El Verbo se hizo carne en ti, María,
oh tierra virginal de nuestra tierra,
Esposa del Espíritu divino,
divina Madre, Madre verdadera.

Tan solo lo asumido fue salvado;
por eso, Santa, en ti todo se encierra,
en ti, de cuya sangre el Unigénito,
tomó la raza humana toda entera.

Cuando él bajó a tu vientre y se hizo tuyo,
cuando él puso en tu nido su pureza,
cuando él vino a nosotros por tu parto,
en ti se reveló la Gloria excelsa.

¡Oh santa Madre, Virgen incorrupta,
oh puerta de la vida, Madre nuestra,
oh historia de Israel, que en ti termina,
oh Madre de Belén, que nos lo entregas!

En ti las profecías se han cumplido,
en ti todo lo humano alcanza meta,
y Dios, el Salvador, a ti desciende,
y en ti tu Creador la vida empieza.

Altísimo Señor, Hijo Unigénito,
nacido de mujer, la nueva Eva,
la Iglesia con María te bendice,
¡oh sumo bien que cielo y tierra llenas! Amén
P. Rufino Mª Grández, ofmcap,  
Jerusalén (Convento de La Flagelación), 1 enero 1987.

Santa María, madre de Dios

Para que una herida pueda curarse bien –todos lo sabemos- tiene que sanar de dentro hacia fuera. Así quiso Dios que, desde dentro, sanase en nosotros la herida vieja del pecado original: metiéndose dentro, llegando al fondo, haciéndose como uno de nosotros. Fue así como Él asumió lo nuestro y lo fue elevando, lo fue sanando. Y para ello necesitó una madre: para tomar de ella carne de nuestra carne. Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nos dice san Pablo, y se llamó Jesús. Dios se hizo Jesús en María. Una mujer del pueblo dirá –pasados los años- a Jesús: Bendito el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron. Maravillosa manera de engrandecer a María, partiendo de Jesús; maravillosa manera de alabarla. La Iglesia con su liturgia a los ocho días del nacimiento de su Señor se acuerda de María y voltea hacia ella con especial atención y le dedica esta fiesta. Hoy celebramos a Santa María como Madre de Dios, la Theotokos que cantarían los grandes padres de la Iglesia[1]. Así aparecen María y Jesús unidos, desde el principio, para salvar; como unidos los encontraron los pastores aquella noche, en Belén[2].
Propiamente hoy no es el día de Año Nuevo en la Iglesia; el año ya comenzó en la liturgia cuando empezamos, con el Adviento, la preparación de la Navidad, sin embargo los cristianos no podemos ni debemos sustraemos al ambiente que nos rodea. Hoy todo nos habla de un año que termina y de uno nuevo que comienza. ¿Qué hacer ante todo eso? ¿Cerrar los ojos? ¿Sumarse sin más?
Pues para este año que empieza hay una palabra, y un deseo –ambos presentes en toda en la liturgia- la paz: El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti... y te conceda la paz.
La paz. Por eso la Iglesia dedica éste primer día del año a pedirla, para que sea el anhelo renovado de una humanidad que sigue destrozándose. Paz. Grito incontenible de pueblos que no quieren ser manipulados. Don de Dios, que sólo es capaz de acoger el corazón que ha renunciado voluntariamente a la violencia, a la venganza. La paz. Ésta es la oración, y la consigna, de la Iglesia para todos en este Año que comienza[3]


[1] El más antiguo de ellos es san Atanasio (295–373), obispo de Alejandría, que tuvo un papel relevante en el Concilio de Nicea I. Luego destacan los «grandes capadocios», título común de los hermanos Basilio de Cesarea (329–389) y Gregorio de Nisa (335–394), así como su amigo Gregorio de Nacianzo (†389), quienes escribieron abundantemente contra la herejía arriana. En la parte oriental del Imperio romano se desarrollan posteriormente dos escuelas teológicas muy importantes alrededor de los patriarcados de Antioquía —cuyo principal representante es san Juan Crisóstomo (344–407), patriarca de Constantinopla, célebre por sus homilías— y Alejandría —con san Cirilo (380–444), defensor de la maternidad divina de María en el Concilio de Éfeso—. El ciclo de los Padres orientales lo cierra san Juan Damasceno (675–749), agudo teólogo que, además de luchar contra el maniqueísmo y la superstición, anuncia casi cinco siglos antes la incorporación del Aristotelismo a la filosofía cristiana.
[2] J. Guillén García, Al hilo de la Palabra, Comentario a las lecturas de domingos y fiestas, ciclo B GRANADA 1993.Pág. 27 s.
[3] El «nosotros» de la Iglesia vive donde nació Jesús, en Tierra Santa, para invitar a sus habitantes a que abandonen toda lógica de violencia y venganza, y se comprometan con renovado vigor y generosidad en el camino hacia una convivencia pacífica. El «nosotros» de la Iglesia está presente en los demás países de Oriente Medio. ¿Cómo no pensar en la borrascosa situación en Irak y en el pequeño rebaño de cristianos que vive en aquella Región?. Sufre a veces violencias e injusticias, pero está siempre dispuesto a dar su propia contribución a la edificación de la convivencia civil, opuesta a la lógica del enfrentamiento y del rechazo de quien está al lado. El «nosotros» de la Iglesia está activo en Sri Lanka, en la Península coreana y en Filipinas, como también en otras tierras asiáticas, como fermento de reconciliación y de paz. En el continente africano, no cesa de elevar su voz a Dios para implorar el fin de todo abuso en la República Democrática del Congo; invita a los ciudadanos de Guinea y de Níger al respeto de los derechos de toda persona y al diálogo; pide a los de Madagascar que superen las divisiones internas y se acojan mutuamente; recuerda a todos que están llamados a la esperanza, a pesar de los dramas, las pruebas y las dificultades que los siguen afligiendo (Benedicto XVI, mensaje Urbi et Orbi del 2010; el texto completo se puede leer en

Solemnity of the Blessed Virgin Mary, the Mother of God

The title of today’s celebration is an expression we use very often, daily perhaps, but if we step back from it we can see that it is rather shocking. The title of the feast is the Solemnity of Mary, Mother of God. We use that title of Mary every time we say the Hail Mary: Holy Mary Mother of God Pray for us sinners. We certainly do not believe that Mary was a goddess. So, the understanding of today’s feast flows from and understanding of whom Jesus is. We firmly believe that Jesus Christ is one person, with two natures, human and divine. There is only one Jesus, but he is both God and Man and Mary is the Mother of the Eternal One who has taken a human nature through her, so she is therefore, the mother of God.

That’s the theological side of today’s feast, but there is also a spiritual side, a side much more…useful. Mary is the model of a person of faith. And she is the best of us, I mean, she is the one with the most profound relationship with God. Yet, the gospels continually note that Mary steps aside from the astounding events surrounding the birth of Jesus and, for that matter, His entire life. Mary ponders things in her heart, the scripture says.

Why does the Gospel of Luke mention this “pondering in her heart” over and over again? Perhaps, because the Gospel of Luke wants to emphasize that Mary is not just a simple and ignorant spectator to the event of salvation. She is quite aware that God is working His miracle of redemption for His people. She is also aware that her role in God’s plan is being sure the focus is on the divine initiative, not on her. She allowed God to work without obscuring His actions with her own interventions. This is the very essence of the spiritual life: to allow God’s work to be seen, and His Presence to be experienced in us and through us without deflecting the attention to us.

The great American spiritual writer, Thomas Merton, put it this way: «Mary is in the highest sense a person because she does not obscure God’s light in her being. When we celebrate the Feast of Mary, the Mother of God, we celebrate Mary being a person in the highest sense. She is the one who allowed the spiritual to become physical without allowing herself to diminish His work, His very being, with her own physical limitations»[1].

We are all so unlike Mary. We want others to be well aware of our participation in the spiritual. We want others to be well aware of our holiness so they might be thoroughly impressed with us. We forget that if we allow the attention to focus on us we are obscuring the Presence of God trying to work through us. Mary, the Mother of God, must be our model for the Christian life. If we really want to be people of God we have got to be sure that the focus of all we do as Christians is on God, not on ourselves. If and when we do this than the spiritual is able to become physical and our faith is able to become real.

Certainly Mary is not a goddess. Her faith life has shown us all how to bring God to earth and how to allow others to experience the spiritual become physical, the Word Become Flesh. She is the Mother of God.

Today, with this celebration, the beginning of the civil year, we ask her to help us to have the faith, humility and courage to allow God to become real in our lives, in our families and in our world. May, Mary, Mother of God, teach us how to bring Jesus to a world that longs for Him ■


[1] Thomas Merton (1915-1968) was a 20th century Anglo-American Catholic writer. A Trappist monk of the Abbey of Gethsemane, Kentucky, he was a poet, social activist and student of comparative religion. In 1949, he was ordained to the priesthood and given the name Father Louis. Merton wrote more than 70 books, mostly on spirituality, social justice and a quiet pacifism, as well as scores of essays and reviews, including his best-selling autobiography, The Seven Storey Mountain (1948), which sent scores of disillusioned World War II veterans, students, and even teen-agers flocking to monasteries across US, and was also featured in National Review's list of the 100 best non-fiction books of the century. Merton was a keen proponent of interfaith understanding. He pioneered dialogue with prominent Asian spiritual figures, including the Dalai Lama, D.T. Suzuki, the Japanese writer on the Zen tradition, and the Vietnamese monk Thich Nhat Hanh. Merton has also been the subject of several biographies.
Dios es luz
y luz de su luz es el Verbo;
es Cristo la luz de la vida,
naciendo es estrella y sendero.

Dios es luz,
morada de todo lo bello;
venid al portal, cabalgata
de oriente y de todos los pueblos.

Dios es luz,
en él no hay pecado ni infierno;
venid a Belén, caminantes,
saciad en un Niño el deseo.

Dios es luz,
Él es mi confianza y sosiego;
vayamos, cristianos, cual reyes
con oro, con mirra e incienso.

Dios es luz
y en pajas la luz está ardiendo;
vayamos, humildes, con gozo
y un beso en los labios llevemos.

Dios es luz:
bendito en su trono del cielo,
bendito en la cuna encarnado,
bendito con júbilo eterno. Amén
Rufino Sánchez, OFM, Estella (Navarra) 6 enero 2002

La Epifanía del Señor


Con la llegada de los Reyes al portal de Belén es bueno recoger los sentidos, guardar silencio y preguntarnos qué quiso decirnos San Mateo con éste bellísimo relato que recoge en su evangelio.

Aun cuando estamos en los comienzos no parece aventurado indicar que san Mateo intenta contraponer en su evangelio dos mundos distintos: el de los que habitan en las tinieblas y el de los que habitan en la luz.

En las tinieblas están el palacio de Herodes, los grandes de la época, los sumos pontífices y los letrados del país; en las tinieblas están los que dominaban y sabían la ley y la escritura –¿los “aristócratas del amor?”. Los entendidos, los especialistas consultados, respondieron con toda exactitud a la pregunta que, forzados por las circunstancias, les hizo Herodes. Saben con toda certeza que el llamado Rey de los judíos deberá nacer en Belén y en una época como la que están viviendo. Así lo dicen y lo aciertan. Sin embargo, no salen de la tiniebla en la que viven; su sabiduría no es capaz de ponerlos en movimiento para encaminarse hacia esa luz que anuncian, sino que, por el contrario, los pone en guardia contra ella.

A Herodes aquella respuesta le sirve para atacar violentamente al Rey en el que ve una amenaza para su trono y su género de vida. No sabían todos ellos hasta qué punto ese Niño iba a mover los cimientos de la vida que tenían e iba a cambiar radicalmente el curso de la historia dejando al descubierto las intenciones del corazón[1].

Y frente a aquellos el evangelista nos presenta otros hombres que en cierta forma vienen de la tiniebla pero no viven en ella y que no forman parte de ella; hombres que tienen una inquietud que les hace salir de sus casas y de sus patrias para ir en busca de ese Rey sin rostro y sin nombre que se anuncia en el cielo y que les espera para sorprenderlos y hacer que den una lección de fe al mundo.

Lo maravilloso de estos magos de Oriente que caminaron hasta Jerusalén desde la oscuridad de su paganismo, es que fueron capaces de ver al Rey que buscaban en el Niño que encontraron.

No hemos vuelto a saber nada más de ellos, el evangelio jamás los vuelve a mencionar pero ningún rey de la historia, de lo que sabemos puntualmente su trayectoria desde el nacimiento hasta la muerte, ha soportado el paso del tiempo manteniendo intacta su popularidad y su lozanía como estos tres Reyes Magos que, todos los años, pasan por el mundo haciendo el milagro de compartir con los demás la alegría que vivieron en Belén.

Y junto con la alegría, el peligro: resultaba peligroso que volvieran a Herodes para contarle que, por fin, habían encontrado al Rey que buscaban. Parece ser que es peligroso encontrarse con Dios y decírselo a los hombres y lo parece porque esto es así no sólo en el caso de los Magos sino en muchas ocasiones en las que los hombres han sido perseguidos porque se han atrevido a decirle al mundo como es el Dios con el que se han encontrado. Y es que el encuentro de Dios puede resultar comprometido y fastidioso cuando el encuentro se lleva a cabo desde la sinceridad y con la intención de buscarlo intentando aceptar todas sus consecuencias.

Aquellos hombres –reyes magos les ha llamado la tradición- tuvieron su Epifanía porque supieron reconocer el rostro de Dios en los rasgos de un hombre-niño. Si no somos capaces de encontrarnos con Dios en los hombres, no lo descubriremos nunca.

Quizá nunca se insistirá bastante en este aspecto de la vida cristiana que es, por otra parte, el que comporta verdaderos y auténticos problemas prácticos (entre ellos el del riesgo que en su día tuvieron que asumir los Magos y han asumido en el tiempo muchísimos cristianos de verdad). Ir al encuentro de un Dios en el que sólo se piensa o al que sólo se le reza o al que se le adorna con oro y piedras preciosas, compromete a poco; ir al encuentro de un Dios al que hay que descubrir en el hermano, es algo que acarrea consecuencias imprevisibles pero al final el premio eterno.

Podíamos hoy pedir confiadamente nuestro regalo de Reyes, podríamos renovar en nosotros la ilusión de la infancia, dejar los zapatos en la ventana o cerca de la chimenea y encontrar en ellos, a la mañana siguiente, el talante y el espíritu que hizo a los Magos salir de su casa, preguntar ansiosamente y descubrir a Dios iniciando un camino de conversión ■


[1] Cfr. A.M. Cortés, Dabar, 1987, n. 9
Ilustración: Sassetta, El viaje de los Magos (1433-35), temperay oro sobre madera (21.6 x 29.8 cm), Metropolitan Museum of Art (New York). 

VISUAL THEOLOGY


Leaf from a Diptych with the Adoration of the Magi, 14th century , Ivory Overall 14.7 x 10 x 1 cm, ■ Metropolitan Museum of Art (New York). 
Saint Luke does not say that the angels sang. He states quite soberly: the heavenly host praised God and said: “Glory to God in the highest” (Lk 2:13f.). But men have always known that the speech of angels is different from human speech, and that above all on this night of joyful proclamation it was in song that they extolled God’s heavenly glory. So this angelic song has been recognized from the earliest days as music proceeding from God, indeed, as an invitation to join in the singing with hearts filled with joy at the fact that we are loved by God. Cantare amantis est, says Saint Augustine: singing belongs to one who loves. Thus, down the centuries, the angels’ song has again and again become a song of love and joy, a song of those who love. At this hour, full of thankfulness, we join in the singing of all the centuries, singing that unites heaven and earth, angels and men. Yes, indeed, we praise you for your glory. We praise you for your love. Grant that we may join with you in love more and more and thus become people of peace. Amen ■ Benedict XVI, Solemnity of the Nativity of the Lord 2010, Midnight mass. 

Solemnity of the Epiphany of the Lord

The word Epiphany means manifestation or showing. The celebration of the Epiphany is the celebration that God’s plan for salvation is revealed and offered to all people. We are included. We are part of the wonder of the Incarnation. Christ came for us all today, not just for a small group of people who lived many years ago in a far away land. We are called to participate in the Epiphany. How? Well, the Epiphany, the showing of the Lord, is telling us, that when it comes to our Christianity, to our Catholicism we also show the Lord.

We need to show off our faith. Christianity, Catholicism, was never meant to be hidden. Jesus Christ was displayed before the world at His birth, during His baptism and through His public life, beginning with the wedding feast of Cana. We need to show His Presence to others in the very way we live our lives. There was an old saying that contains quite a bit of truth, “If we were ever brought to trial for being a Christian, would there be enough evidence to convict us?”

That doesn’t mean that we should be standing on boxes preaching on the corner. No, but we should be living in such a way that our faith burns through every aspect of our lives.

We are called to live in such a way that our Christianity shines through every aspect of our lives. We come before the Lord to worship Him in Word and Eucharist. We continue our prayers life in the little Church that is our homes. We value our union with Christ and avoid anything which would diminish or destroy this union. We serve the Lord’s presence in others, and reach out to those who have needs by working in the various ministries of our parish. We reach out not just to be humanists, but to be Christians. We need to be epiphanies of Jesus Christ for others,

What are the things that I do, that you do, which would cause others to say, “He or she is a Christian. He or she is a Catholic?” What more can we do? These are questions we should be asking ourselves. Our Christianity was not given to us to be kept hidden. Our faith is a gift we are entrusted with for others. Actually, there is no such thing as a secret Christian. Christ was manifested to all people. There is no secret involved. We should be showoffs for the Lord.

He calls us to illuminate the darkness of our world with His Light. We do not have to be part of the darkness of the world. In fact, we are called to be different, to be holy, and to be people of light who celebrate the Light of the World.

Jesus Christ is not our secret.  The message of the Epiphany is that God's plan, Christ's coming, is a public event. We have been formed into a people shaped by the revelation of the Lord to become an epiphany of His Presence in the world. We are the wise men from the East. We are those to whom God has revealed Himself. We are the inheritors of the great promise made to the people of Israel. Now we are called to reveal this promise to the world.  The promise is this: God is with His people.

The optional opening prayer of this Sunday is so beautiful and could be helpful for our personal prayer today: “His light is strong. His love is near. May he draw us beyond the limits that this world imposes to the life where his Spirit makes all life complete.”

May we have the courage, trough de intercession of our blessed Mother and Saint Joseph to be showoffs for Christ ■

El Verbo Santo es mecido
en los brazos de una Virgen;
el Creador se hace niño
y al par de nosotros gime.
¡Oh Salvador encarnado,
que entre los hombres pervives,
quiero adorarte en los hombres
y entre los hombres servirte!

El Verbo Santo ha callado
sin saber de nuestros crímenes,
y el corazón de la Madre
su amor en silencio dice.
¡Oh Dios misericordioso,
defensor de los humildes,
enséñanos tu silencio
y tu espera incomprensible!

El Verbo Santo ha llegado
a librar nuestros confines,
y encerrado en una cuna
el Verbo de Dios es libre.
¡Oh, rompe las ataduras
de los engaños sutiles;
danos la paz que prometes
tú que la hiciste posible!

Gentes de nuestros dolores
y de sangrientos países,
a Dios venido a la tierra
salgamos a recibirle.
¡Te cantamos, Santo hermano,
a Ti con rostros felices:
Gloria en el seno del Padre
y en los brazos de la Virgen! Amén
Rufino M. Grández, capuchino 

The Holy Family of Jesus, Mary and Joseph

During this time a year, parishes get quite a number of phone calls from very excited young people announcing that they became engaged on Christmas Day and wanting to begin preparations for their wedding.  Actually, that is not totally correct. They want to begin preparations for their marriage. Over the last number of years, I have found that most young people are far more concerned about making a life together, their marriage, than they are about the exciting day of their wedding[1].

What is it that a young girl is looking for in a husband? What is it that a young man is looking for in a wife? Hopefully, once the intense infatuation of the initial months of romance subsides, the girl or guy starts considering the person who has come into his or her life. Is he a real man? Is she a real woman? Will he be a good father to our children? Will she be a good mother?

On this, the feast of the Holy Family, it makes sense to ask: what makes a man a real man, what makes a woman a real woman? And we can add, what makes a child, a real child? The answers are found if we look at the Holy Family.

St. Joseph was a real man. He provided for the Holy Family, working as a carpenter. He protected the Holy Family, even going to the length of going into exile in Egypt when Herod was trying to kill the newborn Messiah. So the real man provides and protects. Joseph did more than that, though. He kept a union with God. Even before he took Mary into his home, Joseph’s union with God was so strong that he saw things as God saw them. He had wisdom. That explains why he would not expose Mary to the law[2].

The real man that the Christian girl wants, the real man who heads our families, is not afraid to stand up to the pressures of the world to do what is best for his family. He provides a Christian home, and he protects his family from all that might assault it.

What makes a woman a real woman? It is so sad that in our sex crazed world women are reduced to their physical characteristics. A girl’s body may be that of a super-model, but that does not make her a real woman, at least not for a Christian. Again, we need to look towards the Holy Family, in this case, towards, Mary. A real woman, a real Christian woman, nurtures her children and her family. Mary kept a union with God that was open to his Presence within her. Then, she carried the child within love beyond all telling[3]. She brought the child within over the hill country to visit her cousin Elizabeth, to help care for Elizabeth and to celebrate their pregnancies. Before birth a child is held just under his or her mother’s heart.  Mary’s child was held beneath a heart full of love not just for him, but for other’s.

Mary made the sacrifice of her reputation to protect her child. She made the sacrifice of allowing Joseph to care for her and the child, even though this meant leaving her homeland because Joseph was determined to go into exile. She nurtured her child with her body and then throughout her life, cared for him, supported him, and sacrificed herself over and over again for him even though she knew that “a sword would pierce her hear,” as Simeon foretold.

The real Christian woman is a woman who sacrifices, a woman who nurtures and a woman whose union with God makes Him present in her home. Sure as a young lady she is physically beautiful. All young girls are beautiful. But real beauty comes in the steps a girl takes away from the temptation to be self absorbed. Look at our Moms and grand-moms. They are truly beautiful. Their beauty comes in the sacrifice they make for their children, their husband, even when their sacrifices drain them.

The real Christian woman nurtures her children and her family, not just with physical food, but with spiritual food. 

In the Holy Family Jesus spent the first part of his life subject to his parents, who were present to protect and nurture him. He respected the Presence that worked through them.  That commandment about Honoring our Fathers and Mothers is a call to recognize and respect God’s Presence in our parents.  When Jesus became a man, Joseph was no longer present, he most likely had passed away, but Jesus was adamant in respecting and caring for his mother, entrusting her to the disciple John from the cross.  Real Christian children respect their parents throughout their lives.

Today we ask the Lord to help husbands be real men, men who protect, provide and unite their families to God.  We pray that wives be real women, women who nurture, sacrifice and are the heart of their families.  And we pray that young people may take the steps they need to take away from self absorption and into the reality of Christian life so that when their time comes, they may form Holy Families, families that raise children of God.


[1] Sunday 26th December, 2010,  Holy Family [St Stephen. Readings: Ecclesiasticus 3:2-6, 12-14. Happy are those who fear the Lord and walk in his ways—Ps 127(128):1-5. Colossians 3:12-21. Matthew 2:13-15, 19-23.
[2] She probably would have been stoned to death. She was a young girl, who, he thought, did something wrong and became pregnant, but she didn’t deserve being ridiculed and killed over this.  He had decided to send her away.  Then Joseph dreamed, and the angel Gabriel told him not to be afraid to take Mary.  Just the fact of having a dream about doing the will of God tells us that Joseph’s mind was focused in the right direction. Joseph, the man of faith, trusts in the angel, trusts in God, and establishes the Holy Family.  Mary would not be a single Mom.  She would be a wife.  The child would have a father present, even though no one but them would realize that this was an adoptive father.
[3] Second Preface of Advent. 

Away in a manger,
No crib for His bed
The little Lord Jesus
Laid down His sweet head

The stars in the bright sky
Looked down where He lay
The little Lord Jesus
Asleep on the hay

The cattle are lowing
The poor Baby wakes
But little Lord Jesus
No crying He makes

I love Thee, Lord Jesus
Look down from the sky
And stay by my side,
'Til morning is nigh.

Be near me, Lord Jesus,
I ask Thee to stay
Close by me forever
And love me I pray

Bless all the dear children
In Thy tender care
And take us to heaven
To live with Thee there

VISUAL THEOLOGY


St. Joseph (part of a Nativity scene), 18th century , Wood, polychromed and gilded; silver-gilt; glass H. 20 3/4 in. (52.7 cm.) ■ Metropolitan Museum of Art (New York). 

La sagrada Familia


Que el amor está hecho de encuentros y confidencias muchos podemos afirmarlo y firmarlo incluso con la propia sangre. Cuando se marcharon los Magos –nos cuenta el evangelio de hoy- el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto, quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo[1].

Cada uno de nosotros tiene su ángel de la anunciación pero nos falta fe y confianza en el Señor para saber recibirle y escucharle. José es el arquetipo, el ejemplo grande y claro, que debemos imitar: él es el hombre bueno y justo que fraguado en la fe y probado en la confianza atiende y acoge para su vida y la vida de su familia lo que viene de Dios. José cree en un Dios que no es ni un “seguro de cobertura amplia” ni mucho menos garantía de tranquilidad; en el fondo de su corazón sabe que tendrá que pasar por tempestades y dificultades, pero sabe también que a través de ellas llegará a buen puerto.

Hoy que celebramos a la Sagrada Familia es buen momento para pensar en algo concreto: el hombre que quiera poseer a Dios y que desea que sus hijos también lo posean, tendrá que estar dispuesto a dejarse poseer por Dios. Esto ocurre cuando los corazones se acercan tanto que las voluntades se funden en una sola realidad.

Y es que las circunstancias de la vida son como los dedos de la mano de Dios que escriben nuestra historia: la vida del hombre más que una larga novela es una sucesión de cuentos, unos felices y otros no tanto. Una serie de cuentos cuyo autor es un Dios que nos sorprende y desbarata asegurándonos que una vida con dificultades y sobresaltos es más rica y alentadora que una vida en el hastío, en el vacío y en el sinsentido. Así esas dificultades que Dios permite en cada familia son como la fragua donde se prueban la fidelidad y la confianza. Son la prueba fuerte que deja en cada miembros (de la familia), una huella más profunda que la facilidad, la comodidad o la seguridad.

La historia de la Sagrada Familia de Nazaret está entretejida de encuentros con el ángel y enriquecida con confidencias. La vida de José, como la de todo hombre, está hecha de encuentros que le condicionan y de confidencias que le enriquecen. Los encuentros y confidencias, configuran y definen nuestras vidas.

Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a Israel[2]. Ser confiado, obediente y esperanzado es la única forma de ser fiel. La confianza, la obediencia y la esperanza son como el banco de pruebas de la fe. La providencia de Dios no evita que podamos planear la vida, no nos evita el tomar decisiones, invita más bien a pisar la tierra con fuerza pero poniendo los ojos en el cielo.

Lo que le ocurre a un hombre está condicionado por todo su pasado. La vida no se improvisa, se va fraguando con el tiempo y el pasado es como un tesoro o un lastre que gravita en el presente y le hace ser lo que es y cómo es. Ninguno partimos desde cero. Lo queramos o no somos el resultado de una genética, una climatología, una geografía, una cultura y al final, una voluntad. Y así como la fruta madura con el sol, los hombres maduramos en presencia de otras personas, en colaboración con ellas y por su colaboración.

Todo hijo es de sus padres y del grupo humano que le vio nacer y crecer –por suerte o desgracia. Uno se hace en el seno de una familia y una cultura. Todo niño es como una ventana abierta a su hogar y a su pueblo: viéndolo vivir y desenvolverse uno adivina los valores y contravalores de su casa, su familia o de su pueblo. Los niños crecen y aprenden imitando, copiando los estilos y actitudes fundamentales de sus mayores, adquiere para sí lo que llamamos estilo o sello de familia.

A José el carpintero y a María su mujer se les confió y encomendó la crianza de Jesús que siendo Dios era y es hombre verdadero. De ellos adquirió costumbres, tradiciones, manera de hablar, de mirar y de reír.

Celebramos, pues, la fiesta cristiana de la familia de Nazaret. Históricamente poco sabemos  de la vida familiar de María, José y Jesús. En aquel hogar convivieron Jesús, el hombre en el  que se encarnaba la amistad de Dios a todo ser humano, y María y José, aquellos esposos  que supieron acogerlo como hijo con fe y amor. Esa familia sigue siendo para los creyentes estímulo y modelo de una vida familiar enraizada en el amor y la amistad ■


[1] B. Oltra Colomer, SER COMO DIOS MANDA, Una lectura pragmática de San Mateo, EDICEP. VALENCIA-1995. Págs. 18-20
[2] Mt 2, 13-15. 19-23

Nochebuena


Te diré mi amor, Rey mío,
en la quietud de la tarde,
cuando se cierran los ojos
y los corazones se abren.

Te diré mi amor, Rey mío,
con una mirada suave,
te lo diré contemplando
tu cuerpo que en pajas yace.

Te diré mi amor, Rey mío,
adorándote en la carne,
te lo diré con mis besos,
quizás con gotas de sangre.

Te diré mi amor, Rey mío,
con los hombres y los ángeles,
con el aliento del cielo
que espiran los animales.

Te diré mi amor, Rey mío,
con el amor de tu Madre,
con los labios de tu Esposa
y con la fe de tus mártires.

Te diré mi amor, Rey mío,
¡oh Dios del amor más grande!
¡Bendito en la Trinidad,
que has venido a nuestro Valle! Amén.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris