en la fiesta de San Agustín

¡Tarde te amé,
hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé!
Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera,
Y por fuera te buscaba;
Y deforme como era,
Me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.
Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo.
Me retenían lejos de ti aquellas cosas
Que, si no estuviesen en ti, no serían.
Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera:
Brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera;
Exhalaste tu perfume y respiré,
Y suspiro por ti;
Gusté de ti, y siento hambre y sed;
Me tocaste y me abrasé en tu paz San Agustin 

El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz ■ Madre Teresa de Calcuta (1910-2010)

XXII Domingo del Tiempo Odinario (C)

Que el Señor vivía de manera radical y diferente lo sabemos bien porque hemos escuchado muchas veces en la predicación, y quien quiere seguir al Maestro con sinceridad se siente invitado a vivir de la misma manera: en contradicción con el modo normal de comportarse de la sociedad. ¿Cómo no sentirse desconcertado e interpelado cuando se escuchan estas palabras enormemente claras y sencillas? Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a los vecinos ricos, porque corresponderán invitándote y quedarás pagado... Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los  justos»[1].

El Señor llama hoy a actuar desde una actitud de sencillez hacia los más pobres, actitud opuesta totalmente a la lógica de quien busca acumular, aprovecharse y excluir a los demás de la propia riqueza, riqueza material o incluso riqueza espiritual, si es que se puede hablar así.

Hoy las palabras del Señor en el evangelio son una invitación (invitación, porque a nadie fuerza a nada) a construir relaciones humanas basadas en espíritu de libertad, gratuidad y amor.

Los que decimos seguir a Cristo debemos sentirnos llamados a prolongar esa presencia de Jesús, aunque sea en gestos muy modestos y sencillos, evitando discursos atronadores a la vez que se lanzan excomuniones evitando llanar, a quienes han equivocado el camino, de manera burlesca y descortés. Esta es nuestra misión evangelizadora: cambiar el mundo desde ese espíritu, digamos, revolucionario del Señor pero amoroso y contradecir la lógica de la codicia y la acumulación egoísta. Romper con nuestro comportamiento esa escala de valores que nos deshumaniza a todos. O cambiar al menos el pequeño entorno que nos rodea a través del amor.

Los que nos esforzamos por seguir al Señor –a veces con éxito, a veces sin él- hemos de ser conscientes de que resultaremos absurdos e incómodos para la lógica de la mayoría, pero al mismo tiempo hemos de tener la certeza de que vamos caminando a la vida eterna a la vez que contagiamos una actitud positiva que es, además, actitud de servicio.

Servir es la gran palabra. Servicio, que va de la mano de la sencillez y de la humildad. Y sucede que hemos deteriorado su significado y creemos que servir es lo propio del siervo, del esclavo. Y no. Servir es lo propio del libre, del que entiende su vida como servicio a Dios y a los demás.

Y desde luego no se trata de buscar servir sólo desde el poder, político o económico o intelectual o religioso. No es cuestión de servir pero dejando claro quién ocupa los primeros puestos, quién manda aquí. Tampoco se ha de servir desde la actitud de quien no sirve para nada, se juzga inútil o desecho humano. No. Se sirve desde nuestra dignidad de personas e hijos de Dios. Somos siervos inútiles[2] sin la gracia de Dios, pero ésta se derrama abundante en nosotros. Nunca Jesucristo, que vino a servir no a ser servido, prescindió de lo que era; aunque eso sí, no hizo alarde de su categoría de Dios[3], llegando incluso a lavar los pies de sus discípulos para mostrarles prácticamente cómo tenían que ser servidores unos de otros[4].

Dios es honrado solamente por aquellos que no se dan importancia; porque tampoco Dios se da importancia: simplemente es El que es, el Señor, el Poderoso. Es Él quien distribuye todas las cosas buenas, todos los dones; y el hombre no debe comportarse ante Él como el magnánimo que reparte sus dones. El hombre humilde puede haber recibido muchos bienes, puede incluso ser considerado como una persona importante por los demás hombres, pero él sabe que todo lo que tiene se lo debe al único que de verdad es Magnánimo[5]


[1] Lc 14, 1. 7-1
[2] Lc 17, 5-10
[3] Cfr Fil 2, 6-11
[4] Cfr Jn 13, 1-30.
[5] H.U. von Balthasar, Luz de la Palabra, Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ediciones ENCUENTRO. Madrid 1994.Pág. 280 s.
Annunciation, 1600-1700, Anonymous, Italian, 17th century, Pen and brown ink 11-5/8 x 8-1/4 in. (29.5 x 21.0 cm) Metropolitan Museum of Art (New York) ■

Twenty-first Sunday in Ordinary Time

You know, in this wonderful country, we have been blessed with tremendous spiritual experiences and movements throughout the Church. Here in the United States thousands, tens of thousands, have grown due to Marriage Encounters, Divine Mercy Cenacles, Franciscan Third Order Groups, and so many more. Here in San Antonio ACTS Retreats have provided so much help for our people[1]. All of these groups and so many more are sources of blessings for the individuals and for the Church however, at the same time the members of these groups have to be careful that they don’t covey the message, “Your spirituality would be so much deeper if you made this experience, this workshop, this weekend.” Maybe it would. Maybe it would not. God works his Grace in different ways for different people. We need to exercise caution here, for if we convey the message that doing this or that, belonging to this movement or that movement, will help others be as good as we are, then we are falling into pride. Pride is seeing ourselves as superior to others and this is so wrong[2].

My brother, my sister, we never have the right to consider ourselves, whether as individuals or as members of a group, as superior to anyone else in our relationship to God. What we need to understand is that our position at the heavenly banquet table is determined not by us. It is a gracious gift of God.

Today’s readings speak about humility. This is the virtue we all struggle to obtain because it is the opposite of the fundamental flaw of human beings, pride. We have to make war on that which mankind has been doing since Adam and Eve decided that they really didn’t need to have God in their lives. That is difficult. We are continually thinking about ourselves, and the particular status we should have in our families, at work, at school, in the neighborhood, etc. We forget that we are nothing without God, and everything only because of God.

Perhaps sometimes, you feel, perhaps sometimes, I feel, “I am not good enough.” We are right, and we are wrong. By ourselves, we are never good enough. But the Lord makes us good enough. So, we work humbly with our God.

So where do we belong at the banquet table? Where should we sit? We belong where the Lord places us. We sit where He tells us to sit. We cannot be concerned with where others are sitting. We are only concerned with our response to the unique Grace God has given each of us. To view ourselves as better or worse than others is pride. To recognize ourselves as benefitting from the gratuitous gifts of God, that is humility.

Jesus was humble, a true servant. He did only the works his Father gave him to do and he spoke only the words his Father wanted him to speak.

The Church is like that. She speaks only the words she hears Jesus speak. And we, priests and people, should be like that –speaking only the words we hear the Church speak.

So humble people are lucky people. Jesus says they will be exalted in the kingdom of heaven. But already here on earth they are lucky.

They don’t have to be jealous. They can let others have their gifts. They don’t have to hold grudges. Humble people can forgive easily because they know who they are; they know their sins. And humble people can stop hating themselves and start loving others.

Let us invoke today and always the intercession of our blessed Mother, she is the handmaid of the Lord[3], she can teach us the humble way to approach to her Son and to build strong communities based on Love and patience and humility. Amen ■


[2] Sunday 29th August, 2010, 22nd Sunday in Ordinary Time. Readings: Ecclesiasticus 3:17-20, 28-29. God, in your goodness, you have made a home for the poor —Ps 67(68):4-7, 10-11. Hebrews 12:18-19, 22-24. Luke 14:1, 7-14 [Beheading of St John the Baptist].
[3] Luke 1:38
Ilustration: Italian mosaic artist, Christ Washing the Feet of His Disciplesc. 1210, Mosaic, Basilica di San Marco, Venice
Otra vez -te conozco- me has llamado.
Y no es la hora, no; pero me avisas.
De nuevo traen tus celestiales brisas
claros mensajes al acantilado

del corazón, que, sordo a tu cuidado,
fortalezas de tierra eleva, en prisas
de la sangre se mueve, en indecisas
torres, arenas, se recrea, alzado.

Y tú llamas y llamas, y me hieres,
y te pregunto aún, Señor, qué quieres,
qué alto vienes a dar a mi jornada.

Perdóname, si no te tengo dentro,
si no sé amar nuestro mortal encuentro,
si no estoy preparado a tu llegada  
de la Liturgia de las Horas (hora intermedia)


La Iglesia también hoy, aunque sufra tanto, como sabemos, con todo es una Iglesia gozosa, no es una Iglesia envejecida, sino que hemos visto que la Iglesia es joven y que la fe crea alegría Benedicto XVI , Castelgandolfo, 30.VII.2010

XXI Domingo del Tiempo Ordinario (c)

No son pocos los cristianos para quienes vivir de acuerdo con la fe consiste, en última instancia, en cumplir una serie de requisitos –leyes, obligaciones, prácticas piadosas- y evitar otra serie de actos –los pecados- para conseguir que, a la hora de morir, se puedan presentar en condiciones más o menos dignas de merecer la salvación. La recepción del sacramento de la Unción de enfermos (en algunos lugares todavía llamado extremaunción) no se ve sino como una especie de rápida limpieza general para morirse arreglado, valorándolo como algo entre mágico y mecánico. Para muchos, las prácticas piadosas se toman como si de ingresos en una libreta bancaria se tratara: cuantos más actos se tengan anotados en el haber, más segura es la entrada en el cielo.

Ciertas escuelas de espiritualidad recientes han insistido tanto en la salvación en el más allá, que han descuidado la vida en el más acá; o, en todo caso, han insistido en que en esta vida lo que importa es ir sumando puntos en el haber. Esta es la mentalidad que tienen los interlocutores del Señor en el evangelio de éste domingo, mentalidad del preocupado única y exclusivamente de sí y por sí, del que pretende conquistarse un más allá feliz por medio de fórmulas mágicas, mecánicas y simples, concibiendo lo religioso como el conjunto de medios para lograr este objetivo. La respuesta del Señor no tiene desperdicio, se trata de una parábola en la que, curiosamente, parte de los protagonistas no son imaginarios sino esos interlocutores preocupados por saber cuál es el precio de la salvación, a los que la parábola presenta como los excluidos del Reino: No os conozco; apartaos de mí. Los primeros en religiosidad, en prácticas piadosas para asegurarse el cielo, en ser del pueblo escogido, pasan a ser los últimos; por el contrario, los últimos, los despreciados, los pobres, los que tenían pocos recursos pasan a ocupar los primeros puestos.

Y es que la salvación no se gana con celestiales dividendos, la salvación no es patrimonio exclusivo de un determinado grupo social o religioso; la salvación, en definitiva, no tiene ningún precio, no hay nada cuya ejecución la consiga automáticamente. La salvación es, sencillamente, un regalo, una oferta gratuita, un don de Dios a quien confía en él, se abre a su amor y trata, con más o menos éxito, con días más buenos que otros, de corresponderle.

Es verdad que el cristiano busca su salvación, sí, pero buscar no significa comprar; y lo que como creyentes debemos hacer es buscar realmente es el Reino de Dios y su justicia, para que lo demás se nos dé por añadidura[1]. Esto es lo que responde Jesús a la pregunta sobre el número de los que se van a salvar. Aparentemente podría ser una salida por la tangente; pero esa tangente indica la dirección adecuada que como cristianos debemos seguir. Paree como si el Señor nos dijera: «no os preocupéis por cuántos serán; más aún: muchos que se creen seguros, que están convencidos de que han "comprado el cielo" han comprado, en realidad, una quimera: han dejado tranquilas sus conciencias con un engaño de lo más burdo, pero en realidad no han conseguido nada; o mejor: están perdiendo el tiempo y las "oportunidades" con ese engaño que les impide una auténtica vivencia religiosa y una confiada búsqueda del reino de Dios. No, no os preocupéis por cuántos serán: muchos primeros serán últimos, muchos que se creen seguros están perdidos, muchos que se creen perdidos están en el buen camino porque están en favor de los hombres, porque confían explícita o implícitamente en Dios».

La verdadera dificultad, lo que hace la puerta estrecha, no es el capricho de Dios sino la arrogancia del hombre, su autoseguridad, su autosuficiencia, su mucha confianza en sus propias fuerzas y su escasa o nula confianza en Dios. Es el propio hombre quien se pone difícil la salvación al negarse a aceptar el amor de Dios, al negarse a abrir sus manos y aceptar el regalo que Dios le está ofreciendo, un regalo preparado para quienes trabajan por el reino de Dios. Con mucha frecuencia se nos olvida que la suma de actos perfectos no hacen un hombre prefecto. Se pueden rezar miles de jaculatorias y hacer media hora de oración por la mañana y por la tarde y muchas cosas más, y ser un perfecto gruñón, un cascarrabias, alguien absolutamente insoportable, histérico, lejano a los intereses de los demás, engreído, agrio, avinagrado y, con frecuencia, solitario, incapaz de dar cariño y, lo que es peor, de recibirlo.

La verdadera puerta estrecha es la que se fabrica el hombre que persigue conquistar la salvación con sus solos esfuerzos, rezos, ofrecimientos, promesas, la del que cree que, por sus trabajos, conseguirá que Dios se sienta obligado a tener que salvarle.

Más que nunca la oración silenciosa  y confiada se hace indispensable para que Dios nos ayude a escucharle y a amoldar nuestra vida a Su voluntad. Muchos cristianos seguimos cumpliendo los mandamientos por miedo al castigo; al sacramento de la penitencia vamos a buscar más un lavado que una verdadera reconciliación; los funerales siguen resolviendo un problema social de despedida al difunto y de complemento en la bitácora por si faltaba algo en el haber para conseguir la salvación... Este no es el camino del evangelio. Por eso la puerta se ha vuelto estrecha. Pero Dios Padre sigue empeñado en abrírnosla de par en par para que todos podamos entrar por ella. Confiar en Él y vivir como hermanos de los hombres es lo único que se nos pide. Lo demás corre por cuenta de Dios, que no va a dudar en regalárselo a quienes han vivido como verdaderos discípulos de su Hijo ■


[1] Cfr Mt 6, 33. 

VISUAL THEOLOGY


Pectoral Cross, 1000–1050, Probably from the Abbey of Saint-Bertin at Saint-Omer, northwestern France, Walrus ivory with copper alloy gilt inlays (15.2 x 6.4 cm) Originally this ivory formed the central part of a large and ornate cross worn as a pendant. (The arms of the cross are now missing.) The front, carved in high relief, shows Christ in Majesty, his right hand blessing, his left hand on a book. The reverse presents the Lamb of God surrounded by two of what once were four evangelists' symbols. The pairing of Christ in Majesty with the Lamb of God reflects contemporary interest in Apocalyptic imagery. In its account of the last days, the Book of Revelation discusses and links both images ■ The Metropolitan Museum of Art (New York) 

Twenty-first Sunday in Ordinary Time

In today’s Gospel Jesus speaks about the narrow gate. It is the answer to the question: Lord, will only a few people be saved? Those who pass through the narrow gate will enjoy the Father’s eternal banquet. Those who do not have the determination and courage to live their faith will remain outside the Master’s House. You get the sense that the people left outside are lukewarm Christians. They had known the Master. They ate and drank with him. They had been witnesses to his teaching. But now they were outside. They thought it was their right to receive his beneficence, but they were shut out. This was their choice. They no longer had a relationship with the Master[1].

We are not outside. We are inside. We are with the Lord. That is the goal of our lives: to be with Jesus, at all times and for all eternity.

Why are we here? Well, the answer is far deeper than just “to go to Mass.” We are here because we need to be with our Loving Lord. And we need to be with Him always, not just one hour a week in a Church, but throughout the week, wherever He can be found.

People often attempt to justify their faith life by speaking about their past relations with God, how they went to Catholic school, or attended religious education class. Quite often someone will come into the parish office with a request and a summary of their past involvement with the Church[2]. Many people go through life thinking that their past is all that matters. It doesn’t occur to them that their present relationship with God is what really matters. The relationship with God is the source of spiritual life. If that relationship is no longer present, then the source of life is gone. Then there is death.

Why would anyone who once valued his or her relationship with God, push God aside, or even out of his or her life? My brother, my sister, the answer is the gate to heaven is narrow for many. Evil is all around us. It invites us to an immoral life. It is so much harder to go in a different direction. The different direction is the narrow gate. It is easier to go through the wide gate, to go along with a crowd. It is difficult to be one of the few that rejects the values of the crowd. That is the call to holiness. The call to be set apart for the Lord. Since we are one, and our faith and morals are one, when we choose the wide gate over the narrow gate, we find ourselves diminishing the importance of our relationship with God.

We are here; we are with God because the Life of the Son is our life. We are not dead. We are alive. We are alive in Christ. The Blood of Jesus Christ is our life blood. That is the treasure we cannot sacrifice to the pagan world, no matter how wide the gate is that is attracting us. We cannot allow ourselves to fall for the absurdity that we decide when God sees us and when He doesn’t see us.

The people of the second reading, those addressed in the Letter to the Hebrews, acted as though the Christian faith was too difficult. They had drooping hands and knocking knees. They were wrong. Our faith is not difficult. It is our way to happiness. We make sacrifices that the world may think are major sacrifices like being faithful, being truthful, being giving and compassionate to others. We realize are just minor gifts of ourselves to our God. In return we receive the one thing the world longs for but cannot grasp: we receive happiness. For no one is happy unless he or she is united to the Source of Goodness and Happiness.

Why are we here? Well, we are here because this is where we want to be, inside, at the banquet of the Lord. Why are we here? We are here because we are alive!

Today, we pray for the courage to stay inside the house with the Master. We pray for the courage to live our faith ■


[1] Sunday 22nd August, 2010, 21st Sunday in Ordinary Time. Readings: Isaiah 66:18-21. Go out to all the world and tell the Good News—Ps 116(117). Hebrews 12:5-7, 11-13. Luke 13:22-30 [Queenship of Mary].
[2] For example, they want to put a child in a Catholic school and want the Church to help pay for this, to give them the same subsidy it gives to those who are in Church every week. They haven’t been to Church in years. But, still, they will say, “You know, Father, I went to Catholic school for nine years.” They hope that the past would get them by. This is just an example.

¿A dónde va, cuando se va, la llama?
¿A dónde va, cuando se va, la rosa?
¿Qué regazo, qué esfera deleitosa,
qué amor de Padre la alza y la reclama?

Esta vez como aquella, aunque distinto;
el Hijo ascendió al Padre en pura flecha.
Hoy va la Madre al Hijo, va derecha
al Uno y Trino, al Trono en su recinto.

Por eso el aire, el cielo, rasga, horada,
profundiza en columna que no cesa,
se nos va, se nos pierde, pincelada
de espuma azul en el azul sorpresa.

No se nos pierde, no; se va y se queda.
Coronada de cielos, tierra añora
y baja en descensión de Mediadora,
rampa de amor, dulcísima vereda.

Hoy sube al cielo María,
que Cristo, en honra del suelo,
traslada la casa al cielo,
donde en la tierra vivía.

Levantad al cielo el vuelo,
de Dios lo fuisteis, y Dios,
por no estar en él sin vos,
traslada la casa al cielo.

Amor con divino modo
os trasplanta, bella flor,
y, porque prendáis mejor,
os llevan con tierra y todo.

A su Hija abraza el Padre,
a su Madre, el Redentor,
y a su Esposa coronada
el Espíritu de amor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén  
de la Ltiurgia de las Horas 

Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María


La solemnidad que celebramos hoy tiene toda un color de victoria y alegría, un color de esperanza que sirve mucho en medio de un mundo triste, delante de una Iglesia de la que los medios de comunicación intentan convencernos que está condenada a desaparecer. Hoy los católicos celebramos la victoria de María, la Madre de Jesús y de la Iglesia, y nos dejamos contagiar de su alegría.

La fiesta de hoy presenta el triunfo de Cristo y de su Madre y de ésa alegría de los dos, participamos todos los seres humanos. La Virgen con su a Dios en cierto modo habló por todos nosotros, por cada uno. Y el de Dios a Ella, glorificándola, es también un para cada uno de nosotros. Hoy celebramos nuestra propia esperanza, como escucharemos en el prefacio[1]: ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra.

La mujer que san Juan describe en la visión que escuchamos en la segunda de las lecturas, aunque sea una figura clara de la Iglesia, es también de modo eminente la Virgen María, la Madre del Mesías y auxilio constante para la Iglesia contra todos los dragones que luchan contra ella y la quieren hacer callar. En su encíclica Dominum et Vivificantem[2] Juan Pablo II se extrañaba que el mundo pudiera prescindir sistemáticamente de la presencia de Dios en su vida, acercándose cada vez más al materialismo y a la cerrazón a los valores trascendentes que afectan a la realización misma del hombre. Es verdad: los tiempos que vivimos son difíciles: el evangelio no sólo es no apreciado, sino muchas veces explícitamente marginado o perseguido. Sin embargo hoy, mirando a la Virgen, celebramos la victoria. La Asunción nos demuestra que el plan de Dios es plan de vida y salvación para todos y que se cumple, además de en Cristo, también en una mujer que forma parte de la raza humana.

La Asunción es, pues, un grito de fe en que es posible esta salvación. Es una respuesta a los pesimistas y a los perezosos. Es una respuesta de Dios al hombre materialista y secularizado que no ve más que los valores económicos o humanos. El destino del hombre es la glorificación con Cristo por El y en Él. El hombre está destinado a la vida, por eso hoy al celebrar la Eucaristía, pedimos que también a nosotros, como a la Virgen María, Dios nos conceda el premio de la gloria[3], que lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo[4].

De la misma forma en que la Virgen prorrumpió en el canto del Magnificat, así nosotros expresamos nuestra alegría y nuestra admiración por lo que Dios hace, en cantos, en aclamaciones y, sobre todo, en la Plegaria Eucarística. La santa Misa es nuestra respuesta a la acción de Dios, es nuestro Magnificat constante. Y no sólo damos gracias, sino que en la Eucaristía participamos del misterio pascual, la Muerte y Resurrección de Cristo, del que la Virgen ha participado en cuerpo y alma. Así tenemos la garantía de la vida: quien come mi Carne y bebe mi Sangre tendrá la vida eterna, y yo le resucitaré el último día[5].

La Eucaristía nos invita a mirar y a caminar en la misma dirección en la que nos alegra hoy la fiesta de la Asunción ■


[1] Parte de la misa que precede inmediatamente a la plegaria Eucarística.
[3] Oración de la vigilia
[4] Oración colecta.
[5] Cfr Jn 6

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris