Custodio de la belleza,
santo tiempo del Adviento,
rásguense las profecías
para decir su secreto.

Era el Dios enamorado,
que descendía del cielo,
y a la brisa de la tarde
compartía sus anhelos.

Era el Dios de los caminos
de patriarcas andariegos,
que de Oriente hacia Occidente
Dios caminaba con ellos.

Era voz de los profetas,
Dios de amor y Dios de trueno,
quien al final se rendía
porque era Dios todo tierno.

Era Dios de nuestra historia,
que jamás quedó en silencio,
y una palabra anunciaba,
en la carne de su Verbo.

Rasgaos las profecías,
promesas de viejos tiempos:
Dios es santo, Dios es fiel,
Dios amor viene al encuentro.

Danos, Jesús, entender
el Libro que abre sus sellos:
tú, Jesús, Alfa y Omega,
eres el Dios descubierto.

¡Gloria en el trono divino,
y a Dios nuestro acatamiento,
a ti, Dios de nuestros Padres
oblación y amor eterno! Amén.

I Domingo de Adviento (A)

El tiempo que comenzamos éste domingo se llama Adviento, y está caracterizado por la espera humana del Salvador, sin embargo el evangelio de este domingo nos lanza inmediatamente hacia el fin de los tiempos y nos pone frente a la venida última del Señor. Los dos advenimientos –la Encarnación y la venida final del Hijo del hombre- no sólo no se contraponen, sino que se reclaman e iluminan mutuamente: en la celebración litúrgica no es posible proclamar el Génesis sin evocar en filigrana el Apocalipsis”[1].

Decía san Cirilo de Jerusalén que hay dos venidas (del Verbo): una oscura como la lluvia sobre un velo, otra resplandeciente de gloria, la que llegará. En la primera venida Cristo aparece envuelto en pañales dentro de un pesebre, en la segunda vendrá envuelto de la luz como en un manto[2]. Los cristianos tenemos que vivir forzosamente en un constante "estado de espera", volviendo la mirada hacia estas dos venidas. San Mateo lo dice con un verbo que en castellano tiene mucha fuerza: velad. No es posible programar, pronosticar la llegada del Señor –tanto la primera como la última- porque es sorprendente, imprevista, imprevisible. Solamente el estar en vela, atentos, permite no ser sorprendidos y al mismo tiempo ser contemporáneos de esta doble venida.

El sueño nos hace ausentes, lejanos. El verdadero, el irreparable desfase respecto a la venida del Señor está representado por el sueño, por la indiferencia, por la inercia.

En el evangelio de hoy el Señor habla de los tiempos de Noé, cuando la gente comía y bebía descuidadamente sin preocuparse de la cuestión fundamental: su relación con Dios. Y así, desprevenidos, fueron sorprendidos por el diluvio. Una advertencia más bien inquietante.

Para nosotros el sueño puede ser el desinterés, el sentirse ajenos, el entender la salvación como algo que no nos concierne; no sabemos qué hacer con ella. Adviento es espera, y esperar al Salvador significa sentirse interesados, reconocer que tenemos necesidad de salvación, admitir que somos pecadores, sentir la exigencia -¡la urgencia!- de la conversión. Adviento significa, en medio de nuestras preocupaciones cotidianas, caer en la cuenta de que es necesario preocuparnos de lo fundamental, dejando a un lado lo accidental ¿entendemos ésta diferencia?

Velar es precisamente lo contrario de la evasión. Velar quiere decir romper con las obras de las tinieblas, con la mentira, la hipocresía, la vanidad. Los cristianos velamos no porque tengamos miedo a la llegada del Señor sino porque queremos que cuando se presente –y será de improviso, de eso es quizá de lo único que podemos estar seguros- nos encuentre comprometidos, trabajando, en medio de una alegre fraternidad[3].

Adviento es pues tiempo de silencio y preparación, tiempo de reflexión y examen de conciencia, tempo para que la fuerza de lo que esperamos nos ayude a ser la imagen misma de lo que decimos, de lo que parecemos y de lo que predicamos, similar a aquella entrañable conversación entre el Rey Lear y el Conde de Kent disfrazado:

-Rey Lear: “¿Quién eres tú?”
-Conde de Kent: “Un hombre, Señor”
-Rey Lear: “¿En qué te ocupas?”
-Conde de Kent: “En no ser menos de lo que parezco”[4]


[1] A. Nocent.
[2] San Cirilo de Jerusalén (en griego: Κύριλλος Α΄ Ἱεροσολύμων) (315-386) fue un obispo griego y es venerado como santo tanto por la Iglesia Católica como por la Iglesia Ortodoxa. En 1883 fue declarado doctor de la Iglesia.
[3] A. Pronzato, El Pan del Domingo, ciclo A, Edit. Sígueme, Salamanca 1988, p. 12.
[4] El Rey Lear (King Lear) es una de las principales tragedias de William Shakespeare, fue escrita en su segundo periodo. Comenzó su redacción en el año 1605 y fue representada por primera vez a fines del año siguiente. Su fuente principal es una obra anterior, King Leir (representada en 1594 e impresa en 1605), y ambas son deudoras de la fuente principal, la Historia Regum Britanniae escrita hacia 1135 por Godofredo de Monmouth, de raíz netamente céltica. Su tema principal es la ingratitud filial aunque también trata de la vejez y de la locura.

In Christian art we can contemplate the way of love that the Lord reveals to us and that he invites us to follow. In fact, in the earliest times "in the arrangement of Christian sacred buildings [...] it became customary to depict the Lord returning as a king -- the symbol of hope –at the east end; while the west wall normally portrayed the Last Judgment as a symbol of our responsibility for our lives" (Spe salvi, 41): hope in the infinite love of God and commitment to order our life according to God's love. When we contemplate the depiction of Jesus inspired by the New Testament –as an ancient council teaches- we are led to "understand [...] the sublimity and the humiliation of the Word of God and [...] to recall his life in the flesh, his passion and salvific death, and the redemption that thus came to the world" (Council of Trullo [ca. 691 or 692], canon 82). "Yes, we need it, precisely to [...] become capable of recognizing in the pierced heart of the Crucified the mystery of God"  ■ J. Ratzinger, Teologia della liturgia: La fondazione sacramentale dell'esistenza cristiana, LEV 2010, p. 69 

VISUAL THEOLOGY


Crozier Head, ca. 1350–75, Ivory, made in possibly Lombardy (Italy), Metropolitan Museum of Art (New York) ■ A crozier, the principal emblem of a bishop's pastoral role, was often decorated with rich subjects appropriate to his authority. The double depiction of Christ may be a visual reference to John 15:1, "I am the true vine: and my Father is the Husbandman." Below are the allegorical virtues: Justice with her scales, Fortitude with the lion, Temperance pouring water into a flask, and Prudence with her lamp.

First Sunday of Advent (A)

We begin this Advent with a consideration of darkness and an appreciation of light. The first reading talks about the Coming Savior, Isaiah realizes that the world is in darkness but God will provide a light, a signal actually, for people to find their way. That light will come from Jerusalem, so on the Day of the Lord, swords will be beaten into plowshares and spears turned into pruning hooks, for the light of the Lord would bring peace [1].

In the Gospel reading –this year will follow Saint Matthew- Jesus tell us to stay awake, and be prepared to allow light into our lives. We are warned that the people of Noah’s day were unconcerned about the light of the Lord and lost themselves in their own lives[2].

Many very fine Christian writers speak about last century as one of darkness. Certainly we could all go on and on speaking about the darkness of a society where the need for intimacy has been concealed by violence and sex. We could talk about the abortion holocaust and the brilliant, artistic minds that have been destroyed before they could be born. It is easy to speak about darkness when it is out there, but how about the darkness within ourselves? How often do we provide our own darkness because we are afraid of what the light of the Lord might reveal to us? If we are honest with ourselves, we would have to recognize that we would rather not know what new sacrifices the following of Christ will demand from us.

To the extent that we have let the desires of our flesh dominate us, be they sexual desires, the desire for material things, or simply our refusal to control our anger, to that extent we are in the night. To the extent that we get a control over ourselves, to the extent that we fight off our own selfishness and put the Love of God before all else in our lives, to that extent we are in the light.

We want peace in our world and in our families. We want the time of beating swords into plowshare. We want the poor to eat. We want the world to come out of darkness. We want an end of terrorism.  We want an end of darkness. For these things to happen, we have got to come out of darkness ourselves. If we are basically selfish in our approach to life, if our main concern is the endless quest to please ourselves, then we are in darkness. But if we clothe ourselves in Christ, putting the determination to sacrifice ourselves for his kingdom as He sacrificed Himself for us, then the light of Christ will be our armor, protecting us from the way the darkness of the world tries to engulf us.

My brother, my sister, peace in the world, the beating of swords into plowshares, does not start around a negotiation table. It starts in you and in me. During Advent we call the Lord to come. We prepare for this coming by seeking forgiveness in the Sacrament of Confession for the times we have lived in the darkness.

May the season of preparing for the Lord, Advent, help us escape the darkness we inflict upon ourselves and lead us into the light of Christ's love.

Our blessed Mother is the perfect example of one who is perfectly prepared for the coming of God. Young, poor, and unassuming, she would become the Mother of God. Faithful to God’s promise, she embraced the first advent of her Son before it occurred. She is the one who in the ‘night’ of the Advent expectation began to shine like a true Morning Star. For just as this star, together with the dawn, precedes the rising of the sun, so Mary from the time of her Immaculate Conception preceded the coming of the Savior, the rising of the Sun of Justice in the history of the human race[3]



[1] St. Paul alerts the Romans of our second reading and us to wake up because the Day of the Lord has begun. We are not in darkness any more. Therefore we shouldn’t act as people of darkness, with no direction to life, no purpose, no future.  We shouldn’t be trying to hide our shallowness from ourselves in the deeds of darkness; instead, we should come out into the light of Lord.
[2] Sunday 28th November, 2010, 1st Sunday of Advent (Year A), Readings; Isaiah 2:1-5. Let us go rejoicing to the house of the Lord—Ps 121(122):1-2, 4-5, 6-9. Romans 13:11-14. Matthew 24:37-44.
[3] John Paul II, Redemptoris Missio n. 3
Ilustration: Georg Friedrich Kersting, Young Woman Sewing by the Light of a Lamp, 1823, Oil on canvas, 40 x 34 cm, Neue Pinakothek, Munich

Alzado en cruz de amor Jesús es Rey,
que a título de Rey es condenado,
el Rey de los Judíos, el Mesías,
el Rey del Universo, el Hijo amado.

De nadie sino suya es la corona
del reino del amor en Cruz ganado,
que nadie entre los hijos de los hombres
como él por sus hermanos ha luchado.

Que sean los pecados ya vencidos
peana de tu gloria, ¡oh ensalzado!,
y el mundo nuevo surja de tu pecho,
cual tú, mirando al Padre, lo has pensado.

Tu reino no es malicia ni violencia,
ni vences cuando el hombre es aplastado;
tu reino es comunión y casa unida
y paz del pecador reconciliado.

Y reinas ya, Jesús, como primicia
del reino que esperamos consumado;
abiertos nuestros ojos a la vida,
a ti te ven, ¡oh bello y coronado!

¡Jesús, Señor, medida y hermosura,
principio y fin de todo lo creado,
bendito eternamente, oh bien perfecto,
Rey nuestro, por nosotros aclamado!
Amén ■  
Jerusalén, solemnidad de Jesucristo Rey del universo, 
1985, Rufino Maria Grández, capuchino. 

Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

Con este domingo finaliza el Año Litúrgico. Ha sido un largo recorrido que comenzó con el Adviento y que nos puso en una actitud expectante ante un Cristo que quiere, cada día, venir a nuestra vida y cumplir nuestras esperanzas. En Navidad nos lo entregó hecho niño para que surgiera de nuestro corazón la fibra más sensible y le diéramos acogida tanto a Él como al hermano necesitado. Durante el llamado Tiempo Ordinario la lectura del evangelio dominical –el año que termina bajo la mano de San Lucas- nos hizo testigos de los hechos y palabras más relevantes de su vida pública. La liturgia del Triduo Pascual nos invitó a caminar con Cristo por su pascua de la muerte a la vida, y así, en la cincuentena pascual, hacernos vibrar con la certeza de que su vida de resucitado se nos ha entregado sacramentalmente para que, también en nosotros, ni la muerte ni el pecado tengan la última palabra.

Si tenemos presente todo esto hoy, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo no caeremos en ninguna de las falsas interpretaciones que se le puede dar a este título cristológico. Es decir, no haremos de él un grito de reivindicación de supuestos derechos intramundanos en favor de la Iglesia, pues es el Jesús nacido en Belén, el predicador de Galilea que gustaba estar con los pobres, el Maestro que lavó los pies[1] a sus discípulos y se dejó matar en la cruz y a quien le oímos decir: Mi reino no es de este mundo[2]. Ni tampoco hemos de sentir complejo vergonzante al recordar tal título pues el Padre, al resucitar a Cristo, lo constituyó Testigo fiel, Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra[3].

El evangelio de hoy nos habla de aquel condenado por ladrón o por algún otro delito que sí es capaz de entender lo que significa la realeza de Jesús, lo que significa su Reino. Aquel ladrón que comparte con Jesús el dolor de la cruz y la angustia de la muerte que se acerca, dice desde el fondo de su alma: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino[4].

Aquel hombre es el único que entendió lo más serio e importante que jamás haya ocurrido en la historia de los hombres. Que allí, a su lado, está revelándose definitivamente toda la grandeza humana, que es la grandeza de Dios. Que allí, en aquel Jesús que sufre dramáticamente el tormento de la muerte, se está abriendo para los hombres un camino definitivo de vida, un camino definitivo de esperanza. El reino de David desapareció, los reinos del poder y de las armas desaparecerán, pero en cambio, el Reino de Jesús, el Reino de la misericordia inagotable, el Reino del amor, no desaparece. Nunca. Es lo único que permanece, la única verdad que nunca podrá ser falseada, la única fuerza que nunca se corrompe.

El ladrón que le pide a Jesús que se acuerde de él, probablemente antes, alguna vez, lo habría visto pasar, o se habrá acercado a escucharlo, con la curiosidad que despierta la presencia de alguien que arrastra gente tras de sí y hace cosas distintas de las que se han hecho siempre. Y lo habría visto curar leprosos, y aproximarse a la mujer adúltera, y hablar del padre que siempre está a la puerta de la casa esperando el regreso del hijo que se ha marchado. Y ahora lo veía allí, en la cruz. Y lo entendía definitivamente todo: aquello, la palabra, y la acción, y la persona de Jesús, es la realización plena del hombre, es el sentido pleno de la humanidad, es el cumplimiento de los anhelos más limpios y auténticos.

Por eso su Reino es el único reino que merece la pena desear, y vivir y esperar. Por eso su Reino es el único reino que merece la pena seguir: el rey que reina en la debilidad, en la misericordia, en el amor, en la fidelidad, en la entrega personal a Dios y a los hombres.

Lo escucharemos dentro de unos momentos en el Prefacio, unos instantes antes del comienzo de la plegaria eucarística.

Porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo
a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
ungiéndolo con óleo de alegría,
para que ofreciéndose a si mismo
como víctima perfecta y pacificadora
en el altar de la cruz,
consumara el misterio de la redención humana;
y sometiendo a su poder la creación entera
entregara a tu majestad infinita
un reino eterno y universal:
el reino de la verdad y la vida,
el reino de la santidad y la gracia,
el reino de la justicia, el amor y la paz.
Por eso con los ángeles y arcángeles,
y con todos los coros celestiales, Cantamos el himno de tu gloria diciend: SANTO, SANTO...

Esta fiesta de hoy nos pone delante de un Jesús soberano, nos pone a nosotros, que formamos parte ante una sociedad que parece querer vivir de espaldas a Dios. Cristo vino a establecer su reinado, no con la fuerza de un conquistador, sino con la bondad y mansedumbre del pastor. Con este espíritu buscó Jesús a los hombres dispersos, a los hombres alejados de Dios por el pecado. Jesús, curó, Jesús sanó sus heridas. Jesús los amó y nos amó, dando por nosotros la vida. Y Cristo como Rey viene para revelar el amor de Dios ■


[1] Cfr Jn 13, 3-15.
[2] Id., 18, 36.
[3] Cfr Apoc 1,5; Cfr Antonio Luis Martínez, Semanario Iglesia en camino, Archidiócesis de Mérida-Badajoz (España), no. 231 - Año V - 23 de noviembre de 1997.
[4] Lc 23, 35-43

Si hubieras cogido la espada y la corona, todos se hubieran sometido a ti de buen grado. En una sola mano hubieras reunido el dominio completo sobre las almas y los cuerpos, y hubiera comenzado el imperio de la eterna paz. Pero has prescindido de esto... No bajaste de la cruz cuando te gritaron con burla y desprecio: ¡Baja de la cruz y creeremos que eres el Hijo de Dios! No bajaste, porque no quisiste hacer esclavos a los hombres por medio de un milagro, porque deseabas un amor libre y no el que brota del milagro. Tenías sed de amor voluntario, no de encanto servil ante el poder, que de una vez para siempre inspira temor a los esclavos. Pero aún aquí los has valorado demasiado, puesto que son esclavos –te lo digo-, habiéndolos creado como rebeldes... Si hubieras tomado la espada y la púrpura del emperador, hubieses establecido el dominio universal y dado al mundo la paz. Pues, verdaderamente: quién puede dominar a los hombres, sino aquellos que tienen en su mano sus conciencias y su pan.
F. Dostoievski,  Los hermanos Karamazoff[1].


[1] Fiódor Mijáilovich Dostoyevski (1821- 1881) fue un novelista ruso del siglo XIX, con frecuencia se le incorpora en la lista de los mejores y más influyentes escritores de la historia, al lado de Homero, Dante, Shakespeare o Cervantes.

VISUAL THEOLOGY


Tree of Jesse Window: The Reclining Jesse, King David, and Scenes from the Life of Jesus, 1280–1300, Pot-metal glass, vitreous paint, and lead Overall, Metropolitan Museum of Art (New York) ■ The Book of Isaiah presents Jesse, an ancestor of Jesus, as the root of a great tree, a symbol of his illustrious progeny. In this thirteenth century stained glass panel from Swabia in southern Germany, Jesse lies asleep at the bottom, and the tree rises, as in his dream, from his side. In branches coiling from the trunk, prophets hold scrolls that foretell the coming of Christ. King David holds a harp in the roundel immediately above Jesse, and the four upper roundels contain scenes from the life of Jesus, from bottom to top: the Presentation in the Temple, the Last Supper, the Crucifixion, and the Ascension. The vertical trunk unifies the panel and seems to merge with the wood of the cross in the Crucifixion scene.

The Solemnity of Christ the King

We celebrate today the solemnity of Christ the King and the end of the liturgical year, a beautiful day to reflect on the fact that God wouldn’t send his Son if we were a lost cause. He wouldn’t make Him a King if that King were to have no subjects. He wouldn’t allow him to die on the cross if He didn’t realize that some of us would call out to him Jesus, remember us, when you come into your kingdom[1]. Modern prophets of doom who see negative in every aspect of life have given up on society, but Jesus has not given up on us. Indeed He refuses to give up, He is the King who loves his subjects, and He loves them to death[2].

That’s the story and its teaching. Now I would like to talk about goals and dreams.

The only goal that matters, the only dream that matters is the dream of the Kingdom of Jesus Christ and our participation in this Kingdom. This dream includes the purpose for our lives, the formation of a community of God’s love that makes life meaningful. The community of love includes reverence and respect for the presence of the Lord in the Holy Mass and spiritually in our families, in each individual in the family, and in each individual in the world.

All other goals and dreams are transitory and illusory. All other goals, no matter how important they may seem at the time, will pass away. For example, political seasons come and go, thanks be to God.

Some people’s dreams are caught up in business. Some people devote just their careers to forming a successful enterprise. Some people’s dreams are wrapped up in the good days that lay ahead in retirement.

Today, the last Sunday of the Church year we have a real challenge in front of us: What are the dreams that really matter? What are the values and principles that we are willing to fight for? What hopes are we willing to believe in enough to sacrifice ourselves for?

You know, our baptism into the life of Christ was and continues to be a bold statement to the world: Jesus is Lord of lords and King of kings, we dream His dreams, we share His hopes. We believe that nothing, not even death, can steal the dream of his Kingdom from us.

He has not given up His hope for us, so we cannot give up our participation in His dream.

The Solemnity of Christ the King is not just the conclusion of the church year it is a summary of our lives as Christians: His dreams are our dreams. His hope is our hope. His present is our future.

The Solemnity of Christ, King of the Universe, invites us to repeat with faith the prayer of the Our Father, which Jesus himself taught us: "Thy kingdom come".

Thy kingdom come, O Lord! — A kingdom of truth and life, a kingdom of holiness and grace, a kingdom of justice, love and peace[3]. Amen![4]


[1] Cfr Lk 23:42.
[2] Sunday 21st November, 2010, Our Lord Jesus Christ, Universal King [Presentation of the Blessed Virgin Mary]. Readings: 2 Samuel 5:1-3. Let us go rejoicing to the house of the Lord—Ps 121(122):1-5. Colossians 1:12-20. Luke 23:35-43.
[3] Preface.
[4] EUCHARISTIC CELEBRATION FOR THE FEAST OF CHRIST THE KING, HOMILY OF POPE JOHN PAUL II, Sunday, 23 November 1997. 

Vendrá la muerte un día,
belleza del ocaso,
y tras la muerte Cristo
me acogerá en sus brazos.

Que crezca la esperanza,
que alaban los cristianos;
es breve la fatiga
y eterno es el regalo.

Y tú serás mi vida,
mi gozo consumado,
y eternamente el pobre
descansará a tu lado.

Oh fiel Señor, oh Cristo,
que en cruz nos has salvado,
bendito con los tuyos,
por siempre tus amados. Amén  
Rufino M. Grández, capuchino, 
Belén, septiembre 1984

XXXIII Domingo del Tiempo Odinario (C)

No cabe duda de que hay algo más más peligroso para la fe que la persecución cruenta y las célebres palabras de San Ambrosio lo explican bien: “Los emperadores nos ayudaban más cuando nos perseguían que ahora que nos protegen”. En menos palabras: las situaciones de calma, en las que el culto y el funcionamiento interno de la Iglesia no sufre dificultades sino que más bien son protegidos, son propicias para convertir el cristianismo en algo descafeinado ó ligth que no quita el sueño ni pone nervioso a nadie. En cincunstancias así la inercia misma nos lleva –a todos- a la tentación de sentarnos a ver la vida pasar, de interesarnos por la Iglesia –si es que nos interesa- posponiendo la preocupación por el servicio; poniendo el objeto de nuestra misión en nosotros. Al final se termina discutiendo por una genuflexión de más o una sotana de menos. Presentamos un Cristo obsesivamente preocupado por las arrugas de su túnica o el arreglo de su pelo. Algo ridículo e hiriente en un mundo cargado de graves y vitales problemas.

Entonces ¿cómo evitar las consecuencias de la calma? ¿Cómo avivar  mutuamente la fe sacudiéndonos la rutina y el tedio? Al hilo de la liturgia de la Palabra de éste domingo, el XXXIII del Tiempo Ordinario, es bueno recordarnos entre todos la perseverancia en el compromiso y, sobre todo, redescubrir comunitariamente que estamos llamados a servir a y en la Iglesia.


Hoy por hoy es necesario que la sal siga siendo sal y la levadura haga fermentar la masa y no sea ahogada por ella[1]. La exigencia de una conversión permanente es más necesaria que nunca porque el anuncio del Reino viene precedido de una llamada a la conversión. No es ningún secreto para nadie que ninguno podemos ser liberadores si antes no nos hemos esforzado personalmente en ser libres. Este era el criterio de la Asamblea de Medellín[2]: “Para nuestra verdadera liberación, todos los hombres necesitamos una profunda conversión a fin de que llegue a nosotros el Reino de justicia, de amor y de paz. La originalidad del mensaje cristiano no consiste directamente en la afirmación de la necesidad de un cambio de estructuras sino en la insistencia en la conversión del hombre, que exige luego este cambio. No tendremos un continente nuevo sin nuevas y renovadas estructuras; sobre todo no habrá continente nuevo sin hombres nuevos, que a la luz del Evangelio, sepan ser verdaderamente libres y responsables”. El objetivo de la conversión permanente no es ella misma, sino una verdadera disponibilidad para el amor.

La fe que profesamos -porque la recibimos en el Bautismo- y que practicamos domingo a domingo es la que nos mueve –o debería movernos- a un profundo amor al hombre y al mundo. No olvidemos que la autenticidad de nuestra fe se mide por nuestra donación a los hermanos. Este es el test del cristiano. Una comunidad cristiana introvertida, narcisista, replegada sobre si, ya no sería la iglesia de Jesús, sino un círculo de hombres que coinciden en sus egoísmos. Terrible panorama.

Constituir en Iglesia es comprometerse a servir. Ser Iglesia no es ser socio de una entidad religiosa en la que se nos ofrecen seguridades para el tiempo y la eternidad, previo pago de ciertas imposiciones. Ser iglesia es construir con otros creyentes una fraternidad en que todos comulguen con la misma esperanza, movidos por el mismo amor que lleva darse a los demás.

En las situaciones grises y exteriormente calmadas hemos de revisar nuestra fe y ver si realmente crecemos junto a la verdadera vid, Jesucristo, y en el servicio a los demás. En menos palabras: Señor, creemos pero aumenta nuestra fe


[1] Cfr Mt 5, 13.
[2] II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris