Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
que muero porque no muero.

Esta divina prisión
del amor con que yo vivo
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga.
Quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.

Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte,
vida, no me seas molesta;
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero ■ Santa Teresa de Jesús

XIII Domingo del Tiempo Ordinario

En una reunión que tuvimos hace pocos días los sacerdotes de la arquidiócesis que hemos sido recientemente nombrados párrocos, el Sr. Arzobispo en una conversación muy sencilla y muy a gusto –entre sacerdotes, al fin- nos decía que él quería –y de hecho nos lo pedía- que con nuestra predicación ayudáramos a la gente de nuestra parroquia a conocer cada vez con mayor intensidad la persona de Jesucristo; a que tomaran consciencia, en primer lugar, de Su presencia entre nosotros, de que Él mismo –el Señor- sigue sanando, enseñando y cuidando de cada uno de nosotros.

El evangelio de hoy[1] –el pasaje en el que se narran estos dos milagros- es una buena oportunidad para detenernos a reflexionar en la persona del Señor, en que no le es indiferente el sufrimiento de los hombres, y que como escuchamos en la primera de las lecturas, [Dios] creó al hombre para que nunca muriera[2].

¿Cuál es, o cuál debe ser nuestra postura ante la muerte? ¿Cómo reaccionar cuando la muerte pasa por nuestra casa y se lleva a alguno de los nuestros? Mucho más: ¿qué hacer o cómo comportarse cuando ésa muerte es violenta –un accidente de tráfico- o desconcertante como un suicidio?

No podemos restarle importancia a la muerte, ni verla de manera, digamos, dulce. La muerte es una tragedia. Es lo peor que puede sucederle al alma humana. El Señor mismo en el huerto le pide a su Padre no pasar por la muerte y en la cruz gritó sintiéndose abandonado[3].

Sin embargo la muerte no es el fin. La muerte no tiene la última palabra. Es, sí, el momento más trágico y más duro que tenemos qué vivir cada uno, pero no es el final. Es –por encima de todo- el comienzo de algo. Y algo grande.

¿Hay entonces qué festejar y reír y hacer como si nada pasara? No. Ése es el otro extremo.

Ante la muerte, la mejor actitud es el silencio y la [serena] reflexión y el pensar que el ser humano está hecho para la vida eterna, que los años que se viven en la tierra son –en palabras de santa Teresa de Jesús- una mala noche en una mala posada, es decir muy pocos en comparación con lo que nos espera del otro lado.

¿Y cuándo la muerte es violenta? ¿Cuándo muere una persona joven llena de esperanzas y de sueños y que además hacía el bien y ayudaba a los demás? ¿Es la voluntad de Dios? Hemos de tratar de comprender que la muerte entró en el mundo a consecuencia del pecado[4], y que Jesucristo –que era joven, y que era bueno y que hacía el bien- también murió de una manera violenta. Y abrazó esa muerte de manera libre y voluntaria y así, la maldición de la muerte se transformó en una bendición[5].

En otras palabras: en la muerte, Dios llama al hombre hacía sí. Por eso, sí es posible, como cristianos, llegar a sentir un deseo de estar con Dios; San Pablo lo decía a la comunidad cristiana de Filipos: Deseo partir y estar con Cristo[6].

Vamos a pedirle al Señor éste domingo en ésta celebración de la Eucaristía –hic et hodie- que nos enseñe a tener una actitud serena y madura ante la muerte. A no tener miedo a ese paso –porque además Él mismo está del otro lado- de tal manera que al final de nuestra vida podamos repetir las mismas palabras de Ignacio de Antioquia: «Mi deseo terreno ha desaparecido…; hay en mi un agua viva que murmura y que dice dentro de mi “ven al Padre”[7]

[1] Mc 5, 21-43.
[2] Cfr Sab 1, 13-15; 2, 23-24.
[3] Cfr Mt 26, 36-46; Mc 14, 32-42; Lc 22, 39-46; Jn 18, 1; cfr también Mt 27, 46-54; Mc 15, 34-39; Lc 23, 45-46; Jn 19, 25-34.
[4] Gn 2, 17; 3, 3; 3,19; Sb 1,13; Rm 5, 12; 6.23.
[5] Cfr Rom 5, 19.21.
[6] Cfr 1, 23. Filipos (latín Philippi, griego Φίλιπποι, Phikippoi) fue una ciudad de Macedonia oriental fundada por Filipo II de Macedonia, que le dio su nombre (antes se llamaba Crénides, latín Crenides, es decir, lugar de las fuentes, por las diversas fuentes del río Angites). Cerca había minas de oro, especialmente las de Asyla. Estaba cercana al río Gangas o Gangites.
[7] Rom. 7,2. Ignacio de Antioquía (mártir alrededor del 107 d. C) fue el tercer obispo de Antioquía, después de Simón Pedro y Evodio, a quien Ignacio sucedió alrededor de 68 d. C. Ignacio, quien también se llamaba a sí mismo Theophorus, fue muy probablemente un discípulo de los Apóstoles Pablo y Juan. Muchas de sus cartas han sobrevivido hasta hoy. Es considerado, generalmente, uno de los Padres Apostólicos (el primer grupo de los Padres de la Iglesia Católica) y santo tanto por el rito romano, que celebra su santo el 1 de febrero, como por el rito ortodoxo, que lo celebra el 17 de octubre.
We ask for God's Grace during this year for priests. Each of us is called in faith to serve the Lord. But only a few are called to be his holy priests. To be fathers of God’s people! To be shepherds of his flock! Sharers in the priesthood of Jesus Christ! We priests, are anointed to preach the good news of freedom to those held captive in many ways, spiritually and materially. To heal the brokenhearted in the sacraments of mercy, especially Penance and Reconciliation. All this Jesus intends when he tells us: “Feed my sheep.” Apacienta mis corderos. Our Lord calls you in a special way to feed God’s people with the Word of life and the Bread of life. With the Gospel and the Holy Eucharist. My brothers! Can there be any greater mission than to share in God’s plan for his family, for the growth of his kingdom on earth? Let us pray for the Grace of God to continue to strengthen all priests in doing God's holy work. I invite you to read the letter from the Holy Father proclaiming A Year for Priests ■ Archbishop José H. Gomez, S.T.D.

Thirteenth Sunday in Ordinary Time

Today's first reading is from the Book of Wisdom. The passage is tremendously important, addressing some of our deepest questions: “Why does Death exist?” or “Did God make death?” The Book of Wisdom says that God did not create death, nor is He happy about it. All that He created was meant to be wholesome, not containing destructive forces[1].

Why then does death exist? Well, there are two very wrong yet opposite opinions that people expound on regarding death. The first is the offensive saying you have heard, “Stuff happens”[2], the Book of Wisdom tells us that we do have control over our fate: if we follow God we will be raised up by Him. If we turn from Him, we turn to death.

The opposite and perhaps most prevalent incorrect opinion on why death exists is pietistic. A wife, husband or child dies. Well meaning people and even priest will say, "It was God's will." or "He needed another angel in heaven." This is obviously wrong. God does not will death. And He doesn't need any more angels in heaven. He needs them here on earth. God does not require either human immolation or child sacrifice. We've got to get the concept, "It was God's will" out of our vocabulary when dealing with death. Remember the Book of Wisdom, God did not make death and does not delight in the death of the living.

God did not create death: Man was made for incorruption, the book of Wisdom says. God made us in His own image. That is an image of Life. Those who choose evil have brought death into the world.

Still, life is far more than physical. We believe in the eternal life of the Spirit. We believe that God will raise up all who do his will. The righteous will live forever. Only those who belong to the party of the devil will experience death.

So then, how do we understand death? Well, death is due to the decision for evil we all suffer from. To fight death we have to choose life. At the same time, we recognize that eventually we will all die, but if we have worked for what is good and right, our death will only be physical. We shall live forever with God. And this is a big consolation.

Death doesn't just happen. Nor is it God's will. It is the effect of evil in the world brought about by the ability to choose. God does not want anyone to die, but He does want us to be able to choose life, and to be able to choose love, even if this means that we can also choose hatred and death.

Today we pray for faith in times of crises, when the ultimate effect of evil in the world, death, knocks on the door of our homes.

We pray for the faith that God who grieves with us will raise up those of us who haven chosen Him ■

[1] Sunday 28th June, 2009, 13th Sunday Ordinary Time. Readings: Wisdom 1:13-15; 2:23-24. I will praise you, Lord, for you have rescued me—Ps 29(30):2, 4-6, 11-13. 2 Corinthians 8:7, 9, 13-15. Mark 5:21-43 [St Irenaeus].
[2] OK, usually the saying uses another word that begins with S, but we are in the celebration of the mass, a sacred time and a sacred space.
Ilustration: Mark Chagall, La Création de l’homme, Musée national Message biblique (Nice).
Tu reinarás, este es el grito que ardiente exhala nuestra fe.
Tú reinarás. Oh Rey bendito pues Tú dijiste: "Reinaré".
Reine Jesús por siempre, reine su corazón.
En nuestra patria, en nuestro suelo que es de María la nación
Tú reinarás, dulce esperanza que el alma llena de placer.
Habrá por fin paz y bonanza Felicidad habrá doquier.
Tú reinarás, dichosa era dichoso el pueblo de tal Rey.
Será tu Cruz la gran banderatu amor será la única ley.
Tu reinarás, este es el grito que ardiente exhala nuestra fe.
Tú reinarás. Oh Rey bendito pues Tú dijiste: "Reinaré".

XII Domingo del Tiempo Ordinario

La pregunta del Señor que acabamos de escuchar en el evangelio -¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?[1]- siguen siendo muy actual y nos la sigue dirigiendo a cada uno: a los que ya hemos seguido un camino concreto –el matrimonio, el sacerdocio o la vida consagrada- y también a aquellos que andan pensando seriamente en entregarle su vida a Dios: -¿Por qué tienes tanto miedo? ¿Aún no tienes fe?

Es verdad que éste no es el Domingo del Buen Pastor[2] [es decir] el domingo en el que tradicionalmente hablamos sobre la vocación, sin embargo siempre es buen momento para reflexionar [brevemente] sobre la importancia que es seguir el llamado de Dios, sobre todo porque es ahí donde está el origen de la propia felicidad. Y también porque el Santo Padre acaba de inaugurar el viernes, fiesta del Sagrado Corazón, un año santo sacerdotal: 365 días dedicados a orar especialmente por la santificación de nosotros, los sacerdotes.

¡Ah! Entonces ¿Dios habla? ¿Dios llama? ¿Aún en medio de ésta sociedad que parece no querer contar con Dios? Sí. Aún con todos los escándalos, ¿Vale la pena entregarse a Dios? ¡Por supuesto que sí! ¡Claro que merece la pena!

Un autor italiano tan interesante como controversial[3], escribía hace no mucho tiempo: «Los sacerdotes se asoman diariamente al horror del alma humana carcomida por la culpa. Ellos saben mejor que nadie hasta dónde puede llegar la perversidad del hombre, y han de vivir, como Jesucristo, con ese peso encima».

[Personalmente pienso que éste autor] Se equivoca. Los sacerdotes más bien asistimos cada día al hermosísimo espectáculo de la gracia de Dios, que perdona, que cura las heridas, que elimina las huellas del pecado y devuelve la inocencia y la alegría.

Los sacerdotes somos unos privilegiados NO por ver todos los días la miseria y la depravación, sino por ser testigos de milagros mucho más grandes que la resurrección de los muertos: la conversión, el ver a la gente caminar el camino de regreso a la casa del Padre…

¿Qué hacemos los sacerdotes además de estar en las parroquias? Los sacerdotes nos dedicamos a querer a la gente [y pido perdón por el impudor]; queremos a cientos de personas: a hombres y a mujeres, a niños y a ancianos. Después de estar con el Señor –que es nuestra principal obligación- nos dedicamos a estar y a convivir con la gente de nuestra parroquia[4] y nos entregamos a los demás lo mejor que podemos.

La primera consecuencia es que uno llega a pensar que tiene centenares, quizá miles de amigos. No es verdad. Los que se acercan al sacerdote agradecen ese cariño y corresponden con un afecto sincero y profundo, pero no buscan en nosotros a un amigo convencional. Necesitan al Amigo, con mayúscula, y nosotros debemos ponerlos delante de Él. Esa es una de nuestras grandes obligaciones: hacer que la gente se enamore del Señor, no de nosotros mismos.

Y así, los sacerdotes comprendemos que las personas se van, incluso es bueno que se vayan, aunque duela, porque las almas son de Dios, y deben seguir su camino. De vez en cuando nos llaman, sí, para algún bautizo, para una boda, para un funeral, y nos aseguran que somos parte de la familia y el mejor de los amigos y bla, bla, bla, pero luego vuelven a irse entre promesas de amor eterno. Y ésta muy bien. Así es la vida de nosotros. Es grande esta vocación. Nadie recibe en la tierra tanto afecto y tanto cariño como los sacerdotes. Y como el corazón tiene siempre más capacidad que la memoria, uno llega a olvidar –aunque no siempre- hasta los rostros de las personas a las que más quiere porque lo que importa es Él, el Señor. De Él es nuestra vida.

Su Santidad el Papa nos invita a que éste sea «un año de oración de los Sacerdotes, con los Sacerdotes y por los Sacerdotes»; vamos a unirnos a ésta su intención, y a pedirle a la Santísima Virgen, Madre de los sacerdotes, que nos lleve siempre hacia Su Hijo, Sumo y Eterno Sacerdote ■

[1] Cfr Mc 4, 35-41.
[2] Tradicionalmente el 3er domingo del tiempo de Pascua.
[3] Giovanni Papini (1881-1956). Fue un controvertido escritor italiano. Inicialmente era escéptico, posteriormente pasó a ser un fervoroso católico.
[4] Don José María Casciaro, quien fuera profesor ordinario de Sagrada Escritura en Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, solía decirnos a sus alumnos: “Marcos Pi, acuérdense de Marcos Pí”, haciendo referencia al pasaje del Evangelio de San Marcos (3, 14) que dice «y los eligió para que estuvieran con él».
Carta del Prefecto de la Congregación para el Clero presentando el Año Sacerdotal convocado por Benedicto XVI con motivo del 150 aniversario de la marcha al Cielo del Santo Cura de Ars.

Queridos Sacerdotes:

El Año Sacerdotal, promulgado por nuestro amado Papa Benedicto XVI, para celebrar el 150 aniversario de la muerte de San Juan María Bautista Vianney, el Santo Cura de Ars, está a punto de comenzar. Lo abrirá el Santo Padre el día 19 del próximo mes de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y de la Jornada Mundial de Oración para la santificación de los Sacerdotes. El anuncio de este año especial ha tenido una repercusión mundial eminentemente positiva, en especial entre los mismos Sacerdotes. Todos queremos empeñarnos, con determinación, profundidad y fervor, a fin de que sea un año ampliamente celebrado en todo el mundo, en las diócesis, en las parroquias y en las comunidades locales con toda su grandeza y con la calurosa participación de nuestro pueblo católico, que sin duda ama a sus Sacerdotes y los quiere ver felices, santos y llenos de alegría en su diario quehacer apostólico.

Deberá ser un año positivo y propositivo en el que la Iglesia quiere decir, sobre todo a los Sacerdotes, pero también a todos los cristianos, a la sociedad mundial, mediante los mass media globales, que está orgullosa de sus Sacerdotes, que los ama y que los venera, que los admira y que reconoce con gratitud su trabajo pastoral y su testimonio de vida. Verdaderamente los Sacerdotes son importantes no sólo por cuanto hacen sino, sobre todo, por aquello que son. Al mismo tiempo, es verdad que a algunos se les ha visto implicados en graves problemas y situaciones delictivas. Obviamente es necesario continuar la investigación, juzgarles debidamente e infligirles la pena merecida. Sin embargo, estos casos son un porcentaje muy pequeño en comparación con el número total del clero. La inmensa mayoría de Sacerdotes son personas dignísimas, dedicadas al ministerio, hombres de oración y de caridad pastoral, que consuman su total existencia en actuar la propia vocación y misión y, en tantas ocasiones, con grandes sacrificios personales, pero siempre con un amor auténtico a Jesucristo, a la Iglesia y al pueblo; solidarios con los pobres y con quienes sufren. Es por eso que la Iglesia se muestra orgullosa de sus sacerdotes esparcidos por el mundo.

Este Año debe ser una ocasión para un periodo de intensa profundización de la identidad sacerdotal, de la teología sobre el sacerdocio católico y del sentido extraordinario de la vocación y de la misión de los Sacerdotes en la Iglesia y en la sociedad. Para todo eso será necesario organizar encuentros de estudio, jornadas de reflexión, ejercicios espirituales específicos, conferencias y semanas teológicas en nuestras facultades eclesiásticas, además de estudios científicos y sus respectivas publicaciones.

El Santo Padre, en su discurso de promulgación durante la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero, el 16 de marzo pasado, dijo que con este año especial se quiere “favorecer esta tensión de los Sacerdotes hacia la perfección espiritual de la cual depende, sobre todo, la eficacia del ministerio”. Especialmente por eso, debe ser una año de oración de los Sacerdotes, con los Sacerdotes y por los Sacerdotes; un año de renovación de la espiritualidad del presbiterio y de cada uno de los presbíteros. En el referido contexto, la Eucaristía se presenta como el centro de la espiritualidad sacerdotal. La adoración eucarística para la santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual de las religiosas, de las mujeres consagradas y de las mujeres laicas hacia cada uno de los presbíteros, como propuesto ya desde hace algún tiempo por la Congregación para el Clero, podría desarrollarse con mejores frutos de santificación.

Sea también un año en el que se examinen las condiciones concretas y el sustento material en el que viven nuestros Sacerdotes, en algunos casos obligados a subsistir en situaciones de dura pobreza.

Sea, al mismo tiempo, un año de celebraciones religiosas y públicas que conduzcan al pueblo, a las comunidades católicas locales, a rezar, a meditar, a festejar y a presentar el justo homenaje a sus Sacerdotes. La fiesta de la comunidad eclesial es una expresión muy cordial, que exprime y alimenta la alegría cristiana, que brota de la certeza de que Dios nos ama y que hace fiesta con nosotros. Será una oportunidad para acentuar la comunión y la amistad de los Sacerdotes con las comunidades a su cargo.

Otros muchos aspectos e iniciativas podrían enumerarse con el fin de enriquecer el Año Sacerdotal. Al respecto, deberá intervenir la justa creatividad de las Iglesias locales. Es por eso que en cada Conferencia Episcopal, en cada Diócesis o parroquia o en cada comunidad eclesial se establezca lo más pronto posible un verdadero y propio programa para este año especial. Obviamente será muy importante comenzar este año con una celebración significativa. En el mismo día de apertura del Año Sacerdotal, el día 19 de junio, con el Santo Padre en Roma, se invita a las Iglesias locales a participar, en el modo más conveniente, a dicha inauguración con un acto litúrgico específico y festivo. Serán bien recibidos todos aquellos que, en ocasión de la apertura, podrán estar presentes, con el fin de manifestar la propia participación a esta feliz iniciativa del Papa. Sin duda, Dios bendecirá este esfuerzo con grande amor. Y la Virgen María, Reina del Clero, intercederá por todos vosotros, queridos Sacerdotes ■ Cardenal Claudio Hummes, Arzobispo Emérito de San Pablo, Prefecto de la Congregación para el Clero
Active contemplation is nourished by meditation and reading and, as we shall see, by the sacramental and liturgical life of the Church. But before reading, meditation and worship turn into contemplation, they must merge into a unified and intuitive vision of reality. In reading, for instance, we pass from one thought to another, we follow the development of the author's ideas, and we contribute some ideas of our own if we read well. This activity is discursive. Reading becomes contemplative when, instead of reasoning we abandon the sequence of the author's thoughts in order not only to follow our own thoughts (meditation), but simply to rise above thought and penetrate into the mystery of truth which is experienced intuitively as present and actual ■ Thomas Merton, The Inner Experience: Notes on Contemplation, William H. Shannon, ed. San Francisco: HarperSanFrancisco, 2003: 59.

Twelfth Sunday in Ordinary Time

The ancients had a healthy respect for the sea and for storms out on the sea, they saw the sea as one of the most powerful force in the world. They also saw the sea as a source of beauty. Life itself comes from the sea. Food came from the sea. Peace and serenity come from looking at the sea[1].

Even though it was such a powerful force, the ancients knew that God could control the sea. In the Book of Job, Job’s pains lead him to question God's wisdom and power. God challenges Job with the simple statement found in the first reading for this Sunday: I closed up the sea. God has even more power than the sea.

The fear of a storm at sea was too much for Jesus' disciples in the today’s Gospel reading. Many of them were fishermen. They were terrorized when they saw the storm coming. When Jesus quieted the sea and the winds, they recognized the power of God working through him. Their question: Who is this that calms the storm and the winds? Was similar to asking, who is the King of Glory? First, though, their faith was tried. Remember, when the storm first came up, Jesus was asleep in the boat. It seemed as though He was not concerned with their plight. It seemed that they had to ride out this storm alone.

The fear that the disciples had is the exact fear that we all have when we are confronted with a crisis. We find out that we have a serious illness. We realize that our marriage is in jeopardy. We learn a terrible truth about one of our relatives or friends. God, who is closer to each of us than our skins, knows our plight and challenges us as Jesus challenged his disciples, Why are you afraid? Where is you faith? It is then that we realize that our all loving god is also an all powerful God. He will calm the sea for us if we trust in him. God does not forget us, even if we think he is sleeping.

Yes, when it rains it pours, but, the King of Glory is in control. Today we pray for faith whenever we are thrown into turmoil ■

[1] Sunday 21st June, 2009, 12th Sunday Ordinary Time. Readings: Job 38:1, 8-11. Give thanks to the Lord, his love is everlasting—Ps 106(107):23-26, 28-31. 2 Corinthians 5:14-17. Mark 4:35-41 [St Aloysius Gonzaga].
Ilustration: Jan Brueghel the Elder, Christ in the Storm on the Sea of Galilee (c. 1596), Oil on copper, 27 x 35 cm, Museo Thyssen-Bornemisza (Madrid).
De rodillas, Señor ante el Sagrario
que guarda cuanto queda
de amor y de unidad,
venimos con las flores de un deseo
para que nos las cambies
a frutos de verdad.
Cristo en todas las almas
y en el mundo la Paz.
Como ciervos
que van hacia la fuente,
vamos hacia tu encuentro,
sabiendo que vendrás;
porque el que busca
es porque ya en la frente
lleva un beso de paz,
lleva un beso de paz.
Como estás, mi Señor,
en la custodia,
igual que la palmera
que alegra el arenal,
queremos que en el centro de la vida reine sobre las cosas
tu ardiente caridad ■
Himno del Congreso Eucarístico de 1952 (Barcelona).

Solemnidad de el Cuerpo y la Sangre de Cristo

Queridos hermanos y hermanas: Tras el tiempo fuerte del año litúrgico, que centrándose en la Pascua se extiende durante tres meses –primero los cuarenta días de la Cuaresma, después los 50 días del Tiempo Pascual-, la liturgia nos permite celebrar tres fiestas que tienen un carácter "sintético": la Santísima Trinidad, el Corpus Christi, y por último el Sagrado Corazón de Jesús[1].

¿Cuál es el significado de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo? Nos los explica la misma celebración que estamos realizando, con el desarrollo de sus gestos fundamentales: ante todo, nos hemos reunido alrededor del Señor para estar juntos en su presencia; en segundo lugar, tendrá lugar la procesión, es decir, caminar con el Señor; por último, vendrá el arrodillarse ante el Señor, la adoración que comienza ya en la misa y acompaña toda la procesión, pero que culmina en el momento final de la bendición eucarística, cuando todos nos postraremos ante Aquél que se ha agachado hasta nosotros y ha dado la vida por nosotros. Analicemos brevemente estas tres actitudes para que sean expresión de nuestra fe y de nuestra vida.

REUNIRSE EN LA PRESENCIA DEL SEÑOR.

El primer acto es el de reunirse en la presencia del Señor. Es lo que antiguamente se llamaba statio. Imaginemos por un momento que en toda Roma sólo existiera este altar, y que se invitara a todos los cristianos de la ciudad a reunirse aquí, para celebrar al Salvador, muerto y resucitado. Esto nos permite hacernos una idea de cuáles fueron los orígenes de la celebración eucarística, en Roma y en otras muchas ciudades, a las que llegaba el mensaje evangélico: en cada Iglesia particular había un solo obispo y, a su alrededor, alrededor de la Eucaristía celebrada por él, se constituía la comunidad, única, pues uno era el Cáliz bendecido y uno era el Pan partido, como hemos escuchado en las palabras del apóstol Pablo en la segunda lectura[2].

Pasa por la mente otra famosa expresión de Pablo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús[3]. ¡Todos vosotros sois uno!. En estas palabras se percibe la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta precisamente alrededor de la Eucaristía: aquí se reúnen en la presencia del Señor personas de diferentes edades, sexo, condición social, ideas políticas. La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas escogidas según afinidades o amistad. La Eucaristía es un culto público, que no tiene nada de esotérico, de exclusivo. En esta tarde, no hemos decidido con quién queríamos reunirnos, hemos venido y nos encontramos unos junto a otros, reunidos por la fe y llamados a convertirnos en un único cuerpo, compartiendo el único Pan que es Cristo.

Estamos unidos más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, de profesión, de clase social, de ideas políticas: nos abrimos los unos a los otros para convertirnos en una sola cosa a partir de Él. Esta ha sido desde los inicios la característica del cristianismo, realizada visiblemente alrededor de la Eucaristía, y es necesario velar siempre para que las tentaciones del particularismo, aunque sea de buena fe, no vayan en el sentido opuesto. Por tanto, el Corpus Christi nos recuerda ante todo esto: ser cristianos quiere decir reunirse desde todas las partes para estar en la presencia del único Señor y ser uno en Él y con Él.

CAMINAR CON EL SEÑOR.

El segundo aspecto constitutivo es caminar con el Señor. Es la realidad manifestada por la procesión, que viviremos juntos tras la santa misa, como una prolongación natural de la misma, avanzando tras Aquél que es el Camino. Con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús nos libera de nuestras "parálisis", nos vuelve a levantar y nos hace "proceder", nos hace dar un paso adelante, y luego otro, y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este Pan de la vida. Como le sucedió al profeta Elías, que se había refugiado en el desierto por miedo de sus enemigos, y había decidido dejarse morir[4]. Pero Dios le despertó y le puso a su lado una torta recién cocida: Levántate y come –le dijo- porque el camino es demasiado largo para ti[5]. La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía nos quiere liberar de todo abatimiento y desconsuelo, quiere volver a levantarnos para que podamos retomar el camino con la fuerza que Dios nos da a través de Jesucristo. Es la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo de Egipto, la larga peregrinación a través del desierto, de la que nos ha hablado la primera lectura. Una experiencia que para Israel es constitutiva, pero que para toda la humanidad resulta ejemplar. De hecho, la expresión no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca del Señor[6] una afirmación universal, que se refiere a cada hombre en cuanto hombre. Cada uno puede encontrar su propio camino, si encuentra a Aquél que es Palabra y Pan de vida y se deja guiar por su amigable presencia. Sin el Dios-con-nosotros, el Dios cercano, ¿cómo podemos afrontar la peregrinación de la existencia, ya sea individualmente ya sea como sociedad y familia de los pueblos? La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que se pone a nuestro lado y nos indica la dirección. De hecho, ¡no es suficiente avanzar, es necesario ver hacia dónde se va! No basta el "progreso", sino no hay criterios de referencia. Es más, se sale del camino, se corre el riesgo de caer en un precipicio, o de alejarse de la meta. Dios nos ha creado libres, pero no nos ha dejado solos: se ha hecho él mismo "camino" y ha venido a caminar junto a nosotros para que nuestra libertad tenga el criterio para discernir el camino justo y recorrerlo.

ARRODILLARSE EN ADORACIÓN ANTE EL SEÑOR.

Al llegar a este momento no es posible de dejar de pensar en el inicio del "decálogo", los 10 mandamientos, en donde está escrito: "Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí"[7]. Encontramos aquí el tercer elemento constitutivo del Corpus Christi: arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el santísimo Sacramento, porque en él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su unigénito Hijo[8]. Nos postramos ante un Dios que se ha abajado en primer lugar hacia el hombre, como el Buen Samaritano, para socorrerle y volverle a dar la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios.

Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, quien da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la más pequeña criatura, a toda la historia humana y a la más breve existencia. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística, en la que el alma sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquél ante el que nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma. Por este motivo, reunirnos, caminar, adorar, nos llena de alegría. Al hacer nuestra la actitud de adoración de María, a quien recordamos particularmente en este mes de mayo, rezamos por nosotros y por todos; rezamos por cada persona que vive en esta ciudad para que pueda conocerte e ti, Padre, y a Aquél que tú has enviado, Jesucristo. Y de este modo tener la vida en abundancia. Amén ■

[1] Homilía pronunciada por Su Santidad Benedicto XVI en la solemnidad del Corpus Christi del 2008, al presidir la celebración eucarística en la plaza de la Basílica de San Juan de Letrán, en Roma.
[2] Cf. 1 Cor 10, 16-17.
[3] Ga 3, 28
[4] Cf. 1Reyes 19,1-4
[5] 1 Reyes 19, 5.7
[6] Deut 8, 3.
[7] Ex 20, 2-3
[8] Cf. Jn 3, 16.
Ilustración, Rembrandt Harmenszoon van Rijn, La cena en Emaus (1648), óleo sobre tela, (68 x 65 cm), Musée du Louvre (Paris).
O salutaris Hostia,
Quae caeli pandis ostium:
Bella premunt hostilia,
Da robur, fer auxilium.
Uni trinoque Domino
Sit sempiterna gloria,
Qui vitam sine termino
Nobis donet in patria.
Amen.
O salutary Host,
Who expandest the door of the sky,
Hostile wars press.
Give strength; bear aid.
To the Lord One in Three,
May there be sempiternal glory;
for life without end
he gives to us in our homeland.
Amen ■
Pope John Paul II in the Corpus Christi procession in Rome in 2001.

The Solemnity of the Most Holy Body and Blood of Christ

The purpose of the celebration today, the Solemnity of the Body and Blood of the Lord, is to remind us all of the importance and joy at receiving the Eucharist. We are reminded of Who it is we are receiving and what we are doing when we approach the Eucharist[1].

The original celebration of the Body of Christ was begun in the thirteenth century promoted by one of our spiritual ancestors named St. Juliana of Liege, a visionary and an Augustinian nun[2]. Soon after this the pope, Pope Urban IV, asked the great theologian, St. Thomas Aquinas, to prepare a Mass to celebrate this new feast. We still sing some of the hymns that St. Thomas Aquinas wrote for this Mass, particularly the Tantum Ergo, which is part of the Pange Lingua, and the O Salutaris Hostia [3]. On this day the Eucharist was honored by carrying the host in a solemn procession, stopping several times for Benediction. This custom is still encouraged and practiced in many countries throughout the world, including our own.

The readings for this Sunday emphasize the Eucharist as the Blood of the New Covenant. Covenants were those solemn promises of the Bible that demanded action on both sides. They were also always sealed with a sign. The rainbow was a sign of the covenant with Noah. Circumcision was the sign of the covenant with Abraham. Another rather strange way of sealing the covenant was mentioned in the first reading. As their way of accepting the Covenant of the Ten Commandments, people were sealed into the covenant by being sprinkled with the Blood of a sacrificed animal.

All this is presented to emphasize the Eucharist as the sign of the covenant Jesus made with the Father for us. We are reminded in today’s Gospel that this is the Blood of the New Covenant. This means that when we receive communion we are entering into a covenant with God. The very reception of communion is a solemn commitment on our parts to make the Kingdom of God real in the world.

Most often we refer to the Eucharist as "communion". But we should understand that the communal aspect of the Eucharist is far more than a group of people sharing a meal. It is the union of those who share the Body of Christ into the Kingdom of God. When we receive communion we are by that very action recommitting ourselves to the Battle for the Kingdom, to fighting paganism in our lives and our world. We are recommitting ourselves to be active members of that community that spreads the Kingdom of God through sacrificial love. We do need to take care that we don’t overlook the huge commitment we are making to live and spread the Kingdom of God.

The strength needed to accomplish this task is provided for by the Eucharist itself. The Eucharist is the Body of Christ, the real presence of the Lord. This is the aspect of the Eucharist that has been impressed upon us all since the days of our First Communion. This is Jesus. The real presence of the Lord is the reason why we always allot time for silent prayer after communal song, why we genuflect when we enter our pew, why we kneel, why we make visits to the Blessed Sacrament and why we maintain a silence before and after Mass so others can pray before the Lord.

The Eucharist, a word that means thanksgiving, is the way that we thank God for life we have received, and the saved community of which we are a part. It is the way that we thank God for the manifestations of His Love we experience in every aspect of our lives. We thank God in the Eucharist for giving us His Power to make His Presence real in the world. Again, returning to our Diocesan Eucharistic initiative, we thank God for the nourishment that allows us to be sent to others.

The Eucharist is the mystery of commitment and strength. The commitment is to do the work of the Kingdom. The strength is the very Presence of the Lord.

We pray today that we might be sincere in the commitment we make whenever we receive communion. And we thank God for the strength that He gives us to live out this commitment ■

[1] Sunday 14th June, 2009, Solemnity of the Body and Blood of Christ. Exodus 24:3-8. I will take the cup of salvation, and call on the name of the Lord—Ps 115(116):12-13, 15-18. Hebrews 9:11-15. Mark 14:12-16, 22-26
[2] Saint Juliana of Liège (also called St. Juliana of Mt. Cornillon) (1193 – 5 April 1252) was a nun and visionary from Retinnes in Fléron in the Bishopric of Liège, now in Belgium. She was a significant member of the Premonstratensian convent of Mount Cornillon. She was known for her holiness, and for promoting the introduction of the Feast of Corpus Christi.
[3] Verbum Supernum Prodiens is a Catholic hymn by St Thomas Aquinas. It was written for the Hour of Lauds in the Divine Office of Corpus Christi. It is about the institution of the Eucharist by Christ at the Last Supper, and His Passion and death. The last two verses form a hymn on their own as well, O Salutaris Hostia, which is sung at the Adoration of the Blessed Sacrament.
Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
La Iglesia nos sumerge en tu misterio;
te confesamos y te bendecimos,
Señor Dios nuestro.
Como un río en el mar de tu grandeza,
el tiempo desemboca en hoy eterno,
lo pequeño se anega en lo infinito,
Señor, Dios nuestro.
Oh, Palabra del Padre, te escuchamos;
oh, Padre, mira el rostro de tu Verbo;
oh, Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.
¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
haced de nuestros almas vuestro cielo,
llevadnos al hogar donde tú habitas,
Señor, Dios nuestro.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu:
Fuente de gozo pleno y verdadero,
al Creador del cielo y de la tierra,
Señor, Dios nuestro. Amén ■
Himno de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad.

Solemnidad de la Santisima Trinidad

Por qué los cristianos creemos en la Trinidad? ¿No es ya bastante difícil creer que existe Dios como para añadirnos el enigma de que es «uno y trino»? además está todo el tema del ecumenismo: no falta quien esta dispuesto con dejar aparte la Trinidad para poder dialogar mejor con judíos y musulmanes que profesan la fe en un Dios rígidamente único[1].

La respuesta es sencilla, y es que los cristianos creemos que Dios es trino ¡porque creemos que Dios es amor! Si Dios es amor debe amar a alguien. No existe un amor al vacío, sin dirigirlo hacia alguien. Y… ¿a quién ama Dios para ser definido amor? Una primera respuesta podría ser: ¡ama a los hombres! Pero los hombres existen desde hace algunos pocos millones de años, no más. Entonces, antes, ¿a quién amaba Dios? No puede haber empezado a ser amor desde cierto momento, porque Dios no puede cambiar. Entonces amaba el universo. Pero el universo existe desde también algunos miles de millones de años, unos mas que el hombre; antes de entonces, ¿a quién amaba Dios para poderse definir amor? No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a uno mismo no es amor, sino egoísmo.

La respuesta viene con la Revelación cristiana. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo, el Verbo, a quien ama con amor infinito, que es el Espíritu Santo.

En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado y el amor que les une. Allí donde Dios es concebido como poder absoluto, no existe necesidad de más personas, porque el poder puede ejercerlo uno solo; no así si Dios es concebido como amor absoluto.

La teología se ha servido de las palabras naturaleza, o sustancia, para indicar en Dios la unidad, y del término persona para indicar la distinción. Por esto decimos que nuestro Dios es un Dios único en tres personas.
La doctrina cristiana de la Trinidad no es un retroceso, un pacto entre monoteísmo y politeísmo. Al contrario: es un paso adelante que sólo el propio Dios podía hacer que lo diera la mente humana.

La contemplación de la Trinidad puede tener un estupendo impacto en nuestra vida humana y sobre todo en nuestra vida espiritual. Es un misterio de relación. Las personas divinas son definidas por la teología relaciones subsistentes. Significa que las personas divinas no tienen relaciones, sino que son relaciones. Los seres humanos tenemos relaciones –entre padre e hijo, entre esposa y esposo, etcétera- sin embargo no agotamos en esas relaciones; existimos también fuera y sin ellas. No así el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La felicidad y la infelicidad en la tierra dependen en gran medida de la calidad de nuestras relaciones. La Trinidad nos revela el secreto para tener relaciones bellas. Lo que hace bella, libre y gratificante una relación es el amor en sus diferentes expresiones. Aquí se ve cuán importante es que se contemple a Dios ante todo como amor, no como poder: el amor dona, el poder domina. Lo que envenena una relación es querer dominar al otro, poseerle, instrumentalizarlo, en vez de acogerle y entregarse
[2].

La primera lectura de la Solemnidad nos presenta al Dios bíblico como misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad. Éste es el rasgo que reúne más al Dios de la Biblia, al Dios del Islam y al Dios (mejor dicho, la religión) budista, y que se presta más, por ello, a un diálogo y a una colaboración entre las grandes religiones.

Cada sura del Corán empieza con la invocación: En el nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo
[3]. En el budismo, que desconoce la idea de un Dios personal y creador, el fundamento es antropológico y cósmico: el hombre debe ser misericordioso por la solidaridad y la responsabilidad que le liga a todos los vivientes.

Las guerras santas del pasado y el terrorismo religioso del presente son una traición, no una apología o defensa de la propia fe. ¿Cómo se puede matar en nombre de un Dios al que se continúa proclamando «el Misericordioso y el Compasivo»? Es la tarea más urgente del diálogo interreligioso que juntos, los creyentes de todas las religiones, debemos perseguir por la paz y el bien de la humanidad
[4]

[1] El ecumenismo se refiere a toda iniciativa que apunte a una mayor unidad o cooperación religiosa. En su sentido más amplio, esta unidad o cooperación puede referirse a una unidad mundial religiosa, por la advocación de un mayor sentido de espiritualidad compartida entre las tres religiones abrahámicas: Judaísmo, Cristianismo e Islam. Más comúnmente, sin embargo, el ecumenismo es usado en un significado más específico, en referencia a una cooperación mayor entre las denominaciones diferentes religiosas de una sola de estas confesiones.
[2] Se debe añadir una observación importante. ¡El Dios cristiano es uno y trino! Ésta es, por lo tanto, asimismo la solemnidad de la unidad de Dios, no sólo de su trinidad. Los cristianos también creemos «en un solo Dios», sólo que la unidad en la que creemos no es una unidad de número, sino de naturaleza. Se parece más a la unidad de la familia que a la del individuo, más a la unidad de la célula que a la del átomo.
[3] Las suras o azoras (palabra castellana procedente del árabe as-sūra, سورة ), son cada uno de los 114 capítulos en los que se divide el Corán, libro sagrado del Islam. Las azoras no siguen el orden cronológico en que fueron creadas (reveladas por Dios, según la creencia musulmana) sino que se ordenan de mayor a menor, exceptuando la primera (Al-Fātiha), que es corta y cuya recitación constituye la principal oración musulmana. Las azoras están compuestas por un número variable de aleyas (āya, plural āyāt). Esta voz es de origen hebreo y significa señal, milagro o prodigio. Suele traducirse como "versículo". Las aleyas están numeradas.
[4] Cfr http://www.cantalamessa.org/es/omelieView.php?id=316

Ilustración: Andrea del Sarto, Disputatio sobre la Trinida (1520), óleo sobre madera (232 x 193 cm), Palazzo Pitti, Florencia.

Solemnity of the Most Holy Trinity

Today we celebrate the Solemnity of the Most Holy Trinity, a wonderful opportunity to reflect in the fact that God is both close to us and beyond us, Intimate and Transcendent. The Eternal Creator of the universe shocked us by establishing an intimate relationship with us. At baptism we receive His Life. Our bodies are sacred, holy, because we are the dwelling place of God. My favorite verse in Scripture is the concluding verse of the Gospel of Matthew and of our Gospel for this Sunday: Know that I am with you always until the end of time. He is always there. We can pray to Him within us, and in times of crisis ask Him for that power that is beyond us. So we pray for miracles of healing, we pray for miracles of forgiveness, we pray for the miracle of His Body and Blood.

We are made in the image and likeness of God, the Book of Genesis tells us. That means that we share in His Closeness and His Beyond. This is how we make God present in our society. We are given His Presence so that others can find Him in us, and ultimately, enjoy His presence in themselves. At the same time, our focus in life must be transcendent, on things above, on God. Yes, we work hard to provide for ourselves and our children, but only so we can better serve God. After all, the goal of all Christian parents is to allow their children to reach their spiritual potential. The goal of Christian parents is to all their children to live forever as children of God. That is why people have children, correct? Children are created for Love, His Love.

How are we to translate this intimacy and transcendence into our modern context? We can do this by focusing on the One who is intimate and transcendent, Jesus Christ. He is one of us, with us always. He is the eternal Son of the Father, present at the dawn of Creation, sitting at the Right Hand of the Father judging the living and the dead.

Every action of our lives must be grounded in our union with Jesus Christ. We do not worship to experience an emotional release, such as we might experience on Christmas and Easter. We do not worship to keep other people happy. We worship because we need the Lord in our lives and in the lives of our families. Parents worship to ask God to help them make Him real for their children. We all worship to experience His Presence in others and to provide others with an experience of His Presence. We worship to ask God to help us draw closer to Him every day of life that we have left. We worship because we have all absorbing desire to live for God.

After all, we are an intimate part of the Mystery of God. We are part of the Eternal Plan of God for His Creation. We pray today for the humility to accept His Mystery into our lives. We pray today for the courage to live His Mystery. May we be in the world, intimate, yet not of the world, transcendent. May the Lord give us the strength to live in His Image and Likeness ■
Ilustration: Albrecht Durer, The Trinity (c. 1511), WoodcutBritish Museum, London

Que se casen los curas

He de reconocer una cierta extrañeza, por el empeño que ponen periódicamente algunas, de esas personas que nunca faltan, de que los sacerdotes contraigamos nupcias; quizás considerando que, como la felicidad sólo se puede alcanzar dentro del matrimonio, los sacerdotes no podemos conseguirla, y tampoco podemos llegar a la maduración afectiva. Esto me resulta tan curioso como afirmar que los casados, por el hecho de serlo, sí han alcanzado dicha madurez y felicidad. Y desde este momento, quiero dejar muy claro que considero a la mujer como la mejor compañera del hombre, para compartir una vida de ayuda mutua, donde ella sirve de soporte, brindando un amor incomparable. Esto lo digo en serio, ademas demás me siento obligado a aclarar algo que, sin duda, le romperá los esquemas a más de uno: El Sacramento del Orden Sacerdotal, dentro de la doctrina católica más pura, no se contrapone al Sacramento del Matrimonio, de forma que, “sacramentalmente”, no hay obstáculos para que los ministros sagrados: Diáconos, Sacerdotes y Obispos, pudiéramos unirnos, en este valle de lágrimas, a una encantadora mujer.
Ahora bien, conviene señalar que, hasta aquí, nos estamos moviendo dentro de la Teología Sacramental, la cual es sólo una parte del cuerpo doctrinal profesado por la Iglesia; pero no comprende todos los aspectos que fundamentan la vida de la misma; así pues, junto con ella encontramos: la Teología Fundamental; la Dogmática; la Litúrgica; la Moral; la Ascética y la Mística; El Derecho Canónico, y la Práctica Pastoral.
De esta forma, se entiende que no todo lo que es posible, desde un aspecto, resultaría conveniente desde otros. Por lo aquí dicho, queda claro que sí podría haber sacerdotes casados, pero la exigencia de separar definitivamente estos dos Sacramentos, es de tipo ascético y prudencial práctico. No todo lo que está permitido es conveniente, y si no queda claro, pregúnteselo a los gordos.
Por principio consideremos cómo la Iglesia, con el fin de atender las necesidades espirituales de sus fieles, se ha organizado principalmente de acuerdo a un sistema territorial. Así pues, la Santa Sede divide al mundo en diócesis, nombrando a Obispos para que las dirijan, enseñen y santifiquen. A su vez, estos prelados escogen -entre sus sacerdotes- a los que deben responsabilizarse de los territorios en los que se subdividen las diócesis, esto es : parroquias. A dichos sacerdotes los conocemos como párroco o señor cura. Y trabajando con los párrocos, pueden haber otros sacerdotes; por ejemplo: vicarios.
Lo común es poder descubrir en todo el mundo bastantes más taxistas y médicos que sacerdotes, y entre éstos, encontramos a algunos ancianos y enfermos; ya que a algunos les ha tocado recorrer muchos kilómetros y por pura terracería. Por otra parte, en todas las diócesis existen pueblos, rancherías, ejidos y barrios de pobreza inhumana que han de recibir el mensaje y el apoyo del Evangelio.
Esta compleja realidad convierte a los Señores Obispos en auténticos ajedrecistas moviendo a sus sacerdotes, para poder atender a quienes se han gastado en el servicio de los fieles. Señores pasajeros, habiendo sobrevolado el mapa de la pastoral, pidamos indicaciones a la torre de control para poder aterrizar:
1- Imagínense nada más la alegría, o gozo, que llenaría el alma de la esposa de un sacerdote quien, siendo madre de algunos hijos estudiando desde el Kinder hasta la Preparatoria, su maridito le llegara con la noticia de que han de cambiar a los hijos de sus escuelas, porque el Señor Obispo lo acaba de nombrar Párroco de la Coronación en el pueblo de San Martín de las Palomas, municipio de Xicoltenahlpan de las Tunas.
2- Ahora bien, pensemos que el cambio de parroquia se da dentro de la misma ciudad, pero a la Colonia Colinas de Vista Hueca, esto es, en la zona de los basureros municipales; habiéndose enterado ella -por medio de la esposa del párroco de la Paz-, que al Padre Hermenulfo, que se ordenó hace apenas cuatro años, le encargaron la Parroquia de la Hacienda del Duque, -uno de los mejores barrios de la Ciudad-, cuando su marido tiene ya veinticuatro años como sacerdote.
3- ¿Pueden Ustedes suponer lo que sucedería en un pueblo, si la esposa del Señor Cura fuera chismosa?
4- ¿Cómo sería el trato del Sacerdote con su media naranja si ésta fuera celosa?, “¿Me puedes aclarar porqué estás dedicando tanto tiempo a las catequistas, eh?” o ... “Ya no me está gustando que seas el director espiritual de tantas señoras”.
5- ¿Con qué autoridad podría un sacerdote animar a sus feligreses a ser virtuosos, si resultara, que su propio hijo, (haciendo mal uso de su libertad) fuera parrandero y jugador?
6- ¿Cuántas críticas despertaría un sacerdote cada vez que su mujer estrenara un vestido o saliera con toda la familia de vacaciones? y ¿Hasta dónde le parecería correcto a su comunidad que los llevara a pasear?
7- ¿Qué sucedería en una Iglesia donde, algunos domingos no hubiera Misas, porque el sacerdote tuvo que llevar a su suegro, a su esposa, o a sus hijos al médico?
8- ¿En qué situación se encontrarían dos o más sacerdotes quienes, teniendo que vivir juntos, sus esposas o sus hijos no se llevaran bien, sino todo lo contrario?
9- ¿Pueden Ustedes imaginar los comentarios de la familia de la esposa de un clérigo, si llegaran a enterarse de los clásicos conflictos matrimoniales, o porque no los ayudó como ellos esperaban, dadas las condicionantes de su ministerio pastoral; o porque simplemente cayó en la cuenta de que suelen abusar de él?
10- La situación de casado exigiría a un sacerdote una serie de compromisos sociales como reuniones, bailes, visitas familiares, asistencia a las reuniones de padres de familia de las escuelas de sus hijos, etc. que lo llevarían necesariamente a descuidar su ministerio.
11- La experiencia nos demuestra en, la convivencia diaria, que un sacerdote puede tener un carácter un poco difícil, y esto puede provocar la pérdida del respeto incluso de su misma esposa.

La práctica de exigir el celibato a quienes querían ordenarse, se procuró desde los inicios de la Iglesia y, aunque frecuente, no era todavía obligatoria. Sin embargo, ya en el siglo III, en el Concilio de Elvira (España) se exigió como requisito indispensable a los futuros sacerdotes. No alcanzo a comprender cómo se las arreglarían los Obispos de los primeros siglos de la cristiandad, cuando todavía se admitían a clérigos casados, pero me parece perfectamente lógico que llegaran a la conclusión de cambiar tal disciplina por las normas actuales siguiendo el consejo de San Pablo cuando nos dice en su primera carta a los Corintios: “El no casado se preocupa de las cosas de Dios, de cómo agradarle”.
Por otra parte, todos sabemos desde niños, que los sacerdotes no se casan, de esta manera nadie podría, después de tantos años de estudio y preparación, llamarse engañado afirmando que él se enteró de dicha disposición, ya siendo sacerdote. Pero vayamos, en definitiva, a las causas de fondo sobre la hermosa y valiosísima práctica del celibato sacerdotal, según un texto de la Santa Sede: Se permanecería en una continua inmadurez, si el celibato fuese vivido como “un atributo que se paga al Señor” para acceder a las Órdenes (Sagradas) y no más bien como un “don”, que se recibe de su misericordia, como elección de libertad y grata acogida de una particular vocación de amor por Dios y por los hombres(*). Si de todo sacerdote se espera santidad, la mujer de un sacerdote tendría que ser doblemente santa. Es decir, no resultaría tarea fácil conseguir tantas lindas mujeres llenas de virtudes y encantos, capaces de servir como modelos de esposas, repletas de visión sobrenatural y prudencia, para poder cumplir con las exigencias de un matrimonio doblemente exigente, durante toda su vida. Por lo tanto, a todos aquellos interesados en ayudarnos para que nos podamos casar, les damos las más sinceras gracias, pero como dicen por ahí: “No me ayudes compadre”.

(*) Cfr. Directorio para el Ministerio y la Vida de los Presbíteros, de la Sagrada Congregación para el Clero, del 31 de enero de 1994, número 59.

el articulo -esplendido- es del P. Alejandro Cortés González-Báez (
www.padrealejandro.com), y me lo envio mi hermano Roberto, ¡gracias RAC!

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris