Así: te necesito
de carne y hueso.

Te atisba el alma en el ciclón de estrellas,
tumulto y sinfonía de los cielos;
y, a zaga del arcano de la vida,
perfora el caos y sojuzga el tiempo,
y da contigo, Padre de las causas,
Motor primero.

Más el frío conturba en los abismos,
y en los días de Dios amaga el vértigo.
¡Y un fuego vivo necesita el alma
y un asidero!

Hombre quisiste hacerme, no desnuda
inmaterialidad de pensamiento.
Soy una encarnación diminutiva;
el arte, resplandor que toma cuerpo:
la palabra es la carne de la idea:
¡Encarnación es todo el universo!
¡Y el que puso esta ley en nuestra nada
hizo carne su verbo!
Así: tangible, humano,
fraterno.

Ungir tus pies, que buscan mi camino,
sentir tus manos en mis ojos ciegos,
hundirme, como Juan, en tu regazo,
y, -Judas sin traición- darte mi beso.

Carne soy, y de carne te quiero.
¡Caridad que viniste a mi indigencia,
qué bien sabes hablar en mi dialecto!
Así, sufriente, corporal, amigo,
¡Cómo te entiendo!
¡Dulce locura de misericordia:
los dos de carne y hueso!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Amén ■ 
de la Liturgia de las Horas

XIV Domingo del Tiempo Ordinario (c)

El Señor pide a aquello setenta y dos que pasen por los pueblos y lugares contagiando paz[1]. Tarea nada fácil, pues sólo quien la posee en su corazón puede comunicarla de verdad a los demás. Las vacaciones son, sin duda, momento privilegiado para reconstruir esa paz interior, a veces, tan maltratada por el día a día. Las vacaciones de verano son un buen momento para experimentar el silencio. Tal vez sea bueno olvidarse por unos días de la televisión y la red. Nuestro espíritu lo agradecerá. Mejor todavía si sabemos encontrar algún rincón tranquilo (la sombra de un bosque, la orilla de un río, la paz de una ermita...) para estar a solas con Dios, sin prisas. El silencio nos revelará muchas cosas. Descubriremos nuestra agitación interior y nuestras tensiones. Sentiremos la necesidad de vivir de otra manera. El silencio es siempre fuerza transformadora y fuente de paz.

Hemos también de sentir nuestro cuerpo, ese cuerpo nuestro que es templo del Espíritu Santo[2]. La mayor parte del tiempo vivimos olvidados absolutamente del cuerpo, crispado y tenso por las mil preocupaciones de cada día o lo que es peor, castigándolo como si fuera el peor de los enemigos.

Las vacaciones son un momento estupendo para hacer la experiencia nueva –al menos durante unos días- de sentir nuestro cuerpo, respirar conscientemente y con calma, tomar conciencia de las diversas sensaciones, sentarnos de manera relajada, pasear sintiendo nuestro caminar. Descubriremos con más fuerza la alegría de sentirnos vivos y de poder vivir ésa vida para Dios. Tendemos a acumular en nuestro interior las experiencias negativas, sin detenernos ante lo bueno y bello de la vida.

¿Por qué no dedicar unos días a vivir más despacio, observando las cosas pequeñas y saboreando agradecidos tantos placeres sencillos que ofrece el vivir diario? Quedaremos sorprendidos de todo lo que se nos regala de manera constante.

Hemos de aprender a mirar. Casi siempre corremos de un lado a otro sin captar apenas la vida que llena el cosmos y sin abrirnos al misterio que nos envuelve, ¡qué rápido perdimos la capacidad de asombro! Es bueno tomarse tiempo para aprender a mirar el entorno más despacio. No se trata de afinar los sentidos, sino de captar la vida que palpita dentro de las personas, los seres y las cosas, y escuchar su eco en nosotros.

Las vacaciones son también un momento estupendo para sanar los recuerdos dolorosos, para recuperar la paz, para curar las heridas que nos hacen sufrir interiormente. Es un verdadero arte vivir plenamente el momento presente, aquí y ahora, y hemos de aprenderlo desde la fe: el pasado pertenece a la misericordia de Dios; el futuro queda confiado a Su bondad y Su providencia.

El cristiano no necesita ni del miedo ni de cientos de criterios para formar su criterio; el cristiano no necesita de normas como semáforos, señales de tráfico, que les aseguren si van bien o mal. Cierto que nada hay más inestable que las opiniones, los entusiasmos y los ideales del espíritu. En general nuestras pasiones carnales, nuestros hábitos físicos, son más sólidos que las sombras que pueblan el mundo de nuestra razón. Sin embargo viviremos la fidelidad, y el amor, cuando ambos estén enraizados en nuestro cuerpo, y con un amor sano amemos y cuidamos de él, de nuestro cuerpo. Lo más inconstante en nosotros es el yo, siempre hambriento, con su orgullo, su curiosidad, su sed insaciable de nuevos ídolos. Se es más fiel no cuando se piensa mejor, sino cuando se siente más profundamente. Y sentir, lo que se dice sentir, se siente con el cuerpo y, a partir de él, esa sensibilidad conecta con la del espíritu, el espíritu que tendrá siempre el auxilio de la gracia de Dios. Por eso lo verdaderamente espiritual tiene más afinidades y está más en sintonía con lo sensible que con lo intelectual, y se graba más fácilmente en una emoción corporal auténtica –limpia, honesta- que en una opinión intelectual, o en un criterio que sólo se fija por vía de razonamientos tan insípidos como una cuchara.

La vida del cristiano no es ni lo puro material o terreno, ni tampoco únicamente vivir una vida cumpliendo acciones elevadas del espíritu. Es necesario un balance entre estos dos puntos pues desde un estado de autosuficiencia, de engreimiento, de acritud, de exclusividad de alma elegida, tarde o temprano se termina en la mentira, en la decadencia y en la falsedad farisaica. Más vale arruinarse con alma de santo, que hacer obras de santo con alma ruin. La santidad no es estirada ni altiva, sino que se inclina con amor sobre cualquier necesitado, no sólo sobre los importantes o los grandes del mundo.

Un consejo para éstos días de vacaciones: ver detenidamente La Pasión –mucho mejor si antes echamos un ojo a las páginas del Evangelio- y aplicarnos cada la historia de Dios que tomó la forma de un esclavo ■



[1] Cfr Lc 10, 1-12, 17-20
[2] ¿No saben que sus cuerpos son templos del Espíritu Santo que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes no se pertenecen, si no que han sido comprados, ¡Y a qué precio! Glorifiquen entonces a Dios en sus cuerpos (1 Co 6, 19-20). 

VISUAL THEOLOGY

Christ Presenting The Keys to Saint Peter and The Law to Paul, , 1150–1200; Ivory 5 15/16 x 3 3/8 in. (15.1 x 8.5 cm) The Cloisters Collection, 1979, Metropolitan Museum of Art (New York). The theme of Christ handing the keys of heaven to St. Peter and the law to St. Paul, which originated in fourth-century Rome, refers to the establishment of the Church as stated in Matthew 16:18: "I also tell you that you are Peter and on this rock I will build my church." The parable highlights the importance of SS. Peter and Paul and, by extension, that of St. Peter's successors, the bishops of Rome. In this powerful interpretation, a domed structure replaces the rock on which Christ is more frequently depicted. The dramatic expressions, the fluid, clinging drapery, and the openwork carving are characteristic of German Romanesque ivory carving. The inscription, including the date 1200, is later ■

Independence Day 2010

We pray, Thee O Almighty and Eternal God! Who through Jesus Christ hast revealed Thy glory to all nations, to preserve the works of Thy mercy, that Thy Church, being spread through the whole world, may continue with unchanging faith in the confession of Thy Name.

We pray Thee, who alone art good and holy, to endow with heavenly knowledge, sincere zeal, and sanctity of life, our chief bishop, Pope n., the Vicar of Our Lord Jesus Christ, in the government of his Church; our own bishop, n., all other bishops, prelates, and pastors of the Church; and especially those who are appointed to exercise amongst us the functions of the holy ministry, and conduct Thy people into the ways of salvation.

We pray Thee O God of might, wisdom, and justice! Through whom authority is rightly administered, laws are enacted, and judgment decreed, assist with Thy Holy Spirit of counsel and fortitude the President of these United States, that his administration may be conducted in righteousness, and be eminently useful to Thy people over whom he presides; by encouraging due respect for virtue and religion; by a faithful execution of the laws in justice and mercy; and by restraining vice and immorality. Let the light of Thy divine wisdom direct the deliberations of Congress, and shine forth in all the proceedings and laws framed for our rule and government, so that they may tend to the preservation of peace, the promotion of national happiness, the increase of industry, sobriety, and useful knowledge; and may perpetuate to us the blessing of equal liberty.

We pray for his excellency, the governor of this state , for the members of the assembly, for all judges, magistrates, and other officers who are appointed to guard our political welfare, that they may be enabled, by Thy powerful protection, to discharge the duties of their respective stations with honesty and ability

We recommend likewise, to Thy unbounded mercy, all our brethren and fellow citizens throughout the United States, that they may be blessed in the knowledge and sanctified in the observance of Thy most holy law; that they may be preserved in union, and in that peace which the world cannot give; and after enjoying the blessings of this life, be admitted to those which are eternal.
Finally, we pray to Thee, O Lord of mercy, to remember the souls of Thy servants departed who are gone before us with the sign of faith and repose in the sleep of peace; the souls of our parents, relatives, and friends; of those who, when living, were members of this congregation, and particularly of such as are lately deceased; of all benefactors who, by their donations or legacies to this Church, witnessed their zeal for the decency of divine worship and proved their claim to our grateful and charitable remembrance. To these, O Lord, and to all that rest in Christ, grant, we beseech Thee, a place of refreshment, light, and everlasting peace, through the same Jesus Christ, Our Lord and Savior. Amen ■ Archbishop John Carroll November 10, 1791. 

Fourteenth Sunday in Ordinary Time

This Sunday the prophet Isaiah uses the image of a baby nursing. Babies need the best food they can have, the food their mothers’ provide. The readings for our Liturgy begin with an image that is somewhat embarrassing in modern American society but perfectly natural in most other settings. That is the image of Jerusalem as being a mother nursing her child. In the earthly language of ancient Palestine, the image emphasizes that Jerusalem’s breasts are large, filled with milk. We are told to drink fully of the milk of her comfort and nurse with delight at her abundant breasts[1].

When I read this section of Isaiah, I remembered one of the saddest pictures I have ever seen. It was a picture of a mother and baby in Somalia during one of the horrible famines that plague that section of the world. The mother could not consume enough food for her breasts to produce milk for her baby. She sat there, her eyes glazed over with a suffering beyond imagination.  She sat and watched her infant crying and dying of starvation. That dying baby, that’s us without the Lord. That starving child is us when we are not consuming the Word of God.

Isaiah exhorts us, Nurse and be strong. You have a source of all the nourishment you need. Jerusalem provides the food this nourishment. From Jerusalem comes the Word of God, the Word of God in Scripture, the Word of God that has become flesh, Jesus Christ.

There are many times in our lives that we all cry out, “I am hungry. I am drained.  I am spiritually weak.” What do we say to our children when they are hungry? We say, “Eat something.” “I am hungry,” we complain. Then eat, the first reading tells us. “Read scripture, let the Word of God work on you.”, “But I don’t know where to start,” we cry. We have bibles. We have the Eucharist. We have everything we need. But we don’t take advantage of God’s gifts. A good place to start is to read the Sunday readings to prepare for the Eucharist. There are three readings, start on Monday and read the first reading, the second on Tuesday, the Gospel on Wednesday and then start again Thursday with the first reading. On Sunday read all three. Just ask yourself, “What is this reading saying to me”[2].

In today’s Gospel, the seventy-two who had been sent out to proclaim the kingdom return exuberant. You can feel their excitement in the reading. They had such wonderful experiences that they couldn’t wait to tell the Lord all about them. Everybody was talking at once. Jesus himself joined right in, I saw Satan falling like lightning from the sky. Who were these seventy-two? We don’t know even one their names. And there is a reason for that. They are us. We are the seventy-two. We are the ones who have nursed on the Word of God and become strong. We are the ones who have become so strong that other’s experience the Word of God within us. The Kingdom is proclaimed. Evil is destroyed. The devil falls from the sky.

And we are overwhelmed with joy.

But this joy, this joy is radically different from any other concept of joy we may have. This joy is different in a most shocking way. St. Paul speaks about this joy in today’s reading from Galatians. His joy, his strength, his boast is our joy, our strength our boast. His joy and our joy are in the Cross of the Lord Jesus Christ. And this is not merely a memory of an event that took place two thousand years ago, that is too simple, too convenient. His joy and our joy are in our sharing the Cross of the Lord. St. Paul says, I bear the marks of Jesus on my body. This can’t be relegated to a discussion on whether or not he received the stigmata. That’s too easy, too convenient. No, he and we are afflicted with the result of following Jesus Christ.

So, we avoid that party where there are not a Christian environment, Teens and Adults, and that causes pain from those who mock us for not going, and we gladly bear these pains in union with the Cross. And we happily give up what we want to care for another’s needs. Just about every one of you parents are doing this. You happily gave up that boat, that beach townhouse, that top of the line car that you wanted because   your children need a college education. Still, it smarts, but you happily make the sacrifice and bear the marks of the Lord on your body.

And so, we dare to make the decision to be holy, to be separate for the Lord, and people say to us, “Get real.” The girls at work, the guys on the business trip, the kids at school, the neighbors, the relatives, all mock us for wanting to be holy. They say, “Get real; everybody is doing this and that. It is the way the world is. Join it.” And we respond, “I am real. I am united to the one true reality, Jesus Christ. He means more to me than anything. His Holiness and His Presence are well worth, infinitely worth, what it costs, your scorn. I gladly bear the marks of the Lord on my body.”

The readings say to us today, Drink abundantly from the breasts of Jerusalem. Witness the action of God in your lives.  Relish in the Power of the Lord working through you, and boast, boast in your sharing in the Cross of Christ.”

O Lord, I want to be holy, just like you. I want to go where you lead me to. With reckless abandon to the truth, I want to fall deeper in love with you[3]


[1] Fourteenth Sunday in Ordinary Time, Readings for Mass: First Reading: Isaiah 66:10-14, Responsorial Psalm: Psalms 66:1-3, 4-5, 6-7, 16, 20, Second Reading: Galatians 6:14-18, Gospel: Luke 10:1-12, 17-20 or 10:1-9.
[2] Another daily practice we can have is reading a few verses every day of the Gospel for this year’s Sunday cycle, the Gospel of Luke. Or, perhaps, focus on the Gospel of John, the Gospel that makes an appearance throughout the church year during all three cycles.  Whatever we do, we need to nurse.  We need to get the food we need from Jerusalem’s abundant breasts, the Word of God.
[3] Matt Maher, Just Like You © Spirit and Song, used by permission CCLI#2368115

En la Solemnidad de San Pedro y San Pablo

San Pedro y san Pablo, unidos
por un martirio de amor,
en la fe comprometidos,
llevadnos hasta el Señor.

El Señor te dijo: "Simón, tú eres Piedra,
sobre este cimiento fundaré mi Iglesia:
la roca perenne, la nave ligera.
No podrá el infierno jamás contra ella.
Te daré las llaves para abrir la puerta."
Vicario de Cristo, timón de la Iglesia.

Pablo, tu palabra, como una saeta,
llevó el Evangelio por toda la tierra.
Doctor de las gentes, vas sembrando Iglesias;
leemos tus cartas en las asambleas,
y siempre de Cristo nos hablas en ellas;
la cruz es tu gloria, tu vida y tu ciencia.

San Pedro y san Pablo: en la Roma eterna
quedasteis sembrados cual trigo en la tierra;
sobre los sepulcros, espigas, cosechas,
con riesgo de sangre plantasteis la Iglesia.
San Pedro y san Pablo, columnas señeras,
testigos de Cristo y de sus promesas  
de la Liturgia de las Horas. 

XIII Domingo del Tiempo Ordinario

Si nos dejamos llevar por el libro más antiguo de oración que tenemos los cristianos, el libro los Salmos, encontraremos en el dos formas muy básicas para orar. Por un lado están la lamentación y la llamada de auxilio, y por otra el agradecimiento y la alabanza. De un modo más escondido, existe un tercer tipo de oración, sin súplica ni alabanza explícita, que no es más un movimiento del alma que confía en su creador: mantengo mi alma en paz y en silencio… Pon tu esperanza en el Señor, ahora y por siempre[1].

A veces la oración calla, pues la comunión apacible con Dios puede prescindir de las palabras. Acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre. Como un niño privado de su madre pero que ha dejado de llorar, así se puede estar en la presencia de Dios, y la oración entonces no necesita palabras, y quizá ni siquiera reflexiones.

¿Cómo llegar al silencio interior? A veces permanecemos en silencio, pero en nuestro interior discutimos, confrontándonos con nuestros interlocutores imaginarios o lo que es peor: luchando con nosotros mismos. Mantener nuestra alma en paz supone una cierta sencillez: No pretendo grandezas que superan mi capacidad. Hacer silencio es reconocer que mis preocupaciones no se solucionan con el ruido. Hacer silencio es dejar a Dios lo que está fuera de mi alcance y capacidades. Un momento de silencio, incluso muy breve, es como un año sabático, una tregua respecto a las preocupaciones.

Practicar el silencio significa silenciar el yo, con el propósito de abrirnos a un conocimiento que se produce más allá del yo y del mundo que el yo construye. No se trata de un conocimiento que se pueda adquirir; no se trata de llenar más las alforjas, se trata entrar en la esencia de nosotros mismos donde sólo el Absoluto puede entra. El centro del alma, Dios es, como solía decir Juan de la Cruz[2].

La agitación de nuestros pensamientos se puede comparar a la tempestad que sacudió la barca de los discípulos en el mar de Galilea cuando Jesús dormía. También a nosotros nos encontramos perdidos, angustiados, incapaces de calmarnos a nosotros mismos. Y el Señor viene en nuestra ayuda. Así como habló con fuerza al viento y al mar y entonces sobrevino una gran calma[3], el Señor puede también calmar nuestro corazón cuando éste se encuentra agitado por el miedo y las preocupaciones.

Al hacer silencio, ponemos nuestra esperanza en Dios. El salmo sugiere que el silencio es también una forma de alabanza: Para ti, oh Dios, el silencio es alabanza. Cuando cesan las palabras y los pensamientos, Dios es alabado en el asombro silencioso y la admiración[4].

En el Sinaí, Dios hablaba a Moisés y a los israelitas. Truenos, relámpagos y un sonido de trompeta cada vez más fuerte precedían y acompañaban la Palabra de Dios[5]. Siglos más tarde, el profeta Elías regresó a la misma montaña de Dios y experimentó la experiencia: huracán, terremoto y fuego, sin embargo el Señor no estaba en aquellos ruidos; cuando cesa todo y se hace el silencio, Elías oyó un susurro silencioso, y es entonces Dios le habla[6].

¿Habla entonces Dios con voz fuerte o en un soplo de silencio? ¿Tomaremos como modelo al pueblo reunido al pie del Sinaí? Probablemente sea una falsa alternativa. Los fenómenos terribles que acompañan la entrega de los diez mandamientos subrayan su importancia, porque guardar los mandamientos o rechazarlos es asunto de vida o muerte. Las palabras que se dicen con voz fuerte se hacen oír, impresionan, pero sabemos bien que éstas no tocan casi los corazones. En lugar de una acogida, éstas encuentran resistencia. La experiencia de Elías muestras que Dios no quiere impresionarnos, sino ser comprendido y acogido. Dios ha escogido una voz de fino silencio para hablar. Es una paradoja.

Cuando la palabra de Dios se hace voz de fino silencio, es más eficaz que nunca para cambiar nuestros corazones. El huracán del monte Sinaí resquebrajaba las rocas, pero la palabra silenciosa de Dios es capaz de romper los corazones de piedra. Para el mismo Elías, el súbito silencio era probablemente más temible que el huracán y el trueno. Las manifestaciones poderosas de Dios le eran, en cierto sentido, familiares. Es el silencio de Dios lo que le desconcierta, pues resulta tan diferente a todo lo que conocía hasta entonces.

El silencio nos prepara a los cristianos a un nuevo encuentro con Dios. En el silencio, la palabra de Dios puede alcanzar los rincones más ocultos de nuestro corazón. En el silencio, la palabra de Dios es más cortante que una espada de dos filos: penetra hasta la división del alma y del espíritu[7]. Al hacer silencio, dejamos de escondernos y la luz de Cristo puede alcanzar y curar y transformar, incluso aquello de lo que nos avergonzamos.

Siglos más tarde, y justo en la última noche que el Señor pasa con los suyos, dice: Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado[8]. Tenemos necesidad de silencio para acoger estas palabras y ponerlas en práctica. Cuando estamos agitados e inquietos, tenemos tantos argumentos y razones para no perdonar y no amar demasiado y con facilidad. Pero cuando mantenemos el alma en paz y en silencio, el perdón es posible. Quizás evitamos a veces el silencio porque la paz interior es un asunto arriesgado: nos hace vacíos y pobres, disuelve la amargura y las rebeliones, y nos conduce al don de nosotros mismos[9].

Graham Green solía decir que si viéramos el fondo de todo tendríamos compasión hasta de las estrellas y San Juan María Vianey hablaba con frecuencia algo muy similar: si uno se viera sin máscara, moriría. ¿Por qué si nos viéramos sin máscara moriríamos?, ¿Porque nos veríamos deformes y espantosos?, ¿porque dentro de la máscara sólo encontraríamos vacío?

Silenciosos y pobres, afortunadamente nuestros corazones son conquistados por el Espíritu Santo para ser llenados –si lo permitimos- de un amor abrasador.

En muchas menos palabras: de manera humilde pero cierta, el silencio conduce a amar ■


[1] Cfr Sal 131.
[2] Teresa Guardans, La meditación cristiana, una introducción.
[3] Cfr Mc 4.
[4] Sal 65.
[5] Ex 19.
[6] Cfr 1 Reyes 19
[7] Cfr Heb 4,12
[8] Juan 15,12
[9] «Como el alma se acabe de vaciar de todas las formas e imágenes aprehensibles, se quedará en esta pura y sencilla luz, transformándose en ella en estado de perfección, porque esta luz nunca falla en el alma; pero por las formas y velos de criatura con que el alma está velada y embarazada, no se le infunde. Que si quitase estos impedimentos y velos del todo (…) el alma se transforma en la sencilla y pura sabiduría (…) aprenda el espiritual a estarse con advertencia amorosa en Dios, con sosiego de entendimiento»… Subida II,15

SOLEMNITY OF STS PETER AND PAUL

The Church is apostolic, because she professes the faith of the Apostles and attempts to live it. There is a unity that marks the Twelve called by the Lord, but there is also continuity in the apostolic mission. St Peter, in his First Letter, described himself as "a fellow elder" of the presbyters to whom he writes (5: 1). And with this he expressed the principle of apostolic succession: the same ministry which he had received from the Lord now continues in the Church through priestly ordination. The Word of God is not only written but, thanks to the testimonies that the Lord in the sacrament has inscribed in the apostolic ministry, it remains a living word. Thus, I now address you, dear Brother Bishops. I greet you with affection, together with your relatives and the pilgrims from your respective Dioceses. You are about to receive the Pallium from the hands of the Successor of Peter. We had it blessed, as though by Peter himself, by placing it beside his tomb. It is now an expression of our common responsibility to the "chief Shepherd" Jesus Christ, of whom Peter speaks (I Pt 5: 4). The Pallium is an expression of our apostolic mission. It is an expression of our communion whose visible guarantee is the Petrine ministry. Unity as well as apostolicity are bound to the Petrine service that visibly unites the Church of all places and all timesthereby preventing each one of us from slipping into the kind of false autonomy that all too easily becomes particularization of the Church and might consequently jeopardize her independence. So, let us not forget that the purpose of all offices and ministries is basically that "we [all] become one in faith and in the knowledge of God's son, and form that perfect man who is Christ come to full stature", so that the Body of Christ may grow and build "itself up in love" (Eph 4: 13, 16) ■ Benedict XVI, homily on the solemnity of saints Peter and Paul

VISUAL THEOLOGY


Plaque with the Creation of Animals, ca. 1084, South Italian; modern Amalfi (Campania), ivory, (10.8 x 10.8 cm), Metropolitan Museum of Art (New York). This ivory plaque comes from a set of some fifty ivories showing scenes from the Bible. Forming an extensive narrative, they may have decorated a large piece of church furnishing, perhaps the enclosure before the altar, for the Cathedral of Salerno dedicated in 1084.

Thirteenth Sunday in Ordinary Time

Over the past months a lot of stories have appeared in the media regarding clergy sexual abuse and its mishandling by Catholic bishops and even the pope himself. Much of this information is dated[1]. Next Tuesday we will celebrate the feast of St. Peter and St. Paul and even though I said something during the celebration of the Holy Thursday few months ago, this Sunday I would like to say something in defense of his holiness Benedict XVI[2].

Sexual abuse of children cries to heaven for justice, of course. It violates everything that is good and holy. It mocks everything Christ said in the gospels. Jesus compared the Kingdom of Heaven to the innocence of a little child[3]. And for a Catholic priest to commit a crime and a sin like this is extremely evil. However sexual abuse is not exclusively or even primarily a Catholic problem. It is a sickness widespread in our society, in our culture and so it is a global problem[4].

It's certainly true that some Catholic priests perpetrated this evil on the innocent in years past. And many Catholic bishops ignored or failed to grasp the gravity of this crime in addressing the problem. However no other community or institution has checked up itself on this painful issue as rigorously as the Catholic Church. No other group has put into place zero tolerance policies for sexual abuse and created safe environment programs like the Catholic Church in America.  

And no person has done more to relieve the Church of the evil of sexual abuse than the current successor of St. Peter, Benedict XVI. As archbishop of Munich thirty years ago, then as the Prefect for the Congregation for the Doctrine of the Faith and now as the Vicar of Christ, his holiness has always been dedicated to his responsibilities of purifying the Church in this area.

I meet cardinal Joseph Ratzinger when he was the Prefect for the Congregation for the Doctrine of the Faith and I was in my last year in the seminary before I was ordained, so I learned from direct, first-hand experience that Benedict XVI is truly a man of God. Believe me: he really is a gift to the Church and a shepherd after the heart of the Good Shepherd.

I was ordained 10 years ago and I came to this blessed and wonderful country five years ago, and one of the things that most surprised me were the attacks to the Holy father, it pains my heart –and should wound the heart of all Catholics- to see the nasty way he has been treated in the media. The violent attacks on his person and reputation, the disinformation and twisting of facts and the poor defense of the priests surprised me and broke my heart.

No other world religious leader, Jewish, Muslim or other, has been treated in this way. Disrespect for the Catholic Church—and don't be fooled; the disrespect is directed not just at Church leaders, but at ordinary believers as well—no matter how vulgar or bitter, is the last acceptable prejudice. Why? Because the Catholic Church is one of the few remaining voices that speaks effectively against the moral confusion of our world. The Catholic faith does not and will not bless the destructive moral path some people now seem to prefer.

Let me close this homily with the words of his Holiness in one of his homilies few weeks ago:
I am always struck by the passage in the Acts of the Apostles which recounts that after the Apostles had been whipped by order of the Sanhedrin, they rejoiced that they were counted worthy to suffer dishonor for the name of Jesus (Acts 5:41). Anyone who loves is ready to suffer for the beloved and for the sake of his love, and in this way he experiences a deeper joy. The joy of the martyrs was stronger than the torments inflicted on them.
Discipleship involves suffering. But suffering does complete a powerfully good thing: It clarifies who is willing to suffer for Christ's Church and her mission, and who is not



[1] The fact that these stories were triggered in part by an attorney with a long and lucrative financial history of litigating the Catholic community and were pressed with such enthusiasm by editors during Holy Week—and in particular on Good Friday—could hardly have been a coincidence.
[2] Sunday 27th June, 2010
13th Sunday in Ordinary Time. Readings: 1 Kings 19:16, 19-21. You are my inheritance, O Lord—Ps 15(16): 1-2, 5, 7-11. Galatians 5:1, 13-18. Luke 9:51-62 [St Cyril of Alexandria].
[3] Cfr Matthew 18:3
[4] Most studies indicate that in the United States as much as 60 percent of all sexual abuse of minors takes place within families.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris