En la fiesta de San Francisco de Asís (4.X.2010)


Señor,
haz de mí un instrumento de tu paz.
Allí donde hay odio ponga yo amor.
Allí donde hay discordia ponga yo unión.
Allí donde hay error ponga yo la verdad.
Allí donde haya duda que ponga yo la fe.
Allí donde haya desesperación,
que ponga yo esperanza.
Allí donde haya tinieblas,
que ponga yo la luz.
Allí donde haya tristeza,
que ponga yo alegría.
Haz, Señor, que no me empeñe tanto
en ser consolado, como en consolar;
en ser comprendido,
como en comprender;
en ser amado, como en amar.
Porque dando se recibe,
olvidando se encuentra,
perdonando se es perdonado
y muriendo a uno mismo
se resucita a la vida eterna 

XXVII Domingo del Tiempo Odinario (C)

Los hombres y las mujeres de hoy en día hemos aprendido –qué duda cabe- a hacerlo todo rentable. Por convencionalismos sociales, por moda, por necesidad psicológica o por lo que sea pero el hecho es que buscamos lo rentable, procuramos hacer rentable lo que tenemos y desechamos lo que no produce una buena renta. Y esta actitud se cuela hasta la vida espiritual.

Quien tiene un amigo tiene un tesoro, nos enseña la Sagrada Escritura[1]. Los amigos son para las ocasiones, decimos nosotros; y queremos dar a entender que nos referimos a las ocasiones en las que los necesitamos, en que nos pueden reportar un beneficio o ser de alguna utilidad. Haz el bien y no mires a quién, afirma el refrán; pero con frecuencia, cuando hacemos un favor sentimos la satisfacción de pensar que alguien nos quedará agradecido y quizá podamos echar mano un día de esa persona; si la ocasión llega y no nos responden como esperábamos (e incluso suponíamos que nos correspondía en justicia), nos deshacemos en amargos comentarios sobre la ingratitud de las personas y lo poco que merece la pena hacer favores a nadie. El trabajo, la formación, la vivienda, las amistades, los favores... en todo se busca, normalmente el beneficio que nos puede reportar, las ventajas que podemos obtener.

Y es verdad que en cierta medida el hombre necesita algunos beneficios: el dinero para vivir, los amigos para tener compañía y ayuda en determinados momentos y situaciones, la vivienda en la que sentirse seguro y a gusto..., pero en todo esto hay un límite más allá del cual no estamos satisfaciendo necesidades elementales o primarias sino dando rienda suelta al egoísmo. El problema viene cuando este criterio de utilidad se intenta aplicar en el terreno de la fe; y entonces llega el fracaso, porque la fe no es rentable en absoluto, y si es rentable no es fe. Al menos no el tipo de rentabilidad que normalmente buscamos.

La fe resulta rentable a la larga y con otro tipo de beneficios: El Señor les habla a los suyos de persecuciones e incomprensiones en esta vida, y la vida eterna en la otra[2]. Pero estas palabras de Jesús no acaban de convencer y ¡tantas veces! los hombres nos dirigimos a Dios a ver qué podemos sacar. Y por si Dios resulta demasiado alto o lejano tenemos a los santos son buenos intermediarios: novenas, velas, flores, votos, promesas... todo ello a cambio de. A cambio del trabajo, el amor, la salud, el examen aprobado, el apuro resuelto. Al final Dios debe ser agradecido con aquellos que han tenido la delicadeza de aceptar su existencia, y debe compensarles tal atención con sus favores... con los favores que los hombres le piden, claro.

Equivocación. Gran equivocación.

A Dios no podemos acercarnos por el camino de "lo que podemos obtener de Él", sino por el camino del sentido que puede dar a nuestra existencia; por eso es tan difícil la experiencia de Dios, la fe, a quienes viven embotados por el materialismo, el consumismo o el utilitarismo.

La fe no es nada más un asentimiento intelectual a unas verdades que se nos proponen. Va mucho más allá. Es un compromiso con la verdad que afecta a la vida entera. Un compromiso que suele ir envuelto en muchas oscuridades porque es un acto en el que nos asomamos al misterio insondable que es Dios; y, como solía decía San Agustín: Si lo entiendes, ya no es Dios.

La fe es una amorosa fidelidad que transforma la vida del creyente y que lleva al creyente a transformar la realidad que le rodea, haciéndola conforme a la voluntad de Dios. La fe se mueve por amor, nunca por interés, y el amor es un motor que nos lleva a la acción, al compromiso, a la lucha por el Reino.

Por eso, ningún creyente auténtico puede sentirse libre de la amarga sorpresa de descubrir en los momentos de dificultad, que la fe no le reporta ningún beneficio, ninguna solución; ¡cuántos creyentes han descubierto, en un duro golpe, que cuando confiamos en la providencia de Dios, ésta no se deja sentir!; ¡cuánto cuesta descubrir que Dios no es la solución mágica e instantánea para los problemas en los que nos metemos!; ¡cuánto cuesta descubrir que la verdadera fe lleva al creyente a descubrir, en medio de la catástrofe, la presencia alentadora de Dios, acompañándonos y dándonos Él lo que es tarea nuestra!

La Providencia no es la manipulación de Dios en la historia, sino la fidelidad que Él conserva hacia nosotros en medio y a pesar de todas nuestras eventualidades y errores. Una fidelidad misteriosa, desconcertante, pero fidelidad inquebrantable.

¡Qué triste espectáculo el que damos muchas veces con nuestra fe infantil o adolescente, inmadura e interesada, buscando más lo que se puede obtener que lo que se puede dar! La fe es un camino de maduración, y hacia ahí debemos ir todos. Un camino no exento de problemas y dificultades, pero siempre alentador y reconfortante. Un camino que quizás muchos no querrán recorrer, pero que los creyentes tenemos que seguir anunciando y dando testimonio de él con nuestra propia vida. Un camino que, probablemente, no nos va a resolver ninguno de los grandes ni pequeños problemas de nuestra vida, pero que va a dar un sentido a toda nuestra existencia, que es lo que tanto necesitamos.

Y que no olvidemos que la suma de actos perfectos no hacen un hombre perfecto. No busquemos la perfección por la perfección. Sino la perfección por parecernos a Él. Nos decía un amigo no hace mucho: “mira Fader, si a la segunda avemaría, de las tres que se rezan antes de dormir, das un brinco y te metes en la cama, y una vez dentro piensas que muy mal y sientes que debes incorporarte y rezar la última, no lo hagas: rézala entre las sábanas, que no pasa nada”.

Aquellos pescadores –estaba a punto de escribir “miserables pescadores” pero no sea que alguien con espíritu débil nos lea y se asuste- le piden a Jesús que les aumente la fe. También nosotros –miserables, ahora sí- necesitamos que nuestra fe mejore, más en calidad que en cantidad; que sea verdadera fe-confianza, entrega alegre e ilusionada al misterio y al plan de Dios. Porque esa otra fe, esa fe que quiere sacar dividendos de ¡El Señor nos libre de ella! ■


[1] Ecle 6, 14-17.
[2] Cfr Mc 10. 30

VISUAL THEOLOGY


Madonna and Child, ca. 1300, Duccio di Buoninsegna (Italian, Sienese, active ca. 1278–d. 1318), Tempera and gold on wood, with original engaged frame. Overall, with frame, 11 x 8 1/4 in. (27.9 x 21 cm); painted surface 9 3/8 x 6 1/2 in. (23.8 x 16.5 cm), Metropolitan Museum of Art (New York) This exquisite picture defines a transforming moment in Western art. Departing from the Byzantine notion of painting as a symbolic image of a divine being, Duccio, the founder of Sienese painting, endowed his figures with a new humanity, exploring the psychological relationship between Mother and Child. Unquestionably, the master had looked closely at the work of his younger contemporary Giotto. The parapet, a pictorial device that relates the fictive space of the picture to the real space of the viewer, will become a common feature of Renaissance painting; here, it is a novelty. Few of Duccio's paintings survive: this panel was the last known work in a private collection and its acquisition transforms the Museum's presentation of the history of European painting. The damage along the bottom of the original frame is from candles lit before the picture, which was used for private devotion

Twenty-seventh Sunday in Ordinary Time

Today’s first reading comes from the Prophet Habakkuk. Habakkuk lived around 650 years before the Lord. It was a time of violence, and destruction, the Jews themselves were continually assaulting each other. Hatred and violence were seen as part of life, even accepted. And, you know, Habakkuk’s society was not all that much different than ours, where violence and might are glorified and the weak are kept in their place.

This is Respect Life Sunday, the beginning of an entire month that the Catholic Church in the United States dedicates to pray for the respect of life from natural conception until natural death. Our country allows unique lives to be murdered before birth. And we have to ask for mercy and compassion from our God. The point is that violence is all around us.

Add to this the latest horrors that the media show us perhaps because people really want to hear about and even see the violent details. Put it all together and as a People of God we can join Habakkuk and cry out, How Long, O Lord, We cry out to you, but you do not intervene[1].

Habakkuk’s prayer is answered by the Lord. He is told to write this down: The rash one has no integrity, but the just one, because of his faith, shall live. What does that mean? This is the clue and key for our Sunday Eucharistic celebration. Integrity is the strength of personality that allows someone to be wholesome, sincere, one with himself or herself, one with others, and one with God. The just one, because of his integrity and faith, lives with the Lord[2].

In his last apostolic trip, His Holiness Benedict XVI, said: «How much contemporary society needs witness! How much we need, in the Church and in society, witnesses of the beauty of holiness, witnesses of the splendour of truth, witnesses of the joy and freedom born of a living relationship with Christ! One of the greatest challenges facing us today is how to speak convincingly of the wisdom and liberating power of God’s word to a world which all too often sees the Gospel as a constriction of human freedom, instead of the truth which liberates our minds and enlightens our efforts to live wisely and well, both as individuals and as members of society.»[3]

So, how do we deal with the violence around us? We have been conditioned by a violent society to respond to violence with violence, even escalating the situation. So we rejoin a nasty word with a vicious word, we respond to a dirty deed with an even more horrible one. That is not the way of Christ. That is not the way of the Church. So what, then is it that we are called to do? We are called to have faith in God to set our world straight. We are told to have an active faith in God.

But we are weak. Our faith is weak. We know that God’s solutions are infinitely better than ours, but we decide to take matters in our own hands. We need faith. And here we are, because we need strength and magnanimity. We have to set up the peace at home, at work, in the parish. We have to be instruments of peace.

In the middle of a violent world and recognizing our own weakness, we come together today to pray for faith and for the courage to live our faith, our beautiful Catholic faith. Violence is not more powerful than God. We have to put our trust in God. God can and will destroy whatever the violence is that is assaulting us.

We call out to God today: Give us, O Lord, the faith to be People of God, People of Sacrificial Love, and help us join you in the destruction of evil in our lives and in the world. May we be people of integrity, one with ourselves, one with others and one with you, our God. Amen ■


[1] Cfr Hab 1:2-3; 2:2-4
[2] Prisoner 16670 knew this message and lived it. He was a Franciscan Father named Maximilian Kolbe. Fr. Kolbe was a brilliant journalist in the Catholic Church in Poland during the 1920's and 30th.  At one point, his publication, the Knight of the Immaculata, ran 750,000 copies a month.  He traveled to Asia and founded monasteries in Japan and India.  When he returned to Poland, he spoke out against the Nazis who had invaded his country and were rounding up the Jews.  At one point his monastery housed 3,000 Polish refugees, two thirds of them Jews hiding from the Nazis.  The Franciscans were arrested by the Nazis and Maximilian Kolbe was sent to the death camp of Auschwitz.  There he was branded, Prisoner 16670.  Destruction and violence were all around him.  But he kept his faith in God and lived as a man of faith. In July of 1941, a number of prisoners escaped from the camp.  The Nazi’s lined up the other prisoners to carry out their policy of punishing those who remained for not alerting the guards.  Ten prisoners were to be killed for every prisoner who escaped.  Francis Gajowniczek, a married man with young children was one of those chosen for death. Maximilian Kolbe stepped forward and said, “Take me, instead.”  He was put into the starvation barracks.  Three weeks later, still alive, on August 14, 1941, he was killed with an injection of carbonic acid.  He was beatified by Pope Paul VI in 1971 and canonized by Pope John Paul II in 1982.  St. Maximilian Kolbe knew violence. He experienced it. In the middle of violence, though, he remained a man of integrity, a man of peace.  He lived his faith joining his patron, Francis of Assisi, in praying that he might be an instrument of the Lord’s peace.  And he has been justified, honored by God and man, by God in heaven and by man on earth.
[3] Benedict XVI, Homily at the Eucharistic Celebration at Cathedral of the Most Precious Blood of Our Lord Jesus Christ, City of Westminster, Saturday, 18 September 2010. You can see the whole text: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2010/documents/hf_ben-xvi_hom_20100918_westminster_en.html

Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos. [Misal Romano] 

XXVI Domingo del Tiempo Odinario (C)

Después de escuchar la parábola del evangelio viene a la memoria ese pasaje de la versión musical de Los Miserables de Víctor Hugo[1], en que el protagonista, huyendo de los que le persiguen, se acoge en la casa de un obispo. Este le recibe con toda caridad cristiana, le da de cenar y un lecho para pasar la noche. Pero aquel le roba las copas de plata. Es detenido y le llevan al buen obispo. Es el momento en que este dirá a los guardias que él mismo le había regalado las copas de plata; más aún, que el mendigo se había dejado en su casa lo  más valioso, dos candelabros de plata. Llama la atención que en una manifestación cultural reciente la Iglesia y sus obispos queden bien, y aunque no es el tema que nos ocupa, salta a la vista rápidamente y encaja con lo que el Señor nos dice éste domingo es el contraste entre el obispo francés y el rico de la parábola que banqueteaba espléndidamente y no se apercibía de que, a la puerta de su casa, estaba otro hombre al que no le llegaban ni las migajas que caían de  la mesa de sus banquetes.

Había una vez un hombre rico... Con la sencillez de una parábola el Señor denuncia de forma dramática el eterno problema de los hombres, su división en ricos y pobres. Más aún, denuncia, sobre todo, la situación y la indiferencia de los ricos hacia los pobres. Con cuatro pinceladas –vestía de púrpura, banqueteaba, desperdiciaba las migajas, no hacía caso del pobre- hace un perfecto retrato de aquel hombre. Tampoco Amós, en la primera lectura, se queda corto al describir la soberbia y autosuficiencia de los ricos de Israel.

No entenderíamos, sin embargo, la enseñanza de Jesús, si nos quedásemos, como frecuentemente se hace, con ciertos detalles de la parábola, que no alteran en nada su mensaje. A veces se ha pretendido interpretar que los ricos, que lo pasan bien aquí, se irán al infierno cuando mueran, y que los pobres, que lo pasan mal aquí, luego de morir irán directo al cielo. Y eso no es lo que Jesús quiere dar a entender. La distinta suerte en la otra vida del rico y del pobre es sólo un recurso para demostrar de qué distinta manera ve Dios la desigualdad entre los hombres. Pero de ninguna manera quiere decir que los pobres se conformen siendo pobres, que ya les llegará su turno en el cielo.

El sentido de la parábola va mucho más allá, no es solamente brindar consuelo a los pobres, sino avisar a los ricos y más aún, a los que ponen su confianza y su gloria en las riquezas y en el poder que de ellas obtienen, lo desordenada de su conducta.

Quizá no siempre la Iglesia haya tenido el mismo coraje para denunciar la injusta distribución de la riqueza. Pero en la historia de la Iglesia nunca han faltado voces proféticas, que han denunciado la orgía de los disolutos, por decirlo con las mismas palabras del profeta. Buena prueba de ello son los testimonios de los santos Padres. Aunque no son los únicos. Ni son una excepción. En este sentido la doctrina social de la Iglesia, de acuerdo con la conciencia social de otras iglesias y de otros muchos hombres, lleva más de un siglo repitiendo la denuncia de Jesús, y tratando de clarificarla de acuerdo con las nuevas y cambiantes situaciones. En todo caso, en la Iglesia y fuera de ella, son muchos los que están profundamente convencidos de que la desigualdad no puede perpetuarse y que hay que tomar medidas para acabar con la injusticia social.

Ante el desafío de la desigualdad hiriente, del escándalo de la pobreza y del hambre, los cristianos no podemos cruzarnos de brazos. La consigna de san Pablo –de practicar la justicia y la religión- enlaza con toda la tradición del Antiguo Testamento, principalmente los profetas, y con la mejor tradición del Nuevo Testamento. No es casualidad esta asociación entre la justicia y la religión, como no lo es la asociación que Jesús hizo entre el amor a Dios y al prójimo. Y es que no se puede llamar de verdad a Dios "padre" y al mismo tiempo negar lo que dicen nuestros labios, tratando a los hermanos como desconocidos y menos aún con desprecio o indiferencia.

Las palabras del Señor en el evangelio ¿nos sirven de aviso? ¿nos estimulan y comprometen en la causa de los más pobres, de aquellos que tienen menos, de aquellos a quienes la sociedad rechaza? Comprometerse en la causa de los pobres no es solamente asistir una vez al año a una labor social para después aparecer sonriente en revistas de papel couché con playeras con logotipos vistosos y frases redondas que tranquilizan la conciencia hasta la Semana Santa del año sguiente. Comprometerse con los pobres tampoco es valerse de ellos –de los menos favorecidos- para atraer a los más jóvenes. Comprometerse con los pobres es dar el propio tiempo y recursos, es dar la atención y la comprensión a ése con cara de tonto y depresivo pero que es un hombre que su mujer admira y quiere, y que sus hijos le ven como un dios; es pasar tiempo que ésa vecina o compañera de trabajo que no va a Misa, ni reza el Rosario, y cree que las epístolas son las mujeres de los apóstoles pero que se está medio-matando por sacar adelante a su familia, que ha llevado una separación sin histerias, sin victimismos, que tiene unos detalles con los suyos maravillosos y que necesita el calor y comprensión de nosotros, católicos.

Cualquier cosa que hagamos por ellos y con ellos, es como si la hiciéramos por Jesús y con él. Este es también el gesto y el sentido de la Eucaristía que celebramos domingo a domingo. Partimos el pan y la palabra de Dios en señal de que estamos dispuestos y repartimos el Pan y la Palabra, la comunicación de bienes con todos los hombres y entre todos los pueblos ■


[1] Los miserables (título original en francés: Les Misérables) es una de las novelas más conocidas del siglo XIX. Publicada en el año 1862, esta obra romántica fue escrita por el novelista francés Víctor Hugo. La novela transcurre en Francia, en ambientes rurales y capitalinos. Narra las vidas y las relaciones de varios personajes durante un periodo de veinte años, a principios del siglo XIX, en los cuales transcurren las Guerras Napoleónicas. Principalmente se centra en los esfuerzos del protagonista, el ex-presidiario Jean Valjean, por redimirse, pero también analiza el impacto de las acciones de Valjean a través de reflexiones sobre la sociedad. La obra razona sobre la naturaleza del bien, el mal, la ley a través de una historia que abarca y expone la Historia de Francia, la arquitectura de París, la política, la ética, la justicia, la religión, la sociedad y las clases y la naturaleza del amor romántico y familiar. Víctor Hugo se inspiró en Eugène François Vidocq, delincuente que acabó siendo policía y creador de la Sûreté Nationale francesa, para la creación de los dos personajes principales de la novela. Los miserables es muy conocida por sus numerosas adaptaciones para la pantalla y el teatro, de las cuales, la más famosa es el musical para teatro del mismo nombre.

VISUAL THEOLOGY

En la jerarquía angélica, San Rafael, junta con Gabriel y Miguel-, es uno de los ángeles más conocidos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento y en la devoción cristiana de todos los tiempos. En la Biblia es el compañero del joven Tobias, a quien guía en un viaje para recuperar un préstamo que su padre hizo a un pariente. Durante el trayecto, al cruzar un río Tobias es atacado por un gran pez, al que Rafael mata y le saca la vesícula con la cual más tarde Tobías curará la ceguera de su padre En la iconografía cristiana, este ángel es el protector de los viajeros. Tradicionalmente se lo representa con atuendo de viaje y portando un báculo y lleva en la otra mano un pez como símbolo de lo relatado en el libro de Tobías. Este  cuadro de comienzos del siglo, XVIII, pertenece a un periodo en que la pintura está ya en manos de los artistas mexicanos , quienes imprimen en el lienzo su particular visión de la figura humana a través de la pintura colonial.  
Cardinal Newman’s motto, Cor ad cor loquitur, or “Heart speaks unto heart”, gives us an insight into his understanding of the Christian life as a call to holiness, experienced as the profound desire of the human heart to enter into intimate communion with the Heart of God. He reminds us that faithfulness to prayer gradually transforms us into the divine likeness. As he wrote in one of his many fine sermons, “a habit of prayer, the practice of turning to God and the unseen world in every season, in every place, in every emergency – prayer, I say, has what may be called a natural effect in spiritualizing and elevating the soul. A man is no longer what he was before; gradually … he has imbibed a new set of ideas, and become imbued with fresh principles” (Parochial and Plain Sermons, iv, 230-231). Today’s Gospel tells us that no one can be the servant of two masters (cf.Lk 16:13), and Blessed John Henry’s teaching on prayer explains how the faithful Christian is definitively taken into the service of the one true Master, who alone has a claim to our unconditional devotion (cf. Mt 23:10). Newman helps us to understand what this means for our daily lives: he tells us that our divine Master has assigned a specific task to each one of us, a “definite service”, committed uniquely to every single person: “I have my mission”, he wrote, “I am a link in a chain, a bond of connexion between persons. He has not created me for naught. I shall do good, I shall do his work; I shall be an angel of peace, a preacher of truth in my own place … if I do but keep his commandments and serve him in my calling” (Meditations and Devotions, 301-2) ■ Benedict XVI, Mass with beatification of Cardinal John Henry Newman. 

Twenty-sixth Sunday in Ordinary Time


The Gospel challenges us today with the parable of Lazarus and the Rich Man. And the parable is not meant to defame or insult those who have worked long and hard for their financial position in life, I mean it is not meant to dump on the rich. The parable is meant to help us all to recognize the responsibilities our positions in life demand[1]The parable presents three areas of concern: blindness, isolation and faithlessness. First of all, blindness. The most terrifying statement in the parable comes at the beginning: the Rich Man is in hell. From hell he lifts up his eyes and sees Lazarus. His eyes had never met Lazarus’ eyes before. Yes, the Rich Man may have noticed Lazarus in stinky, dirty clothes begging for food as the Rich Man opened his front door to greet his guests for yet another dinner party. He never saw Lazarus, a man like him, only a man who was hungry. He never saw Lazarus, as a fellow human being. His possessions made him blind to those around him. The first time that the Rich Man really saw Lazarus as a person, not as an eyesore, was when it was too late. From Hell the Rich Man looked up and saw Lazarus.

Perhaps we have walked down a street and come upon someone calling out for food or help. What are we inclined to do? Are we inclined to make believe that we do not see him? Do our eyes glance elsewhere, so we don’t meet his eyes? Or perhaps we make immediate judgments. We glance at someone and decide that this may be a drug addict, or an alcoholic, perhaps a thief, maybe someone suffering from a terrible disease that has been caused by their lifestyle. But we don’t see a person. Because we have worked hard to care for our families, we are inclined to be blind to those whom we assume have not worked for the minimal sustenance they need to survive. We are more concerned with what we have done and what they have or have not done, than we are concerned with their present needs. Our possessions and the hard work it takes for us to obtain them can easily render us blind[2].

The parable also warns us to be concerned about being isolated. We have to be careful or our possessions will isolate us from the community. It is easy for us to form the mentality that what we have is totally and only ours. It is easy to assume that we have no obligation to others. This does not just refer to financial wealth. It refers to anything we might possess. All that we have belongs to someone else. That someone else is God. We are all stewards of His creation. Again, this does not just refer to possessions; it refers to intelligence, to artistic talent, to the ability to lead, etc. All that we have is God’s. It flows from Him and is only beneficial to us if it leads back to Him. We are all going to be called to give an account for all that we have been given. We cannot allow our possessions to isolate us from the community.  The great American spiritual writer of the last century, Thomas Merton, wrote: “No man goes to heaven alone.” No woman either. We all receive our salvation as members of a community, the Body of Christ[3].

Along with warning us to be careful less our possessions lead us to blindness or isolation, the parable of the Rich Man and Lazarus warns us to be careful or our possessions will lead us to faithlessness. The one true need that we have in life is the need to have a meaningful life, a purpose for our existence. Purpose and meaning can only be found in God. But to possess God means that we have to look beyond all that is mundane. Sometimes, we fight this call to Love. It is too demanding for us. So, what do we do? We hide behind our stuff. We want to find meaning in the amount we have accumulated. We let our material possessions define us. We condemn ourselves to a life of futility. We condemn ourselves to our own hells.

Maybe, though, if someone were to rise from the dead, we would change our priorities. Maybe if someone were to rise from the dead we would be infinitely more concerned with the spiritual than we are with the physical. Maybe if someone were to rise from the dead we would use our gifts, our talents, our intelligence, and our possessions to reach out to the presence of God in others. “If only someone were to rise from the dead, my brothers would change their lives,” cried the Rich Man.

Well, my brother, my sister, someone has risen from the dead already. He has called us to have faith in him instead of faith in our possessions. His name is Jesus. Today we plead with Him to help us be Christians ■



[1] Sunday 26th September, 2010, 26th Sunday in Ordinary Time. Readings: Amos 6:1, 4-7. Praise the Lord, my soul!—Ps 145(146):6-10. 1 Timothy 6:11-16. Luke 16:19-31 [Ss Cosmas and Damian].
[2] “Look and see,” the parable tells us. Look and see someone to whom we can reach out. That person, that Lazarus at our gates, might be the means for our salvation. Maybe that person was placed there by the Lord to help us get beyond the blindness inflicted by our possessions.
[3] We need to follow the lead of the universal Church. Our wonderful Catholic Church continually reaches out to the poor and suffering throughout the world. It is not relevant to the Church whether the suffering are Christian or not.  It is not relevant to the Church whether or not, or to what degree if any at all, those suffering have brought pain on themselves. What matters is that the Church has a responsibility to aid the suffering.  The Church would not be Catholic if it did not exercise its responsibility to the total community of the world.  The word catholic means universal.  Nor would the individual be a Christian if he or she isolated himself or herself from those reaching out for help.  We cannot allow our wealth to isolate us.  We are Church.  The Christian can never be comfortable as long as one brother or one sister cries out in vain for bread or justice or love.
Ilustration: Portal sideshow (left), Lazarus the spotty pauper dies at the door of the mansion of the feasting rich manAbbaye St-Pierre de Moissac (France).

Lead, Kindly Light, amid the encircling gloom
Lead Thou me on!
The night is dark, and I far from home
Lead Thou me on!
Keep Thou my feet; I do not ask to see
The distant scene one step enough for me.

ever thus, nor pray’d that Thou
Shouldst lead me on.
I loved to choose and see my path, but now
Lead Thou me on!
I loved the garish day, and, spite of fears,
Pride ruled my will: remember not past years.

So long Thy power hath blest me, sure it still
Will lead me on,
O’er moor and fen, o’er crag and torrent, till
The night is gone;
And with the morn those angel faces smile
Which I have loved long since, and lost awhile.

Guía, Amable Luz, a través de la penumbra,
¡Guíame Tú!
La noche es oscura, estoy lejos de casa;
¡Guíame Tú!
Cuida mis pies; no pido ver
el horizonte a lo lejos –me basta un paso.

Siempre como ahora; no acostumbraba pedirte
que me guiaras;
siempre quise elegir y ver mi camino, pero ahora
¡Guíame Tú!
Amé los días relumbrantes, y por encima del miedo
el orgullo me podía: no recuerdes esos años.

Desde lejos tu poder me bendecía; de seguro
podrá guiarme ahora
por rastrojos y malezas, por pendientes y quebradas, hasta
que cese la noche.
Con la mañana sonríen aquellos Angeles
que yo había amado de lejos y que un tiempo había perdido J.H. Newman 
Desde que me convertí al catolicismo... yo no sentí más ansiedad de corazón en cualquier forma. Yo ya me encontraba en perfecta paz y conciencia. Yo no volví a tener más dudas. Fue como volver a puerto después de una tormentosa travesía por el mar; y mi felicidad permanece desde ese día hasta hoy sin interrupción. J.H. Newman 

XXV Domingo del Tiempo Odinario (C)

Han pasado unos veintisiete siglos y sin embargo conocemos bien las circunstancias de su predicación. Es probable incluso que podamos conocer el día en que aquel pastor judío, llamado Amós, se sintió llamado a iniciar su predicación[1]. Amós es el primer profeta del pueblo judío, y hoy volvemos a escuchar su voz en la liturgia de la Palabra. La pregunta salta rápidamente ¿es solamente un recuerdo histórico o tiene aún validez?

En el día a día de la Iglesia hay quien, al escuchar ciertos sermones o encontrase con ciertos textos, protesta afirmando que se trata de demagogia e incluso de comunismo; de algo revolucionario que no es ni siquiera cristiano. Hay quien dice que viene a la parroquia a escuchar la Palabra de Dios y no temas, digámoslo así, de política. Bien, pues Amós se encuentra entre los libros canónicos de la Sagrada Escritura y por tanto la suya es Palabra Dios, palabras de una violencia sin contemplaciones, de una radicalidad absoluta. Si esto es demagogia o es política, vamos a decir de una vez que es la demagogia y la política de Dios. Y es que Amós no mide el tono de sus palabras: ataca frontalmente a los ricos que explotan a los pobres; llama vacas a las mujeres que exigen a sus maridos ricos más dinero ganado a base de exprimir al débil[2]; no teme denunciar la corrupción de los jueces que se dejan comprar y protesta contra las trampas de los comerciantes que se aprovechan de la escasez. Cuatro puntos éstos que pueden servirnos para pensar y examinarnos con calma.

La indignación del profeta llega a su culmen cuando ve que todos estos que viven en el lujo gracias al trabajo de los pobres, pretenden quedar en paz con Dios ofreciendo sacrificios en solemnes ceremonias. En vez de este culto –dice- lo que Dios desea es la práctica de la justicia. Sólo entonces tiene sentido la oración. Porque Dios –dice Amós- no olvidará jamás la injusticia, la opresión, la explotación del pueblo[3].

Esto, que fue dicho y escrito veintisiete siglos atrás no ha perdido su vigencia y su actualidad. Hoy hemos de preguntarnos si, cristianos como somos, tenemos el mismo valor para denunciar clara y enérgicamente la injusticia, la explotación de los que menos tienen, de los que menos han recibido.

La radicalidad de Amós la encontramos también en el mismo Jesucristo. Y quizá de un modo aún más absoluto, con mayor profundidad. Para Jesús el dinero es un amo que esclaviza[4]. La radicalidad absoluta del Señor se sitúa ahí: no habla del buen uso del dinero, porque considera al dinero como un amo que se opone al único Señor, que es Dios. Por eso, para Jesús es necesario escoger: o el uno o el otro. Sólo así es que podemos acércanos con provecho a la parábola –extraña- del evangelio de éste domingo. Parece como si el Señor alabara las trampas del administrador infiel pero la realidad no es que Jesús valore las leyes del dinero sino que para él la riqueza es un engaño. Él no tuvo nada. Por no tener no tenis ni siquiera dónde reclinar la cabeza[5]. De ahí que su razonamiento sea sencillo: si el dinero esclaviza, el único camino de libertad es servir, es liberarse de él sirviendo a los demás.

¿Cómo llevar todo esto a nivel personal? La pregunta es sencilla, aunque no fácil de responder. ¿Qué lugar ocupa el dinero en mi vida? ¿es un dios que me hace hecho su esclavo? ¿el dinero mueve acaso mi manera de vivir, de relacionarme, de pensar? ¿el dinero se ha logrado colar hasta mi espiritualidad? Los seres humanos –los cristianos, en concreto- somos capaces, en nuestra ceguera, en nuestra fatuidad y en nuestro engreimiento por alcanzar la santidad con nuestras propias fuerzas y si nos descuidamos, de buscar la vida espiritual a base de repetir actos perfectos y de relacionar ésos actos incluso con el dinero. Podemos llegar a creernos que vivimos una pobreza hecha de frases preciosas pero ¡ay! sin una vida real que la anime, es decir, una pobreza vivida en casas de lujo, con zapatos de lujo, con sotanas de lujo, con cochera para seis coches, con comidas de lujo, con casas y ambientes de lujo... Si nos descuidamos, los cristianos podemos llegar a creernos que vivimos la caridad, pero hecha de frases conmovedoras de espaldas a los demás, a los pecadores del mundo, a la tristeza del mundo a la miseria del mundo. Que vivimos “en la alegría de hijos de Dios” cuando en  realidad vivimos una mueca autosuficiente y agria con los descreídos, con los ignorantes, con los fracasados, los frívolos, los "malos", una alegría bobalicona, infantiloide, simple como la idiotez. Podemos incluso creernos que vivimos un amor a la libertad y en realidad tratamos mal a los que, en uso de su libertad, se han equivocado, mirándolos con pena, con dolor, como apestados, negándoles el pan y la sal, profetizando lo peor en esta vida, y en la del infinito y más allá, como diría Buzz Lightyear.

Las duras palabras de Amós y la encrucijada que nos presenta el evangelio no son más que el comienzo de una conversación con nosotros mismos, de un examen de conciencia para darnos cuenta dónde tenemos puesto el corazón



[1] posiblemente fue el 15 de junio del año 763 antes de JC (Amós habla de un eclipse de sol y los astrónomos lo sitúan en este día. Amós debió predicar entre el 760 y el 750 a.C.
[2] 4, 1
[3] Cfr 5, 21-25.
[4] Llama la atención que en el texto griego encontramos que el Señor llama al dinero con el nombre del dios griego: Mammón.
[5] Cfr Lc 9, 58. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris