet believe.

When a crisis hits us we all pray for deliverance. "God, please keep my husband, my child alive.  God, please save our marriage.  God, protect my son at war." If deliverance comes we feel that we have seen the Lord. This is all well and good, but how much greater is our faith when we hold onto the Lord even when our prayers are not answered. Blessed are those who have not seen yet believed.

Last Sunday we were called to believe in the Resurrection. Our own faith in the Resurrection is not based on experiencing a presence of the Risen Lord, but on an empty tomb. When we feel empty, when we feel that the Lord is no longer in our lives, we have to recognize that more than ever He is alive, among us.

On a higher plane, for us to say to the Lord, "I love you and believe in you despite the times that I have been uncertain of you in my life," demonstrates a deeper faith than we had before our faith was challenged.

Let's not persecute ourselves. Doubting is part of being human. A person who does not react with anger at the time of a tragedy might be a saint, but most likely is a person who really never had a high quality of love. The person, who recognizes that God was certainly there even at the time of anger, is a person whose faith has grown.

We pray today, trough the intercession of Blessed John Paul II that we might all have a mature faith, able to grow through crises. We pray today that we might all be included in that phrase of the Lord's, Blessed are those who have not seen but believe
El Verbo se hizo carne, carne mía,
y se hizo aquí presente, enternecido;
mi Dios es Nacimiento y Pascua hermosa
el Hijo es don, mi Dios y hermano mío.

El Hijo de María amanecía
en su verdad de Hijo del Altísimo:
la Pascua era su luz y nueva carne
y aquí la misma Pascua lo ha traído.

Yo adoro con la Iglesia embellecida,
Esposa del Esposo más querido;
yo adoro y yo recuerdo con asombro
su historia que inició desde el principio.

Jesús, el Verbo, entonces ya lo era,
cuando era solo Dios, el Infinito,
porque él en Dios moraba y dialogaba
y era su eterno Tú, su regocijo.

Jesús, el Creador, el mundo hacía,
sin él viviendo dentro nada ha sido;
Jesús era la vida derramada,
la vida era la luz en el camino.

Y a él, Encarnación, Resurrección,
en este corazón he recibido:
la gracia de ser hijo a su contacto
en esta Comunión me ha concedido.

Jesús, florida Pascua y hermosura,
Jesús, eternamente acontecido,
te hiciste mío, abrazo y dulce beso,
oh Dios desentrañado aquí conmigo.

Jesús viviente, el centro y la corona
del cosmos y la historia de los siglos,
ahora mío, mío sin retorno,
mi ayer, mi hoy, mi amor y mi sentido.

Retornan luminosas, verdaderas,
las santas Escrituras que medito:
en todas moras tú con tu fragancia
y en todas se percibe tu latido.

Mas, al llegar del seno de María,
la Gracia y la Verdad nos ha venido,
la Ley y los Profetas lo confiesan
y Juan se ha declarado tu testigo.

La lucha de la luz y las tinieblas
en ese cuerpo en Cruz tú la has vencido.
oh tú, bandera blanca de la paz,
y faro inextinguible de elegidos.

Jesús, Palabra viva que nos habla,
verdad toda de Dios, perdón cumplido,
oh Gloria consagrada en rostro humano,
que de esa frente sea yo tu brillo.

Mi vida aquí la entrego, pues es tuya:
que sea de la Pascua el blanco Cirio,
que sea Encarnación que se prolonga,
que sea tu Victoria, oh Cristo vivo.

Jesús Eucaristía, dulce encuentro,
Jesús, mi Dios, mi Nombre repetido,
enciende tu alabanza en mis palabras,
que quiero ser tu amor con fuerte grito.

¡Amado del Espíritu y del Padre,
amado por tu Iglesia hasta martirio,
amado seas siempre hasta tu Vuelta,
oh Dios de Dios, mi Dios, Jesús bendito!
Amén

P. Rufino María Grández, ofmcap, Pascua 2007

Domingo de Pascua 2011

Pocos escritores han logrado hacernos intuir el vacío inmenso de un universo sin Dios, como el poeta alemán Jean Paul en su escalofriante Discurso de Cristo muerto escrito en 1795[1]. Jean Paul nos describe una visión terrible y desgarradora: el mundo aparece al descubierto. Los sepulcros se resquebrajan y los muertos avanzan hacia la resurrección. Aparece en el cielo un Cristo muerto. Los hombres corren a su encuentro con un terrible interrogante: ¿No hay Dios? y Cristo muerto les responde: No lo hay. Entonces les cuenta la experiencia de su propia muerte: «He recorrido los mundos, he subido por encima de los soles, he volado con la vía láctea a través de las inmensidades desiertas de los cielos. Pues bien, no hay Dios. He bajado hasta lo más hondo a donde el ser proyecta su sombra, he mirado dentro del abismo y he gritado allí: ¡Padre! ¿Dónde estás? Sólo escuché como respuesta el ruido del huracán eterno a quien nadie gobierna... Y cuando busqué en el mundo inmenso el ojo de Dios, se fijó en mí una órbita vacía y sin fondo...».

Entonces los niños muertos se acercan y le preguntan: “Jesús, ¿ya no tenemos Padre?” Y él contesta entre un río de lágrimas: “Todos somos huérfanos. Vosotros y yo. ¡Todos estamos sin Padre!”».

Después Cristo mira el vacío inmenso y la nada eterna. Sus ojos se llenan de lágrimas y dice llorando: “En un tiempo viví en la tierra. Entonces todavía era feliz. Tenía un Padre infinito y podía oprimir mi pecho contra su rostro acariciante y gritarle en la muerte amarga: ¡Padre! saca a tu hijo de este cuerpo sangriento y levántalo a tu corazón. Ay, vosotros, felices habitantes de la tierra que todavía creéis en El. Después de la muerte, vuestras heridas no se cerrarán. No hay mano que nos cure. No hay Padre...”.

Cuando el poeta despierta de esta terrible pesadilla, dice así: «Mi alma lloró de alegría al poder adorar de nuevo a Dios. Mi gozo, mi llanto y mi fe en El fueron mi plegaria»…

Cristianos –tú que me lees y yo que escribo esto- cristianos que llevamos en el corazón una fe rutinaria y superficial, ¿no deberíamos sentir algo semejante en esta mañana de Pascua? Alegría. Alegría incontenible. Gozo y agradecimiento infinitos. No somos conscientes ni un poco de que «Hay Dios. En el interior mismo de la muerte ha esperado a Jesús para resucitarlo. Tenemos un Padre. No estamos huérfanos. Alguien nos ama para siempre».

Y si ante Cristo resucitado sentimos que nuestro corazón vacila y duda, seamos sinceros, e invoquemos su nombre con confianza. Sigamos buscándole con humildad y sencillez. Sin pretender entenderlo todo o saberlo todo. No lo sustituyamos por cualquier cosa.

Qué pena si se nos han pasado estos días en medio de nada y los hemos llenado de vacío. Aún queda una oportunidad. Celebremos con alegría, unidos a la liturgia de la Iglesia, ésta mañana de Pascua. Dios está cerca. Mucho más cerca de lo que sospechamos[2]


[1] Johann Paul Friedrich Richter (1763-1825), más conocido como Jean Paul, fue un escritor alemán. La modificación que hizo a su nombre se debió a la fascinación que sintió por Jean-Jacques Rousseau.
[2] J.A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 165 ss.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris