En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
sali sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.

A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!, a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veia,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guia
sino la que en el corazon ardia.

Aquesta me guiaba
mas cierto que la luz de mediodia,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabia,
en parte donde nadie parecia.

¡Oh noche que guiaste!
¡oh noche amable mas que el alborada!
¡oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!

En mi pecho florido,
que entero para el solo se guardaba,
alli quedo dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.

El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcia,
con su mano serena
en mi cuello heria
y todos mis sentidos suspendia.

Quedeme y olvideme,
el rostro recline sobre el Amado,
ceso todo y dejeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado ■

Canciones del Alma,

San Juan de la Cruz (1542-1591)

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

El asunto no es nuevo, y los fariseos –personajes que aparecen en el evangelio capaces de poner nervioso al más templado- son los encargados de traerlo delante del Maestro: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?-preguntan[1]. No sé si los demás lo harán –pienso que sí- pero yo me hago muchas veces la misma pregunta, quizá porque soy un poco fariseo[2]. Obedezco a mi madre la Iglesia –Mater et Magistra- en todo lo que me enseña –y me pide que transmita- en torno a la indisolubilidad y al matrimonio como sacramento[3], sin embargo me pregunto, respetuosamente, si no estaremos dejando de decir cosas esenciales a quienes empiezan la aventura de la vida matrimonial, si no nos estaremos quedando ¡como tantas veces! en la superficie de las cosas durante ése tiempo de preparación que precede al matrimonio. Aunque ciertamente son infinitamente mas los matrimonios que permanecen fieles y unidos, no es bueno cerrar los ojos al hecho de que el divorcio es una realidad en las sociedades en que vivimos, que se ha vuelto la primera opción -¿la más fácil?- cuando las cosas comienzan a ser difíciles. ¿Dónde está el origen del mal? ¿En la falta de compromiso? ¿En el descuido mismo del vínculo conyugal? ¿En el tedio y el aburrimiento que van invadiéndolo todo? Dice mi buen amigo Suso que el amor perfecto se reconoce en dos signos: el primero es la necesidad de una fusión, de una unidad absoluta (y morirme contigo, si te matas, y matarme contigo si te mueres...[4]), es decir, el rechazo de la dualidad que lo queramos o no todos llevamos como tatuado en la conciencia. El segundo [signo] es el respeto de la personalidad, de la libertad, del otro. Y sin embargo esto es una contradicción: significa la aceptación de la dualidad del otro. Y los celos no son más que una aspiración impura y desviada de esa unidad... ¿de qué sirve anhelar la unidad si no se permite a cada uno de los amantes expandirse en su línea propia, en lo que le hace distinto y original? Esta contradicción es imposible de resolver en el plano humano. En cuanto nos inclinamos hacia una cualquiera de las dos opciones el amor se degrada o se desaparece: la sed de unión se convierte en tiranía, y el respeto al otro termina en indiferencia. Es necesario buscar esa unidad y ese respeto lejos de lo meramente humano. Fuera de estos límites. No hay amor humano auténtico sin un germen auténtico de santidad. Sí, santidad: disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, y confiados -aun con nuestro cuerpo- en su bondad paternal; deseo sincero de ofrecerle algo a Alguien. En otras palabras: todo lo que se llama amor y no tiene a Dios como centro y meta (llámesele trascendencia si se quiere) que nos eleva de los límites, al final, no es más que tiranía o esclavitud, comercio o costumbre...con su ingrediente de mentira para simular su sabor a nada. ¿Quién dijo eso de que su amor era su costumbre? No sé si es el momento –me parece que sí- de empezar a decirles a los más jóvenes aquello mismo que comentaba el otro día mi amigo Beades cuando citaba a Ernst Jünger[5]: Los cuerpos son cálices. Cierto. Muy cierto ¡pero qué difícil! No me queda mas que recordar unas palabras de Italo Manzini en uno de sus últimos libros, Tornito i volti (El regreso de los rostros), casi un testamento: «Nuestro mundo, para vivirlo, amar, santificarnos, no nos viene dado por una neutra teoría del ser, no nos viene dado por los eventos de la historia o por los fenómenos de la Naturaleza; nos viene dado por la existencia de esos inauditos centros de alteridad que son los rostros, rostros para mirar, para respetar, para acariciar»[6]
[1] Cfr Mc 10, 2-16.
[2] Aprovechando que no leeremos éstas líneas desde el ambón, voy a poner por escrito lo que pienso.
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1601-1658.
[4] La estrofa completa –sí- dice así:
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
[5] Ernst Jünger (1895-1998) fue un escritor, filósofo, novelista e historiador alemán.
[6] Citado por Humberto Eco en ¿En qué creen los que no creen? Un diálogo sobre la ética, Atlántide, 1996,
p. 48
Ilustración: Jan van Eyck, El Matrimonio Arnolfini (detalle), 1434, óleo sobre madera, National Gallery (Londres)
Children truly are the family's greatest treasure and most precious good. Consequently, everyone must be helped to become aware of the intrinsic evil of the crime of abortion. In attacking human life in its very first stages, it is also an aggression against society itself. Politicians and legislators, therefore, as servants of the common good, are duty bound to defend the fundamental right to life, the fruit of God's love.4 ■ Pope Benedict XVI, Address at a Meeting on Family and Life Issues in Latin America (December 3, 2005),

VISUAL THEOLOGY

Crozier with Serpent Devouring a Flower, ca. 1200–1220, French, made in Limoges Gilded copper; champlevé enamel; glass cabochons H. 9 1/8 in. (23.2 cm)Gift of J. Pierpont Morgan, 1917 (17.190.833) ■ As early as the sixth century, the pastoral staff, or crozier, conveyed the authority of a bishop, abbot, or abbess. The volute of this elegant example is in the form of a serpent grasping an enameled flower in its mouth. The volute's imagery resembles that found on other enamel croziers from Limoges. It alludes to the rod of Moses that, in the presence of Pharaoh, miraculously turned into a serpent at the command of God, and to the flowering rod of Aaron, symbol of his election to the priesthood by God (Exod. 7:9–12; Num. 17:6–8).

Twenty-seven Sunday Sunday in Ordinary Time & Pro-Liife Sunday (USA)

What does being a Christian mean in terms of daily behavior? If someone comes up to you and slaps you on the face, is that person acting like a Christian? Certainly we would say "no". Yet, while it is so clear that you can't be a good Christian by slapping people, some people say that you can destroy a baby within his/her mother's womb by abortion and still be a good Christian. Something is deeply wrong with this way of thinking. How can killing be OK but slapping in the face be wrong? To be Christian means to stand on the side of life. It means that we oppose the killing of the innocent at all times. It means that we respect human life at all its stages and in all its conditions[1].

There are many assaults on human life in our society. In large measure, however, people have recourse to the law to protect their rights and receive compensation for damages. There is an entire class of people, however, who are assaulted daily and have absolutely NO recourse to the law at all. In fact, the law doesn't even recognize them as persons. We are referring, of course, to the pre-born boys and girls in their mothers' wombs. They have nobody to speak up for them....nobody, that is, except us. Are we Christian enough to recognize their needs and to speak up on their behalf?

Brothers and sisters, we ARE there! It is not just the life of one, but of millions, that are at stake. Our pre-born brothers and sisters are destroyed by abortion at the rate of 4400 a day in this country. Where is the outcry? Who will speak for these little ones who cannot speak or write or vote or protest or even pray![2].

Don't let anyone tell you these children are not human. They are human from the moment of conception. That is not an opinion, that's a fact. It can be verified in any embryology textbook. Whether someone is human or not is not a matter of preference or belief, but of fact. If these babies continue to be destroyed and we continue to be silent, we are betraying our Christian Faith and our humanity! Furthermore, we betray the mothers of these children, because abortion harms women, physically, emotionally, psychologically, socially, and spiritually! To be pro-life is to be pro-woman! To save the child is to save the mother as well!

So do not be afraid to speak up for life! Do not be afraid to speak up against abortion! Never think that you cannot change a person's view on this issue. The truth is that you can, and when it comes to abortion, to change a person's view may mean that you save another person's life![3]

Even if there is a person you feel you cannot change, speak up anyway! In this way at least you are being faithful to your respect for life! And speak up continuously! The importance of a matter is often measured by how much you speak about it. We must keep this issue before our eyes and the eyes of the public, whether by private conversations or statements at meetings. One way or another, let us speak up! Never let anyone say that you are talking about "the same old issue." Abortion today is not the same as abortion yesterday, because babies who died today never died before! Every abortion is a NEW tragedy and it demands a new response, a new voice of protest!

History will judge us on this issue. When future historians look back on the people of our day and on the incredible loss of some 30 million lives by abortion, what will their verdict be on us? What will they say about us? Will they call us cowards, who didn't speak up, or will they call us true Christians, who didn't keep silent?

Some people say, "Father, we who come to church don't need to hear this as much as the people OUT THERE". All right, then, GO TELL THEM! Let us love the babies, let us love the mothers, and let us love Christ, who calls both them and us to life[4]

[1] Twenty-seventh Sunday in Ordinary Time B.
[2] http://www.usccb.org/prolife/issues/abortion/index.shtml
[3] http://www.40daysforlife.com
[4] Cfr Fr. Frank A. Pavone, The Christian's Voice For Life, at http://www.priestsforlife.org
Este mundo del hombre, en que el se afana
tras la felicidad que tanto ansía,
tu lo vistes, Señor, de luz temprana
y de radiante sol al mediodía.

Así el poder de tu presencia encierra
el secreto más hondo de esta vida;
un nuevo cielo y una nueva tierra
colmarán nuestro anhelo sin medida.

Poderoso Señor de nuestra historia,
no tardes en venir gloriosamente;
tu luz resplandeciente y tu victoria
inunden nuestra vida eternamente.
Amén ■ de la Liturgia de las horas

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario

Para nadie resulta novedoso o sorprendente el afirmar que en el fondo de los diferentes problemas, el auténtico problema es el de la verdad: ¿Se puede conocer la verdad? O, ¿el problema de la verdad en el ámbito de la religión y de la fe es mera y simplemente inapropiado?, ¿Qué significa la fe, qué significa positivamente la religión, si no puede entrar en relación con la verdad? Quid es veritas, por decirlo en una sola pregunta, la misma que atraviesa toda la historia de la salvación[1].

A pesar de que Eldad y Maldad se habían quedado en el campamento, lejos de los setenta ancianos, el Espíritu de Dios también se posa sobre ellos y comienzan a profetizar[2]. ¿Significa esto que entre todos conocemos toda la verdad e incluso que aquellos que no profesan nuestra fe católica también se encuentran en posesión de la verdad?

Fuera del cristianismo la humanidad puede, sin duda, excepcionalmente, elevarse a ciertas alturas espirituales, y es un deber para nosotros, deber a menudo demasiado descuidado quizás, explorar esas alturas para alabar al Dios de las misericordias: la piedad cristiana hacia los que no profesan su fe, que no procede jamás del desprecio, puede nacer a veces de la admiración[3].

Se hace necesario, pues, tener claro que no todas las religiones son semejantes. «De hecho hay formas de religión degeneradas y morbosas, que no edifican al hombre, sino que lo alienan, —la crítica marxista de la religión no brotó sencillamente de la nada—. E incluso religiones a las que se debe reconocer grandeza moral y el empeño por hallarse en el camino hacia la verdad, pueden ser morbosas en algunos trechos de su camino.

»En el hinduismo (que propiamente es un nombre colectivo que agrupa gran variedad de religiones) hay elementos grandiosos, pero también hay aspectos negativos: su conexión con el sistema de castas; la cremación de las viudas, algo que se había establecido inicialmente a partir de ideas simbólicas; los abusos del saktismo[4], por referirnos tan sólo a unos cuantos ejemplos.

»Pero también el Islam, a pesar de sus grandezas, se halla en constante peligro de perder el equilibrio, de dar entrada a la violencia y de hacer que la religiosidad se desvíe hacia lo exterior y lo ritualista.

»Y, claro está, existen también, como todos sabemos perfectamente, formas morbosas de lo cristiano: por ejemplo, cuando los cruzados, al conquistar la ciudad santa de Jerusalén, en la que Cristo había muerto en favor de todos los hombres, realizaron, por su parte, un baño de sangre entre musulmanes y judíos. Esto significa que la religión exige diferenciación: diferenciación entre las formas de las religiones, y diferenciación en el interior de la religión misma, para apreciar cuál es su verdadera altura. Con la equiparación de los contenidos y con la idea de que todas las religiones son iguales en el fondo, no llegaremos muy lejos».

El texto es de Joseph Ratzinger, y se recoge en Fe, verdad y tolerancia[5].

Me quedo con la frase «la religión exige diferenciación: diferenciación entre las formas de las religiones, y diferenciación en el interior de la religión misma, para apreciar cuál es su verdadera altura».


Me pregunto cuántos estamos dispuestos a buscar de corazón, y en conciencia, «la diferenciación el interior de su religión». Dicho con otras palabras: hemos de saber diferenciar tonterías y nimiedades que llevamos en el interior de nuestra religión –debidas sin duda a ascéticas caducas que tienen más que ver con el momento histórico- del auténtico espíritu del Evangelio que nos hace libres y comprensivos y receptivos con todos los hombres. Nadie tiene el derecho de decir como Caín: ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? Nadie es cristiano para sí solo[6].

Hemos de evitar los excesos, como la afirmación –terrible- de Saint Cyran que decía que «no cae ni una sola gota de gracia sobre los paganos» y la actitud de los jansenistas[7] quienes «temían envilecer el don de Dios si lo prodigaban»[8].

Bien lo habían comprendido aquellas santas de la Edad Media que en tiempos en que la Cristiandad debía concentrarse periódicamente, replegarse por así decir sobre sí misma contra el empuje del Islam, contribuían a mantener vivo el puro ideal de la Catolicidad: Matilde de Magdeburgo[9] que quería tomar sobre sí los temores y esperanzas, dolores y alegrías de la humanidad entera, y componía una «oración universal por la salvación»; un poco más tarde Ángela de Foligno[10] que repetía en su plegaria «Que vuestro Amor abrace todas las naciones» o, cuando el gran Cisma, Catalina de Siena[11], que declaraba que su única preocupación era la salvación del mundo y, después de haber trabajado sin descanso por la paz y la unidad de los cristianos, ofrecía su vida «por el Cuerpo místico de la santa Iglesia». Esto era responder al deseo de Cristo. Era asociarse a la plegaria de aquellos sacerdotes y monjes que, en su Oficio de Maitines, símbolo de la sexta edad del mundo, soñaban en los innumerables pueblos destinados en ésta ultima edad a ser reunidos de todas las comarcas del universo, antes que la Iglesia entre finalmente en la paz[12]. Era hacer suya la frase de Metodio de Olimpia[13]: «La Iglesia está con dolores de parto hasta que todos los pueblos hayan entrado en su seno»[14]

[1] Jn 18, 38.
[2] Cfr Num 11, 25-29.
[3] H. de Lubac, Catolicismo. Aspectos sociales del dogma, Encuentro, Madrid 1988, p. 157-158.
[4] Básicamente el culto de las manifestaciones femeninas de la realidad suprema en el hinduismo y que tienen una importancia especial en Bengala y Assam.
[5] Ediciones Sígueme, ISBN: 8430115196. ISBN-13: 9788430115198.
[6] Cfr. S. Agustín, sermón 115, n. 4, PL 38, 657.
[7] El jansenismo fue un movimiento religioso de la Iglesia católica, principalmente en Europa, de los siglos XVII y posteriores. Su nombre proviene del teólogo y obispo Cornelio Jansen (1585-1638). La obra fundamental del jansenismo es el Augustinus, escrito por Cornelio Jansen pero publicado de forma póstuma debido a la controversia teológica que hubiera podido generar.
[9] Matilde de Magdeburgo (+1285> entró en el monasterio de Helfta tarde en su vida, después de haber vivido como Be­guina en Magdeburgo. Por mandato de su confesor, escribió sus revelaciones en un libro La Luz fluida de la Divinidad en el alma, que relata su intimidad con el Señor en el ministerio de su Corazón
[10] Ángela de Foligno fue terciaria franciscana, mística y escritora medieval y es venerad.
[11] Santa co-patrona de Europa e Italia y Doctora de la Iglesia Católica.
[12] Amalario, De ecclesiasticis officiis, 1.4, c.10, PL 105, 1189. Beda, In Marc. 92, 195, 7
[13] Su vida es mencionada en la obra de Jerónimo de Estridón De viris illustribus, y en la historia de Sócrates de Constantinopla. Fue sucesivamente obispo de Olimpia, Patara (Licia) y Tiro. Después de haber sido desterrado a Calcidia por las intrigas de los arrianos, sufrió el martirio.
[14] Banquete, discurso 8, c.5

VISUAL THEOLOGY

Plate with Pelican, 15th century, Netherlandish (Dinant or Malines)Brass, beaten, Diam. 20 in. (50.8 cm)Gift of Irwin Untermyer, 1964 (64.101.1498) ■ The motif of the pelican piercing its breast to feed its young with its blood became a popular symbol of the sacrifice of Christ during the late medieval and early Renaissance period. Represented in the middle of this plate with three of its young, the elegantly formed bird directs its beak toward its own breast in a charitable gesture of self-sacrifice. Certain motifs, like the pelican here, were repeated almost without variation for more efficient production, though the encircling motifs often varied from plate to plate, becoming more complex in many of the late fifteenth-century examples. Here, the central motif is surrounded by a circular design of grapes, intertwined with tendrils and vines. The imagery of this plate—the combination of the pelican and the grapes, in particular—suggests it had religious, and possibly Eucharistic, associations. Though such plates were highly popular, the appeal of mass production eventually led to a decline in quality, and by the sixteenth century this method was replaced by the easier process of casting.
Basically, this is what Symeon describes when he recounts his own mystical experience. Already as a youth, before entering the monastery, while prolonging his prayer at home one night, invoking God's help to struggle against temptations, he saw the room filled with light. When he later entered the monastery, he was given spiritual books to instruct himself, but the readings did not give him the peace he was looking for. He felt -- he recounts -- like a poor little bird without wings. He accepted this situation with humility, did not rebel, and then the visions of light began to multiply again. Wishing to be certain of their authenticity, Symeon asked Christ directly: "Lord, are you yourself really here?" He felt resonate in his heart an affirmative answer and was greatly consoled. "That was, Lord," he wrote later, "the first time you judged me, prodigal son, worthy to hear your voice." However, this revelation did not leave him totally at peace either. He even wondered if that experience should not be considered an illusion ■ Benedict XVI's address today during the general audience in Paul VI Hall speaking about Symeon the new theologian

Twenty-sixth Sunday Sunday in Ordinary Time

Eldad and Medad were not in the tent when the Spirit of God came upon the 70 in the first reading from the Book of Numbers. Eldad and Medad weren’t there, but they still received the Spirit and began to prophesize[1].

In today’s Gospel, from Mark, the Disciples overstepped their bounds. A man who was not one of the Twelve was driving out demons in the name of Jesus. They tried to stop him.

Eldad and Medad, and man healing in the name of Jesus, were all sincere. They had received God’s spirit and were caring for God’s people.

These incidents should lead us to consider two questions: First: how do we distinguish between those who are truly authentic Christians and those who are using Christ for other purposes, money for example? And second: what should our relationship be with authentic Christians who are not Catholic?

The first question is easy. Jesus said, By your fruits you will know them[2]. When we come upon someone who uses the name of Jesus for their own personal profit, that person is not an authentic Christian. An authentic Christian, including those within the Catholic Church, does not turn religion into a lucrative business. In the Catholic church we have many very intricate procedures for handling the people’s donations mandated by the Diocese, but if priests or church workers find a way to get around these, they have to answer to the civil law first for thievery. Most of the main stream non-Catholic churches, synagogues, and mosques have similar procedures to ensure that the people’s tithes is used properly, but this does not necessarily exist in churches independent of any organized structure. People need to watch and even investigate to see whether the goal of the ministry is truly Jesus Christ or is the accumulation of wealth in his name. By their fruits you will know them.

The second question is more difficult: What should our relationship be with authentic Christians who are not Catholic? In the past, we would say that our relationship should be cordial, but I find that insufficient. Here we have people who are determined to praise and worship Jesus Christ and to bring His Love to the poor of the world. It is not enough to say that we should be cordial. It sounds like we are tolerating each other, sort of being forced to put up with each other. No, we can and must do far more than that. We should support each other. We should pray together. And we should pray for each other.

We Catholics should profoundly respect the call of non Catholics to authentic discipleship. We should also respect the call of those who do not acknowledge Jesus Christ but who have received the Spirit of God.

We also should respect the call and gifts we have received within the Catholic Church. As Catholics we have been called into a Eucharistic relationship with the Lord. We have been given the great gift of the Body and Blood of the Lord as our means to the goal of union with the Father. Others have been given different gifts, and we respect them and their gifts. But we who were called to the Eucharist cannot abandon the Eucharist. It is right for us to pray with our non Catholic brothers and sisters. It is wrong for us to stop receiving communion in the Catholic Church. We can join them in prayer there, but we must always receive Eucharist here.

But why isn’t it good enough for us to receive communion in a Protestant Church that has communion services? Because in the various Protestant Churches, the Eucharist does not convey the same Reality it conveys in the Catholic Church[3]. No Protestant would say that this is really and truly the Body of Christ. They do not have tabernacles to worship before the Blessed Sacrament and to bring His Presence to others. They do not have Eucharistic Adoration. That is not their faith. And we respect that. We respect their faith and their belief. But we also respect our own faith and our own belief. We believe that when we receive communion we receive Jesus offering Himself at the Last Supper, dying on the Cross, rising on Easter Sunday. We have been given the Gift of the Eucharistic Presence. We treasure this Gift, we honor this Gift, and we adore the Divine Presence of the Lord.

It is perfectly correct for us to join non-Catholics in prayer, in service, and in support. It is incorrect for us to reject our Catholicism. If we have been admitted to the Eucharist, and we have, we cannot reject the Gift of the Eucharist. Moses did not tell Joshua to leave the meeting tent and join up with Eldad and Medad. Nor did Jesus tell his disciples to leave Him and follow the man driving demons out in Jesus’ name. But Moses and Jesus taught their followers and us to recognize the work of God from within and from outside of the immediate community. We treat our non-Catholic brothers and sisters with deep respect because we recognize that God can and does speak through them as He can and does speak through us.

The world is saturated with the Spirit of God. We just need to open our eyes to the good that others are doing to savor the presence of the Spirit around us. At the same time, we need to recognize that the Spirit is moving and active in our own immediate community, in our own individual families, and in our Mother: the Holy Roman Catholic Church ■


[1] Sunday 27th September, 2009, 26th Sunday in Ordinary Time. Readings: Numbers 11:25-29.The precepts of the Lord give joy to the heart—Ps 18(19):8, 10, 12-14. James 5:1-6. Mark 9:38-43, 45 47-48 [St Vincent de Paul].
[2] Matthew 7:16
[3] Protestant churches tend not to accept the Catholic and Orthodox doctrine of apostolic succession and associated ideas regarding the sacramental ministry of the clergy, though there are some exceptions to this. Protestant ministers and church leaders therefore generally play a somewhat different role in their communities than Catholic and Orthodox priests and bishops.
La Iglesia es el cielo estrellado; es el Paraíso en cuyo centro está plantado Cristo, Árbol de la Vida, y de donde brota la Fuente de los cuatro ríos evangélicos. Es el Arca del diluvio, y si esta arca tenia un doble caso, es que la Iglesia está construida con los dos pueblos de los judíos y de los gentiles; si en algunos lugares el casco era triple, es que debe construirse con los descendientes de los tres hijos de Noé. Es la montaña de Sión. Es el lugar santo pisado por Jacob o por Moisés. Se la reconoce en el Tabernáculo en el Arca de la Alianza, en el Candelabro de oro. Es también el vestido que el hijo de Judá lavará con vino, la casa de Rahab en Jericó, en donde brillará siempre el paño escarlata, signo de la Pasión. Es la morada de Abimeleq, la ciudad de David, el templo de Salomón, el vestido del verdadero Pontífice... Es el gran Árbol visto en sueños por Nabucodonosor (...) ■ Henri de Lubac, Catolicismo. Aspectos Sociales del Dogma, Ed. Encuentro, Madrid 1988, pp. 130-131.

XXV Domingo del Tiempo Ordinario

Hace pocos días leía a un amigo y en su texto ponía una frase de Quevedo que me hizo pensar: el dinero no cambia a la gente, la descubre[1]. ¿Qué nos descubre el dinero de la gente?: sus principios.

Tenemos la mala costumbre de juzgar a las personas por el objeto de su amor. Y es un error, ¡como si cualquier amor no pudiera dirigirse a cualquier objeto! Por ejemplo, uno puede ser coleccionista de valiosas pinturas como nuevo rico, o como contemplativo. La diferencia está en el interior de cada uno, en sus principios. El nuevo rico sólo ve lo que le ha costado, y lo dice. Lo presume. Y probablemente también se cansa de verlas siempre allí, en la pared. El contemplativo por el contrario no se cansa de observarlas, nunca. Y aunque no sea su propietario, las hace suyas.

Un amante vulgar llega al interior de la persona amada lo mismo que la cuchara empapa el sabor de una sopa, o sea, nada. Sólo ve en la otra persona un instrumento de placer, alguien con quien se pasea por la calle, lo mismo que llevar un espléndido BMW. Un desastre. Y del otro lado está que sabe amar y va más allá, y ve en aquella persona lo que, a veces nadie ve o nadie entiende. “¿Cómo se pueden querer ésos dos?” se pregunta la gente, y el hecho está en que se quieren. Se aman.

No sé, tengo para mí que se puede amar “carnalmente” las cosas del espíritu y “espiritualmente” las cosas de la carne. Del mismo modo que se puede amar a Dios como el nuevo rico del que antes hablamos, es decir, superficialmente y con ése deseo de aparentar tan de moda en nuestra sociedad.

La verdad y el valor de nuestra vida ¡tantas veces! no está en su objeto –al fin y al cabo “el objeto” nos viene dado por las circunstancias, el ambiente, el azar- sino en su principio. O aún más: en su Principio (que no falte la mayúscula). Lo que importa no es saber adónde va el amor, sino de dónde viene. Ex abundantia cordis, de la abundancia del corazón…[2]

¿Y todo esto a cuento de qué? De la segunda de las lecturas que nos presenta la liturgia éste domingo. Santiago apóstol habla de pasiones, luchas, envidia; de que no sabemos pedir, o que pedimos mal y solamente para satisfacer nuestras pasiones.

Vivimos en una sociedad –quién lo duda- en la que muchas cosas importantes giran en torno a la sexualidad y a la sensualidad, una sociedad hipersexualizada, por decirlo en una sola palabra. Y lo peor es que nos venden esa hipersexualización como una conquista de la libertad diciéndonos que es benéfica, que nada hay de malo en someterla a constantes estímulos. Pero lo cierto es que la sexualidad humana es como el agua: benéfica cuando se encausa y contiene; cuando los cauces se desbordan y se rompen los diques, el agua se convierte en una fuerza destructora.

Una sexualidad desatada como la que nos propone nuestra época destruye nuestra humanidad, convirtiéndonos en pedazos de carne que no anhelan otra cosa que la satisfacción de sus instintos. Se insiste en que la hipersexualización es buena, siempre que medie “el libre consentimiento de las partes”; esto es tan grotesco y tan peligroso como decir que arrojar vagones sin frenos cuesta abajo es bueno, siempre y cuando no descarrilen.

¿Dónde puede verse un poco de claridad en medio de la tiniebla? En la temprana y oportuna educación en el amor y la sexualidad, naturalmente. En hablar a los niños que tenemos cerca –bien porque son nuestros hijos o bien porque se acercan a la catequesis de la parroquia- con naturalidad de la bondad de la creación, de la importancia y belleza del cuerpo humano; de que el cuerpo humano no es “el malo de la película”, ni origen único de tentaciones y desgracias, sino que al ser parte de la creación es algo bueno ¡muy bueno![3], pero que ha de aprender a manejarse, y a cuidar, como todo.

Y desde luego confiar en la gracia, confiar en que Él tiene sus tiempos y sus momentos para cada uno. Es significativo ver a lo largo del evangelio que el Señor perdonaba con mucha facilidad las debilidades. No iba metiendo broncas a la gente que pecaba por exceso. Tampoco las bendecía, pero llama la atención que no las trataba con la dureza que sí tenía con fariseos. Era como si los pecados de la carne y cosas así fueran como un río que se desborda, pero tarde o temprano vuelve a su cauce. Sin embargo, el fariseo –y eso es lo que realmente sacaba de quicio a Jesús- era como un río tranquilo, en su cauce, sereno, limpito pero... ¡ay!, estaba envenenado.

Que ese bienaventurados los limpios de corazón[4] del evangelio nos lleve a preguntarnos sobre la pureza de nuestro corazón, pensar dónde está el origen de nuestros afectos, a ver si estamos amando “carnalmente” las cosas del espíritu y “espiritualmente” las cosas de la carne ■

[1] Francisco Gómez de Quevedo y Santibáñez Villegas (1580-1645) fue un noble, político y escritor español del Siglo de Oro, uno de los más destacados de la historia de la literatura española.
[2] Cfr Mt 12, 33-35.
[3] Cfr Gen 1, 31.
[4] Mt 5,8.
Ilustración: Palma Vecchio, Cristo y la mujer sorprendida en adulterio, (1510-11), óleo sobre tela (82 x 70 cm), L'Hermitage (San Petersburgo)

VISUAL THEOLOGY

Ewost'atéwos and Eight Disciples, late 17th century, Ethiopia Wood, tempera H. 22 in. (56 cm)Louis V. Bell Fund, 2006 (2006.98) ■ This highly original icon is a tribute to the revered Ethiopian visionary Ewost'atéwos, who was born about 1273. The House of Ewost'atéwos is one of the two major monastic orders of the Ethiopian Orthodox Church. Ethiopia's earliest state adopted Christianity as its official religion in the fourth century. During the next two centuries, foreign missionaries disseminated Christianity beyond Ethiopia's elite circles and founded monastic centers in the remote northern regions of Ethiopia and Eritrea. The abbots of those centers became the chief figures in the church's local hierarchy. In the fourteenth century, Saint Ewost'atéwos founded several more monasteries in northern Ethiopia before violent doctrinal disputes led to his exile to Egypt and then Armenia, where he died. The eight acolytes surrounding Ewost'atéwos are depicted to underscore their devotion and allegiance. Only the vibrant, swirling patterns of their colorful robes animate and distinguish the otherwise identical figures. The painting's considerable scale suggests that it was the property of a monastery, whose historical origins and ties to neighboring communities it recorded. According to Jacques Mercier, an authority on Ethiopian culture, this is the only known icon from northern Ethiopia dedicated to a monastic genealogy.
The first characteristic that the Lord requires of the servant is fidelity. He is entrusted with a great good that does not belong to him. The Church is not "our" Church, but his Church, God's Church. The servant must give an account of the way that he has taken care of the goods that have been entrusted to him. We do not bind men to us; we do not seek power, prestige, esteem for ourselves. We lead men to Jesus Christ and so to the living God. In doing this we introduce them to truth, and freedom, which comes from truth. ■ Benedict XVI homily in an episcopal ordination celebrated in St. Peter's Basilica September 13 2009.

Twenty-Fifth Sunday in Ordinary Time

We celebrate this morning, besides the day of the Lord, the 2009 Catechetical Sunday, a wonderful opportunity to recognize the effort of our catechists here at St. Vincent de Paul, and also a good opportunity to invite more members of our parish to help us in our catechetical activities[1].

The other day I heard a conversation that comes to my attention, “In the primitive Church there were few preachers, but they were so good that they converted the whole world. Now there are preachers too many to count, but they achieve little”.

Each one of us is called to teach, to proclaim the word of God. Of course in the liturgy only the priest should read the gospel and preach about it; however every Christian fellow has the responsibility to spread among the earth the word of God.

Since the beginning of the Church the Lord calls us to be his disciples, His true followers. He calls us to set aside our own desires for the sake of others. He calls us to seek the greatness of humble generosity, to “rank first” among our families, friends and communities by taking on the spirit and role of being their servant: If anyone wishes to be first, he shall be last of all and the servant of all.

Every day, every moment of the day you and I are called to consider others over ourselves and to give our time and talent in service of all those around us. The needs of the children, the sick, the poor and the elderly call us away from ourselves and call us into Jesus.

There is a very touching passage in the letter of St. Paul to the Romans: How, then, can they call on the one they have not believed in? And how can they believe in the one of whom they have not heard? And how can they hear without someone preaching to them? And how can they preach unless they are sent? As it is written, “How beautiful are the feet of those who bring good news!”[2]

Every day we have to resist the temptation to selfishness, the temptation to put ourselves before others. Every day we are called to greatest by conquering a mountain much more difficult than Everest. We have to conquer ourselves and give our time because the goal of our lives is union with God. Just it.

The strength to achieve this union comes from Jesus Christ on the cross. He made Himself weak so we could be strong. We pray today for this strength, the strength to reach out to others in charity, the strength to ascend the Mountain of God ■

[1] http://www.usccb.org/catecheticalsunday/welcome_letter.shtml; Sunday 20th September, 2009, 25th Sunday in Ordinary Time. Readings: Wisdom 2:12, 17-20. The Lord upholds my life—Ps 53(54):3-6, 8. James 3:16 – 4:3. Mark 9:30-37 [Ss Andrew Kim Taegon, Paul Chong Hasang & Cc].
[2] 10: 14.

En la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores


Estaba la Madre dolorosa
junto a la Cruz llorando,
mientras su Hijo pendía.
Su alma llorosa,
triste y dolorida,
traspasada por una espada.
¡Oh cuán triste y afligida
estuvo aquella bendita
Madre del Unigénito!
Estaba triste y dolorosa,
como madre piadosa,
al ver las penas de su Divino Hijo.
¿Qué hombre no lloraría,
si viese a la Madre de Cristo
en tan atroz suplicio?
¿Quién no se contristaría,
al contemplar a la Madre de Cristo
dolerse con su Hijo?
Por los pecados de su pueblo,
vio a Jesús en los tormentos,
y sometido a los azotes.
Vio a su dulce Hijo
morir abandonado,
cuando entregó su espíritu.
¡Oh, Madre, fuente de amor!
Haz que sienta tu dolor
para que contigo llore.
Haz que arda mi corazón
en amor de Cristo mi Dios,
para que así le agrade.
¡Oh santa Madre! Haz esto:
graba las llagas del Crucificado
en mi corazón hondamente.
De tu Hijo lleno de heridas,
que se dignó padecer tanto por mi,
reparte conmigo las penas.
Haz que yo contigo piadosamente llore,
y que me conduela del Crucificado,
mientras yo viva.
Haz que esté contigo
junto a la Cruz;
pues deseo asociarme en el llanto.
¡Oh Virgen la más ilustre de todas
las vírgenes!
no seas ya dura para mí;
haz que contigo llore.
Haz que lleve la muerte de Cristo;
hazme socio de su Pasión
y que venere sus llagas.
Haz que, herido con sus heridas,
sea yo embriagado con la Cruz
y con la Sangre de tu Hijo.
Para que no me queme y arda en las llamas,
por ti, oh Virgen, sea defendido
en el día del juicio.
¡Oh Cristo! Cuando hubiere de salir de aquí,
dame, por tu Madre,
que llegue a la palma de la victoria.
Cuando el cuerpo feneciere,
haz que al alma se le de
la gloria del Paraíso.
Amén. Aleluya ■ Jacoponi de Todi (+1306)

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

En la obra El zapato de raso de Paul Claudel[1], la protagonista, cristiana fervorosa pero al mismo tiempo locamente enamorada de Rodrigo, exclama interiormente, como si le costara creerse a sí misma: «Por tanto, ¿está permitido este amor por las criaturas? ¿Verdaderamente Dios no tiene celos?». Y su ángel de la guarda le responde: «¿Cómo podría ser celoso de lo que ha hecho él mismo?»[2].

Conocer al Señor y el empezar a amarlo y hacerlo el centro de la propia existencia –nihil volitum quod non cognitum- no excluye los demás amores sino que los ordena. Es más, en él todo amor genuino encuentra su fundamento, su apoyo y la gracia necesaria para ser vivido hasta el final. Este es el sentido, por ejemplo, de lo que la Iglesia ha llamado la gracia de estado que confiere el sacramento del matrimonio a los cónyuges cristianos. Asegura que, en su amor, serán apoyados y guiados por el amor que Cristo tuvo por su esposa, la Iglesia.

El Señor no hace ilusiones a nadie, pero tampoco desilusiona a nadie; pide todo porque quiere darlo todo; es más, lo ha dado todo. Es válido preguntarse: ¿pero cómo puede este hombre, que vivió hace veinte siglos en un rincón perdido del planeta, pedirnos a todos este amor absoluto? La respuesta, sin necesidad de ir muy lejos se encuentra en su misma vida que conocemos por el Evangelio: él fue el primero en darlo todo por el hombre, Cristo nos amó y se entregó por nosotros[3].

En el pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar el Señor recuerda cuál es la prueba del verdadero amor por él: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga[4]. Cargar con la propia cruz no significa buscar el sufrimiento por el sufrimiento. El Señor no buscó la cruz. En obediencia a la voluntad del Padre la cargó sobre sí cuando los hombres se la pusimos sobre sus espaldas, transformándola con su amor obediente de instrumento de suplicio en signo de redención y de gloria. Jesús no vino a aumentar el sufrimiento de los hombres, sino a darle un sentido. Con razón, se ha dicho que «quien busca a Jesús sin la cruz, encontrará la cruz sin Jesús», es decir, de todos modos encontrará la cruz, pero sin la fuerza para cargar con ella.

Quién dice la gente que soy yo[5]. Hace dos mil años un hombre formuló esta pregunta a un grupo de amigos. Y la historia no ha terminado aún de responderla. El que preguntaba era simplemente un aldeano que hablaba a un grupo de pescadores. Nada hacía sospechar que se tratara de alguien importante. Vestía pobremente. Él y los que le rodeaban eran gente sin cultura, sin lo que el mundo llama "cultura". No poseían títulos ni apoyos. No tenían dinero ni posibilidades de adquirirlo. No contaban con armas ni con poder alguno. Eran todos ellos jóvenes, poco más que unos muchachos, y dos de ellos -uno precisamente el que hacía la pregunta- morirían antes de dos años con las más violentas de las muertes. Todos los demás acabarían, no mucho después, en la cruz o bajo la espada. Eran, ya desde el principio y lo serían siempre, odiados por los poderosos. Pero tampoco los pobres terminaban de entender lo que aquel hombre y sus doce amigos predicaban. Era, efectivamente, un incomprendido.

Los violentos le encontraban débil y manso. Los custodios del orden le juzgaban, en cambio, violento y peligroso. Los cultos le despreciaban y le temían. Los poderosos se reían de su locura. Había dedicado toda su vida a Dios, pero los ministros oficiales de la religión de su pueblo le veían como un blasfemo y un enemigo del cielo. Eran ciertamente muchos los que le seguían por los caminos cuando predicaba, pero a la mayor parte les interesaban más los gestos asombrosos que hacía o el pan que les repartía que todas las palabras que salían de sus labios. De hecho todos le abandonaron cuando sobre su cabeza rugió la tormenta de la persecución de los poderosos y sólo su madre y tres o cuatro amigos más le acompañaron en su agonía. La tarde de aquel viernes, cuando la losa de un sepulcro prestado se cerró sobre su cuerpo, nadie habría dado un céntimo por su memoria, nadie habría podido sospechar que su recuerdo perduraría en algún sitio, fuera del corazón de aquella pobre mujer -su madre- que probablemente se hundiría en el silencio del olvido, de la noche y de la soledad.

¿Quién es, pues, este personaje que parece llamar a la entrega total o al odio frontal, este personaje que cruza de medio a medio la historia como una espada ardiente y cuyo nombre –o cuya falsificación- produce frutos tan opuestos de amor o de sangre, de locura magnífica o de vulgaridad? ¿Quién es y qué hemos hecho de él, cómo hemos usado o traicionado su voz, qué jugo misterioso o maldito hemos sacado de sus palabras? ¿Es fuego o es opio? ¿Es bálsamo que cura, espada que hiere o morfina que adormila? ¿Quién es? ¿Quién es?

Jesús exige respuestas absolutas. Él asegura que, creyendo en él, el hombre salva su vida e, ignorándole, la pierde. Él mismo se presenta como el camino, la verdad y la vida[6]. Por tanto –si esto es verdad- nuestro camino, nuestra vida, cambian según sea nuestra respuesta a la pregunta sobre su persona. ¿Y cómo responder sin conocerle, sin haberse acercado a su historia, sin contemplar los entresijos de su alma, sin haber leído y releído sus palabras?[7]

[1] Paul Louis Charles Claudel (1868-1955) fue un diplomático y poeta francés representante principal del catolicismo francés en la literatura moderna. Toda su obra, en la que hace alarde, por extraña paradoja, de simbolismo y realismo, complejidad y sencillez, polifacetismo y profundidad, aparece informada por una honda inquietud religiosa en la que supo conciliar la ortodoxia con el modernismo.
[2] Acto III, escena 8.
[3] Cfr Efe 5, 2
[4] Cfr Mc 8, 27-35.
[5] Mc 8, 27.
[6] Jn 14, 6
[7] J. L. Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret, Ed. Sígueme, Salamanca 1996, Introducción.

Ilustración: Crucifijo (1150–1200) proveniente de Palencia (Castilla-León, España). El cuerpo es de roble blanco y pino con policromía e incrustaciones de piedras; la cruz de pino rojo. Metropolitan Museum of Art (New York).

VISUAL THEOLOGY

Opus Anglicanum (Chasuble), late 15th century. EnglishSilk and metallic threads on linen; appliqué on silk velvet foundation with silk embroidery and silver-gilt shot; 28 3/4 x 14 3/16 in. (73 x 36 cm), The Cloisters Collection. ■ This fragment of "opus anglicanum" ("English work," as it was called in medieval inventories) is remarkable for the richness of its design and its superb state of preservation. The decoration consists of two cherubim, each atop a wheel from which rays of light emanate; four fleurs-de-lis; and four thistles in three different designs, each motif distributed along a vertical axis. These elements, all embroidered in vibrantly colored silk and silver-gilt threads, are appliquéd onto the red velvet foundation, on which the scrolls and other designs—accented with attached minute silver-gilt rings or shot—are embroidered directly. The lay of the velvet, the vertical warp and design, and the outline of the fragment indicate that it formed the lower-right quadrant of a chasuble, worn by a priest during the celebration of Mass.
Attention to the signs of God. As Jesus did with the deaf mute person, God continues to reveal his plan to us through "events and words." Listening to his word and discerning his signs must be the work of every Christian community. The most immediate of God's signs is certainly care for one's neighbor, according to what Jesus said: Everything that you did for these least of my brothers you did for me (Matthew 25:40). Furthermore, as the Second Vatican Council affirms: the Christian is called to "stand before the world as a witness to the resurrection and life of the Lord Jesus and a sign of the living God" ("Lumen Gentium," no. 38). The priest, whom Christ has chosen entirely for himself, must first of all be this. During this Year for Priests, pray with greater intensity for priests, for seminarians and for vocations, that they be faithful to this vocation of theirs! He must be the sign of the living God, as every consecrated person and all the baptized must likewise be ■ Benedict XVI's homily at a Mass he celebrated while on a pastoral visit to Viterbo.

Twenthy-Fourth Sunday in Ordinary Time

Peter said, You are the Christ. Then Jesus warned them not to tell anyone about Him[1].

So why the secret? If Jesus was the Messiah as Peter proclaimed in today’s gospel from Mark, why be quiet about it? If Jesus healed people like He did, why keep it a secret? The reason is simple: you cannot understand Jesus’ Work or His Messianic mission, unless you understand and embrace the cross.

That’s where Peter went so wrong. It might seem reasonable at first. Jesus, Peter’s friend, said that he was going to Jerusalem where he would be killed. Peter, as a good friend had said, “Then don’t go. Don’t do this.” Peter did not yet understand the cross. He did not yet understand the depth of the sacrificial love of the Savior of the World. He was thinking in the way of the world.

The way of the world would demand that Jesus limit his sacrifice. It is the way that we have to fight against throughout our lives. Look around our society. Look at the people who only care for themselves, even leaving their children for their own perceived happiness. Sadly the way of selfishness is the way of the world.

It is normal for us to initially object to being called out of ourselves however we have to fight the temptation to take care of ourselves first, we have to take steps to deny ourselves for the sake of the Kingdom of God. That’s what Jesus is speaking of when he says, whoever wishes to come after me, must deny himself, take up his cross and follow me.

In the third Eucharistic Prayer, there is an amazing sentence that knocks me for a loop. It is just a simple prayer to the Father about Jesus. That prayer is: May He make us an everlasting gift to you. That is the reason why the Word became flesh, to prepare us as a gift to the Father. But how? How does He make us a gift? He does this by forming us to be like Him. This deny yourself, take up your cross and follow me, is not poetic phrase. This is the demand placed on us to be like Jesus, to love like Jesus loved. Throughout our lives, we have to take steps to be more and more Christ-like.

But we are not masochists. We don’t deny ourselves because we take some sort of perverse pleasure in pain. Nor do we see evil in the goods of God’s creation. Our natural drive to find happiness in creation is perfectly normal. All of God’s creation is good. But we have to look carefully to see the degree of happiness something gives. We have to look carefully to find lasting happiness. Where is it? Is it in our stuff? Stuff is good, but stuff breaks, or gets repossessed, or gets outdated, or boring. Is it in the human relations? It is a beautiful thing for people to be attracted to each other, but relationships demand more than attraction, they demand commitment long after the external beauty of the other has faded. No, we need more than this to achieve happiness. We need God. And we can only have God if we allow Jesus to make us an everlasting gift to the Father.

The sacrificial love of Christians, the accepting of the cross is not for ourselves. It is for others.

Like Jesus we are called to deny ourselves and take up the cross for the sake of others. That means that our actions have divine significance for others, significance that we might not even realize. For example, we don’t wreck ourselves up by taking drugs or getting drunk. Why? Not just out of self-respect, although that is important, but because there are others now and down the road that need all our brain cells to be able to function. Young people give up sex outside of marriage not because this is a Church no-no, but so they can give themselves totally to that person they commit to for life. The married remain faithful as one of many ways of declaring their love for their spouse.

Christianity is not about little ole self centered me in love with myself. Nor is Christianity about you. Christianity is all about Jesus Christ. To follow Him means that we are called to be like Him.

Following Jesus is still a secret. People love calling themselves Christians, but refuse to Christian attitude of life. But following Jesus is not a secret from those who love like He loved, denying themselves for the sake of others, for the sake of the Kingdom of God.

So, let us pray today for the courage to be Christian ■

[1] Sunday 13th September, 2009, 24th Sunday in Ordinary Time. Readings: Isaiah 50:5-9. I will walk in the presence of the Lord, in the land of the living—Ps 114(116):1-6, 8-9. James 2:14-18. Mark 8:27-35 [St John Chrysostom].
Ilustration: Fragment of a Tapestry or Wall Hanging, ca. 1420–1430, Swiss; Made in Basel, Upper Rhine Valley. Tapestry weave: wool on linen; 33 7/16 x 29 1/2 in. The Cloisters Collection, 1990. Metropolitan Museum of Art.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris