Llevo escrito tu nombre en lo más hondo
grabado por Amor a sangre y fuego,
no lo puedo olvidar, y aun si lo escondo,
se abre camino en mi, vence mi ego.

Lo empañan mis flaquezas, mis apegos.
Parece sepultado en el trasfondo,
pero siempre lo encuentro cuando ahondo,
como un viento sutil que arrecia luego.

Me invita a renacer purificado,
a librarme del yugo que ahora llevo
con la pesada carga del pecado.

Llevo escrito "Jesús resucitado".
Te busco una vez más, te hallo de nuevo,
y al invocar tu Nombre estoy salvado ■ Félix Mansilla y Arcos

IV Domingo del Tiempo Ordinario (c)

Orar en la Ciudad
I.




Pierre-Marie Delfieux*
(Fraternidades Monásticas de Jerusalén).


Dios está en la ciudad y allí se le puede encontrar. La ciudad tiene ciertamente un poco de la fascinación de Babel[1] y mil tentaciones que la llenan y que parece que constantemente pueden desviarnos del Señor. Pero en el desierto, también podemos ser tentados. En medio de las soledades podemos ser charlatanes y a la sombra de los claustros se puede ser muy mundano. Dios está en la ciudad y es preciso buscarle allí. A quien llama, él le abrirá. A quien pide, le dará. Y quien le busca, lo encontrará[2].

Yo me digo frecuentemente, después de haber oído desde hace años tantos testimonios sobre este tema, que la iglesia más grande es el metro. ¡Si se supieran todas las oraciones que por centenares de millares se recitan allí cada día, desde antes de la aurora hasta avanzada la noche! En el cielo nos sorprenderemos descubriendo a todos aquellos que en el metro, autobús, en el taxi y en los coches particulares, se han santificado desgranando las cuentas del rosario o rezando simplemente por los que les rodean.

A veces me gusta imaginarme a la ciudad, representándomela como Verlaine desde mi celda, "por encima del tejado"[3]. Allá, bajo nuestros ojos, alrededor de la catedral, todas esas iglesias, esas basílicas, esas capillas, esos oratorios, esos conventos, esos monasterios, esas mil y una lámparas de oración que arden y brillan invisiblemente a lo largo de los días y en medio de la noche... son otros tantos signos perceptibles de la Presencia de Dios.

Desde las maternidades a los velatorios, desde las camas de los hospitales a las celdas de los prisioneros, en los apartamentos ricos y en las buhardillas insalubres, en los despachos edificados en torres de cristal, en los subsuelos de los talleres en semioscuridad, en comercios y tiendas, por todas partes, unos labios balbucean su oración, unas manos se vuelven hacia el cielo, unas almas se elevan hacia Dios. Corazones que gritan, susurran, suspiran, cantan a Dios. ¿Cómo no lo encontramos en la ciudad si, abriendo los ojos, lo podemos encontrar en cada cruce del camino? Se alza en medio de las plazas. Corre a lo largo de las calles. Reside detrás de cada fachada y él mismo baña la ciudad entera de la luz de su Palabra y la llena del misterio de mil eucaristías.

Remontemos, pues, las aceras de nuestras ciudades. Está claro que si no prestamos atención, todo puede desviarnos de Dios. Pero todavía es más cierto que, si lo queremos, todo puede sernos ocasión para volvernos hacia él y encontrarlo de verdad. Aquí, una alabanza por este cruce de miradas puras, por este gesto de caridad percibido a medias, por la belleza contemplada de la arquitectura, la maravilla de esa proeza técnica. Más allá una súplica por ese rostro extenuado, ese cartel insultante, esa miseria que nos interroga, ese escaparate innoble o inútil de despilfarro o de sensualidad.

Necesitamos aprender a orar en la ciudad. Prolongar los murmullos y elevar los suspiros y los gritos hacia el cielo. Incluso inventar una nueva espiritualidad, como los Cistercienses lo hicieron en la vida rural, Teresa de Jesús en la vida del convento, Bruno en la soledad, Benito en el trabajo, la liturgia y la lectio... Y no digamos que esto no se puede realizar. El evangelio nos dice que sí[4]. «Queridos compañeros en la fe –exclamaba el hermano Carlos Caretto dirigiéndose a los que habían escogido el desierto en la ciudad– sois los testigos de lo Invisible, los creyentes en el Dios único, los adoradores del Espíritu, los partidarios del Reino de los Cielos. Sois los que esperan en el desierto de la ciudad el regreso de Cristo, diciendo como los primeros cristianos: ¡Maranata! ¡Ven señor Jesús! Estos cristianos velan orando y su casa es un nuevo monasterio». Sí, Dios está en el corazón de las ciudades, podemos encontrarlo allí de verdad y siempre ■

* El hermano Pierre-Marie Delfieux es el fundador de las Fraternidades Monásticas de Jerusalén (1975), comunidades que buscan promover el espíritu de oración propia de los padres del desierto en el corazón de las grandes ciudades. Actualmente las fraternidades están presentes en Bélgica, Canadá, Francia, Alemania e Italia (N. del E.).
[1] Cfr Gn 11.
[2] Cfr Lc 11, 10.
[3] El autor se refiere a Paul Marie Verlaine, comúnmente llamado Paul Verlaine, (1844 –1896), poeta francés perteneciente al movimiento simbolista (N. del E.)
[4] Cfr Lc 24, 49.

VISUAL THEOLOGY

Manuscript of the Apocalypse, 1320s, NormandyPaint, gold, silver, and brown ink on vellum Each leaf: H. 12 1/8 in. (30.8 cm), W. 9 in. (22.9 cm)The Cloisters Collection, 1968 (68.174), Metropolitan Museum of Art (New York) ■ The Apocalypse, or Book of Revelation, was, according to tradition, written in Greek by John the Evangelist during his exile on the island of Patmos. Recounting God's instructions to the bishops of the seven churches in Asia Minor, and revealing his own vision of the end of the world and the future kingdom of Christ, the Apocalypse was an extremely popular subject in medieval art. In addition to lavishly illustrated volumes of the Book of Revelation, such as this example, isolated scenes from the Apocalypse appeared with frequency on buildings, small-scale objects, and in an array of medieval books.
Who better than a priest, as a man of God, can develop and put into practice, by his competence in current digital technology, a pastoral outreach capable of making God concretely present in today's world and presenting the religious wisdom of the past as a treasure which can inspire our efforts to live in the present with dignity while building a better future? Consecrated men and women working in the media have a special responsibility for opening the door to new forms of encounter, maintaining the quality of human interaction, and showing concern for individuals and their genuine spiritual needs. They can thus help the men and women of our digital age to sense the Lord's presence, to grow in expectation and hope, and to draw near to the Word of God which offers salvation and fosters an integral human development. In this way the Word can traverse the many crossroads created by the intersection of all the different "highways" that form "cyberspace", and show that God has his rightful place in every age, including our own. Thanks to the new communications media, the Lord can walk the streets of our cities and, stopping before the threshold of our homes and our hearts, say once more: "Behold, I stand at the door and knock. If anyone hears my voice and opens the door, I will enter his house and dine with him, and he with me" (Rev 3:20) ■ Benedict XVI's message for the 44th World Communications Day, which will be celebrated May 16.

Fourth Sunday in Ordinary Time

Today’s second reading is one of the most beautiful sections of the New Testament, the great Pauline reflection on love[1]. St. Paul begins by presenting some of the real difficulties experienced by the community in their celebration of the Lord’s Supper. He tells them that they are celebrating the Eucharist incorrectly. At the time that Paul wrote to this community, about the year 57, the Eucharist was still celebrated as part of a full meal. By the time that Paul wrote his letter, things were starting to break down. Factions and groups were forming. The rich were bringing good food and drink for themselves and their friends and the poor were left to fend for themselves, so St. Paul corrects the Corinthians by going right to the heart of what the Eucharist is all about: at the Lord's Supper everyone shared the one bread of Christ, making the participants one body, one community of love and salvation. Dividing into factions was in direct conflict with Jesus' own life[2].

St. Paul reprimanded the Corinthians because their failure to serve all the members of the community ignored the very nature of the Church and in a real and frightful way despised the actions of the One who founded it.

Sadly, we all have experience similar situations, people who claimed to have great faith but who lacked love. We have all met people who were so stern, so harsh in their dealings with others, so rigid in what they thought was proper Christianity that they drove their children out of their families and, if they were priests, their people out of their parishes. Without love, they had nothing. Without love, we, as individuals and as Church, are nothing.

The letter of St. Paul could be a good examination of conscience today. Perhaps it would be easier to understand this text of St. Paul if we added the words man or woman after each sentiment: Love is a patient man, a patient woman. Love is a kind man, a kind woman. Love is a person who is not boastful, or rude, or self serving, or quick tempered, or full or revenge. Love is a truthful person, a man or woman of integrity. A loving man, a loving woman puts up with everything for the sake of being loving. No matter what happens in the world, his or her love remains strong. In less word: Love never fails[3].

So, my brother, my sister, as Christians, as Catholics our focus must be on living the Love of God. If we do this, then we will be able to do that which no physical person can do, we will be able to see God face to face. Then we will know Him as He really is[4].

Love is central to being an authentic Christian. You and I were created to be unique reflections of God’s presence. Let us say easier: we were created to actualize, to make real, a unique reflection of His love.

This great hymn wrote by St. Paul is far more than a reflection to be read during marriage celebrations. It is a statement of that which is essential for authentic Christianity.

My brother, my sister, when we die, we will go before the Lord with nothing in our hands except our love. If we have loved in an authentic Christian way, if we have loved the way that Christ has loved, then we will stand before the Creator.

If we have loved as He calls us to love, we will be absorbed by Him yet still be individuals. We will see Him face to face. And He will have our faces, and we will have His ■

[1] 1 Corinthians 12:31 – 13:13.
[2] Sunday 31st January, 2010, 4th Sunday in Ordinary Time. Readings: Jeremiah 1:4-5, 17-19. I will sing of your salvation—Ps 70(71):1-6, 15, 17. 1 Corinthians 12:31 – 13:13. Luke 4:21-30. [St John Bosco].
[3] Cfr 1 Corinthians 12:31 – 13:13.
[4] Cfr Eucharistic Prayer III.
Yo sé que estás conmigo, porque todas
las cosas se me han vuelto claridad:
porque tengo la sed y el agua juntas
en el jardín de mi sereno afán.

Yo sé que estás conmigo, porque he visto
En las cosas tu sombra, que es la paz;
Y se me han aclarado las razones
de los hechos humildes, y el andar
por el camino blanco, se me ha hecho
un ejercicio de felicidad.

No he sido arrebatado sobre nubes
ni he sentido tu voz, ni me he salido
del prado verde donde suelo andar...
¡otra vez, como ayer, te he conocido
por la manera de partir el pan! ■
José María Pemán

III Domingo del Tiempo Ordinario (c)


El silencio y la soledad*


Jean-Yves Leloup*

Lo que la soledad y el silencio del desierto aportan de utilidad y de divino gozo a aquellos que los aman, solo ellos lo saben, los que han hecho la experiencia. Ahí, en efecto, los hombres fuertes pueden recogerse tanto como lo deseen, permanecer en ellos mismos, cultivar asiduamente los gérmenes de las virtudes, y nutrirse con dicha de los frutos del paraíso. Ahí, uno se esfuerza por adquirir ese ojo cuya clara mirada hiere de amor al divino esposo, y cuya pureza da a ver a Dios. Ahí, uno se entrega a un ocio muy colmado y uno se inmoviliza en una acción tranquila. Ahí, Dios da a sus atletas, para la penosa labor del combate, la recompensa deseada: una paz que el mundo ignora y la alegría en el Espíritu Santo».

Así escribía San Bruno, el fundador de esa orden de «solitarios dichosos» que llamamos cartujos, a su amigo Raul de Verd, sin embargo que la soledad sea «una gracia», y que nos haga «dichosos», no resulta tan evidente.

La soledad de Bruno y sus compañeros es salvaje pero no es ni cerrada ni encerrada. Los lugares donde ellos se retiran son bosques considerados inaccesibles en la época. Inaccesibles a las miradas de los indiscretos que quisieran coger desde el «exterior» algo del secreto y de la intimidad de esos amantes en los que la desnudez y las lágrimas se muestran hoy en día, como ayer, difícilmente comprensibles. Pero ¿es el amor de los amantes algo comprensible?

«No echéis vuestras perlas a los puercos, decía ya Cristo, podrían romperse los dientes»[1]. Las perlas de la soledad no tienen nada de «comestible»; como ese azul del cielo del que Bouvard decía a Pécuchet: «eso no se come»[2].

Es así: «eso no se consume». Las perlas no son «para comer»; uno puede mejor iluminarse o regocijarse con su transparencia..., es algo del orden de la gracia. Eso no tiene precio, y es lo más caro: ¡es «gratis»!

Siglos más tarde otro autor –solitario también- nos recuerda la rareza que conlleva la soledad. No es permaneciendo inmóvil en su celda como la descubre, sino marchando sin cesar, esforzándose por «volver a su espíritu solitario a través de la plegaria monológica»[3]. Tras largos meses de práctica fiel y regular, «el peregrino ruso» puede compartir con nosotros un poco de su experiencia:

«He aquí como voy ahora, diciendo sin cesar la oración de Jesús que me es más querida que cualquier otra cosa del mundo. A veces hago más de setenta distancias en un día y no siento que camino: solo siento que digo la oración. Cuando un frío violento me coge, recito la oración con más atención y pronto estoy de nuevo totalmente caliente. Si el hambre se hace muy fuerte, invoco más a menudo el Nombre de Jesucristo y ya no me acuerdo de haber tenido hambre. Si me siento enfermo y mi espalda y las piernas me duelen, me concentro en la oración y ya no siento más el dolor. Cuando alguien me ofende, no pienso más que en la benéfica oración de Jesús; enseguida cólera o pena desaparecen y olvido todo. Me he vuelto un poco raro. No tengo necesidad de nada, nada me ocupa, nada de lo que es exterior me retiene, quisiera siempre estar en soledad»[4].

En todos los tiempos ha habido soledades dichosas y «habitadas»; pero el Peregrino Ruso precisa bien que él tiene consciencia de que a los ojos del mundo «se ha vuelto un poco raro». Así serán siempre aquellos y aquellas a los que se llama «contemplativos»: personas perfectamente insoportables, incluso inadaptados. Que se les propongan riquezas, poderes, o incluso amor y amistad; ellos no quieren nada de eso. ¡Ellos quieren nada! Sólo desean estar solos y en paz.

Invitado en Brasil a hablar a los miembros del gobierno sobre «la calidad de vida» yo les recordaba que la calidad de vida es en primer lugar la del agua y del pan; una cierta «calidad de vida material» que no es necesariamente la cantidad, o acumulación de bienes. Quien beba de esta agua tendrá siempre sed[5].

La calidad de vida, es también la calidad de nuestras relaciones. Uno puede ser pobre y poseer una gran riqueza de corazón, de atención, de ternura. En las calles de las grandes ciudades, cuando aquellos que a veces son tratados de miserables se enlazan y se ponen a bailar, ¡entonces son señores! Y por las perlas que tienen en los ojos, uno dejaría de buena gana todo el oro del mundo.

La calidad de vida, es por tanto la calidad de nuestra soledad. De ella depende evidentemente la calidad de nuestras relaciones, si no «el otro» no es más que un medio para evitar esa soledad; no es amado por si mismo.

Esta calidad, podemos aprenderla de esos seres extraños y contemplativos. Según nuestros valores, ellos no tienen nada para ser felices: ni riquezas, ni relaciones, ni haberes, ni saberes, ni poderes ¡y sin embargo ellos lo son! La carencia es un espacio que les es necesario para respirar. Ahí donde otros esperan expectantes y se aburren, ellos son felices, los hijos del instante. Estar triste o alegre no es ya más su asunto o su problema, ni incluso la felicidad. Su alegría y su paz son de otro orden, no dependen de nada ni de nadie. La palabra gracia toma ahora todo su sentido.

Algunos incluso llegan a afirmar y con razón que es una alegría que no se explica más que por la existencia de Dios. Es Él la calidad de su vida, puesto que es justamente Él, el Viviente de sus vidas.

Maestro Eckhart dirá simplemente: «Preguntareis mil años a la Vida: ¿por qué vives? Ella responderá siempre: vivo para vivir. La razón es que la Vida extrae su vida de su propio fondo y crece de su ser propio. Es por eso que ella vive sin preguntar el porque, porque no vive más que en si misma. Si se preguntara a un hombre digno de ese nombre, alguien que opera a partir de su fondo propio: «¿Porque operas tu tus obras?» Si el quisiera responder convenientemente no podría más que decir: «Obro por obrar»[6].[7]

El solitario vive en esta coincidencia con Dios Padre creador y providente, haciéndose uno con este infinito y este crecimiento, es uno con todas las cosas. Se verifica entonces que ¡«nunca se está menos solo que cuando se está solo»! Beata Solitudine. Soledad no sufrida. Soledad elegida.


Yo estoy solo
cuando yo dudo de Ti
cuando «yo» dudo...
Nunca,
si yo me abandono
a tus abandonos,
si «yo» me abandono...
Si ofrezco mi memoria
a tus olvidos,
al Olvido...
Yo estoy solo,
porque yo dudo de Ti,
yo estoy solo
porque «yo» no quiero estar solo:
El solo
el único que ama
cuando ya no hay nada
ni nadie para amar
El Amor que «queda»
cuando uno no se ama ya más,
El sol que brilla
cuando no hay ya nada que iluminar
La piedra que inciensa
cuando no hay nadie respirando...
El Amor solo
solamente el Amor
el único que ama
cuando no hay nada que amar.
Una soledad vencida
por la más Alta Soledad
aquella que ama
para nada,
para ser el Amor que Ella Es.

Jean-Yves Leloup ■


* Extraído de: La Grace de Solitude, Editions Dervy, ISBN 2-85076-959-2
* Jean-Yves Leloup (1950), es un teólogo ortodoxo conocido por sus estudios en la obra y el pensamiento de Meister Eckhart y del Hinduismo, Judaísmo y Budismo, y por difundir el hesicasmo, doctrina y práctica ascética difundida entre los monjes cristianos orientales, principalmente los de la llamada Iglesia Ortodoxa, a partir del siglo IV con los llamados Padres del Desierto.
[1] Cfr Mt 7, 6.
[2] El autor se refiere a la célebre novela de G. Flaubert Bouvard et Pécuchet que, por cierto, está inconclusa (N. del E.)
[3] El método de oración de los Padres del desierto y de los monjes hesicastas tiene como objetivo reunificar de la dispersión o la distracción por la invocación constante del Nombre de Yeshoua (Jesús).
[4] El autor hace referencia –y cita de hecho- a El Peregrino Ruso, libro de reconocida fama en la espiritualidad ortodoxa, y más concretamente de la tendencia hesicasta. Narra de forma autobiográfica el peregrinar físico a la vez que itinerario espiritual para alcanzar el conocimiento de la oración interior contínua de un peregrino anónimo o staretz, a través de la Rusia del s. XIX. Toma el camino a la oración interior como un método para acostumbrar al espíritu al recogimiento, y dar lugar a que se encienda en el espíritu la llama de la Verdadera oración y del Verdadero amor. Como camino hacia Dios. Estos textos vieron la luz por primera vez en Kazán hacia el año 1865, en forma muy primitiva, con muchas faltas. Hasta el año 1884 no se hizo una edición correcta y accesible de esta obra. Ni era posible que en pleno movimiento socialista y naturalista tuviera mucha resonancia. Sólo después del 1920 se echa en falta una nueva edición. El libro fue impreso de nuevo en 1930 bajo la dirección del profesor Vyscheslavtsev. Los relatos fueron publicados sin nombre de autor. Según el prefacio de la edición de 1884, el Padre Paisius, abad del monasterio de San Miguel Arcángel de los cheremisos en Kazán, habría copiado su texto de un monje ruso de Athos, cuyo nombre ignoramos. Se puede encontrar una referencia al libro en la obra Los hermanos Karamázov de F. Dostoyevski (N. del E.).
[5] Jn 4,14. (N. del E.)
[6] Sermón nº 56.
[7] El autor está citando a Eckhart de Hochheim O.P. (1260 –1328), también llamado Maestro Eckhart (en alemán: Meister Eckhart). Dominico alemán, conocido por su obra como teólogo y filósofo y por sus visiones místicas. Meister en reconocimiento a los títulos académicos obtenidos durante su estancia en la Universidad de París. Fue el primero de los místicos renanos. Estudió teología en Érfurt, luego en Colonia y en París. Enseñó en esa última universidad, y administró la provincia de los dominicos de Teutonia y luego en Erfurt.

VISUAL THEOLOGY

The Antioch Chalice, first half of 6th centuryByzantine; Made in Antioch or Kaper Koraon (?)Silver, silver-gilt, (19 x 15 cm), The Cloisters Collection, 1950, Metropolitan Museum of Art (New York) ■ When it was discovered at the beginning of the twentieth century, this "chalice" was claimed to have been found in Antioch, a city so important to the early Christians that it was recognized with Rome and Alexandria as one of the great sees of the church. The chalice's plain silver interior bowl was then ambitiously identified as the Holy Grail, the cup used by Christ at the Last Supper. The elaborate footed shell enclosing it was thought to have been made within a century after the death of Christ to encase and honor the Grail. The fruited grapevine forming the rinceau pattern of the gilded shell is inhabited by birds, including an eagle; animals, including a lamb and a rabbit; and twelve human figures holding scrolls and seated in high-backed chairs. Two of the figures are thought to be images of Christ. The other ten figures have been variously identified as ten of the twelve apostles, or philosophers of the classical age, who, like the prophets of the Old Testament, had foretold the coming of Christ. The sixth-century chronicler Malalas of Antioch was among those who sought to make such links between Christianity and classical philosophy. The identification of the "Antioch Chalice" as the Holy Grail has not been sustained, and even its authenticity has at times been challenged. The work has usually been considered a sixth-century chalice for the Eucharist. Most recently, however, its shape has been recognized as more closely resembling sixth-century standing lamps, its decoration possibly in recognition of Christ's words "I am the light of the world" (John 8:12). It has been argued to be part of a treasure of liturgical objects found in 1908 belonging to the Church of Saint Sergios in the town of Kaper Koraon southeast of Antioch. If so, Saint Sergios' parishioners might well have traveled to Antioch to purchase the object as a donation for their church. Or it may have been used in one of the churches in or near Antioch.
Here too in this synagogue, that is in this present assembly, you can at this very moment fix your eyes upon your Savior if you wish. Whenever you direct your inward gaze toward wisdom and truth and the contemplation of God’s only Son, then your eyes are fixed upon Jesus. Blessed was that congregation of which the gospel says, All eyes in the synagogue were fixed upon him! How I long for our own assembly to deserve the same testimony; for all of you, catechumens as well as the faithful, women, men, and children, to have your eyes, not those of the body but of the soul, turned toward Jesus!When you look at Jesus your own faces will become radiant with his reflected glory, and you will be able to say: The light of your face has shed its brightness upon us, O Lord! To you be glory and power for ever and ever! Amen ■ Origen of Alexandria (183-253), On Luke’s Gospel 32, 2-6: SC 87, 386-392

Third Sunday in Ordinari Time (Archbishop's Appel 2010)

Did you hear what the gospel just said about Jesus? Jesus returned to Galilee in the power of the Spirit[1]. People kept coming to Him from everywhere. People kept coming to Jesus for teaching, for healing, for salvation, for meaning. And people still come to Jesus: alive in His Church, as the Church continues to teach, serve, and sanctify in His all-powerful holy name[2].

My brother, my sister…I'm going to cut-to-the chase here and not drag this out. You know what we priests always talk to you about this time of the year: the Archbishop’s Appeal[3].

Believe me: I do not enjoy talking about money. The Church is not about money at all: the Church is all about Jesus, His teaching, His healing, His mercy, His sacraments, His mother, His saints, His sick, His poor, His hungry, His children. The Church is still all about truth, life, eternal salvation, conversion of hearts and souls. However to be all about that takes resources: time, talent, and treasure of our good people.

So, I do not relish it, but I do not apologize for it: I come before you as the other pastors did in the past years and other noble Catholic causes, to ask. Today I ask you to be generous to the 2010 Archbishop’s Appeal; our goal is $33, 758 dollars… Where it goes? Good question! The Archbishop’s Appeal provides tuition assistance for Catholic school students; key funding for Catholic Community Services; funding for a variety of special ministries; funding for the education of seminarians and for the care of retired priests.

Yes, I know: it is A LOT of money however it is at the same time a good challenge and a good opportunity because every dollar you give through the Archbishop’s Appeal reaches programs and charities that nourish God’s people—physically, morally and spiritually.

Hey father and how much of my donation will be used for administrative overhead? None. Your entire donation—100%—goes directly to the programs and charities that are part of the Appeal. All administrative costs are paid for by the Archdiocese.

And…Is there a minimum I need to donate? There is no minimum. All gifts are gratefully accepted and valued. The goal is for all Catholics to prayerfully consider a donation in accordance with the gifts God has given to them.

Thanks for your help last year, thank you so much. Today I'm brave to ask you to do it again. I am conscious that all of you get asked for so much already; that the economy is so scary, and there remain some reasons to be upset with the Church, however I call to your generous heart. Of course, you do not do it for me, or for yourselves, you all do it for the glory of God, and of course we are not asking just for money: we all need to find the best ways that we can serve the Lord according to our particular talent and stage in life, using those talents to win the world over for the Kingdom of God.

That is why we were created, as the old Catechism would say: to know, love and serve God in this world and to be with Him in the next.

Thank you so much for your understanding and support and let us make the 2010 Archbishop’s Appeal something special, something extraordinary, something great ■


[1] Cfr Lk 4:14.
[2] Sunday 24th January, 2010, 3rd Sunday in Ordinary Time. Readings: Nehemiah 8:2-6, 8-10. Your words, Lord, are spirit and life—Ps 18(19):8-10, 15. 1 Corinthians 12:12-30. Luke 1:1-4; 4:14-21 [St Francis de Sales].
[3] What is the Archbishop’s Appeal? Once a year, the Archdiocese of San Antonio conducts an appeal to support the mission and ministry of the Archdiocese. People in all of our parishes and missions are asked to make a significant financial commitment to this important cause.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
A quien hiciste fundamento de todo
y de cuya plenitud quisiste que participáramos todos.
Siendo él de condición divina se despojó de su rango,
y por su sangre derramada en la Cruz,
puso en paz todas las cosas;
y así, constituido Señor del universo,
es fuente de salvación eterna para cuantos creen en él.
Por eso, con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria ■
Prefacio común I (Tiempo Ordinario)

II Domingo del Tiempo Ordinario


UN CAMINO DE VIDA


Tessa Bielecki*


¿No tendríamos que preguntarnos incluso: cómo seguimos nosotros el camino espiritual en la vida de cada día? La espiritualidad debería ser nuestra respuesta más natural, espontánea e instintiva. Pero no lo es. De ahí que debamos preguntarnos por qué no lo es. La respuesta abarca todos los problemas psicofísicos que experimentamos como consecuencia de habernos desnaturalizado, desensibilizado y deshumanizado. Porque vivimos en una sociedad no contemplativa, necesitamos aprender de nuevo a vivir una vida humana plena. Algunos piensan que quienes practican el budismo se encuentran en una desventaja particular porque tienen que desarrollar un nuevo contexto social para sus prácticas espirituales, que provienen de un entorno cultural oriental. Sin embargo, como contemplativa cristiana, considero esa cultura tan ajena como los budistas. En su mayoría, nuestra cultura es judeocristiana sólo de nombre. Por eso compartimos con los budistas la misma tarea de descubrir para nosotros mismos el modo de crear un entorno que haga de la espiritualidad parte integrante de nuestra vida cotidiana.

¿Cuáles son los elementos que hacen contemplativo un entorno? Es esta una cuestión que me interesa sumamente, y en la que llevo trabajando casi veinte años. En mi comunidad creemos que la vida contemplativa se desarrolla en una atmósfera viva y humana y hemos estado intentando precisar mejor específicamente lo que esto significa.

En primer término, nos hemos encontrado con que, para montar el escenario de la vida contemplativa, precisamos un medio natural, ordenado y equilibrado. Por ejemplo, comparemos la experiencia de pasear por una habitación y descubrir un jarrón de lilas frescas sobre la mesa con la de pasear por la misma habitación y encontrarse un ramo de flores de plástico. O comparemos la experiencia de entrar en la cocina y encontrarnos una hogaza de pan que acaba de salir del horno –con el vapor desprendiéndose aún de la corteza– y entrar en la misma cocina y encontrarnos un pan comprado en el supermercado como un balón en una envoltura de plástico. Son cosas elementales, pero que ponen vivamente en contraste la naturalidad con que deberíamos vivir y la vida artificial que habitualmente llevamos. Nuestras vidas son derivadas en vez de reales, plásticas en vez de primordiales. Por eso el primer paso importante para crear un entorno contemplativo es hacerlo lo más natural posible.

En segundo lugar, nuestro entorno ha de ser ordenado. A menudo la gente piensa que contemplativo significa desentenderse y dejar que ocurran las cosas. En cierto sentido, "dejar que las cosas ocurran", es lo que últimamente persigue la vida contemplativa; pero, al menos al principio, necesitamos establecer un orden en nuestro entorno. Necesitamos vivir deliberadamente. Durante años, cierto número de psicólogos y asesores, interesados en saber lo que el monasterio puede enseñarle a la vida pública, han estado visitando nuestra comunidad. Lo que más parecía sorprenderles es la vida ordenada que de hecho llevamos. Tenemos un horario, una regla de vida. Como ciertos momentos del día son mejores para algunas actividades específicas que otros, cada día tiene una forma, un plan, una estructura naturales, que admitimos y luego seguimos. Los psicólogos han encontrado que el orden es eficaz también en el contexto de la vida laica. Personalmente creo que todos debieran tener un plan del día en forma de pauta sobre el desarrollo ideal de cada día. Esto no significa que vayamos a estructurar rígidamente cada momento, sino que tengamos al menos una idea de lo que es más importante. Se puede comenzar dando prioridad a las actividades propias o dándosela a las prácticas espirituales. Se puede echar una mirada al día y establecer cuál es el mejor modo de concentrarse en la oración o la meditación, ordenando luego el resto del día alrededor de eso. Para la mayoría de la gente, esto significa normalmente levantarse antes o acostarse más tarde. Mi experiencia personal, y la de cientos de personas con las que he hablado de ello, es que, a la larga, da mejor resultado levantarse una hora antes para hacer las prácticas que acostarse una hora más tarde. Aunque durante el día se acumula el cansancio, la concentración, la integración y el recogimiento son tan cruciales que el cansancio no es realmente un problema. En cambio, si se omite esa importante sesión de oración, aunque se tenga toda la energía del mundo, no dispondremos de tanta oportunidad de crear un entorno contemplativo personal.

Otro aspecto de planear es disponer de "momentos de no hacer". Como americanos, tendemos a ser demasiado metódicos y rígidos. Esto lo digo al mismo tiempo que afirmo que somos demasiado blandos y flojos. Somos las dos cosas. En nuestros planes disponemos de momentos de "ser solamente" cuando no tenemos absolutamente nada planeado, aunque sólo sea unos minutos. Y hay un koan muy útil: deja la mitad de lo que estás haciendo y haz bien la otra mitad[1]. Acaso no necesitemos seguirlo literalmente, pero al menos podemos sentarnos con esta idea y empezar a entender lo que puede significar para nuestra vida. Personalmente debo confesar que tengo que decírmelo todos los días.

En tercer lugar, el entorno contemplativo es equilibrado. Necesitamos disciplina física para el cuerpo, disciplina intelectual para la mente y disciplina meditativa para el espíritu. Una de mis frustraciones personales es encontrar en muchos entornos de retiro demasiado énfasis en la espiritualidad. Por supuesto, podríamos subrayar también excesivamente la disciplina corporal y convertirnos en jockeys, o insistir en la disciplina mental y volvernos engreídos; pero cuando ponemos demasiado énfasis en la disciplina espiritual, al menos en la tradición cristiana, con mucha frecuencia terminamos siendo mojigatos. También es necesario equilibrar trabajo y juego. Creo que uno de los mayores obstáculos para la vida contemplativa en nuestra cultura es el impulso neurótico a trabajar. Estamos abrumados de trabajo. Naturalmente, el trabajo de suyo es bueno y constituye un elemento importante de la vida contemplativa; no sólo humaniza y da energía, sino que además es una excelente preparación para la contemplación. Pero si estamos neuróticamente motivados a trabajar, entonces constituye un obstáculo. Hemos de equilibrar el trabajo con la distracción, que es igualmente una dimensión crucial de la vida contemplativa; y creo que es este uno de los principales testimonios de mi comunidad al monasticismo. Los monjes, por lo general, no juegan lo bastante. En mi comunidad reservamos un día a la semana, el domingo, en el que solamente jugamos. Algunos domingos jugamos juntas; otros lo hacemos individualmente. Remamos, jugamos al voleibol o hacemos excursiones. Otras veces es un juego más intelectual: contemplar obras de arte, escuchar música o leer poesía. Una de mis actividades favoritas dominicales es pintar con acuarela. No enseño necesariamente a los demás lo que pinto, pero eso es justamente lo que cuenta. No tiene ninguna finalidad. Como dice Eido Roshi, es "eso solo".

Me parece que en general la gente tiene ideas muy erróneas acerca de la vida del monasterio. Las personas que nos visitan se sorprenden con frecuencia al descubrir que los elementos de nuestro entorno contemplativo no son en absoluto extraños a ellos y que nuestros problemas son también sus problemas. Quizá la única diferencia verdadera sea la falta de apoyo comunitario que los laicos encuentran cuando intentan vivir contemplativamente cada día. Convengo en que es una verdadera carencia no estar vinculado a otros que compartan los mismos ideales y aspiraciones. A veces conseguimos poner a esas personas en comunicación unas con otras o bien ofrecerles algún tipo de apoyo comunitario. Contamos ahora con una amplia familia de personas que no residen con nosotros, pero que comparten nuestros ideales y aspiraciones y que permanecen en contacto con nosotras por medio de cartas y visitas personales (…)[2]. La vida contemplativa es exactamente tan posible en el mundo como en el monasterio. Después de todo, el contemplativo no es un tipo especial de persona, sino que cada uno es –o debiera ser– un tipo especial de contemplativo ■

*Tessa nació en el seno de una familia polaca de Connecticut. Como muchas jóvenes, creció leyendo revistas de belleza, coleccionando recortes de estrellas de cine y dando por supuesto que se casaría y criaría hijos. Durante los dos primeros años de universidad Tessa asistió a un retiro para estudiantes dirigido por el padre William McNamara. Después de terminar sus estudios y trabajar durante un año, se unió al padre McNamara y al Instituto de vida espiritual, situado entonces en el desierto de Arizona, a la edad de veintidós años. Desde entonces su vida ha estado dedicada a edificar y sostener la comunidad carmelita que se ha desarrollado allí. Actualmente ocupa el cargo de abadesa, y deja la vida eremítica varias veces al año para participar en retiros contemplativos y conferencias. Por su parte el padre William McNamara, con la autorización del papa Juan XXIII, fundó en 1960 el Instituto de vida espiritual, pequeña comunidad monástica de hombres y mujeres que viven siguiendo el primitivo ideal carmelita. Su deseo era crear un entorno contemplativo que satisficiera las necesidades personales y existenciales de personas de todas las capas sociales inclinadas a la espiritualidad. Se puede consultar www.spirituallifeinstitute.org/index.html
[1] Un kōan (en japonés: kōan, en chino gōng-àn) es, en la tradición zen, un problema que el maestro plantea al novicio para comprobar sus progresos. Muchas veces el koan parece un problema absurdo, ilógico o banal. Para resolverlo el novicio debe desligarse del pensamiento racional y aumentar su nivel de conciencia para adivinar lo que en realidad le está preguntando el maestro, que trasciende al sentido literal de las palabras (N. del E.)
[2] Incluimos también una columna llamada Contemplación para todos en nuestra revista trimestral Desert Call, donde invitamos a personas de todas las clases sociales a escribir sobre los obstáculos que encuentran y las lecciones que han aprendido para superarlos. Nuestra hoja informativa, Nada Network, es también un foro de intercambio entre el monasterio y el mundo.

VISUAL THEOLOGY

Icon with the Presentation of Christ in the Temple, 1400–1500, Byzantine Wood, painted, with gold ground, 44.5 x 42.2 cm, Metropolitan Museum of Art (New York) ■ Icons painted on wood were the principal objects of religious devotion in the last centuries of Byzantium. Identified by a Greek inscription as "the Purification," this icon shows the Virgin presenting the Christ Child to Simeon for the customary rite of purification at the temple. Like Simeon, the prophet Anna (between Joseph and Mary) recognized the child's divinity, as indicated by the Greek text on the scroll in her hand: "This child created Heaven and Earth."
Although the few of Bethlehem have become many, believers in Jesus Christ always seem to be few. Many have seen the star, but few have understood its message. Scripture scholars of Jesus' time knew the word of God perfectly. They were able to say without any difficulty what was to be found in Scripture regarding the place in which the Messiah would be born, but, as St. Augustine says, "as the milestones (that indicate the way), they remained inert and immovable" (Sermo 199. In Epiphania Domini, 1, 2). Hence, we can ask ourselves: What is the reason that some see and others do not? What is it that opens the eyes and heart? What is missing in those who remain indifferent, from those who indicate the way but do not move? We can answer: the excessive certainty in themselves, the pretension of knowing reality perfectly, the presumption of already having formulated a definitive judgment on things, thus making their hearts closed and insensitive to the novelty of God. They are certain of the idea they have of the world and do not let themselves be moved in their deepest being by the adventure of a God who wants to meet them. They place more confidence in themselves than in him, and they do not consider it possible that God, being so great, can make himself small, that he can really come close to us ■ Benedict XVI, Solemnity of the Epiphany of the Lord.

Second Sunday in Ordinary Time

Today's gospel contains a dialogue between Jesus and his blessed mother. The dialogue is not just thrown in to keep the story interesting. It is essential to an understanding on Jesus' mission on earth as well as to the understanding of how we must live our Christian lives[1].

First of all, the setting: It's a wedding feast at Cana in Galilee, and the first public appearance of Jesus with his disciples. At this point in the Gospel of John Jesus had not performed any miracles. When Mary tells Jesus that there is no wine, Jesus appears to snap at her by saying, How does this concern of yours effect me? My hour has not yet come[2]. Then Mary seems to ignore this by telling the waiters to do whatever He says.

The dialogue was not about wine. It was about setting into motion the events which would lead to Jesus' crucifixion, death and resurrection. Once the people saw Jesus' glory they would proclaim Him as Messiah, making His hour, His death, inevitable. Mary does not respond to Jesus' question because she herself knows who He is and knows that it is now time to put His mission into motion. Jesus transforms the water into wine, by doing so he will soon transform wine into His blood.

So, the reading is about the gift of the Body and Blood of the Lord on the cross and in the Eucharist.

For Zion’s sake, I will not be silent. For Jerusalem’s sake, I will not be quiet. That comes from the first reading for this Sunday. When something wonderful happens, people talk about it, loudly, or, at least they should. We are very loud about some things which in the long run do not effect the vast majority of us, such as sports or movies, but are quiet about the one event the really matters and that has an infinite effect on each of us: the Christ event. My brother, my sister: we need to be proclaiming Jesus Christ with our lives as well as our words.

Think of this. We have received the greatest Christmas present there could possibly be. We have received the Lord. The gift is not a one time event. He keeps giving Himself to us in the Eucharist.

We need to be shouting to the world that Jesus is here, among us, in His Body and Blood. Instead, we are silent when it comes to the Eucharist. Perhaps, in our efforts to find common ground with our Protestant brothers and sisters, we barely mention what the Eucharist means to Catholics. During Christmas Day the Most Holy Sacrament was exposed here in our parish and very few people comes to visit him. Tuesday and Thursday we have also our Lord exposed in the small chapel and there few people with him. And it is sad, very sad.

Sometimes a person might ask you, “What is it about the Catholic Church that grips you? Is it the services, the music, the art? Is it the fact that Catholics know where they stand in areas of dogma, faith, and morality? What is it that grips you?” What is it that grips us? We need to look closely into ourselves and respond with the deep reality of Catholicism: We really believe in the Presence of the Lord in the Eucharist. We love receiving Him in communion. This to us is fundamental to our faith life.

We proclaim the Eucharistic Presence so that others can join us in union with Jesus at the Last Supper, on the Cross and at His Resurrection. We proclaim the Eucharistic Presence so others can join us in the Lord’s re-creation of the world through the gift of His Body and Blood.

Today, the second Sunday in Ordinary Time, during a weeding at Canna, water has been changed into wine, and during the celebration of the mass wine will be changed into blood. My brother, my sister: do not be quiet about it. Tell the world that God loves us in ways infinitely beyond our deepest hopes and gives us a gift infinitely greater than our deepest needs ■

[1] Sunday 17th January, 2010, 2nd Sunday in Ordinary Time. Readings: Isaiah 62:1-5. Proclaim his marvellous deeds to all the nations—Ps 95(96):1-3, 7-10. 1 Corinthians 12:4-11. John 2:1-11 [St Anthony].
[2] John 2:1-11.
ilustration: Juan de Flandes, The Marriage Feast at Cana, ca. 1498–1500, (Netherlandish, active Spain by 1496, died 1519), Oil on panel, Metropolitan Museum of Art (New York).
A la orilla del Jordán,
descalza el alma y los pies,
bajan buscando pureza
doce tribus de Israel.

Piensan que a la puerta está
el Mesías del Señor
y que para recibirle
gran limpieza es menester.

Bajan hombres y mujeres,
pobres y ricos también,
y Juan, sobre todos ellos,
derrama el agua y la fe.

Mas ¿por qué se ha de lavar
a la Pureza, por qué?
Porque el bautismo hoy empieza
y ha comenzado por él. Amén.
Un nuevo Pentecostés de la Iglesia en América*

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, [...] quisiera llamar vuestra atención sobre algunos aspectos de esta bellísima estructura, que me parece que puede servir como punto de partida para una reflexión sobre nuestras vocaciones particulares dentro de la unidad del Cuerpo místico.

El primer aspecto se refiere a los ventanales con vidrieras historiadas que inundan el ambiente interior con una luz mística. Vistos desde fuera, estos ventanales parecen oscuros, recargados y hasta lúgubres. Pero cuando se entra en el templo, de improviso toman vida; al reflejar la luz que las atraviesa revelan todo su esplendor. Muchos escritores – aquí en América podemos recordar a Nathaniel Hawthorne – han usado la imagen de estas vidrieras historiada para ilustrar el misterio de la Iglesia misma[1]. Solamente desde dentro, desde la experiencia de fe y de vida eclesial, es como vemos a la Iglesia tal como es verdaderamente: llena de gracia, esplendorosa por su belleza, adornada por múltiples dones del Espíritu. Una consecuencia de esto es que nosotros, que vivimos la vida de gracia en la comunión de la Iglesia, estamos llamados a atraer dentro de este misterio de luz a toda la gente.

No es un cometido fácil en un mundo que es propenso a mirar “desde fuera” a la Iglesia, igual que a aquellos ventanales: un mundo que siente profundamente una necesidad espiritual, pero que encuentra difícil “entrar en el” misterio de la Iglesia. También para algunos de nosotros, desde dentro, la luz de la fe puede amortiguarse por la rutina y el esplendor de la Iglesia puede ofuscarse por los pecados y las debilidades de sus miembros. [...]

Sin embargo, la palabra de Dios nos recuerda que, en la fe, vemos los cielos abiertos y la gracia del Espíritu Santo que ilumina a la Iglesia y que lleva una esperanza segura a nuestro mundo. Señor, Dios mío, canta el salmista, envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra[2]. Estas palabras evocan la primera creación, cuando el Aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas[3]. Y ellas impulsan nuestra mirada hacia la nueva creación, hacia Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles e instauró la Iglesia como primicia de la humanidad redimida[4]. Estas palabras nos invitan a una fe cada vez más profunda en la potencia infinita de Dios, que transforma toda situación humana, crea vida desde la muerte e ilumina también la noche más oscura. Y nos hacen pensar en otra bellísima frase de san Ireneo: Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia[5].

Esto me lleva a otra reflexión sobre la arquitectura de este templo. Como todas las catedrales góticas, tiene una estructura muy compleja, cuyas proporciones precisas y armoniosas simbolizan la unidad de la creación de Dios. Los artistas medievales a menudo representaban a Cristo, la Palabra creadora de Dios, como un “aparejador” celestial con el compás en mano, que ordena el cosmos con infinita sabiduría y determinación. Esta imagen, ¿no nos hace pensar quizás en la necesidad de ver todas las cosas con los ojos de la fe para, de este modo, poder comprenderlas en su perspectiva más auténtica, en la unidad del plan eterno de Dios? Esto requiere, como sabemos, una continua conversión y el esfuerzo de renovarnos en el espíritu de nuestra mente[6] para conseguir una mentalidad nueva y espiritual. Exige también el desarrollo de aquellas virtudes que hacen a cada uno de nosotros capaz de crecer en santidad y dar frutos espirituales en el propio estado de vida. Esta constante conversión “intelectual”, ¿acaso no es tan necesaria como la conversión “moral” para nuestro crecimiento en la fe, para nuestro discernimiento de los signos de los tiempos y para nuestra aportación personal a la vida y misión de la Iglesia? [...]

Aquí, en el contexto de nuestra necesidad de una perspectiva fundamentada en la fe, y de unidad y colaboración en el trabajo de edificación de la Iglesia, querría decir unas palabras sobre los abusos sexuales que han causado tantos sufrimientos. Ya he tenido ocasión de hablar de esto y del consiguiente daño para la comunidad de los fieles. Ahora deseo expresaros sencillamente, queridos sacerdotes y religiosos, mi cercanía espiritual, al mismo tiempo que tratáis de responder con esperanza cristiana a los continuos desafíos surgidos por esta situación. Me siento unido a vosotros rezando para que éste sea un tiempo de purificación para cada uno y para cada Iglesia y comunidad religiosa, y también un tiempo de sanación. Os animo también a colaborar con vuestros Obispos, que siguen trabajando eficazmente para resolver este problema. Que nuestro Señor Jesucristo conceda a la Iglesia en América un renovado sentido de unidad y decisión, mientras todos –Obispos, clero, religiosos, religiosas y laicos – caminan en la esperanza y en el amor recíproco y para la verdad.

Queridos amigos, estas consideraciones me llevan a una última observación sobre esta gran catedral en la que nos encontramos. La unidad de una catedral gótica, es sabido, no es la unidad estática de un templo clásico, sino una unidad nacida de la tensión dinámica de diferentes fuerzas que empujan la arquitectura hacia arriba, orientándola hacia el cielo. Aquí podemos ver también un símbolo de la unidad de la Iglesia que es – como nos ha dicho san Pablo - unidad de un cuerpo vivo compuesto por muchos elementos diferentes, cada uno con su propia función y su propia determinación. Aquí vemos también la necesidad de reconocer y respetar los dones de cada miembro del cuerpo como manifestación del Espíritu para provecho común[7]. Ciertamente, en la estructura de la Iglesia querida por Dios se ha de distinguir entre los dones jerárquicos y los carismáticos[8]. Pero precisamente la variedad y riqueza de las gracias concedidas por el Espíritu nos invitan constantemente a discernir cómo estos dones tienen que ser insertados correctamente en el servicio de la misión de la Iglesia. [...]

Queridos hermanos y hermanas, [...] las agujas de las torres de la catedral de san Patricio han sido muy superadas por los rascacielos del tipo de Manhattan; sin embargo, en el corazón de esta metrópoli ajetreada ellas son un signo vivo que recuerda la constante nostalgia del espíritu humano de elevarse hacia Dios. En esta Celebración eucarística queremos dar gracias al Señor porque nos permite reconocerlo en la comunión de la Iglesia y colaborar con Él, edificando su Cuerpo místico y llevando su palabra salvadora como buena nueva a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Y después, cuando salgamos de este gran templo, caminemos como mensajeros de la esperanza en medio de esta ciudad y en todos aquellos lugares donde nos ha puesto la gracia de Dios. De este modo la Iglesia en América conocerá una nueva primavera en el Espíritu e indicará el camino hacia aquella otra ciudad más grande, la nueva Jerusalén, cuya luz es el Cordero[9]. Por esto Dios está preparando también ahora un banquete de alegría y de vida infinitas para todos los pueblos. Amen ■


* Homilía de Su Santidad Benedicto XVI en la misa en la catedral de San Patricio (Nueva York), sábado 19 de abril del 2008.
[1] El Papa se refiere a Nathaniel Hawthorne (1804 –1864), novelista y cuentista estadounidense considerado figura clave en el desarrollo de la literatura norteamericana en sus orígenes (N. del E.)
[2] Sal 104, 30.
[3] Gn 1, 2.
[4] Cfr Jn 20, 22-23.
[5] Adv. Haer. III, 24, 1.
[6] Cfr Ef 4, 23.
[7] Cfr 1 Co 12, 7.
[8] Cfr Lumen gentium, n. 4
[9] Cfr Ap 21,23.

Mostrad al mundo la razón de la esperanza
que está en vosotros
*

Queridos jóvenes amigos, [...] mis años de teenager fueron arruinados por un régimen funesto que pensaba tener todas las respuestas; su influjo creció –filtrándose en las escuelas y los organismos civiles, así como en la política e incluso en la religión –antes de que pudiera percibirse claramente que era un monstruo. Declaró proscrito a Dios, y así se hizo ciego a todo lo bueno y verdadero. Muchos de los padres y abuelos de ustedes les habrán contado el horror de la destrucción que siguió después. Algunos de ellos, de hecho, vinieron a América precisamente para escapar de este terror.

Demos gracias a Dios, porque hoy muchos de su generación pueden gozar de las libertades que surgieron gracias a la expansión de la democracia y del respeto de los derechos humanos. [...]

Sin embargo, el poder destructivo permanece. Decir lo contrario sería engañarse a sí mismos. Pero éste jamás triunfará; ha sido derrotado. Ésta es la esencia de la esperanza que nos distingue como cristianos; la Iglesia lo recuerda de modo muy dramático en el Triduo Pascual y lo celebra con gran gozo en el Tiempo pascual. El que nos indica la vía tras la muerte es Aquel que nos muestra cómo superar la destrucción y la angustia; Jesús es, pues, el verdadero maestro de vida[1]. Su muerte y resurrección significa que podemos decir al Padre celestial: Tú has renovado el mundo[2]. De este modo, hace pocas semanas, en la bellísima liturgia de la Vigilia pascual, no por desesperación o angustia, sino con una confianza colmada de esperanza, clamamos a Dios por nuestro mundo: Disipa las tinieblas del corazón. Disipa las tinieblas del espíritu.[3]

¿Qué pueden ser estas tinieblas? ¿Qué sucede cuando las personas, sobre todo las más vulnerables, encuentran el puño cerrado de la represión o de la manipulación en vez de la mano tendida de la esperanza?

El primer grupo de ejemplos pertenece al corazón. Aquí, los sueños y los deseos que los jóvenes persiguen se pueden romper y destruir muy fácilmente. Pienso en los afectados por el abuso de la droga y los estupefacientes, por la falta de casa o la pobreza, por el racismo, la violencia o la degradación, en particular muchachas y mujeres. Aunque las causas de estas situaciones problemáticas son complejas, todas tienen en común una actitud mental envenenada que se manifiesta en tratar a las personas como meros objetos: una insensibilidad del corazón, que primero ignora y después se burla de la dignidad dada por Dios a toda persona humana. [...]

El segundo grupo de tinieblas –las que afectan al espíritu– a menudo no se percibe, y por eso es particularmente nocivo. [...] La libertad es un valor delicado. Puede ser malentendida y usada mal, de manera que no lleva a la felicidad que todos esperamos, sino hacia un escenario oscuro de manipulación, en el que nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo se hace confusa o se ve incluso distorsionada por quienes ocultan sus propias intenciones.

¿Han notado ustedes que, con frecuencia, se reivindica la libertad sin hacer jamás referencia a la verdad de la persona humana? Hay quien afirma hoy que el respeto a la libertad del individuo hace que sea erróneo buscar la verdad, incluida la verdad sobre lo que es el bien. En algunos ambientes, hablar de la verdad se considera como una fuente de discusiones o de divisiones y, por tanto, es mejor relegar este tema al ámbito privado. En lugar de la verdad – o mejor, de su ausencia – se ha difundido la idea de que, dando un valor indiscriminado a todo, se asegura la libertad y se libera la conciencia. A esto llamamos relativismo. Pero, ¿qué objeto tiene una “libertad” que, ignorando la verdad, persigue lo que es falso o injusto? ¿A cuántos jóvenes se les ha tendido una mano que, en nombre de la libertad o de una experiencia, los ha llevado al consumo habitual de estupefacientes, a la confusión moral o intelectual, a la violencia, a la pérdida del respeto por sí mismos, a la desesperación incluso y, de este modo, trágicamente, al suicidio? Queridos amigos, la verdad no es una imposición. Tampoco es un mero conjunto de reglas. Es el descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona; de Alguien del que siempre podemos fiarnos. Buscando la verdad llegamos a vivir basados en la fe porque, en definitiva, la verdad es una persona: Jesucristo. Ésta es la razón por la que la auténtica libertad no es optar por “desentenderse de”. Es decidir “comprometerse con”; nada menos que salir de sí mismos y ser incorporados en el “ser para los otros” de Cristo (cf. Spe salvi, 28).

Como creyentes, ¿cómo podemos ayudar a los otros a caminar por el camino de la libertad que lleva a la satisfacción plena y a la felicidad duradera? Volvamos una vez más a los santos. ¿De qué modo su testimonio ha liberado realmente a otros de las tinieblas del corazón y del espíritu? La respuesta se encuentra en la médula de su fe, de nuestra fe. La encarnación, el nacimiento de Jesús nos muestra que Dios, de hecho, busca un sitio entre nosotros. A pesar de que la posada está llena, él entra por el establo, y hay personas que ven su luz. Se dan cuenta de lo que es el mundo oscuro y hermético de Herodes y siguen, en cambio, el brillo de la estrella que los guía en la noche. ¿Y qué irradia? A este respecto pueden recordar la oración recitada en la noche santa de Pascua: ¡Oh Dios!, que por medio de tu Hijo, luz del mundo, nos has dado la luz de tu gloria, enciende en nosotros la llama viva de tu esperanza[4]. De este modo, en la procesión solemne con las velas encendidas, nos pasamos de uno a otro la luz de Cristo. Es la luz que ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos[5]. Ésta es la luz de Cristo en acción. Éste es el camino de los santos. Ésta es la visión magnífica de la esperanza. La luz de Cristo les invita a ser estrellas-guía para los otros, marchando por el camino de Cristo, que es camino de perdón, de reconciliación, de humildad, de gozo y de paz. [...]

Queridos amigos, el ejemplo de los santos nos invita, también, a considerar cuatro aspectos esenciales del tesoro de nuestra fe: oración personal y silencio, oración litúrgica, práctica de la caridad y vocaciones. [...]

En la liturgia encontramos a toda la Iglesia en plegaria. La palabra “liturgia” significa la participación del pueblo de Dios en “la obra de Cristo Sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia”[6]. ¿En qué consiste esta obra? Ante todo se refiere a la Pasión de Cristo, a su muerte y resurrección y a su ascensión, lo que denominamos “Misterio pascual”. Se refiere también a la celebración misma de la liturgia. Los dos significados, de hecho, están vinculados inseparablemente, ya que esta “obra de Jesús” es el verdadero contenido de la liturgia. Mediante la liturgia, “la obra de Jesús” entra continuamente en contacto con la historia; con nuestra vida, para modelarla. Aquí percibimos otra idea de la grandeza de nuestra fe cristiana. Cada vez que se reúnen para la Santa Misa, cuando van a confesarse, cada vez que celebran uno de los Sacramentos, Jesús está actuando. Por el Espíritu Santo los atrae hacia sí, dentro de su amor sacrificial por el Padre, que se transforma en amor hacia todos[7]. De este modo vemos que la liturgia de la Iglesia es un ministerio de esperanza para la humanidad. Vuestra participación colmada de fe es una esperanza activa que ayuda a que el mundo -tanto santos como pecadores- esté abierto a Dios; ésta es la verdadera esperanza humana que ofrecemos a cada uno[8]. [...]

Amigos, de nuevo les pregunto, ¿qué decir de la hora presente? ¿Qué están buscando? ¿Qué les está sugiriendo Dios? Cristo es la esperanza que jamás defrauda. Los santos nos muestran el amor desinteresado por su camino. Como discípulos de Cristo, sus caminos extraordinarios se desplegaron en aquella comunidad de esperanza que es la Iglesia. Y también ustedes encontrarán dentro de la Iglesia el aliento y el apoyo para marchar por el camino del Señor. Alimentados por la plegaria personal, preparados en el silencio, modelados por la liturgia de la Iglesia, descubrirán la vocación particular a la que el Señor les llama. Acójanla con gozo[9].

Hoy son ustedes los discípulos de Cristo. Irradien su luz en esta gran ciudad y en otras. Den razón de su esperanza al mundo. Hablen con los demás de la verdad que les hace libres. Con estos sentimientos de gran esperanza en ustedes, les saludo con un “hasta pronto”, hasta encontrarme de nuevo con ustedes en julio, para la Jornada Mundial de la Juventud en Sydney. Y, como signo de mi afecto por ustedes y sus familias, les imparto con alegría la Bendición Apostólica ■


* Palabras de Su Santidad Benedicto XVI a los jóvenes en el Seminario de Saint Joseph (Nueva York), el sábado 19 de abril del 2008.
[1] Cfr Spe salvi, n. 6
[2] Viernes Santo, Oración después de la comunión
[3] Cfr Oración al encender el cirio pascual.
[4] Cfr Bendición del fuego
[5] Exsultet.
[6] Cfr Sacrosanctum concilium, n. 7
[7] El subrayado es nuestro.
[8] Cfr. Spe salvi, n. 34
[9] El subrayado es nuestro.

The Baptism of the Lord

Today’s celebration presents Jesus being baptized by John in the Jordan River. The celebration marks the end of the Christmas Season and the beginning of Ordinary Time. It is the only Sunday of the year that belongs to two seasons. Why? This feast belongs to two seasons because it is the beginning. Jesus accepts His ministry, His reason for being. This is the beginning of the teaching, preaching and healing that make up the public ministry of the Lord[1].

The ancient Christian witnesses see a great significance in this particular Epiphany or showing of the Lord. The words of the Father, the presence of the Holy Spirit, demonstrate God’s action among His people. Jesus in His human nature has accepted the plan devised by the Father to care for his people.

Yet the crucial question in the story remains: How does this apply to us? Simply this: This Sunday leads us to consider God’s plan for our lives and how well we allow this to combine with our own plan for our lives.

Most of us grew us with goals and ideal we wanted in life. Maybe we wanted to go to college and get a great job and then get married and raise a beautiful family. Maybe some of us wanted to enter into a life of service to the Lord and to his people. And this is good, all good. This is sacrificial love. Your love of sacrifice for others, your spouse or your children, is itself the very existence of God’s love in your home, your little church.

Sometimes we ask ourselves questions whose answers are beautifully obvious: Why was I created? Or what is God’s plan for me? His plan is that you and I make a difference in the world by gifting the world with a unique reflection of His Love that only each of us could provide.
You and I are not mere numbers in a vast planet of people, perhaps even in a vast universe of rational creatures. You and I are much more than this, infinitely more than this. You and I are Christians. We are lovers, Divine Lovers. We love the Divine and the Divine loves through us. We exist to love, to love God with our whole mind, heart and soul and to love others as God loves them.

There are people in the world who will meet God by meeting you. There are people in the world who will meet God by meeting me. They are people who are searching. They are searching for meaning in life. They are searching for reasons behind their joy and pain, their sadness and hurts. They seek lasting happiness. They search for answers and they rely on us, you and me, to help them find these answers.

We Christians believe that life is not just a matter of biology. Life is not just a matter of survival. Life is not just a matter of chance. We Christians believe that life, authentic life, consists in serving God by making the Presence of Jesus Christ a reality in the lives of others.

That is why we embrace the work of the Lord until the last day we live. That is why each stage of our lives presents us with a challenge, a new way to serve the Lord.

We live for the Lord. We die for the Lord. We embrace the mission of the Father.

Today we join Jesus at the Jordan River. With Him we also accept the mission the Father has set aside for each one of us. And we thank God for making us part of His plan for His people.

My brother, my sister the Feast of the Baptism of the Lord marks Jesus’ initiation into public ministry. At his baptism Jesus is named the Beloved Son of God. With this celebration we recommit ourselves to follow in the footsteps of Jesus. Initiated through our baptism we too are the Beloved of God, commissioned to proclaim Good News with our lives ■

[1] The Baptism of the Lord. Readings: Isa 40:1-5, 9-11, Ps 104:1b-2, 3-4, 24-25, 27-28, 29b-30, Titus 2:11-14; 3:4-7, Luke 3:15-16, 21-2.

Ilustration: The Tintoretto, Baptism of Christ, 1579-81, Oil on canvas, Scuola Grande di San Rocco, Venice.
Reyes que venís por ellas,
no busquéis estrellas ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

Mirando sus luces bellas,
no sigáis la vuestra ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

Aquí parad, que aquí está
quien luz a los cielos da:
Dios es el puerto más cierto,
si habéis hallado puerto
no busquéis estrellas ya.

No busquéis la estrella ahora:
que su luz ha oscurecido
este Sol recién nacido
en esta Virgen Aurora.

Ya no hallaréis luz en ellas,
el Niño os alumbra ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

Aunque eclipsarse pretende,
no reparéis en su llanto,
porque nunca llueve tanto
como cuando el sol se enciende.

Aquellas lágrimas bellas
la estrella oscurecen ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas. Amén ■

La Epifanía del Señor

Me recordaba el otro día una amiga a la que quiero mucho lo inagotable que es esta hermosa religión cristiana nuestra. Da para todos –decía- da para todo; es una pena que muchos la cuadriculen y desgasten. Es verdad. Hoy, fiesta de la Epifanía del Señor hemos de hacer un esfuerzo por darle a ésta fiesta llena de luz su auténtico significado. Como tantas otras esta celebración –llamada vulgarmente día de Reyes- se ha comercializado hasta el extremo. De ahí la urgencia y el esfuerzo que tenemos que hacer para recuperar su sentido originario[1].

Para los creyentes la Epifanía es el otro nombre que recibe la Navidad, el nombre que le dieron las iglesias orientales desde el principio. Si la Navidad, fiesta de origen latino, alude al nacimiento: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros[2], la Epifanía significa manifestación, y nos recuerda la idea de alumbramiento, de dar a luz: hemos visto su gloria, gloria propia del Hijo del Padre, lleno de gracia y de verdad[3]. Por lo tanto la metáfora bíblica de esta fiesta es la luz. Por el nacimiento de Jesús en Belén creemos que la Verdad de Dios, la Palabra, es un hecho, una vida, y no sólo una doctrina.

Por la manifestación del Señor reconocemos que esa vida, ese nacimiento, trasciende el marco doméstico y familiar y pertenece a la historia de salvación. El Hijo de María es noticia, o mejor dicho: la Buena Noticia para todos.

Jesús nace en Belén para todos los hombres, para los cercanos y para los lejanos, para los judíos y para los gentiles, para los pastores y para los magos que vienen de oriente. No hay acepción de personas. Sin embargo, los primeros en recibirlo son aquellos que nada tienen: los pastores, y esto para que se vea que a los pobres se les anuncia el reino de Dios, como había dicho el profeta Isaías y como el mismo Mateo pone en labios de Jesús[4].

Después vienen los magos guiados, por una estrella. Esa estrella es la debe conducirnos a todos, la que nos saca de casa, de las certezas humanas y demasiado humanas, pero sobre todo de la pretensión de poseer la verdad. Es la pregunta que busca y nos pone en camino más allá de nuestros prejuicios e intereses, no el interrogatorio que inquiere y persigue, es la fides quaerens intellectum, que diría San Anselmo[5]. Es la pregunta en la que se formula el deseo y la esperanza no el interrogatorio en que se pone en guardia el recelo y el miedo. Herodes interroga a los magos y termina persiguiendo a los niños inocentes. Los magos preguntan, Herodes se sobresalta y, con él, toda la ciudad de Jerusalén[6], pero los magos se llenan de inmensa alegría al salir de esa ciudad y ver de nuevo la estrella.

Para hallar la verdad que nace en Belén de Judá, hay que salir de los muros y de los convencionalismos, guiados por esa estrella, por esa pregunta, que nos hace peregrinos y mendigos de la verdad, hambrientos de ella y no poseedores y satisfechos de nuestras pobres verdades.

Aquellos que se creen en posesión de la verdad, que lo único que hacen es enseñar sus verdades a los demás y mirándolos por encima del hombro, son la contradicción manifiesta de la estrella de los magos. Éstos dejaron atrás su sabiduría para buscar la sabiduría de Dios. No fueron a Belén cargados de razón, sino preocupados y encaminados por una pregunta. Se acercaron al pesebre de Belén para contemplar la verdad hecha carne, no para llevar a su escuela al hijo de María y José.

Si la Palabra de Dios se hace carne entre los pobres y sencillos, y estos son los primeros en escuchar la buena nueva del Evangelio, hemos entonces de acercarnos a ellos con más preguntas que respuestas. Con el ánimo de aprender lo que realmente importa a los ojos de Dios; de ver en su vida, en su lucha, cómo se abre camino y se hace carne la promesa de Dios.

Aquellos magos que llegan hasta Belén nos representan a todos –en esto resulta muy acertada la intuición popular, que atribuye a cada uno de los magos una raza diferente. La Epifanía se convierte en la fiesta de la universalidad de la salvación y, por tanto, de la catolicidad de la Iglesia. Universalidad y catolicidad que en modo alguno significa uniformidad, sino que respeta y promueve las ricas diferencias de raza, lengua y cultura ■


[1] La Epifanía es una de las fiestas litúrgicas más antiguas, más aún que la misma Navidad. En Egipto y Arabia se celebraba el solsticio de invierno en el año 361.Ya en el siglo XV existía en Florencia una hermandad denominada la "Compagnia dei Magi" se trataba de una de las congregaciones más importantes de la ciudad. Esta hermandad imitaba cada cinco años el viaje de los Reyes Magos por las calles de Florencia, encuadrándose entre los episodios más suntuosos de la ciudad toscana.
[2] Jn 1, 14.
[3] Id. 15.
[4] Cfr Mt, 11, 2-11
[5] La fe que busca entender.
[6] Cfr Mt 2, 2.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris