Domingo de Ramos


Comienza la Iglesia la celebración de la Semana Santa, la serena reflexión sobre los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Salvador, la Iglesia que en las últimas semanas se ha visto cuestionada y enfrentada por centenares de problemas –y problemas serios- en Irlanda, Holanda, Austria y en el mismo coro del Vaticano; problemas que están escandalizando a los católicos de todo el mundo, y a los no católicos. Una inquietud recorre a medio mundo no sólo por lo que vamos sabiendo, sino por el ocultamiento y encubrimiento por parte de algunos obispos, lo que terminaba ayudando a la impunidad[1].

El comienzo de la Semana Santa es una buena ocasión para reflexionar, además de en el misterio de la Redención, en la actitud que cada uno tenemos hacia la Iglesia a quien hemos aceptado en algún momento de nuestra vida como Madre y Maestra[2]. No una Iglesia puramente celeste, que sería una abstracción inexistente; sino la Iglesia real que también peregrina en este mundo, tal como el Concilio Vaticano II quiso subrayar. Una Iglesia familia de Dios, constituida por todos los cristianos a raíz del bautismo. Una Iglesia a la que están orientados, según sus diversas situaciones, también los creyentes no cristianos, y, más aún, todas las personas de la tierra.

Hay un texto del Cardenal Congar publicado en una época de crisis, y que forma parte de un libro cuyo título traducido literalmente es En medio de las tormentas (1969) del que tomaremos algunas ideas para ésta reflexión[3].

La Iglesia es madre, como les gustaba considerar a los grandes autores cristianos de los primeros siglos. A ella, escribió Guardini[4], y no al cristiano considerado particularmente, pertenecen esos signos eficaces de la salvación que son los sacramentos. A ella pertenecen las formas y las normas de esa nueva existencia que comienza en la pila bautismal, como comienza la vida en el seno materno. Ella es el principio y la raíz, el suelo y la atmósfera, el alimento y el calor, el todo viviente que va penetrando la persona del cristiano.

Es a la Iglesia —seguía explicando Guardini— y no al individuo a quien se le confía la existencia cristiana, existencia que comprende una enseñanza divina, un misterio (¡Cristo!) que se celebra en la liturgia y una vida orgánica y jerárquicamente estructurada. En menos palabras: es a la Iglesia a quien Dios le confiere «la fuerza creadora capaz de transmitir y propagar la fe».

Joseph Ratzinger, en un texto de 1971 titulado Por qué permanezco en la Iglesia, señalaba que una mirada demasiado concentrada a los problemas de la Iglesia —como quien mira un trozo de árbol al microscopio— puede impedirnos verla en su conjunto y por tanto captar su sentido. Quizá nos fijamos demasiado en su eficacia, según los objetivos particulares que cada uno se propone (y así cada uno se fabrica «su» iglesia). Nos fijamos demasiado en sus aspectos organizativos e institucionales, más bien con los criterios de la sociología. A ello puede añadirse la crisis de fe. Pero a la Iglesia sólo se la entiende desde la perspectiva del Espíritu Santo como protagonista principal de la salvación realizada por Cristo de parte del Padre.

También los escritores cristianos gustaban de comparar a la Iglesia con la luna. Como la madre y la luna, la Iglesia concibe en virtud de la semilla vital que recibe y da una luz que ella, siendo solamente otra tierra, recibe del sol (Cristo) para hacerla suya.

Y así, por los caminos y los límites del simbolismo cristiano, llega Ratzinger a decir: lo que importa no es la imagen que cada uno nos hacemos de la Iglesia, sino que la Iglesia es de Dios. Y por eso afirma: «Yo estoy en la Iglesia porque a pesar de todo creo que no es en el fondo nuestra sino SUYA». Sólo por medio de la Iglesia puedo yo recibir a Cristo «como una realidad viva y poderosa, que me interpela aquí y ahora». Por medio de ella, Cristo está vivo y permanece entre nosotros «como maestro y Señor, como hermano que nos reúne en fraternidad». No se puede creer en solitario, sino sólo en comunión con otros, lo mismo que la fe se recibe a través de otros. Por eso una Iglesia que fuera una creación mía e instrumento de mis propios deseos, sería una contradicción.

Todo ello pide antes que nada la fe en Cristo como Dios: «Yo permanezco en la Iglesia porque creo que la fe, realizable solamente en ella y nunca contra ella, es una verdadera necesidad para el hombre y para el mundo». De ahí surge la fe en que la Iglesia es el camino de la salvación: «Yo permanezco en la Iglesia porque solamente la fe de la Iglesia salva al hombre».

¿Pero no es salvar al hombre toda lucha contra el dolor y la injusticia?, se pregunta. Cierto, pero esa lucha sólo puede llevarse a cabo mediante el dominio de sí y el esfuerzo por cumplir con los deberes conocidos y los compromisos adquiridos. En definitiva, todo depende de la verdad y del amor. Y el amor no es estático ni acrítico, pero la única posibilidad que tenemos de cambiar en sentido positivo a una persona es amarla y sufrir por ella.

Por eso concluye el entonces teólogo alemán: «Quien no se compromete un poco para vivir la experiencia de la fe y la experiencia de la Iglesia y no afronta el riesgo de mirarla con ojos de amor, no descubrirá otra cosa que decepciones. El riesgo del amor es condición preliminar para llegar a la fe». Es cierto que la historia testimonia debilidades, y pecados, de los cristianos. Pero también testimonia la realidad de la Iglesia como un foco inmenso de luz y de belleza: la multitud de los cristianos que han mostrado la fuerza liberadora de la fe.

La Iglesia es madre y es hogar. «El hombre —escribía Congar— es un todo y se inserta en un hogar por su sensibilidad y su corazón tanto como por sus ideas».

La Iglesia, nacida del corazón abierto de Jesús en la cruz, ha comenzado a vivir antes que nosotros, y así es posible que nosotros vivamos por ella. Por eso los cristianos deberíamos decir con el teólogo francés: «Estoy infinitamente agradecido a la Iglesia de haberme hecho vivir, de haberme, en el sentido más fuerte de la palabra, educado en el orden y la belleza»

[1] Especialmente interesante y significativa es la carta del Santo Padre a los Obispos Irlandeses. Puede leerse el texto íntegro en: www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/letters/2010/documents/hf_ben-xvi_let_20100319_church-ireland_sp.html
[2] Mater et Magistra.
[3] Nacido en Sedan el 13 de abril de 1904, fue discípulo del filósofo del personalismo Jacques Maritain. Entró en la Orden Dominicana en 1925. En la Segunda Guerra Mundial fue hecho prisionero durante cinco años en un campo de concentración nazi. Sus ideas contrarias al nacionalsocialismo le hicieron acreedor de una especial dureza de trato. Profesor en Le Saulchoir, su libro Verdadera y falsa reforma en la Iglesia fue objeto de duras censuras. Su apoyo a los curas obreros y su solidaridad con la causa de la justicia social no hizo más que complicar su situación. Durante 10 años es apartado de la enseñanza, sancionado, marginado de toda actividad pública y tiene que exiliarse a Jerusalén. Fue un pionero del ecumenismo, sobre todo con su obra "Cristianos desunidos". Sorpresivamente, Juan XXIII le encomendará trabajar en los documentos más importantes del Concilio Vaticano II, junto a otros teólogos en aquel momento considerados avanzados como Joseph Ratzinger o Henri de Lubac. Fundó la colección Unam sanctam.Víctima de una enfermedad neuronal, acabó sus días impedido físicamente, pero intelectualmente activo. Como compensación a la incomprensión y a los años de sufrida obediencia y silenciamiento y como reconocimiento a su profundidad teológica Juan Pablo II lo elevó al cardenalato en 1994.
[4] Romano Guardini (1885- 1968) fue un autor, académico y teólogo italiano. Hijo de padres italianos, vivió la mayor parte de su vida en Alemania, donde su padre ejerció roles en la diplomacia. Se ordenó sacerdote católico y fue uno de los líderes de los movimientos espirituales e intelectuales que desencadenaron después las reformas aprobadas por el Concilio Vaticano II. Se le admira por sus dotes en teología, vida espiritual, filosofía, pedagogía y arte. Entre sus discípulos se cuenta a varios grandes que marcaron el pensamiento teológico posterior.

Palm Sunday


After the reading of the passion of the Lord and at the very beginning of the Holy Week there is a good topic for our conversation with the Lord. Today we can ask ourselves if we can truly live out all of the aspects of Christianity[1].


When we encounter Jesus and his gospel, we immediately sense that we are dealing with something that is not of this world. To be a Christian is not the same as being a member of an organization, Christianity is essentially different. When we embrace Jesus as the truth, the way, and the life[2], we are faced with the reality that Jesus encompasses our entire being, so Christianity is a way of life, and Jesus wants to send his Spirit through every door and window of our soul[3].

Today, Palm Sunday of 2010 we come face to face with Jesus, we come face to face with the reality of how we are to live our lives each day.

Jesus, the Savior of the world and the king of the universe were born in the humility of Bethlehem and throughout the Gospels He taught His apostles and disciples the importance of humility and simplicity[4].

The question today is very simple: how can I grow in humility? Let us remember that humility is the basic virtue of the Christian way of life. We cannot believe unless we are humble and we cannot love our neighbor unless we are humble. Humility is a gift, and we have to ask God for this gift through prayer. Also we need to collaborate with grace and do acts of humility: obedience to our superiors –parents, teachers or bosses at work, is a concrete way to exercise the virtue of humility. Charity is another concrete way to practice humility. Patience, kindness, forgiveness, service, speaking well of others and being a team player are all manifestations of the virtue of humility.

Humble people are people filled with joy and peace. Humble people know how to build community and be team players. Humble people are wonderful to be with because they are forgetful of themselves. Humble people are kind and compassionate to all those around them[5]

Just like on the first Good Friday, many people in our society refuse to leave aside their pride and fully live the virtue of humility. Only the humble can experience the loving presence of Jesus in their lives. Today, the beginning of the Holy Week let us try with the help and intercession of our blessed Mother, the handmaid of the Lord ■

[1] Palm Sunday of the Lord’s Passion. Readings: Luke 19:28-40, Isaiah 50:4-7, Psalm 22:8-9, 17-18, 19-20, 23-24, Philippians 2:6-11, Luke 22:14—23:56 or 23:1-49.
[2] Cfr Jn 14:6
[3] Pope John Paul II once wrote; “It is urgent to rediscover and to set forth once more the authentic reality of the Christian faith, which is not simply a set of propositions to be accepted with intellectual assent. Rather, faith is a lived knowledge of Christ, a living remembrance of his commandments, and a truth to be lived out. A word, in any event, is not truly received until it is put into practice. Faith is a decision involving one’s whole existence. It is an encounter, a dialogue, a communion of love and of life between the believer and Jesus Christ, the way, and the truth, and the life. It entails an act of trusting abandonment to Christ, which enables us to live as he lived, in profound love of God and of our brothers and sisters” (Veritatis Splendor, n. 88)
[4] His followers had already heard His piercing words: "blessed are the meek" and "blessed are the peacemakers". But, he continued to affirm the importance of the virtue of humility when he held a child and said: "unless you become like a child, you shall not enter the Kingdom of God". The Apostles continued to struggle with pride and Jesus continued to teach the importance of the basic virtue of humility. "Anyone who wants to become great among you must be your servant, and anyone who wants to be first among you must be your slave".
[5] Directly opposed to humility is the capital sin of pride. When pride rules our lives, there are always disastrous consequences. Arguments, divisions, fights, and chaos are just some of the horrible effects of this terrible sin. Presumption, ambition, and vanity are the principal manifestations of pride. The remedy for pride is the virtue of humility. This is the solution for a world so filled with sin and corruption.

Ubi caritas et amor, Deus ibi est.
Congregavit nos in unum Christi amor.
Exultemus, et in ipso iucundemur.
Timeamus, et amemus Deum vivum.
Et ex corde diligamus nos sincero.
Ubi caritas et amor, Deus ibi est.
Simul ergo cum in unum congregamur:
Ne nos mente dividamur, caveamus.
Cessent iurgia maligna, cessent lites.
Et in medio nostri sit Christus Deus.
Ubi caritas et amor, Deus ibi est.
Simul quoque cum beatis videamus,
Glorianter vultum tuum, Christe Deus:
Gaudium quod est immensum, atque probum,
Saecula per infinita saeculorum. Amen ■

Jueves Santo



El jueves Santo la Iglesia lo dedica a recordar la institución de la Eucaristía y el sacerdocio ministerial. El oficio de ésta tarde tradicionalmente ha recibido el nombre de Misa de la cena del Señor[1]. Después de la homilía tiene lugar en la mayoría de las parroquias el lavatorio de los pies, a imitación del mismo gesto de Jesús en la última Cena.


Aquella noche, los apóstoles vieron acercarse a Jesús, arrodillarse ante el primero de ellos, desatarle las sandalias y comenzar a lavarle los pies. ¿Qué significaba esto? ¿Qué sentido tenía? Aquello era un gesto de un esclavo que se salía de toda lógica. ¿Era una explicación plástica de aquella humildad de la que les acababa de hablar? El silencio se hacía cada vez más espeso e incomodo mientras les lavaba los pies a todos los apóstoles, todos deseaban que terminara de una vez. Pero Jesús parecía no tener prisa, al final de aquel gesto escucharon de nuevo su voz: ¿Sabéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor. Y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, Maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros. Yo os he dado ejemplo, para que hagáis también vosotros lo que he hecho yo[2].

¿Entendieron los apóstoles lo que acababa de ocurrir? ¿Entendemos nosotros todo lo que esto tiene de importante? ¿Qué significa ésta escena? Muchos comentaristas del evangelio de san Juan se contentan con el simbolismo de la humildad, sugerido por las mismas palabras de Jesús, y no ven otro significado más profundo. Así lo entendieron San Juan Crisóstomo y Teodoro de Mopsuestia, y más recientemente así lo entendieron G. Lagrange, Bernard, Fiebig y muchos otros[3].

Romano Guardini[4], que ha profundizado mucho en la vida del Señor, insiste en que tiene que haber algo más que un simple ejemplo de humildad. Esta Interpretación –dice el autor- es demasiado realista para dar en el clavo, demasiado moral y demasiado pedagógica. La conducta de Jesucristo no obedece nunca a tales puntos de vista. Permítaseme decir que la opinión de que Jesús siempre dio “buen ejemplo” destruye muchísimos rasgos de su santa imagen. Es indudable que dio ejemplo. Fue y es el modelo por excelencia. Pero la figura de Jesús pierde toda su espontaneidad si nos empeñamos en ver en él una actitud pedagógica. Se introduce con ello en su pura imagen una falta de naturalidad y, finalmente, también de verdad. No. Jesucristo vivió entre sus discípulos e hizo toda ocasión lo que el momento exigía, sin preocuparse particularmente de dar ejemplo. Pero, precisamente por no haber pensado en ello, se constituyó en ejemplo, porque sus actos eran auténticos, justos y naturales. La ejemplaridad de Jesús estriba en que en él comienza la existencia cristiana. Por lo que “seguir sus huelas”[5] no significa “remedarle”, lo cual engendraría gestos artificiales y pretenciosos, sino vivir en él y obrar en cada momento según su espíritu. No. Hemos de profundizar mucho más[6].

El gesto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos es, sí, preparación para predicar el evangelio, purificación de los apóstoles en virtud de la palabra de Jesús, incluso el simbolismo de la ordenación de los apóstoles, pero es mucho más. Es, sobre todo, un resumen y anticipo de todo lo que será la pasión de Jesús, una acción profética que simboliza la humillación que supone la muerte de Jesús para salvar a los demás. El lavatorio de los pies es, en suma, una escena de amor infinito.

Un Dios que no fue más que el amor infinito –dice Guardini- no obraría todavía como él. Había que buscar, pues, algo más, y hemos visto que era la humildad. Esta no nace en el hombre. Su ruta no es ascendente, sino descendente. La actitud del pequeño que se inclina ante el grande, todavía no es humildad. Es, simplemente, verdad. El grande que se humilla ante el pequeño, es el verdaderamente humilde. La encarnación es la humildad fundamental. Nuestra redención no fue para Dios un acto que realizó como un gesto lejano. Que no le conmoviera para nada. La tomó mucho más en serio.

En definitiva: Jesús no pide a los suyos sólo que sean humildes o que amen, les pide que entren por el camino del sacrificio redentor. Todo cristiano recibe, antes o después, esta invitación al anonadamiento. A ese anonadamiento que –según Guardini- el mundo considera locura; el corazón lo encuentra intolerable; la razón absurdo[7].

Lo divino desciende a nosotros bajo la forma del servicio más humilde para mostrarnos que solamente sirviendo con toda humildad podemos alcanzar lo divino.

Pidámosle a la Santísima Virgen María que nos ayude a acercarnos ésta tarde a la misa In Cena Domini con un corazón sencillo, con el deseo de recuperar la capacidad de asombro ante este Dios arrojado a los pies de los hombres, de éste Dios que no conocíamos, un Dios que se hace cercano, un Dios que, puesto de rodillas, lava los pies de sus hermanos los hombres[8] ■


[1] Jn 13, 1-15.
[2] Id., 12-16.
[3] Garrigou-Lagrange dedicó su vida entera a lo que él llamaba las «tres sabidurías» o ciencias de las cosas por su causa suprema: la Metafísica, la Teología y la Mística. Poco a poco, en escala armónica y ascendente, se va inclinando por la última. Su figura descuella entre los pensadores católicos de la primera mitad del s. XX; irradió poderosamente su doctrina, a través de la cátedra y los libros, a varias generaciones
[4] Romano Guardini (1885-1968) fue sacerdote y teólogo alemán y profesor de dogmática en Bonn (1922), de filosofía católica en Berlín (1923) y maestro en el arte de la interpretación. Ejerció una considerable influencia en la juventud católica alemana después de la I Guerra Mundial. Su cátedra fue suprimida en 1939 por el régimen nacionalsocialista. En 1945 fue invitado a enseñar en la Universidad de Tubinga y, a partir de 1948, en la de Munich, donde exponía su propio pensamiento acerca de una cosmovisión católica del mundo. Para sustituirle, tras su jubilación, se llamó a Karl Rahner. De inspiración agustiniana, su teología, que explora amplios espacios de la cultura, es más una evocación de la vida de fe que una sistematización dogmática. Entre sus muchas obras, vale la pena mencionar: El espíritu de la liturgia (1917), Cartas de autoformación (1922), El universo religioso de Dostoievski (1933), La esencia del cristianismo (1939), Libertad, gracia y destino (1948), y El Señor (1954).
[5] Tú que padeciste por nosotros para que sigamos tus huellas, Cristo ten piedad (Acto Penitencial propio para la Cuaresma. Misal Romano).
[6] Citado por J.L. Martín Descalzo en Vida y Misterio de Jesús de Nazaret, Sígueme, Salamanca, 1996, 3a ed., pp. 951.954.
[7] Ídem.
[8] En la página web de la Santa Sede, pueden encontrarse prácticamente todas las homilías que Juan Pablo II dedicó a lo largo de su pontificado a comentar diversos aspectos de éste día. Pueden consultarse en: www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/homilies/index_sp.htm

Holy Thursday


We gather here this evening and called by the Lord to celebrate the anniversary of the First Mass and the priesthood. On this special night, we will break the bread with the Lord and we will remember that First Eucharist. As Bishop Fulton J. Sheen used to say: «The greatest love affair the world has ever known is contained in a tiny wafer of bread»[1]. And after the celebration of the mass we, the apostles of the Lord of Christ, will be asked and invited to stay with Him for a moment, to watch with Him for just a little bit, because He is so distressed; he does not want to leave us, but His heart is telling Him He must answer the Father’s call. And He is sad, and He is frightened, and He is asking us, His friends, His people, and His faithful to stay with Him. And of course we will wonder how the Lord’s original twelve apostles could have abandoned Him in His passion. And this reflection should lead us to a personal examination of conscience and to make some resolutions.

So we will wait with Him in the chapel tonight, you and me. We will watch with Him for a while and then we will leave, renewed in faith, spirit, with a big desire to serve Him and to serve our brothers and our sisters and our parish.

My brother, my sister, tonight is a good opportunity to weep with regret and shame for all our mistakes and wrong behaviors, knowing that the Lord himself will forgive us again and again. We should give thanks to God that He sent His only beloved son to save us from ourselves...again and again.

And perhaps we will remember the lesson Jesus taught us at His Last Supper. Jesus not only gave Himself to us in the Holy Eucharist, but He showed us how to receive Him. He showed us how to find Him right here and now on earth. Though He was the guest of honor at that Last Supper, and Lord of the Universe, Jesus got down on His knees, and despite the protests He lovingly, tenderly washed the feet of each apostle, one by one.

And so must we follow the Lord’s example to serve the lowly, the poor and the needy. We must wash their feet, and when we do so, we will be washing the feet of Christ. Where do we find them? Don’t worry…they will find us. We need only open our eyes and hearts to them

Tonight we can borrow the words of His Holiness Benedict XVI: Lord, today you give us your life, you give us yourself. Enter deeply within us with your love. Make us live in your “today”. Make us instruments of your peace![2]


[1] Fulton John Sheen, born Peter John Sheen (1895–1979) was an American archbishop known for his preaching and especially his work on television and radio. His cause for canonization for sainthood was officially opened in 2002, and so he is now referred to as a Servant of God.
[2] www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2009/documents/hf_ben-xvi_hom_20090409_coena-domini_en.html


La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía.
Cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

¡Oh, cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

Y ¿cuál hombre no llorara,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
Y ¿quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y, porque a amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.
Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo.
Porque acompañar deseo
en la cruz, donde le veo,
tu corazón compasivo.

¡Virgen de vírgenes santas!,
llore ya con ansias tantas,
que el llanto dulce me sea.
Porque su pasión y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio.
Porque me inflame y encienda,
y contigo me defienda
en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén.
Porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén
Stabat Mater (versión de Lope de Vega)

Viernes Santo


Son muchos los detalles, los personajes y los acontecimientos que entretejen el Viernes Santo, el día que la Iglesia contempla la Pasión del Señor. Según una antiquísima tradición éste día la Iglesia no celebra los sacramentos, el altar se desnuda por completo, y se guarda un respetuoso silencio ante las siete palabras de Cristo en la cruz[1].

Eli Eli, lama sabactani?¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?[2] No es en realidad solamente una frase, ni una palabra, sino un grito que taladra toda la historia de la humanidad. Cristo había sudado sangre en el huerto de los olivos sin gritar[3], había soportado la flagelación, en silencio[4]. Había sufrido calladamente el ver sus manos y pies traspasados ¿Por qué grita entonces ahora? ¿Por qué grita cuando ya sólo falta lo más fácil: terminar de morir? Son estas éstas palabra –escribe Journet- las que nos descubren hasta el último fondo del misterio de la encarnación y los anonadamientos del Verbo hecho carne.

Éste escandaloso grito del Señor en la cruz ha dividido durante siglos a los comentaristas. ¿Cómo pudo el Padre abandonar al Hijo, si ambos son un único Dios? ¿Cómo pudo alejarse la divinidad, si estaba unida a la humanidad hasta formar un solo ser? ¿Puede acaso el Hijo de Dios quedarse sin Dios, cuando él mismo lo es y es el único que existe? Y la ausencia de Dios ¿no es acaso el infierno?

Algunos escritores han buscado interpretaciones más o menos metafóricas. Jesús, dicen, se queja de que su Padre le haya abandonado a la muerte, le haya entregado a tantos dolores. Sin embargo hay que decir que Jesús no estaba en la cruz para decir metáforas. Si él dice que el Padre le abandona, es porque, en realidad, de algún modo le abandona. De un modo que quizá nosotros nunca lograremos entender, pero que él experimentó como una verdadera lejanía.

Algo que puede ayudarnos a entender el misterio o, mejor dicho, a acercarnos a él un poco más, es comprender que en éste momento Cristo está llevando a la meta la redención de la humanidad, está asumiendo todos y cada uno de los pecados de todos los hombres de toda la historia.

Jesús no es, ni siquiera en este momento, pecador, pero, el algún modo misterioso, se experimenta pecador. Es como si sus manos purísimas, hechas para acariciar a los niños, hubieran acuchillado, disparado, ametrallado en las miles de guerras de la historia. Como si sus labios, que enseñaron a rezar el Padrenuestro, hubieran dicho todas las mentiras de la historia, todos los besos sucios de la historia, todos los millones y millones de blasfemias. Como si su corazón, que anoche instituyó la eucaristía, se convirtiera en el frío bloque de odios, de envidias, de avaricias, de incredulidades, de crueldad.

Aunque Jesús experimentó todos los dolores que en el infierno pueda sentir un pecador, sus dolores no fueron de pecador, sino de salvador. Su dolor fue satisfactorio, no castigo. Su pasión fue luminosa, no desesperada.

El sufrimiento luminoso de un Dios que muere por nosotros –escribe Journet- es aún más desgarrador que el sufrimiento del desesperado. Porque sólo a él es dado el medir plenamente el abismo que separa el bien y el mal, el cielo y el infierno, el amor y el odio, el “si” dicho a Dios y su negación.

Ahora es cuando más que nunca Jesús se hace radicalmente uno de nosotros. Si esa barrera del mal le distinguía de los hombres, ahora la saltará por amor.

Y la apagará en soledad, en esta terrible soledad en la que experimenta verdaderamente la lejanía de su Padre, del centro mismo de su alma. Por eso grita. Porque este dolor es más agudo que todos los de la carne juntos. Sin embargo su grito no es de desesperación. Es una queja lacerante, pero amorosa. Y segura. De hecho, toma sus palabras del salmo 21, que es un salmo de llanto, pero también de esperanza. Es incluso probable que Jesús estuviera recitando entero este salmo, aunque sólo gritara el segundo de sus versos.

En realidad buena parte de los versículos de éste salmo parecen una descripción de lo que en la cruz está ocurriendo:

1 Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?
¿Por qué estás lejos de mi súplica,
y de las palabras de mi clamor?
2 Dios mío, clamo de día, y no respondes;
de noche también, y no hay para mí reposo.
6 Mas yo soy gusano, y no hombre,
oprobio de todos y desprecio del pueblo.
7 Todos los que me ven, escarnecen de mí;
estiran los labios y menean la cabeza, diciendo:
8 "Acudió al Señor, líbrele él;
sálvele, si tanto lo quiere".
11 No te alejes de mí, porque la angustia está cerca,
porque no hay quien ayude.
13 Abren sobre mí las bocas,
como león rapante y rugiente.
14 Soy derramado como aguas;
todos mis huesos se descoyuntan;
mi corazón, como cera, se derrite en mis entrañas.
15 Como un tiesto está seca mi boca;
mi lengua se pega al paladar;
y me has puesto en el polvo de la muerte;
16 Porque jaurías de perros me rodean,
y pandillas de malignos me cercan;
horadan mis manos y mis pies;
contar puedo todos mis huesos.
17 Me miran de hito en hito, y con satisfacción maligna;
reparten entre sí mis vestidos;
sobre mi ropa echan suertes.
18 Mas tú, oh Señor, no te alejes;
fortaleza mía, apresúrate a socorrerme.
19 Salva de la espada mi garganta,
mi faz del filo del hacha.
21 Proclamaré tu Nombre a mis hermanos;
en medio de la congregación te alabaré.
25 Comerán los pobres, y serán saciados,
alabarán al Señor los que le buscan:
Viva su corazón para siempre!
29 Me hará vivir para él;
30 Vendrán y anunciarán al pueblo aún no nacido
los hechos asombrosos que hizo.

Es así entonces como el grito de Jesús no es desesperación, sino oración. Y una oración que está directamente relacionada con la de Getsemaní. Y para que su soledad fuera más radical, ese grito suyo será interpretado en son de burla por quienes le escuchan. Jesús probablemente había pronunciado la frase aramea con el acento original galileo y los soldados, o porque realmente no le entendieron o porque encontraron ocasión de hacer un chiste que les pareció gracioso, interpretaron que estaba llamando a Elías. Y la cosa les resultó muy divertida. A Elías está llamando[5]. Y coreaban la frase a grandes carcajadas, asombrados de su propio ingenio[6]

[1] I. Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc. 23,34); II. En verdad, en verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc. 23,43); III. Mujer, he ahí a tu hijo; hijo he ahí a tu madre (Jn. 19, 26-27); IV. ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? (Mc. 15, 34; Mt. 27, 46); V. Tengo sed (Jn. 19,28); VI. Todo está cumplido (Jn. 19, 39) y VII. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc. 23, 46)
[2] Es una oración tomada del salmo 22, que probablemente recitó completo y en arameo (Eli Eli lama sabachthani), lo cual explica la confusión de los presentes que creyeron ver en esta súplica una llamada de auxilio a Elías. Esto es un acto de profunda soledad y sentido de alejamiento de su Padre Esta palabra pronunciada por el Dios crucificado es, mas que un reproche hacia Dios, la oración del justo que sufre y espera en Dios; Jesús, en lugar de desesperar y olvidarse de Dios, clama al Padre pues confía en que Él lo escucha, pero Dios no responde, porque ha identificado a su hijo con el pecado por amor a nosotros, y este debe morir, Jesús, colgado en la cruz, es rechazado ahora por el cielo y por la tierra, porque el pecado no tiene lugar. Cuantas veces en nuestras vidas hemos sentido el abandono de Dios. ¿Por qué a mi? ¿Por qué ahora? ¿Qué hice Señor? Preguntas y preguntas como la de Cristo que encuentran como respuesta el silencio de Dios. Por lo general, es la mejor respuesta que nos puede dar, pero no lo entenderemos hasta que sepamos que del silencio brota la resurrección.
[3] Cfr Lc 22, 44.
[4] Cfr Mt 27, 27.
[5] Mt 27, 47.
[6] J.L. Martín Descalzo en Vida y Misterio de Jesús de Nazareth, Sígueme, Salamanca, 1996, 3a ed., 1141- 1145.

Good Friday


In the passion story according to John which we have just heard, the last words that Jesus said on the cross before he bowed his head and gave up the spirit is It is finished[1]. Three words in English but in the original Greek it is just one word, tetelestai[2]. What does this it is finished mean?[3].

Few years ago after some archaeologists dug up in the Holy Land a tax collector's office that was almost intact, with all the tax records and everything. There were two stacks of tax records and one of them had the word, tetelestai, on the top. In other words, paid in full. These people don't owe anything anymore. So, when Jesus said it is finished, what is finished? It is the debt we owe God by our sins. It has been paid in full?

The Jews of Jesus' time saw sin as a debt that we owe God, a debt that must somehow be repaid and Jesus used that kind of language and often spoke of sin as debt and forgiveness as a cancellation of debt. He told the parable of the unforgiving servant whom his master forgave the debt that he had no way of repaying[4]. This was a way of teaching us that when we are forgiven by God we must in turn forgive our neighbor.

Our Lord clearly used the language of commerce to speak of the spiritual relationship between God and us and between us and our neighbor. So on the cross he says telestai: Our sins have been completely forgiven. It is finished.

So, how do we respond to this last testament of Jesus? What do we do? All we to do is to believe that these word apply to each one of us, no matter the gravity of the sin that we have been involved in. our debt has been paid to the full and cancelled no matter how huge the amount we owe.

Today, during the veneration of the Cross let us say "Thank you, my Lord and my God"; let us learn to be grateful to Jesus all our. That is why we come to the parish every Sunday. We come to celebrate the Eucharist which means literally thanksgiving.

As we look up to the cross today and contemplate Jesus dying to make the full payment for our sins, let us thank him, and let us promise him that our whole lives will be one unbroken song of thanksgiving to him who gave his life to make full payment for the immeasurable debt we owe to God

[1] 19:30
[2] Τετελέσται.
[3] Good Friday. Readings: Isaiah 52:13-53:12, Hebrews 4:14-16;5:7-9, John 18:1-19:42.
[4] Cfr Matt 18:23-35.

Recordare, Iesu pie,

Quod sum causa tuae viae,

Ne me perdas ilia die.

Quaerens me sedisti lassus,

Redemisti crucem passus,

Tamus labor non sit cassus.

Juste judex ultionis

Donum fac remissionis

Ante diem rationis.

lngemisco tamquam reus,

Culpa rubet vultus meus,

Supplicanti parce, Deus.

Qui Mariam absolvisti

Et latronem exaudisti,

Mihi quoque spem dedisti.

Preces meae non sum dignae,

Sed tu bonus fac benigne,

Ne perenni cremet igne.

Inter oves locurn praesta,

Et ab haedis me sequestra,

Statuens in parle dextra

W.A. Mozart, Requiem, Secuencia.

Sábado Santo


Cuando José de Arimatea llegó con el permiso para desclavar a Jesús y enterrarle, debían ser las cuatro ya media de la tarde. Tenían que darse prisa si querían bajar a Jesús antes de que se pusiera el sol[1]. Paradójicamente iban a ser dos extraños quienes llevaron a cabo lo principal en ésta tarea. Pedro, Andrés, y todos los que la víspera anterior había discutido largamente quién de ellos quería más a Jesús, estaban ahora lejos. Iba a ser un saduceo –José de Arimatea y un fariseo –Nicodemo- quienes se encargaran de desclavarle y embalsamarle. José de Arimatea había traído consigo nada menos que cien libras de una mezcla de mirra y áloe. Le gustaba hacer las cosas bien, a lo grande, con magnanimidad[2]. Juan sentía una cierta vergüenza al ver que, del grupo de los doce, sólo estaba él. Recordó las palabras del Maestro que habló un día de que al herir al pastor se dispersarían las ovejas[3].

La tarea de desclavar a quien había sido crucificado era difícil y delicada. Tenía que hacerse lentamente si se quería tratar con cuidado el cadáver. Y el pequeño grupo de los amigos de Jesús se movía en torno a él muy despacio, con una profunda delicadeza, como si el Señor estuviera dormido y pudiera despertarse.

Venid al huerto, perfumes,
enjugad la blanca sábana
en el tálamo nupcial
el Rey descansa
Muertos de negros sepulcros,
Venid a la tumba santa:
la Vida espera dormida,
la Iglesia aguarda
Llegad al jardín, creyentes,
tened en silencio el alma:
ya empiezan a ver los justos
la noche clara[4]

Comenzaron por quitarle los clavos de los pies, y tras hacerlo, las dos piernas cayeron de golpe y oscilaron un momento. Tocaban sus heridas con vendas, como acariciándole. Vino luego la tarea de desencajar el travesaño horizontal con Jesús aún clavado. Cuidadosamente lo sacaron de la muesca y descendieron cuerpo y travesaño que parecían horriblemente pesados. Ya en el suelo, sacaron los clavos de las manos y todo el cuerpo reposó sobre la roca. Probablemente hubo alguna dificultad en adosar los brazos al cuerpo: los músculos estaban ya endurecidos después de tres horas en posición horizontal. Y, además, la rigidez comenzaba a manifestarse.

Posiblemente Juan trató de mantener alejada a la Virgen, pero, cuando el cuerpo estuvo ya en tierra, no pudo impedir que ella corriera hacia él. Se sentó en el suelo junto a su cabeza y comenzó a limpiar su rostro mientras José de Arimatea y Nicodemo lavaban su cuerpo ensangrentado con esponjas. Aquel cuerpo era ya una pobre cosa desvalida, que se dejaba manejar y voltear mientras lo lavaban. Parecía imposible que fuera el mismo cuerpo del Maestro a quien tanto habían amado. Presionaron en sus párpados para cerrar sus ojos y en ese momento tuvieron la impresión de que el mundo acabara de oscurecerse. Nadie hablaba, nadie lloraba ya. Su ternura era aún más grande que su tristeza. Limpiaban sus miembros como si fueran los de un niño. Les parecía soñar. Dentro de ellos algo les decía que el Maestro iba a despertarse de un momento a otro.

Oh dolientes de la tierra,
verted aquí vuestras lágrimas:
en la gloria de este cuerpo
serán bañadas.
Salve, cuerpo cobijado
Bajo las divinas alas;
salve, casa del Espíritu
nustra morada. Amen[5].

Cuando le hubieron lavado, lo colocaron sobre una sábana fuerte con la que le envolvieron. Luego, los tres varones cargaron con el cuerpo y caminaron, seguidos por las mujeres, los cuarenta metros que les separaba del sepulcro.

Cuando llegaron ante la roca en que se abría el sepulcro, se detuvieron de nuevo y dejaron piadosamente el cuerpo sobre la hierba del jardín. Comenzaron entonces el rito de la unción. Frotaban fuertemente cada parte de su cuerpo con los perfumes traídos por José de Arimatea. Ayudarían –pensaban- a retrasar la corrupción de aquel cuerpo que tanto querían. Su cabeza estaba demasiado cansada para pensar que pudiera ocurrir cualquier otra cosa.

¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey esta durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos[6]

[1] Cfr Lc 15, 42.
[2] Cfr Jn 19, 39.
[3] Id., 10, 11.
[4] Himno del Oficio de Laudes del Sábado Santo, Liturgia de las Horas, tomo II.
[5] Idem.
[6] De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado, PG 43, 439. 451. 462-463.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris