Tu amable corazón, Jesús humano,
belleza de los cielos y la tierra,
se da en mi corazón, secreto tuyo,
más hondo que el saber de mi conciencia.

Es bello el corazón, por ti creado,
por ti habitado, vida verdadera;
al ritmo del latido cotidiano
mi vida fue contada por tus venas.

Penetro en lo más hondo de mí mismo
y busco en mis dominios mi riqueza;
mi humano corazón que en ti confina
me anuncia que eres tú quien me sustenta.

Lugar de lo posible, corazón,
de todo amor vivido y toda guerra,
a ti, pobre y sublime, en gracia pura
del cielo en carne y sangre el Verbo llega.

Ya puede el corazón, libre y ardiente,
alzar el vuelo en pos de su querencia;
¡oh Cristo, que conoces nuestros pasos,
la historia universal en ti se cierra!

A ti, Padre celeste, Padre santo,
cantamos el amor con voz perfecta;
recibe todo agrado por el Hijo
que ha puesto sus latidos en la Iglesia. Amén  
Gea de Albarracín (España), monasterio de capuchinas. 

XXXI Domingo del Tiempo Ordinario



El Dios que ama a todos los seres y no odia nada de lo que ha hecho[1], ama también a Zaqueo, aquel pequeño hombre que era un gran ladrón profesional. “Gran señor don Zaqueo!”, solía decir uno de mis profesores del seminario (el mejor quizá), y yo me pregunto ¿era Zaqueo un curioso, una especie de chismoso, uno de esos fieles admiradores que suelen seguir a los populares, aclamándolos? Ese correr delante y subirse al árbol que nos cuenta el evangelio ¿retrata a un fanático? ¿O se trata, más bien, de alguien que ha sido tocado profundamente; alguien que ha sentido una llamada, adivinando que ése que pasa –Jesús- puede ser la gran oportunidad de su vida? ¿Se trata de un frívolo o de un auténtico buscador de perlas finas? Me quedo con esto último.

La de Zaqueo no es una curiosidad frívola, de prensa amarilla, de fanático o incluso de alguien que utiliza una institución (¡o una amistad!) como escalera social. No. La de Zaqueo era la curiosidad de alguien que quiere conocer a fondo a una persona: Jesús. Porque algo le dice en su interior que ese conocimiento va a marcar su vida. Y a pesar de la apariencia, no era Zaqueo el que buscaba a Jesús, sino Jesús el que buscaba a Zaqueo. Pascal lo decía mejor: «No te buscaría si no me hubieras encontrado». Es verdad, suele ser el Señor el que anda haciéndose notar, enviando sus primeras gracias, haciendo que se produzcan ciertas circunstancias, para que el hombre las advierta. El Señor mismo lo dice aún mejor: No me elegisteis vosotros, sino que yo os elegí, para que vayáis...[2]. Supuesta, pues, esa disimulada manera de «insinuarse» de Jesús, fue Zaqueo emprendiendo su camino de búsqueda.

La gente se lo impedía, dice san Lucas, y aclara: era "jefe de publicanos". Los publicanos cobraban impuestos, y además, para los romanos. Dos datos poco favorables para que la gente le abriera paso. Entonces, como era bajo de estatura, se subió a una higuera… conmueve ésta pincelada del evangelista; es de los poquísimos detalles físicos que nos dan los evangelios.
El libro del Apocalipsis tiene una frase conmovedora en él: Estoy a la puerta y llamo. Es el retrato de un Dios al que no se le abre. Un Dios que busca, un Dios que pide permiso para entrar. Lope de Vega la inmortalizó en endecasílabos:

Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate ahora a la ventana».
Y cuántas, hermosura soberana:
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana[3].

No era el caso de Zaqueo. ¿Es acaso el nuestro?

El amor es una conquista. Una dulce conquista, a la que, según los místicos, corresponde la entrega y el abandono:

Quedéme y olvidéme
el rostro recliné sobre el Amado
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado.
Así cantaba San Juan de la Cruz[4].

Zaqueo, más listo en negocios y en pragmatismo, dijo: Desde ahora daré la mitad de mis bienes, y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.

¡Gran señor don Zaqueo! A veces solemos mirar con cierta suspicacia a quienes caminan por caminos aparentemente lejanos a Dios. Pues he aquí hoy el elogio de uno que desandó lo andado, como Dios manda ■


[1] Cfr Sab 11, 22; 12:2
[2] Cfr Jn 15, 16.
[3] Félix Lope de Vega y Carpio (1562 –1635) fue uno de los más importantes poetas y dramaturgos del Siglo de Oro español y, por la extensión de su obra, uno de los más prolíficos autores de la literatura universal.
[4] Juan de Yepes Álvarez (1542 –1591), conocido como estudiante con el nombre de fray Juan de Santo Matías y más tarde como San Juan de la Cruz, fue un poeta místico y un religioso carmelita descalzo del Renacimiento español. Desde 1952 es el Patrono de los poetas en lengua española.

VISUAL THEOLOGY


Giovanni da Bologna 
Virgin of Humility with Saints
1381-83
Panel, 111 x 99 cm
Gallerie dell'Accademia, Venice

In the lower part of the panel the brothers of the Scuola di San Giovanni Evangelista in Venice, who commissioned the painting, are represented.

Thirty-first Sunday in Ordinary Time


Very often in life we might feel lost because we are in a new situation in life, like school, and be looking for our individuality in a crowd. Very often we might feel lost because we just feel like a functionary in our job or even our homes. Very often we might feel lost because life has forced us to take a huge change in direction due to sickness or death. These feelings are really normal, part of life. What is not normal, or at least not meant to be normal, is when we are separated from the reason for our existence. When we are separated from Christ, we are really lost. So, we do this or that to fill our days. We join in with the crowd and do the things that are expected of an immoral or at least an amoral person. And we lose contact with the reason for our being. We lose contact with Jesus Christ[1].

We go to the place we know we should not be. We are with the person that we know we should not be with. We do what we should not do, because it feels good, or because everyone else is doing it and we want to fit in.  “No one is going to tell me what is right or wrong,” we claim, including in that “no one” that voice within us called conscience. Very often we choose immorality. Or we refuse to stand up for what is right. We refuse to proclaim our Christianity with our lives. We say we will not make a decision on whether an action is right or wrong. We are too politically correct for that. We become amoral. And the results of being immoral or amoral is that we lose ourselves in a crowd of humanity. We lose contact with Christ.

Zacchaeus, the little tax collector of today’s Gospel was lost. He was rejected by his own people for cashing in on the Roman occupation and collecting taxes for the enemy, keeping an ample amount for himself. He hid behind his riches. But he was a lost soul. And then one day he heard a crowd coming. They were there to greet this Jesus, this Messiah. Zacchaeus was initially nothing more than curious. He climbed a tree to get a glimpse of the great man. But then Jesus stopped under the tree and called him. The Good Shepherd found the lost sheep[2]. Zacchaeus came down from the tree and pledged himself to God. Half of my belonging I give to the poor.  If I have extorted anything from anyone, I’ll pay him back four fold.

 “Today, Zacchaeus, salvation has come to this house.” Zacchaeus was lost no longer. Jesus had found him, and he responded. He now found himself in Jesus Christ.
As pastor, as a priest, I am sure that many of us have had times that we have really been lost. I was loot indeed in certain moment of my life. We go to Church every week, and that is a very good thing. But sometimes we are just going through the motions. We stand and sit and kneel and sing. The hardest times for us are often the quiet times. That is often a sure sign that something is very wrong. It is hard to hide non Christian behavior when it is only ourselves and the Lord. Those are the times when our consciences are telling us: I’m lost. Maybe, I shouldn’t even be here.

But we are here. We are in Church, in this great parish. Perhaps when we walked through the doors of the Church we have taken the first step to see who this Jesus is. Walking through the doors of the Church is, for many, like climbing the sycamore tree to get a glimpse of Jesus. We certainly don’t expect Jesus to single us out from the crowd of worshipers. But he does. For sure he does. He stands under the tree that every single person has climbed in his life, the tree that many of us are still looking down from, and he says, “Judy, Frank, Shirley, Bill, Zacchaeus, come down from there.  I want to stay in your house tonight and from now on.”

Now, we are faced with what is really an easy decision: do we want Him in our house? It is going to cost us. We are going to have to abandon that which has no place in our house, in our lives. But it is an easy decision. Nothing can surpass the all encompassing joy of having Jesus in our lives.

We may have been lost in a crowd. But he searched for us and called to us. And we responded. And we have found ourselves in Jesus Christ. This is simply…Amazing Grace! ■


[1] Sunday 31st October, 2010, 31ST SUNDAY IN ORDINARY TIME. Readings: Wisdom 11:22 – 12:2. I will praise your name for ever, my king and my God—Ps 144(145):1-2, 8-11, 13-14. 2 Thessalonians 1:11 – 2:2. Luke 19:1-10.
[2] Cfr John 10:1-30

Los fariseos quieren que los demás sean perfectos,
lo exigen.
No saben hablar de otra cosa.
Pero Yo soy menos exigente, dice Dios.
Porque Yo sé bien lo que es la perfección
y no exijo tanto a los hombres.
Precisamente porque Yo soy perfecto
y no hay en Mí más que perfección,
no soy tan difícil como los fariseos.
Soy menos exigente.
Soy el Santo de los santos
y sé lo que es ser santo, lo que cuesta, lo que vale.
Son los fariseos los que quieren la perfección.
Pero para los demás.
Encuentran siempre indignos a los demás,
encuentran indigno a todo el mundo.
Pero Yo, dice Dios, soy menos difícil,
y encuentro que un buen cristiano,
un buen pecador de la común especie
es digno de ser mi hijo
y de reclinar su cabeza sobre mi hombro Charles Péguy

El mismo principio vale para todo el arte sacro, especialmente la pintura y la escultura, en los que la iconografía religiosa se ha de orientar a la mistagogía sacramental. Un conocimiento profundo de las formas que el arte sacro ha producido a lo largo de los siglos puede ser de gran ayuda para los que tienen la responsabilidad de encomendar a arquitectos y artistas obras relacionadas con la acción litúrgica. Por tanto, es indispensable que en la formación de los seminaristas y de los sacerdotes se incluya la historia del arte como materia importante, con especial referencia a los edificios de culto, según las normas litúrgicas. Es necesario que en todo lo que concierne a la Eucaristía haya gusto por la belleza. Se deben también respetar y cuidar los ornamentos, la decoración, los vasos sagrados, para que, dispuestos de modo orgánico y ordenado entre sí, fomenten el asombro ante el misterio de Dios, manifiesten la unidad de la fe y refuercen la devoción. Benedixcto XVI, Sacramentum Caritatis, n. 41

XXX Domingo del Tiempo Odinario (C)

Quizá deberíamos sentir mucho más simpatía y atracción por el publicano del evangelio, ese hombre corriente, inmerso en las dificultades de la vida, en roce constante con el mundo y sus tentaciones, que no practica demasiado la religión pero que sabe encontrar a Dios en la vida y en la comunión con los hombres. Y al mismo tiempo ser conscientes de que el Señor no alaba la situación humana, la indigencia moral, la escasa práctica religiosa del publicano; más subraya su humildad, su arrepentimiento y la abstención de juzgar en su corazón. Esto último será lo que le justifique, lo que le haga volver a casa con el sentimiento profundo del perdón de Dios.

Tampoco condena Cristo al fariseo por ser una persona religiosa, por llevar una vida moral digna, por practicar fielmente el ayuno y el diezmo. Lo que critica en él es su (amargo) espíritu de juicio que le lleva a pensar que su espiritualidad es la mejor, que tiene –por decirlo de manera un poco radical- el monopolio de la salvación. Únicamente porque juzga a los otros, volverá a casa con escasa seguridad de haber obtenido misericordia de Dios, por ello vivirá inquieto, angustiado.

Si nuestro Señor tuviese que repetir esta parábola hoy, con relación a algunos que se glorían de ser justos y que sienten desprecio hacia los demás, quizás podría hacer decir a los publicanos de nuestro tiempo: “Dios mío, te doy gracias porque YO (sic) no soy como otros que no dedican tiempo a su formación; que desconocen la liturgia de la Iglesia; y que además ¡leen a Paulo Coelho![1]. Te doy gracias porque yo no convivo con divorciados y vueltos a casar; porque soy cuidadoso con mis amistades, y porque hago oración para que el padre de la parroquia alcance la formación que tanto le hace falta al pobrecillo...”. Seguramente que en nuestra parábola el publicado moderno no volvería a casa justificado.

Nuestro Señor quiere librarnos del juicio sobre nuestros hermanos. Cristo no está de mejor grado con los publicanos que con los fariseos; está, eso sí, con los humildes, con los que se arrepienten y no juzgan jamás a los otros.

En el otro extremo está quien afirma que la vida cristiana no tiene nada que ver con la religión, con las actitudes religiosas tradicionales que tanto obstaculizan la penetración del evangelio en el mundo. Son los mismos que sugieren una vida cristiana sin elementos religiosos, consistente únicamente en la presencia en el mundo. Para ellos Cristo habría condenado la religión tradicional en el fariseo y habría puesto en honor, en el publicado, el mundo no-religioso, que puede llegar a la fe sin la práctica religiosa tradicional.

El Señor condena la actitud de juicio de una postura cristiana respecto de otra. En efecto, la fe cristiana no debe ser confundida con una actitud religiosa, pero tampoco es simplemente a-religiosa, es decir, Jesucristo está por encima de estas opciones humanas y abraza tanto al hombre religioso como al no-religioso, al fariseo y al publicano, al tradicionalista y al moderno, e invita a que no se juzguen uno al otro, a que se vean más bien como complementarios y no como adversarios en el servicio de Cristo y de la Iglesia.

Habría quizás una tercera manera de escribir la parábola, en la que tanto el fariseo como el publicano darían gracias a Dios el uno por el otro, pues ambos se sentirían débiles sin el otro y completados mutuamente. De esta forma, uno y otro podrían volver a casa justificados, a pesar de ser tan diferentes, en paz con Dios y con ellos mismos.

Jesús nos da la paz no en razón de nuestras opciones humanas, sino en la medida de la fe que nos compromete en la humildad, una humildad que es abstención de juzgar.

La violencia humana se escuda frecuentemente en los cristianos, en las tensiones actuales en el seno de la Iglesia. Hemos de promover la no-violencia, no solamente entre los hombres, sino también y primeramente entre los cristianos de diversas tendencias. ¿Cómo podremos proclamar a los hombres el evangelio de la reconciliación y de la paz, si no la vivimos intensamente entre nosotros?

Hemos de desarrollar y conservar nuestra actitud de perdón. El que es incapaz de perdonar, es también incapaz de amar. Es imposible dar el primer paso en el amor a los enemigos, sin haber aceptado primeramente la necesidad, renovada sin cesar, de perdonar a los que nos infligen el mal o la injusticia. El perdón es un catalizador que crea el clima necesario para un nuevo punto de partida, para un nuevo comienzo para el nacimiento y crecimiento del amor humano y el amor de Dios ■


[1] Paulo Coelho (Río de Janeiro, 24 de agosto de 1947) es un novelista brasileño cuyas obras han tenido gran difusión. Durante su infancia recibió educación católica al haber estudiado en un colegio de la Compañía de Jesús. Aunque sus obras no han sido en absoluto declaradas como inconvenientes por el Magisterio de la Iglesia, reflejan un vago espiritualismo en el que se mezclan argumentos iniciáticos con mensajes de las filosofías orientales, del esoterismo y de la religión católica.

VISUAL THEOLOGY


Eucharistic Dove, ca. 1215–1235, French; Made in Limoges, Gilded copper with champlevé enamel, (19 x 20.5 cm), The Metropolitan Museum of Art  (New York) ■ Rich with gilding, its overall surface engraved and enameled in a pattern that suggests layers of feathers, this dove would have hung over an altar as an evocation of the Holy Spirit. A tear-shaped door on its back conceals a small cavity once used to hold the bread of the Eucharist. Though many textual sources mention gold and silver doves, suggesting these materials were part of the standard liturgical furnishings for churches and communities that could afford them, few examples survive. On the other hand, doves of Limoges work fashioned from copper and enameled in brilliant colors exist in large numbers ■


Thirtieth Sunday in Ordinary Time

As a pastor, I really hate when my parishioners are confronted with do’s and don’t’s the as soon as they walk into Church.  Few months ago a man said to me after I tried to convince people to sit closer to the altar: “Father, I just recently returned to Church. I’ve made the big step to walk through the door, but you’ve got to let me ease my way up into being in the middle of the congregation. I have a lot of things that the Lord and I need to deal with first.”[1].

That’s why the tax collector was in the back of the Temple. He made the big step to enter the Temple. He didn’t feel that it was right for him to come any closer. It is not that he didn’t want to participate in the service. He and God had things he needed to work out. Namely, he needed God’s mercy.

You know the prayers of the tax collector and the Pharisee were very different. The Pharisee was fulfilling an obligation in the Law to worship. He made sure that God remembered what a great person he was and would give him the reward he felt he deserved. To emphasize this, he pointed to the tax collector, “I certainly am a lot better than that guy over there.”

The tax collector didn’t make any comparisons, nor did he try to remind God of any of the good things he had done in his life. He didn’t say, “I know I’ve done wrong, collecting taxes for the Romans from my own people and making a profit on it for myself, but I also fed my neighbor’s family when he died suddenly, and I routinely give alms to beggars.” Nor did he say, “Lord, I am not an arrogant man, like that Pharisee.” His prayer was simply, “Lord, have mercy on me a sinner.”

The parable reaches to the core of our relationship with God. God chooses us. He establishes the relationship. We haven’t won this relationship with our prayers, or our actions. God has chosen us. And this has not been easy. It has taken an infinite struggle on his part. This struggle included the struggle for people in general, necessitating his becoming one of his people and showing them the extent of his love for them through the sacrificial love of the cross. The struggle also includes the Lord’s continual effort to win each of us into his love as individuals. So often, God has had to be that Hound of Heaven that Francis Thompson spoke of. Do you remember that poem?[2] It began:

I fled him, down the nights and down the days; I fled him down the arche of the years; I fled him down the labyrinthine ways of my own mind; and in the midst of tears I hid from him.

God is determined to form a relationship with each of us. So often we have run from Him. When we realize that God has chosen us as individuals, that He loves each of us, and when we consider how we have resisted Him, we realize that our prayer must begin with, “Have mercy on me a sinner.”

The relationship with God that each of us have been gifted with flows through the Church, yet it is unique since we are individuals. No one is better or worse than another person in the eyes of God. We are all unique. We are God’s children. God sees us as individuals. He doesn’t judge us as better or worse than another person. He loves each of us as unique individuals. He forgives each of us for the times we have not returned his love. We all live under his mercy.

Catholicism is often accused of putting people on guilt trips. This is not true. Catholicism puts people on reality trips. Catholicism dares to speak about unpopular topics like sin. Catholicism dares to invite people to consider their own participation in sin and seek forgiveness. It recognizes that our salvation is a process we are engaged in. We are not saved yet, we are being saved. It recognizes that we are human beings and that we can give in to temptation to sin. It tells us that the Lord was one of us. He experienced what temptation was and he understands our need for mercy. He gives the sacrament of mercy, penance, because he wants his mercy, not our guilt directing our lives.

Catholicism is not concerned with guilt, it is concerned with mercy. People are continually telling their priests how much they need the Mercy of God. They are realists.  We all need the mercy of God. As we come to a deeper understanding of all that God has done for us, we also come to a deeper understanding of how much we need his mercy and forgiveness.  The greatest saints are people who see themselves a great sinners because they have a profound realization of the extent of God’s love for them and the many times they have not returned His love.

The parable today leaves us with what the Middle Ages called “the pilgrim’s prayer.” The pilgrim’s prayer is simple and profound. It is the prayer of the man in the back of the Temple who realized that he is totally dependent on God’s love, a love that he had often rejected. The pilgrim’s prayer is the prayer that we all need to say with our hearts throughout our day, O Lord, have mercy on me a sinner.

A pharisee and a tax collector come into the Temple. Both are there to pray. Only one is a humble enough to recognize his need for the healing hand of God. Only one prays because only one realizes that he really needs God. And that one leaves in the embrace of the Lord’s love ■


[1] Sunday 24th October, 2010, 30th Sunday in Ordinary Time. Readngs: Ecclesiasticus 35:12-14, 16-19. The Lord hears the cry of the poor—Ps 32(33):2-3, 17-19, 23. 2 Timothy 4:6-8, 16-18. Luke 18:9-14 [St Anthony Claret].
[2] Francis Thompson (16 December 1859 – 13 November 1907) was an English poet and ascetic. After attending college, he moved to London to become a writer, but in menial work, became addicted to opium, and was a street vagrant for years. A married couple read his poetry and rescued him, publishing his first book, Poems in 1893. Francis Thompson lived as an unbalanced invalid in Wales and at Storrington, but wrote three books of poetry, with other works and essays, before dying of tuberculosis in 1907.
Ilustration: The parable of the Pharisee and the Publican, mosaic (late 5th-early 6th century A.D.), Emilia-Romagna region, Ravenna, Basilica of St. Apollinare Nuovo. 

      Mis ojos, mis pobres ojos que acaban de despertar los hiciste para ver, no sólo para llorar. Haz que sepa adivinar entre las sombras la luz, que nunca me ciegue el mal ni olvide que existes tú. Que, cuando llegue el dolor, que yo sé que llegará, no se me enturbie el amor, ni se me nuble la paz. Sostén ahora mi fe, pues, cuando llegue a tu hogar, con mis ojos te veré y mi llanto cesará. Amén.
Estas corrientes que dominan a todos y que quieren hacer desaparecer la fe de la Iglesia, la cual ya no parece tener sitio ante la fuerza de estas corrientes que se imponen como la única racionalidad, como la única forma de vivir. Y la tierra que absorbe estas corrientes es la fe de los sencillos, que no se deja arrastrar por estos ríos y salva a la Madre y al Hijo. Esta auténtica sabiduría de la fe sencilla, que no se deja devorar por las aguas, es la fuerza de la Iglesia. Y volvemos otra vez al misterio mariano. Vacilan los fundamentos externos porque vacilan los fundamentos interiores, los fundamentos morales y religiosos, la fe de la que sigue el modo recto de vivir. Y sabemos que la fe es el fundamento, y, en definitiva, los fundamentos de la tierra no pueden vacilar si permanece firme la fe, la verdadera sabiduría Benedicto XVI, meditación en el aula del Sínodo, durante la primera Congregación General de la Asamblea Especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos. 

XXIX Domingo del Tiempo Odinario (C)

Afortunadamente son muchos los hombres y mujeres que se inician hoy de nuevo en el arte de la meditación y se esfuerzan por recuperar el silencio interior. Cada día hay más libros y estudios que invitan a descubrir caminos nuevos de contemplación y purificación interior. Es maravilloso ver todo este esfuerzo y hay que alentarlo decididamente entre los fieles, sin embargo la inmensa mayoría de los cristianos sencillos –escribo pensando en la gente de mi parroquia- no tienen un acceso real y efectivo a este tipo de oración cuidada, profunda y purificada. Por eso vale la pena detenerse hoy un momento y poner atención al Señor que nos pone el ejemplo de una mujer sencilla y en apuros que insiste en su petición hasta lograr con su terquedad lo que desea. Pareciera como si nos dijera: si permanecéis estrechamente unidos a Dios en la oración, no debéis desesperar en ninguna dificultad, pues no seréis abandonados por vuestro Padre.

Existe un tipo de oración digamos, común y corriente; la única que sabe hacer la gente sencilla en momentos de apuro; oración que quizá hemos despreciado demasiado en últimos años. Es una oración, acaso demasiado «interesada» y quizá hasta contaminada de cierta superstición. Una oración hecha de fórmulas repetidas con sencillez. Oración llena de distracciones, sin gran hondura ni pretensiones de contemplación. Es la oración que brota en los momentos de angustia, cuando uno está desbordado por el miedo, la depresión, la soledad o el desengaño. La oración en el fracaso matrimonial o el conflicto doloroso con los hijos. La oración ante la sala de operaciones o junto al moribundo. Hoy me pregunto –y te animo a que te lo preguntes tú- ¿No deberíamos mirar con más simpatía esta oración modesta, deslucida, poco sublime, que es la oración de los pobres, los angustiados, los ignorantes? La suya es una oración que nace desde la conciencia de la propia indignidad. Es la oración de los que no saben analizarse a sí mismos y por tanto viven en una agradable sencillez. Es la oración de los que no saben hablar ni consigo mismos ni con los demás si no es torpemente y con trabajo. Lo dice mucho mejor Juan Miguel Zunzunegui: «Es la oración de la mayoría en todas las religiones del mundo; la oración que desata la ternura de Dios y que es, en definitiva, suficiente para la inmensa mayoría de la humanidad».

Orar es también rezar el padrenuestro y el avemaría, alzar los brazos como Moisés o postrarse de rodillas; todo esto es oración, pero no es toda la oración, ni lo principal. Es ciertamente necesario, pero no es lo más necesario. Es necesario para que surja a nivel de conciencia clara y distinta lo que de una manera difusa y profunda hay que vivir constantemente. Es necesario para tomar conciencia de lo que somos: creyentes.

Ése es el punto de partida y también el de llegada: el creer un Dios creador y providente que llena de sentido la propia existencia. Viene a la memoria la historia de aquel viejo mercader que todos los días rezaba a su Dios. En una ocasión tuvo que salir a otra ciudad. Cuando tras una larga jornada en el desierto llegó a su destino, se dispuso a orar pero cuál sería su sorpresa al comprobar que había olvidado su libro de oraciones en casa. Como era un hombre con un sentido real y grande de la oración lamentó profundamente tamaño descuido, sin embargo se fiaba de su Dios por lo que decidió salir al patio de la pequeña posada donde pasaba la noche para hablar con Él. Tomó un papel y escribió en él todo el abecedario y, cuando hubo terminado, se dirigió a Dios diciéndole: “Señor, verás…soy muy tonto, tanto que se me olvidó en casa el libro de oraciones, y sin él… no sé qué decirte. Así que te ofrezco todas las letras del abecedario y, Tú, que lees en mi corazón, compón con ellas la oración que más te plazca”. Dice la historia que aquélla fue, de todas las oraciones elevadas por el mercader, la que más complació al Señor.

Este domingo el Señor establece una conexión entre su venida y la necesidad de orar sin desanimarse. Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra? Pregunta que nos inquieta y nos responsabiliza. Porque vemos en ella que la historia de la salvación no avanza progresivamente y sin riesgo al margen de nuestras decisiones personales ■

VISUAL THEOLOGY


Quatrefoil Plaque with Angels, second quarter of 13th century, French (Limoges), Champlevé enamel, copper, (13.4 x 13.4 x 0.2 cm), The Metropolitan Museum of Art ■ The medieval metalworker's craft was often closely allied to the draftsman's art, a relationship that was particularly strong in the twelfth and thirteenth centuries. In this work, calligraphic metal surfaces float against colorful enameled backgrounds, much as drawing and painting interact in manuscripts. A sketch of a head on the reverse of this piece suggests that artists worked out compositions in a graphic mode before attempting completed designs ■ 

Twenty-ninth Sunday in Ordinary Time (c)

All this Sunday is about prayer. It can be helpful to realize that we don't pray to flatter God, or try to talk God into something, or because God needs to have people praising him. We pray because it affects us. It sets us in the right direction –toward God. Praying helps us realize that there is a God, that God loves us, that we need God, and that the gifts God gives us are far, far beyond us. Existence, life, eternal life, the forgiveness of sin –these are not things we can do for ourselves. They're beyond us, and they're gifts from God, and when we pray, we realize that. It points us in the right direction[1].

We teach a little child to say thank-you to his mother, and on Mother's Day to take crayons and make a card for her. The mother doesn't need that, but the child does. The child realizes how much his mother does for him, how much his mother loves him. It sets the child in the right direction.

We turn ourselves towards God, and when we do that, it sets everything in the right direction and a lot of good things happen.

It's not hard to pray. It's very simple. And actually we like to pray. That's not the problem.
The problem is trying to do it from time to time when we're in the middle of our day. We forget to turn toward God. As a matter of fact, it doesn't seem that God "belongs" in the regular stuff of our day. God doesn't "fit" there –when we're caught in traffic, or in a meeting, or doing the things we do all day. That's what's hard about prayer. That's what Jesus was talking about in today's Gospel –being persistent in our prayer, sustaining our prayer. When we manage to do that it sets us in the right direction, and a lot of good things happen.

Over the course of time, Christians have developed customs and traditions that try to help us do that, and we ought to take a good look at them. I've thought about these and since I am from another country, I asked a few parishioners to brainstorm with me what some of those customs are. Here are some that I've come up with and I'll bet you've heard of and done most of them at one time or another.

-When you hear a siren, you say a prayer. It might be a fire engine or an ambulance or a police car, and you say a prayer for the people who are in some kind of trouble.

-We pray before a meal. We all know that one. It's one of the easiest prayers to say... and it's one of the easiest prayers to skip.

-When you pass a church you make the sign of the cross. In the past men used to tip their hats.

-When you see a funeral procession or pass a cemetery, you say a prayer.

- When you hear a church bell, you say a prayer. That's why the church developed the custom of the Angelus –to remind us to pray in the morning, at noon, and in the evening... to pray in the middle of whatever we're doing.

-When you lose something you pray to St. Anthony.

These are fine customs and we ought not to lose them. And we can make up some of our own to help point us in the right direction during the day. Just as Moses needed help to hold his arms up in prayer, we need the help of customs like these to pray during the day.

We turn toward God, set ourselves in the right direction most of all during the Mass. When the bread and wine are brought forward to the altar, they represent us –food and drink and our living. We place them on the altar which represents Christ, and together with Christ in the Eucharistic prayer, we give it all to God.

Jesus did that on the cross and this is made present to us so that we can enter into it with him. We give today, tomorrow, our whole life to God and commit ourselves to do what God wants us to do in our life. It is our greatest act of prayer.

My brother, my sister, we just need to keep praying, trusting and doing our part. Your community, the Christian Community, is helping you hold up your hands in prayer. When we turn toward God, then we're on the right track. We're pointed in the right direction, and a lot of good things happen ■


[1] Sunday 17th October, 2010, 29th Sunday in Ordinary Time; readings: Exodus 17:8-13. Our help is from the Lord, who made heaven and earth—Ps 120(121). 2 Timothy 3:14 – 4:2. Luke 18:1-8 [St Ignatius of Antioch].

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris