Emblemática respuesta humana, llena de confianza en la iniciativa de Dios, es el «Amén» generoso y total de la Virgen de Nazaret, pronunciado con humilde y decidida adhesión a los designios del Altísimo, que le fueron comunicados por un mensajero celestial. Su «sí» inmediato le permitió convertirse en la Madre de Dios, la Madre de nuestro Salvador. María, después de aquel primer «fiat», que tantas otras veces tuvo que repetir, hasta el momento culminante de la crucifixión de Jesús, cuando «estaba junto a la cruz». Y precisamente desde la cruz, Jesús moribundo nos la dio como Madre y a Ella fuimos confiados como hijos, Madre especialmente de los sacerdotes y de las personas consagradas. Quisiera encomendar a Ella a cuantos descubren la llamada de Dios para encaminarse por la senda del sacerdocio ministerial o de la vida consagrada ■ MENSAJE DEL PAPA PARA LA XVI JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES.

IV Domingo de Pascua

Uno de los recuerdos más fuertes de mi Ordenación Episcopal en San Cristóbal de las Casas fue la ofrenda que hicieron los hermanos tsotsiles[1]: llevaron hasta el altar un borreguito vivo. A todos les causó muy buena impresión y no faltaron las sonrisas y hasta algún comentario sobre la ofrenda tan especial. Uno de los hermanos que lo llevaban me dijo unas palabras en tsotsil: “Queremos que nos cuides y nos protejas como un verdadero pastor. Que no dejes que nos coma el coyote. Que busques nuestro alimento y que nos mantengas unidos”, me tradujo otro hermano.

Después, fui conociendo un poco más de las costumbres y realidades, sobre todo del pueblo tsotsil; cómo el pastor, con frecuencia pastorcita, se pasa todo el día acompañando a sus borregos, no importa si llueve, hace calor o frío. Todo el día los cuidan, viven con ellos, les ponen nombre… gastan su vida con ellos. Esto como los buenos pastores de todo el mundo. Pero lo que hacen diferente es que no los comen. Aprovechan su lana, pero no los matan para comérselos. Ciertamente, ya va entrando en la mayoría de los pueblos el consumismo, y ya algunas comunidades hacen ricas barbacoas, pero quedan muchas comunidades que tienen otro sentido del cuidado y utilidad del borreguito.

Por eso este domingo llamado del “Buen Pastor”, vienen a mi memoria estas imágenes y resuenan en mi mente las palabras de quienes llevaron la ofrenda. Y hacen que me cuestione sobre mi servicio de pastor. ¿Cómo cuido a cada uno de ellos? ¿Cómo los conozco? ¿Cómo doy la vida por ellos? ¿Cómo fomento la unidad entre ellos? ¿Cómo cuido sus derechos a la vida, a la educación?

Cristo es el único y verdadero Pastor y solamente Él es quien nos cuida, nos conoce a todos y nos protege. En la persona de Cristo se identifican las imágenes del cordero siervo de Yahvé y del pastor-guía de su pueblo. Con la primera imagen se expresa la cercanía con nosotros, por la cual el Hijo de Dios quiere asemejarse en todo a sus hermanos, asumir su destino hasta la muerte, derramando su Sangre inocente por nosotros. En la segunda se expresa el amor misericordioso de Dios que Cristo manifiesta vivamente en su persona, muy diferente de los otros líderes religiosos y políticos de su pueblo que se presentaban como pastores en nombre de Dios.

Cristo, en el pequeño texto que leemos hoy, nos presenta un verdadero programa para los pastores: Las conozco… escuchan mi voz… Yo les doy la vida… Y verdaderamente que Él lo cumple a la perfección: conoce a las personas y las acepta, las defiende, no quiere que ninguna se pierda, les da la vida eterna y, finalmente, ofrece su propia vida por ellos. No ha rehuido ningún trabajo: se ha entregado generosamente por todos.

Al decir Cristo que “sus ovejas escuchan su voz”, vendría el primer cuestionamiento fuerte que debemos ponernos en este día: ¿Cómo escuchamos la voz de Cristo? ¿Cómo seguimos su Palabra y su ejemplo? Si queremos ser seguidores de Jesús, no se trata sólo de estar bautizados, sino de creer en Él, escuchar su voz, tratar de que nuestra mentalidad se parezca a la suya. No sólo cuando el camino es fácil, sino también “en la gran tribulación” de la que habla el Apocalipsis. En el tramo difícil es cuando más se reconoce al buen pastor y cuando Cristo Resucitado se nos manifiesta más cercano.

Y viene una segunda pregunta que ya insinuaba al principio. Siendo Cristo el único y verdadero, todos nosotros, en una u otra medida, tenemos la obligación de cuidar y proteger a quienes en cierto sentido nos han sido confiados. Todos nosotros somos “pastores” y debemos tener las mismas características de Jesús: conocer, escuchar, dar la vida. Buen examen para todos nosotros. Los padres de familia tendrán en Cristo el mejor ejemplo de cómo conocer a sus hijos. En un mundo tan acelerado, con frecuencia los papás son los últimos que conocen de verdad a sus hijos, no se escuchan mutuamente y cada quien lleva una vida donde, en el mejor de los casos, no haya interferencias y no se estorben mutuamente. Pero no hay una cercanía, un acompañamiento… ¡No hay tiempo! O… ¿no habrá interés?

Al interior de la Iglesia, también cada uno de nosotros tenemos un ministerio o una vocación. Siempre la vocación, cualquiera que sea, será para nutrir a la comunidad, para fortalecerla, para unirla y darle vida. Todos los ministerios son importantísimos, y nadie debe refugiarse en el anonimato para rehuir su propia responsabilidad. Catequistas, Religiosas, Religiosos, Sacerdote, Ministros, hombres y mujeres… todos tienen una misión importantísima dentro de la Iglesia y de la comunidad. La imagen que debemos reproducir es la de Cristo cordero y pastor. El que sirve, el que cuida y el que da la vida.

También se ha escogido este día para la celebración de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Y aprovecho este espacio para dos peticiones. La primera es hacer una invitación a todos los jóvenes a que piensen muy bien cuál es su vocación, su misión en el lugar, el tiempo y las circunstancias que Dios les ha regalado. Que sean generosos y respondan con alegría al llamado de Dios. Necesitamos verdaderos pastores en todos los ámbitos. Claro que si alguno quiere decidirse por seguir a Jesús en el Sacerdocio o en la vida religiosa, el Señor lo está llamando para que responda a este llamado. La segunda petición es que hagamos oración. Oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas, por las vocaciones al Diaconado y al servicio ministerial. Oración por quienes ya están en este servicio, para que nunca corrompan su ministerio, sino que se conserven fieles a la imagen del Buen Pastor ■ Mons. Enrique Díaz, Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas[2].

[1] El tsotsil es una de las 31 lenguas mayas que tiene más dos mil años y actualmente es hablada por unas 300.000 personas, de las cuales muchas se marcharon de la zona después de que el huracán Mitch devastara en 1998 sus tierras chiapanecas.

[2] Mons. Díaz, nació en Huandacareo el 13 de junio de 1952, fue ordenado Sacerdote el 10 de octubre de 1977. Su Santidad Juan Pablo II lo nombra el 30 de abril de 2003 Obispo Auxiliar de la Diócesis de San Cristóbal de las Casas, y es consagrado el 10 de julio de ese mismo año. Para el Trienio 2004 - 2006 fungió como Vocal de las Comisiones Episcopales de Pastoral Bíblica y de Ministerios Laicales y Diaconado Permanente. Electo Responsable de la Dimensión Ministerios Episcopales de la Comisión Episcopal Para Vocaciones y Ministerios para el Trienio 2007-2009. .
Genuine contemplation involves no tension. There is no reason why it should affect anyone's nerves: on the contrary, it relaxes them. It leaves you rested and refreshed in your whole being. There is no strain in real contemplation, because when the gift is real, you do not depend on it, you are not enslaved by the "need" to experience anything. The contemplative does not seek reassurance in himself, in his virtue, in his state, in his "prayer". His trust is in God, not in himself. The peace and "rest" of contemplation is the fruit of a living faith in the action of divine grace. The contemplative is able to let go of himself and everything else, knowing that everything that matters in his life is in God's hands, and that he does not have to "take thought for the morrow." He fully realizes the meaning of the Gospel message of salvation by the grace of God and not by dependence on human ingenuity ■ Thomas Merton, The Inner Experience: Notes on Contemplation. William H. Shannon, editor (San Francisco: HarperSanFrancisco, 2003): 113.

Fourth Sunday of Easter

Today, the Good Shepherd’ Sunday it is a wonderful opportunity to reflect in the fact that if Our Lord is not the foundation of our lives, we have no foundation. And we have no life, at least, none worth living.

The question we all need to ask ourselves is: Do we want the Cornerstone? Do we really want Jesus? Or we are people who reduce Jesus to a good man, but not the Son of God and not the foundation on which to build our lives.

If we are determined to be like everyone else in our society, then we will not sense any need for Christ. We live in a society that focuses heavily on self-interest, and on self-gratification, and this is not the way of the Christian.

The only concern of the Christian is Jesus Christ.

Peter, the disciple who denied the Lord, was radically changed by the experience of the Risen Lord. No longer was he focusing on himself. He realized that the meaningful in life did not revolve around him or the other disciples. Everything worthwhile is about Jesus. It must be the same for us. He is the Way the Truth and the Life[1]. He must be the Cornerstone of our lives.

When we preach the good news, when we stand up for Jesus, we are often accepted by others who, like us, wish to change the world. But we are also rejected by many who want nothing to do with Jesus, His Way, or His Life. Have others asked you to join them in something that is against the Life of Jesus within you? Have you ever had to say, “No”. No to drugs. No to alcohol. No to sex outside of marriage. No to gossip. No to destroying someone’s reputation. No to excluding someone from the love of the community. No to cheating, lying, stealing. And when you and I do say “No”, what happens? Quite often, you and I are rejected by others. We need to pray for these people. They are not just rejecting us. They are rejecting the Lord. The stone rejected is Jesus. We live for Jesus. We share His Life, His Love. We also share His rejection, His crucifixion.

All this is also reflected in today’s gospel, the gospel of the Good Shepherd. Jesus is the Good Shepherd. He offers Himself up completely for His people. The hired man doesn’t care, but the Good Shepherd does care. He does not count the cost. Nor is He concerned with what He is going to get for Himself. Selfishness is never a factor in the Divine Equation. Jesus loves us so much that He gives all for us. And then He calls us to give this same love to everyone. Are we ready and open to do our best?

As we continue with the celebration of the Holy Mass, may our minds be strengthened by the tenderly presence of the Good Shepherd. And let us humbly ask the Heavenly Father for His grace to shine on our Parish by the power of His Spirit so we may be blessed with religious vocations to fruitfully continue the ministry of our Lord Jesus Christ among His children ■

[1] John 14:6.
Quédate con nosotros,
la tarde está cayendo; quédate.
¿Cómo te encontraremos al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros; la mesa está servida,
caliente el pan, y envejecido el vino.
¿Cómo sabremos que eres un hombre entre
los hombres
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu Cuerpo y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.
Vimos romper el día sobre tu hermoso rostro
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche no apague el fuego
vivo que nos dejó tu paso en la mañana.
Arroja en nuestras manos, tendidas en tu
busca, las aguas encendidas del Espíritu.
Y limpia en lo más hondo del corazón del
hombre tu imagen empañada por la culpa ■
de la Liturgia de las Horas

III Domingo de Pascua

La modernidad[1] es un concepto que poco a poco, casi sin darnos cuenta se ha ido metiendo en la espiritualidad cristiana. La modernidad, que insiste en que la resurrección es un engaño, la modernidad que sutilmente considera la divinidad de Jesucristo como simple vivencia religiosa subjetiva, y la figura del Resucitado como mera creación de la piedad de la comunidad, y así termina por separar al Cristo de la fe del Cristo de la realidad[2].

La verdad es que Jesús ha resucitado. Él no sólo está vivo en la memoria de los suyos; Él no sólo sigue actuando en la historia a través de la fuerza de su palabra y de su obra sino que vive realmente como Dios y hombre, espiritual y corporalmente. Por supuesto transfigurado y glorioso. Es bueno detenerse por un momento y tomar conciencia de lo que se está afirmando aquí: es algo verdaderamente inaudito. Y si hay algo en nosotros que siente extrañeza o bien se revela ante ello, que se exprese entonces, porque tiene derecho a hacerlo.

El P. Bruckberger[3], al comentar el pasaje que escuchamos en el evangelio de este domingo[4] –el tercero del tiempo pascual- escribía:

«Me doy cuenta que algunos escritores católicos se sienten cohibidos ante las palabras, tan concretas, de los evangelios. Esos prudentes escritores preferirían que todo eso hubiera tenido lugar en la vaguedad. Pero no; a Jesucristo le horroriza la vaguedad. Está ahí en plena luz, ofreciéndose a las manos y a los ojos inquisitivos de esos hombres que van a ser sus testigos[5]. Importa que la experiencia de su realidad física se haga lealmente. En el fondo, los cerebros académicos de esos escritores tienen miedo a admitir una doble evidencia: primero, la omnipotencia de Dios desplegada en Jesús resucitado; en segundo lugar, las admirables sorpresas de la materia. Platón y el puritanismo han metido ahí su veneno. Para mi, al contrario, lo más extraordinario habría sido que ese cuerpo, ya participante de la vida eterna, hubiera seguido tan torpe como cualquier otro cuerpo sublunar. Ya no es torpe, pero es tan real como cualquier otro cuerpo sublunar»[6].

En aquel momento Jesús era todo lo contrario a un fantasma. Se coloca en medio de ellos, como siempre, como el viejo amigo que era. Sonríe, les saluda, se mueve, habla, los envuelve a todos con el calor de su mirada, parece dispuesto a reiniciar una de tantas conversaciones que ha tenido con ellos, sus apóstoles.

El Señor les tiende las manos, sus hermosas manos[7], ahora dramáticas por las heridas aún abiertas. Muestra luego su costado. Abre su túnica. Brilla su carne. Fulge su larga herida donde late el corazón. Es la misma carne que ellos han visto bajo el agua y el sol. No hay misterios. No hay magias. Es él. El de siempre. Sencillo. Fraterno.

Ellos lo tocan, tímidos aún. Vacilan todavía. Y él sonríe: ¿Tenéis algo que comer?. Se dan cuenta que no come por hambre. Lo hace sólo para que vean que está verdaderamente vivo.

Ahora sonríen todos. Una felicidad profunda comienza a brotar en los corazones de todos. Ahora saben que –como él mismo había profetizado- ya nadie será capaz de quitarles esa alegría[8].

La resurrección ya es para ellos más que una certeza, es una fiesta.

Sorprende, en verdad, ese interés de Jesús en que se compruebe la materialidad y la solidez de su cuerpo. Es él, no quiere ser confundido; es de carne y hueso, no un fantasma.

Si nos esforzamos por comprender la figura de Cristo, por pensar a la luz de su persona, nos vemos ante una disyuntiva: reelaborar nuestra concepción de Dios, aceptar una nueva imagen de Él e iniciar una nueva relación con Él, o bien diluir a Cristo y hacer de él un simple hombre, si bien muy poderoso…

En la Eucaristía se renueva continuamente la participación de ésta realidad transfigurada, divina y humana. Porque comer su cuerpo y beber su sangre es el pharmakon athanasias, el remedio que nos da la inmortalidad, como lo dicen los Padres griegos. Pero inmortalidad no de una vida “espiritual”, sino humana, corporal y espiritual, sumergida en la plenitud de Dios[9]



[1] En términos generales modernidad es un concepto filosófico y sociológico, que puede definirse como el proyecto de imponer la razón como norma trascendental a la sociedad. Desde ese punto de vista es similar al concepto kantiano de Ilustración (la mayoría de edad del individuo, que ejerce su razón de forma autónoma: el Sapere aude), y antes que éste al antropocentrismo humanista del Renacimiento (por ejemplo la Oratio pro homini dignitate de Pico della Mirandola). Fue muy significativo, para entender la diferente concepción de lo nuevo entre la Edad Media y la Moderna, el Debate de los antiguos y los modernos.
[2] R. Guardini, El Señor, Lumen, Buenos Aires, 2000, p. 530. Romano Guardini (1885-1968) fue un autor, académico y teólogo italiano que vivió la mayor parte de su vida en Alemania, donde su padre ejerció roles en la diplomacia. Químico de profesión, se ordenó sacerdote y fue uno de los líderes de los movimientos espiritual e intelectual que desencadenaron después las reformas aprobadas por el Concilio Vaticano II.
[3] Sacerdote de la orden de Santo Domingo nacido en Murat, (Francia) y muerto en Friburgo (Suiza) en 1998. Dedicó su vida a la enseñanza. En 1985 fue elegido miembro de la Académie des Sciences Morales et Politiques.
[4] Domingo 26 de Abril de 2009, Tercer Domingo de Pascua. Lecturas: Hech 3, 13-15. 17-19; 1 Jn 2, 1-5; Lc 24, 35-48.
[5] El subrayado es nuestro.
[6] Citado por J.L. Martín Descalzo en Vida y Misterio de Jesús de Nazareth, ed. Sígueme, Salamanca, p. 1201.
[7] El Canon romano hace una bellísima referencia a las manos del Señor: «Qui, pridie quam pateretur, accepit panem in sanctas ac venerabiles manus suas» (El cual, la víspera de su Pasión, tomó pan en sus santas y venerables manos)
[8] Cfr Jn 16, 22.
[9] El Señor, p. 534.
The faith of the disciples was made complete, and so is ours: theirs by the sight of the head, ours by the sight of the body. But to them and to us alike the whole Christ is revealed, though neither to them nor to us has it yet been granted to see him in his entirety. For while they could see the head alone with their physical eyes and the body only with the eyes of faith, we can see only the body and have to take the head on trust. Nevertheless, Christ is absent from no one; he is wholly present in all of us, even though he still waits for his body to be completed ■ San Augustine, Sermon 116, 1.5-6: PL 38, 657-60. Augustine (354-430) was born at Thagaste in Africa and received a Christian education, although he was not baptized until 387. In 391 he was ordained priest and in 395 he became coadjutor bishop to Valerius of Hippo, whom he succeeded in 396. Augustine’s theology was formulated in the course of his struggle with three heresies: Manichaeism, Donatism, and Pelagianism. His writings are voluminous and his influence on subsequent theology immense. He molded the thought of the Middle Ages down to the thirteenth century. Yet he was above all a pastor and a great spiritual writer.

Third Sunday of Easter

On the evening of the first Easter two disciples walked down a road, seven miles from Jerusalem. They were upset. The One in whom they had placed their hopes had died. The finest person they had ever met had ever met was gone. All the beautiful things that he said about the future, the kingdom of God, were they to be just pleasant memories, but not realities. They were crushed. Yes, they had heard a rumor that he had risen, but that didn't seem reasonable. They didn't know it was true[1].

And then the Lord appeared to them and He performed the same ritual he had performed the Thursday before. He broke bread, blessed it and gave it to them to eat. He gave them the Eucharist. It was at this point that they fully recognized his presence. It was at this point that he disappeared. He disappeared, but he didn't leave them. They had received the Lord.

We are called to be witnesses of the Lord through Word and Eucharist. We are called to preach penance of the remission of sins. Penance for the remission of sins? What is this about? We are called to join Jesus in seeking forgiveness and healing for a hurting world, even if this means taking the pains of the world upon ourselves. We are called to continue the presence of the Lord by joining his healing ministry, not just as doctors and nurses, but as forgiving and caring people. We are called to encourage people to join us in bringing our burdens to the Lord. Seek forgiveness, receive healing, and live in peace.

Jesus wanted them to experience his presence the same way he invites us to experience his presence, through Word and Eucharist. He spoke on the scriptures and shared the Eucharist. We have continued meeting the Lord in this same way, every time we attend Mass.
The Mass is an experience of the Resurrected Lord. That is why we come together on Sundays, to meet Christ in the Scripture and the Eucharist. We come to tell him our fears, to thank him for our accomplishments. We come because, basically, we enjoy being in his presence, just as the disciples at Emmaus enjoyed his presence.

When we leave here, we leave with the commission to take our experience of the Risen Lord with us to the world. The whole meaning of the term Mass is taken from the Latin missa, or sending. We are to take what we receive here and here out there. We are sent. Perhaps, many times you may not feel the joy and enthusiasm of the disciples in the Church, but you have always experienced his presence and his grace. It is this presence and grace, the Lord in Word and Eucharist that gives us the power to proclaim his life, his words, and his way to the world we live in.

Today we join the apostles in the joy of the Resurrected Lord. And we pray that we might bring his presence to a world that seeks him ■

[1] Sunday 26th April, 2009, 3rd Sunday of Easter. Readings: Acts 3:13-15, 17-19. Lord, let your face shine on us—Ps 4:2, 4, 7, 9. 1 John 2:1-5. Luke 24:35-48. [St Mark].

Ilustration:

19.IV.2009

Oremus et pro beatissimo Papa nostro Benedicto, ut Deus et Dominus noster, qui elegit eum in ordine episcopatus, salvum atque incolumem custodiat Ecclesiæ suæ sanctæ, ad regendum populum sanctum Dei. Oremus. Flectamus genua. Levate. Omnipotens sempiterne Deus, cuius iudicio universa fundantur: respice propitius ad preces nostras, et electum nobis Antistitem tua pietate conserva; ut christiana plebs, quæ te gubernatur auctore, sub tanto pontifice, credulitatis suæ meritis augeatur. Per Dominum nostrum Iesum Christum Filium tuum, qui tecum vivat et regnat in unitate Spiritu Sancti, Deus, per omnia sæcula sæculorum. Amen.
Oh perpetuo Pastor que purificas
A tu grey con las aguas bautismales,
En las que hallan limpieza nuestras mentes
Y sepulcro final nuestras maldades;

Oh Tú que en una cruz clavado un dia
Llegaste por amor a extremos tales,
Que pagaste la deuda de los hombres
Con el precio divino de tu sangre;

Oh Jesucristo: libra de la muerte
A cuantos hoy reviven y renacen,
Para que seas el perenne gozo
Pascual de nuestras mentes inmortales.

Gloria al Padre celeste y gloria al Hijo,
Que de la muerte resurgió triunfante,
Y gloria con entrambos al divino
Paracleto por siglos incesantes ■
de la Liturgia de las Horas

II Domingo de Pascua

Un día como hoy hace ya cuatro años veíamos aparecer detrás de una cruz y grandes cortinajes a un hombre más bien bajito y de sonrisa tímida que saludaba con las dos manos al aire a las miles de personas que lo esperaban en la Plaza de San Pedro. ¿Nombre? Benedicto XVI, que se presentaba en aquel momento como un «humilde trabajador de la viña del Señor»[1].

A los pocos días de su elección como sucesor de San Pedro empezaron a correr los ríos de tinta sobre su persona. Rápidamente se le tildó —entre otras acusaciones— de nazi, de intransigente, de reprimir a los teólogos de la liberación.

El primero de los mitos sobre el Papa es la acusación de que en su juventud militó con los nazis. ¿Qué hay de verdadero en esto? La respuesta la encontramos el libro publicado por Joseph Ratzinger en 1997, titulado Mi vida. Recuerdos (1927-1977)[2]. Ahí cuenta que en 1943 cuando él tenía 16 años y era ya seminarista, el gobierno de Hitler realizó un retén, y así le tocó ingresar al ejército alemán.

[Y] Cuenta que en vista de la creciente carencia de militares, los hombres del régimen idearon que los estudiantes utilizaran su tiempo libre en servicio de defensa antiaérea. «Así, el pequeño grupo de seminarista de mi clase —los nacidos entre 1926 y 1927— fue llamado a los servicios antiaéreos de Munich. Habitábamos en barracones como los soldados regulares, que eran obviamente una minoría, usábamos los mismo uniformes y, en lo esencial, debíamos llevar a cabo los mismos servicios, con la sola diferencia que a nosotros se nos permitía asistir a un número reducido de clases»[3].

El Papa cuenta que una noche, ya muy tarde, pusieron a su pelotón en formación. Entonces, dice el relato «un oficial de la SS nos llamó uno a uno fuera de la fila y trató de inducirnos como “voluntarios” en el ejército de la SS[4], aprovechándose de nuestro cansancio y comprometiéndonos delante del grupo reunido»[5].

Cuando llegó su turno, el joven Ratzinger se negó. «Junto con algunos otros, yo tuve la fortuna de decir que tenía la intención de ser sacerdote católico». La reacción de los oficiales de la SS fue inmediata: «fuimos cubiertos de escarnio e insultos, pero aquellas humillaciones nos supieron a gloria»[6].

Así, lejos de ser un miembro del partido nazi, Joseph Ratzinger fue víctima del nazismo. Y nos ha dejado constancia de su clara oposición a formar parte de ese sistema.

Muchos años más tarde, en 1982, el Cardenal Ratzinger tomó posesión del cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, un organismo de la Santa Sede encargado de cuidar la ortodoxia de la fe católica.

Era un cargo por demás célebre: se trataba de la antigua Inquisición, es decir, del famosísimo Santo Oficio[7] sobre el que también han corrido ríos de tinta y miles de calumnias.
Naturalmente la sombra de la sospecha volvió a caer sobre el entonces Cardenal. Sin embargo ¿en realidad Ratzinger fue un intolerante durante su gestión como Prefecto? Todo lo contrario. Su espíritu sencillo y abierto queda reflejado en el trabajo que durante muchos años hizo en la Congregación, y que está recogido por escrito. Siempre estuvo abierto al diálogo y al servicio y a la comunicación[8].

Es necesario detenernos –y hoy que se cumplen cuatro años de su elección como sucesor de San Pedro es un buen momento- y conocer la verdadera personalidad del Papa.

Benedicto XVI es un hombre valiente que en su momento no cedió ante el nazismo; que como profesor invitó siempre a sus alumnos a la búsqueda de la verdad[9], y como sacerdote, arzobispo y cardenal trabajó al servicio de todos.

Un hombre de una enorme inteligencia, de un gran sentido de la fe y con un profundo sentido de pertenencia a la Iglesia[10].

Habemus Papam! escuchamos con emoción al cardenal Medina Estévez hoy hace cuatro años, y [gracias a Dios] desde entonces tenemos al timón de la barca de Pedro a un hombre de una gran humildad y sencillez; sencillez que se manifiesta en esa capacidad de escuchar a todos y en esa valentía para llamar a los errores por su nombre, sin desear quedar bien ante los hombres, sino sólo ante Dios.

Un hombre con un espléndido sentido del humor y que usa unos divertidos zapatos rojos[11]. El Papa viste de Prada? No, el Papa se viste de Jesucristo, y nos invita a todos los católicos a que hagamos lo mismo ■

[1] Esas palabras coincidieron perfectamente con el recuerdo que yo guardaba del entonces Cardenal Ratzinger, cuando tuve la oportunidad de saludarlo y conversar unos minutos con él, en enero de 1998, cuando celebró la santa Misa en el Seminario donde entonces estudiaba. Cfr www.ceibidasoa.org/B16/mywebalbum/index.html
[2] www.casadellibro.com/libro-mi-vida-recuerdos-1927-1977/2900001053191
[3] p. 43
[4] La Schutzstaffel (en castellano, 'escuadrón de defensa') SS en alfabeto latino, fue una organización militar y de seguridad del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP) en Alemania.
[5] p. 46
[6] Ídem.
[7]El término Inquisición (latín: Inquisitio Haereticae Pravitatis Sanctum Officium) hace referencia a varias instituciones dedicadas a combatir la herejía dentro de la Iglesia Católica. La Inquisición medieval, de la que derivan todas las demás, fue fundada en 1184 en la zona de Languedoc (en el sur de Francia) para combatir la herejía de los cátaros o albigenses, que en 1249, se implantó también en el reino de Aragón (fue la primera Inquisición estatal) y que en la Edad Moderna, con la unión de Aragón con Castilla, fue extendida a ésta con el nombre de Inquisición española (1478 - 1821), bajo control directo de la monarquía hispánica, cuyo ámbito de acción se extendió después a América; la Inquisición portuguesa (1536 - 1821) y la Inquisición romana (1542 - 1965).
[8] Cuando un autor es sometido a un proceso doctrinal ante la Congregación para la Doctrina de la fe, el interesado tiene derecho a dos abogados, uno de ellos se le asigna de oficio. El caso del famoso teólogo moralista Marciano Vidal, redentorista, es representativo de este nuevo modo de proceder de la Congregación. Después de un primer estudio del Diccionario de ética teológica, y de Moral de Actitudes, del P. Marciano Vidal, la Congregación, a causa de los errores y de las ambigüedades encontrados, decidió emprender un estudio más profundo de esas obras. El 13 de diciembre de 1997 se le envió al autor, a través del Superior General de su Congregación, el texto de la Contestatio, es decir el dictamen de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El Autor envío una «Respuesta», redactada por él mismo y ayudado por el Consejero elegido por él, y acompañada por una carta de su Superior General. La Congregación recibió esa «Respuesta», el 4 de junio de 1998. La examinó, y la consideró insatisfactoria. Por eso, decidió ofrecer al autor una nueva posibilidad de clarificar su pensamiento sobre los puntos en examen (20 de enero de 1999). El nuevo texto de la Congregación, acompañado de una carta, se entregó al Superior General de la Congregación del Santísimo Redentor (7 de junio de 1999). En esta reunión se comunicó el resultado del examen de la Respuesta, así como la decisión de la Congregación, de carácter excepcional, de volver a formular los puntos en discusión, con objeto de facilitar una respuesta más puntual y precisa. Se determinó que la respuesta del P. Vidal, redactada de forma personal, inequívoca y sucinta, debía llegar a la Congregación para la Doctrina de la Fe antes del próximo 30 de septiembre. Y esa respuesta llegó el 28 de septiembre. El texto de la segunda «Respuesta» fue sometido a examen. Y el 10 de noviembre de 1999 concluyó el proceso. Aunque Vidal manifestó su disposición para corregir las ambigüedades referentes a la procreación artificial heteróloga, al aborto terapéutico y eugenésico y a las leyes sobre el aborto, este teólogo no proponía modificaciones concretas y sustanciales a las otras posiciones erróneas señaladas por la Congregación. Y por eso, el Dicasterio romano decidió enviarle una Notificación (amonestación oficial). El 2 de junio de 2000 se le comunicó formalmente la Notificación al P. Vidal, y después de un sereno diálogo, este Autor aceptó el juicio doctrinal formulado por la Congregación, y se comprometió formalmente a reelaborar sus escritos, según los criterios establecidos. Casi tres años de diálogo. Se llegó a un acuerdo. Nada de torturas, ni de hogueras. ¿Dónde está el Inquisidor? ¿Dónde está el intransigente?
[9] Como joven profesor de teología, abría a sus alumnos a pensadores en aquel momento considerados avanzados, y que en aquella época incluso tuvieron problemas con la Jerarquía católica, como Yves Congar o Henri de Lubac, además de a los grandes autores protestantes como Karl Barth, Oscar Cullmann o Dietrich Bonhoeffer. Ello le acarreó los recelos del catolicismo más conservador.
[10] Personalmente me parece interesante –y acertado- el comentario que hace Peggy Nonnan en la revista TIME de Abril del 2006: «Joseph Ratzinger—now Pope Benedict—this is the real him: the teacher, the thinker, the ponderer of deepest meanings. Benedict does not have the effortless theatricality and charisma of the young John Paul. But at his weekly audiences, Benedict, 79, has drawn larger crowds, and as John Allen of the National Catholic Reporter has noted, people came to "see" John Paul; they come to "hear" Benedict». El artículo –breve- completo puede encontrarse en: www.time.com/time/magazine/article/0,9171,1186689,00.html
[11] CITTA’ DEL VATICANO - Il Papa veste Prada? Solo una diceria, il Pontefice veste Cristo, parola dell'Osservatore romano. Per il quotidiano della Santa Sede, infatti, se e' vero che Benedetto XVI e' uomo attento al vestiario, tuttavia non lo e' secondo i canoni della frivolezza e della banalizzazione contemporanea ma in base a una precisa visione liturgica. L'Osservatore romano ricorda come i mass media si fossero concentrati sul copricapo rosso del Pontefice detto camauro, mentre la rivista Esquire ''nel suo annuale riconoscimento ai personaggi che incarnano l'epitome dell'eleganza'', ha qualche tempo fa indicato Benedetto XVI come l'uomo che meglio sceglie i suoi accessori di abbigliamento. ''In quegli stessi giorni - afferma l'Osservatore - si e' diffusa la diceria che le scarpe di cuoio rosso che il Papa e' solito calzare erano disegnate da Prada, il celebre marchio milanese. Naturalmente l'attribuzione era falsa; la banalita' contemporanea non si e' nemmeno accorta che il colore rosso racchiude un nitido significato martiriale, cosi' come non ha neanche capito che queste voci erano incongruenti con l'uomo semplice e sobrio che, nel giorno della sua elezione al papato, ha mostrato ai fedeli accalcati in piazza San Pietro e a tutto il mondo le maniche di un modesto maglioncino nero''. La verita', dunque, e' un'altra: ''Nell'attenzione per la liturgia dobbiamo inquadrare l'importanza, visibile per qualsiasi persona non completamente stordita dalla frivolezza, che Benedetto XVI attribuisce ai paramenti e, in modo particolare, agli ornamenti liturgici''. ''Il Papa, insomma - conclude il servizio - non veste Prada, ma Cristo. E questa sua preoccupazione non riguarda l'accessorio, ma l'essenziale. Questo e' il significato degli ornamenti liturgici che Benedetto XVI si preoccupa di curare, per rendere piu' comprensibile agli uomini del nostro tempo la realta' piu' vera della liturgia''.
Jesus said said to Thomas, “Put your finger here and see my hands, and bring your hand and put it into my side, and do not be unbelieving, but believe” (Jn 20:27)
Dear Brothers and Sisters, “Christ, our Paschal lamb, has been sacrificed!” (1 Cor 5:7). On this day, Saint Paul’s triumphant words ring forth, words that we have just heard in the second reading, taken from his First Letter to the Corinthians. It is a text which originated barely twenty years after the death and resurrection of Jesus, and yet – like many Pauline passages – it already contains, in an impressive synthesis, a full awareness of the newness of life in Christ. The central symbol of salvation history – the Paschal lamb – is here identified with Jesus, who is called “our Paschal lamb”. The Hebrew Passover, commemorating the liberation from slavery in Egypt, provided for the ritual sacrifice of a lamb every year, one for each family, as prescribed by the Mosaic Law. In his passion and death, Jesus reveals himself as the Lamb of God, “sacrificed” on the Cross, to take away the sins of the world. He was killed at the very hour when it was customary to sacrifice the lambs in the Temple of Jerusalem. The meaning of his sacrifice he himself had anticipated during the Last Supper, substituting himself – under the signs of bread and wine – for the ritual food of the Hebrew Passover meal. Thus we can truly say that Jesus brought to fulfilment the tradition of the ancient Passover, and transformed it into his Passover.

On the basis of this new meaning of the Paschal feast, we can also understand Saint Paul’s interpretation of the “leaven”. The Apostle is referring to an ancient Hebrew usage: according to which, on the occasion of the Passover, it was necessary to remove from the household every tiny scrap of leavened bread. On the one hand, this served to recall what had happened to their forefathers at the time of the flight from Egypt: leaving the country in haste, they had brought with them only unleavened bread. At the same time, though, the “unleavened bread” was a symbol of purification: removing the old to make space for the new. Now, Saint Paul explains, this ancient tradition likewise acquires a new meaning, once more derived from the new “Exodus”, which is Jesus’ passage from death to eternal life. And since Christ, as the true Lamb, sacrificed himself for us, we too, his disciples – thanks to him and through him – can and must be the “new dough”, the “unleavened bread”, liberated from every residual element of the old yeast of sin: no more evil and wickedness in our heart.

“Let us celebrate the feast … with the unleavened bread of sincerity and truth”. This exhortation from Saint Paul, which concludes the short reading that was proclaimed a few moments ago, resounds even more powerfully in the context of the Pauline Year. Dear brothers and sisters, let us accept the Apostle’s invitation; let us open our spirit to Christ, who has died and is risen in order to renew us, in order to remove from our hearts the poison of sin and death, and to pour in the life-blood of the Holy Spirit: divine and eternal life. In the Easter Sequence, in what seems almost like a response to the Apostle’s words, we sang: “Scimus Christum surrexisse a mortuis vere” – we know that Christ has truly risen from the dead. Yes, indeed! This is the fundamental core of our profession of faith; this is the cry of victory that unites us all today. And if Jesus is risen, and is therefore alive, who will ever be able to separate us from him? Who will ever be able to deprive us of the love of him who has conquered hatred and overcome death?

The Easter proclamation spreads throughout the world with the joyful song of the Alleluia. Let us sing it with our lips, and let us sing it above all with our hearts and our lives, with a manner of life that is “unleavened”, that is to say, simple, humble, and fruitful in good works. “Surrexit Christus spes mea: praecedet vos in Galileam” – Christ my hope is risen, and he goes before you into Galilee. The Risen One goes before us and he accompanies us along the paths of the world. He is our hope, He is the true peace of the world. Amen![1]

[1] HOMILY OF HIS HOLINESS POPE BENEDICT XVI, Saint Peter's Square, Easter Sunday, 12 April 2009
Este es el dia en que actuó el Señor,
sea nuestra alegría
y neustro gozo
Dad gracias al Señor
porque es bueno
porque es eterna su misericordia
Aleluya, Aleluya
Que lo diga la casa de Israel,
es eterna su misericordia;
que lo diga la casa de Aarón,
es eterna su misericorida;
que lo digan los fieles del Señor,
es eterna su misericordia ■ Salmo 117

Domingo de Pascua

Sin duda cada uno guardamos en nuestra memoria el recuerdo de alguna noche difícil, bien haya sido por enfermedad, por haber perdido a alguien cercano o bien por haber tenido que dormir lejos de casa, quizá y en condiciones difíciles. La noche del Viernes Santo debió ser la más terrible en la vida de aquellos hombres que habían decidido seguir al Maestro.

Los que hemos perdido a alguien sabemos que si es amarga la hora de la muerte, lo que se hace más penoso y difícil es volver a casa: todos los rincones están llenos de la ausencia de aquella persona que ya no está.

[Bien, pues] así llenos de la ausencia de Jesús estaban los discípulos del Señor; algunos se iban de Jerusalén el mismo día[1]. A casi todos el mundo se les había venido el mundo encima. Con excepción de la Santísima Virgen, nadie había permanecido junto al Señor. Nadie excepto Juan y Maria Magdalena.

A María Magdalena, a la que se le había perdonado mucho, había amado mucho y amaba mucho[2]; y san Juan, desde que vio al Cordero de Dios señalado por el Bautista estuvo especialmente cerca de Jesús. Los dos eran discípulos por amor.

Quizá esta sea la primera de las grandes lecciones del éste día: hemos de saber seleccionar bien y cuidar nuestros amores. El amor que elijamos para nuestra vida será lo que nos mueva en adelante.

Si de verdad queremos superar ese materialismo que sabemos NO es compatible con nuestra fe cristiana, si queremos sentir paz verdadera en el corazón, si queremos tener sabiduría para enfrentar lo que la vida nos va trayendo, debemos acercar nuestro espíritu, nuestra afectividad y nuestro corazón a la persona de Jesucristo, y después todo lo demás.

María Magdalena corrió la primera al sepulcro, cuando aún estaba oscuro el día, y triste y oscura estaba su alma[3]. Era el amor el que le daba luz y alas para llegar hasta el hombre que de verdad amaba[4]. Juan corrió más que Pedro y, en cuanto vio el sepulcro vacío, creyó en la luz y en la vida de su Maestro[5].

A los cristianos de hoy nos falta amor más que cualquier otra cosa. Pero amor auténtico, no sus falsificaciones. Muchas veces queremos distinguirnos de los demás por lo externo, lo que se puede ver y tocar pero lo que de verdad debe distinguirnos es el amor, el amor que nos hace sensibles a Dios y a las necesidades de los hermanos.

En la alegre mañana del domingo de Resurrección en el corazón de aquellos hombres y mujeres hubo sorpresas y capacidad de asombro. Yo me pregunto –y quisiera que cada uno se preguntara lo mismo- hoy por hoy, en mi vida ¿tengo capacidad de asombro, me sorprendo por esto que escucho en el Evangelio, o ya todo me da igual? Frederick Nietzche, el filósofo que tanto y tan amargamente cuestionó la fe cristiana, escribía no sin cierta razón: «sólo cuando los cristianos tengan mirada de resucitados podré yo creer en su Salvador»[6].

En Jesuralen muchos siguieron o dormidos o aburridos y bostezando ¿Quiénes estaban alegres y enamorados? Aquellos que descubrieron que el Señor había resucitado: Pedro y Juan, María Magdalena, los discípulos de Emaús. Todos corren a participar a los demás de su alegría, a gritar que el amor por el que habían apostado sí tenía sentido porque vieron a Jesucristo más vivo que nunca.

Y ésta es quizá la segunda gran lección de este domingo –el más importante del año. Ninguno de los que experimenta la resurrección del Señor se queda encerrado en su grupito, sino que sale a compartir con los demás. El domingo de Pascua es un día para convivir, para asistir a la parroquia [como todos los que están hoy aqui], para estar.

Nietzche decía [que] «sólo cuando los cristianos tengan mirada de resucitados podré yo creer en su Salvador».

Que se nos note que estamos celebrando la Pascua. Que sintamos ese gran orgullo de formar parte de la Iglesia Católica; que se nos note en los ojos que celebramos la Resurrección del Señor, y que como la Magdalena y Juan busquemos el amor en el corazón de Jesucristo ■

[1] Cfr Lc 24, 13-35.
[2] Id 7, 47.
[3] Cfr Jn 20, 1.
[4] «¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
(Secuencia del Domingo de Pascua)
[5] Cfr Jn 20, 4.
[6] Citado por Pedro José Ynarja, en Un amanecer sorprendente.
Ilustración: Anónimo, Maria Magdalena anuncia la resucción a los apóstoles, Salterio de S. Albano, Iglesia de San Godehard, Hildesheim (Alemania)

It is not dutiful observance that keeps us from sin, but something far greater: it is love. And this love is not something which we develop by our own powers alone. It is a sublime gift of the divine mercy, and the fact that we live in the realization of this mercy and this gift is the greatest source of growth for our love and for our holiness. This gift, this mercy, this unbounded love for God for us has been lavished upon us as a result of Christ's victory. To taste this love is to share in His victory. To realize our freedom, to exult in our liberation from death, from sin and from the Law, is to sing the Alleluia which truly glorifies God in this world and the world to come ■ Thomas Merton, Seasons of Celebration, pp.156-157.

Easter Sunday

One of the most beautiful compositions in classical music it is Anton Dvorak's New World Symphony.[1] I had not heard it for a while; last week I popped it in and then reflected on the times that Antonin Dvorak was portraying in music[2].

Jesus the Christ longed for a New World for God's children. He longed for a world where they would no longer be confined in a mortal prison by hatred, by paganism, by materialism. He grieved over people who were like sheep without a shepherd[3]. Their lives were pointless. They wanted meaning but could not find meaning. They spent millions of dollars on self-help books. They went to gurus and practiced transcendental meditation. They gave the New Age a try depending on themselves to provide everything. And they ended up with nothing. They killed themselves to make enough money to own everything this old world could produce. And they ended with nothing of lasting value. Jesus would lead them to the New World, a world which would give meaning and happiness to their lives. But the journey to the New World would take sacrifice: a tremendous sacrifice from a tremendous Lover. And so Jesus allowed the world to do its worse to him. The terrible sacrifice took place on the cross on Good Friday. The New World was proclaimed on a day like today: Easter Sunday.

Jesus invites all to join him on the journey to the New World. This journey demands that we also sacrifice. It demands that we reject the old, dead way of life. The journey demands that we accept being alone in a world full of mockers. They tell us that we are wasting our time, our money and our energy on religion. We tell them that we would rather be in the minority with Jesus than in a majority that rejects him. We suffer from others. We suffer from our efforts to overcome our own selfishness. We suffer, we sacrifice, even to the point of death with Jesus. All so we can have the New Life in the New World of the Lord not just for ourselves, but for our children. For if we do nothing more in our lives than lead our children to the Lord, then our lives have been a total success and have had infinite value.

Are you not aware that we who were baptized into Jesus Christ were baptized into his death? Through baptism into his death we were buried with him so that just as Christ was raised from the dead by the glory of the Father we too might live a new life.[4] That is from the first New Testament reading during the First Easter Mass, the solemn Easter Vigil. It reminds us that it isn't easy being a Christian, but it is worth the sacrifice.

Our lives have meaning, and purpose and beauty because we are not satisfied with the shallow existence of materialism and self-gratification. Jesus has called us out of this darkness and death and given each of us the ability to make his presence real for others.

If we just allow God to work through us, if we just strive to be that unique reflection of his love he created each of us to be, then we will come out of the tomb of selfishness this world buries us in and live eternally.

The tomb is empty, Mary Magdalene, sinner who lived it up, but then found life by rejecting her life. The tomb is empty Mary. But the world is full. The Savior Lives. May his life change the world. May we let his life change the world. For the world craves his New Life. And we need a New World ■

[1] Dvorak was born in Bohemia in 1841. He became popular in Germany and then in England in the 1880's. In 1892 he became the Director of the New York National Conservatory. During this time he wrote his 9th Symphony which he entitled, From the New World. He wrote from America at a time when thousands and thousands of people from Ireland, Italy, Germany, and Poland were migrating from the homes their ancestors lived in for centuries to find a new life and a new world.
[2] Sunday 12th April, 2009, ster Sunday. Readings: Acts 10:34, 37-43. This is the day the Lord has made; let us rejoice and be glad—Ps 117(118):1-2, 16-17, 22-23. Colossians 3:1-4 / 1 Corinthians 5:6-8. John 20:1-9.
[3] Cfr Mt 9:27-38.
[4] Rm 6: 3-11-

TRIDUO PASCUAL ■ 2009

Jueves Santo. Misa Crismal.

En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, el darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, Santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que al principio, entre otros dones de tu bondad, mandaste a la tierra a producir árboles frutales entre los que naciese el olivo, suministrador de este licor y fruto que sirviese para este sagrado crisma. Pues también David, presintiendo con profético espíritu los sacramentos de tu gracia, cantó que con el óleo se alegrarían nuestros rostros, y cuando antaño los crímenes del mundo eran expiados por el diluvio, una paloma demostró una semejanza del futuro don anunciando con la rama de olivo la paz devuelta a la tierra, lo cual en estos últimos tiempos vemos manifiestamente cumplido, cuando borrados todos los crímenes cometidos por las aguas del bautismo, esta unción del óleo torna nuestros rostros alegres y serenos. Por eso también diste mandato a tu siervo Moisés de constituir sacerdote a su hermano Aarón mediante la unción de este ungüento, tras haberse lavado con agua. Añadióse a éste un más amplio honor cuando tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor, exigió a Juan que le lavara en las aguas del Jordán para que, habiendo enviado el Espíritu Santo desde las alturas a semejanza de paloma sobre tu Unigénito, le proclamaras, por el testimonio de la consiguiente voz, que en él tenías tus mejores complacencias y claramente manifestara que era Aquél a quien el profeta David había cantado como ungido entre todos con el óleo de exultación. Por ello te pedimos, Señor santo, Padre omnipotente, eterno Dios, por el mismo Jesucristo, tu Hijo, Nuestro Señor, que santifiques con tu bendición a esta criatura para que se mezcle con ella la virtud del Espíritu Santo, cooperando el poder de Cristo, tu Hijo, de quien tomó nombre el crisma con el que ungiste a sacerdotes, reyes, profetas y mártires, a fin de que sea crisma de salvación para quienes renacieren del agua y del Espiritu Santo, y les haga partícipes de la vida eterna y consortes de la gloria celestial. Por el mismo Señor Nuestro Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén ■ Jueves Santo, Misa Crisma, bendición del Santo Crisma.

Jueves Santo

En la Cena del Cordero
y habiendo ya cenado,
acabada la figura,
comenzó lo figurado.

Por mostrar Dios a los suyos
cómo está de amor llagado,
todas las mercedes juntas
en una las ha cifrado.

Pan y vino material
en sus manos ha tomado
y, en lugar de pan y vino,
cuerpo y sangre les ha dado.

Si un bocado nos dio muerte,
la vida se da en bocado;
si el pecado dio el veneno,
el remedio Dios lo ha dado.

Haga fiesta el cielo y tierra
y alégrese lo criado,
pues, Dios no cabiendo en ello,
en mi alma se ha encerrado. Amén ■
de la liturgia de las Horas, Oficio del Jueves Santo

Jueves Santo

Con amor filial amo a mi Iglesia, la católica. Nací en ella y en su seno quiero llegar al fin de mi camino. Eso no quita que tenga amor también a otros credos. Me siento identificado en la fe con los que tienen otra fe que no es la mía, y me siento identificado también –hombre de poca fe que soy a veces- con aquellos que no tienen fe. Pero sobre todo me siento identificado con aquellos –buenos amigos algunos de ellos- que dicen no creer más en los sacerdotes; amigos que se quedan extrañados cuando les digo que yo –sacerdote- tampoco creo en los sacerdotes.

Y se extrañan aún más cuando les recuerdo que los sacerdotes no aparecemos por ningún lugar en la Profesión de Fe, ni siquiera en sus formas más antiguas[1]; que incluso no hay texto alguno del Magisterio de la Iglesia que obligue a los fieles a creer en la persona de los sacerdotes, de los obispos o del Papa. Los católicos creemos en Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo-, creemos también en la Iglesia, y dentro de ella, en el sacerdocio, pero jamás nadie nos obligará a creer en ningún sacerdote concreto.

No vamos a negar que dentro del clero –como en cualquier otro grupo humano- haya personas que nos quedamos muy lejos de lo que se espera de nosotros. Los sacerdotes estamos hechos del mismo barro que los demás. Si uno de nosotros tiene un fallo, pronto lo sabe la ciudad entera, pero si aguantamos firmes ¿quién levanta la voz y lo dice?

El tema va mucho más allá. Yo me pregunto ¿es que hemos dado demasiada importancia en la Iglesia a los sacerdotes? Personalmente pienso que sí. Los sacerdotes somos una parte importante, servimos nada más y nada menos que para repartir la Palabra de Dios y para hacer presente a Jesucristo en medio de la comunidad. Pero importantes somos porque hablamos de Cristo o porque traemos a Cristo al altar, no por lo que valemos por nosotros mismos. Un sacerdote vale tanto como el cristal del vaso donde se bebe agua. Cuando bebemos un vaso de agua digo que bebo un vaso de agua, pero en realidad lo que bebo no es el vaso, sino el agua. El vaso es lo que ha sido útil para beber el agua, ya que sin él, el agua se habría derramado. El vaso es algo que, después de ser útil se deja de lado porque ya ha cumplido su misión. Con nosotros ocurre lo mismo.

En el tema de los sacerdotes se puede hablar de más y de menos. De mas es el clericalismo, enfermedad terrible de los que creen que los sacerdotes somos todo y nos elevan a niveles insospechados de santidad y perfección. El clerical es el que en lugar de fiarse ante todo y sobre todo de Jesucristo, se fía ante todo y sobre todo del sacerdote ¡y luego se lleva cada golpe! Porque como los sacerdotes somos de carne y hueso, lo normal es que fallemos y que tengamos que pedir perdón y que luchemos por ser buenos.

En el otro extremo está el anticlericalismo, pero como los extremos se tocan, los anticlericales suelen parecerse muchísimo a los clericales. Porque no se limitan a criticar en los sacerdotes todo cuanto tiene de criticable, sino que terminan por alejarse de Jesucristo, porque dicen que no les gustan los sacerdotes. Tienen tan poca lógica como el señor que nunca se sube en un autobús porque una vez se encontró con un conductor antipático.

Es necesario ubicarnos: Jesucristo en el centro, y allá, lejos, siendo útiles en tanto en cuanto ayudamos a llegar a Jesús, los sacerdotes.

¿Estoy despreciando a los sacerdotes o el sacerdocio ministerial? ¡No! Idiota sería después de haber dedicado lo que va de mi vida a serlo lo mejor que he sabido y después de saber que nuestro Santo Padre el Papa nos convoca a un Año Sacerdotal, con motivo del 150 aniversario de la muerte del santo Cura de Ars[2]. Me siento contento y agradecido con Dios por el don de mi sacerdocio. Me siento, sí, también, muy avergonzado de serlo tan mediocre y de haber cometido docenas de imprudencias en mi camino ministerial, pero al final del día[3] feliz de serlo. Personalmente pienso que no hay misión mejor en esta vida que mostrar a los demás el camino por el que se va a Jesús. Y si alguien descubre dentro de sí esa llamada, que se considere feliz y afortunado.

Con todo esto lo que quiero decir es que no se debe confundir la mano que señala el camino hacia Jesús con Jesús mismo. Alguien ha dicho que los sacerdotes somos como esos letreros que en las carreteras, dicen: Sebastopol, ciento cuarenta kilómetros[4]. Señalan por dónde se va a Sebastopol, pero ellos mismos no van. ¿También los curas señalamos el camino por el que se va a Cristo, pero luego somos tan cobardes que no vamos hacía él? Sí, es una realidad ¡cuántos pecados tenemos!. Sin embargo lo importante de una señal de carretera es que señale bien la dirección. El error sería sentarse encima de ese letrero en lugar de seguir la dirección que él marca.

En el día en que celebramos la institución de la Eucaristía y el Orden Sacerdotal, suba nuestra oración a Dios Padre en acción de gracias; suba nuestra oración como el incienso del altar, y descienda sobre cada uno de Sus sacerdotes su misericordia, para que cada día nos parezcamos más a su hijo, Sumo y Eterno Sacerdote ■

[1] Símbolo de San Epifanio, Fórmula de “Clemente Trinidad”, Símbolo del Concilio de Toledo del año 400, Símbolo “quicumque”, etc. Cfr. Denzinger nn. 1-39.
[2] http://www.zenit.org/article-30537?l=spanish
[3] Jorge Michel, si me lees ¡te mando un abrazo!
[4] La ciudad existe, hago referencia por cariño a mi gran amigo Satur; si me lees, amigo, te mando dos abrazos, uno para ti y otro para la Piedra.

Viernes Santo de la Pasión del Señor

Brazos rígidos y yertos,
por dos garfios traspasados,
que aquí estáis por mis pecados,
para recibirme abiertos,
para esperarme clavados.

Cuerpo llagado de amores,
yo te adoro y yo te sigo;
yo, Señor de los señores,
quiero partir tus dolores
subiendo a la cruz contigo.

Quiero en la vida seguirte
y por sus caminos irte
alabando y bendiciendo,
y bendecirte sufriendo
y muriendo bendecirte.

Que no ame la poquedad
de cosas que van y vienen;
que adore la austeridad
de estos sentires que tienen
sabores de eternidad;

que sienta una dulce herida
de ansia de amor desmedida;
que ame tu ciencia y tu luz;
que vaya, en fin, por la vida
como tú estás en la cruz:

de sangre los pies cubiertos,
llagados de amor las manos,
los ojos al mundo muertos
y los dos brazos abiertos
para todos mis hermanos.
Amén ■
de la Liturgia de las Horas,

Oficio del Viernes Santo.

Viernes Santo (I)

Uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua[1]. Siempre que la Iglesia primitiva reflexionaba sobre éste pasaje del evangelio que acabamos de escuchar se quedaba como llena de luz. Uno de los más grandes predicadores de aquella época –San Juan Crisóstomo- escribe: «No pases demasiado deprisa sobre este misterio porque quiero exponerte una interpretación mística. Esa sangre y esa agua son símbolos del Bautismo y de la Eucaristía, donde se engendra la Iglesia. Porque del costado de Cristo se formó la Iglesia, como del costado de Adán se formó Eva. Y de la misma manera que sacó del costado a Eva mientras Adán dormía, así ahora, mientras Jesucristo duerme, Dios saca de su costado a su Esposa»[2].

San Agustín lo comenta de una manera muy similar: «La primera mujer fue formada del costado del hombre mientras éste dormía, y fue llamada vida y madre de los que viven. Aquí el segundo Adán, inclinando la cabeza, se duerme en la cruz para que así, con el agua y la sangre que brotaron de su costado, quedase formada su Esposa»[3].

Durante los próximos días la iglesia celebra con pena y tristeza la muerte del Señor y al mismo tiempo con una profunda alegría la victoria del león de la tribu de Judá[4].

Toda la liturgia del Viernes Santo –es decir, la adoración de la Cruz- es un canto nupcial.

San Pablo, en ése bellísimo texto de la carta a los Efesios lo explicas infinitamente mejor: Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a si mismo; sin que tenga mancha ni arruga (…) sino que sea santa e inmaculada[5].

Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella... ésta frase queda como resonando en el aire: Cristo amó a su Iglesia: ¿Y tú? ¿Amas tú a la Iglesia?

«No puede tener por Padre a Dios —decía san Cipriano— quien no tiene por madre a la Iglesia»[6].

Tener por madre a la Iglesia no es solamente haber sido bautizados, sino también apreciarla, respetarla, amarla como madre, sentirse solidarios con ella en el bien y en el mal.

Con la Iglesia para lo mismo que con las vidrieras [o vitrales] de una antigua catedral. Vistas desde la calle no serán más que trozos de vidrio oscuros unidos por tiras de plomo negro; pero si se atraviesa el umbral y se las mira desde dentro, a contraluz, entonces se verá un grandioso espectáculo de colores y de figuras.

Lo mismo ocurre con la Iglesia. El que la mira desde fuera, con los ojos del mundo, no ve más que lados oscuros y miserias; pero el que la mira desde dentro, con los ojos de la fe y sintiéndose parte de ella verá algo espectacular.

¿Y las incoherencias de la Iglesia? ¿Y los escándalos, incluso por parte de algunos papas, obispos y sacerdotes?

El Señor, como buen carpintero que había llegado a ser bajo la enseñanza de José, recogió los trocitos de madera en peor estado que encontró y con ellos se construyó una barca que resiste a la mar ¡desde hace dos mil años!

Se habla con mucha frecuencia de los pecados de la Iglesia ¡ah tan escandalosos! ¿Crees que Jesús no los conoce mejor que nosotros? ¿Acaso no sabía él por quién moría? ¿No sabia lo que iba a pasar con la Iglesia que dejaba en manos de sus apóstoles que mientras él oraba ellos dormían?[7] Sin embargo amó a esta Iglesia real y concreta, no a una imaginaria e ideal, y murió y derramó toda su sangre para hacerla santa e inmaculada.

Jesucristo amó a la Iglesia, digamos, en esperanza: no sólo por lo que es, sino también por lo que será, es decir la Jerusalén celestial arreglada como una novia que se adorna para su esposo[8].

¿Por qué entonces ésta Iglesia nuestra es pobre y lenta? Primo Mazzolari, que no era por cierto un hombre acostumbrado a lisonjear a la Iglesia institucional, escribió:

«Señor, yo soy tu carne enferma; te peso cual cruz pesada. Para no dejarme caer, te cargas también con mi fardo y caminas como puedes. Y entre aquellos con los que vas cargado, hay algunos que te culpan de no caminar según las reglas y acusan también de lentitud a tu Iglesia, olvidando que, cargada como va de escorias humanas que ni puede ni quiere echar por la borda (¡son sus hijos!), vale más el llevarlos que el llegar a puerto»[9].

La Iglesia camina lenta, si. Camina lenta en la evangelización. Camina lenta en la respuesta a los signos de los tiempos. Camina lenta en la defensa de los pobres y en tantas y tantas otras cosas. ¿Por qué? Porque nos lleva a hombros a nosotros, que aún estamos llenos de todo el lastre del pecado.

A uno de los Reformadores que le echaba en cara el que siguiese en la Iglesia católica a pesar de su corrupción, Erasmo de Rotterdam le contestó un día: «Soporto a esta Iglesia, con la esperanza de que se haga mejor, dado que ella se ve obligada a soportarme a mí, con la esperanza de que yo me haga mejor»[10].

Hemos de pedir todos perdón a Cristo por tantos juicios desconsiderados y por tantas ofensas como hemos infligido a su esposa, y, en consecuencia, a él mismo, y hemos de imponernos todos sin tardanza una manera nueva de hablar, más respetuosa, más consciente, más profunda de quién es la Iglesia[11].

En el libro de Jeremías leemos este misterioso oráculo: El Señor crea algo nuevo en el país: será la mujer quien abrace al varón[12]. Hasta el día de hoy —quiere decir el profeta—, ha sido el esposo, Dios, quien ha buscado y perseguido a la mujer infiel que se iba tras los ídolos. Pero llegará un día en que ya no ocurrirá eso. Al contrario, será la propia mujer, la comunidad de la alianza, la que busque a su esposo y le abrace con fuerza.

Ese día ya ha llegado. Ahora todo está cumplido. No porque la humanidad se haya vuelto de repente cuerda y fiel, no; sino porque el Verbo la ha asumido y la ha unido a sí, en su misma persona, en una alianza nueva y eterna. Toda la liturgia del Viernes Santo expresa el cumplimiento de aquel oráculo. Eso comenzó en el Calvario, con María apretando entre sus manos y besando el rostro de su Hijo bajado de la cruz, y continúa ahora en la Iglesia, de la que la Virgen era, en eso, figura y primicia.

La Iglesia, que, con el sucesor de Pedro a la cabeza, desfilará ahora para besar el Crucifijo, es aquella mujer que abraza al varón[13], rebosante de gratitud y de emoción. Que dice, con la esposa del Cantar de los Cantares: He encontrado al amor de mi alma; lo agarré y ya no lo soltaré[14]

[1] Jn 19,34
[2] San Juan Cristóstomo, Catequesis bautismales, 7, 17-18.
[3] San Agustín, Tratados sobre el evangelio de san Juan, 120, 2.
[4] Cfr Ap 5,5
[5] Ef 5,25-32
[6] La unidad de la Iglesia, 6
[7] Cfr Lc 22, 45.
[8] Ap 21,2
[9] Sacerdote italiano, nacido en Boschetto en 1959. Es destacado en su país, Italia, por su férrea oposición al fascismo y al comunismo, fue Párroco de Crémona (1945-1959), escribió muchos libros de apologética y algunos referentes a la Doctrina Social de la Iglesia,
[10] Conocido como Desiderius Erasmus Rotterdamus, nació en Geert Geertsen en 1466/69 ; fue un humanista, filósofo, filólogo y teólogo neerlandés, autor de importantes obras en latín.
[11] «Como soy uno de ellos —escribía Saint-Exupéry acerca de su patria terrena, en un momento oscuro de su historia—, no renegaré de los míos, hagan lo que hagan. No predicaré contra ellos delante de extraños. Si puedo salir en su defensa, los defenderé. Si me cubren de vergüenza, esconderé esa vergüenza en mi corazón y guardaré silencio. Y piense lo que piense entonces de ellos, nunca haré de testigo en su contra. Ningún marido va de casa en casa diciendo a los vecinos que su mujer es una zorra: ¡bonita manera de salvar su honor! Como su esposa es alguien de su casa, no puede sacar pecho en público contra ella; sino que, una vez en su casa, dará rienda suelta a su cólera» Piloto de guerra, n. 24.
[12] Jr 31,22
[13] Ídem
[14] Ct 3,4

Viernes Santo (II)

Los cristianos tenemos un auténtico comentario al relato de la Pasión que se proclama en la liturgia del Viernes Santo[1]. Se trata del capítulo quinto del Apocalipsis. Ambos textos se refieren al mismo acontecimiento del Calvario, que el cuarto evangelio narra de manera histórica y el Apocalipsis interpreta y celebra de manera profética y litúrgica[2].

Así, el capítulo quinto del Apocalipsis es el mejor comentario a la celebración del Viernes Santo. Se refiere al mismo momento histórico que la liturgia revive año con año[3].

Y en la mano derecha —dice el texto del Apocalipsis— del que estaba sentado en el trono vi un rollo escrito por dentro y por fuera y sellado con siete sellos[4]. Este libro escrito por dentro y por fuera indica la historia de la salvación, y en concreto las Escrituras del Antiguo Testamento que la contienen. Está escrito por fuera y por dentro —explicaban los Padres de la Iglesia— para decir que se puede leer según la letra y según el Espíritu, es decir en su sentido literal, que es particular, o en su sentido espiritual, que es universal y definitivo. Pero para poderlo leer hay que romper el sello. La Sagrada Escritura, antes de Cristo, se parece a la partitura de una inmensa sinfonía que yace sobre el papel y cuyo potente sonido no puede escucharse hasta que no se le ponga, en el encabezamiento, la indicación de la clave musical en que hay que leerla.

El ministro de la reina Candaces que volvía de Jerusalén leyendo el capítulo 53 de Isaías se dirigió a Felipe preguntándole: ¿De quién dice esto el profeta?, ¿de él mismo o de otro?[5]. (leía aquel pasaje que se dice: Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca...), ¡le faltaba la clave para leerlo!

La visión de Juan prosigue: Y vi a un ángel poderoso, que gritaba a grandes voces: ¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar sus sellos? Y nadie, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el rollo y ver su contenido. Yo lloraba mucho... Juan –como es propio de la índole misma de la liturgia— nos traslada en espíritu al momento histórico en que ocurren las cosas o en que están a punto de ocurrir. El llanto del profeta evoca el llanto de los discípulos en la muerte de Jesús –Nosotros esperábamos que él fuera[6]….-, el llanto de la Magdalena junto al sepulcro vacío, el llanto de todos los que esperaban la redención de Israel.

Uno de los ancianos —prosigue la visión— me dijo: No llores más. Sábete que ha vencido el león de la tribu de Judá, el vástago de David, y que puede abrir el rollo y sus siete sellos. ¡Enikesen! ¡Vicit! ¡Ha vencido! Este es el grito que el vidente está encargado de hacer resonar en la Iglesia y la Iglesia en el mundo a través de todos los siglos: ¡Ha vencido el león de la tribu de Judá![7]. El acontecimiento que se esperaba desde siempre, y que lo explica todo, ha tenido lugar. Ya no habrá marcha atrás. Con un gran esfuerzo, la historia ha desplazado su centro de gravedad de atrás hacia adelante y ha alcanzado su punto culminante[8]. Se ha instaurado la plenitud de los tiempos. Está cumplido — Consummatum est, gritó Jesús antes de expirar[9].

Aquel simple verbo en pasado —enikesen: ha vencido— encierra en sí el principio que da fuerza y consistencia a la historia, el que confiere a un hecho acaecido en un punto del tiempo y del espacio un valor eterno y universal. Ya nunca se podrá retroceder a lo que había antes. Nada ni nadie en el mundo, por más que se esfuerce, podrá conseguir que no haya sucedido lo que ha sucedido, es decir que Jesucristo no haya muerto y resucitado, que los hombres no estén redimidos, la Iglesia fundada, los sacramentos instituidos, el reino de Dios instaurado. «Esta es la página que, al volverla, todo lo ilumina, como aquella gran hoja ilustrada del Misal, al comienzo del Canon. Ahí está, resplandeciente y pintada en rojo, la gran página que divide los dos Testamentos. Se abren a una todas las puertas, se disipan todas tas oposiciones, se resuelven todas las contradicciones»[10].

¿Cómo y cuándo sucedió todo eso? La visión continúa: Entonces vi delante del trono, rodeado por los seres vivientes y los ancianos, a un Cordero en pie; se notaba que lo habían degollado. Un Cordero degollado, es decir muerto, y que sin embargo está de pie, es decir ¡resucitado! Cristo, con su muerte y su resurrección, ha realizado, pues, todo eso. Ha explicado las Escrituras cumpliéndolas; o sea, no con palabras, sino con hechos. Juan está pensando abiertamente en la escena del Calvario, cuando Jesús, con su muerte victoriosa- Yo vencí -dice el propio Resucitado en el Apocalipsis— y me senté en el trono de mi Padre[11].

Un poeta se ha imaginado ese relato como si lo hubiera hecho el centurión que estaba presente aquel día en el Calvario:

Nunca hubo una muerte como ésta,
y yo ya he perdido la cuenta...
Su lucha no era con la muerte.
La muerte era su esclava, no su dueña.
No era un hombre derrotado...
En la cruz, su lucha era contra algo mucho más serio que las lenguas amargas de los fariseos.
No, la suya era otra lucha...
Al final lanzó un fuerte grito de victoria. Todos se preguntaban qué era aquello, pero yo sé algo de combates y de combatientes.
Sé reconocer entre mil un grito de victoria
[12].

La victoria fue precisamente aquella muerte aceptada en total obediencia al Padre y en amor a los hombres. Para Juan la resurrección lo único que ha hecho ha sido sacar a la luz la victoria escondida que tuvo lugar en la cruz. Jesús es victor quia victima, es decir vencedor porque es víctima[13].

Lo mismo que en el altar, después de la consagración, aparentemente nada ha cambiado en el pan y en el vino, mientras que nosotros sabemos que son ya otra cosa respecto a lo que eran antes, así, con la Pascua, aparentemente nada ha cambiado en el mundo, cuando en realidad todo ha cambiado y el mundo se ha convertido en una nueva creación ■

[1] Cfr Jn 18, 1-19, 42.
[2] Cfr. R. Cantalamessa, Sermones del Viernes Santo En la Basílica de San Pedro.
[3] En el capítulo quinto del Apocalipsis, el acontecimiento pascual aparece presentado en el marco de una liturgia celestial, pero inspirándose en el culto real y terrestre de la comunidad cristiana de aquel tiempo. Al leerlo, todos podían percibir en él los rasgos de lo que celebraban en sus asambleas litúrgicas. La liturgia pascual en que se inspira san Juan, tanto para el evangelio como para el Apocalipsis, es la así llamada cuartodecimana, que celebraba la Pascua el mismo día en que la celebraban los judíos, el 14 de Nisán, o sea en el aniversario de la muerte del Señor, en vez de en el aniversario de la resurrección. Dicho de otra forma: la liturgia que ponía como centro de todo el viernes de parasceve y que contemplaba incluso la resurrección a partir de él. Sabemos por la historia que las siete iglesias de Asia Menor a las que va dirigido el libro del Apocalipsis seguían todas ellas la praxis cuartodecimana. De una de ellas, Esmirna, fue obispo un discípulo de san Juan: Policarpo, que hacia la mitad del siglo II viajó a Roma precisamente para discutir con el papa Aniceto la cuestión de la diferencia en la fecha de Pascua.
[4] Ap 5,1
[5] Hch 8,34.
[6] Cfr Lc 24, 13-35.
[7] el "león de la tribu de Judá" es el Mesías, así llamado por las palabras que pronunció Jacob, en el libro del Génesis, al bendecir a su hijo Judá
[8] Cfr Gal 4, 4.
[9] Jn 19,30
[10] P. Claudel, Le poéte et la Bible, París, Gallimard, 1998, p. 729
[11] Ap 3,21
[12] Cfr E Topping, An Impossible God.
[13] S. Agustin, Confesiones, X, 43

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris