Como a su madre acuden los hijos sin temor,
venimos, Madre, a verte, a darte nuestro amor.
Siguiendo tu camino hallamos a Jesús.
Entre nosotros, Madre, todo lo hiciste tú.

Madre, tus hijos vienen cantando alegres una canción,
buscando en tu sonrisa, en tu regazo, su protección.
Ponen entre tus manos cual rosa ardiente su corazón.
Te dicen que te aman, que siempre, siempre, tus hijos son.

Lleno de confianza acudo Madre a ti,
pues sé que en mis peligros velando estás por mí.
Cual hijo que te ama procuraré vivir,
y en tu regazo, Madre, quisiera yo morir.

Santa Maria Madre de Dios

Los ejemplos y las analogías[1] son siempre útiles para comprender las cosas que van sucediendo, y para acercarnos a los misterios de nuestra fe cristiana y comprenderlos un poco más[2].

Cuentan la historia de un hombre que creía que la Navidad era, como muchas otras cosas en la vida, una simple farsa.

Este hombre no era una mala persona. Era un tipo bueno, trabajador, generoso con su mujer y sus cuatro hijos. Sin embargo hacia mucho tiempo que había dejado de practicar su fe porque, sencillamente, no creía en la Encarnación de Jesús en el seno de la Virgen María, uno de los misterios centrales del cristianismo. “Siento apenarte, -le dijo él un día a su esposa que era una católica comprometida, pero no puedo entender cómo es que Dios se hizo hombre. Para mí, no tiene ningún sentido”.

El primer día del año su esposa y sus niños fueron a la parroquia para asistir a Misa. El esposo no quiso acompañarles “si no creo en eso, es mejor que me quede en casa. Aquí los espero” -dijo.
Luego de que su familia se fue, empezó a caer una fuerte tormenta de nieve. Se acercó a la ventana y vio como los copos caían con más fuerza sobre el suelo.

Se preparó un café, se sentó en su sillón, tomo el periódico y empezó tranquilamente a leer. Tras unos minutos escuchó un molesto ruido en la ventana, [ruido] que crecía cada vez más. El hombre pensó que alguien estaría tirando bolas de nieve muy cerca de la ventana. Cuando fue a la puerta para averiguar qué pasaba, encontró que una banda de pájaros se había colocado en medio de la nieve. Los pájaros habían sido sorprendidos inesperadamente por la tormenta y, buscando algún refugio, intentaban ingresar a la casa por la ventana, golpeándose contra el cristal de la ventana.

“No puedo permitir que esas criaturas se queden ahí toda la noche en medio de la nieve y el frío –pensó- pero ¿cómo puedo ayudarlos?”

Entonces se acordó del granero donde se guardaban los caballos. Ese sitio podría proporcionar calor a las aves. Se puso la chamarra y los guantes y rápidamente se dirigió al granero. Abrió las puertas y encendió la luz, pero los pájaros no entraron.

“Seguro que la comida los atraerá”, pensó de nuevo. Regresó a su casa, buscó pan y lo esparció sobre la nieve formando un camino hasta al granero. Pero las aves tampoco ingresaron al granero. Por el contrario, permanecieron quietas, sin hacer el menor movimiento.

El hombre ya desesperado, empezó a agitar sus brazos en dirección al granero, haciendo señas para que entraran a él, pero los pájaros no hicieron caso a sus señas.

“Ellos me ven como una criatura extraña, se dijo a sí mismo. No hay manera de que confíen en mí. Si pudiera ser pájaro por algunos minutos, podría entonces guiarlos hasta el granero y salvarlos”. Tan pronto finalizó esas palabras, las campanas empezaron a sonar. Aquel hombre permaneció en un profundo silencio durante unos momentos mientras escuchaba las campanas de la parroquia que repicaban una y otra vez anunciando la alegría de la Encarnación de Jesucristo en el seno de María.

Entonces, el hombre cayó de rodillas sobre la nieve y susurró. “Ahora entiendo, Jesús porque tuviste que hacerlo; entiendo por qué te hiciste hombre como nosotros”.

Hace muchos siglos Nestorio, obispo de Constantinopla alrededor del año 430 mantenía una actitud similar a la de aquel hombre: afirmaba que María no era Madre de Dios.

Se reunieron entonces la mayor parte de los obispos de aquella época en Éfeso –la ciudad donde la tradición nos dice que la Santísima Virgen pasó sus últimos años acompañada por San Juan– e iluminados por el Espíritu Santo declararon que La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios[3], y acompañados por todo el gentío de la ciudad que los rodeaba portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Con ésta solemnidad litúrgica la Iglesia nos invita a contemplar detenidamente a la Virgen Santísima como Madre de Dios; y que pongamos bajo su protección todo lo que sucederá a lo largo del año que comienza hoy: familia, trabajo, relaciones con Dios y con los demás; salud, enfermedad, alegrías, tristezas: todo. Y que la invoquemos constantemente como Reina de la Paz[4], pidiéndole que pacifique el corazón de cada uno de los que formamos parte de la condición humana, condición que libre y amorosamente quiso compartir Jesucristo su Hijo, y es que en la Encarnación se ha manifestado la misma Vida en persona, para que, al hacerse visible, ella que sólo podía ser contemplada con los ojos del corazón, sanara los corazones (...) por eso la Palabra se hizo carne, que puede ser vista por nosotros, para sanar en nosotros lo que nos hace capaces de ver a la Palabra[5]

[1] El Diccionario de la Real Academia define el término analogía como relación de semejanza entre cosas distintas. Sobre el tema de la analogía han corrido ríos de tinta. Especialmente interesante es lo que escribe el teólogo calvinista Kart Barth (1886-1968). Preocupado por la absoluta trascendencia de Dios, que consideraba como lo «radicalmente Otro» (Ganz Andere) respecto a la criatura, Barth niega la posibilidad (analógica) de colocar al Ser divino y al ser creado bajo un común denominador de cualquier clase, y de establecer correspondencia entre ambos. La analogía de la teología cristiana es consideraba por Barth como analogía entis, a la que él contrapone la analogía fidei, que supondría un conocimiento de Dios que no se basa en las fuerzas de la razón sino en la gracia de Dios. Dice Barth: «A la cuestión de si llegamos a conocer a Dios por medio de nuestro pensamiento y de nuestro lenguaje, respondemos que no podemos llegar, o, más bien, que llegamos en la medida en que Dios mismo, por la gracia de su revelación, se abaja hasta nosotros y condesciende a servirse de nuestro pensamiento y de nuestro lenguaje, en virtud del poder que tiene de perdonar, curar, restaurar, y bendecir (Cfr Dogmatique, II/I, La Doctrine du Dieu, Gèneve, 1956, 226 s; H. BOUILLARD, Kart Barth, Paris, 1957, vol. III, 190-217.
[2] La Solemnidad de Santa María Madre de Dios es la primer fiesta mariana que apareció en la Iglesia Occidental, su celebración comenzó en Roma hacia el siglo VI, probablemente junto con la dedicación –el 1º de enero– del templo Santa María Antigua en el Foro Romano, una de las primeras iglesias marianas de Roma. Más adelante, el rito romano celebraba el 1º de enero la octava de Navidad, conmemorando la circuncisión del Niño Jesús. Tras desaparecer la antigua fiesta mariana, en 1931, el Papa Pío XI, con ocasión del XV centenario del concilio de Éfeso (431), instituyó la Fiesta Mariana para el 11 de octubre, en recuerdo de este Concilio, en el que se proclamó solemnemente a Santa María como verdadera Madre de Cristo, que es verdadero Hijo de Dios; pero en la última reforma del calendario –luego del Concilio Vaticano II– se trasladó la fiesta al 1 de enero, con la máxima categoría litúrgica, de solemnidad, y con título de Santa María, Madre de Dios.
[3] La cuestión es compleja desde el punto de vista de la historiografía, sin embargo los teólogos y el magisterio posterior siempre han recurrido a la formulación de Efeso para afirmar que María es Madre de Dios. En éste Concilio (Efeso, a. 431), que es eminentemente cristológico y sólo indirectamente mariológico, se define dogmáticamente a María como la Theotokos y, a la vez, se muestra la inseparabilidad y la íntima conexión entre los misterios de la encarnación y la maternidad divina. Recientemente se ha llegado a un entendimiento entre los católicos y los nestorianos al firmarse la Declaración cristológica común entre la Iglesia Católica y la Iglesia Asiria de Oriente, L’Osservatore Romano, 12.XI.1994. Cfr. Ecclesia, 3.XII.1994, pp. 34-35.
[4] Se celebra también la Jornada Mundial de oración por la paz.
[5] S. Agustín, Exposición de la Epístola de San Juan a los Partos.

VISUAL THEOLOGY

Plaque with the Virgin Mary as a Personification of the Church, carved 800–875, Carolingian Ivory, (22 x 14.5 x 0.8 cm), Metropolitan Museum of Art (New York). The spindles in Mary's right hand often appear in depictions of the Annunciation, as she receives the news that she will bear the Christ Child. The military appearance of her costume and the cross-topped scepter she holds suggest that she should also be understood here as a personification of the Church Triumphant. The curious juxtaposition of the figure of Mary as the Virgin Mother of Christ and as the Church is unique to this ivory plaque ■
Vere dignum et iustum est, æquum et salutáre,
nos tibi semper et ubíque grátias ágere:
Dómine, sancte Pater, omnípotens ætérne Deus:
Et te in maternitate beátæ Maríæ semper Vírginis
collaudáre, benedícere, et predicáre.
Quæ et Unigénitum tuum Sancti Spíritus obumbratióne concépit:
et virginitátis glória permanénte lumen ætérnum mundo effúdit,
Iesum Christum Dóminum nostrum.
Per quem majestátem tuam laudant Angeli,
adórant Dominatiónes, tremunt Potestátes.
Cæli cælorúmque Virtútes, ac beáta Séraphim, sócia exsultatióne concélebrant.
Cum quibus et nostras voces, ut admítti júbeas deprecámur,
súpplici confessióne dicéntes ■ Præfátio de Beáta María Vírgine

Solemnity of the Blessed Virgin Mary, the Mother of God

The title of today’s feast is solemnity of the Blessed Virgin Mary, the Mother of God, we use that title of Mary every time we say the Hail Mary: Holy Mary Mother of God Pray for us sinners. But, what do we mean by it? Well, we certainly do not believe that Mary was a goddess. The understanding of today’s feast flows from and understanding of whom Jesus is, I mean, we believe that Jesus Christ is one person, with two natures, human and divine. There is only one Jesus, but he is both God and Man. At Christmas we celebrate the Eternal Word of God, the Second Person of the Holy Trinity, becoming One with us. Mary is the Mother of the Eternal One who has taken a human nature through her. She is therefore, the mother of God[1].

That’s the theological side of today’s feast, but let’s also looks at the spiritual side by focusing in on Mary. Mary is the model of a person of faith. She has an interior relationship with God that renders His Presence so real in her life that she conceived His Presence in her heart before she conceived His Presence in her womb. This is the way that St. Augustine explained Mary’s interior life.

In other words: faith is the integration of the spiritual and the physical, the invisible and the visible. Faith is an interior relationship with the Source of All There Is. Externally, faith is the way we deal with the world, I mean, through faith we make the relationship to the spiritual, physical. With faith we make the relationship to the invisible, visible. Through faith Mary made her relationship to God visible: The spiritual became physical. The Word of God became flesh and dwelt among us. The physical birth of the eternal Son of God is the result of Mary being thoroughly “full of grace.”

She is the best of us. She is the one with the most profound relationship with God, Mary ponders things in her heart, the scripture says. But, why does the Gospel of Luke mention this “pondering in her heart” over and over again? Perhaps, because the Gospel of Luke wants to emphasize that Mary is not just a simple and ignorant bystander to the event of salvation. She is quite aware that God is working His miracle of redemption for His people. The great American spiritual writer, Thomas Merton, put it this way: «Mary is in the highest sense a person because she does not obscure God’s light in her being. When we celebrate the Feast of Mary, the Mother of God, we celebrate Mary being a person in the highest sense. She is the one who allowed the spiritual to become physical without allowing herself to diminish His work, His very being, with her own physical limitations»[2].

Mary, the model of faith, the Mother of God, must be our model for the Christian life. If we really want to be people of God we have got to be sure that the focus of all we do as Christians is on God, not on ourselves.

No, Mary is not a goddess. Her faith life has shown us all how to bring God to earth and how to allow others to experience the spiritual become physical, the Word Become Flesh. She is the Mother of God, so today we ask her to help us to have the faith, humility and courage to allow God to become real in our lives, in our families and in our world.

May, Mary, Mother of God, teach us how to bring Jesus to a world that longs for Him ■

[1] Jan. 1: The Octave Day of Christmas: Solemnity of the Blessed Virgin Mary, The Mother of God – ABC. Readings: Num 6:22-27, Ps 67:2-3, 5, 6+8, Gal 4:4-7, Heb 1:1-2, Luke 2:16-21.
[2] Thomas Merton (1915 –1968) was a 20th century American Catholic writer. A Trappist monk of the Abbey of Gethsemani, Kentucky, he was a poet, social activist and student of comparative religion. He wrote more than 70 books, mostly on spirituality, as well as scores of essays and reviews. Merton was a keen proponent of interfaith understanding. He pioneered dialogue with prominent Asian spiritual figures, including the Dalai Lama, D.T. Suzuki, the Japanese writer on the Zen tradition, and the Vietnamese monk Thich Nhat Hanh. Merton is the subject of several biographies.

Ilustration: Circle of Andrea Mantegna (Possibly Correggio), Madonna and Child, c. 1505/1510, Samuel H. Kress Collection, 1939.1.266.

Tarantan

cuando daba la una

para vel el niño en la cuna

y al niño recien nacido

que nació en la nochebuena

en Belén en un portal.

Que chin tarantan, cuando daban la una,

que chin tarantan, cuando daban las dos,

que chin tarantan, cuando daban las tres,

la Virgen María y el niño Manuel.

Los pastores que supieron que el niño

queria leche;

los pastores que supieron que el niño

queria leche.

Hubo pastor que ordeño las cabritas

veinte veces;

hubo pastor que ordeño las cabritas

veinte veces.

Los pastores que supieron que el niño Dios

estaba encueros;

los pastores que supieron que el niño Dios

estaba encueros.

Hubo pastor que esquilo

cuatro, cinco o seis corderos;

hubo pastor que esquilo

cuatro, cinco o seis corderos.

Los pastores que supieron que el niño

queria fiesta;

los pastores que supieron que el niño

queria fiesta,

Hubo pastor que rompió diez

pares de panderetas;

hubo pastor que rompió diez

pares de panderetas.

La Sagrada Familia de Nazaret

Es tradicional en la Iglesia que los sacerdotes aprovechemos ésta entrañable fiesta de la Sagrada Familia para hablar brevemente de la importancia que tiene la familia[1]. Frases como la familia es la célula de la sociedad y es necesario que cuidemos la familia nos suenan quizá a agua pasada. Por eso es que este mediodía quisiera hablar brevemente de ése tiempo inmediatamente anterior a la fundación de una familia: el noviazgo. Nada más bueno sobre la tierra, después del amor de Dios, que el amor humano. Nada más maravilloso que encontrase con un hombre y una mujer que quieren luchar juntos, creer juntos, sufrir juntos y ser felices juntos. Nada más emocionante que unos jóvenes que empiezan a descubrir el amor y empiezan a ilusionarse, y a descubrir lo que significa estar todo el tiempo pensando en la otra persona. El noviazgo –ese tiempo de conocimiento y sana convivencia con la persona querida antes del matrimonio- si se vive bien y con honestidad es una época estupenda e irrepetible; época que hay que vivir lo más profundamente posible. Y es que el amor es lo que mueve al mundo.

Naturalmente alguien puede preguntar ¿cómo puede hablar un sacerdote del amor o del matrimonio si no lo vive? La respuesta es sencilla, pero hay que explicarla. Y debe empezar por decirse que quizá los obispos no deberían ordenar de sacerdote a nadie que no estuviera o hubiera estado enamorado.

Y no digo enamorado de una mujer, sino enamorado de algo o de alguien: de su vocación, de su comunidad, de la vida ¡mejor si es enamorado de Dios!

Pero digo enamorado-enamorado, como lo están los chavos a los veinte años, cuando no saben ni respirar sin pensar en la persona a la que quieren.

Porque, claro, si no se ha estado enamorado, no se puede hablar bien ni del amor, con minúscula, ni del Amor, con mayúscula, que es Dios.

¡Qué terrible cuando los sacerdotes hablamos del noviazgo como una trampa, o una fuente de peligros, o peor aun: cuando predicamos que la mujer es una ocasión de pecado!

Los sacerdotes –creo yo- deberíamos ser quienes hablásemos con mayor entusiasmo del noviazgo, y luego, claro, del amor matrimonial, PRECISAMENTE porque hemos probado lo que es el Amor, con mayúscula, y vivimos de él.

Jesucristo no le tiene miedo al amor humano, y tan no le tiene miedo que empieza su vida pública nada menos y nada más que en una fiesta de amor humano: las bodas de Caná, ¡y hasta multiplicó el vino en ella![2]… A veces pienso –no sin cierta ironía- que algunos moralistas no le perdonarían al Señor ese milagro, temerosos de que a algunos de los invitados a las bodas de Cana se les hubieran pasado un poquito las copas ante la abundancia de vino…

Una espiritualidad equivocada concluiría que el cuerpo es el malo de la película, y que una pareja de novios tiene que pasarse la vida desconfiando de él [del cuerpo], y que por lo tanto su noviazgo será algo peligrosísimo; que tienen que estar muy pero que muy atentos, y si acaso tienen que quedarse solos sería peligrosísimo…[3].

El cuerpo es bueno, porque lo hizo Dios. El noviazgo es bueno, porque es la preparación al matrimonio. La sexualidad humana es una de las mejores cosas que ha creado Dios: vívela dentro del matrimonio. Hemos de ayudar a nuestros jóvenes, a nuestras jóvenes a que el noviazgo sea una cuidada preparación para ese momento de entrega plena, para que la felicidad venga al corazón que Dios ha dado, corazón que te sirve para amar a Dios y para amar al novio, a la novia.

Que no olvidemos que Jesucristo mismo quiso tener un corazón como el nuestro y con ése corazón ama a su Madre, ama a sus apóstoles, ama a su Iglesia y en ella a cada uno de nosotros

[2] Cfr. Jn 2, 1-11. La presencia de Cristo en las bodas de Cana indica claramente la dignidad del matrimonio, según interpretan los Santos Padres. En esta presencia de Jesucristo en ese vento la Iglesia ha visto el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo (CEC 1613). Siguiendo la opinión de algunos Padres –y nos adherimos a ésta opinión- algunos autores han llegado a ver en las bodas de Cana el momento de la institución del matrimonio (Cfr L. LIGIER, Il matrimonio, Roma, 1998, pp. 184-197

[3] Jesucristo en el evangelio lo explica muy bien, y nos dice que el pecado no es lo que entra por la boca, sino lo que sale del interior. Y aclaraba que del alma, de la voluntad, salen los malos deseos. Con lo que se concluye que es el alma quien malemplea al cuerpo cada vez que pecamos (Cfr Mt 15, 18-20).

VISUAL THEOLOGY

The Adoration of the Magi, Giovanni di Paolo (1400–1482), Tempera and gold on wood (27 x 23.2 cm), The Jack and Belle Linsky Collection, 1982 (1982.60.4). This minute panel presents the Adoration of the Magi as a harmonious gathering of different figure types. The eldest king is the first to honor the Christ Child. He holds the child's foot to kiss it, while the child touches his head in blessing. Kneeling to the right is the middle-aged king, poised to cast off his crown while he rests his gift on his knee. The young king stands with his arm around Joseph's shoulder, clasping one of his hands and leaving the other one free to hold a cane. On the far right, a groom gazes out from his place between the horses, and on the left, the graceful figure of the Virgin supports the Christ Child. The painting comes from a predella devoted to the childhood of Christ. It also included a Nativity, now in the Fogg Art Museum in Cambridge, and a scene of Christ among the doctors disputing in the temple, now in the Isabella Stewart Gardner Museum in Boston.

The Holy Family of Jesus, Mary and Joseph

Today we celebrate the Feast of the Holy Family. This feast has tremendous meaning for the Catholic family. Our call to holiness, to be separate for the Lord, forms our families into little Churches[1]. When I was preparing this homily, I thought about our families, our young families with babies and little children, pre-Teens and Teens at home, our older families whose children have moved off on their own, and our senior families. I also thought about all those who are looking forward someday to starting a family of their own. And I was tempted to talk about the negative influences of our society attacking the very concept of marriage and family, or about the tendency to worship materialism instead of God, but then I stopped and thought about whom exactly would be attending Mass this weekend. I asked myself, “What would God want to say to these people?” It is clear to me. He would want me to tell you that you are wonderful.

When I see so many of you coming to Church with your family every Sunday, or, in the case of the retirees, knowing that you brought your children to Church back when they were home, I am so proud of you, very proud because your way is to have Christ in the center of your family’s life. You are here. You have a Holy Family.

And it is not just being here that matters. I know that you are continually finding ways to pray in your homes with your children and with your spouse. You are continually looking for way to reach out to others in love and generosity. You are certainly committed to Christ as individuals, but also as families.

On Christmas, we formed a community of prayer and celebrated the presence of the Lord at Mass. Throughout the day; we continued the celebration in our families. We did this by exchanging gifts, enjoying a meal together, basically just being together. It was good, all good. Perhaps, on Christmas Day more than most other days we sense the Presence of the Lord in our families. Perhaps, on Christmas Day more than most other days we realize that we have been given the gift of being a Holy Family. Perhaps, on Christmas Day more than most other days we realize that the center of the Holy Family is Jesus Christ, whether that Holy Family was Mary and Joseph’s, or whether that Holy Family is your family.

Let us reflect on the fact that the Holy Family serves as a model for us today, is not in their difference, but in their similarity to most family situations that we face. When husband and wife commit themselves to each other, to be faithful in good times and in bad, in sickness and in health, until death,” they are establishing a community of life in which new life is welcome.

And so our question this week is, can we do that? In our family life, in our relationships with others, in our community, can we let go of our own agendas, and let God be the Lord of our lives? Let us reflect on this with trough the intercession of the Holy Family of Nazareth: Jesus, Mary and Joseph

[1] Feast of the Holy Family. Readings: 1 Samuel 1:20-22, 24-28. How happy they who dwell in your house, O Lord—Ps 83(84):2-3, 5-6, 9-10. 1 John 3:1-2, 21-24. Luke 2:41-52 [St John].

Desatan las olas su cresta de espuma
y acolcha con ella la brisa en la cuna
un blando y florido edredòn a Jesús.

Desliza risueña su rostro la luna
y espera el aliento del buey y la mula
en cop de seda y capullo de tul.

Diluye el perfil de José la penumbra
y sólo sus ojos, ¡en llamas!, relumbran
al ver a una Virgen al Sol dar a luz.

El Dios de los cielos nació criatura
y en siervo cambió su divina figura:
pastores y magos lo adoran con fe.

Su madre, Maria, en los brazos lo arrulla
y da de sus pechos humana pastura
al que es el Cordero y Pastor de Israel

Vayamos nosotros también a la gruta
-los ojos abiertos y el alma desnuda-
y un beso ofrezcamos al Niño Emmanuel.

Que no hay en la tierra más grata ventura
ni don más excelso ni gloria más pura
que vernos mirados por Cristo, el gran Rey.
Amen.

Solemnidad de la Natividad del Señor

Hemos venido preparándonos durante muchos días y finalmente celebramos este medio día la solemnidad de la Natividad del Señor[1].

Escuchamos hace un momento el comienzo del evangelio de San Juan, sin embargo quizá nuestro corazón está allá, lejos, pensando en la gente que no está con nosotros, o en ése regalo que tanto deseábamos y que no llegó o…¡tantas cosas!.

Hoy, que celebramos la Navidad, es un buen momento para guardar silencio y preguntarnos cuándo fue que empezamos a dejar de darle a la Navidad el sentido de misterio que debe tener, o en qué momento perdimos el sentido de lo sagrado. Más concretamente ¿cuándo entró el tedio, el aburrimiento y convertimos la maravilla de la Navidad en una reunión más o menos amigable en la que se come y se bebe muchas veces sin moderación? Decimos que somos creyentes, y decimos bien, pero ¿sabemos en qué creemos? ¿Sabemos qué celebramos éste día?

Cualquier persona tiene todo el derecho del mundo a creer o a dejar de creer, pero a lo que no tenemos derecho los que nos decimos creyentes es a que estos días nos pasen sobre el alma como pasa el agua sobre las piedras de los ríos: sin mojarnos interiormente.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios, dijimos hace un momento en el salmo[2], pero quizá lo decimos como quien dice dos y dos son cuatro: fríamente, mecánicamente.

Navidad –debemos comprenderlo- es la celebración de la venida de Dios; de un Dios distinto y un Hombre distinto: «Al servir y lavar los pies a su criatura, Dios se revela en lo más propio de su divinidad y nos da a conocer lo más hondo de su gloria», dice un padre de la Iglesia.
Navidad es la fiesta del Dios todo-enamorado, todo-débil, todo-entregado en manos de los hombres. La Navidad nos muestra que la verdadera grandeza de Dios no está tanto en haber creado el mundo, sino en su disponibilidad para renunciar a su grandeza por amor. Ese es el milagro de los milagros.

Prueba mucho más patente de su poder que la magnitud de sus milagros –dice san Gregorio de Niza- es el que Dios fuera capaz de descender hasta la condición de hombre.

Hoy vemos a un Dios que nace pobre y sencillo en Belén, y desde aquel día no es sólo que Dios esté con nosotros, es que está EN nosotros, es que ES nosotros, es decir, es uno de nosotros, por eso es llamado el Emmanuel[3].

Sería muy bueno que a lo largo de éstos días encontremos algún momento para recogernos en silencio y meditar éstas maravillosas verdades.

No celebremos éste día de una manera fría y superficial, o lo que es peor: no contagiemos a los demás un mal espíritu de Navidad.

Contemplemos la maravilla que supone el que todo un Dios –Maravilloso Consejero, Dios Todopoderoso, Padre Eterno, Príncipe de la Paz[4], se haya hecho un sencillo niño.

No reduzcamos el siempre-actual y maravilloso milagro de la Nochebuena a un asunto de comida, bebida y regalos.

Dios se hace hombre, y se hace para cada uno de nosotros ■

[1] Solemnidad de la Natividad del Señor. Diciembre 25 del 2009.
[2] Sal 98.
[3] Cfr Mt 1, 23; Is 7, 14; Lc 2, 7.
[4] 9, 6.
A la nanita nana, nanita ella, nanita ella
Mi Nina tiene sueno bendito sea, bendito sea
A la nanita nana, nanita ella, nanita ella
Mi Nina tiene sueno bendito sea, bendito sea

Fuentecita que corre clara y sonora
Ruisenor que en la selva cantando llora
Calla mientras la cuna se balansea
A la nanita nana, nanita ella

A la nanita nana, nanita ella, nanita ella
Mi Nina tiene sueno bendito sea, bendito sea

Fuentecita que corre clara y sonora
Ruisenor que en la selva cantando llora
Calla mientras la cuna se balansea
A la nanita nana, nanita ella

Christmas Eve

We gather this evening to celebrate the center event of God’s creation [I mean] this is the Christ event, all creation leads to Jesus Christ; all creation takes its meaning from Our Lord. The Christ event begins with the Nativity of the Lord –tonight- and concludes with the feast of the Holy Spirit on Pentecost[1].

During the last week we were reflecting on the Holy Scripture; probably the one passage most of us know so well is in Isaiah, when the prophet tells the King about the transformation of the world: A virgin shall conceive and bear a son and shall call his name Emmanuel, a name that means God is with us[2].”

[Well] The Holy Scripture speak over and over about the fulfillment of these promises in Jesus Christ, and tonight precisely we are drawn into His Presence, and are drawn away from all that rejects His Presence. At least for tonight we are separated from the emptiness of a world that rejects God. Tonight we are called to holiness; for to be holy is to be separate for the Lord.

And yes, my brother, my sister, you and I can be holy. We can be His People, we can share –and we should share- the divine fire of the Lord with all those around us. The Divine Presence that gives meaning to our lives also gives us the power, the courage, the strength to walk away from the emptiness that so much of society has been sucked into.

Whether there are angels calling shepherds or a star appearing to Kings, or rumor of people in horrible need a continent away or in the house next door, or in our own homes, we are called to step away from our comforts and step into the Presence of the Lord: Christ identifies with those who are suffering: I was hungry, or thirsty, a stranger, or naked, sick or imprisoned[3]. We are called to him. We are called to personal holiness.

We have to think: who is it in my family who need special care? Is it an elderly relative, sick, impatient, quarrelsome, helpless? Is it a husband or wife, brother or sister who is unsettled with life? Is it a teen with difficult challenges or a child with special needs? They are there. Every family has members calling out to the rest for help, calling others into holiness.

Who is it in our parish who draw us to sacrifice and to service? There are many who are calling us to be stewards of the treasures of our parish, calling us into holiness.

Let us remember this evening that the world had little compassion for a young girl in labor. She was offered a spot in a stable, with the animals. There was no appearance of royalty about the scene, other than the royalty at its center. That was sufficient. The King of Kings was born into poverty to draw us away from the riches of the world and into His Presence.

Our Patron, St. Vincent de Paul, saw this birth as a call to holiness, a call away from the world’s riches and a call to the wealth of the Lord.

And so we greet one another today by saying “Merry Christmas.” Be merry, celebrate the birth of the Lord. Be joyful, not just because a baby was born 2,000 years ago, but because God has entered into our world to draw us into His Presence.

Merry Christmas, be Joyful, for we have been chosen by the Son of God to be holy and to walk in his presence ■
[1] Christmas Eve, MIDNIGHT MASS: Isaiah 9:1-7. Today is born our Saviour, Christ the Lord—Ps 95(96):1-3, 11-13. Titus 2:11-14. Luke 2:1-14.
[2] 7:14.
[3] Mt 25:31-46.

Ilustration: Taddeo Gaddi, The Angelic Announcement to the Sheperds,1327-30FrescoCappella Baroncelli, Santa Croce, Florence

O Come All Ye Faithful
Joyful and triumphant,
O come ye, O come ye to Bethlehem.
Come and behold Him,
Born the King of Angels;
O come, let us adore Him,
O come, let us adore Him,
O come, let us adore Him,
Christ the Lord.

O Sing, choirs of angels,
Sing in exultation,
Sing all that hear in heaven God's holy word.
Give to our Father glory in the Highest;
O come, let us adore Him,
O come, let us adore Him,
O come, let us adore Him,
Christ the Lord.

All Hail! Lord, we greet Thee,
Born this happy morning,
O Jesus! for evermore be Thy name adored.
Word of the Father, now in flesh appearing;
O come, let us adore Him,
O come, let us adore Him,
O come, let us adore Him,
Christ the Lord.

Solemnity of The Nativity of the Lord

There is a beautiful story that could help us this morning to get some prayer time with our Lord since we are celebrating with great joy his birthday[1].

Once upon a time there was a man who looked upon Christmas as a lot of humbug. He wasn’t a Scrooge. He was a kind and decent person, generous to his family, upright in all his dealings with other men. But he didn’t believe all that stuff about Incarnation which churches proclaim at Christmas. And he was too honest to pretend that he did. “I am truly sorry to distress you,” he told his wife, who was a faithful churchgoer. “But I simply cannot understand this claim that God becomes man. It doesn’t make any sense to me.”

On Christmas Eve his wife and children went to church for the midnight service. He declined to accompany them. “I’d feel like a hypocrite,” he explained. “I’d rather stay at home. But I’ll wait up for you.”

Shortly after his family drove away in the car, snow began to fall. He went to the window and watched the flurries getting heavier and heavier. “If we must have Christmas,” he thought, “it’s nice to have a white one.” He went back to his chair by the fireside and began to read his newspaper. A few minutes later he was startled by a thudding sound. It was quickly followed by another, then another.

He thought that someone must be throwing snowballs at his livingroom window. When he went to the front door to investigate, he found a flock of birds huddled miserably in the storm. They had been caught in the storm and in a desperate search for shelter had tried to fly through his window. “I can’t let these poor creatures lie there and freeze,” he thought. “But how can I help them?” Then he remembered the barn where the children’s pony was stabled. It would provide a warm shelter.

He put on his coat and galoshes and tramped through the deepening snow to the barn. He opened the door wide and turned on a light. But the birds didn’t come in. “Food will lure them in,” he thought. So he hurried back to the house for bread crumbs, which he sprinkled on the snow to make a trail into the barn. To his dismay, the birds ignored the bread crumbs and continued to flop around helplessly in the snow. He tried shooing them into the barn by walking around and waving his arms. They scattered in every direction - except into the warm lighted barn.

“They find me a strange and terrifying creature,” he said to himself, “and I can’t seem to think of any way to let them know they can trust me. If only I could be a bird myself for a few minutes, perhaps I could lead them to safety. . . .”

Just at that moment the church bells began to ring. He stood silent for a while, listening to the bells pealing the glad tidings of Christmas. Then he sank to his knees in the snow. “Now I do understand,” he whispered. “Now I see why You had to do it.”[2]

At Christmas, my brother, my sister, we contemplate God made man, divine glory hidden beneath the poverty of a Child wrapped in swaddling clothes and laid in a manger; [I mean] the Creator of the Universe reduced to the helplessness of an infant. Once we accept this paradox, we discover the Truth that sets us free and the Love that transforms our lives.

On Christmas day the Redeemer becomes one of us, our companion along the precarious paths of history. Let us take the hand which he stretches out to us: It is a hand which seeks to take nothing from us, but only to give.

With the shepherds let us enter the stable of Bethlehem beneath the loving gaze of Mary, the silent witness of his miraculous birth.

May she, the blessed Virgin Mother of God, help us to experience the happiness of Christmas, may she teach us how to treasure in our hearts the mystery of God who for our sake became man; and may she help us to bear witness in our world to his truth, his love and his peace[3]

Merry Christmas to all of you ■

[1] Solemnity of the Nativity of the Lord. Readings: Isaiah 52:7-10. All the ends of the earth have seen the saving power of God—Ps 97(98):1-6. Hebrews 1:1-6. John 1:1-18.
[2] That was A Christmas Parable written by Louis Cassels many years ago, one of the religion editors of United Press International.
[3] BENEDICT XVI'S CHRISTMAS MESSAGE, By Knocking at Our Door, God Challenges Us and Our Freedom, VATICAN CITY, DEC. 25, 2005

Quédate con nosotros,
la tarde está cayendo; quédate.
¿Cómo te encontraremos al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros; la mesa está servida,
caliente el pan, y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres un hombre entre
los hombres
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu Cuerpo y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.
Vimos romper el día sobre tu hermoso rostro
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche no apague el fuego
vivo que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos, tendidas en tu
busca, las aguas encendidas del Espíritu.
Y limpia en lo más hondo del corazón del
hombre tu imagen empañada por la culpa ■ de la Liturgia de las Horas

IV Domingo de Adviento


UNA MIRADA LARGA Y AMOROSA A LO REAL

(I)

Tessa Bielecki*
Deseo hablar de la oración cristiana no tanto en términos generales, sino como algo íntimamente personal. Es difícil ser lo suficientemente vulnerable para compartir lo que hay de más profundo en la vida de uno; no es fácil desnudar el alma propia. Pero sería aún más desdichada si dejara de compartir con vosotros al menos algo de mi práctica cristiana. Obviamente, la oración alcanza aquí un punto en el que se vuelve inefable, por lo que no se puede hablar de ella; pero yo debo limitarme a hacer lo que está en mi mano y llegar hasta donde me lo permitan las palabras.

Una de las definiciones más sencillas de oración cristiana que conozco se debe a san Juan Damasceno, el cual decía que orar es elevar la mente y el corazón a Dios. Otra definición maravillosa proviene de Teresa de Jesús, la cual afirmaba que la oración es "conversar de corazón a corazón con Dios, que sabemos nos ama". El término conversación puede llamar a engaño aquí; cabría pensar que la oración es sólo cuestión de hablar mucho, y no es el caso. Así como la conversación humana comprende períodos de escucha además de hablar, lo mismo ocurre en la oración que tiene como fondo la espiritualidad carmelita. Personalmente, a veces prefiero usar la palabra comunión: comunión con el Dios que sabemos nos ama.

La oración se describe a veces también como "un grito del corazón". Por supuesto, el corazón puede gritar de muy diferentes maneras. En la tradición católica, la oración comienza de ordinario con una exclamación verbal deliberada. A ese estadio le llamamos meditación. Nos servimos de un tipo de ejercicio o método para serenar la mente y centralizar la personalidad. Es como levantar los andamios para preparar la edificación. Luego pasamos a la contemplación, que es una etapa más pasiva y receptiva. Naturalmente, no me refiero a un tipo indolente de pasividad, como si estuviéramos esperando que pasara por encima una apisonadora. En mi comunidad usamos la expresión "pasividad sensata". Es un estado de alerta, vivo y muy despierto, como el gato pronto a saltar o un ejército dispuesto a atacar. Este aspecto contemplativo que luego se desarrolla se describe a veces como una conciencia amorosa y experiencial de Dios. O podríamos decir más fácilmente: una conciencia experiencial amorosa. En su Noche Oscura, Juan de la Cruz describe la oración contemplativa así:

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobe el Amado;
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

Otras descripciones incluyen: "Verlo todo sobre el fondo de la eternidad", y "un ensanchamiento del corazón". A mí me gusta especialmente está última, pues cuando oigo a los budistas hablar de su práctica, parece que tienen mucho que decir sobre la mente, y yo echo de menos oír hablar del corazón. Sé por los budistas que conozco que el corazón tiene su puesto allí, pero no oigo hablar de él mucho. Mi definición favorita de la contemplación es "una mirada larga y amorosa a lo real". Como estamos describiendo una experiencia tan enormemente densa, es importante cada una de estas ideas; larga, amorosa, mirada.

El momento contemplativo es largo; por tanto, no es un momento fugaz, sino que incluye interpretación de largo alcance; es amorosa, porque es participación en el misterio de todas las cosas, y es una mirada, porque incluye una apreciación de todo lo que es real.

Si restringiéramos nuestra oración totalmente a la meditación, al menos en la tradición carmelita, nuestra vida de oración resultaría terriblemente raquítica. De hecho, según avanzamos y crecemos más íntimamente en la unión con Cristo, dejamos de necesitar absolutamente el paso preliminar de la meditación. Juan de la Cruz nos enseña en la Subida al Monte Carmelo a discernir si ha llegado ya el tiempo de dejar de meditar y pasar a la contemplación, o si simplemente somos perezosos y no nos molestamos más en meditar. Describe también la necesidad de prescindir de la meditación cuando es el momento de hacerlo. Su instrucción reza: "Si encuentras la naranja pelada, cómela". No tienes que volver a pelarla. Es lamentable que el cristianismo tenga reputación de estar orientado a la palabra y la acción, pues la contemplación ocupa realmente el centro de la tradición. Aunque ha existido la tendencia a dejar en la penumbra a la tradición mística, en aras de otros elementos tales como el saber, la acción social y la meditación discursiva, para el católico sigue siendo entrañable la contemplación u oración no verbal.

* Tessa nació en el seno de una familia polaca de Connecticut. Como muchas jóvenes, creció leyendo revistas de belleza, coleccionando recortes de estrellas de cine y dando por supuesto que se casaría y criaría hijos. Durante los dos primeros años de universidad Tessa asistió a un retiro para estudiantes dirigido por el padre William McNamara. Después de terminar sus estudios y trabajar durante un año, se unió al padre McNamara y al Instituto de vida espiritual, situado entonces en el desierto de Arizona, a la edad de veintidós años. Desde entonces su vida ha estado dedicada a edificar y sostener la comunidad carmelita que se ha desarrollado allí. Actualmente ocupa el cargo de abadesa, y deja la vida eremítica varias veces al año para participar en retiros contemplativos y conferencias.

Ilustración: Jan van Eyck, Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa (detale), 1434, óleo sobre madera, National Gallery (London).

VISUAL THEOLOGY

Prophet (ca. 1390–1410), French (Bourges or Burgundy) or South Lowlands, Colorless glass, silver stain, and vitreous paint, 6 x 1/4 in. (15.2 x 10.8 cm), The Cloisters Collection, 1995 (1995.301), Metropolitan Museum of Art (New York) ■ Uncommonly refined and gemlike in its painterly finesse, this stained-glass fragment with a prophet is related stylistically to the work of André Beauneveu (1335–1401/3), a gifted sculptor, painter, and illuminator from the South Lowlands, who was employed by King Charles V of France; Louis de Mâle, comte de Flandres; Philippe le Hardi, duc de Bourgogne; and Jean, duc de Berry, among others. A close parallel to the figure style—particularly to the treatment of the hair and facial features—may be seen in the prophets depicted in the psalter of Jean, duc de Berry (Bibliothèque Nationale de France, ms. Français 13091), illuminated by Beauneveu about 1386 in either Paris or Bourges. A more striking comparison can be made to the limestone standing prophet wearing an apronlike mantle, probably executed by Beauneveu himself shortly after 1392 for the Sainte-Chapelle in the palace of Bourges. Although Beauneveu also designed stained glass for the Sainte-Chapelle, which was completed by 1408, it appears to have no direct connection to the present glass fragment, notwithstanding certain formal and stylistic analogies. The itinerant career of Beauneveu and his collaboration with other artists working for the same patrons make it difficult to localize the origins of the Cloisters' prophet. The original context of the present figure is uncertain, but prophets in architectural settings were standard in several iconographic arrangements, such as that of the Throne of Solomon, as described in 3 Kings 10:18–20.
My soul proclaims the greatness of the Lord,
My Spirit rejoices in God my Saviour
For He has looked with favour on His lowly servant.
From this day all generations will call me blessed:
The Almighty has done great things for me,
And holy is His Name.
He has mercy on those who fear Him
In every generation.
He has shown the strength of His arm,
He has scattered the proud in their conceit.
He has cast down the mighty from their thrones,
And has lifted up the lowly.
He has filled the hungry with good things,
And the rich He has sent away empty.
He has come to the help of His servant Israel
For He has remembered His promise of mercy,
The promise He made to our fathers,
To Abraham and his children for ever.
Glory to the Father,
and to the Son,
and to the Holy Spirit.
As it was in the beginning.
is now, and will be forever.
Amen.

Fourth Sunday of Advent

Finally we are in the final countdown to celebrate the Nativity of the Lord, and today’s Gospel presents two such women. Mary and Elizabeth are bursting with anticipation, with expectation. Mary is a young girl, newly married, with a baby announced by an angel and conceived miraculously. Elizabeth is an older woman, one who thought her chance to have a child had passed. Her baby, conceived naturally, was also announced by an angel. The women know that not just their lives will be changed, but the world will be changed, and then they greet each other, and the baby within Elizabeth –the future John the Baptist- recognizes the presence of the Lord within Mary. Both women –and this is the clue for our Sunday liturgy- proclaims their gratitude to God for working His wonders within them[1].

Perhaps, as a final preparation for Christmas, we can spend a few moments reflecting on the great Gift God has given us and focus on the gratitude we owe Him. We cannot forget that great gift of Christmas is the gift of Jesus. A Christian philosopher –Soren Kierkegaard- told a very interesting parable to help explain this gift
.

Once upon a time there was a king who was rich and powerful. The King was very unhappy, though. He wanted a wife to be his queen. Now a political marriage could easily have been arranged with another country but that is not what the King wanted. He wanted someone whom he could love and who could love him. Only real love could fill his empty castle and life. One day the King was riding through the streets of a small village when he came upon the most beautiful girl he had ever seen. He immediately fell in love with her. But there was a problem: she was a peasant girl. The problem was that he wanted to win her love, not buy her love.



One of his counselors told him to just command her to be his wife. Any girl, especially a peasant girl, would jump at the opportunity. But the King would not do that. He could not command love. Another counselor told the king to that he should call on the girl as her King, shower her with presents of diamonds and gold, and give her the opportunity to realize that he truly loved her. But the King would not do that. A third counselor told the king to dress as a peasant so she would not be overwhelmed, and gradually reveal his power and position until she was ready to join him in the castle. The king did not like the thought of deceiving her. If their relationship was based on deception, how could she ever love him?

Finally, the King knew what he would do. He renounced his royal robes, his power and authority. He became a peasant in that remote village, living and working and suffering beside the other peasants. After a number of years, he won the heart of the beautiful young girl. He took his new wife to another village in another country, where no one could have guessed who he was. After many years, he became sick, and the wife loved him and cared for him. He died a peasant, but at his funeral the people looked at his wonderful, caring and in many ways extremely beautiful wife and said, “That man married a queen.”

Well, the lesson or moral of this parable is very simple: God is the King. He is the Divine Lover. We are the object of His love. Only God would love so much that He would become one of us to win our love[3].

This is the mystery that excites us. It is the same mystery that excited Mary and Elizabeth. They realized that they had each in their own way been chosen to be vehicles of God’s plan of love. Elizabeth’s son, John the Baptist, would point to this Love become flesh. Jesus, Mary’s son, would be this love. We also have been chosen to be part of this plan by the One who loves us and who calls us to make His Love a reality for others.

Today, my brother, my sister, with deep gratitude we pray: Lord of all love, you have come to us so we can come to you. You have become physical so we can become spiritual. You have embraced us with your Love so we can embrace others with your love. We thank you for choosing us to be part of your plan. We thank you for allowing us to join Mary and Elizabeth in the excitement of your Coming Presence.

We ask you now to give us the strength and the courage to proclaim your Presence with our lives. Amen ■

[1] Sunday 20th December, 2009, 4th Sunday of Advent. Readings: Micah 5:1-4. Lord, make us turn to you; let us see your face and we shall be saved—Ps 79(80):2-3, 15-16, 18-19. Hebrews 10:5-10. Luke 1:39-44.
[3] St. Ireneus, an early doctor of the Church, wrote, «Because of his great love for us, Jesus, the Word of God, became what we are in order to make us what he is himself».



Ilustration: Pieter Bruegbel the Elder, The Peasant Dance (detail)c. 1567, Oil on oak panel, width of detail 39 cm, Kunsthistorisches Museum (Vienna)

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris