Salve, Madre!
En la tierra de mis amores
te saludan los cantos que alza el amor.
¡Reina de nuestras almas, flor de las flores!
muestra aquí de tu gloria los resplandores;
que en el cielo tan sólo te aman mejor.

Virgen santa, Virgen pura,
vida, esperanza y dulzura
del alma que en ti confía.
Madre de Dios, Madre mía.

Mientras mi vida alentare,
todo mi amor para ti;
y aunque tu amor me olvidare,
Virgen santa, Madre mía,
aunque tu amor me olvidare,
tú no te olvides de mí ■

La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María

Posiblemente no hay en todo el Evangelio página más bella que aquella en la que San Lucas narra el encuentro entre el Arcángel y la virgen de Nazaret, pasaje que escuchamos hoy en el evangelio y que nos cuenta el principio de la extraordinaria aventura de Jesús en la tierra. La Redención era necesaria y necesitaba una colaboración muy especial: la de la Virgen María.

El brazo poderoso de Dios no ha querido nunca limitar la libertad del genero humano, justo por eso es que un ángel llega a Nazaret a solicitar la conformidad de la persona elegida para iniciar los pasos de la Salvación. Es en el momento en que María dice que sí cuando comienza todo. Nos parece –¡después de tantos siglos de fe cristiana- impensable que la adolescente de Nazaret hubiera dicho que no. Pero esa posibilidad existía, pues de no ser así el discurso del ángel hubiera sido de otra forma.

La primera consecuencia de ello es que la relación entre Dios y el hombre es libre, de libertad. El Señor no usa de su fuerza para dirigir al hombre por donde Él quiere. De hecho, a muchos de nosotros no nos importaría que Dios nos dirigiera de tal forma que no hubiera posibilidad de ir al contrario de su Voluntad. Con ello tendríamos asegurado nuestro fin último y deseado. Pero ese dirigismo sin opción restaría nuestra libertad y el diseño que Dios quiso para nosotros. Es este un mundo de hombres y mujeres libres, significada tardíamente –aunque jubilosamente- por la humana Declaración de los Derechos Humanos y abierta por Dios desde el mismo momento de la creación del hombre.

En los asuntos de la libertad el hombre es contradictorio. Muchos no la quieren. A los más les produce miedo. Y el miedo a la libertad engendra muchos errores. Pero la libertad es también una de las facultades más nobles del hombre. Su capacidad libre de decisión le hace grande. Será bueno o malo por el uso de su libertad. No podrá responsabilizar de sus pecados a nadie. Pero tampoco nadie podría borrarle el enorme mérito de hacer el bien libremente. Solo la omnipotente justicia de Dios puede haber previsto esa libertad total de su criatura.

La Santísima Virgen fue libre para asumir su camino y admitir con alegría la presencia en su seno del Salvador del Mundo. Desde ese momento la historia de Cristo está ligada a la joven de Nazaret. De ahí puede entenderse con toda facilidad la importancia del culto cristiano a la Santísima Virgen. En Adviento estamos en situación de vigilia esperando la venida de Jesús y hemos de alentar, con toda nuestra fuerza, que cuando Jesús vuelva por segunda vez todos sus seguidores estemos unidos en la caridad ■
Ilustración: Alessandro Allori, La Anunciación, Musée des Beaux-Arts, Nantes (Francia)
Tota pulchra es, Maria
et macula originalis non est in te.
Vestimentum tuum candidum quasi nix, et facies tua sicut sol.
Tota pulchra es, Maria,
et macula originalis non est in te.
Tu gloria Jerusalem, tu laetitia Israel, tu honorificentia populi nostri.
Tota pulchra es, Maria.

You are all beautiful, Mary,
and the original stain [of sin] is not in you.
Your clothing is white as snow, and your face is like the sun.
You are all beautiful, Mary,
and the original stain [of sin] is not in you.
You are the glory of Jerusalem, you are the joy of Israel, you give honour to our people.
You are all beautiful, Mary.

Solemnity of the Immaculate Conception

Pure. Whole. Intact. Entire. Spotless. Stainless. Sinless. Unsoiled. Unblemished. Uncorrupted. Immaculate![1]

First of all, let’s be sure we know whose conception we are celebrating today. It is Mary’s Immaculate Conception that we celebrate, not Jesus’. Some people come to Church today thinking that it is the feast of Jesus’ Immaculate Conception, but it is Mary’s. This feast celebrates that Mary was freed from sin from the first moment of her existence, from the first moment of her conception.

Also, our liturgical calendar is consistent with our theology. Today [December 8] is Mary’s conception; nine months from today we will celebrate her birthday, September 8. Likewise, we celebrate Jesus’ conception on March 25, with the feast of the Annunciation which we just heard in the Gospel; and, then, we celebrate his birthday nine months later, December 25.

Mary, the blessed mother of God, is full of grace from the first moment of her conception. She is full of God’s life, full of His love. Her perfection begins in the womb of her mother, St. Ann. Indeed God preserved her goodness so that she would have no stain of sin from the start and thus no imperfections. Mary is perfect, she always said yes to God, yes to Christ, I mean, she was conceived and raised in order to be ready for when the angel Gabriel appeared to her with a most profound message. He reveals God’s Plan that she will be the mother of the Savior of the world.

When Gabriel appeared to Mary, she was a teenager…about 14 or 16 years old. What a tremendous request God makes of Mary through the angel! And, Mary said yes! May it be done to me according to your word[2]. Words that indeed are an invitation to meditate, to pray and to give thanks. Why? Well, because God could have chosen any way for his Son to come into the world, and yet, He chose a woman…He chose Mary to be the instrument of Salvation. He chose her to be the perfect vessel through whom Christ would come to us. This is the clue for our celebration.

On this feast, we see God’s Wisdom because He began her perfection from the very beginning. Mary had to be perfect, her womb had to be the perfectly pure vessel for Christ, how blessed is she to be the Ark of the Covenant! And of course Holy Scripture confirms this by saying that Mary “is most blessed among women”.

Mary, my brother, my sister, is the perfect model for us. She is the example because she always said yes to Christ. It is because of her yes to God’s Plan that Salvation entered the world. Everything we have in Christ, everything we have in our faith, comes to us through Mary. Today we thank God for her. The best way for us to say thank you is in this Eucharist. In a few minutes, we will have union with God through Mary. Thanks be to God, we have the Eucharist... through Mary.

It would be especially appropriate for us today to give her some kind of honor and veneration, in so doing, we are not praising Mary; we praise God alone and Mary is not God. Rather, we praise God for her and honor her. We thank God that she said yes her whole life to Christ. We thank God for her, and ask her to pray for us. Holy Mary, Mother of God, pray for us, sinners, now and at the hour of our death ■
[1] Solemnity of the Immaculate Conception of the Virgin Mary. Readings: Gen. 3:9-15, 20; Eph. 1:3-6, 11-2; Lk. 1:26-38.
Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén ■
De la Liturgia de las Horas

I Domingo de Adviento

REGLA PARA EREMITAS*

Para los que vivimos en cualquier parte.
En el mundo o fuera de él
más allá de todo mundo
y en cualquier tiempo.

Querido Lector, tienes la oportunidad de dejar este mundo y de seguir al Señor. No dudes un instante. No permanezcas observando lo que queda atrás, en el camino, ni sueñes con tu fantasía, gestando fantasmas en un futuro que no es y que, seguramente, nunca será. Deja. Aventúrate, en cambio, por las sendas de la Eternidad, que ya están a tu disposición. No sólo no están lejos sino que en este mismo instante se abren para ti.

Tal vez pensabas que alcanzarías una vida mejor mudando de lugar o escapándote del tiempo. Nada de eso. Aquí hallarás una pequeña senda para horadar el instante y el lugar en que te encuentras y pasar del otro lado. Más allá.

No te turbe tu pasado. No te angustie el mañana. Simplemente estás aquí y ahora con el Señor. Es Él quien te llama.

Y no quieras saber otra cosa. No te pierdas en vericuetos ni te distraigas en tu propio laberinto. No te justifiques buscando razones para escapar de la senda del Señor. Que no te deslumbren los espejismos de un mundo que perece. Aquí intentamos no caer en el precipicio de la muerte. Aquí pedimos al Señor la Salvación... No pretendemos dar lecciones sino aprender a abrir las puertas de par en par al Salvador. Abre estas páginas y reconoce, en ellas, una insinuación. Una suerte de invitación a subir mucho más alto. Solo son un punto de partida.

PRIMERA PARTE
Conducta y actitudes en la jornada


1. Al comenzar el día, ármese, el lector, con la señal de la Cruz y conságrelo, todo entero, en un breve acto al Señor.

2. Renuncie explícitamente, con una cortísima invocación, a cualquier vanidad o distracción durante la jornada. Haga el propósito, sinceramente, de no apartarse del Señor. Recuerde el aforismo de San Juan de la Cruz que nos enseña que sólo Dios es digno del pensamiento del hombre.

3. Pida, en fin, con plegarias e invocaciones, la gracia de la contemplación y de su perseverancia.

4. Sepa que el diablo lo tentará con muchísimas distracciones u ocupaciones disfrazadas de la razón de bien. Rechace, con vigor, estos engaños y no viva volcado hacia afuera sino recogido y advertido. Pida al Señor el don del discernimiento y busque la paz. Su principal ascesis[1] sea el silencio.

5. No por mucho empeñarse logrará mejores resultados. Combata la ansiedad que lo oprime y permanezca quieto, atento al silencio interior. El Señor no quiere esos sus trabajos y sus cosas sino a toda su persona. No pierda el tiempo.

6. El mundo, en el que le toca peregrinar, se asemeja al caos. La mayoría de los hombres, en los centros urbanos, vive en desorden y desarmonía. No tema, ni se deje atrapar por ningún lazo. Sobre todo, no preste atención a lo efímero.

7. La mano izquierda no ha de saber lo que hace la derecha. Transcurra la jornada en olvido de sí.

8. Recuerde que lo más grande siempre resulta incómodo. Con la ayuda de Dios vencerá cualquier asedio. El Verbo de Dios, en la estrechez e incomprensión de este mundo, en su humillación y obediencia, no pierde grandeza sino que es exaltado.

9. No se apresure. Deténgase y sosiéguese. No haga una cosa después de otra con precipitación. Anímese a dejar que se vaya su medio de locomoción. No corra detrás de nada. Vuélvase a cerrar delicadamente las puertas cuando pasa a través de ellas y, como aprenden los Cartujos en su Noviciado, no las cierre de un golpe sino articulando su mecanismo. Entre paso y paso descubrirá el silencio[2].

10. Interrumpa, con frecuencia, sus movimientos. Respire hondo e invoque al Señor antes y después de cada paso. Sosiéguese. No se apresure ni en hablar ni en responder.

11. No se apresure por hacer esto o aquello. Con antelación a cualquier trabajo o empeño diga una jaculatoria. Desconfíe de sus propias urgencias.


12. Sea firme en sus convicciones, pero siempre dispuesto y pronto para abrazar la verdad.

13. Trabaje en silencio, sin decir lo que hace. No busque reconocimiento ni aplauso. Acepte lo que la misma Providencia le depara en todo lo que se refiere a sus acciones.

14. Sepa, en todo lo que emprende, que su Patria verdadera es el Cielo y que ahora se halla en el misterio del exilio. Pero no olvide que encontrará ya el cielo en su alma. Su mismo espíritu le anticipa la eternidad.

15. No establezca ni se ate con un horario rígido. Adhiera a un orden armónico que pueda, fácilmente, adaptar. Busque también la belleza en la sucesión de las horas.

16. Intente integrar las sorpresas, esto es: lo imprevisto. No desvanezca ante ello. La vida contemporánea abunda en lo que no se aguarda. En ocasiones se trata de las trampas del diablo para que pierda el equilibrio en su camino. No preste atención ni se angustie, que todo pasa. Continúe como si nada ocurriera, morando en el silencio de su propio interior. Cultive la paz.

17. Aprenda a vivir en algunos minutos o, quizá, en algunas horas, lo que otros viven a lo largo de todo su tiempo. Así la soledad, el retiro, el recogimiento... Sea monje de un sólo día. Aproveche los momentos y las auroras. Descubra en las horas y en los paisajes, en la música y en toda manifestación de la belleza, la hondura de su verdadera soledad interior.

18. Se ha dicho que el verdadero hombre es el del verdadero día, del eterno día. Es capaz de vivir toda la vida en un solo día. Quizá porque todas sus jornadas son las de siempre. Oriéntese, pues el lector y peregrino, hacia el último día. Cada instante le entregará la Eternidad.

19. Aprenderá a prolongar los instantes privilegiados, cuando el tiempo es atravesado verticalmente. Así la Santa Misa, como toda celebración de la Liturgia en la que haya participado. Y aún aquéllas que le son lejanas, en el tiempo y en el espacio. Únase, por dentro, a la vida que no ve y que, sin embargo, requiere de su plegaria y de su vigilia.

20. Lo mismo en los instantes de silencio y de recogimiento. Especialmente descubra el misterio religioso de la noche y haga de esas horas su propio desierto.

21. Tenga en cuenta que velar en la noche puede ser mayor que esconderse en el fondo del desierto. La soledad –decía André Louf– era un porción del mundo que servia al ermitaño para situarse en el universo. La porción que ahora le pertenece es: tiempo. Vigile y vele, según sus posibilidades, y proyecte su vigilia en todas las horas.

22. Tenga presente lo que enseñaba San Isaac el Sirio: si un monje, por razones de salud, no pudiese ayunar, su espíritu podría, por las solas vigilias, obtener la pureza de corazón y aprender a conocer en plenitud la fuerza del Espíritu Santo. Pues sólo quien persevera en las vigilias puede comprender la gloria y la fuerza que se esconden en la vida monástica.

23. Permanezca en vigilia por medio de la oración breve. Practique la Lectura espiritual y, a ser posible, rece, diariamente, todas las horas del Oficio Divino ■

* Fray Alberto E. Justo, O.P.
[1] Conjunto de reglas y prácticas encaminadas a la liberación del espíritu y al logro de la virtud (N. del E.).
[2] El autor hace referencia a la Orden de los Cartujos (en latín: Ordo Cartusiensis), orden contemplativa que fue fundada por San Bruno en el año 1084. Su lema es Stat Crux dum volvitur orbis. Los Cartujos son la orden que profesa más austeridad en la práctica y a lo largo de su existencia han permanecido en pobreza sin caer en lujos. Los monasterios de los cartujos son llamados cartujas y allí buscan estos monjes una vida de contemplación, silencio y oración (N. de. E.).
Ask the beauty of the earth, ask the beauty of the sea, ask the beauty of the ample and diffused air. Ask the beauty of heaven, ask the order of the stars, ask the sun, which with its splendor brightens the day; ask the moon, which with its clarity moderates the darkness of night. Ask the beasts that move in the water, that walk on the earth, that fly in the air: souls that hide, bodies that show themselves; the visible that lets itself be guided, the invisible that guides. Ask them! All will answer you: Look at us, we are beautiful! Their beauty makes them known. This mutable beauty, who has created it if not Immutable Beauty?" ■ St. Augustine, Sermo CCXLI, 2: PL 38, 1134).

VISUAL THEOLOGY

The picture shows one section of the decorated ceiling over the main nave of the former Benedictine monastery church in Hildesheim. The monumental paintings on this ceiling (overall length 27,6 m, width 8,7 m, covering approximately 240 square m) composed of 1.300 oak boards, are among the major achievements in the field of Romanesque panel painting that have survived north of the Alps ■ German Romaesque Painter, The Sleeping Jesse (1225-50), Tempera on primed oak boards, St Michael (Hildesheim).

First Sunday of Advent

The first two readings for this Sunday, from the prophet Jeremiah and from Paul’s First Letter to the Thessalonians, are very different from the Gospel, I mean of the apocalyptical section of the Gospel of Luke. Jeremiah ends his book speaking about a time of God’s abundant love for his people, St. Paul also speaks to the Thessalonians about love, but the Gospel is full of gloom and doom. How to put these together in this first Sunday of Advent Season?[1]

Advent, my brother, my sister, it is a season of silence, of preparation, of reparation, what are we looking for this Christmas? What are our hopes? Maybe the kids want a WII; maybe we the adults want a new Car. Even less chance. Maybe you want to see the happy look on your pastor’s face when you buy him a new Car. Right. Truthfully, you have already given me and continually give me much more and infinitely greater gifts than a luxury car. You continually share your love with me, and you let me experience your love for God. That really means infinitely more to me than anything anyone could buy.

So, what are we shopping for this Christmas? We can’t settle for shopping for stuff. We need to find new and even more wonderful ways to express our love for our family, our friends, for those throughout our parish in need, and, ultimately, for our God. That is really what Advent is about, searching for gifts of love for our God, being Santas for each other.

St. Paul wrote that our love must continually grow so we can stand blameless before our God and Father at the coming of our Lord. That brings us to the quite frightening gospel with its warnings about being prepared for the end of time or at least, the end of our own personal time.

That is what the Gospel for today is about. Every day of our lives is an Advent of hope, expectation and preparation. This is not a time to tempt fate. It is a time to seek the ways of God in all things.

A day will come, sooner than we expect, when we must stand before the Son of Man. There will be no turning back. No second chances. When our lives are over, they will be over. Done. Finished. We will simply find ourselves standing before Jesus, face to face. It will be the Jesus whom we received so many times in the Eucharist. It will be the One to whom we profess our belief every Sunday.

So, the Gospel reading, instead of frightening us, encourages us to focus on that second reading and live in the Love of God.

My brother, my sister, Advent is a time to prepare. Maybe we should look at the things that busy us in December as an analogy. The frantic shopping and card writing, and cooking, are just an analogy of the firm effort we must have to prepare for the Lord. But the finish line is not December 25th. The finish line is the end of our lives or the end of the world, whichever comes first. We must be ready to stand before the Lord.

So, again, what is it that you, that I am looking for this Christmas? Do I spend time in silence, in adoration, in recollection? What we are looking for is ways to express our love of Jesus to others, ways to graciously experience and accept His Love from others, and, ultimately, ways to grow in the presence of the Lord.

[And please, don’t forget:] The greatest Christmas gift that we can give and receive is the gift of the Presence of Christ. After all that is why we celebrate Christmas ■

[1] First Sunday of Advent, Readings: Jer. 33:14-6; 1 Thess. 3:12-4:2; Lk. 21:25-8, 34-6.
Ilustration: Adolph von Menzel, Sister Emily Sleeping (c. 1848), Oil on paper and canvas, 47 x 60 cm, Kunsthalle (Hamburg).
Tú reinarás, este es el grito
que ardiente exhalan nuestra fe
Tú reinarás, oh Rey Bendito
pues tú dijiste ¡Reinaré!

Reine Jesús por siempre
Reine su corazón
en nuestra patria,
en nuestro suelo
que es de María
la nación

Tu reinarás, dulce esperanza,
que el alma llena de placer;
habrá por fin paz y bonanza,
felicidad habrá doquier

Tu reinarás en este suelo,
te prometemos nuestro amor,
Oh buen Jesús, danos consuelo
en este valle de dolor

Tú reinarás, Reina y ahora,
en esta casa y población
ten compasión del que implora
y acude a ti en la aflicción.

Tú reinarás toda la vida
trabajaremos con gran fe
en realizar y ver cumplida
la gran promesa: ¡Reinaré!

Jesucristo, Rey del Universo.

Con este domingo y la semana que le acompaña termina el largo tiempo ordinario y se clausura el año litúrgico. Hoy se nos presenta la grandiosa visión de Jesucristo Rey del Universo, que es a un mismo tiempo la clave de bóveda y la piedra angular del mundo creado[1].

A Jesucristo corresponde, por pleno derecho, el título de Rey. El es dueño absoluto de todo y de todos. Por él fueron creadas todas las cosas. Dios Padre puso en sus manos las realidades visibles y las invisibles. Nada escapa de su mano y estamos bajo su dominio[2]. En él se encuentra la plenitud de la verdad y de la vida. Todo le pertenece. Sin embargo, su reino no es como los reinados de este mundo, que con frecuencia se imponen a base del poderío económico, militar o político. Su reino es más bien un reino de servicio, de entrega generosa al bienestar de los demás. Reina dando la vida por nosotros desde la cruz. Sin su sacrificio en la cruz, no se entiende su reino.

Y Cristo reina naciendo en un pesebre, a orillas de una pequeña población, lejos de Jerusalén y sus palacios, acompañado solo de María y José. Con esto, nos enseña que lo que nos hace valer no es tener todas las cosas materiales a nuestra disposición, sino las actitudes y los comportamientos. La felicidad, nos dice, no depende de la abundancia de bienes que alguien posea, sino de su capacidad de servir y de hacer algo por los demás. Los egoístas, que presumen de hacer lo que quieren, acaban sufriendo su propia soledad y se destruyen a sí mismos[3].

Y es que Cristo reina siendo dueño de sí mismo. No se deja atar por los instintos y vence las tentaciones del enemigo; supera los límites de la ley judía, cuando ésta impide hacer el bien a quien lo necesita; con libertad se enfrenta a fariseos y saduceos cuando tiene que defender los derechos de Dios, la verdad y el amor al prójimo. Y reina desde la cruz. El letrero en escritura griega, latina y hebrea que había sobre la cruz de Jesús muestra la realeza que celebramos hoy: Jesús es rey porque nos salva. Nos salva, renunciando a salvarse a si mismo, bien podía haber bajado de la cruz.

A lo largo de todo el año litúrgico que hoy termina hemos reflexionado y celebrado nuestra experiencia humana a la luz del hombre-Dios. Hemos visto en él muchos rostros: salvador, amigo, pobre. El hombre-Dios lejano a la superficialidad y a la frivolidad.¡Qué distintos son los que reinan según los criterios de este mundo! Hay quienes se imaginan reinar por su belleza física, por sus títulos universitarios, por su habilidad en los negocios, por el cargo que tienen, por su facilidad de palabra para agredir e insultar, por sus influencias y por su amistad con personas importantes. Hay quienes se sienten reyes porque abusan del poder que tienen, sea económico, político, cultural, partidista e incluso religioso. Resulta, hoy, paradójico que los cristianos nos gloriemos en proclamar Rey a quien muere en la debilidad aparente de la Cruz, que desde este momento se transforma en fuerza y poder salvador. Lo que era patíbulo e instrumento e muerte se convierte en triunfo y causa de vida.

El Reino nuevo de Cristo, que es necesario instaurar todos los días, revela la grandeza y el destino del hombre, que tiene final feliz en el paraíso. Es un Reino de misericordia para un mundo cada vez más inmisericorde, y de amor hacia todos los hombres por encima de ópticas particularistas. Es el Reino que merece la pena desear. Clavados en la cruz de la fidelidad al Evangelio se puede entender la libertad que brota del amor y se hace realidad "hoy mismo". Eso es lo desconcertante del cristianismo, imposible de aceptar sin la acción del Espíritu Santo. Sin embargo, en ese silencio del Padre, en esa obediencia sin límite del Hijo se revela al mundo que existe un Reino que no es de este mundo. En otras -y pocas palabras- en ese lugar amar, perdonar, hacerse pequeño y servir es el modo de reinar ■

[1] Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.
[2] Cfr Col 1,16.
[3] Cfr http://www.thedoorpost.com/hope/film/?film=4dd298f102c77b625cf37a9e7744ac68
Ilustración: Pantocrator en la dovela clave de bóveda en la nave central de la Catedral de Barcelona (España).

VISUAL THEOLOGY

Stained-Glass Panel, ca. 1245–1248, France, Tours, Ambulatory of the Cathedral of Saint-GatienPot-metal glass and vitreous paint, 21 x 13 1/2 in. (53.3 x 34.3 cm), The Cloisters Collection, 1937 (37.173.3), Metropolitan Museum of Art (New York) ■ King Louis IX of France (r. 1226–70), later Saint Louis, undertook two crusades to the Holy Land. He acquired relics of Christ's passion from his cousin, the Latin emperor of Constantinople Baldwin II, most notably a piece of the True Cross and also the Crown of Thorns. He brought these relics to Paris and installed them in the Sainte-Chapelle, a church that he had built to house them. According to a contemporary chronicle, on the way to Paris Louis stopped at Sens, where the Crown of Thorns was placed in the cathedral overnight. This panel shows Louis at Sens with his brother and some courtiers. Clad in simple clothes, the crowned King Louis carries the extraordinary relic atop a chalice.
Father, all-powerful and ever-living God,
we do well always and everywhere to give You thanks.

You anointed Jesus Christ, Your only Son,
with the oil of gladness,
as the eternal priest and universal king.
As priest He offered His life on the altar of the cross
and redeemed the human race by this one perfect sacrifice of peace.
As king He claims dominion over all creation,
that He may present to You, His almighty Father,
an eternal and universal kingdom:
a kingdom of truth and life,
a kingdom of holiness and grace,
a kingdom of justice, love, and peace.

And so, with allt he choirs of angels in heaven
we proclaim Your glory and join in their unending hymn of praise:

Holy, holy, holy Lord,
God of power and might,
heaven and earth are full of your glory.
Hosanna in the highest.
Blessed is He who comes in the name of the Lord.
Hosanna in the highest ■
PREFACE OF CHRIST THE KING

Our Lord Jesus Christ, Universal King

Today we celebrate the Solemnity of Christ the King, the conclusion of the liturgical year[1].

The second reading comes from the introduction of the book of Revelation[2]; St. John offers grace and peace from God who is, who was and who is to come, and then he exclaims that this grace and peace also comes from Jesus Christ, who is the Ruler of all the Kings of the earth. He is the one who loves us, who has taken away our sins with His blood and who has made us a royal house of priests.

Wow! Such a beautiful paragraph! Those phrases are packed with meaning and application for us. First of all, Jesus is the Faithful Witness. As you remember, He stood before the Jewish Sanhedrin and proclaimed that He was the Messiah. He stood before the Roman authority, Pontius Pilate, and proclaimed the Truth that He, Jesus, was the King. The book of Revelation was written to encourage the Christians of the ancient Roman Empire to stand up in front of persecution and give witness to Jesus Christ even if they are putting their lives in danger. Also it was written to encourage us to stand for the truth, even when the truth not popular or is scorned by the liberal members of our society, such as standing against abortion, against embryonic stem cell research, against human cloning, against redefining marriage eliminating gender[3].

And a spontaneous question arises: “But why should I suffer when everybody else is advancing by these normal business practices? This is the way of the world.” You are right, however, my brother, my sister the early witnesses were told in the book of Revelation and throughout the Christian writings that by patient endurance you will survive[4]. And we have the same invitation, the same call. It is infinitely better for us to suffer the injustice of the world than for us to reject our call to stand as witnesses of Jesus: He is our model, our guide and our strength.

My brother, my sister, our hope is in the gift that we have received through the death and resurrection of Jesus Christ. We live in this world but not for this world. We live for Jesus Christ. His Kingdom is not of this world, as He told Pilate[5] in today’s gospel.

And He has called us to be great with Him. He has made us royal, a royal house of priests. As you know a priest brings God to others and others to God. He is a bridge. So, we are given the ability to bring others to Him and to make His Presence a reality for others. We are priests. We share in His greatness. We share in His authority. We share in His kingship. This Christianity we profess is not just a membership in an organization or a social cub. As Christians we share in the life, the authority and the mission of the King of Kings. We have meaning, and purpose and beauty in our lives because Jesus is our reason for being whom we are, His people.

And He calls us to commitment. Now! He calls us to be committed to His Kingdom, to his church, to his parishes, to his service. He calls us to be committed to Him, the Alpha and the Omega, the Lord God who is, who was and who is to come, the Almighty, the King of Kings.

In the last Sunday of the Ordinary Time let us assess our beliefs: Are they in harmony with the teachings of Jesus? Are they based on sound Catholic doctrine that has been handed down by apostolic succession? Are they based on Biblical truths? Are we wholeheartedly partaking in the spiritual Kingdom of God on earth? Are we accepting with inner joy and peace that Christ the King is presently ruling over us? Or are we looking for a false Christ and a false Kingdom?

As living stones, we must support one another, correct one another if we err from the truth, and be united in one Lord, one truth, one baptism, one Christ, one Spirit and one Holy Catholic Church ■

[1] Sunday 22nd November, 2009, Our Lord Jesus Christ, Universal King. Readings: Daniel 7:13-14. The Lord is king; he is robed in majesty—Ps 92(93):1-2, 5.Apocalypse 1:5-8. John 18:33-37 [St Cecilia].
[2] The Book of Revelation, also called the Revelation of St. John, the Apocalypse of John, and the Revelation of Jesus Christ, is the last book of the New Testament. It may be shortened to Revelation, although is often mispronounced as Revelations. It is the only book in the Canon that is wholly composed of apocalyptic literature.
[3] Cfr http://www.usccb.org/comm/archives/2009/09-229.shtml
[4] John 16:1-4
[5] Id 18: 33b-37
Ilustration: GRÜNEWALD, Matthias Grünewald, The Mocking of Christ (detail), 1503, Oil on pine panel, Alte Pinakothek (Munich)

Tú, Señor, que asumiste la existencia,
la lucha y el dolor que el hombre vive,
no dejes sin la luz de tu presencia
la noche de la muerte que lo aflige.

Te rebajaste, Cristo, hasta la muerte,
y una muerte de cruz, por amor nuestro;
así te exaltó el Padre, al acogerte,
sobre todo poder de tierra y cielo.

Para ascender después gloriosamente,
bajaste sepultado a los abismos;
fue el amor del Señor omnipotente
más fuerte que la muerte y que su sino.

Primicia de los muertos, tu victoria
es la fe y la esperanza del creyente,
el secreto final de nuestra historia,
abierta a nueva vida para siempre.

Cuando la noche llegue y sea el día
de pasar de este mundo a nuestro Padre,
concédenos la paz y la alegría
de un encuentro feliz que nunca acabe. Amén ■

Liturgia de las Horas.Oficio de Difuntos.

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario

SOBRE EL SOSIEGO Y LA QUIETUD DEL ESPIRITU

II

NECESIDAD DE ADIESTRAMIENTO.


Todo este proceso de sosiego y serenidad, impulsado en nosotros por el Espíritu, necesita de nuestra colaboración. Hace falta todo un nuevo estilo de ascesis[1] que deje crecer en nosotros la armonía y la unidad a la que estamos llamados; llamada en medio del ambiente consumista y burgués en el que nos toca vivir. Es necesaria una disciplina personal, comunitaria y ambiental. El Evangelio lo de deja claro: Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas las demás cosas se os darán por añadidura. No os preocupéis del mañana; el mañana se preocupar de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propia dificultad[2]. El que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo[3].

Necesitamos, incluso algún método que nos acompañe durante esta peregrinación hacia el sosiego del corazón, al menos durante las primeras etapas. Las diversas generaciones creyentes han ido ejercitando en su época el método popular adecuado que conducía al sosiego y la serenidad del espíritu. Hoy también se nos ofrecen viejos y nuevos métodos para el silencio del ser. Cada uno ha de encontrar el que más le ayude. Urge, también, encontrar el espacio de soledad y el ambiente de silencio que cada uno necesita para crecer. Jesús armonizaba soledad y servicio. A veces de noche, otras de madrugada. A veces de camino a la montaña, otras internándose en el mar o en el huerto de un amigo. Otras veces en los pequeños momentos de oración que cada día realizaba como buen israelita, otras tantas [veces] en la fidelidad a los momentos semanales en la sinagoga o durante las grandes fiestas, cuando subía a Jerusalén.

Así, la soledad es imprescindible en dimensiones diversas y en equilibrio con la actividad y el tiempo dedicado a las relaciones fraternales. Cada uno según su modo de ser y las circunstancias en las que debe vivir, debe encontrar la medida de soledad que necesita para responder a las exigencias que Dios pone en su corazón.

ASI ENTRARAS EN LA QUIETUD DE ESPIRITU.

El sosiego y la serenidad de toda la persona van introduciéndonos en una activa quietud que en su momento va siendo madurada por el don de la quietud del Espíritu. La verdadera quietud es intensidad de amor. Es poner en dirección de Dios todas las fuerzas, todas las capacidades, todo el corazón. Es amar si medida a quien nos ama desmesuradamente. La quietud es como un enraizamiento en Dios; es tenerlo a Él como la única tierra en que hemos sido plantados, en la que crecemos y desde la que damos flor y fruto. Y va haciéndose en nosotros en la medida en que estamos cautivados por el único necesario: Marta, Marta, aún estás atrapada por muchas preocupaciones y no te das cuenta que sólo una es necesaria. María la ha encontrado y por eso, su quietud y su enraizamiento en la tierra auténtica[4].

Esta quietud es contemplación. Así la define San Juan de la Cruz: «la atención amorosa a Dios en paz interior y quietud y descanso»[5]. Y también: «Es una quietud amorosa y sustancial»[6]. Y en el mismo capítulo: «Poniéndose la persona delante de Dios, se pone en acto de noticia confusa, pacífica, amorosa y sosegada, en que está la persona bebiendo sabiduría, amor y sabor»[7].

La quietud es la paz de Dios que exulta en el fondo del corazón. La quietud no es inactividad. Los místicos han actuado, han hecho lo que tenían que hacer, pero desde ese núcleo sagrado y quieto de quien sólo busca la honra y gloria de Dios. La quietud tampoco es ausencia de sufrimientos: no hay verdadera quietud, sin buena cruz. Pero se puede sufrir mucho y crecer en la quietud.

Cuando este don de la quietud va asentándose en la persona de Dios, este mismo don va siendo el único Maestro, el guía espiritual del ser humano. Ya no necesita otros medios y maestros que le conduzcan en su clara oscuridad.

En soledad vivía
y en soledad ha puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido
[8].

Es la sabiduría de Dios, la única sabiduría del que vive en esta quietud: «Sabiduría de Dios, secreta o escondida, en la cual, sin ruido de palabras y sin ayuda de algún sentido corporal ni espiritual, como en silencio y quietud, a oscuras de todo lo sensitivo y natural, ensaña Dios ocultísima y secretísimamente a la persona sin ella saber cómo; lo cual algunos llaman "entender no entendiendo»[9].

Aventura maravillosa la que hemos descrito en estas pocas líneas. Aventura esencial que va a lograr en nosotros la integración de toda nuestra persona, la fecundidad en su quehacer y el crecer sin cesar en esa tierra del único Dios.

Mi amado, las montañas,
los valles solitarios, nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos;
la noche sosegada,
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora
[10]

[1] Ejercicio del espíritu (N. del E.)
[2] Mt 6,33-34
[3] Lc 14,33; "Venid a un lugar solitario para descansar un poco" (Mc 6,31). "Si alguno quiere seguir conmigo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderé pero quien pierda su vida por mí la encontrar " (Mt 16, 24-25).
[4] Lc 10, 41-42.
[5] 2S. 13,4
[6] 2S. 14,4
[7] 2S. 14, 2.
[8] Canción 35
[9] Canción 39,12
[10] S. Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, 14,15

VISUAL THEOLOGY

Funeral Procession in an Initial R, second half of 15th century Leaf from a gradual Mariano del Buono (Italian, Florentine, 1433–1504)Italian (Florence) Tempera, gold, and ink on parchment 28 1/8 x 20 1/8 in. (71.5 x 51 cm) Metropolitan Museum of Art (New York) ■ This illumination offers a glimpse of life and death among wealthy citizens of Florence. The funeral procession is a lavish affair, with the deceased resting on a bier covered with expensive silk and the mourners attired in brightly colored costumes.
Each one of us has some kind of vocation. We are all called by God to share in His life and in His Kingdom. Each one of us is called to a special place in the Kingdom. If we find that place we will be happy. If we do not find it, we can never be completely happy. For each one of us, there is only one thing necessary: to fulfill our own destiny, according to God's will, to be what God wants us to be ■ Thomas Merton, No Man is an Island.

Thirty-third Sunday in Ordinary Time

We are very closed to the end of the liturgical year and today’s readings are full of darkness and doom. The first reading from the Book of Daniel talks about the end of time being a time of stress where some who die shall be in everlasting horror and disgrace, and the Gospel reading presents the end of time as being the day of tribulations, when the earth will shake and even the stars will fall out of the sky. Scary stuff, these ends of the world readings. But are they?[1]

Not realty. Let us back to the first reading: Daniel prophesies that many will live forever. The wise will shine brightly like the splendor of the firmament and those who lead the many to justice will be like the stars forever. And in Mark gospel Jesus ads, the elect will be gathered from the four winds, from the end of the earth to the end of the sky.

The early Christians did not look at the Second Coming and end of time with terror. Instead they saw it as a time when the Lord would return to his people and correct the injustices and the horrible crimes of the world. Therefore, the Christians prayed Come, Lord Jesus, come and recreate your world into your image.

The world has not changed all that much in its barbarity. People are still killed for whom they are. We are still receiving accounts of genocide throughout the world. Here, in our country, good people are criticized when they refuse to join immoral attitudes. To become a federal judge in this country, a person has to be in favor of gay marriage and abortion, among the other darling positions of the extreme liberals. People who hold their convictions firmly to themselves are still persecuted and criticized.

I tell you: the world has not changed all that much. And yet, it has, I mean the major change in the world is that with the Lord and our Catholic Faith and the teachings of the Church there is hope. There is hope that war will not have the last word. There is hope that hunger will become a bad memory. There is hope that racism will not for ever. There is hope that oppression will not have the last word. There is hope that those who do evil will not prevail: evil is not part of God’s plan.

The visions we heard today rely on us to take a role in the conquest of the Kingdom. My brother, my sister: we are assured that if we take up the battle of good against evil, good will prevails and we will join in the triumph of God’s forces. What are you doing to prevent the presence of the evil in your family, in your office, in your neighborhood?

Listen to the then section of the Gospel: Then you will see the Son of Man coming on the clouds with great power and glory. That’s the Good New, the Gospel. We will see triumph of goodness and be present as the Lord gathers his own to himself.

Believing in the Lord and hoping in this promise, we turn our attention to the work at hand: preaching the Gospel through our words and deeds, even to those in darkness. Even when we feel ourselves surrounded by darkness. Still, we proclaim the Gospel, for we believe that light is coming. We do not know when. We do not know where. But we do know the He, the Lord of Light is coming. And so we continue to pray in the prayer He taught us, Thy kingdom come. Thy will be done, on earth as it is in heaven ■

[1] Sunday 15th November, 2009, 33rd Sunday in Ordinary Time. Readings: Daniel 12:1-3. Keep me safe, O God; you are my hope— Ps 15(16):5, 8-11.Hebrews 10:11-14, 18. Mark 13:24-32 [St Albert the Great].
Ilustration: Rafaello Sanzio, The Vision of Ezekiel (1518), Oil on wood (40 x 30 cm), Galleria Palatina (Palazzo Pitti), Florence.
Dies iræ, dies illa,
Solvet sæclum in favilla,
Teste David cum Sibylla!
Quantus tremor est futurus,
quando judex est venturus,
cuncta stricte discussurus !
Tuba mirum spargens sonum
per sepulcra regionum,
coget omnes ante thronum.
Mors stupebit et Natura,
cum resurget creatura,
judicanti responsura.
Liber scriptus proferetur,
in quo totum continetur,
unde Mundus judicetur.
Judex ergo cum sedebit,
quidquid latet apparebit,
nil inultum remanebit.
Quid sum miser tunc dicturus?
Quem patronum rogaturus,
cum vix justus sit securus ?
Rex tremendæ majestatis,
qui salvandos salvas gratis,
salva me, fons pietatis.
Recordare, Jesu pie,
quod sum causa tuæ viæ ;
ne me perdas illa die.
Quærens me, sedisti lassus,
redemisti crucem passus,
tantus labor non sit cassus.
Juste Judex ultionis,
donum fac remissionis
ante diem rationis.
Ingemisco, tamquam reus,
culpa rubet vultus meus,
supplicanti parce Deus.
Qui Mariam absolvisti,
et latronem exaudisti,
mihi quoque spem dedisti.
Preces meæ non sunt dignæ,
sed tu bonus fac benigne,
ne perenni cremer igne.
Inter oves locum præsta,
et ab hædis me sequestra,
statuens in parte dextra.
Confutatis maledictis,
flammis acribus addictis,
voca me cum benedictis.
Oro supplex et acclinis,
cor contritum quasi cinis,
gere curam mei finis.
Lacrimosa dies illa,
qua resurget ex favilla
judicandus homo reus.
Huic ergo parce, Deus.
Pie Jesu Domine,
dona eis requiem. Amen. ■ W.A. Mozart

Día de la ira, aquel día
en que los siglos se reduzcan a cenizas;
como testigos el rey David y la Sibila.
¡Cuánto terror habrá en el futuro
cuando el juez haya de venir
a juzgar todo estrictamente!
La trompeta, esparciendo un sonido admirable
por los sepulcros de todos los reinos
reunirá a todos ante el trono.
La muerte y la Naturaleza se asombrarán,
cuando resucite la criatura
para que responda ante su juez.
Aparecerá el libro escrito
en que se contiene todo
y con el que se juzgará al mundo.
Así, cuando el juez se siente
lo escondido se mostrará
y no habrá nada sin castigo.
¿Qué diré yo entonces, pobre de mí?
¿A qué protector rogaré
cuando ni los justos estén seguros?
Rey de tremenda majestad
tú que, al salvar, lo haces gratuitamente,
sálvame, fuente de piedad.
Acuérdate, piadoso Jesús
de que soy la causa de tu calvario;
no me pierdas en este día.
Buscándome, te sentaste agotado
me redimiste sufriendo en la cruz
no sean vanos tantos trabajos.
Justo juez de venganza
concédeme el regalo del perdón
antes del día del juicio.
Grito, como un reo;
la culpa enrojece mi rostro.
Perdona, señor, a este suplicante.
Tú, que absolviste a Magdalena
y escuchaste la súplica del ladrón,
me diste a mí también esperanza.
Mis plegarias no son dignas,
pero tú, al ser bueno, actúa con bondad
para que no arda en el fuego eterno.
Colócame entre tu rebaño
y sepárame de los machos cabríos
situándome a tu derecha.
Tras confundir a los malditos
arrojados a las llamas voraces
hazme llamar entre los benditos.
Te lo ruego, suplicante y de rodillas,
el corazón acongojado, casi hecho cenizas:
hazte cargo de mi destino.
Día de lágrimas será aquel renombrado
en que resucitará, del polvo
para el juicio, el hombre culpable.
A ese, pues, perdónalo, oh Dios.
Señor de piedad, Jesús,
concédeles el descanso. Amén ■ W.A. Mozart

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario


SOBRE EL SOSIEGO Y LA QUIETUD DEL ESPIRITU

I
.

Hace muchos siglos los Padres del desierto[1] vivían conducidos por este principio de sabiduría: Fuge, tace, quiesce[2]. Desde la perspectiva de quiénes estamos invitados vivir la contemplación en medio de la vida diaria creo que podríamos hacer esta traducción de aquel sabio principio: Huye de la dispersión, de la superficialidad, sosiégate, serénate, y serás conducido a la quietud del Espíritu.

Para que el agua del Espíritu que mana dentro de nosotros pueda inundarnos e inundar todo lo que tocamos, necesitamos tener una actitud de sosiego, de serenidad y de quietud, en medio del mundo de relaciones y de acontecimientos en los que vivimos. No es fácil, pero es posible y es imprescindible; si queremos dejar al Espíritu del Padre hacer su obra en nosotros.

HUYE DE LA DISPERSION, DE LA SUPERFICIALIDAD.

Los adelantos que la civilización actual ofrece al hombre, entrañan una gran dificultad para vivir desde dentro y en reposo profundo. Hoy por hoy hay más posibilidades de moverse; existe un diluvio de información y a través de los medios de comunicación recibimos estímulos de todo tipo. En una sociedad rica, pluralista y libre, nuevas comodidades y objetos de todo tipo nos rodean, y así el uso indiscriminado de estas realidades nos convierte en personas llenas de estrés; dispersas, nerviosas; seres humanos que viven fuera de sí, en busca siempre de la última novedad; personas poco dadas al silencio que no viven el presente; seres humanos evadidos y sin armonía.

En su obra El arte de amar, Erich Fromm escribe: «Nuestra cultura lleva a una forma difusa y descentrada, que casi no registra paralelo en la historia. Se hacen muchas cosas a la vez... Somos consumidores con la boca siempre abierta, ansiosos y dispuestos a tragarlo todo... Esta falta de concentración se manifiesta claramente en nuestra dificultad para estar a solas con nosotros mismos»[3].

Hemos de ser conscientes de esta situación quienes queremos dejarnos conducir por el Espíritu hacia el estado del hombre adulto, a la madurez de la plenitud de Cristo[4]. Solo así superaremos la ambivalencia de la realidad actual en la que estamos viviendo.

ES NECESARIO VIVIR DESDE LA PROFUNDIDAD.

No podremos alcanzar la contemplación si vivimos siempre una forma de vida sumida en la superficialidad. Es necesario hacer descender al fondo de las cosas, vivir desde lo hondo de nosotros, desde dentro, desde "la sustancia del alma". La vida del Espíritu es una sorprendente revelación de nuestra realidad fundamental y del Dios que vive en lo profundo de nosotros. Porque donde está tu tesoro, ahí está tu corazón[5]. Esto exige del creyente vivir desde su realidad esencial.

Viviendo desde la profundidad, nuestra personalidad se armoniza y cada pieza de nuestro rompecabezas se va colocando en su sitio y aflorando nuestro rostro original. Viviendo en ella –en nuestra profundidad- nos relacionamos con las personas desde una actitud de veracidad. Es mi yo verdadero quien sale a acoger al otro con quien me relaciono. Es desde la profundidad que puedo percibir los acontecimientos de manera objetiva y puedo implicarme y comprometerme con ellos en lo que desde mi verdadera realidad puede aportar.

Es desde la realidad de mi profundidad como me puedo dar cuenta de las ataduras y las distorsiones que desde mi falso yo proyecto sobre todo lo que me rodea; como sitúo bien las tormentas de la superficie. Sólo desde la profundidad puedo reconocer, adorar y vivir en comunión con Aquel que Es[6].

SOSIÉGATE, SERÉNATE.

Para poder vivir desde la profundidad es necesario no sólo serenar la superficie, sino hacer todo un camino de sosiego que nos introduzca en la quietud del Espíritu.

Hemos de comenzar por cuidar el lugar donde vivimos. Muchos de los ruidos y de las tensiones que nos rodean son controlables. En casa, en el trabajo, en la vida de relaciones es posible disminuir el ruido para poder construir un ambiente sereno relajado, acogedor. Una habitación ordenada, una flor, el modo de caminar, la manera de relacionarse con los demás, un tono de música apropiada, la austeridad en los muebles y la decoración…son todos medios eficaces para vivir en un ambiente de paz, serenidad y sosiego. Todos tenemos la experiencia de lugares que sólo entrar en ellos nos sosiegan y nos sitúan dentro de nosotros.

El siguiente paso es la paz interior. Soltar las tensiones musculares innecesarias, lograr un tono de relajación corporal que mantenga nuestro cuerpo en armonía. Hay que revisar nuestras costumbres en la comida, equilibrar más la tensión y el descanso, hacer un pequeño tiempo diario de ejercicio corporal...

El cuerpo es la cara del espíritu, es la expresión sensible de la trascendencia, es el templo de la divinidad... y debemos ayudarle para que pueda transparentarla[7]. Esta es la armonía de todas nuestras dificultades, consecuencia de ser señores de nosotros mismos, de nuestro ser; de vivir conscientemente cada una de nuestras actividades; de estar aquí y ahora con aquellas dimensiones del ser que ahora necesitamos ejercitar. La serenidad es el fruto de una adecuación del adentro con el afuera, en todo momento.

La serenidad será posible en la medida en que el universo interior vaya estando tomando claridad. Miedos, ansiedades, conflictos internos, influjos sutiles... todo debe irse limpiando con la luz, la fuerza y la inteligencia del Espíritu de Dios[8].

San Juan de la Cruz nos dirá que para que «el entendimiento esté dispuesto para la divina unión ha de quedar limpio del todo. Un entendimiento íntimamente sosegado y acallado, puesto en fe»[9].

Así llegamos al gran sosiego, a la serenidad fundamental: la serenidad del corazón. Es el silencio de las raíces del ser, de donde nace el desorden radical: Lo que sale del corazón del hombre es lo que contamina al hombre. Porque de dentro del corazón de los hombres salen las intenciones malas[10]. Cierto autor ha llegado a afirmar que el silencio profundo es "la ausencia de egoísmo"[11].

La persona sosegada es aquélla que vive en la paz del corazón, la que logra dominar los apetitos, la que ha logrado salir de sí para vivir en el amor al Otro y a los otros; es la persona libre que tiene todo bajo sus pies, es el indiferente positivo de San Ignacio: «Igual muerte que vida, salud que enfermedad, riqueza que pobreza...», es aquél que ve todo desde el querer de Dios: es el pobre de corazón. «En esta desnudez halla la persona espiritual su quietud y descanso, porque, no codiciando nada, nada le fatiga hacia arriba y nada le oprime hacia abajo, porque está en el centro de su humildad»[12].

Es este silencio del corazón el que nos capacita para ver a Dios. Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. Y nos capacita para ver al hermano desde la verdad, para acogerlo en su realidad, sin proyectar sobre él nuestras ilusiones o nuestras frustraciones o nuestras tentaciones de dominio. Este sosiego y ésta paz del corazón nos da la capacidad que necesitamos para amar, convirtiendo el nuestro en un amor adulto, en un amor, digamos, teologal. Un amor que nos hace salir de nosotros mismos, nos vuelve maduros y hace crecer el Reino de Dios en la vida ordinaria, la de todos los días ■

[1] Con la denominación Padres del desierto, Padres del yermo o Padres de la Tebaida se conoce, dentro del Cristianismo, a los monjes, eremitas y anacoretas que en el siglo IV tras la paz constantiniana abandonaron las ciudades del Imperio Romano (y otras regiones vecinas) para ir a vivir en las soledades de los desiertos de Siria y Egipto (famosa se hizo la Tebaida por tal fenómeno).El primero, entre los conocidos, de tales anacoretas fue el egipcio Antonio Abad. En Siria hubo otros, como Simón el estilita. En la ascesis solitaria tales padres (en arameo sing.: abba) y madres (amma) buscaban lo que en griego se ha llamado hésykia, es decir una paz interior para posibilitar la re-unión o unión mística con Dios (N. del E.)
[2] Huye, calla y reposa (N. del E.)
[3] Erich Fromm (1900-1980) fue un destacado psicólogo social, psicoanalista, filósofo y humanista alemán.
[4] Cfr Ef 4,13
[5] Mt. 6, 19-23.
[6] Cfr Ex 3,13-14 (N. del E.)
[7] Cfr 1 Corintios 6, 19.
[8] Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento
.
(Himno Ven, Espíritu divino)
[9] 2S. 9,11. San Juan de la Cruz (1542–1591) fue un poeta místico y un religioso carmelita descalzo que junto con Santa Teresa llevó a cabo la reforma de la Orden Carmelita.
[10] Mc 7, 20-23.
[11] El autor se refiere a Anthony de Melo (N. del E).
[12] I S.13,13.

Ilustración: BOSCH, Hieronymus Bosch, San Jerónimo en oración, (1505), óleo sobre taba, (80,1 x 60,6 cm), Museum voor Schone Kunsten (Gante, Bélgica).

VISUAL THEOLOGY

Fragment of a Sarcophagus, (700s?), Frankish; From the Monastery of Saint-Guilhem-le-Désert, southwestern FranceStone, 29 1/4 x 16 1/2 in. (74.3 x 41.9 cm), The Cloisters Collection, Metropolitan Museum of Art (New York) ■ The monogram of Christ along with the alpha and omega, referring to Christ as the beginning and end of all things, were common motifs on Christian tombstones. This piece, like several others from the region, oddly displays the alpha and omega upside down, probably a mistake on the part of the non-Greek-speaking sculptor.
How beautiful and consoling is the communion of saints! It is a reality that infuses a different dimension to our whole life. We are never alone! We form part of a spiritual "company" in which profound solidarity reigns: the good of each one is for the benefit of all and, vice versa, the common happiness is radiated in each one. It is a mystery that, in a certain measure, we can already experience in this world, in the family, in friendship, especially in the spiritual community of the Church. May Mary Most Holy help us to walk swiftly on the way of sanctity and show herself a Mother of mercy for the souls of the deceased ■ address of His Holiness Benedict XVI gave Sunday before and after praying the midday Angelus with the faithful gathered in St. Peter's Square.

Thirty-second Sunday in Ordinary Time

In the first reading today and in the Gospel reading we meet two widows who are very similar. Both are common, hard working women. Both are poor. Both put their trust in God rather than in things, and the most important, both are rewarded for their faith[1].

What these two widows did is extremely difficult for all of us, I mean, there is something within us all that looks for solutions to our problems outside of the realm of faith. Perhaps as rugged individualists we think that we can solve our own problems, conquer all obstacles ourselves…

I know you will agree that the great fallacy of our age is that money can solve our problems. It is the job of advertisers to convince us that we can buy happiness. It is not true. St. Agustin states in a beautiful phrase: You have made us for yourself, O Lord, and our heart is restless until it rests in you
[2]
The fact is that among those who have been blessed with material success the happiest are those who have no qualms about sharing their wealth.

The radical message of today's readings is that we must place our confidence in God rather than in our material possessions. It is easy to understand but hard to live. This is difficult for us to do because it demands our practicing the forgotten virtue of humility. Humility? Yes, humility: only a humble person recognizes where he or she stands before God. Only a humble person recognizes his or her profound need for God. Only a humble person is certain that the presence of God in his or her life is fundamental to happiness.

The two widows gave from their substance, they put their trust in God shouting with their actions that his presence in their lives was infinitely more important than anything they owned, even more important than everything they owned. They give us the example of ideal Christians, humbly trusting in God to care for them.

Perhaps, some day, you and I will have the profound faith to trust in God as these two widows trusted in God. But, then again, that is one of the reasons why we go to Church, isn't it? We worship God to pray for faith.

The invitation for this week is very simple: let us reflect upon our commitment as members of the Church. Let us assess if we are among the blessed that persevere in their living faith and if we place our trust in the Lord at all time.

Let us embrace the grace of God and the purifying power of the Holy Spirit so we may become Christlike to qualify as children of God ■

[1] Sunday 8th November, 2009, 32nd Sunday in Ordinary Time. Readings:1 Kings 17:10-16. Praise the Lord, my soul!—Ps 145(146):7-10. Hebrews 9:24-28. Mark 12:38-44.
[2] Confessions, Lib 1,1-2,2.5,5: CSEL 33, 1-5

Ilustration: The Widow's mite, H. van Rijn Rembrandt, C. 1650-55, British Museum, London.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris