Qué bien sé yo la fonte que mana y corre,
 aunque es de noche!.

Aquella eterna fonte está ascondida.
¡Que bien sé yo do tiene su manida
aunque es de noche!

Su origen no lo sé pues no le tiene
mas sé que todo origen della viene
aunque es de noche.

Sé que no puede ser cosa tan bella,
y que cielos y tierra beben della
aunque es de noche.

Bien sé que suelo en ella no se halla
y que ninguno puede vadealla
aunque es de noche.

Su claridad nunca es escurecida
y sé que toda luz de ella es venida
aunque es de noche.


Sée ser tan caudalosos sus corrientes,
que infiernos cielos riegan y a las gentes
aunque es de noche.

El corriente que nace desta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente
aunque es de noche.

El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede
aunque es de noche.

Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida
aunque es de noche.

Aquí se está llamando a las criaturas
y de esta agua se hartan, aunque a escuras
porque es de noche.

Aquesta viva fuente que deseo
en este pan de vida yo la veo
aunque es de noche  San Juan de la Cruz 

Solemnidad de la Santísima Trinidad

La confesión de nuestra fe en un solo Dios en Tres Personas la recordamos de modo especial en este domingo en que celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Si ponemos atención en las lecturas que van apareciendo a lo largo del año litúrgico nos daremos cuenta que el Nuevo Testamento va poco a poco presentando a un Dios único y al mismo tiempo distinto. Dicho de otra forma: a través de las actuaciones de Dios en la vida del hombre nos acercamos a su manera de ser y aunque no lleguemos a entenderlo podemos intuir toda la profundidad de su misterio[1].

Lo primero a lo que nos podemos respetuosa y silenciosamente acercar es al hecho de que Dios se nos ha mostrado como padre que nos ha dado la vida por amor, y que cuida de nosotros como hace un padre por sus hijos. Este Dios, al llegar la plenitud de los tiempos[2], envió a su propio hijo que, a diferencia de los demás hombres que son también hijos de Dios, lo es de un modo total y perfecto. También podemos comprender que a lo largo de la historia Dios se nuestra como Padre, como Hijo y como Espíritu de Amor: Dios es un solo Dios, pero no es un Dios solitario, sino un Dios que es tan grande que se realiza en tres personas que son iguales y al mismo tiempo distintas. Esta realidad, que nunca llegaremos a comprender totalmente, es lo que llamamos el misterio de la Stma Trinidad.

Dios nos ha revelado algo de su íntima naturaleza, sin embargo no lo ha hecho para que nosotros nos rompamos la cabeza al más puro estilo de san Agustín intentando comprender cómo es posible que las tres personas divinas no sean tres dioses, o intentando entrar en la propia intimidad de Dios. Dios nos ha dicho como es, no para que nosotros sepamos cosas acerca de Él, sino para que lo imitemos.

Así, una de las cosas más prácticas –si se puede hablar así- de ésta fiesta de la Santísima Trinidad es comprender que Dios no es un ser solitario, aislado en su propia perfección, sino que en su interior existe una vida de amor y de comunidad, una comunidad que se parece mucho –servatis servandis[3]- a la comunidad básica a la que pertenecemos los cristianos: la parroquia.

Nuestra vida de hombres y de cristianos debe ser también comunitaria: no podemos vivir aislados de los demás. Esto quiere decir que no hay verdadero yo sin un auténtico nosotros. No es posible la persona sin las otras personas. Creer es construir la comunidad y en concreto la comunidad parroquial. Todo lo que sabemos de Dios lo sabemos a través de las obras que ha hecho por nosotros. Podemos resumir la obra de Dios diciendo que ha sido una obra de entrega a los hombres: el Padre nos ha regalado a su propio Hijo, y el Padre y el Hijo nos han comunicado su mismo Amor, el gran don del Espíritu Santo.

Con un profundo respeto y con la preocupación de pastor, me atrevo a preguntarte hoy ¿qué tan fuerte es tu relación con la parroquia? ¿le prestas tu tiempo y tus recursos a Dios a través de tu comunidad parroquial, o por el contrario vives encerrado en tu grupo eclesial que, si bien ha sido aprobado por la autoridad de la Iglesia vive al margen de la vida de la parroquia? «La comunidad parroquial –son palabras de Juan Pablo II- es el corazón de la vida litúrgica; es el lugar privilegiado de la catequesis y de la educación en la fe[4]. En la parroquia se lleva a cabo el itinerario de la iniciación y de la formación para todos los cristianos. ¡Cuán importante es redescubrir el valor y la importancia de la parroquia como lugar donde se transmiten los contenidos de la tradición católica![5]

También nosotros debemos gastar nuestra vida al servicio de los hombres; también nosotros debemos entregar a nuestro hermano aquello que más amemos y apreciemos, incluso debemos estar dispuestos a entregarles lo que vale más que cualquier otra cosa: nuestra propia vida. Así seremos imitadores de Dios, tal como Jesús nos aconseja: sed perfectos, como perfecto es vuestro Padre del cielo[6]. Así será verdad que creemos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espiritu Santo


[1] La Trinidad es la creencia central sobre la naturaleza de Dios del cristianismo católico, del cristianismo ortodoxo y de la mayoría de las confesiones protestantes. Afirma que Dios es un ser único que existe simultáneamente como tres personas distintas o hipóstasis, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En el año 215 d. C., Tertuliano fue el primero en usar el término Trinidad (aunque algunos autores difieren y afirman que Teófilo fue el primero en usar este término y Tertuliano lo acuñó). Tertuliano diría en Adversus Praxeam II que "los tres son uno, por el hecho de que los tres proceden de uno, por unidad de substancia".
[2] Cfr Gal 4,4.
[3] Es decir, respetando lo que se debe respetar.
[4] Cfr Catecismo de la Iglesia católica, n. 2226
[5] S.S. Juan Pablo II, Discurso a la plenaria del Consejo Pontificio para los Laicos del 21.XI.1998.
[6] Mt 5. 48
Ilustración: S. Boticelli, La visión de San Agustín (1488), tempera sobre madera (20x38cm), Galleria degli uffizi (Florencia). 


VISUAL THEOLOGY

La Santísima Trinidad, 
atribuido a Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos.
Colección Museo de Arte Colonial. Bogotá.

The Solemnity of the Most Holy Trinity

There are many practices that we Catholics have which we do so often, we forget the meaning of them. One of these practices is the way that we begin and end our prayers. We hardly think about it, but we begin all our prayers by invoking the Trinity and signing our bodies with the sign of God’s eternal love for us, the Sign of the Cross. Whether those prayers are the Mass, the central prayers of the church, or simply grace before dinner, we always begin with, In the name of the Father, and the Son and the Holy Spirit.  In Church, we make the sign of the cross, even before we enter our pews. We do that at the Holy Water Font, reminding us of how we entered into God’s family, by being baptized in the name of the Holy Trinity. In the same way, all our prayers conclude with our invoking the Trinity. The Mass concludes with the people being blessed in the name of the Trinity[1].

Why? Why this focus on the Trinity? Well, we make the sign of the cross as a statement of faith. We are open to the mystery of God. Our belief in the Trinity encompasses who we are and what we are about. Also we make the sign of the cross as an affirmation that the One who was crucified has saved us. We believe that God’s love for us was so intense that He became one of us while remaining one with the Father. Jesus Christ is our Lord and Savior. Perhaps we use that term Savior too freely. Perhaps it has lost its meaning for us. Without Jesus Christ we would be in the grips of hatred, sin and death. With Jesus Christ, we are engulfed in love and life. When we say “He frees us from sin,” we mean that he frees us from the misery that makes existence intolerable. With Jesus Christ, there is no situation in life that cannot lead us to his Peace, Presence and Happiness[2].

He became one of us. He died for us on Good Friday. He conquered death and restored eternal life for us, Easter. He ascended to the Father, but His Spirit and the Spirit of the Father, the Holy Spirit, was given to us on Pentecost and remains with each of us. We each have the Presence and Power of God within us.  We can make God Present to others.

And so we begin our prayers in the Name of the Father, and of the Son and of the Holy Spirit. We begin our prayers in the name of the Father, who loves us unconditionally, and of the Son who made this love concrete by becoming one of us and dying for us and bringing God’s forgiveness to us, and the name of the Holy Spirit, whom is God dwelling within us, empowering us. The sign of the cross is an affirmation of our faith. It is a declaration of who we are: people God loves, forgives and empowers.

As we grow in the knowledge that God loves us, as we experience His Love more and more in our lives, we are transformed by His Love.  We want nothing more than to nurture this Love.  We want to spread this Love.

When we recognize that God forgives us, we realize that His Love is infinitely greater than our sins. We need to stop beating ourselves up and let His forgiveness into our lives. So many people in the world, so many of us, give up on life because we have given up on ourselves. When that happens we get into a downward cycle.  We continue to do things that lead to spiritual disaster because we think God will not forgive us. Jesus Christ is our Savior, He saves us from ourselves. He forgives us. He calls us to spread the Good News, the Gospel to others. He challenges us to let all know that if they are committed to God, He will forgive them also.

He gives us the Power to lead others to Christ. Every one of us has a unique ability to reflect God’s love in the world. Every one of us is capable of instilling the seed of God’s love in others. We can change other people. We can lead them from a meaningless life to a life of eternal fulfillment. We have the Power of God within us.  In fewer words: we possess the Holy Spirit.

And so we begin and end our prayers with a statement of who we are and what we are about. We are people who are loved, forgiven and empowered. We find our meaning in life in the name of the Father, Son and Holy Spirit ■


[1] Sunday 30th May, 2010, Trinity Sunday. Readings: Proverbs 8:22-31. O Lord, our God, how wonderful your name in all the earth!—Ps 8:4-9. Romans 5:1-5. John 16:12-15.
[2] The Christian doctrine of the Trinity teaches the unity of Father, Son, and Holy Spirit as three persons in one Godhead. The doctrine states that God is the Triune God, existing as three persons, or in the Greek hypostases, but one being. (Personhood in the Trinity does not match the common Western understanding of "person" as used in the English language—it does not imply an "individual, self-actualized center of free will and conscious activity. To the ancients, personhood "was in some sense individual, but always in community as well." Each person is understood as having the one identical essence or nature, not merely similar natures.) Since the beginning of the third century the doctrine of the Trinity has been stated as "the one God exists in three Persons and one substance, Father, Son, and Holy Spirit.". Trinitarianism, belief in the Trinity, is a mark of Roman Catholicism, Eastern and Oriental Orthodoxy as well as of the "mainstream traditions" arising from the Protestant Reformation, such as Anglicanism, Methodism, Lutheranism and Presbyterianism. The Oxford Dictio
Iilustration: Unknowm Hungarian Master, Holy Trinity, c. 1450, wood, 64.5x 54.5cm, Hungaran National Galley (Budapest).
Para llevar a plenitud el misterio pascual,
enviaste hoy el Espíritu Santo
sobre los que habías adoptado como hijos
por su participación en Cristo.
Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo,
fue el alma de la Igle sia naciente;
el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos,
reunidos en Jerusalén;
el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe
a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas.
Y el mismo Espíritu que sigue vivificando a tu Iglesia,
e inspira a todos los hombres de buena voluntad que buscan tu reino.
Por eso, con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría
y también los coros celestiales,
los ángeles y arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria: Santo... Misal Romano, Prefacio de Pentecotés.


¡Feliz cumpleaños Iglesia mía!


Qué discutible eres, Iglesia, y, a pesar de todo,
¡cómo te quiero!
Cuánto me has hecho sufrir y, a pesar de todo,
¡cuántas cosas te debo!
Querría verte destruida y, en cambio,
necesito tu presencia.
Me has escandalizado mucho y, no obstante,
me has hecho comprender la santidad.
No he visto en el mundo nada más oscurantista, más comprometido,
más falso, y no he tocado nada más puro, más bello y generoso.
Cuántas veces he deseado cerrarte a la cara la puerta de mi alma,
y cuántas veces he pedido poder morir en tus seguros brazos.
No, no puedo desentenderme de ti, pues soy tú,
no siendo completamente tú.
Y después…. ¿a dónde iría? ¿A construir otra?
Pero no podré construirla si no es con los mismos defectos,
con los míos que llevo dentro.
Y si la construyo será la mía, mi Iglesia,
pero no la de Cristo.
Ya soy suficientemente mayor para entender
que no soy mejor que los demás…
He aquí el misterio de la Iglesia de Cristo,
verdadero misterio impenetrable.
Tiene el poder de darme la santidad y está formada de pecadores,
del primero al último y ¡qué pecadores!
Tiene la fe omnipotente e invencible de renovar el misterio eucarístico y está compuesta de hombres débiles que están perplejos y se debaten cada día contra la tentación de perder la fe.
Lleva un mensaje de pura transparencia
y está encarnada en una masa bruta,
como es bruto el mundo.
Habla de la dulzura del Maestro, de su no-violencia,
y en la historia ha enviado ejércitos a destruir infieles y a torturar herejes.
Transmite un mensaje de evangélica pobreza y busca dineros y alianzas con los poderosos.
No, no me voy de esta Iglesia fundada sobre una piedra tan débil,
porque fundaría otra encima de la piedra más débil todavía, que soy yo Carlo Carretto
Ven, Espíritu divino, 
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre, 
don en tus dones espléndidos, 
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo, 
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas,
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos, 
mira el vacío del hombre
si tu le faltas por dentro,
mira el poder del pecado 
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma al Espíritu indómito,
guía el que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones 
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno  
Secuencia de Pentecostés

Solemnidad de Pentecostés


Un año más nos reunimos alrededor del altar para celebrar la solemnidad de Pentecostés, quizá el mejor día del año para meditar silenciosamente sobre el misterio de la Iglesia, sobre su fin que no es otro –aunque los periódicos digitales digan exactamente lo contrario- que mostrarnos a Cristo, llevarnos a Él y comunicarnos su gracia. En palabras del Cardenal de Lubac «Nunca se dará el caso, ni aún en las más altas cimas de la vida espiritual, de que pueda alguien llegar a tener tal conocimiento del Padre que en adelante le dispense  de tener que pasar por Aquél  que continúa siendo siempre y para todos el Camino y la Imagen del Dios Invisible. Esto mismo debe aplicarse a la Iglesia, cuyo fin es el mostrarnos a Cristo, llevarnos a El y comunicarnos su gracia. En menos palabras: la única razón de su existencia es la de ponernos en comunicación con El»[1]

Poco a poco hemos ido olvidando que la Iglesia es un proceso de reunión de los hombres con Dios, y que la realización personal del hombre –valga lo aparentemente frívola de la expresión- consiste en realizar en uno mismo la imagen de Dios que tiene el hombre desde su creación, imagen que fue destruida y desfigurada por el pecado. Es por ello que las relaciones entre los hombres han pasado a ser bruscas y hostiles. Sin embargo y para nuestra fortuna, día a día Dios reúne todo lo disperso bajo un nuevo principio: Cristo, el Dios hombre que al tomar la naturaleza humana restaura el orden interior de los hombres y de las cosas, reformando la imagen de Dios en los hombres, y todas las cosas re-encuentran su sentido.

Esta restauración en Cristo y por Cristo es ¡sorpresa! la misma Iglesia, es decir, volvemos a ser nosotros mismos incorporándonos a Cristo en la Iglesia.

Vamos a decirlo con valentía: si el mundo perdiera la Iglesia, perdería la redención. La Iglesia forma parte ineludible de la Economía de la Salvación.  «El que, cediendo a las sugestiones de un falto espiritualismo, pretendiera desembarazarse de la Iglesia como de un yugo, o prescindir de ella como de un intermediario engorroso, acabaría muy pronto abrazándose con el vacío o terminaría entregándose a dioses falsos[2].

Es verdad que la Iglesia pasa por una crisis, que hay cosas que no están bien o que por años se han descuidado. «Los ataques al Papa y a la Iglesia –es la voz del Santo Padre- no sólo vienen de fuera, sino que los sufrimientos de la Iglesia proceden precisamente de dentro de la Iglesia, del pecado que hay en la Iglesia.

»También esto se ha sabido siempre, pero hoy lo vemos de modo realmente tremendo: que la mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y que la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, de una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia. El perdón no sustituye la justicia. En una palabra, debemos volver a aprender estas cosas esenciales: la conversión, la oración, la penitencia y las virtudes teologales. De este modo, respondemos, somos realistas al esperar que el mal ataca siempre, ataca desde el interior y el exterior, pero también que las fuerzas del bien están presentes y que, al final, el Señor es más fuerte que el mal»[3].

Y aún con todo la santidad del cuerpo místico de Cristo brilla a través de su misma visibilidad. La santidad, como la catolicidad, es algo intrínseco a la Iglesia. Y esto se da independientemente de los méritos personales de los miembros de la Iglesia. Sabemos que la Iglesia, en este mundo, es y será una realidad en la que conviven santidad y pecado. No pensemos, como los donatistas, que hay un grupo de «perfectos» o de santos predestinados, mucho menos hagamos de la Iglesia “partecicas” como alguien ha dicho. La Iglesia es, en este mundo, y continuará siendo hasta el fin, una comunidad compleja: trigo mezclado con paja, arca que contiene animales puros e impuros[4], barco repleto de malos pasajeros que siempre parece que lo van a arrastrar al naufragio[5].

La mañana de Pentecostés es un buen día para recordar con San Agustín –y agradecerlo en la celebración Eucarística- que la Iglesia hace de los seres que reúne, es decir, nosotros, un solo todo. La humanidad es una, y la misión de la Iglesia es revelar a los hombres la unidad perdida; restaurarla y acabarla. Y la Iglesia es unificadora por una simple razón: ella es la Prometida, la esposa de Cristo. Gracias a su naturaleza es que no somos una mera federación de Asambleas locales, y mucho menos la simple reunión de quienes se han adherido al Evangelio y se juntan por exigencias del culto. Somos mucho más: somos el Pueblo de Dios, un pueblo que llora, que sufre, pero que también ríe y canta a la vez que camina por el desierto en busca de su Señor y del eterno lugar de descanso.

El Domingo de Pentecostés es un buen día para levantar la mirada hacia lo alto, hacia la Jerusalén celeste. Su belleza nos ha cautivado cada vez más intensamente. No la hemos contemplado como en sueños. No es que hayamos buscado una especie de refugio en alguna visión irreal que flota por encima de las nubes, huyendo así de la vulgaridad de las cosas de la vida cotidiana o de la tristeza que lleva aparejadas la existencia. La Iglesia se nos ha manifestado en su majestad real y en su esplendor celestial en la entraña misma de nuestra realidad terrena, en el seno de las oscuridades y de las torpezas que comporta inevitablemente la misión que realiza entre los hombres. La hemos amado con un amor creciente tal como es, no sólo en su constitución ideal, sino tal como se nos manifiesta a lo largo de su historia y, más especialmente, tal como se nos muestra en nuestros mismos días.

Hoy podemos decir –al menos yo lo digo con profunda emoción, porque además cumplo diez años de haber recibido el orden sacerdotal- al finalizar el tiempo Pascual y celebrar la fiesta del Espíritu Santo, que la Iglesia nos ha robado el corazón. Y por eso mismo, ya que el corazón habla al corazón[6], abrigamos la alegre esperanza de que también otros podrán encontrar una ayuda en aquello mismo que tanto nos ayudó[7]



[1] Henri de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Desclee de Brouwer, Bilbao, 1964, p. 182. Henri de Lubac, uno de los principales pensadores de la corriente de la Nouvelle Theologie francesa, y uno de los intelectuales más grandes del pensamiento católico en el siglo XX,  nació en Cambrai, Francia, el 20 de febrero de 1896. En 1913, a los 17 años, ingresó como novicio en la Compañía de Jesús. Hubo de interrumpir sus estudios en 1917, cuando en razón de la guerra fue convocado al frente franco-alemán, donde fue herido. Posteriormente retomó la formación jesuítica, ahora en Inglaterra. Fue amigo de Auguste Valensin, que lo llevó a seguir las huellas del filósofo Maurice Blondel y del jesuita  Theillard de Chardin, entre otros. En 1929 es profesor de Teología Fundamental e Historia de las Religiones en la Facultad de Teología de Lyon. La preferencia por esta materia tal vez le venga de Bondel, y en el grupo de especialistas que se dedicaban a la misma estaban, entre otros, Chenú, Congar y Bouillard.
[2] Id., p. 183.
[3] Palabras del Santo Padre Benedicto XVI a los periodistas durante el vuelo a Portugal el Martes 11 de mayo de 2010. El texto completo puede consultarse en: www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2010/may/documents/hf_ben-xvi_spe_20100511_portogallo-interview_sp.html
[4] Citando a Orígenes y a Cipriano.
[5] El pecado no mancha la santidad de la Iglesia. Porque la santidad no es, en la Iglesia, mérito de sus miembros, sino cosa de Dios. Esta conciencia de pecado y santidad está ya en los primeros cristianos «Cuando las primeras generaciones cristianas, adoptando un término bíblico y paulino, hablaron de Iglesia de los santos no es que se forjaran el concepto orgulloso de una Iglesia, grande o pequeña, en la que sólo los puros tenían cabida, lo mismo que, cuando hablaban de la Iglesia Celestial no desconocían las condiciones de su existencia terrena . Tenían clara conciencia de que la Iglesia en sí no tiene pecado, pero que en sus miembros nunca está sin pecadores.
[6] El lema del Cardenal Newman: Cor ad cor loquitur.
[7] H. de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, pp. 7-8
Veni, creator Spiritus
mentes tuorum visita,
imple superna gratia,
quae tu creasti pectora.
Qui diceris Paraclitus,
altissimi donum Dei,
fons vivus, ignis, caritas
et spiritalis unctio.
Tu septiformis munere,
digitus paternae dexterae
tu rite promissum Patris
sermone ditans guttura.
Accende lumen sensibus,
infunde amorem cordibus,
infirma nostri corporis,
virtute firmans perpeti.
Hostem repellas longius
pacemque dones protinus;
ductore sic te praevio
vitemus omne noxium.
Per te sciamus da Patrem
noscamus atque Filium,
te utriusque Spiritum
credamus omni tempore.
Deo Patri sit gloria,
et Filio qui a mortuis
Surrexit, ac Paraclito,
in saeculorum saecula. Amen

Solemnity of Pentecost

Father of Light, from whom every good gift comes, send your Spirit into our lives with the power of a mighty wind, and by the flame of your wisdom open the horizons of our minds. Loosen our tongues to sing your praise in words beyond the power of speech, for without your Spirit man could never raise his voice in words of peace or announce the truth that Jesus is Lord[1].

When he first met the Lord, calling to him from the burning bush, Moses questioned the Mystical Voice. The voice told Moses to confront Pharaoh and to lead the people out of Egypt. Moses wondered how he could do this and God gave Moses a bit of a preview of what would follow before Pharaoh.

About five hundred years after Moses, a man named Isaiah heard the voice of the Lord call out, “Whom shall I send? Who will go for us?” And Isaiah said, “Here I am Lord, send me.” And Isaiah went on to proclaim God’s will, His presence, and the wonders God had in store for mankind: A virgin would have a child called Emmanuel. A Suffering Servant would take upon himself the sins of the people. He would die and rise again. Isaiah spoke, and the people heard God. At least four, and they were fishermen. One had been a tax collector. One a political zealot. They were simple, everyday men. They were not intellectuals. They were not orators. And they lived in a world that valued rhetoric, the ability to make a persuasive speech. How were they going to fulfill the Lord’s command to “go out and make disciples of Jesus in all nations.”? God took gave them the power, the ability to transform the world.

They gathered again in that Upper Room fifty days after Easter, on Pentecost. They weren’t there to grieve over the One who had died and risen and ascended. They were there to wait. He told them to wait. As we herd last Sunday. Then under the signs of wind and tongues of fire, His Spirit, the Spirit of the Father that was present in His Own Being, now filled their being. The Father was above. The Son had gone to Him. But the Spirit, the Holy Spirit, the animating force of the Father and Son was now the Spirit of the followers of Jesus Christ. The Holy Spirit was now their life principle. United with Jesus, they would form the words, but the Holy Spirit would speak. And the thousands who heard them that day, did not need translators. The apostles formed the words, but the Holy Spirit spoke to the people. The curse of the Tower of Babel was reversed. The world would be united through the language of the Spirit.

And you and I wonder, rightly so, how it is that we can lead others to Christ. How can we train our children, our Teens, our grandchildren, to treasure the Lord? What should we say? What should we do? How can we convince our neighbors, our work companions, other people at school or at work, or in our very families, how can we convince them that there is nothing greater in life than to serve Jesus Christ? And the Lord says, Receive the Holy Spirit[2]. If we stay united to God, God will work His wonders through us.

And outside, outside the Upper Room where the disciples gathered, outside the walls of the Church where we gather, outside there are hundreds, thousands, millions of people longing for an experience of God, longing for the Spirit of Jesus, the Holy Spirit.

We are sent by the Lord, to go outside, out to the people made in the image and likeness of God.  We are called to be who we are, committed Christians, dedicated Catholics, and then to simply let His Spirit, the Holy Spirit of the Father and Son, work the wonders of God in the hearts of His people.

For today, and every day is Pentecost[3]


[1] Alternate Opening Prayer for Pentecost. Sunday 23rd May, 2010. Pentecost Sunday. Readngs: Acts 2:1-11. Lord, send out your Spirit and renew the face of the earth—Ps 103(104):1, 24, 29-31, 34. Romans 8:8-17. John 14:15-16, 23-26
[2] Cfr John 20:22
[3]Pentecost (Ancient Greek: πεντηκοστή [ἡμέρα], pentekostē [hēmera], "the fiftieth [day]") is one of the prominent feasts in the Christian liturgical year commemorating the descent of the Holy Spirit upon the disciples of Christ. Pentecost is celebrated seven weeks (50 days) after Easter Sunday, hence its name. Pentecost falls on the tenth day after Ascension Thursday.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris